Miércoles III Tiempo de Adviento – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 45, 6c-8. 18. 21b-25: Cielos, destilad desde lo alto
- Salmo: Sal 84, 9abc y 10. 11-12. 13-14: Cielos, destilad desde lo alto al Justo, las nubes lo derramen
+ Evangelio: Lc 7, 19-23: Anunciad a Juan lo que habéis visto y oído




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Adviento y de Navidad. , Vol. 1, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Entrada: «Ven, Señor, y no tardes. Ilumina lo que esconden las tinieblas y manifiéstate a todos los pueblos» (Hb 2,3; 1 Cor 4,5). En la oración colecta (Gelasiano), pedimos a Dios todopoderoso que la fiesta, ya cercana, del Nacimiento de su Hijo nos reconforte en esta vida y nos obtenga la recompensa eterna.

Isaías 45,6-8.18.21-26: Ábrase la tierra y brote al Salvador. El oráculo profético anuncia la llegada de la salvación que será el Justo en persona, el Mesías, que trae la victoria a su pueblo. Yavé se revela como el Señor único de la naturaleza y de la historia. La creación es signo y escenario de la salvación, que desciende y cala como el rocío, germina como un fruto de la tierra, con la fuerza de Dios. San Buenaventura resume esta historia:

«Ya en el principio de la creación de la naturaleza, colocados en el Paraíso los primeros padres y justamente arrojados después por divino decreto en pena de haber comido del fruto vedado, la soberana misericordia no dilató el retraer al camino de la penitencia al hombre extraviado, dándole esperanza de perdón en la promesa de un Salvador futuro. Y porque ni la ignorancia o la ingratitud hiciesen ineficaz a nuestra salud tan grande dignación de Dios, en las cinco edades de este siglo dejó de anunciar, prometer y revelar con figuras la venida de su Hijo por medio de los patriarcas, jueces, sacerdotes, reyes y profetas, desde el justo Abel hasta Juan el Bautista, a fin de que, multiplicados en el discurso de muchos miles de tiempos y de años los grandes y maravillosos oráculos, levantase nuestras inteligencias a la fe e inflamase nuestros corazones con ardientes deseos» (El árbol de la vida, Del misterio del origen I,2)

Solo Dios puede salvar al hombre. A esa salvación invita a todos. Y es Jesucristo el que de hecho realiza esa salvación universal. Estamos habituados a pensar que Dios hace uso de las capacidades y de la actividad de los cristianos para actuar en la historia. Pero el profeta Isaías subraya que Dios se sirve a veces de instrumentos desconocidos y no necesariamente santos. No podemos encerrar la acción de Dios en nuestros pobres esquemas.

Todo radica en la obediencia a la voluntad de Dios. El cristiano descubrirá el valor de la sumisión a las circunstancias cuando la fe le revele en ello la mano de Dios. Él sabrá esperar, no tanto las etapas de una evolución de la que es artífice consciente, sino el tiempo de Dios. El Señor lo dice claramente. Solo Él es el Dios único y verdadero. No hay otro.

Él nos ha salvado por medio de Jesucristo. No podemos esperar otros mesianismos. Dios es un juez justo y salvador y no hay ninguno más... Él lo ha jurado por su nombre; de su boca sale una sentencia, una palabra irrevocable: «Ante Él se doblará toda rodilla y por Él jurará toda lengua». Todos hemos de proclamar: «Solo el Señor tiene la justicia y el poder». El torrente de vida divina se desborda e invade a la naturaleza humana, asumida por el Hijo al encarnarse entre nosotros. Abramos, pues, nuestra alma a esta invasión de vida divina. Acerquémonos a ella, llenos de fe, de veneración, de amor, de agradecimiento y de fervientes deseos.

–Al volver de Babilonia, Israel experimentó una vez más el amor que Dios le tenía. Dios anuncia la paz a su pueblo. Por el libertador Ciro la anuncia a Israel en el destierro, por la venida de Cristo la anuncia al mundo pecador; por su venida gloriosa la anunciará finalmente a todos los hombres. ¡Que venga este anuncio de paz! ¡Que las nubes lluevan al Justo! Así nuestra tierra dará su fruto.

Es lo que pedimos con el Salmo 84: «Voy a anunciar lo que dice el Señor. Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra. La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan. La fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante Él, la salvación seguirá sus pasos».

Lucas 7,19-23: Jesús curó muchas enfermedades y libró de malos espíritus. Para Juan, como para los cristianos contemporáneos, vale el principio de que Dios escucha no nuestros deseos, sino sus promesas. Nosotros, en general, creemos saber lo que Dios debería hacer para ser Dios: y cuando la verdadera obra de Dios se manifiesta, no sabemos reconocerla. Pero sigue siendo verdad que Dios es el Señor de la historia, tanto de cada persona, cuanto del mundo, y dirige los acontecimientos para servir a su designio de amor y de salvación.

Por eso se ha de evitar una lectura superficial de los acontecimientos y hay que procurar descubrir en todo el signo de la venida del Reino. Es objeto de una especial misericordia divina quien no se escandaliza de Él. Para el bien de los hombres Él realiza milagros, pero no quiere la popularidad. Encarna la misión del Siervo que sufre. Él ha de morir en la cruz y resucitar.

Jesús se define por sus obras. Y éstas son signos de su misterio. Pero el encuentro con Él nos introduce siempre en su misterio. Y por no avenirse a esto muchos se escandalizaron de Él. No comprendieron la realidad sublime de su misión santificadora. Y lo mismo sucede ahora. El encuentro con Jesucristo se produce a través del misterio de la Sagrada Escritura, leída en la Iglesia. El Vaticano II en la Constitución Dei Verbum, 10, da las claves definitivas de la fe que salva: Escritura, Tradición y Magisterio.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos 1


pp. 58-60

1. El único que puede salvar es Dios. Él es el todopoderoso, el creador de la luz y las tinieblas, de la paz y de las tribulaciones. Sólo a él podemos clamar pidiendo salvación y justicia.

Los profetas intentaban recordar al pueblo -siempre olvidadizo y distraído- la existencia y la actuación de ese Dios trascendente, el único, el «todo Otro», lleno de poder y de misericordia a la vez, Señor del cosmos y de la historia.

De esta convicción brota la oración más propia del Adviento: «cielos, lloved vuestro rocío, ábrase la tierra y brote el Salvador». El único que puede concedernos eso es Dios: «yo, el Señor, lo he creado. ¿Quién anunció esto desde antiguo? ¿no fui yo, el Señor?». El salmo 84 es uno de los más propios del tiempo de Adviento: «la salvación está ya cerca de sus fieles». Seria bueno que lo rezáramos entero, reposadamente, por ejemplo después de la comunión, o en un momento de oración personal.

2. Este poder salvador de Dios se manifestaba ya en el A.T., pero sobre todo en Cristo Jesús.

El Bautista, que sigue siendo el personaje de esta semana, no sabemos si para cerciorarse él mismo, o para dar a sus discípulos la ocasión de convencerse de la venida del MesÍas, les envía desde la cárcel con la pregunta crucial: «¿eres tú, o esperamos a otro?». El Bautista orienta a sus discípulos hacia Jesús. Luego ellos, como Andrés con su hermano Simón Pedro, Irán comunicando a otros la buena noticia de la llegada del MesÍas.

La respuesta de Jesús es muy concreta y está llena de sentido pedagógico.

Son sus obras las que demuestran que en él se cumplen los signos mesiánicos que anunciaban los profetas y que hemos ido escuchando en las semanas anteriores: devuelve la vista a los ciegos, cura a muchos de sus achaques y malos espíritus, resucita a los muertos, y a los pobres les anuncia la Buena Noticia. Ésa es la mejor prueba de que está actuando Dios: el consuelo, la curación, la paz, el anuncio de la Buena Noticia de la salvación.

3. a) En el mundo de hoy son muchos los que siguen en actitud de búsqueda, formulando, más o menos conscientemente, la misma pregunta: «¿eres tú o esperamos a otro?, ¿de dónde nos vendrá la felicidad, el pleno sentido de la vida? ¿de la Iglesia, de las ideologías, de las instituciones, de las religiones orientales, de las sectas, de los estimulantes? Porque no vemos que vayan reinando la justicia y la paz en este mundo».

Nuestra respuesta debería ser tan concreta como la de Jesús, y en la misma dirección.

Sólo puede ser evangelizadora una comunidad cristiana que cura, que atiende, que infunde paz y esperanza, que libera, que se muestra llena de misericordia. La credibilidad de la Iglesia, y de cada uno de nosotros, se consigue sólo si hacemos el bien a nuestro alrededor. Como en el caso de Jesús, de quien se pudo decir que «pasó haciendo el bien».

b) Como el Bautista ayuda a reconocer a Jesús, ¿actuamos también nosotros de precursores a nuestro alrededor? No hace falta ser sacerdote u obispo para eso. Todo cristiano puede, en este Adviento, ante todo crecer él mismo en su fe, y luego transmitirla a los demás, evangelizar, conducir a Jesús. Pueden ser precursores de Jesús los padres para con los hijos, los amigos con los amigos, los catequistas con su grupo. Y a veces al revés: los hijos para los padres, los discípulos para con el maestro. Según quién ayude y acompañe a quién, desde su fe y su convicción. Todo el que está trabajando a su modo en el campo de la evangelización, está acercando la salvación a este mundo, está siendo profeta y precursor de Adviento para los demás. Para que no sigan esperando a otro, Y se enteren que ya ha venido el Salvador enviado por Dios.

El programa mesiánico no se ha cumplido todavía. No reinan en la medida que prometían los profetas la justicia y la paz. El programa mesiánico sólo está inaugurado, sigue en marcha hasta el final. Y somos nosotros los que lo llevamos adelante. Cuanto más se manifieste la justicia y la esperanza en nuestro alrededor, tanto mejor estamos viviendo el Adviento y preparando la Navidad.

c) En la Eucaristía, antes de comulgar, rezamos todos juntos el Padrenuestro.

Y en esta oración hay una invocación que ahora en Adviento podemos decir con más convicción interior: «venga a nosotros tu Reino». Con el compromiso de que no sólo pedimos que venga el Salvador, sino también que nosotros trabajaremos en la construcción, en nuestro mundo de hoy, de ese Reino que trae paz y salvación a todos.

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Tiempo de Adviento y Navidad. , Vol. 1, Verbo Divino, Navarra, 2001

LECTIO

Primera lectura: Isaías 45,6b-8.18.21b-25

Las palabras del profeta dirigidas a Ciro son un himno a Dios que, a través de su Ungido, ejecuta la salvación (cf. Is 45,1). Se afirma decididamente que sólo el Dios de Israel es el Señor, porque hace todo (luz y tinieblas; salvación y desgracia) y es el creador, es decir, su acción es el origen de todo "radicalmente nuevo", desde el primero al último día. En todo el fragmento aparece una expresión singular: « Yo soy YHWH» (cf. vv. 5.6.14.18.22), que es un modo de afirmar la unicidad de Dios, su poder y su señorío absoluto sobre la historia del hombre.

Su poder se manifiesta en la creación del mundo, realidad vacía y sin sentido pero con el fin positivo y altísimo de ser la morada de la humanidad (v. 18). Pero el culmen de su señorío se manifiesta más en su querer y poder salvar a la humanidad (vv. 21-22) y en suscitar en la búsqueda sincera de la justicia y el bien (v. 8). Así se revela corno «Dios justo» (v. 21), es decir, capaz de instaurar una relación de comunión y de alianza, y por consiguiente es «Dios salvador».

Sobre todas las cosas, mundo y humanidad, Dios domina soberano y nada puede oponerse a su voluntad: el actuar divino en favor de los fieles, aun siendo misterioso e imprevisible, está patente a los ojos de todos y manifiesta su incomparabilidad y unicidad. Éste es el Dios que Israel, corno pueblo de Dios, debe dar a conocer a los demás pueblos.

Evangelio: Lucas 7,19-23

Lucas, presentando al Bautista, nos muestra la figura de un creyente que ha optado vivir por Dios en cada instante. El se ha unido a su Dios siempre, lo ha sentido increíblemente cercano y creyó reconocerlo en un misterioso hombre de Galilea, venido a bautizarse por él en el Jordán: Jesús de Nazaret (cf. 3,16-17).

Pero en su soledad y oscuridad de la prisión herodiana, un enorme temor le llena de tristeza: ¿Acaso se equivocó respecto al que señaló corno cordero de Dios? A pesar de todo, la fe de Juan es mayor que su duda. Así, en vez de poner en tela de juicio su espera, manda una embajada a Jesús, pidiendo luz y ayuda para comprender. Juan se reduce más a lo esencial, se hace más pobre si cabe, preguntándose simplemente: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?» (v. 19).

Jesús responde a la pregunta de Juan, indicando lo que hace ante los ojos de los enviados por el Bautista (v. 21). Pero no son sencillamente los milagros los que responden en su favor remitiéndose a los textos bíblicos del Antiguo Testamento, sino también el hecho de que en sus obras se descubren los signos del comienzo de una humanidad nueva, que sabe acoger la Palabra de Dios, ver sus maravillas y caminar por sus sendas: «Los ciegos ven, los cojos andan. .. los sordos oyen. .. » (v. 22ab). Pero sobre todo contesta al profeta encarcelado: «a los pobres se les anuncia la buena noticia» (v. 22c).

Un pobre como el prisionero Juan comprenderá y no se escandalizará ante el estilo paradójico del actuar de Dios en Jesús; antes bien, será realmente «dichoso» (v. 23).

MEDITATIO

La palabra evangélica me presenta hoy al Bautista como testigo de Cristo con su vida. En Juan se me presenta la figura del verdadero pobre declarado dichoso por Jesús, el creyente que camina en la paciencia y sabe corregir las propias apreciaciones de la espera según el estilo imprevisible del venir de Dios. Por esta razón, puede ahondar en su propia esperanza hasta el testimonio supremo.

De la figura evangélica del Bautista también aprendo que la fe más fuerte y sincera puede coexistir con la duda y que sólo hay un modo para vencer esta duda que atenaza el corazón. Juan me recuerda que sólo puedo superar la prueba con la oración: renunciando a poner en tela de juicio la promesa de Dios y revisando mis limitados modos de comprender la promesa divina y de esperar su cumplimiento, ahí es donde encuentro la paz.

A esa fe que invoca, Dios responderá regalándome un nuevo modo de ver las cosas que me permite contemplar los signos de su amor en mi vida y los signos de esa humanidad nueva que sigue creando todavía hoy. Descubro así la verdad de la palabra del profeta Isaías, según el cual, más allá de los aparentes desmentidos de la historia, el Señor puede y quiere salvar a su pueblo, aun cuando su actuación no deja de ser en gran parte misteriosa y refractaria a toda comparación con las soluciones humanas para tales problemas.

ORATIO

«Cielos, destilad el rocío; nubes, lloved la liberación; ábrase la tierra y brote la salvación». Con el profeta Isaías te invocamos en estos días que preparan el nacimiento de tu Hijo, en los que el cielo y la tierra se encuentran y tu divinidad se une a nuestra humanidad para realizar el admirable intercambio: Dios se hace hijo del hombre, para hacernos a los hombres sus hijos.

Esta certeza de fe no impide que broten en mi corazón dudas y temores. A veces llego a pensar que mi vida sea un camino infinito, sin final. Lo único que me queda es ser yo mismo y dirigirte, Señor, con todo mi ser, una plegaria, pues sólo en ti está la victoria y el poder.

Como el Bautista me dirijo a ti, para que tu luz me ayude a contemplar los signos de la nueva humanidad que estás creando ya ahora en nuestro mundo.

CONTEMPLATIO

Dios y Señor mío: atiende a mi corazón y escuche tu misericordia mi deseo, porque no sólo me abrasa en orden a mí, sino también en orden a servir a la caridad fraterna; y que así es, lo ves tú en mi corazón. Dame lo que debo ofrecer porque soy un mendigo necesitado, tú eres «rico con los que te invocan». Tú, libre de toda necesidad, y que seguro cuidas de nosotros.

Señor, Dios mío, luz de los ciegos y fortaleza de los débiles y también luz de los que ven y fortaleza de los fuertes, atiende a mi alma. Porque si no estuviesen aún en lo profundo tus oídos, ¿adónde iríamos, adónde clamaríamos? Si llamo a la puerta, no la cierres. Apaga mi amor, porque ya amo y esto es don tuyo. No abandones tus dones ni desprecies a tu hierba sedienta. Te conjuro por nuestro Señor Jesucristo, por medio del cual has venido en mi búsqueda; yo que no te buscaba y me has buscado para que te buscase (San Agustín, Confesiones, XI,2).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Volveos a míy os salvaréis» (Is 45,22).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En el Tiempo de adviento debe movernos una pregunta, la pregunta sobre el que debe venir. ¿Qué significa esta pregunta? ¿Qué se entiende por «el que ha de venir»?

En tiempos del Bautista y de Jesús en todos los corazones del pueblo hebreo estaba muy viva la pregunta sobre el que debía venir y la esperanza en él. Se trata de la esperanza del Mesías, el rey del dichoso fin de los tiempos, que vendrá a poner fin a toda miseria e injusticia en la tierra y a inaugurar el señorío de Dios, señorío de justicia y salvación. Esta esperanza nació de las palabras de los antiguos profetas, cuidadosamente recogidas en la Escritura, y había penetrado en los corazones anhelantes. De tal esperanza nace a su vez la pregunta: ¿Cuándo vendrá el esperado? ¿Quién será? «Centinela, ¿cuánto queda de la noche?» (Is 21,11).

En base a esta esperanza se le hace a Jesús la pregunta: ¿Eres tú aquél? La pregunta brota de tal esperanza. y sólo la podremos plantear si esa esperanza sigue viva en nosotros. La pregunta carece de sentido para los satisfechos de que el mundo sea como es. Sea porque para ésos el mundo constituye el lugar donde disfrutar de la vida, sin hacer caso de las sombras que lo invaden, ateniéndose sólo a la luz, despreocupando la mente de todo y acogiendo la alegría como día a día. Sea que para ésos el mundo constituya el lugar de la lucha y la fatiga, en que el hombre, los hombres crean en comunidad sus obras, las cuales recompensan por la dedicación y el sacrificio que cuestan y hacen la vida aceptable (R. Bultmann, Prediche di Marburg, Brescia 1973,213-2141).

Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.