Ferias Mayores Tiempo de Adviento: 21 de Diciembre – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ct 2, 8-14: He aquí mi amado, llega saltando por los montes
- Salmo: Sal 32, 2-3. 11-12. 20-21: Aclamad, justos, al Señor; cantadle un cántico nuevo
+ Evangelio: Lc 1, 39-45: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Adviento y de Navidad. , Vol. 1, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

En la entrada de la Misa, con el profeta Isaías, proclamamos con fe y alegría: «Vendrá el Señor que domina los pueblos, y se llamará Emmanuel, porque tenemos a Dios con nosotros» (Is 7,14; 8,10). En la oración colecta (Gelasiano) pedimos al Señor: «escucha la oración de tu pueblo, alegre por la venida de tu Hijo en carne mortal, y haz que cuando vuelva en su gloria, al final de los tiempos, podamos alegrarnos de escuchar de sus labios la invitación a poseer el reino eterno».

Cantar 2,8-14: Ya viene mi Amado saltando por los montes. Ese Amado que viene a la humanidad no es otro que Cristo. Él se acerca hoy al encuentro de Juan. Pero también viene a nosotros, a todas las almas que lo esperan y desean. Cuando el amor de Dios, que viene, que vino, y que permanece como misterio vivo, afecta no solo a la fe y a la inteligencia, sino que invade todo el ser, entonces enciende el lenguaje incandescente del amor.

Es el amor que los místicos cristianos han vivido tan intensamente y que el profetismo del Antiguo Testamento ha descrito muchas veces para expresar las relaciones del alma con Dios. El Señor es el Amado, es el Enamorado que viene a los hombres, que nos lleva consigo al campo en flor, y que suscita en nosotros cantos únicos e inconfundibles.

Cuando Él se acerca, llega y entra en nuestras vidas, nosotros nos olvidamos de todo, del invierno que pasó y que volverá a venir... Más allá de las imágenes, estamos aquí, hemos llegado ya, al mundo de la era mesiánica que, a su vez, es signo de la escatología, de los nuevos cielos y de las nuevas tierras, que siempre florecerán, que siempre darán perfume de vida, porque siempre estarán habitadas por el Amor que viene cruzando los montes. Y nosotros, detrás de la ventana, lo esperamos, para que nos lleve a las viñas en flor.

Eramos tinieblas, noche, caos, aletargamiento, desfallecimiento, enfermedad y muerte. Nos faltaba la luz, nos faltaba el Sol de justicia. Abandonada a sí misma la pobre humanidad, se hunde irremisiblemente en las tinieblas y en la noche de la muerte. Se despeña en el abismo del error, de la continua y angustiosa duda. No tiene respuestas para los enigmas de una vida que se ha hecho mortal. Solo Dios da esas respuestas por medio de su Unigénito encarnado, cuyo Nacimiento anhelamos con esperanza renovada.

–Ante la Navidad que se acerca, ante el Señor que aparece a su Iglesia como el Esposo del Cantar de los Cantares, ante «los proyectos de su corazón», llenos de salvación y de amor, que se despliegan en la historia humana, nosotros, animados por el Espíritu Santo, estamos en condiciones de cantar con gozo la acción de gracias del Salmo 32:

«Dichosa la nación, cuyo Dios es el Señor. Aclamad, justos, al Señor, cantadle un cántico nuevo. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones. El plan del Señor subsiste por siempre, los preceptos de su corazón de edad en edad. Nosotros aguardamos al Señor. Él es nuestro auxilio y escudo; con Él se alegra nuestro corazón, en su santo nombre confiamos».

Lucas 1,39-45: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? La Virgen María, llena de gracia y templo de Dios, abre a todos su corazón. La alegría mesiánica que la llena es difusiva, y tiende, como todo don de Dios, a la comunión. Por eso María sale de sí misma y camina hacia su pariente Isabel. Y ésta, «llena del Espíritu Santo», entiende los signos de Dios y la proclama «dichosa porque ha creído». Comenta San Ambrosio:

«El Ángel que anunciaba los misterios, para llevar a la fe mediante algún ejemplo, anunció a la Virgen María la maternidad de una mujer estéril, ya entrada en años, manifestando así que Dios puede hacer todo lo que le place.

«Desde que lo supo, María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, sino con el gozo de su deseo, como quien cumple un piadoso deber, se dirigió a las montañas.

«Llena de Dios de ahora en adelante ¿cómo no iba a elevarse apresuradamente hacia las alturas? La lentitud en el esfuerzo es extraña a la gracia del Espíritu» (Comentario Evang. Lucas II,19).

María, por su «sí», hace que la obra de Dios, su plan de salvación, sea una realidad para nosotros. Dios viene y viene por María. Por Ella nos llega el Sol verdadero: Cristo, el Salvador a quien nosotros esperamos.

Cristo es realmente la luz del mundo; y lo es por la fe santa que Él enciende en las almas; por la doctrina con que nos instruye y educa; por el ejemplo que nos da en el pesebre de Belén, en Nazaret, en la Cruz, en el Sagrario; por la túnica luminosa de gracia con que envuelve nuestra alma; por la santa Iglesia que nos entrega como verdadera Madre. A la luz de este Sol todo aparece claro, transparente.

Y ese Sol lució y luce ante nuestros ojos por medio de la Virgen María. Ahora Dios se nos aparece como un tierno y solícito Padre, que nos mira y nos trata como a verdaderos hijos suyos y nos convida a participar y a gozar con Él de su eterna y dichosa vida. Esta luz nos hace ver la nulidad de todo lo meramente humano, de todo lo terreno, de los bienes y felicidades de este mundo.

Por eso hoy la liturgia canta en Vísperas esta antífona del Magníficat: «¡Oh Oriente, Resplandor de luz eterna, Sol de justicia! Ven e ilumina a los que estamos sepultados en las tinieblas y sombras de muerte».

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos 1


pp. 85-89

1. Preparando la visita de María a su prima Isabel, escuchamos en la primera lectura un hermoso cántico de amor tomado del Cantar de los cantares.

La novia ve con gozo cómo su amado viene saltando por los montes a visitarla. El novio le canta un poema pidiendo a la joven que se haga ver: «levántate, amada mía, y ven, hazme oír tu voz». Todo alrededor es poesía y primavera en la naturaleza. Pero sobre todo es el amor de los dos jóvenes lo que llena la escena de encanto: el amor humano, elevado en la Biblia a símbolo y encarnación del amor de Dios a su pueblo.

Es hermoso que la lectura bíblica nos hable de amor, de enamoramiento, de primavera, poesía y gratuidad: en medio de un mundo lleno de interés comercial y de cálculos medidos. Y que este amor juvenil sea precisamente el lenguaje con el que, en vísperas de la Navidad, se nos anuncia la buena noticia: Dios, el novio, se dispone a celebrar la fiesta una vez más, si la humanidad y la Iglesia, la novia, le acepta su amor.

(Sofonías -una lectura alternativa a la del Cantar- invita a una sincera alegría a «la hija de Sión», al pueblo de Israel: «grita de júbilo, alégrate». El motivo es claro: Dios está cerca: «el Señor tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva». Dios sigue amando a su pueblo: «él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta».

Ya no tiene cabida el miedo ni han de sentir desfallecimiento las manos. El Señor ha perdonado las culpas, «ha cancelado tu condena», y nos renueva gozosamente su amor.

Si en tiempos del profeta podían decir eso, nosotros, después del acontecimiento de la venida de Cristo, lo podemos proclamar con mucho más motivo. Nos hará bien pensar que esta Navidad la desea Dios más que nosotros.

El salmo expresa bien los sentimientos de júbilo: «aclamad, justos, al Señor, cantadle un cántico nuevo». Parece escrito para que lo recemos en los últimos días del Adviento: «nosotros aguardamos al Señor, con él se alegra nuestro corazón, en su santo nombre confiamos». Son actitudes que nos preparan a una Navidad vivida desde dentro.

2. La visita de María a su prima Isabel está llena de resonancias bíblicas: como cuando se trasladó el Arca de la Alianza entre danzas y saltos de alegría a casa de Obededom, donde estuvo tres meses, llenando de bendiciones a sus moradores.

María, que acaba de recibir del ángel la trascendental noticia de su maternidad divina, corre presurosa, por la montaña, a casa de Isabel, a ofrecerle su ayuda en la espera de su hijo. Llena de Dios y a la vez servicial para con los demás. María es portadora en su seno del Salvador, ella misma Arca de la Alianza, y es por tanto evangelizadora: la Buena Noticia la comunica con su misma presencia y llena de alegría a Isabel y al hijo que salta de gozo en sus entrañas, el que será el precursor de Jesús, Juan Bautista.

Es significativo por demás el encuentro de Isabel y María, dos mujeres sencillas del pueblo, que han sido agraciadas por Dios con una inesperada maternidad y se muestran totalmente disponibles a su voluntad. Son un hermoso símbolo del encuentro del Antiguo y del Nuevo Testamento, de los tiempos de la espera y de la plenitud de la venida.

Llena de alegría, Isabel canta a voz en grito -María lo hará mañana- las alabanzas de Dios y de su prima, en quien reconoce a «la madre de mi Señor».

Con su alabanza, Isabel traza un buen retrato de su prima: «dichosa tú, que has creído».

3. a) Todas las lecturas rebosan de alegría.

Alegría que ante todo llena el corazón de Dios: «él se goza y se alegra con júbilo como en día de fiesta». Alegría de los novios al poder verse después de la separación del invierno.

Alegría de las dos mujeres, María e Isabel, que experimentan la venida del Dios salvador.

¿Sabremos experimentar nosotros esta alegría que Dios nos quiere comunicar? Para ello debemos tener ojos de fe, y saber reconocer la presencia de Dios en las personas y los acontecimientos de la vida, como Isabel y María supieron reconocer la presencia del misterio en sus respectivas experiencias.

Saber ver a Dios actuando en nuestra vida de cada día, en las personas que nos rodean.

¿Viviremos la Navidad con gozo interior, o sólo de palabras, cantos y regalos externos, «porque toca»?

Después de tantas invitaciones a cantar de júbilo, par parte de Sofonías, o por el ejemplo de los novios enamorados, o de Isabel y su hijo Juan, de María, la llena de la Buena Noticia, y sobre todo de Dios mismo, que, según Sofonías celebra jubilosamente su amor como en una gran fiesta, ¿nos conformaremos con una Navidad rutinaria, de trámite?

b) Pero a la vez deberíamos ser, en estos días, portadores de esa alegría a los demás.

Como María en su visita, cada uno de nosotros debemos ser portadores de la Buena Noticia de Jesús, evangelizadores en este mundo.

Esto lo haremos con nuestras actitudes y obras, más que con nuestras palabras.

¿Sabemos, en nuestra vida, «visitar» a los demás? O sea, ¿estamos siempre dispuestos a salir al encuentro, a comunicarnos, a compartir la experiencia gozosa y la triste, a ofrecer nuestra ayuda? La visita es salida de sí mismo, cercanía, presencia a los otros. Para llevar nuestro interés y nuestro amor, y transmitir así, en el fondo, la experiencia de Dios, en un mundo que no conoce demasiado la gratuidad del amor ni la cercanía de las «visitas».

Lo podemos hacer en el círculo de nuestra familia o de nuestros amigos y conocidos o compañeros de trabajo. Si sabemos «visitar», a imitación del Dios que «ha visitado y redimido a su pueblo», y de Cristo Jesús, el que había sido anunciado como «el sol que nos visitará, venido de lo alto», la Navidad será una experiencia gozosa.

c) La Eucaristía es uno de los momentos privilegiados en que los cristianos reconocemos con gozo la presencia salvadora de Cristo Jesús. Nuestra comunión de hoy sea aliento y motivo de alegría en nuestra preparación de la Navidad.

O Oriens

«Oh Oriente, Sol que naces de lo alto,
resplandor de la luz eterna,
sol de justicia:
ven ahora a iluminar
a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte»


En el día más corto del año, el día en que el sol cósmico brilla menos horas, invocamos a Cristo, nuestro verdadero Sol, «el Sol que nace de lo alto», como dice Zacarías en el Benedictus.

Cristo es la luz que refleja para nosotros la luz de Dios: «Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre celeste», como decían las primeras generaciones en uno de los mejores himnos cristológicos que compusieron, y que todavía cantamos.

Simeón anunció que Jesús venía «para alumbrar a las naciones». Y el mismo Jesús dijo: «yo soy la Luz del mundo». Él es el que de veras puede venir a iluminar nuestras tinieblas en esta Navidad, como tantas veces nos ha anunciado el profeta Isaías.

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Tiempo de Adviento y Navidad. , Vol. 1, Verbo Divino, Navarra, 2001

LECTIO

Primera lectura: Cantar de los Cantares 2,8-14

El texto del Cantar de los Cantares, poema lírico, de autor desconocido, escrito en los siglos VI-V a.C. utilizando material antiguo que pudiera remontarse hasta Salomón (siglo X), exalta con delicadeza el amor humano entre esposo y esposa. Tal amor, descrito de modo espontáneo e inspirado, describe la vuelta del esposo a casa tras el largo invierno en busca de pastos para su rebaño. La alegría de la esposa por la venida de su amado, unida al tierno afecto, es tan intensa, que las palabras utilizadas de densa inspiración poética y las imágenes primaverales, aun las más elevadas, parecen insuficientes para manifestar la emoción interior de la persona amada.

En la tradición de la Iglesia la imagen "esposo"-"esposa" siempre se ha entendido como símbolo de la relación nupcial entre Dios y el pueblo (cf. Os 1-3; Is 62,4-5; Jer 3,1-39) y entre Cristo y la Iglesia (cf. Mc 2,19-20; Ef 5,25-26; 2 Cor 11,2; Ap 21,9). Dios, de hecho, es el esposo del poema e Israe11a esposa. Y como el amor de Dios por su pueblo elegido se prolonga en el amor de Cristo por su Iglesia, el esposo es Cristo y la esposa es la Iglesia. La liturgia utiliza este simbolismo entre Cristo y María y entre Cristo y el creyente: la Virgen es figura de la Iglesia que sale al encuentro con gozo de Cristo-esposo que viene, y así también cada miembro de la comunidad cristiana, que vive esperando acoger al Señor para que le hable directamente al corazón.

o bien:

Primera lectura: Sofonías 3,14-18a

El breve fragmento de Sofonías es un himno de gozo que brota del corazón del profeta, el cual, en nombre de Dios y abriendo horizontes de futuro, le hace experimentar a Israel, casi tangiblemente, la salvación y el amor que el Señor tiene con su pueblo. De hecho, a la amenaza que el profeta ve cernirse sobre Jerusalén, por el comportamiento perverso de las clases dominantes, sigue el juicio de Dios dirigido no a aniquilar al pueblo, sino a purificarlo y convertirlo. La salvación divina pasará por el «resto de Israel», la gente pobre y humilde de la que se sirve el Señor después de hacer desaparecer a los arrogantes.

La salvación viene favorecida por: no cometer iniquidad ni decir falsedades. Los beneficios consiguientes a esta obra del Señor son: cancelación de la condena, expulsión de los enemigos (v. 15; Le 1,71.77; 1 Tim 1,15) y la presencia de Dios en el pueblo como «guerrero que salva» (v. 17) que renueva su amor por una vida de comunión perenne. La invitación a la alegría que se dirige a la «hija de Sión» y a la «hija de Jerusalén» (v. 14) se puede aplicar también a María, santificada por la presencia de Jesús, salvador del mundo, llevado con gozo en su seno en espera de entregarlo al mundo.

Evangelio: Lucas 1,39-45

La visita de María a su pariente Isabel en el pueblecito de Ain Karin en las colinas de Judá es una página rica de reminiscencias bíblicas, de humanidad y espiritualidad. María recorre el mismo camino que hizo el arca, cuando David la transportó a Jerusalén (cf. 2 Sm 6,2-11), y es el camino que hará Jesús cuando decididamente se dirigió a Jerusalén a cumplir su misión (d. Lc 9,51). Se trata siempre de Dios, que, en diversos momentos de la historia de la salvación, se dirige al hombre para invitarlo a la salvación.

La narración de la visitación está estrechamente vinculada con la de la anunciación, no sólo por su clima tan humano, manifestado en actos de servicio, sino también porque la visitación es la verificación del "signo" que el ángel dio a María (cf. Lc 1,36-37). Los saltos del Bautista en el seno de su madre representa la alegría desbordante de todo Israel por la venida del Salvador (vv. 41.44). Las palabras de bendición, inspiradas por el Espíritu, que Isabel dirige a María, son la confirmación de la especial complacencia de Dios con la Virgen. La salvación que lleva en el secreto de su propia maternidad es el fruto de su fe en la Palabra del Señor: «Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (v. 45; Lc 8,19-21). Siempre María se anticipa y con solicitud se da a todos y en todo: la más grande se hace donación a la más pequeña, como Jesús con el Bautista.

MEDITATIO

El encuentro de las dos madres y el del Mesías con su Precursor constituyen la expresión de un único cántico de alabanza y acción de gracias a Dios por su presencia salvadora en medio de los hombres. Ahora nos toca a nosotros, siguiendo el ejemplo de María y de su pariente Isabel, abrir el corazón a la acción gozosa y fecunda del Espíritu y responder al don de Dios. La Navidad es tiempo de gozo porque Dios se ha hecho uno de nosotros dándonos a su Hijo y porque nos hemos convertido todos en hermanos e hijos del mismo Padre.

No es posible hacer lugar a la tristeza cuando celebramos el nacimiento de la vida, vida que destruye el temor de la muerte y nos aporta la alegría por la promesa de la eternidad: nadie queda excluido de esta alegría: la causa de la alegría es común a todos. Alégrese el justo, porque se acerca el premio; alégrese el pecador, porque es invitado al perdón; anímese el pagano, porque es llamado a la vida (san León Magno).

María es el modelo de apertura de corazón a la acción del Espíritu. Ella con el don de la maternidad no se aisló en una autocomplacencia, sino que, cual verdadera "arca de la alianza" que encierra en sí la fuente de la vida, se pone con gozo en marcha para servir a los demás con una caridad traducida en humilde servicio. «La esposa no engendra obras de arte en la euforia y en la soledad, sino hijos de Adán que debe convertir en hijos de Dios con su carne y su alma» (M. Delbrel). El anuncio de salvación y alegría que Dios nos aporta con su Palabra esta Navidad ¿no está quizás disfrazado en gestos de amor hacia los hermanos, especialmente con aquellos que carecen de motivos para alegrarse?

ORATIO

Señor, que te has hecho nuestro hermano y desde el vientre virginal de María comunicaste con alegría la salvación a tu Precursor en el encuentro de la visitación de María a Isabel, haz que también nosotros, siguiendo el ejemplo de tantas personas dispuestas a acoger tus dones, podamos alegramos en el Espíritu siempre que acojamos tu Palabra de vida.

Con frecuencia no sabemos escuchar tu voz ni sabemos orar, pero nos has dado el Espíritu que silenciosamente ora en nosotros. Haz que nos impliquemos en su poderosa acción para ejecutar en nosotros la verdad y, de este modo, con corazón renovado, sepamos darte con alegría a nuestros hermanos, especialmente los más necesitados. Concédenos que la Palabra que da vida y que nos regalas podamos vivirla con fe y testimoniarla con un compromiso concreto en nuestro trabajo de cada día, en nuestras familias y comunidad, para que siempre resplandezca esta alegre noticia de salvación para todos, santos y pecadores.

Como María, deseamos ver a Jesús, nuestro salvador, que nos revela el verdadero rostro del Padre y del hombre, y meditar continuamente como la Virgen de Nazaret los grandes acontecimientos de la historia de salvación de modo nuevo y actual. Señor, que cada uno de nosotros esté siempre abierto a la acción del Espíritu para llevar al mundo la novedad del amor.

CONTEMPLATIO

Suene, oh Jesús, tu voz en mis oídos, para que mi corazón aprenda a amarte, para que te ame mi mente, para que te amen las mismas entrañas de mi alma. Adhiérase a ti en apretado abrazo lo más íntimo de mí corazón; a ti mi único y solo verdadero bien, mi dulce y deleitable alegría. Pero ¿qué es el amor, Dios mío? Si no me engaño, es una admirable delectación del alma, tanto más dulce cuanto más puro, tanto más suave cuanto más sincero, tanto más alegre o gozoso cuanto más extenso y duradero. El paladar del corazón te saborea porque eres dulce; su ojo te contempla porque eres bueno; el corazón puede contenerte a pesar de que eres inmenso. Quien te ama, te goza, y tanto más te goza cuanto más te ama, porque tú mismo eres amor, caridad. Te suplico, Señor, que descienda a mi alma una partecita siquiera de esa tu gran suavidad, para que con ella se torne dulce el pan de su desolada amargura. Guste de antemano algún pequeño sorbo de aquello que anhela, de aquello que ansía, de aquello por lo que suspira en esta peregrinación. Mientras tanto, Señor, te buscaré, y te buscaré amándote (Elredo de Rieval, El espejo de la Caridad, Buenos Aires 1981, 61-62).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» (Lc 1,42).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ordinariamente, vemos en el misterio de la visitación sobre todo una acción a imitar, como si María hubiese hecho sólo esta visita y la hubiese hecho para darnos un ejemplo, olvidando que lo propio de la naturaleza de la Virgen es hacer visitas: el visitar a los hombres es para ella una función. María viene a visitarnos c?n frecuencia, como si fuésemos sus amigos, sus parientes próximos.

la visitación siempre será la fiesta de esta actitud de total donación de sí, propia de María desde que supo que era la madre de Jesús. Ahora comienza esta serie innumerable de "visitas" que no terminará mientras haya un hombre en la tierra.

Su glorificación y la misteriosa extensión de su maternidad a todos los que nacerán de su Hilo, darán a María un número infinito de parientes por visitar, sencillamente para ayudarles con esa presencia humilde y discreta que le caracteriza.

María viene a visitarnos llevando a Jesús escondido en ella, para ayudarnos en nuestras necesidades más urgentes, más cotidianas, más banales: necesidad de trabajo, las obligaciones, el estado, las relaciones, María viene a visitarnos, quizás nuncq lo habíamos pensado. Nos visita frecuentemente, todos los días. Este es el sentido más profundo, más auténtico de este misterio: el hecho de las visitas innumerables, sencillísimas, personalísimas, todas por nosotros, que María multiplica en nuestra vida en todo momento, en cualquier dificultad (R. Voillaume, Al servicio de los hombres, Madrid, 973).

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