Lunes XIII Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Am 2, 6-10. 13-16: Oprimen contra el polvo la cabeza de los míseros
- Salmo: Sal 49, 16bc-17. 18-19. 20-21. 22-23: Atención, los que olvidáis a Dios
+ Evangelio: Mt 8, 18-22: Sígueme




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Amós 2,6-10.13-16: Oprimen contra el polvo la cabeza de los míseros. Dios denuncia las injusticias y las prácticas vergonzosas a que se entregan los israelitas. Tales pecados serán castigados con severidad, pues la infidelidad del pueblo, que tantos beneficios ha recibido de Dios, es inmensa.

A lo largo de la historia de la salvación la fidelidad de Dios se revela inmutable, frente a la constante infidelidad del hombre hasta que Cristo, testigo fiel de la verdad (Jn 18,37; Ap 3,4) comunica a los hombres la gracia de que está lleno (Jn 1,14-16) y los hace capaces de merecer la corona de la vida imitando su fidelidad hasta la muerte (Ap 2,10).

–El Salmo 49 es un eco de la lectura anterior: «atención los que olvidáis a Dios». De suyo este salmo es una invectiva contra el formulismo del culto judío y la hipocresía del pueblo. Fue tomado por Cristo con términos fuertes y decisivos, sobre todo contra las actitudes de los fariseos y jefes espirituales del pueblo (cf. Mt 15,1-20. 23):

 «¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos? Cuando ves un ladrón, corres con él, te mezclas con los adúlteros; sueltas tu lengua para el mal, tu boca urde el engaño. Te sientas a hablar contra tu hermano, deshonras al hijo de tu madre; esto haces, ¿y me voy a callar? ¿crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara. Atención los que olvidáis a Dios, no sea que os destroce sin remedio; el que me ofrece acción de gracias ése me honra; al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios».

Mateo 8,18-22: Sígueme. San Jerónimo comenta la exigencia de Jesús:

«Jesús propone duras exigencias a quienes quieren caminar en pos de Él; seguirle supone compartir su vida de profeta que carece de morada; supone asimismo renunciar aún los deberes de piedad filial, por servicio al Reino. La llamada del Señor debe tener una correspondencia pronta, sin dilaciones, ni aun por motivos familiares. La disponibilidad ha de ser sin condiciones. Él tiene unos planes más altos para el discípulos y para los que aparentemente saldrían perjudicados.

«Ha dispuesto las cosas para que resulten buenas para todos. Cuando Dios llama ése es el momento más oportuno, aunque aparentemente, miradas las cosas con ojos humanos, puedan existir motivos que dilaten la entrega. Tan pronto como el Hijo de Dios entró en la tierra, se instituyó para sí una nueva familia, para que quien era adorado por los ángeles en el cielo tuviera también ángeles sobre la tierra.

«Entonces la casta Judit cortó la cabeza de Holofernes; entonces Amán, que significa iniquidad, quedó abrasado en su propio fuego; entonces Santiago y Juan, dejando padre, redes y navecilla, siguieron al Salvador, abandonando a la vez los vínculos de la sangre, las ataduras del siglo y la solicitud de la familia. Entonces se oyó por vez primera: «el que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). Porque no hay soldado que marche a combatir con su esposa. A un discípulo que deseaba ir a dar sepultura a su padre no se lo consiente el Señor. Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8,20). Eso para que no te contriste si tu morada es algo estrecha» (Carta 22,21, a Eustoquia).

San Juan Crisóstomo dice:

«Ni siquiera pidió al Señor que le permitiera ir a su casa y dar la noticia a los suyos, por lo demás tampoco lo hicieron los pescadores. Estos dejaron las redes, la barca y padre, y Mateo su oficio de alcabalero y su negocio, para seguir al Señor» (Homilía 30 sobre San Mateo).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

El Tiempo Pascual Día tras Día. , Vol. 3, CPL, Barcelona, 1999
pp. 88-92

1. Amós 2,6-10.13-16

Durante ocho semanas vamos a escuchar la voz de los profetas. Después de haber seguido, en los Libros de los Reyes, la agitada historia de Israel entre los siglos IX-VI antes de Cristo, ahora interpretamos esta misma historia, antes y durante el destierro a Babilonia, guiados por los profetas.

Dios ayudaba a su pueblo a recordar la Alianza que habían sellado con él. Los profetas de esta época -Amós, Oseas, Isaías, Miqueas, Jeremías, Ezequiel-, harán oír sus avisos y reproches, y también sus palabras de ánimo, para que el pueblo elegido sea, de verdad, modelo y faro de luz para todos los demás.

Esta semana vamos a leer al primero de estos profetas, Amós. Era un campesino, cultivador de higos, que vivía en Técoa, cerca de Belén, en el reino del Sur, Judea, pero que, no sabemos por qué, emigró al reino del Norte, o sea, a Samaria, y allí le alcanzó la llamada de Dios y se convirtió en profeta, portavoz de Dios, en tiempos del rey Jeroboam II, en el siglo VIII antes de Cristo.

a) La primera página que leemos es una denuncia muy directa de los pecados de Israel y de sus clases dirigentes.

Se han olvidado de los continuos favores que les ha hecho Dios al sacarles de Egipto y defenderles de sus enemigos. Se han olvidado de la Alianza. Sobre todo, faltan a la justicia social: «venden al justo por dinero», la vida de un pobre vale menos que «un par de sandalias», oprimen y explotan a los débiles, no devuelven lo prestado...

Con un lenguaje directo, propio del hombre de campo que es, Amós echa en cara a los dirigentes del pueblo su pecado y les amenaza de un modo muy expresivo: también ellos serán aplastados, como aplastan a los pobres, y no podrán escapar al juicio de Dios, por mucho que intenten correr.

2. Mateo 8,18-22

a) Dejando por un momento la narración de los milagros, leemos hoy un breve pasaje con unos relatos de vocación.

Primero es un letrado y, luego, uno que ya era discípulo. Jesús les hace ver a ambos que su seguimiento va a ser difícil y radical. Que él «no tiene dónde reclinar la cabeza», o sea, que no esperen ventajas materiales, porque Jesús sigue una vida de peregrino, de apóstol itinerante, desarraigado y pobre.

Al discípulo le dice que deje «que los muertos entierren a sus muertos» y le siga con prontitud y radicalidad.

b) Nuestro pecado no siempre es directamente contra Dios, de idolatría, por adorar a otros dioses. Muchas veces, va contra el prójimo, al que oprimimos, aprovechándonos de su debilidad.

Pero, según Amós, Dios se solidariza con los débiles y considera como hecho a él lo que hacemos a los demás. Jesús dirá claramente: «lo que hiciereis a uno de estos, lo hacéis conmigo... estaba enfermo y me visitasteis».

Es un aviso del que se hace eco el salmo. En misa entonamos cantos de alabanza a Dios y le hacemos genuflexión. Pero luego, durante el día, tal vez tratamos mal a nuestro hermano: «sueltas la lengua para el mal, tu boca urde el engaño; te sientas a hablar contra tu hermano: esto haces ¿y me voy a callar? Te acusaré, te lo echaré en cara».

No se trata sólo de las grandes injusticias sociales que hay en nuestra sociedad.

También entran en este mismo lote nuestras murmuraciones contra el hermano y nuestra falta de caridad. Tendríamos que hacer caso a los profetas que, también en nuestro tiempo, denuncian nuestras injusticias y nuestras desviaciones. Y a la Palabra de Dios que nos va iluminando para que confrontemos nuestros caminos con los de Dios.

b) A los que somos seguidores de Jesús, se nos recuerda que esto nos va a exigir desapego de los bienes materiales, incluso de nuestra familia. Que la fe cristiana no es fácil. Jesús no nos promete bienes materiales y éxitos según las medidas de este mundo. El mismo ha dejado su familia de Nazaret para dedicarse a su misión y camina por los pueblos, sin establecerse en ninguno. El evangelio de ayer concluía afirmando de Jesús que «tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades». Ése es su estilo y ése ha de ser el estilo de sus seguidores.

Jesús no nos está invitando a descuidar a los padres o a la familia. Tampoco, a que dejemos sin enterrar a los muertos. Sería inhumano y cruel. Con esas dos afirmaciones, tan paradójicas, está queriendo decir que su seguimiento es exigente, que pide decisión absoluta, que debemos estar dispuestos a ser peregrinos en la vida, desprendidos de todo, no instalados en nuestras comodidades.

Lo cual no sólo se cumple en los que abandonan la familia para hacerse religiosos o ser ministros en la comunidad o ir a los países de misión a evangelizar. Todo cristiano debe saber aplicar una justa jerarquía de valores a sus ideales. Seguir a Cristo y su evangelio supone, a veces, renunciar a otros valores más apetitosos según este mundo. Dentro de pocos días leeremos en el mismo evangelio de Mateo otra afirmación igualmente paradójica: «el que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37).

Se trata de seguir a Jesús con poco equipaje, con menos apego a otras cosas. Esto lo saben muy bien los estudiantes o los deportistas o los comerciantes que persiguen sus objetivos sacrificando otras cosas que les gustarían. Y lo saben también quienes renuncian a su comodidad para dedicar su tiempo al apostolado o a la catequesis o como voluntarios en acciones de asistencia a los más necesitados. Hay valores más profundos que los visibles de este mundo. Hay ideales por los que vale la pena sacrificarse. El seguimiento de Jesús va en esta línea de decisión generosa.

«Te sientas a hablar contra tu hermano: esto haces ¿y me voy a callar? Te acusaré, te lo echaré en cara» (salmo II)
«Maestro, te seguiré adonde vayas» (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 9-17 Años Pares). , Vol. 6, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Amós 2,6-10.13-16

Con el más típico procedimiento de la sabiduría, es decir, mediante la sucesión numérica progresiva del tres y el cuatro, que sirve para indicar la medida colmada del delito, aparece solemnemente en Amós el «juicio contra la nación» de Israel. Un procedimiento que tuvo gran fortuna en la literatura profética posterior. Aquí, a la denuncia del pecado le sigue el recuerdo de los beneficios divinos y, por último, la amenaza del castigo. El pecado constituye la alteración de las relaciones de justicia y de respeto entre los hombres, la sustitución de las personas por cosas, la opresión del pobre, la pérdida de la dignidad en las relaciones. La profecía no puede dejar de recordar todo lo que Dios había garantizado a Israel, dándole este último la espalda. Ahora llama Dios la atención sobre la vanidad del cierre de Israel; nadie podrá resistir por sus propios méritos si se ha sustraído a la relación con Dios, una relación que se afianzará en el día establecido.

La petición de perdón por la infidelidad del pueblo atraviesa la denuncia del salmo conexo, que se cierra aludiendo a la feliz relación entre Dios (que muestra la salvación) y el hombre que honra a Dios (caminando por el camino recto).

Evangelio: Mateo 8,18-22

El pasaje del evangelio de hoy se abre con la orden de Jesús de «que lo llevaran a la otra orilla». Sin embargo, la ejecución de la orden está interrumpida por dos episodios que faltan en el evangelio de Marcos y que están colocados en otro lugar en el de Lucas. Ambos ilustran las condiciones requeridas para seguir a Jesús, las exigencias de la fe. La posibilidad del seguimiento debe asumir el sufrimiento, las adversidades y la pasión como paso obligado. La frase «las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» está construida siguiendo el uso oriental de hacer seguir una imagen negativa a dos positivas: el término «Hijo del hombre», que tampoco tiene un significado unívoco, indica aquí la precariedad de Jesús, su carecer de casa y de raíces, de referencia y de refugio. La contraposición entre Jesús y los «muertos» expresa de manera adecuada la ruptura que «el que vive» inserta en la trama de la experiencia del hombre.

Aquel que es la «Vida» indica el «Camino». No tener dónde reclinar la cabeza (para dormir o para morir) es la condición para restituir su verdad a la vida.

MEDITATIO

Profeta es quien deja un nuevo espacio a la Palabra de Dios, quien permite que Dios pueda volver a hablar, hacerse oír aún, llegar a ser de nuevo significativo. Esta palabra, que es palabra de libertad y de amor, es también, por necesidad, una palabra exigente. Puesto que el hombre olvida los beneficios de Dios, su liberación, los cuidados que le ha dispensado, y prefiere celebrar el odio, la injusticia, el abuso. Ante a la declaración: «Yo os saqué de Egipto», los hombres oscilan entre dos excesos: «Antes estábamos mejor», o bien: «Siempre hemos sido libres».

La infidelidad a la libertad recibida como don se parece mucho a la facilidad (casi a la manera «facilona») con que se piensa la posibilidad de la fidelidad. Seguir a nuestro Maestro por donde vaya -como pretendía el maestro de la Ley- significa alcanzar arduamente lo que se requiere para el Reino de Dios. Ahora bien, ese empeño, ofrecido de manera gratuita y asumido de manera responsable, es la libertad de la fe, la gratuidad de la obediencia, la resurrección a través de la cruz.

ORATIO

Oh Dios, que has liberado a tu pueblo y le has dado el gusto de la libertad, tú eres eterno porque nunca nos falta tu amor fiel. En el Espíritu de tu Hijo unigénito, Jesús, que nació, vivió y murió por nosotros, sancionaste tu fidelidad no sólo para todos los tiempos y para todos los hombres, sino que tomaste también sobre ti el compromiso de tu indefectible compañía en el trabajo de nuestra respuesta, haciendo ligera nuestra carga.

Oh Señor, tu gracia nos sorprende, esa gracia unida a la respuesta obediente de tu siervo Jesús, que, en el Espíritu, ha sido otorgada a todo cristiano: ambas, unidas, iluminan la oscuridad de nuestra infidelidad, convierten las angustias de nuestra insensibilidad y nos ponen tras los pasos del Resucitado, con el justo desprendimiento de todo aquello que ha podido distraernos de su seguimiento.

CONTEMPLATIO

¡Ea!, pues, Señor Dios mío, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte. Señor, si tú no estás aquí, ¿dónde te buscaré ausente? Si estás en todas partes, ¿por qué nunca te veo presente? [...]. Mira, Señor, escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Vuelve a darte a nosotros para que estemos bien: sin ti estamos muy mal. Ten piedad de nuestras fatigas, de nuestros esfuerzos para contigo: sin ti no valemos nada.

Enséñame a buscarte y muéstrate cuando te busco: no puedo buscarte si tú no me enseñas, ni encontrarte si tú no te muestras. Que yo te busque deseándote y te desee buscándote, que te encuentre amándote y te ame encontrándote (Anselmo de Canterbury, Proslogion, 1).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20b).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Cómo podría llegar a darse cuenta el hombre del mal y cómo podría llegar a tomar en serio, con toda su gravedad, su pecado y el de los demás, por muy claro que pueda estar ante sus ojos? [...]. La respuesta está en la cruz. El peso del pecado, la atrocidad de la corrupción humana, la profundidad del abismo en que va a precipitarse el hombre que hace el mal, pueden medirse por el hecho de que el amor de Dios ha podido y querido responder al pecado, superarlo y eliminarlo, y salvar así al hombre, sólo entregándose a sí mismo en Jesucristo, sacrificándose para ejecutar el juicio sobre el hombre haciéndose juzgar en su lugar y dejando que muera en su persona el hombre viejo del pecado.

Sólo cuando se ha comprendido esto, es decir, cuando se ha comprendido que Dios nos ha reconciliado consigo al precio de sí mismo, en la persona del Hijo, sólo entonces deja de haber lugar para la confortable ligereza que quisiera ver nuestra maldad limitada por nuestra bondad (K. Barth, Dogmatica ecclesiale, Bolonia 1980, pp. 140ss).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo.
(Sal 46, 2)

Oración colecta
Padre de bondad,
que por la gracia de la adopción
nos has hecho hijos de la luz;
concédenos vivir fuera de las tinieblas del error
y permanecer siempre en el esplendor de la verdad.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Oh Dios, que obras con poder en tus sacramentos,
concédenos que nuestro servicio
sea digno de estos dones sagrados.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre.
(Sal 102, 1)

O bien:
Padre, por ellos ruego; para que todos sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado -dice el Señor-.
(Jn 17, 20-21)

Oración post-comunión
La víctima eucarística
que hemos ofrecido y recibido en comunión,
nos vivifique, Señor,
para que, unidos a ti, en caridad perpetua,
demos frutos que siempre permanezcan.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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