Jueves IV Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 R 2, 1-4. 10-12: Yo emprendo el viaje de todos. ¡Animo, Salomón, sé un hombre!
- Salmo: 1 Cro 29, 10. 11ab. 11d-12a. 12bcd: Tú eres Señor del universo
+ Evangelio: Mc 6, 7-13: Los fue enviando




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (04-02-2016): Pensar en el último paso


Misa en Santa Marta
Jueves 04 de febrero del 2016

La primera lectura de hoy nos habla de la muerte del Rey David (cfr. 1Re 2,1-4.10-12). En toda vida hay un fin. Es un pensamiento que no nos gusta mucho —siempre lo tapamos—, pero es la realidad de todos los días. Pensar en el último paso es una luz que ilumina la vida, una realidad que debemos tener siempre ante nosotros.

En una de las audiencias de los miércoles, entre los enfermos había una monjita anciana, pero con una cara de paz y una mirada luminosa. —¿Cuántos años tiene usted, hermana? Y con una sonrisa: —83, pero estoy terminando mi recorrido en esta vida, para comenzar el otro recorrido con el Señor, porque tengo un cáncer en el páncreas. Y así, en paz, aquella mujer había vivido con intensidad su vida consagrada. No tenía miedo de la muerte: Estoy acabando mi periodo de vida para comenzar el otro. Es un paso. Estas cosas nos hacen bien.

David reinó en Israel 40 años. Pero también 40 años pasan. Antes de morir, David exhorta al hijo Salomón a observar la Ley del Señor. Él, en vida, pecó mucho, pero había aprendido a pedir perdón, y la Iglesia lo llama el Santo rey David. ¡Pecador, pero Santo! Ahora, a punto de morir, deja al hijo la herencia más hermosa y más grande que un hombre o una mujer pueda dejar a sus hijos: le deja la fe. Cuando se hace testamento la gente dice: A éste le dejo esto, a éste le dejo aquello, a éste le dejo lo otro... Sí, está bien, pero la herencia más hermosa, la herencia más grande que un hombre, una mujer, puede dejar a sus hijos es la fe. Y David hace memoria de las promesas de Dios, hace memoria de su fe en esas promesas y se las recuerda al hijo. ¡Dejar la fe en herencia!

Cuando en la ceremonia del Bautismo damos a los padres la vela encendida, la luz de la fe, les estamos diciendo: Consérvala, hazla crecer en tu hijo y en tu hija y déjasela como herencia. Dejar la fe como herencia: eso nos enseña David, y así muere, sencillamente, como todo hombre. Pero sabe bien qué aconsejar al hijo y cuál es la mejor herencia que le deja: ¡no el reino, sino la fe! Nos vendrá bien preguntarnos: ¿Cuál es la herencia que dejo con mi vida? ¿Dejo la herencia de un hombre, de una mujer de fe? ¿Dejo a los míos esa herencia?

Pidamos al Señor dos cosas: no tener miedo a ese último paso, como la monja de la audiencia del miércoles —estoy acabando mi recorrido y comienzo el otro— que no tenía miedo; y la segunda, que todos podamos dejar con nuestra vida, como mejor herencia, la fe, la fe en este Dios fiel, este Dios que siempre está a nuestro lado, este Dios que es Padre y nunca defrauda.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Reyes 2,1-4.10-12: Yo emprendo el viaje definitivo. ¡Ánimo, Salomón, sé un hombre!. Son las últimas exhortaciones de David a su hijo Salomón antes de morir. Le recomendó sobre todo que permaneciera fiel a la Ley de Moisés, observando exactamente los mandatos del Señor. Así dice San León Magno:

«Sabéis, pues os lo enseña Dios, que la observancia de los mandamientos os aprovechará para el gozo eterno. En el cumplimiento de los cuales, el Señor, clemente y misericordioso, nos ha dado remedio y ayuda para que podamos obtener el perdón, ya que la fragilidad humana se cansa muchas veces y ofende en muchas cosas a causa de su debilidad. ¿Quién podrá evadir tantos engaños del mundo, tantas insidias del diablo y tantos peligros de su volubilidad, si la clemencia del Rey eterno no quisiese más bien socorrernos que perdernos?» (Sermón 15,1).

–Con el Libro I de las Crónicas confesamos el poder soberano de Dios: «Tú eres Señor del universo. Bendito eres, Señor, Dios de nuestro Padre Israel, por los siglos de los siglos. Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, el esplendor, la majestad, porque tuyo es cuanto hay en el cielo y en la tierra. Tú eres el Rey soberano de todo; de Ti viene la riqueza y la gloria. Tú eres Señor del universo, en tu mano está el poder y la fuerza, Tú engrandeces y confortas a todos».

Todo esto es verdad. Pertenecemos a Dios con todo cuanto somos y poseemos. Nuestra vida está completamente en sus manos, y permanece siempre dulcemente sometida a su omnipotente providencia. Él es nuestro Creador. Así dice Orígenes:

«De la misma manera que confesamos que Dios es incorpóreo, omnipotente, invisible, confesamos también, como dogma seguro e incontrovertible, que Él tiene cuidado de las cosas humanas, y que ninguna se señala en el cielo ni en la tierra fuera del alcance de su providencia.

«Recuerda que hemos dicho que ninguna cosa se cumple sin su providencia, no sin su voluntad. Ya que muchas cosas se hacen sin su voluntad, pero ninguna sin su providencia

«En efecto, mediante la providencia que Él procura, provee las cosas que se suceden; mientras que, mediante su voluntad, quiere o no quiere alguna cosa» (Homilía 3, 2 sobre el Génesis).

Marcos 6,7-13: Jesús llama a los Doce para enviarlos de dos en dos. Ellos se dedicarán a prolongar la actividad profética de su Maestro. Todo lo van haciendo bajo el signo de la pobreza, de la que han de dar testimonio la Iglesia y todos y cada uno de sus hijos. Así dice San Ambrosio:

«Los preceptos del Evangelio indican qué debe hacer el que anuncia el reino de Dios: «sin báculo, sin alforja, sin calzado, sin pan, sin dinero», es decir, no buscando la ayuda de los auxilios mundanos, abandonado todo a la fe y pensando que, mientras menos anhelemos los bienes temporales, más podremos conseguirlos.

«Este pasaje parece tener por fin formar un estado de alma enteramente espiritual, que parece se ha despojado del cuerpo como de un vestido, no sólo renunciando al poder y despreciando las riquezas, sino también apartando aun los atractivos de la carne» (Comentario a San Lucas VI,65).

Y San León Magno:

«Que los falsos placeres de la vida presente no frenen el empuje de aquellos que vienen por el camino de la verdad, y que los fieles se consideren como viajeros en el itinerario que siguen hacia su patria; que comprendan que en el uso de los bienes temporales, si a veces hay algunos que agraden, no deben apegarse bajamente, sino continuar valientemente la marcha» (Sermón 72).

Y San Beda:

«Se equivoca quien se figura que podrá encontrar paz en el disfrute de los bienes de este mundo y en las riquezas» (Homilía 12, sobre la Vigilia de Pentecostés).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 110-114

1. I Reyes 2,1-4.10-12

a) Se acaba el reinado de David, tan importante en la historia de Israel. Leemos los consejos que dio a su hijo Salomón antes de emprender «el viaje de todos», como dice él mismo. Aparece aquí el esquema que se repite en las despedidas típicas de la Biblia (Jacob. Moisés, Pablo, Jesús).

Así empezamos la lectura del primer libro de los Reyes, que continúa la historia del pueblo a partir de la muerte de David. Leeremos una primera parte ahora durante diez días: desde el reinado de Salomón hasta la escisión de su reino en tiempo de su sucesor.

Volveremos a abrir este libro y el segundo de Reyes más tarde, en las semanas décima a la duodécima del Tiempo Ordinario.

Las últimas recomendaciones de David son todo un programa de actuación para un rey que debe ser eficaz políticamente pero a la vez humilde servidor de Dios: si es valiente -«ánimo, sé un hombre»- y camina según los caminos de Dios, siguiendo fielmente sus normas, se asegurará la fidelidad de Dios, que ha hecho Alianza con su pueblo.

Empieza así el reinado de Salomón, en el que la monarquía llegará a su mayor esplendor, que durará muy poco, porque inmediatamente después, con la división del Norte y el Sur, empezará la decadencia.

b) No estamos ciertamente acostumbrados a que en la toma de posesión o en la despedida de un rey o de un gobernante suenen estas invitaciones a la conducta moral y a la fidelidad a Dios.

No se podría decir que el espíritu del salmo de hoy, el del libro de las Crónicas, esté precisamente en el ánimo de todos los que gobiernan: «Tú eres Señor del universo, en tu mano está el poder y la fuerza... tuyos son, Señor, la grandeza y el poder».

También debería ser éste el tono de las recomendaciones que unos padres hacen a sus hijos, o unos educadores a los que se están formando. Los valores que más les van a servir en su vida -más que las riquezas o los títulos o las cualidades humanas- son los valores profundos humanos y cristianos. Valores que, en un tiempo de tanta corrupción y superficialidad, les darán consistencia humana y les atraerán la bendición de Dios y la de los hombres.

Cuando programamos nuestra vida, o una próxima etapa o año, también nosotros deberíamos dar importancia a los valores más profundos, y no a los más aparentes.

2. Marcos 6,7-13

a) El envío de los apóstoles a una misión evangelizadora, de dos en dos. está sencillamente contado por Marcos. aunque con matices muy interesantes.

Les había elegido para que estuvieran con él y luego les pudiera enviar a misionar. Ya han convivido con él, le han escuchado, han aprendido: ahora les envía a que prediquen la Buena Nueva, con autoridad para expulsar demonios y con el aviso de que puede ser que en algunos lugares sí les reciban y en otros no. Les hace partícipes de su misión mesiánica. Se hace ayudar. Busca quien colabore en la tarea de la evangelización.

Para ello les recomienda un estilo de austeridad y pobreza -la pobreza «evangélica»-, de modo que no pongan énfasis en los medios humanos, económicos o técnicos, sino en la fuerza de Dios que él les transmite.

b) Los cristianos -y de un modo particular los ministros ordenados, los religiosos y los laicos más comprometidos en la acción pastoral de una comunidad- somos enviados en medio de este mundo a evangelizar. Dios no se sirve normalmente de ángeles ni de revelaciones directas. Es la Iglesia, o sea, los cristianos, los que continúan y visibilizan la obra salvadora de Cristo.

Como los doce apóstoles, que «estaban con Jesús», luego fueron a dar testimonio de Jesús, así nosotros, que celebramos con fe la Eucaristía, luego somos invitados a dar testimonio en la vida. Tal vez no individualmente, cada uno por su cuenta, sino con una cierta organización, de dos en dos, enviados y no tanto autoenviados.

También para nosotros vale la invitación a la pobreza evangélica, para que vayamos a a misión mas ligeros de equipaje, sin gran preocupación por llevar repuestos, no apoyándonos demasiado en los medios humanos -que no habrá que descuidar, por otra parte- sino en la fe en Dios. Es Dios el que hace crecer, el que da vida a todo lo que hagamos nosotros.

Deberíamos dar ejemplo de la austeridad y pobreza que quería Jesús: todos deberían poder ver que no nos dedicamos a acumular «bastones, dinero, sandalias, túnicas». Que nos sentimos más peregrinos que instalados. Que, contando naturalmente con los medios que hacen falta para la evangelización del mundo -la Madre Teresa de Calcula necesita millones para su obra de atención a los pobres-, nos apoyamos sobre todo en la gracia de Dios y nuestra fe, sin buscar seguridades y prestigios humanos. Es el lenguaje que más fácilmente nos entenderá el mundo de hoy: la austeridad y el desinterés a la hora de hacer el bien.

También a nosotros, como a los apóstoles, y al mismo Cristo, en algunos lugares nos admitirán. En otros, no. Estamos avisados. Se nos ha anunciado la incomprensión y hasta la persecución. Pero no seguimos a Cristo porque nos haya prometido éxitos y aplausos fáciles. Sino porque estamos convencidos de que también para el mundo de hoy la vida que ofrece Cristo Jesús es la verdadera salvación y la puerta de la felicidad auténtica. No sólo queremos «salvarnos nosotros», sino colaborar para que todos, nuestros familiares y conocidos, se enteren y acepten el Reino de Dios en sus vidas.

«Guarda las consignas del Señor tu Dios, caminando por sus sendas» (1a lectura, II)
«Les fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos» (evangelio).

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