Martes IV Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 2 S 18, 9-10. 14b. 24-25a. 30—19,3: Hijo mío, Absalón, ¡ojalá hubiera muerto yo en vez de ti!
- Salmo: Sal 85, 1b-2. 3-4. 5-6: Inclina tu oído, Señor, escúchame
+ Evangelio: Mc 5, 21-43: Contigo hablo, niña, levántate




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

2 Samuel 18,9-10.14.24-25: ¡Hijo mío, Absalón, ¡ojalá hubiera yo muerto en vez de ti!. Grande es el dolor de David por la muerte de su hijo Absalón, que se había rebelado contra él. ¡Y grande es también la lección que nos da sobre el perdón de las injurias! San Cipriano dice:

«Es imposible alcanzar el perdón de los pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna injuria. Por ello dice también el Señor en otro lugar: «con la medida que midáis se os medirá a vosotros» (Mt 7,2). Aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonar a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo» (Tratado sobre la oración 23-24).

–El drama del corazón de David, en cuanto padre, pone en nuestros labios el Salmo 85, que es la oración de un desgraciado que pide la protección de Dios ante una prueba extrema. El Señor, que es bueno y misericordioso, escucha la oración de los humildes que lo invocan: «Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado, protege mi vida que soy un fiel tuyo, salva a tu siervo que confía en Ti. Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti estoy llamando todo el día. Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia Ti. Porque Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica». Sigue San Cipriano:

««Perseveraban unánimes en la oración» (Hch 2,42), manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que sólo Dios admite en la Casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu» (Tratado sobre la oración 8-9).

Marcos 5,21-43: Jesús resucita a la hija de Jairo y cura a la mujer enferma. Ninguno de los males del hombre puede resistirse al poder maravilloso de Cristo Salvador. Los milagros que realiza son los signos de su mesianismo, de su bondad, de su misericordia, de su amor. Comenta San Jerónimo:

El Señor «pregunta, mirando en derredor, para descubrir a la que lo había tocado. ¿O sabía el Señor quién lo había tocado? Entonces, ¿para que preguntaba por ella? Lo hacía como quien lo sabe, pero queriendo ponerlo de manifiesto. Si no hubiese preguntado y hubiese dicho: «¿quién me ha tocado?», nadie hubiera sabido que se había realizado un signo. Habrían podido decir: «no ha hecho ningún signo, sino que se jacta y habla para gloriarse». Por ello pregunta, para que aquella mujer confiese y Dios sea glorificado...

«Cristo es la Verdad. Y como había sido curada por la Verdad, la mujer confesó la verdad... Resucitó la Iglesia y murió la Sinagoga. Aunque la niña había muerto, le dice, no obstante, el Señor, al jefe de la sinagoga: «no temas, ten sólo fe». Digamos también nosotros hoy a la Sinagoga, digamos a los judíos: «ha muerto la hija del jefe de la Sinagoga, mas creed y resucitará»...

Dice el Maestro: ««la niña que ha muerto para vosotros, vive para Mí: para vosotros está muerta, para Mí duerme. Y el que duerme puede ser despertado»... He aquí que Cristo, cuando iba a resucitar a la hija del jefe de la sinagoga, echa fuera a todos, para que no pareciera que lo hacía por jactancia. Y «la niña se levantó inmediatamente y echó a andar». Que nos toque también a nosotros Jesús y echaremos a andar. Aunque seamos paralíticos, aunque poseamos malas obras y no podamos andar, aunque estemos acostados en el lecho de nuestros pecados y de nuestro cuerpo, si nos toca Jesús, al instante quedaremos curados» (Comentario al Evangelio de San Marcos 5,21).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 100-105

1. II Samuel 18,9-10.14.24-25.30-19,3

a) De nuevo una escena conmovedora: las lágrimas de David por la muerte de su hijo Absalón.

Con astucia y con habilidad militar, el ejército del rey ha logrado derrotar al rebelde y éste muere trágicamente entre los árboles del bosque. Pero lo que podría haber sido una victoria y el final de una rebelión incómoda, llena de dolor a David, que muestra una vez más un gran corazón. Había dado órdenes de respetar la vida de su hijo: pero el capitán Joab aprovechó para saldar viejas cuentas y mató al rebelde.

Como había llorado sinceramente por la muerte de Saúl, aunque se había portado tan mal con él, ahora David llora por su hijo. No hay fiesta para celebrar esta triste victoria.

Aunque luchaba contra el rebelde, ha seguido queriendo a su hijo y llora por él desconsoladamente: «Hijo mío Absalón, ojalá hubiera muerto yo en vez de ti».

El salmo pone en labios de David una súplica muy sentida a Dios para que le ayude en este momento de dolor: «Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado».

b) El buen corazón de David nos recuerda la inmensidad del amor de Dios, que se nos ha manifestado ya en el AT y de modo más pleno en Cristo Jesús, siempre dispuesto a perdonar. Como David no quería la muerte del hijo, por rebelde que fuera, así Dios nos dice: «yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva», y Cristo nos retrata el corazón de Dios describiéndolo como un pastor que se alegra inmensamente cuando encuentra a la oveja descarriada o un padre que celebra una gran fiesta por la vuelta del hijo pródigo.

¿Tenemos nosotros un corazón así? ¿sabemos perdonar a los que nos ofenden (o creemos que nos ofenden), o incluso nos persiguen? ¿cuánto tiempo dura el rencor en nuestro corazón?

2. Marcos 5,21-43

a) En la página evangélica de hoy se nos cuentan dos milagros de Jesús intercalados el uno en el otro: cuando va camino de la casa de Jairo a sanar a su hija -que mientras tanto ya ha muerto- cura a la mujer que padece flujos de sangre. Son dos escenas muy expresivas del poder salvador de Jesús. Ha llegado el Reino prometido. Está ya actuando la fuerza de Dios, que a la vez se encuentra con la fe que tienen estas personas en Jesús.

El jefe de la sinagoga le pide que cure a su hija. En efecto, la cogió de la mano y la resucitó, ante el asombro de todos. La escena termina con un detalle bien humano: «y les dijo que dieran de comer a la niña».

La mujer enferma no se atreve a pedir: se acerca disimuladamente y le toca el borde del manto. Jesús «notó que había salido fuerza de él» y luego dirigió unas palabras amables a la mujer a la que acababa de curar.

En las dos ocasiones Jesús apela a la fe, no quiere que las curaciones se consideren como algo mágico: «hija, tu fe te ha curado», «no temas, basta que tengas fe».

b) Jesús, el Señor, sigue curando y resucitando. Como entonces, en tierras de Palestina, sigue enfrentándose ahora con dos realidades importantes: la enfermedad y la muerte.

Lo hace a través de la Iglesia y sus sacramentos. El Catecismo de la Iglesia, inspirándose en esta escena evangélica, presenta los sacramentos «como fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante»: el Bautismo o la Reconciliación o la Unción de enfermos son fuerzas que emanan para nosotros del Señor Resucitado que está presente en ellos a través del ministerio de la Iglesia. Son también acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia y «las obras maestras de Dios en la nueva y eterna Alianza» (CEC 1116).

Todo dependerá de si tenemos fe. La acción salvadora de Cristo está siempre en acto.

Pero no actúa mágica o automáticamente. También a nosotros nos dice: «No temas, basta que tengas fe». Tal vez nos falta esta fe de Jairo o de la mujer enferma para acercarnos a Jesús y pedirle humilde y confiadamente que nos cure.

Ante las dos realidades que tanto nos preocupan, la Iglesia debe anunciar la respuesta positiva de Cristo. La enfermedad, como experiencia de debilidad. y la muerte, como el gran interrogante, tienen en Cristo, no una solución del enigma, pero sí un sentido profundo. Dios nos tiene destinados a la salud y a la vida. Eso se nos ha revelado en Cristo Jesús. Y sigue en pie la promesa de Jesús, sobre todo para los que celebramos su Eucaristía: «El que cree en mi, aunque muera, vivirá; el que me come tiene vida eterna».

Para la pastoral de los sacramentos puede ser útil recordar el proceso de la buena mujer que se acerca a Jesús. Ella, que por padecer flujos de sangre es considerada «impura» y está marginada por la sociedad, sólo quiere una cosa: poder tocar el manto de Jesús. ¿Es una actitud en que mezcla su fe con un poco de superstición? Pero Jesús no la rechaza porque esté mal preparada. Convierte el gesto en un encuentro humano y personal, la atiende a pesar de que todos la consideran «impura» y le concede su curación.

Los sacerdotes, y también los laicos que actúan como equipos animadores de la vida sacramental de la comunidad cristiana, tendrían que aprender esta actitud de Jesús Buen Pastor, que con amable acogida y pedagogía evangelizadora, ayuda a todos a encontrarse con la salvación de Dios, estén o no al principio bien preparados.

«Alegra el alma de tu siervo, que a ti te estoy llamando todo el día» (salmo, II)
«Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan» (salmo, II)
«Hija, tu fe te ha curado, vete en paz y con salud» (evangelio).

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