Jueves I Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Heb 3, 7-14: Animaos los unos a loa otros mientras dure este «hoy»
- Salmo: Sal 94, 6-7c. 7d-9. 10-11: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»
+ Evangelio: Mc 1, 40-45: La lepra se le quitó, y quedó limpio




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (12-01-2017): El «hoy» y el «corazón»


Misa en Santa Marta
Jueves 12 de enero del 2017

«Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón» (Hb 3,7), Acabamos de leer en la Carta a los Hebreos. Podemos destacar dos palabras: hoy y corazón.

El hoy de que habla el Espíritu Santo es nuestra vida, un hoy lleno de días, pero después del cual no habrá vuelta atrás, un mañana; un hoy en el que hemos recibido el amor de Dios, la promesa de Dios de encontrarlo; un hoy en el cual podemos renovar nuestra alianza con la fidelidad a Dios. Pero solo hay hoy, en nuestra vida y la tentación es la de decir: «Sí, lo haré mañana». La tentación de un mañana que no habrá, como Jesús mismo explica en la parábola de las diez vírgenes: las cinco necias que no habían tomado consigo el aceite junto a las lámparas, lo van luego a comprar, pero cuando llegan, encuentran la puerta cerrada. O la parábola del que llama a la puerta diciendo al Señor: «He comido contigo, he estado contigo...». «No te conozco: has llegado tarde...». Esto lo digo no para asustaros, sino simplemente para decir que la vida nuestra es un hoy: hoy o nunca. Yo pienso en esto. El mañana será el mañana eterno, sin ocaso, con el Señor, para siempre, si soy fiel a este hoy. Y la pregunta que os hago es la que hace el Espíritu Santo: ¿Cómo vivo yo este hoy?

La segunda palabra que se repite en la lectura es corazón. Con el corazón encontramos al Señor y muchas veces Jesús regaña diciendo: «tardos de corazón», tardos para entender. La invitación es a no endurecer el corazón y a preguntarse si no está sin fe o seducido por el pecado. En nuestro corazón se juega el hoy. ¿Nuestro corazón está abierto al Señor? A mí siempre me llama la atención cuando encuentro a una persona anciana –tantas veces sacerdotes o monjitas– que me dicen: Padre, rece por mi perseverancia final. –Pero, has hecho el bien toda tu vida, todos los días de tu hoy han estado al servicio del Señor, ¿y tienes miedo? –No, no: todavía mi vida no está acabada, y me gustaría vivirla plenamente. Rezar para que el hoy llegue pleno, pleno, con el corazón firme en la fe, y no arruinado por el pecado, por los vicios, por la corrupción...

Preguntémonos por nuestro hoy y por nuestro corazón. El hoy está lleno de días, pero no se repetirá. Los días se repiten hasta que el Señor diga «basta». Pero el hoy no se repite: la vida es ésta. Y corazón, corazón abierto, abierto al Señor, no cerrado, no duro, no endurecido, no sin fe, no perverso, no seducido por los pecados. El Señor encontró a tantos de esos que tenían el corazón cerrado: los doctores de la ley, toda esa gente que le perseguía, lo ponían a prueba para condenarlo... y al final lo lograron. Vayamos a casa con estas dos palabras solamente: ¿cómo es mi hoy? El ocaso puede ser hoy mismo, este día o muchos días después. Pero, ¿cómo va mi hoy, en la presencia del Señor? ¿Y mi corazón cómo está? ¿Está abierto? ¿Está firme en la fe? ¿Se deja conducir por el amor del Señor? Con estas dos preguntas pidamos al Señor la gracia que cada uno de nosotros necesite.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hebreos 3,7-14: Animaos unos a otros mientras dura este hoy. Este texto de la carta a los Hebreos está centrado en el Salmo 94, por medio del cual el Señor nos exhorta a la fidelidad. Hemos de escuchar la voz del Señor en el tiempo presente, para que nuestros corazones no se endurezcan. Debemos mantener viva la fe, para anticipar la visión de las realidades que nos han sido prometidas.

La fe garantiza a los cristianos que su dispersión y su actual situación en el desierto del mundo es el preludio de una bienaventurada escatología real. Los fieles han de servirse del mundo y vivir en él, sin sustraerse de él. Es decir, han de vivir en el mundo, como si vivieran fuera de él.

Muchos Padres han tratado del valor inmenso de la fe. Escuchemos a San Clemente Romano:

«Procuremos hacernos dignos de la bendición divina y veamos cuáles son los caminos que nos conducen a ella. Consideremos aquellas cosas que sucedieron al principio. ¿Cómo obtuvo nuestro Padre Abrahán la bendición? ¿No fue acaso porque practicó la justicia y la verdad por medio de la fe?...

«También nosotros, llamados por su beneplácito en Cristo Jesús, somos justificados no por nosotros mismos, ni por nuestra sabiduría o inteligencia, ni por nuestra piedad, ni por las obras que hayamos practicado con santidad de corazón, sino por la fe, por la cual Dios todopoderoso justificó a todos desde el principio. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Carta a los Corintios 31-33).

–A la palabra de Dios recibida en la lectura anterior respondemos con el mismo Salmo 94. Oigamos la llamada:

«Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor. No endurezcáis el corazón». Ese «hoy» ha sido ya inaugurado por Jesucristo. Estamos viviendo los tiempos definitivos. Éste es el tiempo de la gracia y nosotros hemos de responder con gran fe. Así entraremos en el descanso del Señor. Ese «hoy» es un grito de urgencia:

«Ojalá escuchéis la voz del Señor. No endurezcáis el corazón. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía». Sólo teniendo un gran espíritu de fe podemos poner en práctica cuanto se nos dice en este Salmo.

Marcos 1,40-45: Se le quitó la lepra y quedó limpio. Este milagro es signo del poder del Hijo de Dios. El hecho prodigioso se divulga, contra la voluntad del Salvador, y se enciende el entusiasmo del pueblo. Verdaderamente solo en Cristo está nuestra salvación.

Los Santos Padres ven muchas veces en la lepra un símbolo de la enfermedad profunda del pecado. Así, por ejemplo, San Atanasio:

«Sin contentarse con haber encontrado el mal, el alma humana, poco a poco, se fue precipitando en lo peor... Así, desviada del bien y olvidando que ella es imagen del Dios bueno, el poder que obra en ella no le deja ver ya al Dios Verbo, la semejanza a la que ella fue hecha; y saliendo de sí misma, no piensa ni imagina sino la nada. Ella ha escondido en los repliegues de los deseos corporales el espejo que hay en ella; por el cual solo podía ver la imagen del Padre. Y así ahora no ve ya más aquello en lo que un alma debe pensar. Al contrario, vuelta hacia todos los lados, sólo ve aquello que cae bajo los sentidos.

«Así, llena el alma de toda clase de deseos carnales y ofuscada por la falsa opinión que de ellos se ha hecho, acaba por imaginarse como las cosas corporales y sensibles a Dios, de cuyo pensamiento se ha olvidado, y da a las apariencias el nombre de Dios. Ella no aprecia más que aquello que ve y contempla como algo agradable. Ello es, pues, el mal, la causa y el origen de la idolatría» (Tratado contra los paganos 2 y 8).

Solo el Salvador puede sanarnos de esta lepra. «La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio».

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 28-32

1. Hebreos 3,7-14

a) Siguiendo la línea de pensamiento del Salmo 94 -que, por ello, es también el responsorial de hoy-, la lectura bíblica invita a los cristianos a no caer en la misma tentación de los israelitas en el desierto: el desánimo, el cansancio, la dureza de corazón.

Olvidándose de lo que Dios había hecho por ellos, los israelitas «endurecieron sus corazones», «se les extravió el corazón», «no conocieron los caminos de Dios» y «desertaron del Dios vivo», murmurando de él y añorando la vida de Egipto. Dios se enfadó y no les permitió que entraran en la Tierra prometida.

Corazón duro, oídos sordos, desvío progresivo hasta perder la fe. Es lo que les pasó a los de Israel. Lo que puede pasar a los cristianos si no están atentos.

b) También nosotros podemos caer en la tentación del desánimo y enfriarnos en la fe inicial.

Escuchemos con seriedad el aviso: «no endurezcáis vuestros corazones como en el desierto», «oíd hoy su voz». Dios ha sido fiel. Cristo ha sido fiel. Los cristianos debemos ser fieles y escarmentar del ejemplo de los israelitas en el desierto.

Es difícil ser cristianos en el mundo de hoy. Puede describirse nuestra existencia en tonos parecidos a la travesía de los israelitas por el desierto, durante tantos años. Los entusiasmos de primera hora -en nuestra vida cristiana, religiosa, vocacional o matrimonial- pueden llegar a ser corroídos por el cansancio o la rutina, o zarandeados por las tentaciones de este mundo. Podemos caer en la mediocridad, que quiere decir pereza, indiferencia, conformismo con el mal, desconfianza. Incluso podemos llegar a perder la fe.

Se empieza por la flojera y el abandono, y se llega a perder de vista a Dios, oscureciéndose nuestra mente y endureciéndose nuestro corazón.

Por eso nos viene bien la invitación de esta carta: oíd su voz, permaneced firmes, mantened «el temple primitivo de vuestra fe». Nadie está asegurado contra la tentación.

Hay que seguir luchando y manteniendo una sana tensión en la vida.

Para esta lucha tenemos ante todo la ayuda de Cristo Jesús: «Somos partícipes de Cristo». Pero además tenemos otra fuente de fortaleza: «Animaos los unos a los otros». El ejemplo y la palabra amiga de los demás me dan fuerza a mí. Por tanto, mis palabras de ánimo pueden también tener una influencia decisiva en los demás para el mantenimiento de su fe. Como mi ejemplo les ayuda a mantener la esperanza. El apoyo fraterno es uno de los elementos más eficaces en nuestra vida de fe.

2. Marcos 1,40-45

a) Se van sucediendo, en el primer capítulo de Marcos, los diversos episodios de curaciones y milagros de Jesús. Hoy, la del leproso: «sintiendo lástima, extendió la mano» y lo curó. La lepra era la peor enfermedad de su tiempo. Nadie podía tocar ni acercarse a los leprosos. Jesús sí lo hace, como protestando contra las leyes de esta marginación.

El evangelista presenta, por una parte, cómo Jesús siente compasión de todas las personas que sufren. Y por otra, cómo es el salvador, el que vence toda manifestación del mal: enfermedad, posesión diabólica, muerte. La salvación de Dios ha llegado a nosotros.

El que Jesús no quiera que propalen la noticia -el «secreto mesiánico»- se debe a que la reacción de la gente ante estas curaciones la ve demasiado superficial. Él quisiera que, ante el signo milagroso, profundizaran en el mensaje y llegaran a captar la presencia del Reino de Dios. A esa madurez llegarán más tarde.

b) Para cada uno de nosotros Jesús sigue siendo el liberador total de alma y cuerpo. El que nos quiere comunicar su salud pascual, la plenitud de su vida.

Cada Eucaristía la empezamos con un acto penitencial, pidiéndole al Señor su ayuda en nuestra lucha contra el mal. En el Padre nuestro suplicamos: «Líbranos del mal». Cuando comulgamos recordamos las palabras de Cristo: «El que me come tiene vida».

Pero hay también otro sacramento, el de la Penitencia o Reconciliación, en que el mismo Señor Resucitado, a través de su ministro, nos sale al encuentro y nos hace participes, cuando nos ve preparados y convertidos, de su victoria contra el mal y el pecado.

Nuestra actitud ante el Señor de la vida no puede ser otra que la de aquel leproso, con su oración breve y llena de confianza: «Señor, si quieres, puedes curarme». Y oiremos, a través de la mediación de la Iglesia, la palabra eficaz: «quiero, queda limpio», «yo te absuelvo de tus pecados».

La lectura de hoy nos invita también a examinarnos sobre cómo tratamos nosotros a los marginados, a los «leprosos» de nuestra sociedad, sea en el sentido que sea. El ejemplo de Jesús es claro. Como dice una de las plegarias Eucarísticas: «Él manifestó su amor para con los pobres y los enfermos, para con los pequeños y los pecadores. El nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano» (plegaria eucarística V/c). Nosotros deberíamos imitarle: «que nos preocupemos de compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres, y así les mostremos el camino de la salvación» (ibídem).

«Hoy, si oís su voz, no endurezcáis los corazones» (1a lectura, I)
«Animaos los unos a los otros» (1a lectura, I)
«Ojalá escuchéis hoy su voz» (salmo, I)
«Si quieres, puedes limpiarme» (evangelio)
«Él manifestó su amor para con los pobres y los enfermos, para con los pequeños y los pecadores» (plegaria eucarística V, c).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 1-8 Años Impares). , Vol. 9, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Hebreos 3,7-14

El Espíritu Santo habla siempre en el «hoy» del hombre para ayudarle a vivir el presente según la voluntad de Dios. Sin embargo, el hombre se encuentra siempre tentado de endurecer el corazón a esta voz y seguir sus propios caminos torcidos, imposibilitándose la alegría de la comunión con Dios (es decir, su «descanso», vv. 7-11). El autor de la carta a los Hebreos, alternando las exhortaciones con la exposición doctrinal, amonesta a los destinatarios a permanecer vigilantes sobre esa actitud interior. En efecto, «los padres» del antiguo Israel cayeron en la obstinación y en la incredulidad aunque habían «visto» las maravillas obradas por el Señor. Si se enojó con aquella generación, que había recibido por medio de Moisés la Ley de la alianza, cuánto más grave será la responsabilidad de quien endurece su corazón después de haber encontrado a Cristo, muy superior a Moisés (3,1-6), en cuanto Hijo de Dios.

Por consiguiente, es preciso renovar continuamente nuestra propia adhesión de fe: cada día se nos llama a decidir entre la docilidad a la voz del Señor o el hundimiento en el pecado que nos acecha (12,1). En esta buena batalla (cf. 1 Tim 1,18) por la fidelidad a Dios, los creyentes están invitados a apoyarse recíprocamente: es grande el consuelo que procede del testimonio recíproco, de la fe común en Jesús, cumplimiento supremo de las promesas de Dios y de las expectativas del hombre (vv. 13ss).

Evangelio: Marcos 1,40-45

Marcos, en cada episodio de su evangelio, nos ayuda a intuir cada vez mejor la personalidad de Jesús. A éste, que había sido presentado como el heraldo y como el que inaugura el reino de la vida (v. 39), se le acerca un leproso, considerado como un «muerto viviente», según la Ley, a causa de la descomposición anticipada de la carne. Y puesto que todo lo que tiene que ver con la muerte contamina al hombre, estos enfermos eran marginados por completo para evitar el doble peligro del contagio y de la impureza. Ellos mismos debían gritar a distancia: «¡Leproso! ¡Leproso!», para advertir del riesgo a quien incautamente se les acercara. En este relato se rebasa la Ley continuamente: por lo demás, ésta sólo podía constatar la enfermedad, segregar al enfermo y certificar su curación cuando tuviera lugar.

Sin embargo, el leproso sabe que puede confiar en algo más grande y más sagrado que la Ley: por eso se atreve a acercarse a Jesús con una humildad total, manifestándole la fe en su poder y el abandono sin pretensiones a su voluntad. También Jesús, con su «compasión visceral» (v 41, al pie de la letra), va más allá de la Ley: toca al leproso y con ese contacto fraterno restituye al enfermo su dignidad. Ahora ya no se siente un excluido, un infectado que contamina, sino un ser amado. Tras mostrarle su solidaridad, Jesús expresa su voluntad y revela su poder curando al enfermo. A fin de evitar un entusiasmo prematuro y desorientador en la gente, Jesús le impone severamente al hombre que guarde el secreto y cumpla las prescripciones legales para certificar la curación.

Sin embargo, con una ulterior transgresión, el «redivivo» se preocupa únicamente de divulgar el hecho. Una publicidad inoportuna que obliga al humilde Siervo de Yahvé, venido a cargar con nuestras enfermedades, a quedarse fuera de las ciudades, como un leproso. A pesar de ello, todos acuden a él. Se intuye que Jesús posee una autoridad superior a la Ley (cf. 2,1-3,6), está movido por una inmensa compasión por el mal (dolor-pecado) del hombre, es portador de vida y quiere darla. Pero sabe por qué camino realizará el Padre este don: las muchedumbres, por ahora, no pueden comprenderlo.

MEDITATIO

Como el antiguo Israel, como los primeros judeocristianos, también nosotros hemos contemplado las maravillas obradas por el Señor. Sin embargo, como todos, también nosotros corremos cada día el riesgo de acostumbrarnos a la gracia, de «endurecer el corazón», prefiriendo escuchar otras voces antes que la de Dios. El nos invita a examinarnos por dentro, «hoy»: este «hoy» es nuestro presente y, al mismo tiempo, es también el tiempo de la conversión concedido a la humanidad, un tiempo del que no podemos abusar. Miremos, pues, a la luz de la Palabra, si nuestro corazón no se encuentra pervertido, desviado, sin fe; en suma, alejado del Dios vivo.

Si sólo buscamos de Dios favores y realizaciones humanas, si pretendemos convertirlo en instrumento y ponerlo al servicio de nuestros intereses, si estamos dispuestos a renegar de él cuando nos parece más oportuno mostrarnos como «librepensadores» o consumidores despreocupados de los bienes de la vida, entonces nuestro corazón está pervertido: si está vuelto hacia atrás, entonces sigue la lógica del Maligno, aunque mantenga a veces una fachada de religiosidad.

Un corazón desviado no se da cuenta de que anda fuera del camino, no asimila la mentalidad evangélica, porque reorganiza a su propio gusto las exigencias y la gracia. Un corazón sin fe: ¿cómo se puede referir esta expresión a gente «practicante»? Sin embargo, también nuestro corazón puede carecer de fe cuando se aleja del Dios vivo y permanece encarcelado en una religión sólo formal, sin una relación vital con Cristo. El leproso va a Jesús superando las estrecheces de la Ley, pone en Jesús toda su esperanza y experimenta así el toque de su inefable misericordia, el poder del Dios-con-nosotros... Podemos alejarnos del Dios vivo de muchos modos, pero la Palabra nos sitúa en la verdad y nos anima: Dios es más grande que nuestro corazón. Si nos reconocemos leprosos en nuestro interior, portadores del pecado y de la muerte, vayamos con confianza a Jesús y supliquémosle humildemente: «Si quieres, puedes limpiarme».

ORATIO

Señor Jesús, venimos a ti como leprosos entre muchos leprosos, como menesterosos entre muchos que necesitan, sobre todo, recuperar la voluntad de curar, la voluntad de redescubrir la bondad de la vida, aunque esté marcada por dolores y fatigas. Sufrimos, efectivamente, pero tal vez no sintamos verdaderos deseos de curar; estamos solos, excluidos, separados de los otros; nos lamentamos de ello, pero no deseamos a fondo volver a la responsabilidad de la convivencia fraterna, a los deberes de quienes están sanos, de quienes deben servir a los demás. Señor Jesús, todos nosotros, postrados, cual multitud de leprosos en el espíritu y en la carne, te suplicamos que suplas tú mismo con tu firme voluntad de salvación nuestra indecisión crónica. Si tú quieres, puedes limpiarnos. Sí, a pesar de nosotros mismos, tócanos con tu mano y pronuncia tu palabra: «¡Quiero, queda limpio!». Y suscita en nuestro corazón y en todo nuestro ser la gratitud y la alegría, el canto de la vida nueva, el canto de la salvación total. Amén.

CONTEMPLATIO

La atención depende de la importancia que reconocemos al objeto que nos atrae, de la fascinación que ejerce. Si lo consideramos grande y bello, bueno y fuerte, si nos parece perfecto, rico en todo lo que puede saciarnos, entonces la atención es extrema.

La atención que prestamos a Dios es rara, porque raras son las almas que le conocen. El pecado nos ha distraído de él; vivimos de cara a lo creado; las imágenes de las criaturas nos llenan el alma, nos retienen y hacen difícil la atención a Dios. Es necesario volver atrás: ése es el sentido del término «conversión». La conversión tiene muchos grados. Yo soy extremadamente débil; la atención de mi espíritu vacila como la llama de un cirio al viento; la energía de mi voluntad, dirigida por esta luz, disminuye a cada instante o se disipa en esfuerzos desordenados [...]. Instante tras instante, mi pobre vida va desapareciendo así, sin valor y sin resultados. ¡Desearía tanto establecerla en la firmeza y en la paz! ¿Cómo es posible? Mi impotencia es evidente: no encuentro, no encontraré nunca en mí mismo la fuerza necesaria.

Y por eso vuelvo a ti. Tú me has hecho bajar a las profundidades de mi alma, allí donde reina la gran alegría calma de tu eterno amor. Deseo volver a hacer contigo este viaje. Deseo alcanzar en ti, a través de un coloquio corazón a corazón, la fuerza que me falta. ¿Acaso no eres tú la fuerza infinita? ¿No eres tú la luz de todo espíritu en este mundo, la luz verdadera, la luz que muestra todas las cosas en la verdad, la luz que quiere comunicarse a mí? Dios mío, derrama en mí este rayo amado que hace ver, que hace obrar y que es vida verdadera (A. Guillerand, «Scritti spirituali», en Un itinerario di contemplazione, Cinisello B. 1986, pp. 202-204, passim).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Él perdona todas tus culpas, cura todas tus enfermedades» (Sal 102,3).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Afirma Efrén el Sirio: «La Iglesia no es la asamblea de los justos; la Iglesia es una muchedumbre de pecadores que se arrepienten», y la palabra clave en esta definición no es «muchedumbre», ni tampoco «pecadores», sino «que se arrepienten». Arrepentimiento, por otra parte, no significa lamentarnos de nuestra propia miseria, sino tener conciencia de lo que es el pecado: separación de Dios, separación de los otros, división interior, separación de las raíces profundas y auténticas de nuestro propio ser. «Pecadores que se arrepienten» son los que han tomado conciencia de esta situación, han comprendido que ningún esfuerzo humano puede ponerle remedio y, por consiguiente, se han dirigido a Dios. El término «conversión» significa «volverse», «cambiar de orientación». La Iglesia es un cuerpo de personas que, por muy impías y miserables que puedan ser tomadas una a una, miran juntas hacia Dios, se dirigen a Dios, se vuelven a Dios a través de la súplica, a través de la Fe, a través de la esperanza, y dan los primeros pasos en el amor (A. Bloom, Vivere nella Chiesa, Magnano 1990, pp. 31 ss).

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