Solemnidad de la Ascensión del Señor (C)

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Hch 1, 1-11: Lo vieron levantarse
- Salmo: Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas
- 2ª Lectura: Heb 9, 24-28; 10, 19-23: Cristo ha entrado en el mismo cielo
+ Evangelio: Lc 24, 46-53: Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Pablo II, Papa

Homilía (28-05-1992)


nn. 1-3.
Sagrada Liturgia en Rito Hispano-Mozárabe
Basílica de San Pedro
Solemnidad de la Ascensión del Señor
Jueves 28 de mayo del 1992

Amados hermanos en el episcopado,
queridos sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles:

1. «A sí como en la solemnidad de Pascua la resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría, así también ahora su ascensión al cielo nos es un nuevo motivo de gozo, al recordar y celebrar litúrgicamente el día en que la pequeñez de nuestra naturaleza fue elevada, en Cristo... hasta compartir el trono de Dios Padre» (San León Magno, Sermo II de Ascensione Domini, 1). Con estas palabras el papa san León Magno resumía el significado de la presente solemnidad de la Ascensión del Señor, que nos reúne hoy en torno al altar, celebrando la sagrada liturgia en Rito Hispano–Mozárabe.

[...]

2. San Lucas, en la segunda lectura (Hch 1, 1-11), evoca los aspectos centrales del misterio de esta solemnidad de la Ascensión. El Señor Jesús promete el don del Espíritu Santo, que había de dar a los discípulos la fuerza necesaria para ser sus testigos hasta los confines del mundo. Esta escena, descrita con elementos típicos de las grandes teofanías del Antiguo Testamento, no es únicamente una conclusión solemne y hierática de la vida del Señor. La Ascensión, como la relata el libro de los Hechos de los Apóstoles, señala el momento de la transición del tiempo de Jesús de Nazaret al tiempo de los Apóstoles y de la Iglesia. Con la subida a los cielos termina la presencia visible del Señor entre los hombres y comienza la misión de los Apóstoles que, guiados y fortalecidos por el Espíritu, están llamados a ser testigos de la resurrección, depositarios de la Palabra y de la promesa de Jesús, para hacer resonar el anuncio solemne del Reino de Dios en todo el mundo.

3. La solemnidad que hoy celebramos invita al cristiano a una actitud de superación y de maduración en la fe, pues con la venida del Espíritu, que el Señor promete, se nos abre el camino de la plenitud futura. «Os conviene que yo me vaya –dice Jesús en el Evangelio que hemos escuchado– porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. ...Cuando venga él, el Espíritu de verdad, os guiará hasta la verdad plena» (Jn 16, 5.13). Nosotros, los que formamos parte de la Iglesia y hemos recibido el don del Espíritu Santo, estamos hoy llamados a continuar la tarea que el Señor confió a los Apóstoles.

La dimensión eclesial de la Ascensión del Señor queda, pues, subrayada con énfasis en las diversas plegarias que serán utilizadas en esta Eucaristía. Con insistencia se nos presenta el misterio de la Ascensión como un regreso de Cristo al Padre, para sentarse a su derecha en el santuario del cielo, como nos recuerda la primera lectura del Apocalipsis (Ap 4, 1-11). Los signos sagrados con que la Liturgia renueva el misterio de nuestra redención, a lo largo de la historia de la Iglesia, se han expresado con unas formas que, de alguna manera, respondían a los auténticos valores humanos y culturales de quienes los celebraban.

[...]

Homilía (23-05-1998)


nn. 1.6
Visita Pastoral a la Archidiócesis de Vercelli y Turín.
Misa de Beatificación del Presbítero Secondo Polo.
Vercelli, Plaza de la Catedral.
Ascensión del Señor (C)
Sábado 23 de mayo del 1998

«A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días» (Hch 1, 3).

1. ¡Cuarenta días! La solemnidad de la Ascensión de Cristo al cielo concluye el período de cuarenta días a partir del domingo de Resurrección. Existe un significativo paralelismo litúrgico entre el tiempo cuaresmal y el pascual, una singular convergencia espiritual, que abre a nuevos horizontes para la vida cristiana: la Cuaresma lleva a la Resurrección; los cuarenta días después de la Pascua son la preparación para la Ascensión.

La Cuaresma, al remitirse idealmente a los cuarenta años de camino de Israel hacia la Tierra prometida, muestra en el Nuevo Testamento el itinerario de los creyentes hacia el misterio pascual, culminación y punto clave de la historia de la humanidad y de la economía de la salvación. Los cuarenta días que preceden a la Ascensión simbolizan el camino de la Iglesia en la tierra hacia la Jerusalén celestial, en la que entrará al fin junto con su Señor.

En los acontecimientos pascuales, Jesús revela la plenitud de la vida inmortal. En la cruz, vence a la muerte, y, mediante su sacrificio, ilumina con una luz nueva toda la existencia humana. Esto es lo que ponen de relieve los textos litúrgicos de la solemnidad de la Ascensión y, especialmente, el pasaje de la carta a los Hebreos que acabamos de escuchar: «Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio» (Hb 9, 27). Cristo resucitado y transfigurado en la gloria, como sacerdote eterno de la nueva Alianza, no entra «en un santuario hecho por mano de hombre (...), sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro» (Hb 9, 24).

Esta conciencia aumenta en la contemplación de los misterios sagrados y da un sentido nuevo a la vida diaria, proyectándola constantemente hacia las realidades últimas y eternas. El cielo es nuestra morada definitiva, como sugiere el apóstol Pablo: «Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra» (Col 3, 1-2).

[...]

6. Volvamos a la Ascensión: «Mientras los bendecía, (Jesús) se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24, 51).

El encuentro del Resucitado con sus discípulos concluye con dos gestos, que san Lucas refiere al final de su evangelio, mientras narra el acontecimiento de la Ascensión: la despedida del Señor resucitado que bendice a los Apóstoles y la actitud de éstos.

La bendición de Cristo glorioso suscita en los discípulos la adoración y la alegría. Así, el misterio de la Ascensión asume el tono solemne de una liturgia armoniosa. Los discípulos reconocen en Jesús al Señor victorioso sobre la muerte y, al mismo tiempo, comprenden el significado profundo de su misión.

Su corazón está embargado de estupor y alabanza; no es la melancolía de un adiós, sino el gozo por la certeza de una presencia renovada. Jesús se oculta a los ojos físicos de sus discípulos, para hacerse presente a los ojos de su corazón; se libera de los límites del espacio y del tiempo, para hacerse presente al hombre de todos los tiempos y lugares, y ofrecerles a todos el don de la salvación.

Como los Apóstoles, como san Eusebio, como la multitud de los santos y beatos de esta ilustre Iglesia, a la que hoy se añade don Secondo Pollo, también nosotros tenemos la certeza de su presencia.

Sí. Cristo está con nosotros, dentro de nosotros; está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

Homilía (27-05-2001)


nn. 1.3.6
Visita Pastoral a la Parroquia Romana de Santa Ángela de Merici.
Solemnidad de la Ascensión del Señor (Ciclo C)
Domingo 27 de mayo del 2001

1. "Dios asciende entre aclamaciones" (Antífona del Salmo responsorial). Estas palabras de la liturgia de hoy nos introducen en la solemnidad de la Ascensión del Señor. Revivimos el momento en que Cristo, cumplida su misión terrena, vuelve al Padre. Esta fiesta constituye el coronamiento de la glorificación de Cristo, realizada en la Pascua. Representa también la preparación inmediata para el don del Espíritu Santo, que sucederá en Pentecostés. Por tanto, no hay que considerar la Ascensión del Señor como un episodio aislado, sino como parte integrante del único misterio pascual.

En realidad, Jesús resucitado no deja definitivamente a sus discípulos; más bien, empieza un nuevo tipo de relación con ellos. Aunque desde el punto de vista físico y terreno ya no está presente como antes, en realidad su presencia invisible se intensifica, alcanzando una profundidad y una extensión absolutamente nuevas. Gracias a la acción del Espíritu Santo prometido, Jesús estará presente donde enseñó a los discípulos a reconocerlo:  en la palabra del Evangelio, en los sacramentos y en la Iglesia, comunidad de cuantos creerán en él, llamada a cumplir una incesante misión evangelizadora a lo largo de los siglos.

3. Amadísimos hermanos y hermanas... La liturgia nos exhorta hoy a mirar al cielo, como hicieron los Apóstoles en el momento de la Ascensión, pero para ser los testigos creíbles del Resucitado en la tierra (cf. Hch 1, 11), colaborando con él en el crecimiento del reino de Dios en medio de los hombres. Nos invita, además, a meditar en el mandato que Jesús dio a los discípulos antes de subir al cielo:  predicar a todas las naciones la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24, 47). Es un mandato que nos impulsa a reflexionar sobre lo que [estamos] tratando de realizar con fidelidad a Cristo, para influir eficazmente en la sociedad y en la cultura contemporánea.

6. "Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido" (Lc 24, 49). Jesús habla aquí de su Espíritu, el Espíritu Santo. También nosotros, al igual que los discípulos, nos disponemos a recibir este don en la solemnidad de Pentecostés. Sólo la misteriosa acción del Espíritu puede hacernos nuevas criaturas; sólo su fuerza misteriosa nos permite anunciar las maravillas de Dios. Por tanto, no tengamos miedo; no nos encerremos en nosotros mismos. Por el contrario, con pronta disponibilidad colaboremos con él, para que la salvación que Dios ofrece en Cristo a todo hombre lleve a la humanidad entera al Padre.

Permanezcamos en espera de la venida del Paráclito, como los discípulos en el Cenáculo, juntamente con María. Al llegar a vuestra iglesia he visto una columna que sostiene la imagen de la Virgen con la inscripción:  "No pases sin saludar a María". Sigamos siempre este consejo. María, a la que recurrimos con confianza sobre todo en este mes de mayo, nos ayude a ser dignos discípulos y testigos valientes de su Hijo en el mundo. Que ella, como Reina de nuestro corazón, haga  de todos los creyentes una familia  unida  en el amor y en la paz.

Benedicto XVI, Papa

Regina Caeli (16-05-2010)


Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
Solemnidad de la Ascensión del Señor
Domingo 16 de mayo del 2010

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy en Italia y otros países se celebra la Ascensión de Jesús al cielo, que tuvo lugar cuarenta días después de la Pascua... En la liturgia se narra el episodio de la última vez que el Señor Jesús se separó de sus discípulos (cf. Lc 24, 50-51; Hch 1, 2.9); pero no se trata de un abandono, porque él permanece para siempre con ellos —con nosotros— de una forma nueva. San Bernardo de Claraval explica que la Ascensión de Jesús al cielo se realiza en tres grados: «El primero es la gloria de la resurrección; el segundo, el poder de juzgar; y el tercero, sentarse a la derecha del Padre» (Sermo de Ascensione Domini, 60, 2: Sancti Bernardi Opera, t. VI, 1, 291, 20-21). Inmediatamente antes de este acontecimiento tuvo lugar la bendición de los discípulos, que los preparó a recibir el don del Espíritu Santo, para que la salvación fuera proclamada en todas partes. Jesús mismo les dijo: «Vosotros sois testigos de estas cosas. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre» (Lc 24, 48-49).

El Señor atrae la mirada de los Apóstoles —nuestra mirada— hacia el cielo para indicarles cómo recorrer el camino del bien durante la vida terrena. Sin embargo, él permanece en la trama de la historia humana, está cerca de cada uno de nosotros y guía nuestro camino cristiano: acompaña a los perseguidos a causa de la fe, está en el corazón de los marginados, se halla presente en aquellos a los que se niega el derecho a la vida. Podemos escuchar, ver y tocar al Señor Jesús en la Iglesia, especialmente mediante la palabra y los sacramentos. A este propósito, exhorto a los muchachos y jóvenes que en este tiempo pascual reciben el sacramento de la Confirmación a permanecer fieles a la Palabra de Dios y a la doctrina que han aprendido, como también a acercarse asiduamente a la Confesión y a la Eucaristía, conscientes de haber sido elegidos y constituidos para testimoniar la Verdad. Renuevo también mi invitación especial a los hermanos en el sacerdocio a que «con su vida y sus obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico» (Carta de convocatoria del Año sacerdotal) y sepan utilizar con sabiduría también los medios de comunicación, para dar a conocer la vida de la Iglesia y ayudar a los hombres de hoy a descubrir el rostro de Cristo (cf. Mensaje para la 44ª Jornada mundial de las comunicaciones sociales, 24 de enero de 2010).

Queridos hermanos y hermanas, el Señor, al abrirnos el camino del cielo, nos permite saborear ya en esta tierra la vida divina. Un autor ruso del siglo XX, en su testamento espiritual, escribió: «Observad más a menudo las estrellas. Cuando tengáis un peso en el alma, mirad las estrellas o el azul del cielo. Cuando os sintáis tristes, cuando os ofendan, ... deteneos a mirar el cielo. Así vuestra alma encontrará la paz» (N. Valentini - L. Žák (ed.), Pavel A. Florenskij. Non dimenticatemi. Le lettere dal gulag del grande matematico, filosofo e sacerdote russo, Milán 2000, p. 418). Doy gracias a la Virgen María, a quien en los días pasados pude venerar en el santuario de Fátima, por su materna protección durante la intensa peregrinación a Portugal. A ella, que vela por los testigos de su Hijo amado, dirigimos con confianza nuestra oración.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

El texto de la carta de los Efesios nos da la clave para entender el significado verdadero de la ascensión: en Cristo, Dios Padre ha desplegado todo su poder, sentándolo a su derecha y sometiéndolo todo. La ascensión pone de relieve que Cristo es «Señor», que todo –absolutamente todo– está bajo su dominio soberano. Y este dominio se traduce en influjo vital sobre la Iglesia, hasta el punto de que toda la vida de la Iglesia le viene de su Señor, de Cristo glorioso, al cual debe permanecer fielmente unida.

El evangelio nos subraya que, después de la ascensión, los discípulos se volvieron llenos de alegría. Es la alegría de contemplar la victoria total y definitiva de Cristo; la alegría de entender el plan de Dios completo y de descubrir el sentido de la humillación, de los padecimientos y de la muerte de Cristo. Es la alegría de saber que Cristo glorioso sigue misteriosamente presente en su Iglesia, infundiéndole su propia vida.

En el momento de la ascensión, Cristo reitera su promesa: plenamente glorificado, derrama en su Iglesia el Espíritu Santo. Esta semana es semana de cenáculo. Toda la Iglesia sólo tiene esta tarea que realizar: permanecer con María a la espera del Espíritu, que viene con su fuerza poderosa para hacernos testigos de Cristo.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Pascua. , Vol. 3, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Desde su Ascensión a los cielos, Jesús tiene transferido a su Iglesia el mandato de seguir realizando su obra de evangelización y salvación hasta el fin de los tiempos.

Oigamos a San León Magno, que en sus Sermones 73 y 74 expuso el Misterio de la Ascensión del Señor:

«El misterio de nuestra salvación, que el Creador del universo estimó en el precio de su Sangre, se fue realizando, desde el día de su nacimiento hasta el fin de su Pasión, mediante su humildad. Aunque bajo la forma de siervo, se manifestaron muchas señales de su divinidad; con todo, su acción durante este tiempo estuvo encaminada a mostrar la verdad de su naturaleza humana. Pero, después de su Pasión, libre ya de las ataduras de la muerte, las cuales habían perdido su fuerza al sujetar a Aquel que estaba exento de todo pecado, la debilidad se convirtió en valor, la mortalidad en inmortalidad, la ignominia en gloria. Esta gloria la declaró nuestro Señor Jesucristo, mediante muchas y manifiestas pruebas (Hch 1,3), en presencia de muchos, hasta que el triunfo de la victoria conseguida con la muerte fue patente con su Ascensión a los cielos.

«Por lo mismo, así como la Resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría en la solemnidad pascual, así su Ascensión a los cielos es causa del gozo presente, ya que nosotros recordamos y veneramos debidamente este día, en el cual la humildad de nuestra naturaleza, sentándose con Jesucristo en compañía de Dios Padre, fue elevada sobre los órdenes de los ángeles, sobre toda la milicia del cielo y la excelsitud de todas las potestades (Ef 1,21). Gracias a esta economía de las obras divinas, el edificio de nuestra salvación se levanta sobre sólidos fundamentos... Lo que fue visible a nuestro Redentor ha pasado a los sacramentos (a los ritos sagrados) y, a fin de que la fe fuese más excelente y firme, la visión ha sido sustituida por una enseñanza, cuya autoridad, iluminada con resplandores celestiales, han aceptado los corazones de los fieles» (Sermón 74,1-2).

Raniero Cantalamessa

Homilía (20-05-2007): Seréis mis testigos

Domingo 20 de mayo del 2007

Si no queremos que la Ascensión se parezca más a un melancólico «adiós» que a una verdadera fiesta, es necesario comprender la diferencia radical que existe entre una desaparición y una partida. Con la Ascensión, Jesús no partió, no se ha «ausentado»; sólo ha desaparecido de la vista. Quien parte ya no está; quien desaparece puede estar aún allí, a dos pasos, sólo que algo impide verle. En el momento de la ascensión Jesús desaparece, sí, de la vista de los apóstoles, pero para estar presente de otro modo, más íntimo, no fuera, sino dentro de ellos. Sucede como en la Eucaristía; mientras la hostia está fuera de nosotros la vemos, la adoramos; cuando la recibimos ya no la vemos, ha desaparecido, pero para estar ya dentro de nosotros. Se ha inaugurado una presencia nueva y más fuerte.

Pero surge una objeción. Si Jesús ya no está visible, ¿cómo harán los hombres para saber de su presencia? La respuesta es: ¡Él quiere hacerse visible a través de sus discípulos! Tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el evangelista Lucas asocia estrechamente la Ascensión al tema del testimonio: «Vosotros sois testigos de estas cosas» (Lc 24, 48). Ese «vosotros» señala en primer lugar a los apóstoles que han estado con Jesús. Después de los apóstoles, este testimonio por así decir «oficial», esto es, ligado al oficio, pasa a sus sucesores, los obispos y los sacerdotes. Pero aquel «vosotros» se refiere también a todos los bautizados y los creyentes en Cristo. «Cada seglar –dice un documento del Concilio- debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo» ( Lumen gentium 38).

Se ha hecho célebre la afirmación de Pablo VI: «El mundo tiene necesidad de testigos más que de maestros». Es relativamente fácil ser maestro, bastante menos ser testigo. De hecho, el mundo bulle de maestros, verdaderos o falsos, pero escasea de testigos. Entre los dos papeles existe la misma diferencia que, según el proverbio, entre el dicho y el hecho... Los hechos, dice un refrán ingles, hablan con más fuerza que las palabras.

El testigo es quien habla con la vida. Un padre y una madre creyentes deben ser, para los hijos, «los primeros testigos de la fe» (esto pide para ellos la Iglesia a Dios, en la bendición que sigue al rito del matrimonio). Pongamos un ejemplo concreto. En este período del año muchos niños [y jóvenes] se acercan a la primera comunión y a la confirmación. Una madre o un padre creyentes pueden ayudar a su hijo a repasar el catecismo, explicarle el sentido de las palabras, ayudarle a memorizar las repuestas. ¡Hacen algo bellísimo y ojalá fueran muchos los que lo hicieran! Pero ¿qué pensará el niño si, después de todo lo que los padres han dicho y hecho por su primera comunión, descuidan después sistemáticamente la Misa los domingos, y nunca hacen el signo de la cruz ni pronuncian una oración? Han sido maestros, no testigos.

El testimonio de los padres no debe, naturalmente, limitarse al momento de la primera comunión o de la confirmación de los hijos. Con su modo de corregir y perdonar al hijo y de perdonarse entre sí, de hablar con respeto de los ausentes, de comportarse ante un necesitado que pide limosna, con los comentarios que hacen en presencia de los hijos al oír las noticias del día, los padres tienen a diario la posibilidad de dar testimonio de su fe. El alma de los niños es una placa fotográfica: todo lo que ven y oyen en los años de la infancia se marca en ella y un día «se revelará» y dará sus frutos, buenos o malos.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994

1. «Mientras los bendecía, se separó de ellos»

Lucas nos cuenta hoy, al final de su evangelio y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, la ascensión del Señor: en el evangelio con una mirada retrospectiva que conduce al mismo tiempo a la misión en el futuro; y en los Hechos de los Apóstoles, eliminando las falsas concepciones para hacer sitio a la futura misión de la Iglesia. En el evangelio el Señor remite a la quintaesencia de la Sagrada Escritura: la pasión y la resurrección del Mesías, y esto es lo que se anunciará de ahora en adelante a todos los pueblos. Los discípulos han sido y siguen siendo los testigos oculares de esta quintaesencia de toda la revelación, y esta gracia única («¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros véis!») los convierte en los «testigos» privilegiados. Pero el testigo principal es el propio Dios, su Espíritu Santo, que conferirá a sus palabras humanas «la fuerza de lo alto». Los discípulos han de esperar a este Espíritu de Dios, de modo que su misión exigirá una obediencia permanente al Espíritu Santo. La ascensión de Jesús hacia el Padre está precedida de una bendición final que envuelve a todo el futuro de la Iglesia, una bendición cuya eficacia durará siempre y bajo la que hemos de poner toda nuestra actividad.

2. «Mis testigos hasta los confines del mando».

La primera lectura, el comienzo de los Hechos de los Apóstoles, elimina las limitadas expectativas de los discípulos, que siguen esperando todavía la restauración del reino de Israel, y amplía expresamente el campo misionero de la Iglesia, que parte de Jerusalén, pasa por Judea y el país herético de Samaría, y llega hasta los confines de la tierra. La reconciliación operada por Dios en Cristo afecta al mundo entero, todos los pueblos han de conocerla. Los apóstoles no hacen propaganda de una religión determinada, sino que anuncian un acontecimiento divino que concierne a todos desde el principio, que de hecho ya les ha afectado, lo sepan o no. Pero todos deben conocerlo, pues entonces podrán poner su vida bajo esta nueva luz que le da sentido y ordenarla en consecuencia. La universalidad de la verdad de Cristo exige que su verdad objetiva sea afirmada también subjetivamente por los hombres. Afirmada o negada, rechazada: lo que es también una forma de ser conocida.

3. «Un camino nuevo y vivo a través de la cortina».

La segunda lectura subraya el carácter único y definitivo del acontecimiento de Cristo. Si este acontecimiento fuera repetible, no tendría una validez universal. La Antigua Alianza estaba bajo el signo de la repetición, porque la ofrenda de la sangre de los animales no podía producir una expiación definitiva ante Dios; pero la autoinmolación de Jesús fue tan irrepetible y suficiente que en virtud de ella podemos entrar en el santuario de Dios a través de la cortina, que anteriormente era siempre un elemento separador: lo que parecía separarnos de Dios, nuestra carne mortal, se ha convertido precisamente, con la ascensión de Cristo, en lo que ha penetrado hasta el Padre, ha purificado nuestra «mala conciencia» y nos ha dado «la firme esperanza que profesamos» en la «fidelidad» de Dios, ahora definitivamente demostrada.



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (23-05-1992)

Visita Pastoral a Campania. Celebración en la Plaza de Armas, Nola (Napoles)
Sábado 23 de mayo del 1992

1. «Questo Gesù, che è stato tra voi assunto fino al cielo, tornerà . . .» (At 1, 11). Le parole, che gli Apostoli hanno modo di ascoltare dopo la dipartita di Cristo verso il Padre, costituiscono una conferma di ciò che Egli stesso aveva loro preannunciato la vigilia della sua passione e morte. Nel Cenacolo aveva detto: «Vado e tornerò a voi» (Gv 14, 28), riferendosi alla sua partenza e all’inizio del suo ritorno, del nuovo ritorno. Il racconto di Giovanni relativo al colloquio con cui Cristo si congeda dai suoi discepoli, s’incentra totalmente sull’annuncio: «Vado e tornerò».

2. Ogni anno la Chiesa rivive, nel tempo liturgico della Pasqua, i quaranta giorni trascorsi da Gesù, dopo la risurrezione, con i suoi discepoli sulla terra. Quando ci si avvicina al quarantesimo giorno, cioè all’Ascensione, si rifanno presenti tutte le circostanze della sua partenza. Nella liturgia odierna ci è dato di ascoltare il suo ultimo colloquio con i discepoli. Gli interlocutori - secondo la loro mentalità - lo interrogano circa i tempi della ricostituzione del regno di Israele, ma Cristo risponde mettendo in risalto un’altra prospettiva, la prospettiva del regno di Dio, del regno del Padre. Si esprime così: «Avrete la forza dello Spirito Santo che scenderà su di voi e mi sarete testimoni a Gerusalemme, in tutta la Giudea e la Samaria e fino agli estremi confini della terra» (At 1, 8).

3. Nella prospettiva del Regno di Dio, ciò che è più vicino ed importante è proprio questo: lo «Spirito Santo scenderà su di voi». Di lì a poco gli Apostoli avrebbero sperimentato il compimento di tale promessa. Dal giorno di Pentecoste - prima loro stessi e poi i fedeli di tutta la Chiesa, di generazione in generazione - hanno vissuto e continuano a vivere il compimento della promessa del Redentore. La Chiesa sa che nella discesa dello Spirito-Paraclito è Cristo stesso che viene. È con noi tutti i giorni, fino alla fine del mondo (Mt 28, 20). Perché nella storia dell’umanità si possa realizzare il Regno di Dio è necessaria la potenza di Dio: una «potenza che viene dall’alto» (cf. At 1, 5). Non bastano le forze umane: non basta l’intelligenza, né la volontà, né qualsiasi umana abilità o capacità. Solo nella potenza dello Spirito di Verità possiamo essere testimoni di Cristo. Solo nella potenza dello Spirito di verità possiamo essere Chiesa.

4. Ci troviamo oggi sul luogo in cui, nei tempi antichi, ha vissuto un singolare testimone di Gesù Cristo, San Paolino di Nola, vescovo e confessore, venuto in questa vostra terra dalla sua patria lontana. Anche in lui si è manifestata la stessa potenza dello Spirito Santo, che gli Apostoli hanno ricevuto nel giorno della Pentecoste. Con lui ricordo l’altro vostro Santo Patrono, San Felice; e ancora l’insigne teologo e grande assertore dell’Immacolata Concezione di Maria Giovanni Duns Scoto, particolarmente venerato nella vostra Città.

Carissimi fratelli e sorelle! Facendo memoria di questi illustri testimoni della fede cristiana, che con la loro vita hanno tracciato una scia luminosa di fedeltà al Vangelo in questa vostra Regione, io vi saluto tutti con affetto... Sono lieto di poter celebrare quest’oggi l’Eucaristia con la vostra Comunità... A ciascuno rivolgo il mio grato pensiero, invocando la potenza rinnovatrice dello Spirito Paraclito. Lo invoco specialmente su voi, ammalati e sofferenti, che vedo qui in prima fila: voi completate ciò che manca ai patimenti di Cristo nella vostra carne a vantaggio del suo corpo, che è la Chiesa (cf. Col 1, 24). L’ardore soprannaturale dello Spirito Santo faccia di tutti voi coraggiosi araldi della Verità, che libera l’uomo da ogni schiavitù e lo rende capace di consacrare l’intera esistenza alla costruzione del Regno.

5. La liturgia, soprattutto in questo tempo pasquale ci invita a perseverare nella preghiera, come gli Apostoli insieme a Maria nel Cenacolo. Ci ricordano gli Atti degli Apostoli che i discepoli, tornati dal monte degli Ulivi, rimasero concordi nella preghiera per i giorni successivi, fino alla Pentecoste. A tale preghiera prese parte - insieme ad alcune donne e ai «fratelli» del Signore - anche la Madre di Gesù, che fu così presente alla nascita della Chiesa. Una volta Gesù aveva detto: «Mia madre e miei fratelli sono coloro che ascoltano la parola di Dio e la mettono in pratica» (Lc 8, 21), riferendosi a sua Madre - colei che gli aveva dato la vita umana nella notte di Betlemme - e colei che, insieme ai suoi fratelli e sorelle, era rimasta in preghiera, perché la Chiesa potesse nascere e rivelarsi al mondo.

6. Anche la vostra Diocesi sente viva la celeste e orante presenza della Vergine Madre del Signore ed è grande la devozione che ad essa vi unisce. Quest’affetto spirituale, permeante i vostri spiriti, nasce - ne sono certo - da una fede sincera e dalla consapevolezza del ruolo che Maria ha nel piano della salvezza. A lei voi guardate come al Modello del vostro itinerario cristiano personale e comunitario. Ella fu attenta ascoltatrice della parola di Dio, accolta e meditata nel suo cuore e voi ben sapete che è dall’ascolto di questa sublime parola che nasce e si nutre costantemente la vera fede. Maria, attraverso l’«oscurità» degli eventi che si trovò a vivere, credette sempre, pur non sempre comprendendo; fu la prima ad attuare quella «obbedienza della fede», in cui s’esprime il giusto atteggiamento dell’uomo davanti a Dio che si rivela, e divenne così modello della Chiesa e del cristiano. È da questa fede, dall’accoglienza cioè della Parola di Dio costantemente ricercata e meditata, che acquistano senso e valore gli atti di culto e gli stessi Sacramenti. Quando la fede non è sufficientemente nutrita dalla Parola di Dio, quando vi è contraddizione tra ciò in cui si crede e ciò per cui si vive, i credenti perdono la capacità di incidere nella società. Viene meno, allora, il coraggio di reagire al degrado che logora il tessuto civile, sociale e morale; ci si lascia prendere dalla rassegnazione e dalla frustrazione; i giovani rischiano di divenire indifferenti ed estranei agli eventi religiosi, sociali e politici, rifugiandosi, ahimè non di rado, nell’ingannevole «paradiso» della droga.

7. Per resistere a così insidiose minacce si impone una nuova evangelizzazione, una profonda catechesi diretta a tutti, particolarmente agli adulti, perché è da loro, dai genitori in primo luogo, che i piccoli devono imparare a credere e a vivere come veri cristiani. Come, infatti, l’esistenza dell’uomo comincia con la nascita e perviene gradualmente al suo pieno sviluppo attraverso l’infanzia, l’adolescenza, la giovinezza e l’età matura, così la vita soprannaturale inizia col Battesimo, si perfeziona con la Cresima, che rende capaci di porre atti soprannaturalmente maturi, e giunge al suo pieno sviluppo nella partecipazione alla Mensa eucaristica, alla quale ci si dispone, se necessario, mediante la previa purificazione della Penitenza. Ecco l’itinerario cristiano. Itinerario di santità e di fedeltà, cammino di perfezione proposto a ogni credente. Penso, in questo momento, soprattutto a voi giovani di questa Diocesi. Voi conoscete per diretta esperienza i molti problemi che angustiano l’animo giovanile; vi è ben nota la sete di Dio, che abita il cuore di tanti vostri coetanei, anche se è nascosta a volte dietro atteggiamenti di indifferenza o addirittura di ostilità. Non accontentatevi di una fede languida e piatta. Non abbiate paura di essere generosi con Gesù Cristo. Se lui vi chiama, non è per togliere qualcosa alla vostra giovinezza, ma per arricchirla di ideali per i quali lottare, di traguardi a cui tendere, di vittorie da conseguire. Il pacato rimprovero che gli angeli rivolsero agli Apostoli il giorno dell’Ascensione: «Uomini di Galilea, perché indugiate a guardare in aria?» (At 1, 11) somiglia tanto all’altro richiamo contenuto nella parabola degli operai della vigna: «Perché ve ne state qui tutto il giorno oziosi?» (Mt 20, 6). Come nella parabola, anche nella realtà segue l’invito pressante rivolto ai credenti in tutte le ore della storia, e quindi anche nel nostro «oggi»: «Andate anche voi nella mia vigna» (Mt 20, 7).

8. Il Signore ci assicura: «Vado e tornerò tra voi». E in questo tempo - tempo della Chiesa - dobbiamo vegliare e pregare; costruire un mondo a dimensione dell’uomo e guardare verso il cielo attendendo il ritorno di Cristo. Sia benedetto l’uomo che, come il vostro santo Vescovo Paolino di Nola, rimane in attesa del ritorno del Signore.

Siano benedetti quanti «ascoltano la parola di Dio e la mettono in pratica» (Lc 8, 21): sono questi i veri fratelli e sorelle di Cristo, perché partecipano alla fede della Madre di Dio.

Al termine dell’omelia, prima dell’«Amen» conclusivo, il Papa ribadisce l’ultimo capoverso, modificando la forma:  

Benedetti quanti ascoltano la parola di Dio e la mettono in pratica. Benedetti voi che cercate, ascoltando la parola di Dio, praticandola nella vostra vita cristiana, di diventare ogni giorno di più veri fratelli e sorelle di Cristo, partecipando alla fede della sua divina Madre. Amen!

Homilía (11-05-1986)

nn. 1-5. 7-8
Visita Pastoral a Romagna
Basílica de San Apolinario in Classe, Ravenna
Domingo 11 de mayo del 1986

1. «Il Dio del Signore nostro Gesù Cristo, il Padre della gloria» (Ef 1, 17). A lui, al Padre della gloria, si rivolgono oggi i nostri pensieri; a lui si indirizzano gli sguardi di noi raccolti in questa incomparabile basilica di Sant’Apollinare in Classe che da 14 secoli tramanda negli splendidi mosaici l’«Evangelium aeternum» dell’Apocalisse; a lui la Chiesa innalza il suo cuore, meditando il Mistero pasquale di Gesù Cristo nel suo momento culminante.

Insieme con la risurrezione è iniziata l’esaltazione di Cristo. Colui che spogliò se stesso e si fece obbediente fino alla morte di croce (cf. Fil 2, 7-8), è stato esaltato da Dio. È stato glorificato. Poiché il Dio di Gesù Cristo è il Padre della gloria. Questa esaltazione di Cristo - secondo il testo degli Atti degli apostoli - è durata qui, sulla terra, per 40 giorni dopo la risurrezione. Nel corso di questi giorni egli è apparso agli apostoli, parlando del regno di Dio (cf. At 1, 3). Il 40° giorno «egli fu assunto in cielo» (cf. At 1, 2). La liturgia odierna celebra questo evento. Il vero luogo dell’esaltazione di Cristo, della sua glorificazione non è la terra, ma il «seno del Padre».

2. Il «cielo» parla di un universo differente da quello della terra. Esso è l’«universo di Dio», di quel Dio che sussiste nell’unità del Padre, del Figlio e dello Spirito Santo, e che, al tempo stesso, «si realizza interamente in tutte le cose» (Ef 1, 23) come «il Padre della gloria».

Questo «universo di Dio» è il luogo definitivo dell’esaltazione di Cristo. Là egli riceve l’adorazione come Eterno Figlio, della stessa sostanza del Padre e anche come Signore del creato redento. Infatti il Padre tutto «ha sottomesso ai suoi piedi e lo ha costituito su tutte le cose a capo della Chiesa, la quale è il suo corpo, la pienezza di colui che si realizza interamente in tutte le cose» (Ef 1, 22-23).

Cristo, il Signore del creato redento, esaltato nella risurrezione, glorificato nell’ascensione, continua a operare con la stessa potenza divina, che si è rivelata in lui sulla terra. Questa Potenza, suggellata nel mistero pasquale, conduce l’umanità e tutto il creato verso la gloria del Padre. Suo frutto è tutto il tesoro di gloria racchiuso nella sua eredità fra i santi, e, nello stesso tempo, è la straordinaria grandezza della sua potenza verso di noi credenti (cf. Ef 1, 18-19).

Così, dunque, il giorno 40° dopo la risurrezione, solennità dell’Ascensione del Signore, ci parla anche della vocazione alla gloria, che l’uomo e tutto il creato devono trovare definitivamente in Dio, per mezzo di Cristo, asceso al cielo.

3. Questo è il giorno di una conclusione e, in pari tempo, il giorno di un nuovo inizio: giorno di una separazione e insieme inizio di una nuova presenza.

Fin dall’ultima cena Cristo parla con grande chiarezza agli apostoli della venuta dello Spirito consolatore. Dopo la risurrezione ritorna a questo preannunzio e a questa promessa. «Quella . . . che voi avete udito da me: Giovanni ha battezzato con acqua, voi invece sarete battezzati in Spirito Santo, fra non molti giorni» (At 1, 5). Quindi gli apostoli chiedono: «È questo il tempo in cui ricostruirai il regno di Israele?», poiché il loro modo di pensare era ancora totalmente impregnato dalle attese della nazione, alla quale appartenevano, e di cui condividevano l’oppressione. La risposta di Gesù è la stessa, come sempre: «Non spetta a voi conoscere i tempi e i momenti che il Padre ha riservato alla sua scelta» (At 1, 8).

4. Vi sono i tempi della storia terrena dell’uomo, i tempi dei popoli e delle nazioni, delle loro cadute e delle loro riprese. Ma il «tempo» a cui pensa Gesù è un altro: «Avrete forza dallo Spirito che scenderà su di voi e mi sarete testimoni a Gerusalemme in tutta la Giudea e la Samaria e fino agli estremi confini della terra» (At 1, 8). Dunque: un tempo diverso, una storia diversa, un regno diverso da quello terreno di Israele. Lo Spirito Santo vi condurrà fuori, sulle vie di Gerusalemme; e poi vi spingerà oltre, fino agli estremi confini della terra, a tutti i popoli, alle nazioni e alle genti, a tutte le lingue, culture e razze, ai continenti interi.

Il Salmo dell’odierna liturgia parla della stessa cosa: «Applaudite, popoli tutti, / acclamate Dio con voci di gioia; / perché il Signore è re di tutta la terra. / Dio regna sui popoli» (cf. Sal 46, 2-3. 9). Il regno che «non è di questo mondo», il regno di Dio, viene rivelato in queste parole ancora una volta - come introduzione all’ascensione, all’esaltazione di Cristo nella gloria del Padre. Questo regno si realizza mediante la storia dei popoli e delle nazioni, mediante tutto l’insieme della storia dell’uomo sulla terra. Si realizza per opera di Cristo: egli infatti è la pienezza di tutte le cose.

È quindi necessario che si aprano più profondamente gli occhi dello spirito umano, che si aprano attraverso tutte le vicende della temporalità, mediante la storia del mondo, del mondo nostro contemporaneo. È necessario che il Padre della gloria illumini gli occhi della mente di tutti, per far capire a quale speranza siamo chiamati in Cristo, a quale gloria! E proprio per questo Cristo dice agli apostoli: «Sarete battezzati in Spirito Santo . . . e mi sarete testimoni . . . fino agli estremi confini della terra» (At 1, 5. 8).

Testimoni di Cristo! Testimoni della vocazione dell’umanità in Cristo! Insieme alla partenza di Cristo dalla terra, inizia il tempo di questa testimonianza: il tempo della missione apostolica, della missione della Chiesa tra le nazioni e tra i popoli.

«Applaudite, popoli tutti, / acclamate Dio con voci di gioia». La vita umana sulla terra ha un suo significato splendido. L’uomo è abbracciato dalla salvezza di Dio mediante il mistero di Cristo; l’uomo è chiamato alla gloria.

5. Con senso di profonda commozione rifletto oggi con voi, carissimi fratelli e sorelle, su queste grandi verità del messaggio cristiano. È infatti per me motivo di vera letizia spirituale trovarmi qui a Ravenna per questa solenne celebrazione...

E non è senza un suo particolare significato che questa celebrazione avvenga nel giorno dell’Ascensione, nel quale abbiamo sentito risonare le parole di Cristo: «Andate e ammaestrate tutte le nazioni» (Mt 28, 19). Tali parole infatti sono un invito a oltrepassare i confini, a raggiungere ogni popolo, ogni nazione, a diffondere il messaggio di Cristo in ogni parte della terra. È un invito che la comunità cristiana dell’antica Ravenna fece proprio con singolare impegno. Qui infatti venne costituendosi, già agli inizi dell’era cristiana, una sorta di ponte ideale tra Oriente e Occidente, che nei secoli successivi poté essere percorso nell’uno e nell’altro senso: si avviò così quell’ininterrotto scambio di fede, di cultura e di civiltà tra i popoli e le Chiese, che tanto contribuì all’affermarsi di una Europa unita nella fede, pur nella pluralità delle tradizioni locali.

Questa Città seppe esprimere le grandi verità che danno senso alla vita dell’uomo nella stupenda bellezza delle sue opere d’arte, nei mosaici, nelle basiliche, nelle pievi romaniche circostanti. In tali realizzazioni non c’è solo talento, arte, ispirazione, come è stato scritto, ma s’indovina qualcosa di misterioso che affascina l’intelligenza e la porta insensibilmente a riflettere sulla sorgente ispiratrice degli ignoti artisti di quei tempi lontani. «Questo qualcosa di misterioso è precisamente il mistero cristiano di una visione «cristocentrica» che dalla croce di Cristo si espande . . . Questa croce, segno e strumento della salvezza di tutti . . . brilla dovunque nel centro teologico di tutti gli edifici di Ravenna» (A. Frossard, Il Vangelo secondo Ravenna, p. 101).

[...]

7. Facendomi interprete della viva speranza che pervade tutta la Chiesa, vorrei rivolgerne alle nuove generazioni cristiane, chiedendo loro di adoperarsi, con efficace impegno, per attuare una nuova evangelizzazione della società europea. Sarà necessario riflettere sulle significative forze morali che hanno costituito l’originaria coscienza dell’Europa: il senso del diritto, l’unità nella molteplicità delle nazioni, la volontà di partecipazione responsabile, la creatività nell’arte e nel pensiero. Occorrerà inoltre cercare le vie di un rinnovato dialogo tra fede e cultura, riflettendo sulla situazione contemporanea e raccogliendo le promettenti prospettive che sembrano aprirsi a una più attenta valorizzazione del passato, grazie alla quale si potrà meglio comprendere il presente e, soprattutto, si potrà appoggiare su più solide basi la preparazione del futuro.

È questo un compito che si impone specialmente ai giovani, ai quali l’Europa moderna lancia come una sfida. La rifondazione della cultura europea è l’impresa decisiva e urgente del nostro tempo. Per rinnovare la società, occorre fare rivivere in essa la forza del messaggio di Cristo, redentore dell’uomo.

Per questa impresa l’esperienza vissuta secoli addietro in questa Città acquista il valore di un simbolo ricco di luminosi insegnamenti: come Ravenna riuscì a scrivere nei suoi monumenti la meravigliosa grandezza dell’annuncio evangelico nel corso di tempi particolarmente travagliati e difficili, così la presente generazione deve cercare di incarnare in nuovi modelli di pensiero e di vita il messaggio di pace e di fraternità, che scaturisce dalla fede in un unico Padre e in un unico Redentore. Occorre cioè tentare di ricostruire l’Europa secondo la sua vera identità, che è, nella sua originaria radice, identità cristiana.

8. In questa impresa ci accompagna Cristo, asceso al cielo, come ci ricorda la liturgia odierna, e che un giorno ritornerà. Il 40° giorno dopo la risurrezione sul pendio del monte degli Ulivi, verso Betania, Gesù lasciò i suoi amici sulla terra. «Una nube lo sottrasse al loro sguardo» (At 1, 9). La nube, secondo la Scrittura, è segno della presenza di Dio; segno che rivela e insieme vela la gloria della divinità.

Per gli apostoli questo avvenimento fu fonte di nuovo stupore, così come era avvenuto all’apparire del Risorto nel cenacolo il terzo giorno dopo la crocifissione. E allora udirono la voce: «Uomini di Galilea, perché state a guardare il cielo? Questo Gesù, che è stato tra di voi assunto fino al cielo, tornerà un giorno allo stesso modo in cui l’avete visto andare in cielo» (At 1, 11).

È venuto. È passato attraverso la nostra storia, camminando sulla nostra terra. Ci ha lasciato il Vangelo e la croce come segno della salvezza. Ci ha lasciato nella risurrezione «la chiamata alla gloria». Poi se n’è andato. Ritornerà.

La Chiesa lo professa tutti i giorni nella liturgia eucaristica: «Annunziamo la tua morte . . . Proclamiamo la tua risurrezione . . . Attendiamo la tua venuta nella gloria».

Lo Spirito e la sposa dicono costantemente: «Vieni!» (Ap 22, 17). La storia dell’uomo, la storia dei popoli e delle nazioni, delle culture e dei continenti è una preparazione a questa venuta definitiva. È un’attesa. Un’attesa che non sarà delusa, perché lui ritornerà.

Homilía (30-11--0001)

Solemnidad de la Ascensión del Señor (C)
Lunes 30 de noviembre del -1

«Ascende il Signore tra canti di gioia!».

1. È motivo di profonda letizia per la Chiesa tutta, e anche per l’umanità, la celebrazione liturgica del mistero dell’Ascensione di Nostro Signore Gesù Cristo, il quale è stato esaltato e glorificato solennemente da Dio. La Liturgia applica oggi a Cristo, che ritorna al Padre, le parole esultanti che il salmista dedica all’Eterno: «Ascende Dio tra le acclamazioni, / il Signore al suono di tromba. / Cantate inni al nostro re, cantate inni. / Dio è re di tutta la terra, Dio regna sui popoli, / Dio siede sul suo trono santo!» (Sal 47, 6-9).

In questo «mistero della vita di Cristo, noi meditiamo, da una parte, la glorificazione di Gesù di Nazaret, morto e risorto, e, dall’altra, la sua partenza da questa terra e il suo ritorno al Padre.

Tale glorificazione, anche nel suo aspetto cosmico, è sottolineata da san Paolo, il quale ci parla della straordinaria grandezza della potenza di Dio nei nostri riguardi, manifestata in Cristo «quando lo risuscitò dai morti / e lo fece sedere alla sua destra nei cieli, / al di sopra di ogni principato e autorità . . . / e di ogni altro nome che si possa nominare / non solo nel secolo presente ma anche in quello futuro» (Ef 1, 20-21).

L’Ascensione di Cristo rappresenta una delle tappe fondamentali della Storia della salvezza, cioè del piano di amore misericordioso e salvifico di Dio nei confronti dell’umanità. Con la sua chiara e profonda limpidezza, san Tommaso d’Aquino, nelle sue meditazioni sui «misteri della vita di Cristo», sottolinea mirabilmente come l’Ascensione sia causa della nostra salvezza, sotto un duplice aspetto: da parte nostra, in quanto la nostra mente si muove verso Cristo, con la fede, la speranza, la carità; da parte sua, in quanto, ascendendo, egli ci ha preparato la via per ascendere anche noi al cielo; poiché è il nostro Capo, occorre che le membra lo seguano là, dove egli le ha precedute: «L’Ascensione di Cristo è direttamente causa della nostra ascensione, dando quasi inizio a questa nel nostro Capo, al quale è necessario che le membra si uniscano» (S. Tommaso Summa theologiae III, 57, 6, ad 2).

2. L’Ascensione non è solo la glorificazione definitiva e solenne di Gesù di Nazaret, ma è anche la caparra e la garanzia dell’esaltazione, dell’elevazione della natura umana. La nostra fede e la nostra speranza di cristiani sono oggi rafforzate e corroborate, in quanto siamo invitati a meditare non soltanto sulla nostra pochezza, sulla nostra fragilità, sulla nostra miseria, ma anche su quella «trasformazione», ancor più mirabile della stessa creazione, che Cristo opera in noi quando siamo a lui uniti mediante i sacramenti e la grazia. «Noi commemoriamo e liturgicamente celebriamo il giorno, nel quale l’umiltà della nostra natura è stata elevata nel Cristo sopra tutte le schiere celesti - ci dice san Leone Magno -, sopra tutte le gerarchie angeliche, al di là dell’altezza delle potestà, fino al trono di Dio Padre. Ora in questa trama di operazioni divine noi siamo stabiliti ed edificati: così più meravigliosamente risulterà la grazia di Dio, quando . . . la fede non dubita, la speranza non vacilla, la carità non illanguidisce. Questa è veramente la forza dei grandi spiriti, questa è la luce delle anime autenticamente fedeli: credere senza esitazione a quel che non appare agli occhi del corpo e là volgere il desiderio, dove non si può portare lo sguardo» (S. Leone Magno, Sermo LXXIV, 1: PL 54, 597).

3. Nel momento in cui Gesù si distacca dagli Apostoli, dà ad essi il mandato di rendergli testimonianza a Gerusalemme, in tutta la Giudea e la Samaria e fino agli estremi confini della terra (cf. At 1, 8) e di predicare a tutte le genti «la conversione e il perdono dei peccati» (Lc 24, 47).

La Solennità dell’Ascensione, in questo Anno Giubilare della Redenzione, è quindi per tutti noi un pressante invito ad un impegno singolare di penitenza e di rinnovamento interiore, è una chiamata universale alla conversione. Poiché - come ho scritto nella Bolla di indizione dell’Anno Santo - tutti siamo peccatori, tutti abbiamo bisogno di quel «radicale mutamento di spirito, di mente e di vita che nella Bibbia si chiama appunto «metanoia», conversione. E questo atteggiamento è suscitato e alimentato dalla parola di Dio che è rivelazione della misericordia del Signore (cf. Mc 1, 15), si attua soprattutto per via sacramentale e si manifesta in molteplici forme di carità e di servizio ai fratelli (Giovanni Paolo II, Aperite portas Redemptori, 5).

È questo il ricco significato liturgico, teologico e spirituale della odierna Solennità. Desidero pertanto far mie le parole che un altro grande mio predecessore, san Gregorio Magno, rivolgeva, in questa occasione, ai fedeli di Roma riuniti in San Pietro: «Dobbiamo con tutto il cuore seguire Gesù là dove sappiamo per fede che è salito con il suo corpo. Fuggiamo i desideri della terra: non ci soddisfi alcuno dei legami di quaggiù, noi che abbiamo un Padre nei cieli . . . Anche se siete sballottati nel risucchio delle occupazioni, gettate fin da oggi nella patria eterna l’àncora della speranza. Non cerchi, la vostra anima, se non la vera luce. Abbiamo sentito che il Signore è salito al cielo: riflettiamo con serietà a quello che crediamo. Nonostante la debolezza della natura umana, che ci trattiene ancora quaggiù, l’amore ci attragga al suo seguito, poiché siamo ben certi che Colui che ci ha ispirato tale desiderio, Gesù Cristo, non ci deluderà nella nostra speranza» (S. Gregorio Magno, In Evangelium, Homilia XXIX, 11: PL 76, 1219).

[...]

Così sia!


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?
El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como lo habéis visto marcharse. Aleluya.
(Hch 1, 11)

Oración colecta
Concédenos, Dios todopoderoso,
exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza,
porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria,
y donde nos ha precedido él, que es nuestra cabeza,
esperamos llegar también nosotros,
como miembros de su cuerpo.
Por nuestro Señor Jesucristo.*

Oración sobre las ofrendas
Te presentamos, Señor, nuestro sacrificio
para celebrar la gloriosa ascensión de tu Hijo;
que la participación en este misterio
eleve nuestro espíritu a los bienes del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Sabed que yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo. Aleluya.
(Mt 28, 20)

Oración post-comunión
Dios todopoderoso y eterno
que, mientras vivimos aún en la tierra,
nos das parte en los bienes del cielo,
haz que deseemos vivamente estar junto a Cristo,
en quien nuestra naturaleza humana
ha sido tan extraordinariamente enaltecida
que participa de tu misma gloria.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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