Lunes V de Pascua – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Hch 14, 15-18: Os predicamos la Buena Noticia para que dejéis los dioses falsos y os convirtáis al Dios vivo
- Salmo: Sal 113, 1-2. 3-4. 15-16 (TM Sal 115): No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria
+ Evangelio: Jn 14, 21-26: El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Pascua. , Vol. 3, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hechos 14,5-17: Os predicamos la Buena Noticia, para que dejéis los dioses falsos y os convirtáis al Dios vivo. Tras unas nuevas sediciones provocadas por los judíos de Iconio, los dos misioneros, Pablo y Bernabé, llegan a Listra, en donde Pablo cura a un enfermo. La multitud los toma por dioses y se aprestan a ofrecerles un sacrificio, de suerte que tienen que protestar con vehemencia y proclamar que no hay más que un solo Dios. La salvación de Cristo se nos anuncia y se nos hace realidad en la Eucaristía. Tenemos que actualizarla en medio del mundo con el testimonio de nuestra palabra y de nuestra vida. San Beda explica que:

«Así como el hombre cojo, curado por Pedro y Juan en la puerta del Templo prefigura la salvación de los judíos, también este tullido licaonio representa a los gentiles, alejados de la religión de la ley y del Templo, pero recogidos ahora por la predicación del Apóstol Pablo» (Comentario a los Hechos).

Los dos misioneros manifiestan su verdadera obra. No buscan honores para sí, sino sólo para Dios y para Jesucristo, el Señor, cuya doctrina, obra y vida ellos predican para la salvación de todos los hombres: predican con su palabra y predican también con su conducta.

–Los cristianos hemos heredado de Israel el oficio de testimoniar y dar gloria a Dios. Y el primer testimonio es que Cristo ha resucitado y ha sido glorificado. Por eso proclamamos con el Salmo 113: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. Por tu bondad, por tu lealtad. ¿Por qué han de decir las naciones: «Dónde está tu Dios»? Nuestro Dios está en el cielo, lo que quiere lo hace. Sus ídolos, en cambio, son plata y oro, hechura de manos humanas. Benditos seáis del Señor que hizo el cielo y la tierra. El cielo pertenece al Señor, la tierra se la ha dado a los hombres».

Juan 14,21-26: El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo. Jesús hace notar los lazos vitales que le unirán con sus discípulos después de su glorificación, por la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del justo.  Con el Espíritu Santo nos sentimos confortados en nuestro interior de un modo inefable. San Gregorio Magno habla de la necesaria acción del Espíritu Santo en el entendimiento de los cristianos:

«El Espíritu se llama también Paráclito –defensor–, porque a quienes se duelen de sus pecados cometidos, al tiempo que les dispone para la esperanza del perdón, libera sus mentes de la aflicción y de la tristeza. Por eso, con razón se hace esta promesa: «Él os enseñará todas las cosas» (Jn 14,26). En efecto, si el Espíritu no actúa en el corazón de los oyentes, resultan inútiles las palabras del que enseña. Que nadie, pues, atribuya al hombre que instruye a los demás aquello que desde la boca del maestro llega a la mente del que escucha, pues si el Espíritu no actúa internamente, en vano trabaja con su lengua aquél que está enseñando. Todos vosotros, en efecto, oís las palabras del que os habla, pero no todos percibís de igual modo lo que significan» (Homilía 30,3 sobre los Evangelios).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

El Tiempo Pascual Día tras Día. , Vol. 3, CPL, Barcelona, 1999

1. Hechos 14, 5-17 

a) Pablo y Bernabé tienen que huir de Iconio, donde les querían apedrear, y siguen su recorrido apostólico. Esta vez consiguen un gran éxito en la ciudad de Listra, donde Pablo cura a un lisiado cojo de nacimiento. Es una escena paralela a la de Pedro curando a un cojo en Jerusalén (Hch 3), sólo que ahora el beneficiado es un pagano. 

El éxito es exagerado, hasta el punto de que les toman por dioses que han bajado disfrazados de hombres: a Bernabé, que sería mayor, le identifican con Júpiter o Zeus; a Pablo, que es el que habla, le toman por Hermes, el mensajero de los dioses. Y les quieren ofrecer sacrificios. 

Pablo aprovecha para hacerles una predicación. Esta vez está adaptada a los paganos, no a los judíos de la sinagoga. No parte del AT, sino del Dios creador de cielos y tierra, el que nos manda la lluvia y las cosechas. No habla explícitamente de Jesús: parece un discurso incompleto. Es como el esquema de lo que luego será su gran pieza de predicación a los paganos en el Areópago de Atenas. 

b) En nuestra vida a veces experimentamos éxitos, y otros fracasos. Momentos de serenidad y momentos de tensión y zozobra. Deberíamos estar dispuestos a todo. Sin perder en ningún momento la paz y el equilibrio interior, y sobre todo sin permitir que nada ni nadie nos desvíe de nuestra fe y de nuestro propósito de dar testimonio de Jesús en el mundo de hoy. 

También hay otras direcciones en que nos interpela la escena de hoy. ¿Nos buscamos a nosotros mismos? Como Pablo y Bernabé, tendremos que luchar a veces contra la tentación de "endiosarnos" nosotros, recordando que "somos mortales igual que vosotros". Nuestra catequesis no debe atraer a las personas hacia nosotros, sino claramente hacia Cristo y hacia Dios. Como el Bautista, que orientaba a sus propios seguidores hacia el verdadero Mesías, Jesús "no soy yo". Como dice el salmo de hoy: "no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria". 

Otra lección que nos da Pablo es la de sabernos adaptar a la formación y la cultura de las personas que escuchan nuestro testimonio: el hombre de hoy, o el joven de hoy, frecuentemente desconcertados y en búsqueda, entienden unos valores, que serán incompletos tal vez, pero son valores que aprecian. A partir de ellos es como podemos anunciarles a Dios y su plan de salvación. Partiendo como Pablo del A T si se trataba de judíos, o de la naturaleza si eran paganos, lo importante es que podamos ayudar a nuestros contemporáneos ano adorar adioses falsos, sino al Dios único y verdadero, el Creador y Padre, porque en él está la respuesta a todas nuestras búsquedas. 

2. Juan 14, 21-26 

a) Toda la semana seguimos escuchando el discurso de Jesús en su Última Cena. 

A veces el evangelio nos invita a creer en Jesús. Hoy nos invita a amarle y a seguir sus caminos. Cuando Jesús se vaya -y en esta cena se está despidiendo de sus discípulos- ¿cómo se podrá decir que permanecemos en él, que creemos en él y le amamos de veras? Jesús nos da la pista: "el que me ama guardará mi palabra", "el que no me ama no guardará mis palabras". 

Pero este amor tiene consecuencias inesperadas, una admirable intercomunión con Cristo y con el Padre: "al que me ama lo amará mi Padre y lo amaré yo", "mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él". 

Y aún más: Jesús nos anuncia al Espíritu Santo como protagonista en nuestra vida de fe. Le llama "Paráclito", o sea, Abogado, Defensor. Le llamaMaestro ("él os enseñará todo"), y también "Memoria" ("os irá recordando todo lo que os he dicho"). 

b) Pascua es algo más que alegrarnos por la resurrección de Jesús. El Resucitado nos invita a una comunión vital: nuestra fe y nuestro amor a Jesús nos introduce en un admirable intercambio. Dios mismo hace su morada en nosotros, nos convertimos en templos de Dios y de su Espíritu. 

Nos invita también a permanecer atentos al Espíritu, nuestro verdadero Maestro interior, nuestra memoria: el que nos va revelando la profundidad de Dios, el que nos conecta con Cristo. El Catecismo de la Iglesia Católica dedica unos números sabrosos (1091-1112) al papel del Espíritu en nuestra vida de fe. Lo llama "pedagogo" de nuestra fe, porque él es quien nos prepara para el encuentro con Cristo y con el Padre, el que suscita nuestra fe y nuestro amor, y el que "recuerda a la asamblea todo lo que Cristo ha hecho por nosotros: él despierta la memoria de la Iglesia". 

La Pascua la estamos celebrando y viviendo bien si se nota que vamos entrando en esta comunión de vida con el Señor y nos dejamos animar por su Espíritu. 

Cuando celebramos la Eucaristía y recibimos a Cristo Resucitado como alimento de vida, se produce de un modo admirable esa "interpermanencia" de vida y de amor: "quien come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él... Igual que yo vivo por el Padre, el que me coma vivirá por mí" (Jn 6,56-57). 

En la Eucaristía se cumple, por tanto, el efecto central de la Pascua, con esta comunicación de vida entre Cristo y nosotros, y, a través de Cristo, con el Padre. 

"Inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos" (oración) 
"No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria" (salmo) 
"Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba" (aleluya) 
"El que sabe mis mandamientos y los guarda ése me ama" (evangelio) 
"Que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante" (poscomunión) 

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Tiempo de Pascua. , Vol. 4, Verbo Divino, Navarra, 2001

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 14,5-18

Estamos de nuevo ante un episodio de curación que continúa el paralelismo entre los hechos de Pedro y los de Pablo (la referencia a la curación del paralítico en la puerta «Hermosa» es evidente). Lucas usa aquí, como en otros lugares, el verbo «salvar» en el sentido de «curar», tal como recoge la traducción que presentamos.

La reacción del público, en cambio, es nueva. Mientras la reacción normal a un milagro entre los judíos era la de dar gloria a Dios (cf. 4,21), aquí, entre los paganos, se da gloria a los hombres. Había una antigua leyenda, ambientada en un pueblo no alejado de Listra, referente a Filemón y Baucis, dos agricultores que dieron hospitalidad a Zeus y a Hermes. Esta leyenda, recogida por Ovidio, debía de ser muy conocida por los habitantes de la región. Los honores tributados a los dos personajes estaban dictados también por la preocupación de no caer en el duro castigo que propinaron los dioses a los que no los acogieron. Hermes era venerado además como dios de la salud, y Pablo había curado al paralítico. Había, por tanto, más de un motivo para honrar como es debido a los dos extraordinarios personajes.

El discurso que sigue a continuación refleja una situación de emergencia y desconcierto. Pero es importante, porque se trata del primer discurso dirigido a los paganos. No se citan las Escrituras, pero sí aparece una invitación explícita a que abandonen los ídolos y se conviertan al Dios vivo y verdadero, creador de todas las cosas. Es probable que se trate de la argumentación típica empleada por los evangelizadores respecto a los paganos, una argumentación que ya había hecho muchos prosélitos entre ellos. Estamos ante un ejemplo de inculturación y de adaptación a la situación.

El hecho de que Bernabé y Pablo se rasgaran los vestidos y reaccionaran con espanto puede ser motivo de reflexión para los que no desdeñan los fáciles honores y los reconocimientos por méritos apostólicos.

Evangelio: Juan 14,21-26

El centro de interés del fragmento es la autorrevelación de Jesús, solicitada por una pregunta ulterior del apóstol Judas de Santiago. El Maestro había anunciado precedentemente a los discípulos que ya se había manifestado a ellos, aunque de un modo espiritual. Sin embargo, esas palabras no habían sido comprendidas por los suyos, que pensaban en una manifestación gloriosa y mesiánica delante de todos. Jesús se sirve de la pregunta del apóstol (v 22) para plantear de nuevo el tema de la presencia de Dios en la vida del creyente (v 23). Sólo quien ama está en condiciones de observar la Palabra de Jesús y de acoger su manifestación espiritual e interior. Y quien observa esta Palabra (= los mandamientos) será amado por él y por el Padre. Más aún, quien muestre amor a Jesús recibirá en su propia intimidad la presencia del mismo: Jesús habitará en su corazón junto con el Padre y el Espíritu. Esta manifestación del Señor es espiritual. Se identifica con la presencia de Cristo en el alma de quien vive de manera conforme a su Palabra. Esta presencia interior de Jesús constituye la «escatología realizada» entre Dios y los hombres. La inhabitación de la Trinidad en el creyente está, pues, condicionada no tanto por Dios como por nosotros mismos: amar a Jesús y observar su Palabra. En cambio, quien no ama ni practica los mandamientos no puede formar parte de esta vida de Dios (v 24).

En este punto del coloquio, Jesús, lanzando una mirada retrospectiva a toda su misión de revelador, establece una distinción entre su enseñanza y la del Espíritu (vv. 25s): el tiempo de Cristo lleva en sí la verdad, porque Jesús es «la verdad» (14,6); el tiempo del Espíritu la ilumina y la hace penetrar en el corazón de los creyentes, porque «el Espíritu es la verdad» (1 Jn 5,6).

MEDITATIO

En tiempos no remotos, la inhabitación de la Trinidad era un tema bastante entrañable a los cristianos más atentos a las realidades de la fe. Hoy, al menos así lo parece, lo es un poco menos. Sin embargo, una vida «habitada por Dios» es muy distinta a una vida desierta, abandonada a sí misma, condenada a agotarse en los límites de la criatura.

Mi vida ha sido visitada por Dios. Él habita en mi interior más profundo. El es el dulce huésped de mi alma: «Vendremos a él y viviremos en él». ¿Cómo es posible vivir una vida trivial teniendo como huésped a la Trinidad? ¿Cómo es posible no asombrarse por esta verdad, por esta extraordinaria realidad que nos arrebata de la soledad, ensalza la dignidad de la existencia, llena de estupor, da luz a la tonalidad grisácea de nuestra vida cotidiana, sumerge en el mundo divino, hace familiar la existencia con Dios, no cesa de asombrar y de maravillar, desplaza el centro de interés de toda la aventura terrena, colorea de sentido toda acción? ¿Cómo no quedar sobresaltado de alegría frente a este ser mío mortal hecho templo de la Trinidad inmortal, frente a este cuerpo mío corruptible hecho santo e incorruptible por la intimidad con su Creador?

ORATIO

Te bendigo y te doy gracias, Señor mío, porque hoy has abierto mis ojos a todo lo que quieres obrar en mí y conmigo. ¿Cómo es posible que, por lo general, viva yo como si estuvieras lejos? ¿Cómo es posible que te busque fuera de mí? ¿Cómo es posible que me olvide de que estás conmigo, dentro de mí?

Señor, perdona mi ceguera y mi distracción. Perdona mi poco amor, que me impide buscarte allí donde tú quieres ser encontrado. Perdóname, porque lleno en ocasiones mi corazón de personas o cosas que no te dejan sitio a ti. Perdona todas las veces que me lamento por mi soledad, como si tú me hubieras dejado solo para recorrer los caminos del mundo.

Señor, hazte sentir tú también. Hazme volver, como tú sabes hacerlo, a la interioridad, a tu presencia dentro de mí. Ayúdame a alejar lo que ocupa el sitio que tú te has reservado en lo más íntimo de mí. Purifica mi corazón para que pueda verte presente en mi vida, operante, tranquilizador, indispensable. Refuerza, Señor, mi corazón, para que pueda verte y sentirte, para que pueda entablar contigo un diálogo de amor y vivir contigo una historia de amor destinada a no acabar nunca.

CONTEMPLATIO

Oh Dios mío, Trinidad a la que adoro, ayúdame a olvidarme de mí por completo para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si ya mi alma estuviera en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz ni hacerme salir de ti, oh mi Inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu misterio.

Pacifica mi alma, haz en ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo; que yo no te deje en ella nunca solo; que esté en ti enteramente, despierta del todo en mi fe, toda adoración, entregada por completo a tu acción creadora (Isabel de la Trinidad, cit. en A. Hamman, Compendio de la oración cristiana, Edicep, Valencia 1990, p. 204).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vendremos a él y viviremos en él» (Jn 14,23).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero convertirme totalmente en deseo de saber para aprender todo de ti; y después, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero fijarte siempre y permanecer bajo tu gran luz, oh mi Astro amado, fascíname para que ya no pueda salir de tu resplandor.

Oh Fuego que consume, Espíritu de amor, ven a mí, para que se produzca en mi alma como una encarnación del Verbo; que yo le sea una humanidad añadida en la que él renueve todo su misterio. Y tú, Padre, inclínate sobre tu pobre y pequeña criatura, cúbrela con tu sombra, no veas en ella más que al Bienamado en el que has puesto todas tus complacencias.

Oh mis «Tres», mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad en que me pierdo, me entrego a ti como una presa, entiérrate en mí para que yo me entierre en ti, mientras espero ir a contemplar en tu luz el abismo de tu grandeza (Isabel de la Trinidad, cit. en A. Hamman, Compendio de la oración cristiana, Edicep, Valencia 1990, p. 204).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Ha resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas
y se dignó morir por su grey. Aleluya.

Oración colecta
Oh Dios,
que unes los corazones de tus fieles
en un mismo deseo,
inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos
y la esperanza en tus promesas,
para que, en medio de las vicisitudes del mundo,
nuestros corazones estén firmes
en la verdadera alegría.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Que nuestra oración, Señor, y nuestras ofrendas
sean gratas en tu presencia,
para que así, purificados por tu gracia,
podamos participar más dignamente
en los sacramentos de tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
La paz os dejo, mi paz os doy.
No os la doy como la da el mundo -dice el Señor-. Aleluya.
(Jn 14, 27)

Oración post-comunión
Dios todopoderoso y eterno,
que en la resurrección de Jesucristo
nos has hecho renacer a la vida eterna,
haz que los sacramentos pascuales
den en nosotros fruto abundante,
y que el alimento de salvación
que acabamos de recibir
fortalezca nuestras vidas.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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