Bautismo del Señor (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 42, 1-4. 6-7:
- Salmo: Sal 28, 1-4. 9-10:
- 2ª Lectura: Hch 10, 34-38:
+ Evangelio: Mt 3, 13-17:




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (12-01-2014): Bendijo todas las aguas


Fiesta del Bautismo del Señor (Ciclo A)
Domingo 12 de enero del 2014

Jesús no tenía necesidad de ser bautizado, pero los primeros teólogos dicen que, con su cuerpo, con su divinidad, en su bautismo bendijo todas las aguas, para que las aguas tuvieran el poder de dar el Bautismo. Y luego, antes de subir al Cielo, Jesús nos pidió ir por todo el mundo a bautizar. Y desde aquel día hasta el día de hoy, esto ha sido una cadena ininterrumpida: se bautizan a los hijos, y los hijos después a los hijos, y los hijos... Y hoy también esta cadena prosigue.

Estos niños son el eslabón de una cadena. Vosotros padres traéis a bautizar al niño o la niña, pero en algunos años serán ellos los que traerán a bautizar a un niño, o un nietecito... Así es la cadena de la fe. ¿Qué quiere decir esto? Desearía solamente deciros esto: vosotros sois los que transmitís la fe, los transmisores; vosotros tenéis el deber de transmitir la fe a estos niños. Es la más hermosa herencia que vosotros les dejaréis: la fe. Sólo esto. Llevad hoy a casa este pensamiento. Debemos ser transmisores de la fe. Pensad en esto, pensad siempre cómo transmitir la fe a los niños.

Hoy canta el coro, pero el coro más bello es este de los niños, que hacen ruido... Algunos llorarán, porque no están cómodos o porque tienen hambre: si tienen hambre, mamás, dadles de comer, tranquilas, porque ellos son aquí los protagonistas. Y ahora, con esta conciencia de ser transmisores de la fe, continuemos la ceremonia del Bautismo.

Ángelus (12-01-2014): Los cielos se abrieron


Fiesta del Bautismo del Señor (Año A)
Domingo 12 de enero del 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy es la fiesta del Bautismo del Señor. Esta mañana he bautizado a treinta y dos recién nacidos. Doy gracias con vosotros al Señor por estas criaturas y por cada nueva vida. A mí me gusta bautizar a los niños. ¡Me gusta mucho! Cada niño que nace es un don de alegría y de esperanza, y cada niño que es bautizado es un prodigio de la fe y una fiesta para la familia de Dios.

La página del Evangelio de hoy subraya que, cuando Jesús recibió el bautismo de Juan en el río Jordán, «se abrieron los cielos» (Mt 3, 16). Esto realiza las profecías. En efecto, hay una invocación que la liturgia nos hace repetir en el tiempo de Adviento: «Ojalá rasgases el cielo y descendieses!» (Is 63, 19). Si el cielo permanece cerrado, nuestro horizonte en esta vida terrena es sombrío, sin esperanza. En cambio, celebrando la Navidad, la fe una vez más nos ha dado la certeza de que el cielo se rasgó con la venida de Jesús. Y en el día del bautismo de Cristo contemplamos aún el cielo abierto. La manifestación del Hijo de Dios en la tierra marca el inicio del gran tiempo de la misericordia, después de que el pecado había cerrado el cielo, elevando como una barrera entre el ser humano y su Creador. Con el nacimiento de Jesús, el cielo se abre. Dios nos da en Cristo la garantía de un amor indestructible. Desde que el Verbo se hizo carne es, por lo tanto, posible ver el cielo abierto. Fue posible para los pastores de Belén, para los Magos de Oriente, para el Bautista, para los Apóstoles de Jesús, para san Esteban, el primer mártir, que exclamó: «Veo los cielos abiertos» (Hch 7, 56). Y es posible también para cada uno de nosotros, si nos dejamos invadir por el amor de Dios, que nos es donado por primera vez en el Bautismo. ¡Dejémonos invadir por el amor de Dios! ¡Éste es el gran tiempo de la misericordia! No lo olvidéis: ¡éste es el gran tiempo de la misericordia!

Cuando Jesús recibió el Bautismo de penitencia de Juan el Bautista, solidarizándose con el pueblo penitente —Él sin pecado y sin necesidad de conversión—, Dios Padre hizo oír su voz desde el cielo: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco» (v. 17). Jesús recibió la aprobación del Padre celestial, que lo envió precisamente para que aceptara compartir nuestra condición, nuestra pobreza. Compartir es el auténtico modo de amar. Jesús no se disocia de nosotros, nos considera hermanos y comparte con nosotros. Así, nos hace hijos, juntamente con Él, de Dios Padre. Ésta es la revelación y la fuente del amor auténtico. Y, ¡este es el gran tiempo de la misericordia!

¿No os parece que en nuestro tiempo se necesita un suplemento de fraternidad y de amor? ¿No os parece que todos necesitamos un suplemento de caridad? No esa caridad que se conforma con la ayuda improvisada que no nos involucra, no nos pone en juego, sino la caridad que comparte, que se hace cargo del malestar y del sufrimiento del hermano. ¡Qué buen sabor adquiere la vida cuando dejamos que la inunde el amor de Dios!

Pidamos a la Virgen Santa que nos sostenga con su intercesión en nuestro compromiso de seguir a Cristo por el camino de la fe y de la caridad, la senda trazada por nuestro Bautismo.

Juan Pablo II, Papa

Homilía (11-01-1981): Hijos de Dios por el Bautismo


Fiesta del Bautismo del Señor (Año A)
Domingo 11 de enero del 1981

"Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias" (Mt 3, 17).

Las palabras del Evangelio que acabamos de oír van a realizarse también en estos queridos niños a quienes me dispongo a administrar el bautismo. Jesús es el primogénito de muchos hermanos (cf. Rom 8, 29); lo que se realizó en El se repite misteriosamente en cada uno de los que seguimos sus huellas y llevamos su nombre, el nombre de cristianos.

Cuando Cristo entra en el Jordán, se oye la voz del Padre que lo llama predilecto suyo y se da cumplimiento así a la profecía del Siervo de Yavé que Isaías proclama en la primera lectura; y desciende el Espíritu Santo en forma de paloma para dar comienzo visible y solemne a la misión mesiánica del Hijo de Dios. Como en El, así también ha ocurrido en nosotros; así va a suceder en estos pequeños que están aquí ante nosotros, generación nueva del Pueblo de Dios destinada a crecer continuamente en el mundo gracias a las familias cristianas. También sobre ellos el Padre va a dejar oír su voz: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias". El Padre se complace en estos recién nacidos porque verá impresa en su espíritu la huella inmortal de su paternidad, la semejanza íntima y verdadera con su Hijo: hijos en el Hijo. Y al mismo tiempo descenderá el Espíritu Santo invisible y a la vez presente como entonces, para colmar a estas pequeñas almas de la riqueza de sus dones, para convertirlos en morada suya, templos suyos, manifestadores suyos que deberán irradiar su presencia y testimoniarlo a lo largo de la vida, vida que nosotros no sabemos todavía cómo será, pero que El ya ve en toda su plenitud.

Vamos a poner los cimientos de nuevas vidas cristianas amadas del Padre, redimidas por Cristo, marcadas por el Espíritu Santo, objeto de una predilección eterna que se proyecta ya desde ahora hacia el futuro y a la eternidad entera en un Amor sin fin que los abraza desde ahora: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias".

Sobre estos hijos predilectos, que dentro de poco serán los brotes nuevos de la Iglesia, blancos con la inocencia total de la gracia simbolizada en el manto que les impondré luego, fuertes como auténticos atletas con la unción del óleo de los catecúmenos, santos con la santidad misma de Dios, invoco con vosotros la ayuda continua del Señor y hago votos para que sean fieles siempre durante toda la vida a esta nuestra común y estupenda vocación cristiana.

Con tal fin los confío a vosotros, padres cristianos, que con vuestro amor y entrega mutuos les habéis dado la vida, convirtiéndoos en colaboradores de la creación de Dios. Los habéis traído aquí siendo hijos de la naturaleza, y os los lleváis a casa hijos de la gracia. De vosotros depende gran parte de su realización plena según los planes de Dios, ¡a vosotros los confío en nombre de Dios Trinidad!

Y los confío también a vosotros, padrinos y madrinas, con la misma finalidad de que garanticéis su crecimiento cristiano completo.

Sobre todos descienda la bendición del Señor, de la que es prenda y auspicio mi bendición apostólica.

Homilía (10-01-1999): Jesús entre la multitud penitente


Fiesta del Bautismo del Señor (Ciclo A)
Domingo 10 de enero del 1999

1. «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias» (Mt 3, 17).

En la fiesta del Bautismo del Señor, que estamos celebrando, resuenan estas palabras solemnes. Nos invitan a revivir el momento en que Jesús, bautizado por Juan, sale de las aguas del río Jordán y Dios Padre lo presenta como su Hijo unigénito, el Cordero que toma sobre sí el pecado del mundo. Se oye una voz del cielo, mientras el Espíritu Santo, en forma de paloma, se posa sobre Jesús, que comienza públicamente su misión salvífica; misión que se caracteriza por el estilo del siervo humilde y manso, dispuesto a compartir y entregarse totalmente: «No gritará, no clamará. (...) No quebrará la caña cascada, no apagará el pabilo vacilante. Promoverá fielmente el derecho» (Is 42, 2-3).

La liturgia nos hace revivir la sugestiva escena evangélica: entre la multitud penitente que avanza hacia Juan el Bautista para recibir el bautismo está también Jesús. La promesa está a punto de cumplirse y se abre una nueva era para toda la humanidad. Este hombre, que aparentemente no es diferente de todos los demás, en realidad es Dios, que viene a nosotros para dar a cuantos lo reciban el poder de «convertirse en hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios» (Jn 1, 12-13).

2. «Éste es mi Hijo amado; escuchadle» (Aleluya).

Hoy, este anuncio y esta invitación, llenos de esperanza para la humanidad, resuenan particularmente para los niños que, dentro de poco, mediante el sacramento del bautismo, se convertirán en nuevas criaturas. Al participar en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, se enriquecerán con el don de la fe y se incorporarán al pueblo de la nueva y definitiva alianza, que es la Iglesia. El Padre los hará en Cristo hijos adoptivos suyos, revelándoles un singular proyecto de vida: escuchar como discípulos a su Hijo, para ser llamados y ser realmente sus hijos.

Sobre cada uno de ellos bajará el Espíritu Santo y, como sucedió con nosotros el día de nuestro bautismo, también ellos gozarán de la vida que el Padre da a los creyentes por medio de Jesús, el Redentor del hombre. Esta riqueza tan grande de dones les exigirá, como a todo bautizado, una única tarea, que el apóstol Pablo no se cansa de indicar a los primeros cristianos con las palabras: «Caminad según el Espíritu» (Ga 5, 16), es decir, vivid y obrad constantemente en el amor a Dios.

Expreso mis mejores deseos de que el bautismo, que hoy reciben estos niños, los convierta a lo largo de toda su vida en valientes testigos del Evangelio. Esto será posible gracias a su empeño constante. Pero también será necesaria vuestra labor educativa, queridos padres, que hoy dais gracias a Dios por los dones extraordinarios que concede a estos hijos vuestros, del mismo modo que será necesario el apoyo de sus padrinos y sus madrinas.

3. Amadísimos hermanos y hermanas, aceptad la invitación que la Iglesia os hace: sed sus «educadores en la fe», para que se desarrolle en ellos el germen de la vida nueva y llegue a su plena madurez. Ayudadles con vuestras palabras y, sobre todo, con vuestro ejemplo.

Que aprendan pronto de vosotros a amar a Cristo, a invocarlo sin cesar, y a imitarlo con constante adhesión a su llamada. En su nombre habéis recibido, con el símbolo del cirio, la llama de la fe: cuidad de que esté continuamente alimentada, para que cada uno de ellos, conociendo y amando a Jesús, obre siempre según la sabiduría evangélica. De este modo, llegarán a ser verdaderos discípulos del Señor y apóstoles alegres de su Evangelio.

Encomiendo a la Virgen María a cada uno de estos niños y a sus respectivas familias. Que la Virgen ayude a todos a recorrer con fidelidad el camino inaugurado con el sacramento del bautismo.

Homilía (13-01-2002): La grandeza de ser padres


Fiesta del Bautismo del Señor (A)
Domingo 13 de enero del 2002

1. "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto" (Mt 3, 17).

Acabamos de escuchar de nuevo en el evangelio las palabras que resonaron en el cielo cuando Jesús fue bautizado por Juan en el río Jordán. Las pronunció una voz desde lo alto: la voz de Dios Padre. Revelan el misterio que celebramos hoy, el bautismo de Cristo. El Hombre sobre el que desciende, en forma de paloma, el Espíritu Santo es el Hijo de Dios, que tomó de la Virgen María nuestra carne para redimirla del pecado y de la muerte.

¡Grande es este misterio de salvación! Misterio en el que se insertan hoy los niños que presentáis, queridos padres, padrinos y madrinas. Al recibir en la Iglesia el sacramento del bautismo, se convierten en hijos de Dios, hijos en el Hijo. Es el misterio del "segundo nacimiento".

2. Queridos padres, me dirijo con afecto especialmente a vosotros, que habéis dado la vida a estas criaturas, colaborando en la obra de Dios, autor de la vida y, de modo singular, de toda vida humana. Los habéis engendrado y hoy los presentáis a la fuente bautismal, para que vuelvan a nacer por el agua y por el Espíritu Santo. La gracia de Cristo transformará su existencia de mortal en inmortal, liberándola del pecado original. Dad gracias al Señor por el don de su nacimiento y del nuevo nacimiento espiritual de hoy.

Pero ¿cuál fuerza permite a estos inocentes e inconscientes niños realizar un "paso" espiritual tan profundo? Es la fe, la fe de la Iglesia, profesada en particular por vosotros, queridos padres, padrinos y madrinas. Precisamente en esta fe son bautizados vuestros hijos. Cristo no realiza el milagro de regenerar al hombre sin la colaboración del hombre mismo, y la primera cooperación de la criatura humana es la fe, con la que, atraída interiormente por Dios, se abandona libremente en sus manos.

Estos niños reciben hoy el bautismo sobre la base de vuestra fe, que dentro de poco os pediré profesar. ¡Cuánto amor, amadísimos hermanos, cuánta responsabilidad implica el gesto que realizaréis en nombre de vuestros hijos!

3. En el futuro, cuando sean capaces de comprender, ellos mismos deberán recorrer, personal y libremente, un camino espiritual que, con la gracia de Dios, los llevará a confirmar, en el sacramento de la confirmación, el don que reciben hoy.

Pero ¿podrán abrirse a la fe si los adultos que los rodean no les dan un buen testimonio? Estos niños os necesitan, ante todo, a vosotros, queridos padres; os necesitan también a vosotros, queridos padrinos y madrinas, para aprender a conocer al verdadero Dios, que es amor misericordioso. A vosotros os corresponde introducirlos en este conocimiento, en primer lugar a través del testimonio de vuestro comportamiento en las relaciones con ellos y con los demás, relaciones que se han de caracterizar por la atención, la acogida y el perdón. Comprenderán que Dios es fidelidad si pueden reconocer su reflejo, aunque sea limitado y débil, ante todo en vuestra presencia amorosa.

Es grande la responsabilidad de la cooperación de los padres en el crecimiento espiritual de sus hijos. Eran muy conscientes de esa responsabilidad los beatos esposos Luis y María Beltrame Quattrocchi, a los que recientemente tuve la alegría de elevar al honor de los altares y que os exhorto a conocer mejor y a imitar. Si ya es grande vuestra misión de ser padres "según la carne", ¡cuánto más lo es la de colaborar en la paternidad divina, dando vuestra contribución para modelar en estas criaturas la imagen misma de Jesús, Hombre perfecto!

4. Nunca os sintáis solos en esta misión tan comprometedora. Os conforte, ante todo, la confianza en el ángel de la guarda, al que Dios ha encomendado su singular mensaje de amor para cada uno de vuestros hijos. Además, toda la Iglesia, a la que tenéis la gracia de pertenecer, está comprometida a asistiros: en el cielo velan los santos, en particular aquellos cuyos nombres tienen estos niños y que serán sus "patronos". En la tierra está la comunidad eclesial, en la que es posible fortalecer la propia fe y la propia vida cristiana, alimentándola con la oración y los sacramentos. No podréis dar a vuestros hijos lo que vosotros no habéis recibido y asimilado antes.

Además, todos tenemos una Madre según el Espíritu: María santísima. A ella le encomiendo a vuestros hijos, para que lleguen a ser cristianos auténticos; a María os encomiendo también a vosotros, queridos padres, queridos padrinos y madrinas, para que transmitáis siempre a estos niños el amor que necesitan para crecer y para creer. En efecto, la vida y la fe caminan juntas.
Que así sea en la existencia de cada bautizado con la ayuda de Dios.

Benedicto XVI, Papa

Homilía (13-01-2008): El misterio de la vida


Fiesta del Bautismo del Señor (A)
Domingo 13 de enero del 2008

Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de hoy es siempre para mí motivo de especial alegría. En efecto, administrar el sacramento del bautismo en el día de la fiesta del Bautismo del Señor es, en realidad, uno de los momentos más expresivos de nuestra fe, en la que podemos ver de algún modo, a través de los signos de la liturgia, el misterio de la vida. En primer lugar, la vida humana, representada aquí en particular por estos trece niños que son el fruto de vuestro amor, queridos padres, a los cuales dirijo mi saludo cordial, extendiéndolo a los padrinos, a las madrinas y a los demás parientes y amigos presentes. Está, luego, el misterio de la vida divina, que hoy Dios dona a estos pequeños mediante el renacimiento por el agua y el Espíritu Santo. Dios es vida, como está representado estupendamente también en algunas pinturas que embellecen esta Capilla Sixtina.

Sin embargo, no debe parecernos fuera de lugar comparar inmediatamente la experiencia de la vida con la experiencia opuesta, es decir, con la realidad de la muerte. Todo lo que comienza en la tierra, antes o después termina, como la hierba del campo, que brota por la mañana y se marchita al atardecer. Pero en el bautismo el pequeño ser humano recibe una vida nueva, la vida de la gracia, que lo capacita para entrar en relación personal con el Creador, y esto para siempre, para toda la eternidad.

Por desgracia, el hombre es capaz de apagar esta nueva vida con su pecado, reduciéndose a una situación que la sagrada Escritura llama "segunda muerte". Mientras que en las demás criaturas, que no están llamadas a la eternidad, la muerte significa solamente el fin de la existencia en la tierra, en nosotros el pecado crea una vorágine que amenaza con tragarnos para siempre, si el Padre que está en los cielos no nos tiende su mano.

Este es, queridos hermanos, el misterio del bautismo: Dios ha querido salvarnos yendo él mismo hasta el fondo del abismo de la muerte, con el fin de que todo hombre, incluso el que ha caído tan bajo que ya no ve el cielo, pueda encontrar la mano de Dios a la cual asirse a fin de subir desde las tinieblas y volver a ver la luz para la que ha sido creado. Todos sentimos, todos percibimos interiormente que nuestra existencia es un deseo de vida que invoca una plenitud, una salvación. Esta plenitud de vida se nos da en el bautismo.

Acabamos de oír el relato del bautismo de Jesús en el Jordán. Fue un bautismo diverso del que estos niños van a recibir, pero tiene una profunda relación con él. En el fondo, todo el misterio de Cristo en el mundo se puede resumir con esta palabra: "bautismo", que en griego significa "inmersión". El Hijo de Dios, que desde la eternidad comparte con el Padre y con el Espíritu Santo la plenitud de la vida, se "sumergió" en nuestra realidad de pecadores para hacernos participar en su misma vida: se encarnó, nació como nosotros, creció como nosotros y, al llegar a la edad adulta, manifestó su misión iniciándola precisamente con el "bautismo de conversión", que recibió de Juan el Bautista. Su primer acto público, como acabamos de escuchar, fue bajar al Jordán, entre los pecadores penitentes, para recibir aquel bautismo. Naturalmente, Juan no quería, pero Jesús insistió, porque esa era la voluntad del Padre (cf. Mt 3, 13-15).

¿Por qué el Padre quiso eso? ¿Por qué mandó a su Hijo unigénito al mundo como Cordero para que tomara sobre sí el pecado del mundo? (cf. Jn 1, 29). El evangelista narra que, cuando Jesús salió del agua, se posó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma, mientras la voz del Padre desde el cielo lo proclamaba "Hijo predilecto" (Mt 3, 17). Por tanto, desde aquel momento Jesús fue revelado como aquel que venía para bautizar a la humanidad en el Espíritu Santo: venía a traer a los hombres la vida en abundancia (cf. Jn 10, 10), la vida eterna, que resucita al ser humano y lo sana en su totalidad, cuerpo y espíritu, restituyéndolo al proyecto originario para el cual fue creado.
El fin de la existencia de Cristo fue precisamente dar a la humanidad la vida de Dios, su Espíritu de amor, para que todo hombre pueda acudir a este manantial inagotable de salvación. Por eso san Pablo escribe a los Romanos que hemos sido bautizados en la muerte de Cristo para tener su misma vida de resucitado (cf. Rm 6, 3-4). Y por eso mismo los padres cristianos, como hoy vosotros, tan pronto como les es posible, llevan a sus hijos a la pila bautismal, sabiendo que la vida que les han transmitido invoca una plenitud, una salvación que sólo Dios puede dar. De este modo los padres se convierten en colaboradores de Dios no sólo en la transmisión de la vida física sino también de la vida espiritual a sus hijos.

Queridos padres, juntamente con vosotros doy gracias al Señor por el don de estos niños e invoco su asistencia para que os ayude a educarlos y a insertarlos en el Cuerpo espiritual de la Iglesia. A la vez que les ofrecéis lo que es necesario para el crecimiento y para la salud, vosotros, con la ayuda de los padrinos, os habéis comprometido a desarrollar en ellos la fe, la esperanza y la caridad, las virtudes teologales que son propias de la vida nueva que han recibido con el sacramento del bautismo.

Aseguraréis esto con vuestra presencia, con vuestro afecto; y lo aseguraréis, ante todo y sobre todo, con la oración, presentándolos diariamente a Dios, encomendándolos a él en cada etapa de su existencia. Ciertamente, para crecer sanos y fuertes, estos niños y niñas necesitarán cuidados materiales y muchas atenciones; pero lo que les será más necesario, más aún indispensable, es conocer, amar y servir fielmente a Dios, para tener la vida eterna. Queridos padres, sed para ellos los primeros testigos de una fe auténtica en Dios.

En el rito del bautismo hay un signo elocuente, que expresa precisamente la transmisión de la fe: es la entrega, a cada uno de los bautizandos, de una vela encendida en la llama del cirio pascual: es la luz de Cristo resucitado que os comprometéis a transmitir a vuestros hijos. Así, de generación en generación, los cristianos nos transmitimos la luz de Cristo, de modo que, cuando vuelva, nos encuentre con esta llama ardiendo entre las manos.

Durante el rito, os diré: "A vosotros, padres y padrinos, se os confía este signo pascual, una llama que debéis alimentar siempre". Alimentad siempre, queridos hermanos y hermanas, la llama de la fe con la escucha y la meditación de la palabra de Dios y con la Comunión asidua de Jesús Eucaristía.

Que en esta misión estupenda, aunque difícil, os ayuden los santos protectores cuyos nombres recibirán estos trece niños. Que estos santos les ayuden sobre todo a ellos, los bautizandos, a corresponder a vuestra solicitud de padres cristianos. En particular, que la Virgen María los acompañe a ellos y a vosotros, queridos padres, ahora y siempre. Amén.

Ángelus (13-01-2008): Ungido con el Espíritu Santo


Fiesta del Bautismo del Señor (Año A)
Domingo 13 de enero del 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Con la fiesta del Bautismo del Señor, que celebramos hoy, se concluye el tiempo litúrgico de Navidad. El Niño, a quien los Magos de Oriente vinieron a adorar en Belén, ofreciéndole sus dones simbólicos, lo encontramos ahora adulto, en el momento en que se hace bautizar en el río Jordán por el gran profeta Juan (cf. Mt 3, 13). El Evangelio narra que cuando Jesús, recibido el bautismo, salió del agua, se abrieron los cielos y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma (cf. Mt 3, 16). Se oyó entonces una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3, 17). Esa fue su primera manifestación pública, después de casi treinta años de vida oculta en Nazaret.

Testigos oculares de ese singular acontecimiento fueron, además del Bautista, sus discípulos, algunos de los cuales se convirtieron desde entonces en seguidores de Cristo (cf. Jn 1, 35-40). Se trató simultáneamente de cristofanía y teofanía: ante todo, Jesús se manifestó como el Cristo, término griego para traducir el hebreo Mesías, que significa "ungido". Jesús no fue ungido con óleo a la manera de los reyes y de los sumos sacerdotes de Israel, sino con el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, junto con el Hijo de Dios aparecieron los signos del Espíritu Santo y del Padre celestial.

¿Cuál es el significado de este acto, que Jesús quiso realizar —venciendo la resistencia del Bautista— para obedecer a la voluntad del Padre? (cf. Mt 3, 14-15). Su sentido profundo se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que "quita" el pecado del mundo (cf. Jn 1, 29). Obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su "bautismo" (cf. Lc 12, 50). En efecto, al morir se "sumergió" en el amor del Padre y derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna.

Toda la misión de Cristo se resume en esto: bautizarnos en el Espíritu Santo, para librarnos de la esclavitud de la muerte y "abrirnos el cielo", es decir, el acceso a la vida verdadera y plena, que será "sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría" (Spe salvi, 12).

Es lo que sucedió también a los trece niños a los cuales administré el sacramento del bautismo esta mañana en la capilla Sixtina. Invoquemos sobre ellos y sobre sus familiares la protección materna de María santísima. Y oremos por todos los cristianos, para que comprendan cada vez más el don del bautismo y se comprometan a vivirlo con coherencia, testimoniando el amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Homilía (09-01-2011): Comunión plena con la humanidad


Fiesta del Bautismo del Señor (Año A)
Domingo 09 de enero del 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra daros una cordial bienvenida, en particular a vosotros, padres, padrinos y madrinas de los 21 recién nacidos a los que, dentro de poco, tendré la alegría de administrar el sacramento del Bautismo. Como ya es tradición, también este año este rito tiene lugar en la santa Eucaristía con la que celebramos el Bautismo del Señor. Se trata de la fiesta que, en el primer domingo después de la solemnidad de la Epifanía, cierra el tiempo de Navidad con la manifestación del Señor en el Jordán.

Según el relato del evangelista san Mateo (3, 13-17), Jesús fue de Galilea al río Jordán para que lo bautizara Juan; de hecho, acudían de toda Palestina para escuchar la predicación de este gran profeta, el anuncio de la venida del reino de Dios, y para recibir el bautismo, es decir, para someterse a ese signo de penitencia que invitaba a convertirse del pecado. Aunque se llamara bautismo, no tenía el valor sacramental del rito que celebramos hoy; como bien sabéis, con su muerte y resurrección Jesús instituye los sacramentos y hace nacer la Iglesia. El que administraba Juan era un acto penitencial, un gesto que invitaba a la humildad frente a Dios, invitaba a un nuevo inicio: al sumergirse en el agua, el penitente reconocía que había pecado, imploraba de Dios la purificación de sus culpas y se le enviaba a cambiar los comportamientos equivocados, casi como si muriera en el agua y resucitara a una nueva vida.

Por esto, cuando Juan Bautista ve a Jesús que, en fila con los pecadores, va para que lo bautice, se sorprende; al reconocer en él al Mesías, al Santo de Dios, a aquel que no tenía pecado, Juan manifiesta su desconcierto: él mismo, el que bautizaba, habría querido hacerse bautizar por Jesús. Pero Jesús lo exhorta a no oponer resistencia, a aceptar realizar este acto, para hacer lo que es conveniente para «cumplir toda justicia». Con esta expresión Jesús manifiesta que vino al mundo para hacer la voluntad de Aquel que lo mandó, para realizar todo lo que el Padre le pide; aceptó hacerse hombre para obedecer al Padre. Este gesto revela ante todo quién es Jesús: es el Hijo de Dios, verdadero Dios como el Padre; es aquel que «se rebajó» para hacerse uno de nosotros, aquel que se hizo hombre y aceptó humillarse hasta la muerte de cruz (cf. Flp 2, 7). El bautismo de Jesús, que hoy recordamos, se sitúa en esta lógica de la humildad y de la solidaridad: es el gesto de quien quiere hacerse en todo uno de nosotros y se pone realmente en la fila con los pecadores; él, que no tiene pecado, deja que lo traten como pecador (cf. 2 Co 5, 21), para cargar sobre sus hombros el peso de la culpa de toda la humanidad, también de nuestra culpa. Es el «siervo de Dios» del que nos habló el profeta Isaías en la primera lectura (cf. 42, 1). Lo que dicta su humildad es el deseo de establecer una comunión plena con la humanidad, el deseo de realizar una verdadera solidaridad con el hombre y con su condición. El gesto de Jesús anticipa la cruz, la aceptación de la muerte por los pecados del hombre. Este acto de anonadamiento, con el que Jesús quiere uniformarse totalmente al designio de amor del Padre y asemejarse a nosotros, manifiesta la plena sintonía de voluntad y de fines que existe entre las personas de la santísima Trinidad. Para ese acto de amor, el Espíritu de Dios se manifiesta como paloma y baja sobre él, y en aquel momento el amor que une a Jesús al Padre se testimonia a cuantos asisten al bautismo, mediante una voz desde lo alto que todos oyen. El Padre manifiesta abiertamente a los hombres —a nosotros— la comunión profunda que lo une al Hijo: la voz que resuena desde lo alto atestigua que Jesús es obediente en todo al Padre y que esta obediencia es expresión del amor que los une entre sí. Por eso, el Padre se complace en Jesús, porque reconoce en las acciones del Hijo el deseo de seguir en todo su voluntad: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3, 17). Y esta palabra del Padre alude también, anticipadamente, a la victoria de la resurrección y nos dice cómo debemos vivir para complacer al Padre, comportándonos como Jesús.

Queridos padres, el Bautismo que hoy pedís para vuestros hijos los inserta en este intercambio de amor recíproco que existe en Dios entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; por este gesto que voy a realizar, se derrama sobre ellos el amor de Dios, y los inunda con sus dones. Mediante el lavatorio del agua, vuestros hijos son insertados en la vida misma de Jesús, que murió en la cruz para librarnos del pecado y resucitando venció a la muerte. Por eso, inmersos espiritualmente en su muerte y resurrección, son liberados del pecado original e inicia en ellos la vida de la gracia, que es la vida misma de Jesús resucitado. «Él se entregó por nosotros —afirma san Pablo— a fin de rescatarnos de toda iniquidad y formar para sí un pueblo puro que fuese suyo, fervoroso en buenas obras» (Tt 2, 14).

Queridos amigos, al darnos la fe, el Señor nos ha dado lo más precioso que existe en la vida, es decir, el motivo más verdadero y más bello por el cual vivir: por gracia hemos creído en Dios, hemos conocido su amor, con el cual quiere salvarnos y librarnos del mal. La fe es el gran don con el que nos da también la vida eterna, la verdadera vida. Ahora vosotros, queridos padres, padrinos y madrinas, pedís a la Iglesia que acoja en su seno a estos niños, que les dé el Bautismo; y esta petición la hacéis en razón del don de la fe que vosotros mismos, a vuestra vez, habéis recibido. Todo cristiano puede repetir con el profeta Isaías: «El Señor me plasmó desde el seno materno para siervo suyo» (cf. 49, 5); así, queridos padres, vuestros hijos son un don precioso del Señor, el cual se ha reservado para sí su corazón, para poderlo colmar de su amor. Por el sacramento del Bautismo hoy los consagra y los llama a seguir a Jesús, mediante la realización de su vocación personal según el particular designio de amor que el Padre tiene pensado para cada uno de ellos; meta de esta peregrinación terrena será la plena comunión con él en la felicidad eterna.

Al recibir el Bautismo, estos niños obtienen como don un sello espiritual indeleble, el «carácter», que marca interiormente para siempre su pertenencia al Señor y los convierte en miembros vivos de su Cuerpo místico, que es la Iglesia. Mientras entran a formar parte del pueblo de Dios, para estos niños comienza hoy un camino que debería ser un camino de santidad y de configuración con Jesús, una realidad que se deposita en ellos como la semilla de un árbol espléndido, que es preciso ayudar a crecer. Por esto, al comprender la grandeza de este don, desde los primeros siglos se ha tenido la solicitud de dar el Bautismo a los niños recién nacidos. Ciertamente, luego será necesaria una adhesión libre y consciente a esta vida de fe y de amor, y por esto es preciso que, tras el Bautismo, sean educados en la fe, instruidos según la sabiduría de la Sagrada Escritura y las enseñanzas de la Iglesia, a fin de que crezca en ellos este germen de la fe que hoy reciben y puedan alcanzar la plena madurez cristiana. La Iglesia, que los acoge entre sus hijos, debe hacerse cargo, juntamente con los padres y los padrinos, de acompañarlos en este camino de crecimiento. La colaboración entre la comunidad cristiana y la familia es más necesaria que nunca en el contexto social actual, en el que la institución familiar se ve amenazada desde varias partes y debe afrontar no pocas dificultades en su misión de educar en la fe. La pérdida de referencias culturales estables y la rápida transformación a la cual está continuamente sometida la sociedad, hacen que el compromiso educativo sea realmente arduo. Por eso, es necesario que las parroquias se esfuercen cada vez más por sostener a las familias, pequeñas iglesias domésticas, en su tarea de transmisión de la fe.

Queridos padres, junto con vosotros doy gracias al Señor por el don del Bautismo de estos hijos vuestros; al elevar nuestra oración por ellos, invocamos el don abundante del Espíritu Santo, que hoy los consagra a imagen de Cristo sacerdote, rey y profeta. Encomendándolos a la intercesión materna de María santísima, pedimos para ellos vida y salud, para que puedan crecer y madurar en la fe, y dar, con su vida, frutos de santidad y de amor. Amén.

Ángelus (09-01-2011): Obra de la Trinidad


Fiesta del Bautismo del Señor (Ciclo A)
Domingo 09 de enero del 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia celebra el Bautismo del Señor, fiesta que concluye el tiempo litúrgico de la Navidad. Este misterio de la vida de Cristo muestra visiblemente que su venida en la carne es el acto sublime de amor de las tres personas divinas. Podemos decir que desde este solemne acontecimiento la acción creadora, redentora y santificadora de la santísima Trinidad será cada vez más manifiesta en la misión pública de Jesús, en su enseñanza, en sus milagros, en su pasión, muerte y resurrección. En efecto, leemos en el Evangelio según san Mateo que «bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»» (3, 16-17). El Espíritu Santo «mora» en el Hijo y da testimonio de su divinidad, mientras la voz del Padre, proveniente de los cielos, expresa la comunión de amor. «La conclusión de la escena del bautismo nos dice que Jesús ha recibido esta «unción» verdadera, que él es el Ungido [el Cristo] esperado» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 49), como confirmación de la profecía de Isaías: «He aquí mi siervo que yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma» (Is 42, 1). Verdaderamente es el Mesías, el Hijo del Altísimo que, al salir de las aguas del Jordán, establece la regeneración en el Espíritu y da, a quienes lo deseen, la posibilidad de convertirse en hijos de Dios. De hecho, no es casualidad que todo bautizado adquiera el carácter de hijo a partir del nombre cristiano, signo inconfundible de que el Espíritu Santo hace nacer «de nuevo» al hombre del seno de la Iglesia. El beato Antonio Rosmini afirma que «el bautizado sufre una operación secreta pero potentísima, por la cual es elevado al orden sobrenatural, es puesto en comunicación con Dios» (Del principio supremo della metodica..., Turín 1857, n. 331). Todo esto se ha verificado de nuevo esta mañana, durante la celebración eucarística en la Capilla Sixtina, donde he conferido el sacramento del Bautismo a veintiún recién nacidos.

Queridos amigos, el Bautismo es el inicio de la vida espiritual, que encuentra su plenitud por medio de la Iglesia. En la hora propicia del sacramento, mientras la comunidad eclesial reza y encomienda a Dios un nuevo hijo, los padres y los padrinos se comprometen a acoger al recién bautizado sosteniéndolo en la formación y en la educación cristiana. Es una gran responsabilidad, que deriva de un gran don. Por esto, deseo alentar a todos los fieles a redescubrir la belleza de ser bautizados y pertenecer así a la gran familia de Dios, y a dar testimonio gozoso de la propia fe, a fin de que esta fe produzca frutos de bien y de concordia.

Lo pedimos por intercesión de la santísima Virgen María, Auxilio de los cristianos, a quien encomendamos a los padres que se están preparando al Bautismo de sus hijos, al igual que a los catequistas. Que toda la comunidad participe de la alegría del renacimiento del agua y del Espíritu Santo.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: Ceder a Cristo

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

«Juan trataba de impedírselo». Con toda su buena voluntad, Juan intenta evitar que el Hijo de Dios pase a los ojos de los hombres como un pecador. Él tenía su lógica, pero según unos criterios que no coincidían con los de Dios. Si hubiera logrado impedírselo, nos habríamos quedado sin esta grandiosa revelación que el evangelio de hoy nos ofrece, no se habrían abierto los cielos y en definitiva habría impedido a Jesús manifestarse como Hijo del Padre y Ungido por el Espíritu Santo.

Del mismo modo, también nosotros ¡cuántas veces entorpecemos los planes de Dios porque no se ajustan a nuestras ideas! Olvidamos que los pensamientos de Dios no coinciden con los nuestros y que sus planes superan infinitamente los nuestros (Is 55, 8-9). Deberíamos al menos tener la humildad de Juan para ceder a los deseos de Cristo aunque no los entendamos, pues ellos le llevan a manifestar su gloria, mientras los nuestros la oscurecen. Deberíamos hacer caso a la palabra de Dios: «Confía en el Señor con toda el alma y no te fíes de tu propia inteligencia» (Prov 3,5).

«Conviene que cumplamos todo lo que Dios quiere». Son las primeras palabras de Jesús que el evangelio de san Mateo nos refiere. Ellas constituyen una consigna, un programa de vida para el Hijo de Dios. Toda su vida va a estar marcada por esta decisión de «cumplir», de llevar hasta el final lo que es justo a los ojos de Dios, lo que es voluntad del Padre. Así comienza su vida pública junto al Jordán y así terminará en Getsemaní.

También para nosotros, nuestra realidad de hijos de Dios debe manifestarse en esta adhesión incondicional a la voluntad de Dios. No como una carga que uno arrastra pesadamente, con resignación, sino como la expresión infinitamente amorosa de lo que Dios quiera para nuestro bien, que se abraza con gozo y se vive con entrega y fidelidad.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
pp. 32s

1. Todo lo que Dios quiere.

En el evangelio, Juan, el precursor, no se atreve a bautizar al que viene detrás de él y ha sido anunciado por él; pero Jesús insiste porque debe cumplirse todo lo que Dios quiere (la justicia). La justicia es la que Dios ha ofrecido al pueblo en su alianza y que se cumple cuando el pueblo elegido le corresponde perfectamente. Esto es lo que sucede precisamente aquí, donde Jesús será la alianza consumada entre Dios y la humanidad, pero no sin la cooperación de Israel, que ha caminado en la fe hacia su Mesías y que debe incluir esta su fe en el acto divino de la gracia. Teniendo en cuenta la humildad del Bautista, parecía más conveniente dejar a Dios solo la gracia del cumplimiento, pero ahora es más adecuado que resplandezca su obediencia. Muchos años después de la primera epifanía con la adoración de los Magos, tiene lugar ahora la segunda epifanía con la apertura del mismo cielo: el Dios unitrino confirma el cumplimiento de la alianza; la voz del Padre muestra a Jesús como su hijo predilecto y el Espíritu Santo desciende sobre él para ungirlo como Mesías desde el cielo.

2. La luz sobre Israel.

Isaías, en el texto elegido como primera lectura, habla del elegido de Dios, que no es Israel como pueblo, sino una figura determinada. Esto queda definitivamente claro cuando Dios dice: «Te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones». La alianza con Israel está ya pactada desde hace mucho tiempo, pero Israel la rompió, y ahora este elegido viene a concluir la alianza con Israel de un modo nuevo y definitivo. Jesús es la epifanía de la alianza cumplida: es hijo de Dios y de una mujer judía, Dios y hombre a la vez, la alianza concluida indestructiblemente. Y como tal es la luz de los pueblos paganos a la vez que encarna en sí mismo el destino de Israel: llevar la salvación de Dios hasta los confines de la tierra. Jesús llevará a cabo esta potente iluminación del mundo en la humildad y el silencio de un hombre concreto, «no gritará», no actuará con violencia porque «no apagará el pábilo vacilante»; pero precisamente en este silencio «no vacilará» hasta que la justicia de la alianza de Dios se implante en toda la tierra. El es la luz que se eleva sobre la trágica historia de Israel, pero también sobre la trágica historia del mundo en su totalidad: él «abre los ojos de los ciegos», saca a la luz a los que están encerrados en sí mismos, a los que habitan en las tinieblas.

3. Salvación universal.

En la segunda lectura Pedro nos dice que la unción de Jesús por el Espíritu Santo, cuando fue bautizado por Juan, era el preludio no sólo de su actividad en Israel, sino también de su actividad por toda la humanidad. Pedro pronuncia estas palabras después de haber bautizado al centurión pagano Cornelio y haber comprendido «verdaderamente que Dios acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea». También la actividad mesiánica de Jesús en Israel -donde «pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él»- estaba ya concebida para todo el mundo, como lo muestran los evangelios, que informan sobre todo esto y están escritos para todos los pueblos y para todos los tiempos. En la acción bautismal del Bautista, Israel crece más allá de sí mismo: por una parte se convierte en el «amigo del Esposo», en la medida en que se alegra de haber colaborado para que Cristo encontrara a la Iglesia universal como su esposa; pero por otra parte está dispuesto a «disminuir» para que el Amigo "crezca", y, en esta humilde «disminución» dentro de la Nueva Alianza, se equipara a la «disminución» de Jesús hasta la cruz, concretamente visible en la degollación del Bautista.



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (10-01-1993)

Visita Pastoral a Asís. Santa Misa en la Basílica Superior
Domingo 10 de enero del 1993

1. «Domine, murum odii everte, nationes dividentem, et vias concordiae fac hominibus planas» «O Signore, abbatti le barriere dell’odio che dividono le nazioni, – apri la strada alla concordia e alla pace» (Martedì della III settimana dell’Avvento, Invocazioni delle Lodi). Carissimi fratelli e sorelle, il grido, che noi oggi innalziamo a Dio, proviene dalla liturgia dell’Avvento. La preghiera per la pace in Europa, e in particolare nei Balcani, s’innalza in questo periodo nelle lingue dei diversi popoli del Continente Europeo. Insieme con i Presidenti degli Episcopati di tutta l’Europa abbiamo implorato dal Signore la pace. Abbiamo chiesto di pregare per questo anche ai nostri fratelli cristiani, nonché ai figli d’Israele e ai musulmani. Ci troviamo qui in Assisi sulle orme di san Francesco, che amò in maniera eminente Cristo, gli uomini e tutto il creato. Insieme con lui riviviamo il mistero del Battesimo di Cristo nel Giordano, evento chiave nella missione messianica di Gesù di Nazaret.

2. «In quel tempo Gesù dalla Galilea andò al Giordano da Giovanni per farsi battezzare da lui. Giovanni però voleva impedirglielo, dicendo: «Io ho bisogno di essere battezzato da te e tu vieni da me?». Ma Gesù gli disse: «Lascia fare per ora, poiché conviene che così adempiamo ogni giustizia»» (Mt 3, 13-15). Il Battesimo di penitenza, conferito da Giovanni al Giordano, è un segno della giustizia che l’uomo aspetta da Dio, cercandolo con tutto il cuore. È anche un segno della pace, desiderata da ogni spirito umano in tutti i popoli e le nazioni della terra. Ed ecco, troviamo Gesù di Nazaret nel corteo degli uomini che, animati da un tale desiderio, vengono per ricevere il Battesimo di penitenza, confessando i loro peccati. Gesù è senza peccato, ma nonostante ciò si inserisce tra i peccatori. Si tratta di un fatto molto eloquente. «Questi è il Figlio mio prediletto, nel quale mi sono compiaciuto» (Mt 3, 17). Appunto il Figlio – compiacenza infinita del Padre – si inserisce tra i peccatori e insieme con loro riceve il Battesimo di penitenza. «Non sono venuto a chiamare i giusti, ma i peccatori» (Mt 9, 13). Alla fine, questo compito Lo condurrà alla Croce. È quanto esprimeva lo stesso Giovanni sulle rive del Giordano, quando diceva: «Ecco l’agnello di Dio, ecco colui che toglie il peccato del mondo!» (Gv 1, 29).

3. Siamo venuti qui, oggi, facendoci carico dei grandi peccati del nostro tempo, del nostro continente. La guerra in atto nei Balcani costituisce un particolare accumulo di peccati. Esseri umani usano strumenti di distruzione per uccidere e sterminare altri loro simili. Quali terribili esperienze di guerre – in particolare in Europa, ha conosciuto il XX secolo! È stato un secolo segnato da odio e da profondo disprezzo nei confronti dell’umanità, odio e disprezzo che non rinunciavano a nessun mezzo e metodo per annientare e sterminare l’altro. Si è violato il precetto divino dell’amore molte volte e in vari modi, sì da giungere perfino a interrogarsi con paura se l’uomo europeo sarebbe stato capace di rialzarsi da quell’abisso in cui l’aveva spinto una folle bramosia di potere e di dominio – a spese degli altri: di altri uomini, di altre nazioni. Una così tragica esperienza sembra purtroppo essere rinata in qualche maniera in questi ultimi anni; essa continua a dilagare proprio nella penisola balcanica. Ecco la ragione per cui l’Europa tutta intera si raccoglie in preghiera; ecco perché siamo venuti in pellegrinaggio ad Assisi, a invocare Dio per mezzo di Cristo: «Abbatti le barriere dell’odio... apri la strada alla concordia e alla pace».

4. Cristo prega insieme con noi. Egli si è inserito nel corteo dei peccatori non solo una volta, sulla riva del Giordano, ove ricevette da Giovanni il Battesimo della penitenza. In ogni secolo e in ogni generazione Egli torna a mescolarsi in tale corteo nei vari luoghi della terra. Cristo è infatti il Redentore del mondo, che Dio «trattò da peccato in nostro favore perché noi potessimo diventare per mezzo di lui giustizia di Dio» (2 Cor 5, 21). Scaturisce di qui la nostra ferma convinzione, illuminata dalla fede, che nella tormentata terra degli uomini e delle nazioni dei popoli balcanici Cristo è presente tra tutti coloro che soffrono e subiscono un’assurda violazione dei diritti umani. Egli, il Cristo, è sempre testimone e difensore dei diritti dell’uomo: ho avuto fame, ho avuto sete, ero forestiero, nudo, sono stato torturato, straziato, violentato, oltraggiato nell’umana dignità... (cf. Mt 25, 31-46). In lui i diritti della persona non sono parole soltanto, ma vita: vita che prevale sulla morte e mediante la Croce s’afferma nella vittoria della Risurrezione. Noi oggi preghiamo insieme con Lui e per mezzo di Lui, perché siamo fermamente convinti che Egli prega incessantemente con noi.

5. Egli è il compiacimento del Padre. Crediamo quindi che in Lui e per mezzo di Lui l’uomo – perfino quello più oltraggiato, e anche il più colpevole – viene abbracciato dall’unico Amore, più forte di ogni odio, peccato e disumana malvagità. Lui..., Servo della nostra giustificazione, «non spezzerà una canna incrinata, non spegnerà uno stoppino della fiamma smorta... non verrà meno e non si abbatterà, finché non avrà stabilito il diritto sulla terra» (Is 42, 3-4). Il Padre gli dice: «Ti ho formato e stabilito come alleanza del popolo e luce delle nazioni...» (Is 42, 6). Ecco: i popoli, le nazioni di quella terra, coinvolta nell’orrendo conflitto in atto nei Balcani, costituiscono comunità unite fra loro da tanti legami, inscritti non soltanto nelle memorie del passato, ma anche nella comune speranza di un futuro migliore fondato sui valori della giustizia e della pace. Ciascuna di tali nazioni rappresenta un bene particolare, una conferma della multiforme ricchezza donata dal Creatore all’uomo e all’intera umanità. Inoltre ciascuna nazione ha diritto all’autodeterminazione come comunità. Si tratta di un diritto che si può realizzare sia mediante una propria sovranità politica, sia mediante una federazione o confederazione con altre nazioni. Poteva essere salvata l’una o l’altra modalità tra le nazioni della ex Jugoslavia? È difficile escluderlo. Tuttavia, la guerra che si è scatenata sembra aver allontanato una simile possibilità. E la guerra è tuttora in corso. Umanamente parlando, può apparire difficile intravederne la fine. E tuttavia: «Sanabiles fecit Deus nationes...» (cf. Sap 1, 14).

6. Ci rivolgiamo, dunque, a Te, Cristo, Figlio del Dio vivo, Verbo che sei il compiacimento del Padre, e hai voluto compiere la missione di servo della nostra Redenzione. Tu sei giustificazione del peccatore, di tutti i peccatori e malfattori della storia umana. Tu sei l’alleanza degli uomini, la luce delle nazioni. Sii con noi. Intercedi per noi. Prega con noi peccatori, affinché non prevalgano le tenebre. Perdona le nostre colpe – terribili colpe di uomini dominati dall’odio – così come noi perdoniamo... Cercando di rompere la spirale del male... Distruggi Tu stesso l’odio che divide le nazioni. Là, dove adesso abbonda il peccato, fa’ che sovrabbondino la giustizia e l’amore, cui è chiamato ogni uomo, ogni popolo e nazione in Te, Principe della Pace. In quest’ora difficile, ci rivolgiamo pure alla tua Madre Santissima, che è anche Madre di tutti i popoli, Madre in particolare dei popoli d’Europa, che nel corso dei secoli hanno elevato a Lei santuari famosi, meta anche oggi di moltitudini di pellegrini. Penso in questo momento innanzitutto al tempio mariano più antico di Santa Maria Maggiore in Roma, alla «Parete Indistruttibile» in Ucraina e a quei luoghi di devozione in Russia, dove l’immagine della Madre di Dio è venerata sotto il titolo di Madonna di Wladimir, di Kazan, di Smolensk. Il mio pensiero va inoltre ai santuari di Mariapocs in Ungheria, di Marija Bistrica in Croazia, di Studenica in Serbia, al santuario nazionale dell’«Addolorata» in Slovacchia, alla «Porta dell’Aurora» in Lituania, ai santuari di Aglona in Lettonia, di Marija Pomagaj in Slovenia, di Czestochowa in Polonia, di Montserrat in Spagna, di Lourdes in Francia, di Fatima in Portogallo... ed a tanti altri ancora. A Maria Santissima, Madre tua e Madre nostra, o Cristo, l’intera Europa affida questa sua preghiera per la pace, utilizzando nell’odierna celebrazione tutte le lingue parlate nel Continente.

7. Siano abbattute le barriere dell’odio! O Dio della Pace! Raddrizza le vie degli uomini, perché sappiano di nuovo vivere insieme come vicini, come fratelli e sorelle, «Figli del Padre nel Figlio Unigenito» (cf. Ef 1, 4-5): in Cristo Gesù nostra autentica pace.

Carissimi Fratelli e Sorelle!

1. L'odierna festa del Battesimo di Gesù conclude il tempo di Natale, il tempo liturgico delle «manifestazioni» progressive di Gesù: nella nascita a Betlemme, quando appare con il volto di Bambino, «primogenito di ogni creatura», «immagine visibile dell'invisibile Dio» (cfr. Col. 1- 15); nella festa dell'Epifania, in cui si offre come atteso e cercato dono per tutte le genti della terra e come luce verso cui converge il cammino interiore della storia; ed infine nella celebrazione di oggi, in cui, entro le acque del Giordano, Egli si fa solidale con l'uomo, china «il capo immacolato dinanzi al Precursore; /e, battezzato, scioglie il genere umano dalla schiavitù, /amante degli uomini» (Liturgia Byzantina: EE, 3038). Viene cosi consacrato Servo «con unzione sacerdotale, profetica e regale, perché gli uomini riconoscano in lui il Messia, inviato a portare ai poveri il lieto annunzio» («Praefatio» in festo Baptismatis Domini).

Sono le tappe di una manifestazione di Cristo che si fa progressivamente sempre più interiore e profonda.

2. Essa si trasferisce, oggi, in modo singolarissimo, nella celebrazione del Battesimo di questi 20 bambini, provenienti da varie Nazioni del mondo. Questo sacramento rinnova in loro il misterioso dono della grazia divina, che imprime un sigillo incancellabile nella loro anima, dando origine ad una nuova nascita: « ...da Dio sono stati generati... A quanti l'hanno accolto, ha dato potere di diventare figli di Dio... » (Io. 1, 12-13).

La grazia santificante, che elimina il peccato originale, infonde in essi con il Battesimo le virtù teologali e i doni dello Spirito Santo; li inserisce inoltre nel Corpo mistico di Cristo, che è la Chiesa.

Quanto è grande il Battesimo, il primo dei Sacramenti e il più necessario per la salvezza! È il cardine della vita cristiana, soglia di tutti gli altri Sacramenti e della rigenerazione a quella vita immortale di cui ci parlano anche i meravigliosi affreschi di Michelangelo, che possiamo ammirare in questa suggestiva Cappella Sistina.

È da questa consapevolezza che si è sviluppata la prassi di battezzare i bambini fin dal primo inizio della loro esistenza terrena. Ovviamente, tale prassi suppone che gli anni successivi, soprattutto quelli dell'infanzia, della fanciullezza e della giovinezza, siano poi configurati come un autentico catecumenato, un itinerario di iniziazione alla vita cristiana e di progressivo inserimento nella Comunità dei credenti.

3. Cari genitori, cari padrini e madrine, questi piccoli, ai quali oggi è amministrato il Battesimo, avranno bisogno di capire, ripensare ed apprezzare l'inestimabile dono del Sacramento ricevuto. Tocca a voi affiancarvi ad essi, che ora non sanno e non capiscono, ed essere i loro primi maestri nell'insegnamento delle verità cristiane.

Ascoltateli, questi bambini! La fede nasce dall'ascolto della Parola di Dio. E quello dell'ascolto è un atteggiamento che come ogni altro - si impara anzitutto in famiglia. Chi ha trovato ascolto, sa dare ascolto, come chi è stato amato, più facilmente sa amare.

Aiutateli, questi bambini, a crescere fedeli al Vangelo, pronti ad amare Dio ed i fratelli. Guidateli, con l'esempio e con la parola, sul sentiero della santità cristiana.

La vostra missione di genitori non si limita al dono della sola vita fisica. Voi siete chiamati a generare i vostri figli anche nella fede e nella dimensione dello spirito.

Imitate la Santa Famiglia di Nazaret, ed invocate la costante protezione della Vergine Santa e di San Giuseppe sulle vostre case.

In questa occasione solenne, davanti ad un cosi significativo numero di battezzandi che stanno per diventare figli adottivi di Dio, sembra di riudire le parole del Padre celeste ascoltate poc'anzi nel Vangelo: Ciascuno di questi bambini e di queste bambine è mio figlio prediletto, oggetto della mia compiacenza ».

E per voi - genitori, padrini, madrine, adulti e cristiani consapevoli della nostra vocazione - risuona l'invito: «Ascoltatelo!» (Marc. 9, 7).

Vi aiuti in cosi impegnativa missione Maria, Madre di Dio e della Chiesa e tutti i santi che tra poco invocheremo.

«Questo è il Figlio mio prediletto, nel quale mi sono compiaciuto» (Mt 3, 17).

1. Dopo aver celebrato ieri, carissimi fratelli e sorelle, la solennità dell’Epifania, ci ritroviamo oggi, in questa prima domenica del nuovo anno, per la festa del Battesimo di Gesù nel Giordano. Con quest’evento si inaugura la missione pubblica del Messia, che a tutti si manifesta come «il Figlio prediletto del Padre» da ascoltare, da accogliere, da seguire. Gesù resta con noi, in ciascuno di noi, come nostro Salvatore. La sua salvezza ci giunge per mezzo della fede e della grazia del Battesimo, sacramento fontale della Chiesa.

In questo contesto liturgico oggi è per me, come ogni anno, rinnovata occasione di gioia accogliere voi, genitori, padrini e madrine, per il Battesimo di questi bambini, originari di diverse regioni d’Europa. Ed è anche circostanza provvidenziale che ci fa riflettere sul sacramento del Battesimo, la porta per la quale siamo entrati a pieno titolo nella comunità ecclesiale.

La Chiesa ha infatti coscienza che la sua missione profetica, sacerdotale e regale ha origine dal Battesimo: da esso prende forza il compito di testimoniare e diffondere a tutti gli uomini, raggiunti dal suo annuncio missionario, la salvezza operata da Cristo, «Figlio prediletto del Padre». Col Battesimo il cristiano accoglie il Salvatore e, in virtù dell’acqua e dello Spirito, cammina sulla strada dell’amore di Dio, essendo stato rinnovato profondamente a immagine di Colui che s’è manifestato nella nostra carne mortale.

2. Cari fratelli e sorelle, non dimenticate mai il dono ricevuto e l’alta missione a voi affidata il giorno del vostro Battesimo. Non dimenticatelo soprattutto voi, genitori, padrini e madrine di questi bambini, chiamati dalla bontà del Padre celeste a partecipare dell’eredità immarcescibile dei redenti.

In voi, queste tenere creature, rinnovate dalla forza dello Spirito, possano sempre incontrare testimoni coraggiosi e veri «padri» nell’itinerario della vita cristiana. L’acqua del Battesimo li libera oggi dalla schiavitù del peccato originale e li introduce nella pienezza della vita di Dio, manifestata in Gesù Cristo e da lui comunicata alla sua Chiesa attraverso il mistero della sua morte e risurrezione. Proprio perché inseriti nella Chiesa, questi bambini diventano membra vive del corpo stesso di Cristo, nostri fratelli nella fede, coeredi con noi della salvezza e compartecipi sin da questo momento della nostra comune missione del mondo.

3. La liturgia odierna, presentandoci la teofonia del Giordano, ci mostra il Messia come colui che ridona la vista ai ciechi e la libertà ai prigionieri. In questa occasione il Padre proclama solennemente Gesù come il suo «Figlio prediletto» e sancisce così il passaggio definitivo dall’Antico al Nuovo Testamento: dal battesimo di Giovanni - segno di penitenza e di conversione in attesa del compimento delle promesse messianiche - al Battesimo di Gesù, in «Spirito e fuoco» (Lc 3, 16). Quindi è lo Spirito Santo l’artefice del Battesimo dei cristiani: di noi stessi, come tra poco di questi bambini. È lui che fa risuonare nel nostro spirito la Parola rivelatrice del Padre: «Questi è il Figlio mio prediletto, nel quale mi sono compiaciuto».

È lui, lo Spirito Santo, che apre gli occhi del cuore alla Verità, a tutta la Verità. È lui, lo Spirito Santo, che spinge la nostra vita sul sentiero rinnovato della carità. È lui, lo Spirito Santo, il dono straordinario e incommensurabile che il Padre fa a ciascuno di questi neobattezzandi. È lui, lo Spirito Santo, che ci riconcilia con la tenerezza del perdono divino e ci pervade totalmente con la forza della verità e dell’amore.

4. Cari fratelli e sorelle, l’odierna celebrazione, che è sovrabbondante effusione di Spirito Santo, deve dunque riempirci di gioia spirituale e spingerci a un rinnovato impegno di vita cristiana. In effetti, il Battesimo è vita da trasmettere, luce da comunicare. Ribadiamo pertanto la nostra fedele adesione a Gesù, unico Salvatore che oggi si manifesta nella pienezza della sua missione messianica. «Concedi, o Padre, a noi tuoi fedeli - così preghiamo nell’orazione dopo la comunione - di ascoltare come discepoli il Cristo, per chiamarci ad essere realmente tuoi figli».

Maria, Madre del Salvatore, accompagni i passi della nostra vita cristiana sul sentiero della Verità e dell’Amore e ottenga a questi bambini, ai genitori, ai padrini e alle madrine, il dono della perseveranza e della fedeltà.

Carissimi!

Siamo qui riuniti per celebrare oggi la festa liturgica del Battesimo di Gesù: l’avvenimento che, rivelando il mistero della manifestazione piena del Signore come Figlio di Dio davanti a tutto il popolo, inaugurò la vita pubblica del Redentore. «Questi è il Figlio mio prediletto, nel quale mi sono compiaciuto» (Mt 3, 17).

Desidero porgere a tutti voi il mio cordiale saluto ed esprimervi la mia profonda gioia per la possibilità che mi è data di conferire a questi bambini il sacramento del battesimo. Saluto voi, genitori, e mi compiaccio perché avete voluto rendere partecipi i vostri figli, fin dai primi giorni della loro vita, del dono della grazia, della vita divina e della vostra fede. Saluto voi, padrini e madrine, che avete accettato con spirito cristiano di rendervi collaboratori della formazione cristiana e dell’itinerario spirituale di questi bambini, impegnandovi a divenire per loro testimoni della verità rivelata e della morale evangelica. Saluto voi, come nuovi fratelli e figli, tutti questi piccoli, ai quali auguro di cuore una vita e un futuro pieni di felicità, con il vivo desiderio che la grazia battesimale non venga mai meno alla loro vita e che questa loro prima chiamata alla fede trovi un giorno il suo felice sviluppo nella piena sequela della voce del Signore.

Il battesimo offerto da Giovanni era un segno di penitenza, una attestazione di conversione unita al desiderio di tornare a Dio, purificati nello spirito, per accogliere il compimento delle promesse messianiche. A questo battesimo, con gesto che rivela grande umiltà, il Figlio di Dio fattosi carne si assoggetta a nome di tutto il genere umano. Egli entra, così, in un battesimo di penitenza che è la remissione dei peccati di tutti gli uomini, perché, come vero uomo, egli si è fatto solidale con noi. Ma Gesù preannuncia con questo gesto il suo futuro: come «servo eletto» di Dio (cf. Is 42, 1) egli porterà su di sé il peso dei peccati di tutti e si offrirà un giorno in sacrificio per ottenere con il lavacro del suo sangue il perdono di ogni colpa.

Il battesimo che verrà conferito oggi a questi bambini evoca il gesto di Cristo nel Giordano, perché il sacramento che la Chiesa conferisce ai suoi nuovi figli trova il suo fondamento proprio nell’offerta che Gesù allora ha fatto di se stesso. Mediante il battesimo ricevuto da Giovanni il nostro Salvatore ha voluto prefigurare il sacramento che un giorno, sulla croce, sarebbe sgorgato dal suo sacrificio quale fonte di rigenerazione e di rinnovamento di vita: il battesimo, mediante il quale noi siamo sepolti insieme con lui nella morte, perché, come Cristo fu resuscitato, anche noi possiamo camminare in una vita nuova (cf. Rm 6, 4).

L’acqua del battesimo libererà oggi questi piccoli dal peccato originale, li introdurrà nella misteriosa vita nascosta in Dio dall’eternità e rivelata nel Cristo e nella Chiesa, li farà nostri fratelli, membra vive dello stesso corpo del Signore. Cristo, immergendoli nel suo mistero di morte e risurrezione opererà per loro una nuova nascita e darà loro la sua vita divina. Per questo, anche ai vostri bambini oggi Dio Padre potrà dire «tu sei mio Figlio», poiché è la vita del Cristo Figlio di Dio che verrà loro conferita come dono di grazia, una vita non originata in loro da volontà di carne, né da volere di uomo, ma solo da Dio (cf. Gv 1, 13).

Disponiamoci tutti con fede a celebrare tale mistero con animo riconoscente verso il Signore, e chiediamogli di rinnovare in noi la grazia battesimale, pregando per la nuova vita cristiana di questi piccoli.

1. «Gloria e lode al tuo nome, o Signore!».

 L’invito dell’odierna liturgia a glorificare e a lodare il nome del Signore acquista oggi, festa del Battesimo di Gesù, un particolare significato.

Ho voluto celebrare questo «mistero» della vita di Cristo, conferendo in questa Basilica il Sacramento del Battesimo ad alcuni bambini e bambine nell’Anno Giubilare della Redenzione, per sottolineare che mediante questo Sacramento giunge, a coloro che lo ricevono, il dono della Redenzione, e viene ad essi applicata l’opera della salvezza e della santificazione, operata da Gesù con la sua offerta al Padre celeste.

La parola di Dio, che abbiamo ascoltato, ci presenta Gesù di Nazaret come il «servo di Dio», profetizzato nel Libro di Isaia; il servo, oggetto dell’elezione e della compiacenza divina, compirà la sua missione con un atteggiamento di totale adesione alla volontà del Signore e di esemplare umiltà nei confronti degli uomini; sarà stabilito come «alleanza del popolo», come «luce delle Nazioni», cioè dei popoli pagani, per dare la vista ai ciechi e la libertà ai prigionieri.

Questo misterioso «Servo di Dio» è il Cristo, che porta la salvezza all’umanità. Nella narrazione evangelica testé ascoltata, appena Gesù è battezzato da Giovanni, si aprono i cieli, lo Spirito di Dio scende sul Cristo come una colomba e una voce - quella del Padre - dice: «Questi è il mio Figlio prediletto, nel quale mi sono compiaciuto».

Alla profezia subentra ormai la realtà: il compiacimento di Dio per il suo Servo è il compiacimento del Padre per il suo Figlio eterno, che ha assunto la natura umana e che, con un gesto di profonda umiltà, ha chiesto a Giovanni quel battesimo, che era solo figura di quello che egli stesso avrebbe istituito non più come preparazione alla grazia ma come conferimento della grazia.

Carissimi fratelli e sorelle qui presenti, e, in particolare, voi che siete i padri, le madri, i padrini e le madrine di questi bimbi che fra poco riceveranno il Battesimo! La Chiesa continua ad obbedire nei secoli alle parole rivolte da Gesù agli Apostoli: «Mi è stato dato ogni potere in cielo e in terra. Andate dunque e ammaestrate tutte le Nazioni, battezzandole nel nome del Padre e del Figlio e dello Spirito Santo» (Mt 28, 18-19).

2. Questi bimbi, frutto stupendo dell’amore dei genitori e altresì del misterioso gesto creativo di Dio, sono nati alla vita naturale. Ma, fra qualche istante, essi saranno protagonisti di una nuova nascita, quella alla vita soprannaturale, meritataci da Cristo: «In verità, in verità ti dico - sono parole di Gesù a Nicodemo -, se uno non nasce da acqua e da Spirito, non può entrare nel regno di Dio. Quel che è nato dalla carne è carne, e quel che è nato dallo Spirito è Spirito» (Gv 3, 5-6).

Il Battesimo è una rigenerazione spirituale, una «nascita dall’alto» (cf. Gv 3, 7), non meno vera e reale della nascita alla vita terrena. Questi bimbi mediante il Battesimo - come ci insegna la fede cristiana - saranno liberati dal peccato originale, saranno interiormente santificati per mezzo dell’infusione della grazia santificante, insieme con i doni degli abiti delle virtù teologali della fede, della speranza, della carità e dei doni dello Spirito Santo; saranno incorporati e resi conformi a Cristo e perciò diventeranno, in lui, figli di Dio, inseriti nella Chiesa, corpo mistico del Verbo incarnato.

3. Questa vita divina, che sarà loro comunicata dal Sacramento, dovrà crescere, maturare, perfezionarsi lungo il cammino della loro vita: «I seguaci di Cristo, chiamati da Dio e giustificati in Gesù Cristo, non secondo le loro opere ma secondo il disegno e la grazia di lui, nel battesimo della fede sono stati fatti veramente figli di Dio e compartecipi della vita divina, e perciò realmente santi. Essi quindi devono, con l’aiuto di Dio, mantenere e perfezionare, vivendola, la santità che hanno ricevuta» (Lumen gentium, 40).

È compito e dovere di tutta la Chiesa, ma in special modo dei genitori, dei padrini e delle madrine aver cura di aiutare questi nuovi figli di Dio nella loro crescita soprannaturale, offrendo loro ogni giorno l’esempio costante, generoso e costruttivo di una esistenza vissuta integralmente secondo le esigenze del Vangelo.

È questo l’augurio che oggi io rivolgo a questi piccoli, nuovi cristiani, nuovi membri della Chiesa in esultanza, nuovi frutti della Redenzione!

È questo l’impegno di responsabilità cristiana, che affido e consegno a voi tutti che mi ascoltate, in questa celebrazione comunitaria del santo Battesimo!

Così sia!

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