Domingo XXII Tiempo Ordinario (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Si 3, 17-18. 20. 28-29: Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios
- Salmo: Sal 67, 4-5ac. 6-7ab. 10-11: Preparaste, oh Dios, casa para los pobres
- 2ª Lectura: Heb 12, 18-19. 22-24a: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo
+ Evangelio: Lc 14, 1. 7-14: El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004
El único camino

Jesús siempre va a lo esencial. Él, que conoce el corazón del hombre» (Jn 2,25), sabe que, desde Adán, nuestro más grave mal es el deseo de sobresalir. Sin embargo, nunca es más grande el hombre que cuando se siente pequeño delante de Dios. La humildad es su lugar, pues no puede exhibir delante de Dios ningún derecho. Todo lo que es y tiene lo ha recibido: ¿De qué enorgullecerse? (1 Cor 4,7). Y, por otra parte, ¿qué son todas las grandezas humanas al lado del puesto en que hemos sido colocados por gracia junto a los santos, los ángeles y el mismo Dios?

«El que se humilla, será ensalzado». Como tantas otras palabras del evangelio, esta frase nos da un verdadero retrato del propio Cristo. Él es el que verdaderamente se ha humillado, despojándose totalmente, hasta el extremo de la muerte en cruz. Por eso precisamente Dios Padre le ha exaltado sobremanera y le ha concedido una gloria impensable (Fil 2,6-11). Él nos enseña por dónde se alcanza ese oculto deseo de gloria que todos llevamos dentro. La humillación es el único camino, no hay otro. Cristo quiere desengañarnos y lo hace convirtiéndose él en modelo y caminando por delante.

La última parte del evangelio nos recuerda: ¡Cuántos actos inútiles y sin provecho para la vida eterna porque buscamos de mil maneras recompensa y paga de los hombres!

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XIX-XXVI del Tiempo Ordinario. , Vol. 6, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Lección de humildad dada por Jesús en el Evangelio. A ella corresponde también la lectura primera, tomada del libro del Eclesiástico. En la segunda lectura se nos enseña que la vida cristiana supera la del Antiguo Testamento.

La humildad en espíritu y en verdad, para el cristiano, no es solo una instancia moral o ética, sino el fundamento teológico, que hace posible en nuestras vidas la alianza salvadora, nos abre plenamente al misterio de Cristo y nos torna receptivos de las iniciativas y de las gracias divinas. Ante Dios no tenemos otro derecho que el de nuestra propia indigencia y nuestra humilde disponibilidad para recibir el perdón, el amor y la gracia que gratuitamente Dios nos ofrece.

Eclesiástico 3,19-21.30-31: Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios. Frente a toda presunción humana, la modestia de vida y de pensamiento, la «pobreza de espíritu» (Mt 5,3), o la negación de uno mismo (Mt 16,14), son siempre caminos que conducen a la salvación y evidencian el poder amoroso del Señor sobre sus elegidos.

La humildad consiste en la conciencia del puesto que ocupamos frente a Dios y frente a los hombres, y en la sabia moderación de nuestros deseos de gloria. Nada tiene que ver la humildad con la timidez, la pusilanimidad o la mediocridad. La humildad está en ver y manifestar todo lo bueno que hay en nosotros, en lo natural y en lo sobrenatural, como perteneciente a Dios, como don de Dios y, por lo mismo, a Él debemos agradecerlo. San Gregorio Magno escribe:

«Dígase, pues, a los humildes, que al par que ellos se abajan, aumentan su semejanza con Dios; y dígase a los soberbios que, al par que ellos se engríen, descienden, en imitación del ángel apóstata» (Regla Pastoral 3,18).

Y San Juan Crisóstomo:

«La humildad no debe estar tanto en las palabras cuanto en la mente; debemos estar convencidos en nuestro interior de que somos nada y que nada valemos» (Comentario a Ef 4).

–El Salmo 67 nos ofrece material para meditar según la lectura anterior: «Has preparado, Señor, tu casa a los desvalidos... Padre de huérfanos, protector de viudas... Libera a los cautivos y los enriquece... Su rebaño habitó en la tierra que la bondad de Dios preparó a los pobres».

Hebreos 12,18-19.22-24: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo. La salvación temporal en la Antigua Alianza se realizó bajo el signo de una impresionante teofanía. En cambio, la salvación definitiva nos ha llegado por el camino de la humildad, la sencillez y la amorosa mansedumbre del Verbo encarnado, para redimirnos de nuestros engreimientos y soberbias. San León Magno expone:

«Lo mismo que no se puede negar que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14), así tampoco puede negarse que «Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo» (2 Cor 5,19). Sin embargo, ¿qué reconciliación podrá darse, por la que Dios intercediera por el género humano, si el Mediador entre Dios y los hombres no asumiera sobre Sí la culpa de todos. Pero, ¿cómo cumpliría Cristo su realidad de Mediador si Él, que es igual al Padre en su condición divina, no participa, en su condición de siervo, de nuestra naturaleza?

«Así, mediante un solo hombre nuevo se lograría la renovación del hombre viejo y el vínculo de la muerte, contraído por la prevaricación de uno solo, se saldaría con la muerte del único que nada debió a la muerte (cf. Rom 5,15). Pues la efusión de la sangre del justo por los pecadores fue tan poderosa en orden a la exculpación del hombre y tan alto su valor, que si la universalidad de los cautivos creyera en su Redentor, no mantendrían ninguna atadura que les esclavizase, porque, como dice el Apóstol, «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rom 5,20); y dado que, habiendo nacido bajo el dominio del pecado, han recibido la fuerza para renacer a la justicia, el don de la libertad se ha hecho más fuerte que la deuda de la esclavitud» (Carta 124,3).

Lucas 14,1.7-14: Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido. Todo el Evangelio es permanente teología de la humildad, como lección primordial del Corazón de Jesucristo y como actitud exigida a las almas que realmente quieren seguirle. San Gregorio Magno comenta:

«Así como por el temor subimos a la piedad, por la piedad somos llevados a la ciencia, por la ciencia subimos a robustecernos con la fortaleza, por la fortaleza ascendemos al consejo, por el consejo nos adelantamos al entendimiento y por el entendimiento llegamos hasta la madurez de la sabiduría, por siete gradas llegamos a la puerta por la que se nos abre la entrada a la vida espiritual. Y se dice bien que había un zaguán delante de ella, porque quien primeramente no tuviera humildad no sube las gradas de estos dones espirituales... En este valle de lágrimas ha dispuesto en su corazón las gradas para subir al lugar santo (Sal  83,6-7). El valle es, en efecto, un lugar humilde y todo pecador que de corazón se aflige y llora humildemente, progresa subiendo de virtud en virtud» (Homilía 7 sobre Ezequiel 7-8).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Piedad de mí, Señor; que a ti te estoy llamando todo el día,
porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
(Sal 85, 3. 5)

Oración colecta
Dios todopoderoso, de quien procede todo bien,
siembra en nuestros corazones el amor de tu nombre,
para que haciendo más religiosa nuestra vida,
acrecientes el bien en nosotros
y con solicitud amorosa lo conserves.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Esta ofrenda, Señor,
nos atraiga siempre tu bendición salvadora,
para que se cumpla por tu poder
lo que celebramos en estos misterios.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles.
(Sal 30, 20)

O bien:
Dichosos los que trabajan por la paz,
porque ellos se llamarán los hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
(Mt 5, 9-10)

Oración post-comunión
Saciados con el pan del cielo te pedimos, Señor,
que el amor con que nos alimentas
fortalezca nuestros corazones
y nos mueva a servirte en nuestros hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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