Sábado II del Tiempo de Cuaresma – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Miq 7, 14-15. 18-20: Arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar
- Salmo: Sal 102, 1bc-2. 3-4. 9-10. 11-12: El Señor es compasivo y misericordioso
+ Evangelio: Lc 15, 1-3. 11-32: Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Cuaresma. , Vol. 2, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Miqueas 7,14-15.18-20: Arrojará al fondo del mar todos nuestros delitos. Dios se complace en la misericordia y en el perdón total de los pecados. Así aparece en la revelación del Antiguo Testamento, pero más aún en el Nuevo, con la vida, doctrina, pasión y muerte de Cristo. Él es el Buen Pastor que da la vida por las ovejas, la realización de las muchas imágenes veterotestamentarias sobre la acción de Dios en su pueblo. «Pastorea a su pueblo con el cayado, a las ovejas de su heredad, a las que habitan apartadas en la maleza».

Por amor a las ovejas instituyó el sacramento de la penitencia, que arroja a lo profundo del mar nuestros pecados, que, más aún, los hace desaparecer. El Señor murió en la Cruz por nosotros. ¿Pudo hacer algo más en bien nuestro? ¿No debieran la vista del Crucificado y el recuerdo de su muerte y de su amor hacia nosotros, inflamarnos en un amor agradecido tan grande que nos obligara a evitar de una vez para siempre el pecado? Nos fortalece la gracia y la fuerza de la Santísima Eucaristía, en la cual se nos da Señor en persona como alimento de nuestra alma.

Para el Buen Pastor, preocupado inmensamente por la profunda debilidad y malicia de los hombres, no bastan ni su generoso y desbordante amor hacia ellos en la Eucaristía, ni su entrega total en la Cruz. Por eso, entregó a su Iglesia un nuevo medio de purificación del pecado, de curación de las heridas causadas por él, de fortalecimiento frente a la tentación. Instituyó el gran sacramento de la Penitencia.

–Siempre que hay conversión hay perdón, porque el Señor es compasivo y misericordioso, no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva. Cuando el hombre arrepentido vuelve, siempre encuentra los brazos del Padre que siente ternura por sus hijos.

Lo vemos en el Salmo 102: «El Señor es compasivo y misericordioso. Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el Oriente del Ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos»

Lucas 15,1-3.11-32: Parábola del hijo pródigo o del Padre misericordioso. Es una bellísima narración, la reina de las parábolas. Es el gran canto al inmenso amor divino que se muestra indulgente con el pecador, lección oportunísima en medio de la celebración de la Cuaresma. San Agustín invita a tomar la actitud del hijo que se vuelve a su padre:

«Imita aquel hijo menor, porque quizá eres como aquel hijo menor que, después de malgastar y perder todos sus haberes viviendo pródigamente, sintió necesidad, apacentó puercos y, agotado por el hambre, suspiró y se acordó de su padre. ¿Y qué dice de él el Evangelio?: «Y volvió a sí mismo». Quien se había perdido hasta a sí mismo, volvió a sí mismo. Veamos si se quedó en sí mismo. Vuelto a sí mismo, dijo: «Me levantaré... e iré a casa de mi padres». Ved que ya se niega a sí mismo quien se había hallado a sí mismo. ¿Cómo se niega? Escuchad: «Y le diré: `He pecado contra el cielo y contra ti... Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo ́» (Sermón 330,3).

Y el padre lo perdonó y lo agasajó. Se nos perdonan los pecados en el sacramento de la Penitencia. El Padre vuelve a recibirnos como hijos suyos y nos admite gozoso al banquete de la Eucaristía. Así comenta san Ambrosio:

«No temamos haber despilfarrado el patrimonio de la dignidad espiritual en placeres terrenales. Porque el Padre vuelve a dar al hijo el tesoro que antes poseía, el tesoro de la fe, que nunca disminuye; pues, aunque lo hubiese dado todo, el que no pierde lo que da lo tiene todo. Y no temas que no te vaya a recibir, porque Dios no se alegra de la perdición de los vivos (Sab 1,13). En verdad, saldrá corriendo a tu encuentro y se arrojará a tu cuello, pues el Señor es quien levanta los corazones (Sal 145,8), te dará un beso, señal de la ternura y del amor, y mandará que te pongan el vestido, el anillo y las sandalias. Tú todavía temes por la afrenta que le has causado, pero Él te devuelve tu dignidad perdida; tú tienes miedo al castigo, y Él sin embargo te besa; tú temes, en fin, el reproche, pero Él te agasaja con un banquete» (Comentario a San Lucas, VII, 212).

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