Martes IV de Cuaresma – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ez 47, 1-9. 12: Vi agua que manaba del templo, y habrá vida allí donde llegue el torrente
- Salmo: Sal 45, 2-3. 5-6. 8-9: El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob
+ Evangelio: Jn 5, 1-3. 5-16: Al momento aquel hombre quedó sano


Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo II: Tiempo de Cuaresma, Fundación Gratis Date.

Entrada: «Sedientos, acudid por agua –dice el Señor– venid los que no tenéis dinero y bebed con alegría» (cf. Is 55,1).

Colecta (del Veronense, Gelasiano y  Sermón 47 de San León Magno): «Te pedimos, Señor, que las prácticas santas de esta Cuaresma dispongan el corazón de tus fieles para celebrar dignamente el misterio pascual y anunciar a todos los hombres la grandeza de tu salvación».

Comunión: «El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas» (Sal 22,1-2).

Postcomunión: «Purifícanos, Señor, y renuévanos de tal modo con tus santos sacramentos que también nuestro cuerpo encuentre en ellos fuerzas para la vida presente y el germen de su vida inmortal».

Ezequiel 47,1-9.12: Por debajo del umbral del templo manaba agua e iba bajando; a cuantos toquen este agua los salvará. Es una prefiguración del agua que salió del costado de Cristo en la Cruz por la lanzada del soldado, como símbolo del Espíritu Santo que brota del Resucitado, y también del agua purificadora del bautismo.

Este pasaje es muy importante para San Juan (7,37; 21,8-11; 19,34; Ap 21,22-32). Cristo resucitado, en efecto, es el centro del culto de la nueva humanidad. Su santidad es de tal naturaleza que justifica a todos los hombres que participan en ella; su victoria sobre el pecado y la muerte está a punto de hacerse tan definitiva que cualquier hombre puede estar seguro de resucitar a la vida de la gracia y de haber sido justificado de su pecado.

Nosotros estamos bautizados, somos hijos de Dios, herederos del cielo. Seamos fieles a nuestro bautismo, para que podamos oir un día estas palabras: «Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os está preparado desde el comienzo del mundo» (Mt 25,34).

–El profeta Ezequiel nos ha hablado de aguas salvíficas, de las acequias que corren alegrando la ciudad de Dios, que simbolizan a las aguas bautismales que, limpiándonos del pecado, nos han dado la alegría de la salvación. El agua que corre es signo de la especial protección de Dios en el Antiguo Testamento, en el Nuevo y en la vida de la Iglesia.

El Salmo 45 reconoce esta predilección y cuidado: «Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra y los montes se desplomen en el mar. El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio no vacila, Dios la socorre al despuntar la aurora. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra».

Juan 5,1-3. 5-16: Al momento el hombre quedó sano. Jesús cura en Jerusalén a un paralítico en sábado. Controversia entre los judíos. En el sábado se puede hacer el bien, aunque aquellos contemporáneos de Jesús no lo consideraron así. Además, Dios está por encima del sábado y Cristo es Dios. Comenta San Agustín:

«No debe nadie extrañarse de que Dios haga milagros; lo extraño sería que los hiciera el hombre. Más gozo y admiración nos debe producir el haberse hecho hombre Nuestro Señor Jesucristo que las obras divinas que, como Dios, hizo entre los hombres. Y más valor tiene el haber curado los vicios de las almas que curar las enfermedades del cuerpo.

«Pero el alma no conocía quien era el que la había de curar, porque tenía los ojos de la carne para ver los hechos corporales, pero no los ojos de un corazón limpio para ver a Dios que en ellos estaba. El Señor realiza obras que ella podía ver para curar aquello por lo que no podía ver. Entró en un lugar donde yacía una gran multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos… y curó a uno solo, cuando podía curar a todos con una sola palabra… Este enfermo que Él sana simboliza al hombre que abraza la fe, cuyos pecados venía a perdonar y cuyas enfermedades venía a curar» (Tratado 17 sobre el Evangelio de San Juan).

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Sumergidos en el agua

Siguiendo el Leccionario Ferial (1). Cuaresma y Tiempo Pascual
Sal Terrae, Santander, 1982, pp. 80-81.

Ezequiel 47,1-9.12. El autor del Génesis hablaba de una fuente que manaba del suelo para regar toda la superficie de la tierra. Muy cerca de ella, en medio de una vegetación exuberante, se erguía el árbol de la vida. Por eso, en Palestina, una fuente era considerada a menudo como símbolo del poder vivificante de Dios: se construía un santuario en sus parajes. «Así ocurría en Jerusalén con las fuentes de Guihon y Siloé» (TOB). 

Cuando el profeta Ezequiel imaginaba la nueva Jerusalén, veía brotar una fuente del umbral del mismísimo templo. Esta fuente sería la señal de que Dios había tomado posesión del nuevo santuario y, por lo tanto, había vuelto del exilio al que había acompañado a su pueblo, después de haber abandonado el antiguo templo. Lafuente indica también que el templo nuevo, santificado por la presencia divina, será fuente de gracia. 

De una gracia tan abundante que no tenía precedentes: basta comprobar la amplitud delflujo para darse cuenta. Es un torrente quefertiliza el desierto y sanea las aguas del mar Muerto. En las riberas de este torrente crecen de nuevo los árboles de la vida, de hoja perenne y que dan cada mes una nueva cosecha. 

El salmo 45 pertenece a los cánticos de Sión. Hace un elogio de la ciudad elegida por Dios para poner en ella el trono de su gloria. 

Juan 5,1-16. Como el agua de Cana y la del pozo de Jacob, también la de Betesda era estéril; no podía curar al enfermo. Como el agua de la piscina, tampoco la ley de Moisés podía dar vida al pecador; sólo podía mostrarle sus transgresiones y confirmar la pobreza de la condición humana. En lugar de salvarle, le encerraba, le mantenía en su pasado. Paralizado desde hacía treinta y ocho años… 

Fue necesario que Jesús fuera al santuario de Asclepios, al norte de Jerusalén. Fue preciso que él soportara la carga de la miseria humana. De ese modo oiría el grito del sufrimiento y la oración de la superstición. Tomaría el pecado del mundo. Entonces la Palabra de vida podría ordenar: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar». Y el hombre obedecería a la palabra de Dios. 

Pero era sábado, y los judíos reprocharon a Jesús sus palabras. Reprocharon a Dios el que quebrantara la ley del séptimo día. Pusieron a Dios en contradicción con su propio mandamiento. Será preciso volver a decirles que el Hijo del hombre es dueño incluso del sábado. 

Se arrastraban hasta allí cantidad de lisiados y multitud de mendigos. Bajo la columnata se oía la larga letanía de quejas y gemidos. Se juntaban al borde de la piscina, y cada uno sobrevivía esperando poder algún día meterse en el agua al ser agitada. Imagen de una humanidad que sobrevive en la espera siempre frustrada de una salud aleatoria. El agua de Betesda era estéril; no podía producir un nacimiento nuevo. Están lejos los días en que el hombre podía correr libre y feliz. Están lejos los días en que podía mirarse sin sentir náuseas. Están lejos los días…, tan lejos que no podemos acordarnos. El hombre, salido de las manos de Dios, había sido puesto en el verde jardín. El torrente de vida regaba regaba la tierra y la fecundaba. 

Paraíso perdido, ya que hoy nuestras vidas se resecan como cisternas agrietadas. Nos dan ganas de sentarnos bajo los soportales con nuestros hermanos de miseria y gemir con ellos: «En la orilla de los ríos de Babilonia estábamos sentados y llorábamos…». Pero «el hombre me hizo salir, y el agua brotó. Y me dijo: ‘¿Has visto, hijo de hombre?’ Era un río infranqueable y había numerosos árboles». 

Jesús pasó: «¿Quieres quedar sano?». El Hijo descendió a la morada de la muerte y cargó con nuestras enfermedades. En medio de las quejas mantuvo la promesa. Incluso el mar Muerto, condenado a la esterilidad, va a poder dar peces milagrosos. El hombre que estaba paralítico desde hacía treinta y ocho años, encadenado a su pasado de desdicha, se pone de pie. La tierra es recreada; los árboles, cuyas hojas no conocen ya los efectos del hielo, dan nuevos frutos cada mes. Cuando Dios da el agua viva, el viejo mundo desaparece. 

Hermanos, nosotros somos una creación nueva. Dios ha hecho que brotase del costado de su Amado sangre y agua, río de vida que purifica todo cuanto penetra. Nuestra vida reverdece cuando el Espíritu nos inunda. Hemos sido bautizados en la muerte y resurrección de Jesús y pertenecemos a una tierra liberada. Nos ha hecho atravesar el mar y nos ha sumergido en el río de la vida. Pertenecemos al mundo nuevo. En la noche de Pascua, Cristo enterrará nuestras obras estériles, y oiremos el grito de la victoria. 

* ** 

Sumérgenos en tu amor, Señor.
No permitas que siga paralizándonos 

el hombre viejo, 

sentenciado a muerte en nuestro bautismo. Por medio de tu Espíritu 

nos has dado una vida desbordante: Haz que todos los días dé frutos 

que duren para la vida eterna. 

Zevini-Cabra, Lectio Divina

Tomo III, Cuaresma y Triduo Pascual, Verbo Divino, Estella (Navarra), 2002, pp. 274-280.

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 47,1-9.12

Debido al clima árido de Palestina, las fuentes se consideran con frecuencia símbolos del poder vivificador de Dios. Por eso, a veces en las inmediaciones de una fuente se erigía un santuario. En la visión de Ezequiel, este poder de vida nueva mana del zaguán del mismo templo y fluyen hacia oriente, por donde regresó la Gloria del Señor a morar en medio del pueblo vuelto del destierro. Al principio, es un pequeño arroyo de agua insignificante, comparado con los grandes ríos mesopotámicos, pero va creciendo cada vez más y más hasta convertirse en un río navegable.

Es sugestivo el contraste entre la medida exacta y calculada siempre igual por el ángel y el crecer sin medida del agua, cuyo poder debe experimentar el profeta en su cuerpo (vv. 3b.4b). A él se le revela la extraordinaria fecundidad y eficacia de la fuente: llena de vegetación el territorio, sana el mar Muerto, hace que abunden los peces y que prosperen las gentes (vv 7-10); los árboles frutales dan cosechas extraordinarias: el agua que viene de Dios sana y fecunda la tierra que recorre.

El Nuevo Testamento recogerá y llevará a plenitud la simbología: Jesús es el verdadero templo del que brota el agua viva del Espíritu (Jn 7,38; 19,34) por medio de la regeneración con esta agua vivificante y medicinal (Jn 3,5).

Evangelio: Juan 5,1-3.5-16

Jesús, salvación de Dios, decide atravesar los soportales de miserias humanas que se reúnen junto a la piscina de Betesda, en Jerusalén. Allí se encuentra con una en particular. Su palabra se dirige a ese pobre paralítico que lleva enfermo treinta y ocho años, casi toda su existencia. Después de tan larga espera, ¿qué puede pedir de bueno a la vida?

La pregunta aparentemente obvia de Jesús (v. 6) despierta la voluntad de este hombre y, por un simple mandato (v. 8), recobra la fuerza: carga con su camilla, compañera de tantos años de enfermedad, y camina llevándola consigo como testimonio de su curación. Jesús renueva la vida, cosa que no podrían hacer los ritos supersticiosos, ni siquiera la Ley: quien se queda bloqueado en su interpretación literal, en la rigurosa observancia del sábado, es un paralítico del espíritu, un ciego de corazón. A diferencia de aquel enfermo, no quiere curarse y su rigidez se convierte en hostilidad.

En el templo, Jesús se encuentra con el hombre curado y le dirige la palabra clara y exigente (v 14), de la que se desprende que hay algo peor que 38 años de parálisis: el pecado, con sus consecuencias. Jesús no quiere renovar la vida a medias: si no se nos libera de las ataduras del pecado, de nada nos sirve que se nos desentumezcan los miembros. Es una libertad por la que debemos optar cada día: “¿Quieres quedar sano?… No peques más”.

MEDITATIO

Sentado en los límites de la esperanza, sin poder comprometerse con la vida, desilusionado de los demás y con frecuencia también de la religión: así es el hombre de hoy, de siempre, al que Cristo viene a buscar allí donde se encuentra, paralizado por el sufrimiento, el pecado o por distintas circunstancias. Jesús sencillamente pregunta: “¿Quieres curarte?”. Pregunta obvia, quizás, pero exige una respuesta personal que renueva interiormente y hace sentir la gran dignidad del hombre: su libertad y responsabilidad. Luego, sencillamente, dice: “Levántate: echa a andar… “. No por medio de ritos vacíos o por no sé qué agua milagrosa, sino por el poder de la Palabra de Dios que recrea, rompe las ataduras que aprisionan. No es nada la parálisis del cuerpo: hay ataduras mucho peores que atan el corazón al pecado. Por esta razón, Cristo ha dejado a la Iglesia la eficacia de su Palabra y la gracia que brota como un río de su costado abierto: agua viva del baño bautismal, que regenera y renueva al pecador; agua viva de las lágrimas del arrepentimiento, que suscita el Espíritu para absolver de todo vínculo de culpa al penitente; sangre derramada por aquel que fue perseguido a muerte por haber traído al mundo la salvación de Dios.

ORATIO

Ven, Señor Jesús a buscar a todo el que yace con el ánimo abatido, en la enfermedad de sus miembros, en la desesperación del pecado oculto. Ven a buscarme también a mí. Acércate a nosotros, oh Cristo, vuélvete a nosotros, uno por uno, para que en cada uno resuene la pregunta: “¿Quieres curarte?”. Pídemelo también a mí. Ven a sumergirnos, Señor, en el profundo abismo de tu amor, que brota de tu corazón abierto como un río y corre, inagotable y potente, atravesando y renovando tiempos y espacios para desembocar en el Eterno. Ya me purificaste en la fuente bautismal: haz que viva fielmente en conformidad a los dones recibidos. Que pueda cada día cancelar las culpas cometidas con el agua de mis lágrimas: que me abran a la gracia del perdón nunca merecido, siempre humildemente implorado. Libre del pecado que me inmoviliza en una existencia carente de sentido, que pueda caminar anunciando que en ti todos pueden volver a encontrar la vida y sentirse hermanos.

CONTEMPLATIO

La piscina o el agua simbolizan la amable persona de nuestro Señor Jesucristo […]. Bajo los pórticos de la piscina yacían muchos enfermos, y el que bajaba al agua después de ser agitada quedaba completamente curado. Esta agitación y este contacto son el Espíritu Santo, que viene de lo alto sobre el hombre, toca su interior y produce tal movimiento que su ser, literalmente, se conmociona y se transforma completamente, hasta el punto de que le hastían las cosas que antes le agradaban o desea ardientemente lo que antes le horrorizaba, como el desprecio, la miseria, la renuncia, la interioridad, la humildad, la abyección, el distanciamiento de las criaturas. Ahora constituye su mayor delicia. Cuando se produce esta agitación, el enfermo -esto es, el hombre exterior, con todas sus facultades- desciende interiormente al fondo de la piscina y se lava a conciencia en Cristo, en su sangre preciosísima. Gracias a este contacto, se cura con toda certeza, como está escrito: “Todos los que lo tocaban se curaban” (J. Taulero, Sermón del evangelio de Juan para el viernes después de ceniza).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “Devuélveme la alegría de tu salvación” (Sal 50,14a).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Volviendo a un hombre totalmente sano, Jesús le confiere la vida en plenitud; se exhorta ciertamente al hombre a no pecar más, pero él no hace más que una cosa: “andar”. A diferencia del ciego de nacimiento, después de su curación, no se pone a proclamar que Jesús es un profeta, ni se pone a confesar su fe, sino que es simplemente un signo vivo de la vida transmitida por el Hijo, y en este sentido expresa al Padre. No hay ninguna consigna de que no “reniegue”, sino el deber de existir, de “caminar” simplemente. El creyente es un hombre que camina, si permanece en relación con el Hijo y, por él, con el Padre […].

¿Cómo transmite Jesús la verdad que habitaba en él? Él sabe que la Palabra es creadora de vida y sabe también que la Palabra traducida en palabras corre el peligro de verse confundida con el parloteo del lenguaje humano. Por eso empieza dando la salud a un hombre que llevaba muchos años enfermo; y sólo a continuación ilumina su acción […]. Al realizar esta acción en día de sábado, suscita una cuestión sobre la autoridad de su misma persona, y luego explica su sentido.

De esta manera, todo discípulo puede aprender también la forma de comunicar su experiencia de fe. Frente a los que no la comparten, me siento tentado a combatir con palabras que expresen la verdad. Pero de esta manera me olvidaría de que las palabras no son solamente un medio de comunicación, sino también un obstáculo para el encuentro con otro. Por el contrario, si pongo al otro en presencia de un acto que invite a reflexionar sobre ese ser extraño que soy yo (cf. Jn 3,8), entonces se entabla un diálogo, no con palabras que se cruzan, sino entre unos seres vivos, discípulos, para comunicarse a través de unos gestos que ofrecen sentido (X. Léon-Dufour, Lectura del evangelio de Juan, Salamanca 1992, II, 67-68, passim).

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