Miércoles IV Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 2 S 24, 2. 9-17: Soy yo el que he pecado, haciendo el censo de la población. ¿Qué han hecho estas ovejas?
- Salmo: Sal 31, 1-2. 5. 6. 7: Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado
+ Evangelio: Mc 6, 1-6: No desprecian a un profeta más que en su tierra




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

2 Samuel 24,2.9-17: Soy yo el que he pecado, haciendo el censo de la población. ¿Qué han hecho estas ovejas? Tras el pecado viene el castigo. En esta ocasión, David, compadeciéndose de su pueblo, quiere sufrir él solo el castigo por su pecado, para expiarlo. Esta historia nos muestra la misteriosa solidaridad de unos con otros tanto en el pecado como en la gracia. El pecado de uno solo puede causar la desgracia de muchos; pero también la oración y la expiación de uno solo puede ser suficiente para evitar el castigo de todos. San Agustín dice:

«Padece enfermedad el género humano; no tanto enfermedad de cuerpo, sino de pecados. Yace en toda la redondez de la tierra, de oriente a occidente, el gran enfermo. Y para curar al gran enfermo descendió el Médico omnipotente. Se humilló hasta su carne mortal, o digamos, hasta el lecho del enfermo» (Sermón 87).

Los cristianos somos solidarios con Cristo Redentor, que se anonadó, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, para curarnos y para salvarnos. También nosotros hemos de ser solidarios con el mal físico y moral de nuestros hermanos, procurando siempre su sanación o su alivio. »

-Cuando existe el reconocimiento humilde del pecado, Dios da su perdón, y en seguida viene el gozo y la dicha de sentirse perdonado. Y a veces el arrepentimiento procede de la experiencia de algún sufrimiento. Confesamos este misterio de gracia con el Salmo 31: «Perdona, Señor, mi culpa. Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito. Propuse: «confesaré al Señor mi culpa», y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Por eso, que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia: la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará. Tú eres mi refugio; me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación».

Marcos 6,1-6: No desprecian a un profeta más que en su tierra. La culpa principal de los nazarenos, entre otras, está en que no reconocen el valor trascendente de la humanidad de Jesús. Esa actitud les hace imposible recibir al Salvador y entrar en su camino de salvación, que es Él mismo. Así lo afirma San Agustín,

«Hombre verdadero y Dios verdadero... Ésta es la fe católica; quien ambos términos confiesa, es católico, que tiene [en Cristo] una patria y un camino. Él es la patria a donde vamos. Y Él es el Camino por donde vamos. Vayamos por Él a Él, y no nos extraviaremos» (Sermón 93).

Jesús es la fuente de vida. Su santa Humanidad es instrumento, perfectamente unido a su divinidad, para comunicarnos la vida sobrenatural. Incluso para comunicarnos su vida divina ha utilizado su santa Humanidad. Más aún, esa misma Humanidad santísima, unida al Verbo, es también para nosotros fuente de vida corporal. El Evangelio, en efecto, nos dice que de Él salía una virtud que sanaba a todos (Lc 6,17-18). San Agustín dice:

«¿Qué felicidad más segura que la nuestra, siendo así que el mismo que ora con nosotros es el que da lo que pide? Porque Cristo es Hombre y Dios. Como hombre pide; como Dios otorga» (Sermón 217).

Hemos de tener hacia la Humanidad sagrada de Jesucristo una gran fe y devoción. Así la tuvieron los santos, como San Bernardo, San Francisco de Asís o Santa Teresa.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 105-110

1. II Samuel 24,2.9-17

a) Ahora nos cuesta entender por qué se considera una falta grave el realizar el censo de una nación: nos parece una medida sencillamente acertada de política social, porque estamos acostumbrados a estadísticas y censos. Pero el libro lo interpreta como pecado y lo señala como culpable de una epidemia de peste que asoló al pueblo de Israel.

El mismo David, nada más terminar el censo, tiene que reconocer: «He cometido un grave error». Seguramente porque la medida se podía interpretar como un signo de orgullo, de independencia con respecto a Dios, que es el verdadero Rey, o como excesiva confianza en los medios humanos.

Ya el profeta Samuel, cuando en principio se oponía a nombrar un rey, anunciaba que la monarquía mal entendida iba a ser como una negación práctica de Dios. Además. existía el peligro de absolutización y tiranía por parte del rey, interpretación que también cabe en esta condena del censo de David: jactándose del número de sus guerreros y sus medios humanos, puede caer en el despotismo y el orgullo.

David se da cuenta y pide perdón a Dios, como expresa muy bien el salmo. Además, asume toda la culpa y pide a Dios que le castigue a él, y no al pueblo.

b) En nuestra vida podemos caer en el pecado de la autosuficiencia, del orgullo, de la confianza excesiva en los medios humanos, económicos, estructurales, organizativos, ideológicos.

Si los reyes de Israel tenían que considerarse como representantes de Dios y poner en él su confianza, mucho más nosotros, aunque pongamos en marcha todos los medios humanos, no debemos descartar de nuestra vida a Dios, quedándonos en los recursos políticos y técnicos. Ya nos dijo Cristo: «Sin mí no podéis hacer nada». Muchos de nuestros desengaños y frustraciones nos vienen porque ponemos nuestra confianza en los medios humanos, que luego nos fallan estrepitosamente.

Una sana desacralización es buena. Los problemas técnicos y políticos tienen soluciones técnicas. Un censo bien hecho ahora no lo interpretamos como desconfianza en Dios. Ni tampoco el poner los medios mejores para la tarea de la evangelización. Pero sí puede haber una desacralización que no es sana, cuando se copian, no tanto las técnicas, sino los criterios y la mentalidad de autosuficiencia.

Una copia de los criterios humanos sería no contar con el Espíritu de Dios para la misión de la comunidad eclesial, sino con nuestros propios dones y técnicas. Jesús nos enseñó a ir por el mundo sin demasiados cálculos, sin demasiadas túnicas ni dineros de repuesto. Él, que no tenía dónde reclinar la cabeza. No son las fuerzas humanas las que dan eficacia a nuestro trabajo. Sino Dios.

2. Marcos 6,1-6

a) A partir de aquí, y durante tres capítulos, Marcos nos va a ir presentando cómo reaccionan ante la persona de Jesús sus propios discípulos. Antes habían sido los fariseos y luego el pueblo en general: ahora, los más allegados.

De nuevo se ve que Jesús no tiene demasiado éxito entre sus familiares y vecinos de Nazaret. Sí, admiran sus palabras y no dejan de hablar de sus curaciones milagrosas. Pero no aciertan a dar el salto: si es el carpintero, «el hijo de María» y aquí tiene a sus hermanos, ¿cómo se puede explicar lo que hace y lo que dice? «Y desconfiaban de él». No llegaron a dar el paso a la fe: «Jesús se extrañó de su falta de fe». Tal vez si hubiera aparecido como un Mesías más guerrero y político le hubieran aceptado.

Se cumple una vez más lo de que «vino a los suyos y los suyos no le recibieron», o como lo expresa Jesús: «nadie es profeta en su tierra». El anciano Simeón lo había dicho a sus padres: que Jesús iba a ser piedra de escándalo y señal de contradicción.

Lo de llamar «hermanos» a Santiago, José, Judas y Simón, nos dicen los expertos que en las lenguas semitas puede significar otros grados de parentesco, por ejemplo primos. De dos de ellos nos dirá más adelante Marcos (15,40) quién era su madre, que también se llamaba María.

b) Equivalentemente, nosotros somos ahora «los de su casa», los más cercanos al Señor, los que celebramos incluso diariamente su Eucaristía y escuchamos su Palabra. ¿Puede hacer «milagros» porque en verdad creemos en él, o se puede extrañar de nuestra falta de fe y no hacer ninguno? ¿no es verdad que algunas veces otras personas más alejadas de la fe nos podrían ganar en generosidad y en entrega?

La excesiva familiaridad y la rutina son enemigas del aprecio y del amor. Nos impiden reconocer la voz de Dios en los mil pequeños signos cotidianos de su presencia: en los acontecimientos, en la naturaleza, en los ejemplos de las personas que viven con nosotros, a veces muy sencillas e insignificantes según el mundo, pero ricas en dones espirituales y verdaderos «profetas» de Dios.

Tal vez podemos defendernos de tales testimonios como los vecinos de Nazaret, con un simple: «¿pero no es éste el carpintero?», y seguir tranquilamente nuestro camino. ¿Cómo podía hablar Dios a los de Nazaret por medio de un obrero humilde, sin cultura, a quien además conocen desde hace años? ¿cómo puede el «hijo de María» ser el Mesías?

Cualquier explicación resulta válida («no está en sus cabales», «está en connivencia con el diablo», «es un fanático»), menos aceptarle a él y su mensaje, porque resulta exigente e incómodo, o sencillamente no entra dentro de su mentalidad. Si le reconocen como el enviado de Dios, tendrán que aceptar también lo que está predicando sobre el Reino, lleno de novedad y compromiso.

Es algo parecido a lo que sucede en los que no acaban de aceptar la figura de la Virgen María tal como aparece en las páginas del evangelio, sencilla, mujer de pueblo, sin milagros, experta en dolor, presente en los momentos más críticos y no en los gloriosos y espectaculares. Prefieren milagros y apariciones: mientras que Dios nos habla a través de las cosas de cada día y de las personas más humildes. La figura evangélica de María es la más recia y la más cercana a nuestra vida, si la sabemos leer bien.

Cuando somos invitados a celebrar la Eucaristía y participar de la vida de Cristo en la comunión, también hacemos un ejercicio de humildad, al reconocerle presente en esos dos elementos tan sencillos y humanos, el pan y el vino. Pero tenemos su palabra de que en esos frutos de nuestra tierra, los mismos que honran nuestra mesa familiar, nos está dando, desde su existencia de Resucitado, nada menos que su propia vida.

«He cometido un grave error: perdona la culpa de tu siervo» (1a lectura, II)
«Confesaré al Señor mi culpa, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado» (salmo, II).

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