Martes IV Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Heb 12, 1-4: Corramos la carrera que nos toca, sin retirarnos
- Salmo: Sal 21, 26b-27. 28 y 30. 31-32: Te alabarán, Señor, los que te buscan
+ Evangelio: Mc 5, 21-43: Contigo hablo, niña, levántate




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (03-02-2015): Hacer crecer la esperanza


Misa en Santa Marta
Martes 03 de febrero del 2015

¿Cuál es el núcleo de la esperanza? Tener fija la mirada en Jesús. Lo acabamos de leer en la Carta a los Hebreos (12,1-4). Sin escuchar al Señor, quizá podamos tener optimismo, o ser positivos, pero la esperanza se aprende mirando a Jesús. Es bueno rezar el Rosario todos los días, y hablar con el Señor cuando tenemos dificultades, o con la Virgen y con los Santos. Pero es importante hacer la oración de contemplación, que se puede hacer simplemente con el Evangelio en la mano. ¿Cómo hago la contemplación con el Evangelio de hoy (Mc 5,21-43)? Veo que Jesús está en medio de la muchedumbre, rodeado de mucha gente. ¡Hasta cinco veces se menciona la palabra muchedumbre! Puedo pensar: ¡Siempre con la muchedumbre! Sí, porque la mayor parte de la vida pública de Jesús la pasó en la calle, con la muchedumbre. ¿Y no descansaba? Sí, una vez —dice el Evangelio (Mt 8,23-27)— dormía en la barca, pero vino una tormenta y los discípulos lo despertaron. Jesús estaba continuamente entre la gente. Pues así veo a Jesús, así contemplo a Jesús, así me imagino a Jesús. Y le digo a Jesús lo que en ese momento me viene a la cabeza.

Jesús se da cuenta de que una mujer enferma, en medio de la muchedumbre, lo ha tocado. El Señor no solo comprende a la gente —nota a la muchedumbre—, sino que siente el latir del corazón de cada uno. Se preocupa de todos y de cada uno, siempre. Y lo mismo cuando el jefe de la sinagoga le cuenta que su hija está gravemente enferma: Jesús lo deja todo y se ocupa de él. Llega a la casa..., las mujeres lloran porque la niña ha muerto..., el Señor les dice que estén tranquilas..., pero se burlan de él. ¡Aquí se ve la paciencia de Jesús! Y luego, tras la resurrección de la niña, Jesús en vez de decir ¡Viva Dios!, les dice: Por favor, dadle de comer. Jesús siempre cuida los pequeños detalles.

Pues esto que he hecho con este Evangelio es precisamente la oración de contemplación: tomar el Evangelio, leerlo e imaginarme en la escena, imaginarme lo que pasa y hablar con Jesús, como me salga del corazón. Así hacemos crecer la esperanza, porque tenemos la mirada fija en Jesús. ¡Haced la oración de contemplación! ¡Es que tengo mucho que hacer! Pues ve a tu casa —15 minutos—, toma el Evangelio —un texto pequeño—, imagina qué es lo que pasa y habla con Jesús de eso. Así tu mirada estará fija en Jesús y no tanto en la telenovela, por ejemplo. Y tu oído estará atento a las palabras de Jesús y no tanto a las chácharas del vecino o de la vecina.

La oración de contemplación nos ayuda en la esperanza. Vivir de la sustancia del Evangelio. Rezar siempre. Rezar las oraciones de siempre, rezar el Rosario, hablar con el Señor, pero también hacer la oración de contemplación para tener nuestra mirada fija en Jesús. De esta oración viene la esperanza. Y nuestra vida cristiana se mueve en ese ámbito, entre la memoria y la esperanza. Memoria del camino realizado, memoria de tantas gracias recibidas del Señor. Y esperanza, mirando al Señor, que es el único que puede darme esperanza. Y para mirar al Señor, para conocer al Señor, tomemos el Evangelio y hagamos oración de contemplación. Hoy, por ejemplo, sacad 10 minutos —15, ¡no menos!—, leed el Evangelio, imaginad y decidle algo a Jesús. ¡Y nada más! Vuestro conocimiento de Jesús será más grande y vuestra esperanza crecerá. No lo olvidéis: teniendo fija la mirada en Jesús. Y, para eso, la oración de contemplación.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hebreos 12,1-4: Corramos la carrera que nos toca, sin desfallecer. Con «los ojos fijos en Jesús», corramos en el estadio de esta vida, sin retirarnos. Progresemos con la gracia divina cada día en nuestra vida interior. San Cipriano dice:

«Pedimos y rogamos por nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, para que perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos cada día ser purificados mediante esta continua y renovada santificación» (Tratado sobre la oración11-12).

Y Casiano afirma:

«Éste debe ser nuestro principal objetivo y el designio constante de nuestro corazón: que nuestra alma esté continuamente unida a Dios y a las cosas divinas. Todo lo que aparte de esto, por grande que pueda parecernos, ha de tener en nosotros un lugar puramente secundario o, por mejor decir, el último de todos. Incluso debemos considerarlo como un daño positivo» (Colaciones 1).

–Animados por «la cantidad ingente de testigos» que nos contempla, nos vemos en el estadio muy estimulados en nuestra carrera hacia la perfección cristiana. Corremos confiando plenamente en Dios, y así lo proclamamos con el Salmo 21:

«Te alabarán, Señor, los que te buscan. Cumpliré mis votos delante de tus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan: viva su corazón por siempre. Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos... Me hará vivir para Él». Éste ha de ser nuestro deseo constante.

Marcos 5,21-43: Jesús resucita a la hija de Jairo y cura a la mujer enferma. Ninguno de los males del hombre puede resistirse al poder maravilloso de Cristo Salvador. Los milagros que realiza son los signos de su mesianismo, de su bondad, de su misericordia, de su amor. Comenta San Jerónimo:

El Señor «pregunta, mirando en derredor, para descubrir a la que lo había tocado. ¿O sabía el Señor quién lo había tocado? Entonces, ¿para que preguntaba por ella? Lo hacía como quien lo sabe, pero queriendo ponerlo de manifiesto. Si no hubiese preguntado y hubiese dicho: «¿quién me ha tocado?», nadie hubiera sabido que se había realizado un signo. Habrían podido decir: «no ha hecho ningún signo, sino que se jacta y habla para gloriarse». Por ello pregunta, para que aquella mujer confiese y Dios sea glorificado...

«Cristo es la Verdad. Y como había sido curada por la Verdad, la mujer confesó la verdad... Resucitó la Iglesia y murió la Sinagoga. Aunque la niña había muerto, le dice, no obstante, el Señor, al jefe de la sinagoga: «no temas, ten sólo fe». Digamos también nosotros hoy a la Sinagoga, digamos a los judíos: «ha muerto la hija del jefe de la Sinagoga, mas creed y resucitará»...

Dice el Maestro: ««la niña que ha muerto para vosotros, vive para Mí: para vosotros está muerta, para Mí duerme. Y el que duerme puede ser despertado»... He aquí que Cristo, cuando iba a resucitar a la hija del jefe de la sinagoga, echa fuera a todos, para que no pareciera que lo hacía por jactancia. Y «la niña se levantó inmediatamente y echó a andar». Que nos toque también a nosotros Jesús y echaremos a andar. Aunque seamos paralíticos, aunque poseamos malas obras y no podamos andar, aunque estemos acostados en el lecho de nuestros pecados y de nuestro cuerpo, si nos toca Jesús, al instante quedaremos curados» (Comentario al Evangelio de San Marcos 5,21).

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