Domingo XXXIV Tiempo Ordinario (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 2 S 5, 1-3: Ungieron a David como rey de Israel
- Salmo: Sal 121, 1-2. 4-5: Vamos alegres a la casa del Señor
- 2ª Lectura: Col 1, 12-20: Nos ha trasladado al reino de su Hijo querido
+ Evangelio: Lc 23, 35-43: Señor, acuérdete de mí cuando llegues a tu reino




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (24-11-2013): Cristo es el centro


Santa Misa de clausura del Año de la Fe en la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo
Domingo 24 de noviembre del 2013

[...] Las lecturas bíblicas que se han proclamado tienen como hilo conductor la centralidad de Cristo. Cristo está en el centro, Cristo es el centro. Cristo centro de la creación, del pueblo y de la historia.

1. El apóstol Pablo, en la segunda lectura, tomada de la carta a los Colosenses, nos ofrece una visión muy profunda de la centralidad de Jesús. Nos lo presenta como el Primogénito de toda la creación: en él, por medio de él y en vista de él fueron creadas todas las cosas. Él es el centro de todo, es el principio: Jesucristo, el Señor. Dios le ha dado la plenitud, la totalidad, para que en él todas las cosas sean reconciliadas (cf. 1,12-20). Señor de la creación, Señor de la reconciliación.

Esta imagen nos ayuda a entender que Jesús es el centro de la creación; y así la actitud que se pide al creyente, que quiere ser tal, es la de reconocer y acoger en la vida esta centralidad de Jesucristo, en los pensamientos, las palabras y las obras. Y así nuestros pensamientos serán pensamientos cristianos, pensamientos de Cristo. Nuestras obras serán obras cristianas, obras de Cristo, nuestras palabras serán palabras cristianas, palabras de Cristo. En cambio, La pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo.

2. Además de ser centro de la creación y centro de la reconciliación, Cristo es centro del pueblo de Dios. Y precisamente hoy está aquí, en el centro. Ahora está aquí en la Palabra, y estará aquí en el altar, vivo, presente, en medio de nosotros, su pueblo. Nos lo muestra la primera lectura, en la que se habla del día en que las tribus de Israel se acercaron a David y ante el Señor lo ungieron rey sobre todo Israel (cf. 2S 5,1-3). En la búsqueda de la figura ideal del rey, estos hombres buscaban a Dios mismo: un Dios que fuera cercano, que aceptara acompañar al hombre en su camino, que se hiciese hermano suyo.

Cristo, descendiente del rey David, es precisamente el «hermano» alrededor del cual se constituye el pueblo, que cuida de su pueblo, de todos nosotros, a precio de su vida. En él somos uno; un único pueblo unido a él, compartimos un solo camino, un solo destino. Sólo en él, en él como centro, encontramos la identidad como pueblo.

3. Y, por último, Cristo es el centro de la historia de la humanidad, y también el centro de la historia de todo hombre. A él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón en el Evangelio de hoy.

Mientras todos se dirigen a Jesús con desprecio -«Si tú eres el Cristo, el Mesías Rey, sálvate a ti mismo bajando de la cruz»- aquel hombre, que se ha equivocado en la vida pero se arrepiente, al final se agarra a Jesús crucificado implorando: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23,42). Y Jesús le promete: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43): su Reino. Jesús sólo pronuncia la palabra del perdón, no la de la condena; y cuando el hombre encuentra el valor de pedir este perdón, el Señor no deja de atender una petición como esa. Hoy todos podemos pensar en nuestra historia, nuestro camino. Cada uno de nosotros tiene su historia; cada uno tiene también sus equivocaciones, sus pecados, sus momentos felices y sus momentos tristes. En este día, nos vendrá bien pensar en nuestra historia, y mirar a Jesús, y desde el corazón repetirle a menudo, pero con el corazón, en silencio, cada uno de nosotros: «Acuérdate de mí, Señor, ahora que estás en tu Reino. Jesús, acuérdate de mí, porque yo quiero ser bueno, quiero ser buena, pero me falta la fuerza, no puedo: soy pecador, soy pecadora. Pero, acuérdate de mí, Jesús. Tú puedes acordarte de mí porque tú estás en el centro, tú estás precisamente en tu Reino.» ¡Qué bien! Hagámoslo hoy todos, cada uno en su corazón, muchas veces. «Acuérdate de mí, Señor, tú que estás en el centro, tú que estas en tu Reino.»

La promesa de Jesús al buen ladrón nos da una gran esperanza: nos dice que la gracia de Dios es siempre más abundante que la plegaria que la ha pedido. El Señor siempre da más, es tan generoso, da siempre más de lo que se le pide: le pides que se acuerde de ti y te lleva a su Reino.

Jesús es el centro de nuestros deseos de gozo y salvación. Vayamos todos juntos por este camino.

Juan Pablo II, Papa

Homilía (23-11-1980): Dios reina desde el madero


Misa para los laicos de la Diócesis de Roma que trabajan en el apostolado
Domingo 23 de noviembre del 1980

1. Regnavit a ligno Deus!

El texto evangélico de San Lucas, que se acaba de proclamar, nos lleva con el pensamiento a la escena altamente dramática que se desarrolla en el "lugar llamado Calvario" (Lc 23, 33) y nos presenta, en torno a Jesús crucificado, tres grupos de personas que discuten diversamente sobre su "figura" y sobre su "fin". ¿Quién es en realidad el que está allí crucificado? Mientras la gente común y anónima permanece más bien incierta y se limita a mirar, los príncipes, en cambio se burlaban, diciendo: A otros salvó, sálvese a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido". Como se ve, su arma es la ironía negativa y demoledora. Pero también los soldados —el segundo grupo lo escarnecían y, como en tono de provocación y desafío, le decían: "Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo", partiendo, quizá, de las palabras mismas de la inscripción, que veían puesta sobre su cabeza. Estaban, además, los dos malhechores, en contraste entre sí, al juzgar al compañero de pena: mientras uno, blasfemaba de él, recogiendo y repitiendo las expresiones despectivas de los soldados y de los jefes, el otro declaraba abiertamente que Jesús "nada malo había hecho" y, dirigiéndose a El, le imploraba así: "Señor, acuérdate de mí, cuando estés en tu reino".

He aquí como, en el momento culminante de la crucifixión, precisamente cuando la vida del Profeta de Nazaret está para ser suprimida, podemos recoger, incluso en lo vivo de las discusiones y contradicciones, estas alusiones arcanas al rey y al reino.

2. Esta escena os es bien conocida, hermanos e hijos queridísimos, y no necesita otros comentarios. Pero es muy oportuno y significativo y, diría, es muy justo y necesario que esta fiesta de Cristo-Rey se enmarque precisamente en el Calvario. Podemos decir, sin duda, que la realeza de Cristo, como la celebramos y meditamos también hoy, debe referirse siempre al acontecimiento que se desarrolla en ese monte, y debe ser comprendida en el misterio salvífíco, que allí realiza Cristo: me refiero al acontecimiento y al misterio de la redención del hombre. Cristo Jesús —debemos ponerlo de relieve— se afirma rey precisamente en el momento en que, entre los dolores y los escarnios de la cruz, entre las incomprensiones y las blasfemias de los circunstantes, agoniza y muere. En verdad, es una realeza singular la suya, tal que sólo pueden reconocerla los ojos de la fe: Regnavit a ligno Deus!

3. La realeza de Cristo, que brota de la muerte en el Calvario y culmina con él acontecimiento de la resurrección, inseparable de ella, nos llama a esa centralidad, que le compete en virtud de lo que es y de lo que ha hecho. Verbo de Dios e Hijo de Dios, ante todo y sobre todo, "por quien todo fue hecho", como repetiremos dentro de poco en el Credo, tiene un intrínseco, esencial e inalienable primado en el orden de la creación, respecto a la cual es la causa suprema y ejemplar. Y después que "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 14), también como hombre e Hijo del hombre, consigue un segundo título en el orden de la redención, mediante la obediencia al designio del Padre, mediante el sufrimiento de la muerte y el consiguiente triunfo de la resurrección.

Al converger en El este doble primado, tenemos, pues, no sólo el derecho y el deber, sino también la satisfacción y el honor de confesar su excelso señorío sobre las cosas y sobre los hombres que, con término ciertamente ni impropio ni metafórico, puede ser llamado realeza. "Se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor" (Flp 2, 8-11). Este es el nombre del que nos habla el Apóstol: es el nombre de Señor y vale para designar la incomparable dignidad, que compete a El solo y le sitúa a El solo —como escribí al comienzo de mi primera Encíclica— en el centro, más aún, en el vértice del cosmos y de la historia. Ave Dominus noster! Ave rex noster!

4. Pero queriendo considerar, además de los títulos y de las razones, también la naturaleza y el ámbito de la realeza de Cristo nuestro Señor, no podemos prescindir de remontarnos a esa potestad que El mismo, cuando iba a dejar esta tierra, definió total y universal, poniéndola en la base de la misión confiada a los Apóstoles: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado" (Mt 28, 18-20). En estas palabras no hay sólo —como es evidente— la reivindicación explícita de una autoridad soberana, sino que se indica además, en el acto mismo en que es participada por los Apóstoles, una ramificación suya en distintas, aun cuando coordinadas, funciones espirituales. Efectivamente, si Cristo resucitado dice a los suyos que vayan y recuerda lo que ya ha mandado, si les da la misión tanto de enseñar como de bautizar, esto se explica porque El mismo, precisamente en virtud de la potestad suma que le pertenece, posee en plenitud estos derechos y está habilitado para ejercitar estas funciones, como Rey, Maestro y Sacerdote.

Ciertamente no se trata de preguntarnos cuál sea el primero de estos tres títulos, porque, en el contexto general de la misión salvífica que Cristo ha recibido del Padre, corresponden a cada uno de ellos funciones igualmente necesarias e importantes. Sin embargo, incluso para mantenernos en sintonía con el contenido de la liturgia de hoy, es oportuno insistir en la función real y concentrar nuestra mirada, iluminada por la fe, en la figura de Cristo como Rey y Señor.

A este respecto aparece obvia la exclusión de cualquier referencia de naturaleza política o temporal. A la pregunta formal que le hizo Pilato: "¿Eres Tú el rey de los judíos?" (Jn 18, 33), Jesús responde explícitamente que su reino no es de este mundo y, ante la insistencia del procurador romano, afirma: "Tú dices que soy rey", añadiendo inmediatamente después: "Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 37). De este modo declara cuál es la dimensión exacta de su realeza y la esfera en que se ejercita: es la dimensión espiritual que comprende, en primer lugar, la verdad que hay que anunciar y servir. Su reino, aun cuando comienza aquí abajo en la tierra, nada tiene, sin embargo, de terreno y trasciende toda limitación humana, puesto que tiende hacia la consumación más allá del tiempo, en la infinitud de la eternidad.

5. A este Reino nos ha llamado Cristo Señor, otorgándonos una vocación que es participación en esos poderes suyos que ya he recordado. Todos nosotros estamos al servicio del Reino y, al mismo tiempo, en virtud de la consagración bautismal, hemos sido investidos de una dignidad y de un oficio real, sacerdotal y profético, a fin de poder colaborar eficazmente en su crecimiento y en su difusión. Esta temática, en la que ha insistido tan providencialmente el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Iglesia y en el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos (cf. Lumen gentium, 31-36; Apostolicam actuositatem, 2-3) os resulta ciertamente familiar, queridísimos hermanos e hijos de la diócesis de Roma que me estáis escuchando. Pero hoy, precisamente con ocasión de la fiesta de Cristo-Rey, deseo evocarla y recomendarla vivamente a vuestra atención y sensibilidad.

Efectivamente, habéis venido a esta Sagrada asamblea, como representantes y principales responsables del laicado romano, que está más directamente comprometido en la acción apostólica. ¿Quién más y mejor que vosotros, incluso por el deber de la ejemplaridad que incumbe a los cristianos de la Urbe, en una ocasión tan significativa, está llamado a reflexionar acerca del modo de concebir y desarrollar este trabajo? Realmente se trata de un servicio al Reino, y precisamente éste es el motivo por el que os he convocado hoy en la Basílica Vaticana, para estimular vuestros espíritus a prestar un siempre vigilante, concreto y generoso servicio al Reino de Cristo.

[...] vosotros, creyentes y cristianos, laicos y sacerdotes comprometidos, recogiendo el testimonio de los Apóstoles, habéis visto ya a Cristo Redentor y Rey, os habéis encontrado con El en la realidad de su presencia humana y divina, histórica y trascendente, habéis entrado en comunión con El, con su gracia, con la verdad y con la salvación que El ha traído, y ahora, basándoos en esta fuerte experiencia, intentáis anunciarlo a la ciudad de Roma, a las personas, a las familias, a las comunidades que viven en ella. Es una gran tarea, un alto honor, un don inefable: servir a Cristo-Rey y comprometer el tiempo, la fatiga, la inteligencia y el fervor para hacerlo conocer, amar, seguir, con la certeza de que sólo en Cristo —camino, verdad y vida (Jn 14, 6)— la sociedad y cada uno podrán encontrar el verdadero significado de la existencia, el código de los valores auténticos, la justa línea moral, la fuerza necesaria en las adversidades, la luz y la esperanza acerca de las realidades metahistóricas. Si es grande vuestra dignidad y magnífica vuestra misión, estad siempre dispuestos y alegres para servir a Cristo-Rey en todo lugar, en todo momento, en todo ambiente.

Conozco bien las graves dificultades que se encuentran en la sociedad moderna y, de modo particular, en las ciudades populosas y febriles, como es la Roma de hoy. No obstante ciertas situaciones complicadas y a veces hostiles, os exhorto a no desanimaros jamás. ¡Animo! Trabajad con celo en el ámbito de toda la diócesis y de cada una de las parroquias y comunidades, llevando por todas partes el entusiasmo de vuestra fe y de vuestro amor para un servicio puntual y fiel a Cristo Señor. Así sea.

Homilía (22-11-1998): Un Reino eterno


Misa de apertura del Sínodo para Oceanía - Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo
Domingo 22 de noviembre del 1998

1. «Jesús Nazareno, el rey de los judíos». Ésta es la inscripción que pusieron en la cruz. Poco antes de la muerte de Cristo, uno de los dos condenados, crucificados junto con él, le dijo: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». ¿Cuál reino? El objeto de su petición no era, ciertamente, un reino terreno, sino otro reino.

El buen ladrón habla como si hubiera escuchado la conversación que mantuvieron antes Pilato y Cristo. En efecto, en presencia de Pilato, acusaron a Jesús de querer convertirse en rey. A este propósito, Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (Jn 18, 33). Cristo no lo negó; le explicó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí» (Jn 18, 36). A la siguiente pregunta de Pilato sobre si era rey, Jesús le respondió directamente: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18, 37).

2. La liturgia de hoy habla del reino terreno de Israel, recordando la unción de David como rey. Sí, Dios eligió a Israel y no sólo le envió profetas, sino también reyes, cuando el pueblo elegido insistió en tener un soberano terreno. Entre todos los reyes que se sentaron en el trono de Israel, el más grande fue David. La primera lectura de esta celebración habla de ese reino, para recordar que Jesús de Nazaret provenía de la estirpe del rey David; pero al mismo tiempo, y sobre todo, para subrayar que la realeza de Cristo es de otro tipo.

Son significativas las palabras que dirige el ángel a María en la anunciación: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará para siempre sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 32-33). Por tanto, su reino no es sólo el reino terreno de David, que tuvo fin. Es el reino de Cristo, que no tendrá fin, el reino eterno, el reino de verdad, de amor y de vida eterna.

El buen ladrón crucificado con Cristo llegó, de algún modo, al núcleo de esta verdad. En cierto sentido, se convirtió en profeta de este reino eterno, cuando, clavado en la cruz, dijo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23, 42). Cristo le respondió: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).

3. Jesús nos invitó a mirar hacia ese reino, que no es de este mundo, cuando nos enseñó a orar: «¡Venga tu reino!». Por obediencia a ese mandato, los Apóstoles, los discípulos y los misioneros de todos los tiempos han gastado sus mejores energías para extender, mediante la evangelización, los confines de este reino. En efecto, es don del Padre (cf. Lc 12, 32), pero también fruto de la respuesta personal del hombre. En la «nueva creación», sólo podremos entrar en el reino del Padre si hemos seguido al Señor en su peregrinación terrena (cf. Mt 19, 28).

Por eso, el programa de todo cristiano consiste en seguir al Señor, que es el camino, la verdad y la vida, para poseer el reino que prometió y dio. Con esta solemne concelebración eucarística, inauguramos hoy la Asamblea especial para Oceanía del Sínodo de los obispos, cuyo tema es: «Jesucristo y los pueblos de Oceanía: seguir su camino, proclamar su verdad y vivir su vida».

«Jesús, el Verbo encarnado, fue enviado por el Padre al mundo para salvarlo, para proclamar y establecer el reino de Dios. (...) El Padre, al resucitarlo, lo convirtió, perfectamente y para siempre, en el camino, la verdad y la vida para todos los que creen» (Instrumentum laboris, 5). Esa amplia porción de la Iglesia, que está extendida por los inmensos espacios de Oceanía, conoce el camino y sabe que en él encontrará la verdad y la vida: el camino del Evangelio, el camino señalado por los santos y los mártires, que dieron su vida por el Evangelio (cf. ib., 4).

4. [...] El apóstol Pablo, en la segunda lectura, explica en qué consiste el reino del que habla Jesús. Escribe a los Colosenses: demos gracias a Dios, que «nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados » (Col 1, 13-14). Precisamente este perdón de los pecados se convirtió en la herencia del buen ladrón en el Calvario. Él fue el primero en experimentar que Cristo es rey por ser Redentor.

A continuación, el Apóstol explica en qué consiste la realeza de Cristo: «Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda creatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles; (...) todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él» (Col 1, 15-17). Por tanto, Cristo es Rey ante todo como primogénito de toda creatura.

El texto paulino prosigue: «Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que tenga la primacía sobre todas las cosas. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1, 18-20). Con estas palabras, el Apóstol confirma de nuevo y justifica lo que había revelado sobre la esencia de la realeza de Cristo: Cristo es Rey como primogénito de entre los muertos. En otras palabras: como Redentor del mundo, Cristo crucificado y resucitado es el Rey de la humanidad nueva.

5. «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23, 42).

En el Calvario, Jesús tuvo un compañero de pasión bastante singular: un ladrón. Para ese desventurado, el camino de la cruz se transformó infaliblemente en el camino del paraíso (cf. Lc 23, 43), el camino de la verdad y de la vida, el camino del Reino. Hoy lo recordamos como el «buen ladrón». En esta circunstancia solemne, en la que estamos reunidos alrededor del altar de Cristo para inaugurar un Sínodo, que tiene ante sí todo un continente con sus problemas y sus esperanzas, podemos hacer nuestra la oración del «buen ladrón»:

Jesús, acuérdate de mí, acuérdate de nosotros, acuérdate de los pueblos a los que los pastores aquí reunidos dan diariamente el pan vivo y verdadero de tu Evangelio a lo largo y a lo ancho de espacios ilimitados, por mar y por tierra. Mientras pedimos que venga tu reino, nos damos cuenta de que tu promesa se convierte en realidad: después de haberte seguido, venimos a ti, a tu reino, atraídos por ti, elevado en la cruz (cf. Jn 12, 32); a ti, elevado sobre la historia y en el centro de ella, alfa y omega, principio y fin (cf. Ap 22, 13), Señor del tiempo y de los siglos.

A ti nos dirigimos con las palabras de un antiguo himno: «Por tu muerte dolorosa, Rey de eterna gloria, has obtenido para los pueblos la vida eterna; por eso el mundo entero te llama Rey de los hombres. ¡Reina sobre nosotros, Cristo Señor!». Amén.

Benedicto XVI, Papa

Homilía (25-11-2007): Cristo es el único Señor


En la Misa con los nuevos cardenales
Domingo 25 de noviembre del 2007

La solemnidad litúrgica de Cristo Rey da a nuestra celebración una perspectiva muy significativa, delineada e iluminada por las lecturas bíblicas. Nos encontramos como ante un imponente fresco con tres grandes escenas: en el centro, la crucifixión, según el relato del evangelista san Lucas; a un lado, la unción real de David por parte de los ancianos de Israel; al otro, el himno cristológico con el que san Pablo introduce la carta a los Colosenses. En el conjunto destaca la figura de Cristo, el único Señor, ante el cual todos somos hermanos. Toda la jerarquía de la Iglesia, todo carisma y todo ministerio, todo y todos estamos al servicio de su señorío.

Debemos partir del acontecimiento central: la cruz. En ella Cristo manifiesta su realeza singular. En el Calvario se confrontan dos actitudes opuestas. Algunos personajes que están al pie de la cruz, y también uno de los dos ladrones, se dirigen con desprecio al Crucificado: "Si eres tú el Cristo, el Rey Mesías —dicen—, sálvate a ti mismo, bajando del patíbulo". Jesús, en cambio, revela su gloria permaneciendo allí, en la cruz, como Cordero inmolado.

Con él se solidariza inesperadamente el otro ladrón, que confiesa implícitamente la realeza del justo inocente e implora: "Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino" (Lc 23, 42). San Cirilo de Alejandría comenta: "Lo ves crucificado y lo llamas rey. Crees que el que soporta la burla y el sufrimiento llegará a la gloria divina" (Comentario a san Lucas, homilía 153). Según el evangelista san Juan, la gloria divina ya está presente, aunque escondida por la desfiguración de la cruz. Pero también en el lenguaje de san Lucas el futuro se anticipa al presente cuando Jesús promete al buen ladrón: "Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23, 43).

San Ambrosio observa: "Este rogaba que el Señor se acordara de él cuando llegara a su reino, pero el Señor le respondió: "En verdad, en verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso". La vida es estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el Reino" (Exposición sobre el evangelio según san Lucas 10, 121). Así, la acusación: "Este es el rey de los judíos", escrita en un letrero clavado sobre la cabeza de Jesús, se convierte en la proclamación de la verdad. San Ambrosio afirma también: "Justamente la inscripción está sobre la cruz, porque el Señor Jesús, aunque estuviera en la cruz, resplandecía desde lo alto de la cruz con una majestad real" (ib., 10, 113).

La escena de la crucifixión en los cuatro evangelios constituye el momento de la verdad, en el que se rasga el "velo del templo" y aparece el Santo de los santos. En Jesús crucificado se realiza la máxima revelación posible de Dios en este mundo, porque Dios es amor, y la muerte de Jesús en la cruz es el acto de amor más grande de toda la historia.

Si dirigimos ahora la mirada a la escena de la unción real de David, presentada por la primera lectura, nos impresiona un aspecto importante de la realeza, es decir, su dimensión "corporativa". Los ancianos de Israel van a Hebrón y sellan una alianza con David, declarando que se consideran unidos a él y quieren ser uno con él. Si referimos esta figura a Cristo, me parece que vosotros... podéis muy bien hacer vuestra esta profesión de alianza. ...Podéis decir a Jesús: "Nos consideramos como tus huesos y tu carne" (2 S 5, 1). Pertenecemos a ti, y contigo queremos ser uno. Tú eres el pastor del pueblo de Dios; tú eres el jefe de la Iglesia (cf. 2 S 5, 2). En esta solemne celebración eucarística queremos renovar nuestro pacto contigo, nuestra amistad, porque sólo en esta relación íntima y profunda contigo, Jesús, nuestro Rey y Señor, asumen sentido y valor la dignidad que nos ha sido conferida y la responsabilidad que implica.

Ahora nos queda por admirar la tercera parte del "tríptico" que la palabra de Dios pone ante nosotros: el himno cristológico de la carta a los Colosenses. Ante todo, hagamos nuestro el sentimiento de alegría y de gratitud del que brota, porque el reino de Cristo, la "herencia del pueblo santo en la luz", no es algo que sólo se vislumbre a lo lejos, sino que es una realidad de la que hemos sido llamados a formar parte, a la que hemos sido "trasladados", gracias a la obra redentora del Hijo de Dios (cf. Col 1, 12-14).

Esta acción de gracias impulsa el alma de san Pablo a la contemplación de Cristo y de su misterio en sus dos dimensiones principales: la creación de todas las cosas y su reconciliación. En el primer aspecto, el señorío de Cristo consiste en que "todo fue creado por él y para él (...) y todo se mantiene en él"> (Col 1, 16). La segunda dimensión se centra en el misterio pascual: mediante la muerte en la cruz del Hijo, Dios ha reconciliado consigo a todas las criaturas y ha pacificado el cielo y la tierra; al resucitarlo de entre los muertos, lo ha hecho primicia de la nueva creación, "plenitud" de toda realidad y "cabeza del Cuerpo" místico que es la Iglesia (cf. Col 1, 18-20). Estamos nuevamente ante la cruz, acontecimiento central del misterio de Cristo. En la visión paulina, la cruz se enmarca en el conjunto de la economía de la salvación, donde la realeza de Jesús se manifiesta en toda su amplitud cósmica.

Este texto del Apóstol expresa una síntesis de verdad y de fe tan fuerte que no podemos menos de admirarnos profundamente. La Iglesia es depositaria del misterio de Cristo: lo es con toda humildad y sin sombra de orgullo o arrogancia, porque se trata del máximo don que ha recibido sin mérito alguno y que está llamada a ofrecer gratuitamente a la humanidad de todas las épocas, como horizonte de significado y de salvación. No es una filosofía, no es una gnosis, aunque incluya también la sabiduría y el conocimiento. Es el misterio de Cristo; es Cristo mismo, Logos encarnado, muerto y resucitado, constituido Rey del universo.

¿Cómo no experimentar un intenso entusiasmo, lleno de gratitud, por haber sido admitidos a contemplar el esplendor de esta revelación? ¿Cómo no sentir al mismo tiempo la alegría y la responsabilidad de servir a este Rey, de testimoniar con la vida y con la palabra su señorío?

...Esta es... nuestra misión: anunciar al mundo la verdad de Cristo, esperanza para todo hombre y para toda la familia humana...

Hay un aspecto, unido estrechamente a esta misión, que quiero tratar al final y encomendar a vuestra oración: la paz entre todos los discípulos de Cristo, como signo de la paz que Jesús vino a establecer en el mundo. Hemos escuchado en el himno cristológico la gran noticia: Dios quiso "pacificar" el universo mediante la cruz de Cristo (cf. Col 1, 20). Pues bien, la Iglesia es la porción de humanidad en la que ya se manifiesta la realeza de Cristo, que tiene como expresión privilegiada la paz. Es la nueva Jerusalén, aún imperfecta porque peregrina en la historia, pero capaz de anticipar, en cierto modo, la Jerusalén celestial.

Por último, podemos referirnos aquí al texto del salmo responsorial, el 121: pertenece a los así llamados "cantos de las subidas", y es el himno de alegría de los peregrinos que suben hacia la ciudad santa y, al llegar a sus puertas, le dirigen el saludo de paz: shalom. Según una etimología popular, Jerusalén significaba precisamente "ciudad de la paz", la paz que el Mesías, hijo de David, establecería en la plenitud de los tiempos. En Jerusalén reconocemos la figura de la Iglesia, sacramento de Cristo y de su reino...

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: Un Rey crucificado

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

Jesús es proclamado Rey ante la cruz. ¡Qué paradoja! Cristo agonizante manifiesta su realeza sobre la muerte y el pecado. A un hombre agonizante como él, a un hombre que es un hombre agonizante como él, a un hombre que es un gran malhechor –recibe en el suplicio el pago justo por lo que ha hecho–, le dice con aplomo: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso». Así es como reina Cristo. Ejerce su soberanía salvando. Basta una súplica humilde y confiada para que desencadene todo su poder salvador.

La segunda lectura comenta este hecho. Dios Padre nos ha introducido en el reino de su Hijo gracias a que por la sangre de Cristo hemos sido redimidos, hemos quedado libres de nuestros pecados.

Esta sangre que fluye del costado de Cristo inunda todo, lo purifica, lo regenera, lo fecunda, extiende por todas partes su eficacia salvífica. El dominio de Cristo sobre nosotros es para ejercer su influjo vivificador. Como cabeza que es, toda la vida de cada uno de los miembros del Cuerpo depende de que acoja el señorío de Cristo en sí mismo. Más aún, el universo entero sólo alcanzará su plenitud cuando el reinado de Cristo sea total y perfecto y Dios sea todo en todos.

Nunca hemos de olvidar que nuestro Rey es un rey crucificado. En vez de salvarse a sí mismo del suplicio, como le pide la gente, prefiere aceptarlo para salvar multitudes para toda la eternidad. Mirando a este Rey crucificado entendemos que también nuestra muerte es vida y nuestra humillación victoria. Entendemos que el sufrimiento por amor es fecundo, es fuente de una vida que brota para la vida eterna. Mirando a este Rey crucificado se trastocan todos nuestros criterios de eficacia, de deseo de influir, de dominio.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

El título de la Cruz: «Jesús nazareno, Rey de los judíos» (tercera lectura) evoca la unción de David como rey de Israel. Cristo descendiente de David. Pero Jesús es mucho más que Rey de los judíos; es, como indica San Pablo, «imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia y quien hizo la paz por la sangre de su Cruz» (segunda lectura).

2 Samuel 5,1-3: Ungieron a David como rey. Históricamente David fue el rey «según el corazón de Dios», para el pueblo de Israel. Fue, al mismo tiempo, una figura de Cristo Rey para la humanidad rescatada. Dios, que conoce de antemano el destino de cada hombre y pueblo, había elegido a David como jefe de su pueblo. Samuel lo ungió rey. De pastor de ovejas pasó a ser pastor del pueblo elegido. Cristo, más aún, será el Ungido del Señor para ser el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas y ella le conocen a Él. Es el Buen Pastor que va en pos de la descarriada y da su vida por la salvación de la humanidad, a la que rescata del pecado. Es Rey de reyes y Señor de los que dominan.

Jerusalén es la ciudad del rey David. La Iglesia, nueva Jerusalén, es la gran familia que salvó Cristo y reina sobre ella, por eso cantamos jubilosos con el Salmo 121: «¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del Señor», vamos a la Iglesia, a la asamblea litúrgica.

Colosenses 1,12-20: El Padre nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido. La razón suprema de la realeza del Corazón de Cristo está en su filiación divina.

Dice San Juan Crisóstomo:
«Los beneficios recibidos son múltiples: además del propio don con el que nos gratifica, nos da también la virtud necesaria para recibirlo... Dios no solo nos ha honrado haciéndonos partícipes de la herencia, sino que nos ha hecho dignos de poseerla. Es doble, pues, el honor que recibimos de Dios: primero el puesto, y segundo el mérito de desempeñarlo bien» (Homilía sobre Colosenses 1,12).

Y más adelante dice él mismo:
«El Hijo de Dios no solamente ha creado todo, sino que Él conserva todo; de modo que si suspendiera un solo momento la acción de su voluntad soberana, todo volvería a la misma nada de la que Él ha sacado todo lo que existe... Por la palabra plenitud es necesario entender la divinidad de Jesucristo... La elección de esta expresión se ha hecho para indicar mejor que la esencia misma de la divinidad residía en Cristo» (ib. 17 y 19).

Y San Agustín:
«La Cabeza es nuestro mismo Salvador, que padeció bajo Poncio Pilato y ahora, después que resucitó de entre los muertos, está sentado a la diestra del padre. Y su Cuerpo es la Iglesia... Pues toda la Iglesia, formada por la reunión de los fieles –porque todos los fieles son miembros de Cristo–, posee a Cristo por Cabeza, que gobierna su Cuerpo desde el cielo» (Comentario al Salmo 56,1).

Lucas 23,35-43: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Toda la realeza salvífica del Corazón redentor de Cristo Jesús gira en torno al Calvario. Es la realeza que nos redime con su inmolación amorosa y nos salva con su resurrección pascual.

Comenta San Agustín:
«Miremos la Cruz de Cristo. Allí estaba Cristo y allí estaban los ladrones. La pena era igual, pero diferente la causa. Un ladrón creyó, otro blasfemó. El Señor, como en un tribunal, hizo de juez para ambos; al que blasfemó lo mandó al infierno; al otro lo llevó consigo al Paraíso. Cristo en la Cruz es considerado Rey: «acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Cristo reinó desde la Cruz. La participación en la realeza de Cristo es consustancial a la vida cristiana, con tal que lo reconozcamos en medio de las tribulaciones, en su Cruz, como el buen ladrón» (Sermón 335,2).

En los tres ciclos se puede meditar también el texto siguiente de Orígenes:
«Sin duda, cuando pedimos que el reino de Dios venga a nosotros, lo que pedimos es que este reino de Dios, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando. Efectivamente, Dios reina en cada uno de los santos, ya que éstos se someten a su ley espiritual, y así Dios habita en ellos como en una ciudad bien gobernada. En el alma perfecta está presente el Padre, y Cristo reina en ella, junto con el Padre, de acuerdo con las palabras del Evangelio: «vendremos a él y haremos morada en él».»

«Este reino de Dios que está dentro de nosotros llegará, con nuestra cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a Él todos sus enemigos, entregue a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos. Por esto, rogando incesantemente con aquella actitud interior que se hace divina por la acción del Verbo, digamos a nuestro Padre que está en los cielos: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino» (Tratado sobre la oración 25).

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo: Un Rey crucificado

Tiempo Ordinario (Semanas XXII a XXXIV). , Vol. 7, Sal Terrae, Santander, 1982
p. 116 ss.

-Jesús crucificado, acuérdate de mí cuando vengas como Rey (Lc 23, 35-43)

Evangelio significa "Buena Noticia", la de la salvación. Así es como se nos presenta la proclamación del evangelio de hoy: "Si tú eres el Rey de los judíos, sálvame", "acuérdate de mí cuando vengas como Rey". Y Jesús responde: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". Es verdaderamente el anuncio de la salvación por medio de la cruz y de la promesa que hace un Rey crucificado.

Un rey que es vencedor de la muerte. En efecto, la respuesta de Jesús no deja ninguna duda. En la cruz da una respuesta que no es una promesa vaga, sino una afirmación soberana: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". El buen ladrón provocó por parte de Cristo la respuesta que, en adelante, dará esperanza a todas las generaciones hasta la consumación de los siglos: la muerte es puerta del paraíso, y "estar con él" es el objetivo de toda vida cristiana y la realidad última de toda muerte.

-David, pastor y ungido rey de Israel (2 Sam 5, 13)

Los orígenes de este Rey crucificado se remontan lejos en el símbolo y en el anuncio. La realeza de Cristo encuentra así su figura y su tipo. Recibe la unción regia como un rey pastor.

Debemos subrayar las peculiaridades del oficio de rey en Israel. Este no es como un rey entre los paganos. El pueblo es, en efecto, el pueblo de Dios y pertenece a él solo. El rey tiene, pues, como función dirigir al pueblo que se le ha confiado, guiarlo; es un pastor elegido de Dios para su pueblo. Es manifestación del poder de Dios. Si alcanza una victoria, es Dios quien la alcanza (2 Sam 5, 17-25; 8, 1-14; 19, 10). Pero su función es sagrada; él es el ungido del Señor. Dios manifiesta su presencia a su pueblo mediante la presencia del rey, y a través de él hace el Señor visible su soberanía, su poder, su gloria (Sal 72, 8; 110, 1). Es, pues, signo de Dios pero, a la vez, hombre débil; en cuanto tal, es a menudo objeto de oposición, aunque ésta jamás llega hasta la contestación del ideal regio.

Aun si la persona del rey es criticable, la realeza sigue constituyendo para Israel una indispensable condición de su vida y de la seguridad que tiene de la presencia de su Dios con él. Esto supuesto, es normal que la literatura y, por ejemplo, los salmos den del rey una imagen idealista. El rey es el símbolo de la esperanza y, en todo momento, la esperanza de un rey justo que conduzca a Israel. En este sentido hay que entender al profeta Jeremías cuando ve suscitarse en la familia de David un "germen justo" por el que será salvado el pueblo. Y esa es, igualmente, la visión de Ezequiel, que ve en el futuro rey a un buen pastor que reunirá a las naciones dispersas (Ez 34, 23; 37, 22).

La hora de la salvación va llegando progresivamente, y algunos la reconocerán en la venida de Jesús. Los profetas, sobre todo Isaías, le presentarán como el Siervo, aquel que da su vida (Is 53) en medio de la humillación para constituir un reino.

-En el reino de su Hijo querido (Col 1, 12-20)

Describe san Pablo en su carta el desarrollo de la vida cristiana en relación con la Historia de la salvación. En el plan de Dios aparece en primer lugar el Hijo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura. Con su sangre, restablece la primacía que había ejercido al principio de la creación. En él tienen todas las cosas su total realización. El cristiano es introducido en este plan de reconstrucción, y su vida evoluciona según ese mismo plan. Nosotros entramos en el reino que él funda restaurando toda la creación y reconciliando todo por él y para él, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Esta parte de la carta de san Pablo es un himno de gloria. Este mismo Cristo Rey está a la cabeza de su Iglesia, en la que estamos insertos por nuestro bautismo, convertidos en una nación santa, un pueblo regio.

La 1a lectura de hoy nos ha orientado hacia el Rey-Mesías esperado, mientras que el evangelio nos ha mostrado cómo la historia de la salvación es regida por Cristo quien, por su cruz, la conduce a su término. La 3a lectura es un canto de gloria a todo lo que Cristo, Rey del universo, ha realizado para la instauración del Reino en el que estamos insertos. A todos, pues, se nos invita a hacer la experiencia de una vida vivida bajo un Rey, en un pueblo regio, pero bajo un Rey cuyo reino no es de este mundo.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
p. 297 s.

1. «Este es el Rey de los judíos».

El letrero colocado sobre la cabeza del Crucificado: «Este es el Rey de los judíos», ha sido formulado por Pilato como provocación a los judíos; los soldados que lo leen se burlan de él, al igual que las «autoridades» del pueblo, diciendo: «Si eres tú el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Pero en el evangelio de Lucas hay al menos uno que toma en serio este letrero, uno de los dos malhechores crucificados con Jesús, quien se dirige a él en estos términos: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». La inscripción colocada sobre la cruz indica que el reino de Dios tradicional se entiende aquí por primera vez como un reino de Cristo, y que el antiguo «Dios es rey» de los salmos se trasforma ahora en «Cristo es rey». Poco importa cómo el buen ladrón se imagina este reinado de Jesús; en todo caso parece claro que piensa que este Rey puede ayudarle a él, un pobre agonizante. Se trata del primer barrunto de la soberanía regia de Jesús sobre el mundo entero.

2. «Ungieron a David como rey de Israel».

La primera lectura recuerda brevemente que David como rey es el antepasado de Jesús; David había sido ya ungido por Samuel cuando no era más que un joven pastor y en una época en que todavía reinaba Saúl; aquí es reconocido oficialmente por todas las tribus de Israel como el pastor de todo el pueblo. Es una imagen anticipada de lo que sucede en la cruz: Jesús era desde el principio el Ungido (Mesías), pero en la cruz es proclamado Rey oficialmente (en las tres lenguas del mundo según Juan).

3. «Todo se mantiene en él... Por la sangre de su cruz».

La segunda lectura amplía el presentimiento del buen ladrón hasta lo ilimitado, sin abandonar el centro de esta realeza de Jesús, su cruz. La creación entera está sometida a él como Rey, porque sin él ella simplemente no existiría. Toda ella «se mantiene» en él. El Padre ha concebido el mundo desde un principio de modo que debe llegar a convertirse en el «reino de su Hijo querido», y esto por así decirlo no a partir de sí mismo, sino expresamente de modo que por Jesús «sean reconciliados todos los seres» y todos recibamos por él «la redención, el perdón de los pecados», y de modo que esta «paz» entre todos los seres, los del cielo y los de la tierra, sólo debe fundarse en «la sangre de su cruz». Sólo en esta entrega suprema, bajo las burlas de judíos y paganos y la huida y la negación cobardes de los cristianos, se manifestó en el Hijo todo el amor de Dios al mundo, de tal manera que este amor divino en la figura del Hijo puede obtener ahora la soberanía sobre todas las cosas.

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