Miércoles X Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 R 18, 20-39: Que sepa este pueblo que tú eres el Dios verdadero, y que tú les cambiarás el corazón
- Salmo: Sal 15, 1-2a. 4. 5 y 8. 11: Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti
+ Evangelio: Mt 5, 17-19: No he venido a abolir, sino a dar plenitud




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Reyes,18,20-39: Que sepa esta gente que Tú eres el Dios verdadero y que Tú les cambiarás el corazón. Elías refuta a los sacerdotes de Baal..

La enseñanza de todo este relato la encontramos en el salmo responsorial (Salmo 15), que manifiesta una total opción por Yahvé, dejando a un lado, abatidos y humillados, a todos los baales que se puedan presentar al hombre. Elías hizo su sacrificio y Dios lo aceptó y mostró la falsedad de los que adoran ídolos inertes.

–Sin un Dios vivo, eterno, trascendente, Dios de Amor y de Fidelidad que llama al hombre a la existencia y le promete una vida sin término, no tiene sentido la vida ni la historia de los hombres. Con Dios, en cambio, la vida adquiere un sentido, porque queda abierta a la trascendencia y a la esperanza, aun después de la muerte. Esta intuición mística con la que el Salmo 15 termina, ya está como en semilla, cuando el salmista reflexiona sobre la fría realidad de lo que es un mundo sin Dios: «Multiplican estatuas de dioses extraños...» Pero, todo son obra de sus manos que morirán con ellos y no podrán salvarlos de nada, porque nada son...

Los ídolos modernos son distintos; pero todos tienen de común que son creaciones humanas... Son incapaces de abrir un horizonte de esperanza en un más allá sin término, que responda a las íntimas e innatas aspiraciones de la humanidad. Si no hay un Dios Creador de todo, ¿quién podrá hablar de fraternidad, o de sacrificios por el pobre, el oprimido, el marginado? Sólo Dios puede inspirar esos sentimientos de fraternidad. Él es el Padre de todos. Todos somos sus hijos y hermanos unos con otros.

Mateo 5,17-19: No he venido a abolir, sino a dar plenitud. La ley llegó a su más pleno desarrollo en la interpretación y culminación que le dio Cristo. San Juan Crisóstomo explica que Él cumplió la Ley y la llevó a su perfección:

«¿Y cómo no destruyó Cristo la ley y cómo cumplió a par de los profetas? Los profetas ante todo, porque con sus obras confirmó cuanto aquéllos habían dicho de Él... En todo se cumplió alguna profecía. Todo lo cual hubiera quedado incumplido si Él no hubiera venido. En cuanto a la ley, no la cumplió de una sola manera, sino de dos, y hasta de tres maneras. Primero, por no haber traspasado ninguno de sus preceptos. Así, que los cumplió todos, oye cómo lo dice a Juan: «de este modo nos conviene cumplir toda justicia» (Mt 3,15). Y a los judíos les decía: «¿Quién de vosotros me convencerá de pecado?» (Jn 8,40). Y otra vez a sus discípulos: «Viene el príncipe de este mundo y nada tiene que ver conmigo» (ib. 14,30). Y de antiguo había dicho el profeta: «Él no cometió pecado» (Is 53,9). He ahí el primer modo como cumplió el Señor la ley. El segundo fue haberla cumplido por nosotros. Porque ahí está la maravilla, que no sólo la cumplió Él, sino que nos concedió también a nosotros gracia para cumplirla. Es lo que Pablo declaró cuando dijo: «el fin de la ley es Cristo, para justicia de todo creyente» (Rom 10,4)... Mas si lo examinamos con diligencia, aun hallaremos un tercer modo como Cristo cumplió la ley. ¿Qué modo es éste? La misma ley suya que estaba ahora por proclamar. Porque lo que Él dice no es derogación, sino su perfección y complemento» (Homilía 16 sobre San Mateo 2 y 3).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 20-23

1. I Reyes 18,20-39

a) Es una escena de película la que leemos hoy en el libro de los Reyes, con Elías luchando en solitario contra 450 sacerdotes del falso dios Baal. Estos sacerdotes se sentían apoyados por Jezabel, fenicia, adoradora de Baal, y a su vez apoyaban a la reina y al rey en todos sus caprichos y fechorías.

Elías, auténtico «campeón de la causa de Dios», lanza un atrevido reto a todos y provoca, con una escenificación espectacular y un lenguaje de mordaz ironía, el triunfo clamoroso de Yahvé.

Lo principal es la llamada al pueblo para que abandone la idolatría y se decida: «¿hasta cuándo vais a caminar con muletas?; si el Señor es el verdadera Dios, seguidlo; si lo es Baal, seguid a Baal». Parece que su acción tuvo buen resultado, porque, al final, todos exclamaron: «¡el Señor es el Dios verdadero!». Aunque la conversión no duraría mucho.

b) Este estilo de Elías no es el de Jesús. Lo que hizo el profeta es «tentar a Dios», cosa que Jesús desautoriza expresamente. A Jesús no le gustó que sus discípulos quisieran hacer bajar fuego del cielo porque en un pueblo no les habían recibido. No aprobó que Pedro sacara su espada para defenderle. (El viernes escucharemos cómo Dios le dio a Elías una buena lección sobre su carácter).

Jesús actuaba mucho más suavemente, por persuasión. Y dio a su Iglesia el encargo de ser como el fermento oculto que actúa desde su sencillez. O como la semilla que fructifica silenciosamente en el seno de la tierra.

Así debe ser el estilo de nuestro testimonio en medio del mundo: valiente, pero no espectacular; decidido, pero no provocativo; lúcido contra los Baales de nuestro tiempo, pero sin escenificaciones teatrales y triunfalistas. El estilo humilde y eficaz de la sal que da gusto, de la luz que alumbra.

Además, apliquémonos nosotros mismos y transmitamos a los demás el serio aviso de Ellas: no debemos «ir con muletas», o sea, jugar con dos cartas, encendiendo una vela a Dios y otra al diablo, oscilando entre el Dios verdadero y los falsos dioses que nos fabricamos o que aceptamos del ambiente que nos rodea. Hemos hecho la opción por Cristo Jesús y se tiene que notar en nuestra coherencia de vida. No podemos servir a dos señores.

No queremos ser como aquellos de que habla el salmo de hoy, los que «multiplican las estatuas de dioses extraños». Más bien, de los que pueden afirmar: «yo digo al Señor, tú eres mi bien... el Señor es el lote de mi heredad y mi copa, con él a mi derecha no vacilaré».

2. Mateo 5,17-19

a) Jesús, en el sermón de la montaña, compara el AT con el NT: un tema que no resultaba nada fácil para los primeros cristianos.

Jesús criticó repetidas veces las interpretaciones que se hacían de la ley de Moisés, pero no la desautorizó, sino que la cumplió e invitó a cumplirla, porque, durante siglos, había sido, para el pueblo elegido, la concretización de la voluntad de Dios.

No ha venido a abolir el AT, sino a perfeccionarlo, a llevarlo a su plenitud. Pondrá, sucesivamente, varios ejemplos (referentes a la caridad fraterna, la fidelidad conyugal, la claridad de la verdad). Siempre en la línea de una interiorización vivencial, sin conformarse con el mero cumplimiento exterior.

b) El AT no está derogado. Está perfeccionado por Jesús y su evangelio.

Los mandamientos de Moisés siguen siendo válidos. La Pascua de Israel ya fue salvación liberadora, aunque tiene su pleno cumplimiento en la Pascua de Cristo y en la nuestra. La Alianza del Sinaí (Juan Pablo II la llamó «la nunca derogada primera Alianza») ya era sacramento de salvación, pero ahora ha recibido su plenitud en el sacrificio pascual de Cristo en la cruz y en su celebración memorial de la Eucaristía. Lo mismo podemos decir de los sacrificios y del sacerdocio y del Templo y del Pueblo elegido de Dios: en el NT llegan a su realización definitiva en Cristo y su Iglesia.

Seguimos leyendo con interés el AT, como palabra eficaz de Dios e historia de salvación, como diálogo vivo entre la fidelidad de Dios y la manifiesta infidelidad de su pueblo. En algunos aspectos -el sábado, la circuncisión, el Templo, los sacrificios de corderos- la nueva comunidad de Jesús se ha distanciado de la ley antigua. Pero, en la mayoría de sus elementos, sigue consciente de la gracia salvadora de Dios que ya empezó entonces y continúa ahora: basta recordar cómo seguimos rezando los salmos del AT. Eso sí, conscientes de que Jesús ha llevado a su perfección todo lo que se nos dice en el AT, como lo ha hecho en este sermón de la montaña con el novedoso programa de sus bienaventuranzas. No nos lo ha hecho más fácil, sino más profundo e interior.

«Nuestra capacidad nos viene de Dios» (1ª lectura I)
«¿Hasta cuándo vais a caminar con muletas?» (1ª lectura II)
«Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia» (salmo II)
«Quien cumpla y enseñe estos preceptos será grande en el Reino de los Cielos» (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 9-17 Años Pares). , Vol. 6, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 18,20-39

La sequía continuaba -estamos ya en el «tercer año» (1 Re 18,1)- y Elías se encuentra escondido para huir del exterminio de los profetas de YHWH, o sea, de los más fervientes seguidores del yahvismo, llevado a cabo por Jezabel. Elías desvía contra el rey Ajab la acusación de introducir el desorden en Israel e invoca el «juicio de Dios», desafiando a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal en el monte Carmelo, donde había un venerado altar de YHWH destruido por orden de Jezabel.

El griterío para invocar al dios de Tiro y la puesta en trance de sus profetas hasta el paroxismo no consiguieron obtener el milagro, que sí se produjo, sin embargo, a la hora en la que los israelitas ofrecían el sacrificio vespertino. Al reconocimiento del verdadero Dios le sigue la venganza en la persona de los falsos profetas (v 40, omitido en el texto litúrgico).

Evangelio: Mateo 5,17-19

Después de haberse referido a su propia enseñanza, Cristo toma posición respecto a la enseñanza tradicional e introduce, de un modo solemne y con autoridad, su propia enseñanza con el «amén» («Pero yo...»), que significa: «Es verdadero, es digno de fe» lo que os voy a decir. Esta expresión es un motivo que se repite en el sermón del monte (5,18.26; 6,2.5.16). «Jesús anunció, en un primer momento, todas las bienaventuranzas, con el fin de allanar y preparar el ánimo de sus oyentes y hacerlo así más dispuesto y sensible para recibir toda la nueva ley» (Juan Crisóstomo). La Ley y los profetas eran toda la Escritura (eran, en efecto, las dos fuentes de las que bebía la liturgia sinagogal; podríamos citar Jn 6.31.45 con el doble envío al Exodo y a Isaías). Jesús, antes de sintetizar su enseñanza en una frase lapidaria y programática (Mt 7,12), precisa su actitud y la de sus discípulos respecto a la Ley antigua. No se trata de abolir (término que, en Mt 24,2; 26,61, se aplica al templo; la Ley y el templo tienen su cumplimiento y, por consiguiente, su consumación en Cristo), sino de llevar a la plenitud de su perfección, como señala repetidamente el evangelista (Mt 1,22; 2,15.17; 3,15; 4,14, etc.). Se puede decir que todo el sermón del monte constituye la ejemplificación de este axioma. Sin embargo, dado su carácter «provocador», se acusará a Cristo de pretender destruir la Ley y los profetas (variante de Lc 23,2).

El Maestro se opone a una visión formal y legalista del cumplimiento de los preceptos de Moisés, recordando la importancia que tiene la intención. La actitud interior es equiparada a la acción exterior. La intención cualifica a la acción, y ésta da cuerpo a la intención. Así pues, el Maestro apunta a la interiorización de los preceptos, hasta el punto que el cumplimiento de la voluntad divina deberá superar el practicado por los escribas y los fariseos (v. 20, que la liturgia ha situado en la lectura siguiente). Refiriéndose a los escribas, Cristo actualiza la enseñanza de los padres recogiendo su alcance profundo (5,21-48). En cuanto a los fariseos, condena la no autenticidad de su conducta religiosa, lanzando una vigorosa llamada a la interioridad (6,1-18).

MEDITATIO

En la ley divina «hasta las cosas consideradas como menos importantes están colmadas de misterios espirituales y todas se encuentran recapituladas en el evangelio» (Jerónimo). Por consiguiente, Cristo «ha cumplido con la doctrina, y con el ejemplo ha llevado a cabo la verdad interior» de la Ley antigua (Ruperto de Deutz).

Al meditar las enseñanzas del Señor, me detengo antes que nada en la autoridad con la que fueron pronunciadas. Tomo conciencia de cómo nos urge Cristo para que interioricemos la Ley y cómo considera la conciencia como medida de la moralidad y, en consecuencia, la convierte en una bienaventuranza: «Al ver a uno trabajando en sábado, le dijo: Amigo, dichoso tú, si sabes lo que haces...» (variante de Lc 6,5). Me pregunto, por tanto, si vivo de manera consciente el instante presente.

ORATIO

Señor, «todas las obras de justicia» realizadas por mí «son como un trapo inmundo» (cf. Is 64,5) a causa de los fines segundos que las inspiran. Las hacen impuras el orgullo, la hipocresía, el cálculo, el interés.

Me reconozco incapaz de ser un fiel cumplidor en las cosas grandes, porque olvido y minimizo las pequeñas. Libérame de la tentación farisaica de contar con mi justicia o de querer parecer justo a los ojos de los hombres y concédeme conseguir tu justicia.

CONTEMPLATIO

Ahora bien, me preguntaréis vosotros, ¿de qué modo no abrogó Cristo la Ley? ¿De qué modo dio cumplimiento a la Ley y a los profetas? Por lo que se refiere a los profetas, confirmó con sus obras todo cuanto éstos habían predicho sobre él; por eso dice siempre el evangelista: «A fin de que se cumpliera todo lo que habían dicho los profetas». Cuando nació, cuando los niños le cantaron un himno maravilloso, cuando se montó en una burra, y en una infinidad de circunstancias, cumplió las profecías, unas profecías que nunca se hubieran cumplido si él no hubiera venido al mundo.

Por lo que se refiere, sin embargo, a la Ley, la cumple antes que nada porque no transgredió ninguno de los preceptos legales. Sus palabras, recogidas por Juan, atestiguan, en efecto, que los cumplió todos: «Es conveniente que cumplamos así con toda justicia»; dijo también a los judíos: «¿Quién de vosotros podrá acusarme de pecado?», y, por último, a los discípulos: «Se acerca el príncipe de este mundo. Y aunque no tiene ningún poder sobre mí». El profeta ya había previsto esto cuando dijo: «No cometió pecado».

[Por otra parte, cumplió la Ley] mediante los preceptos que iba a dar. En efecto, nada de cuanto dice Jesucristo en el evangelio tiene que ver en absoluto con abrogar, sino más bien con extender y completar la Ley antigua (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, 16, 2).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que se cumpla todo».

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Pero los únicos que pueden tener esa justicia mejor [que la de los escribas y los fariseos; cf. 2.20] son aquellos a quienes Cristo habla, los que él ha llamado. La condición de esta justicia mejor es el llamamiento de Cristo, es Cristo mismo. Resulta así comprensible que Jesús, en este momento del sermón del monte, hable por primera vez de sí mismo. Entre la justicia mejor y los discípulos, a los que se la exige, se encuentra él. Ha venido para cumplir la Ley de la antigua alianza. Este es el presupuesto de todo lo demás; Jesús da a conocer su unión plena con la voluntad de Dios en el Antiguo Testamento, en la Ley y los profetas. De hecho, no tiene nada que añadir a los preceptos de Dios; los guarda, y esto es lo único que añade. Dice de sí mismo que cumple la Ley. Y es verdad. La cumple hasta lo más mínimo. Y al cumplirla, se «consuma todo» lo que ha de suceder para el cumplimiento de la Ley [...]. La justicia de Ios discípulos es justicia bajo la cruz. Es la justicia de los pobres, de Ios combatidos, hambrientos, mansos, pacíficos, perseguidos por amor a Cristo; la justicia visible de los que son luz del mundo y ciudad sobre el monte, por la llamada de Cristo. Si la justicia de los discípulos es «mejor» que la de los fariseos se debe a que sólo se apoya en la comunidad de aquel que ha cumplido la Ley; la justicia de Ios discípulos es auténtica justicia porque ahora cumplen la voluntad de Dios observando la Ley (Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, Sígueme, Salamanca 51999, pp. 76-79).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida: ¿quién me hará temblar?
Ellos, mis enemigos y adversarios, tropiezan y caen.
(Sal 26, 1-2)

Oración colecta
Oh Dios, fuente de todo bien,
escucha sin cesar nuestras súplicas,
y concédenos, inspirados por ti,
pensar lo que es recto
y cumplirlo con tu ayuda.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Mira complacido, Señor,
nuestro humilde servicio,
para que esta ofrenda te sea agradable
y nos haga crecer en el amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador; Dios mío, peña mía.
(Sal 17,3)
O bien:
Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
(1 Jn 4, 16)

Oración post-comunión
Padre de misericordia,
que la fuerza curativa de tu Espíritu
en este sacramento
sane nuestras maldades
y nos conduzca por el camino del bien.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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