Miércoles VII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Si 4, 11-19: Dios ama a los que aman la sabiduría
- Salmo: Sal 118, 165. 168. 171. 172. 174. 175: Mucha paz tienen, Señor, los que aman tus leyes
+ Evangelio: Mc 9, 38-40: El que no está contra nosotros está a favor nuestro




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Eclesiástico 4,12-22: Dios ama a los que aman la sabiduría. Ella es manantial de vida y felicidad para los que la sirven. La Sabiduría, en lugares de la Escritura como éste, se muestra personificada, como un Maestro que llama hijos a sus discípulos. Altísimos son los bienes que ella ofrece: favor, bendición, amor del mismo Dios. Actúa como mediadora para conducir y levantar al hombre hacia Dios.

Ser sabio es aceptar los propios límites, sin cegarse con falsas soluciones, ni dormirse con seguridades falsas. En lugar de amilanarse en cada contratiempo, el sabio ejerce con humildad la prudencia. La Sabiduría es anterior a él, y nunca le faltará a aquél que le guarda fidelidad. Más que en los libros y en los maestros de este mundo, el cristiano aprende la Sabiduría en su propia fuente, que es Cristo Jesús, el Verbo divino encarnado, que nos ha dejado en los Evangelios unos mensajes de vida, y nos ha comunicado palabras de vida eterna, que no pasan y que superan toda sabiduría mundana.

–Una vez más el Salmo 118, el más largo de todo el Salterio, nos ofrece versos preciosos para meditar en la Sabiduría. Aprendemos en él que la voluntad de Dios, hecha Palabra, guía al hombre en el camino de la vida, es decir, en Cristo, pues Él es el Camino verdadero: «Mucha paz tienen los que aman tus leyes, y nada los hace tropezar. Guardo tus decretos, y Tú tienes presentes mis caminos. De mis labios brota la alabanza, porque me enseñaste tus leyes. Mi lengua canta tu fidelidad, porque todos tus preceptos son justos. Ansío tu salvación, Señor; tu voluntad es mi delicia. Que mi alma viva para alabarte, que tus mandamientos me auxilien».

Marcos 9,37-39: El que no está contra nosotros está a nuestro favor. El seguir a Jesucristo y cumplir la misión que nos encomienda no da ningún derecho a privilegio alguno. No podemos apropiarnos el Evangelio con criterios partidistas, ni mirando propios intereses humanos. Nuestra entrega al mensaje salvífico de Cristo ha de brotar de un amor puro a su persona, a su obra y a las almas, a las que procuramos que llegue por todos los medios a nuestro alcance, buscando su plena incorporación a la Iglesia de Jesucristo y su salvación.

Hemos de tener amplitud de miras en toda obra apostólica. Hemos de vivir fraternalmente unidos, y desear que sean muchos los que trabajen en el apostolado de la Iglesia. Sería absurdo tirar piedras al propio tejado. Hemos de alegrarnos del éxito de todas las empresas apostólicas de la Iglesia. San Gregorio Magno dice:

«Examine cada uno lo que hace, y vea si trabaja en la viña del Sembrador. Porque el que en esta vida procura el propio interés no ha entrado todavía en la viña del Señor. Pues para el Señor trabajan quienes buscan no su propia ganancia, sino la del Señor..., aquellos que se desvelan por ganar almas, y se dan prisa por llevar a otros a la viña del Señor» (Homilía sobre los Evangelios 19).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Señor, yo confío en tu misericordia: alegra mi corazón con tu auxilio
y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.
(Sal 12, 6)

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
concede a tu pueblo
que la meditación asidua de tu doctrina
le enseñe a cumplir, de palabra y de obra,
lo que a ti te complace.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Al celebrar tus misterios con culto reverente,
te rogamos, Señor,
que los dones ofrecidos para glorificarte
nos obtengan de ti la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Proclamaré todas tus maravillas; quiero alegrarme y regocijarme en ti
y cantar himnos a tu nombre, Altísimo.
(Cf. Sal 9, 2-3)

O bien:
Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios,
el que tenía que venir al mundo.
(Jn 11, 27)

Oración post-comunión
Concédenos, Dios todopoderoso,
alcanzar un día la salvación eterna,
cuyas primicias nos has entregado
en estos sacramentos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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