Martes XIV Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Gn 32, 22-32: Te llamarás Israel, porque has luchado con dioses y has podido
- Salmo: Sal 16, 1. 2-3. 6-7. 8 y 15: Con mi apelación, Señor, vengo a tu presencia
+ Evangelio: Mt 9, 32-38: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Génesis 32,22-32: Te llamaré Israel, porque has luchado conmigo y me has podido. Un acontecimiento misterioso da lugar a la explicación del nombre de Israel impuesto a Jacob; éste hubo de luchar con el Desconocido para obtener de Él la bendición. La tradición cristiana ha creído ver en ello el símbolo del combate espiritual y del poder de la oración. Explica San Agustín:

«Jacob prevaleció sobre él. Y, con todo, el mismo que luchaba, Jacob, era conocedor del misterio. Un hombre prevaleció en la lucha sobre un ángel, y al decirle éste: «Déjame», el que había prevalecido le respondió: «No te dejaré si no me bendices». ¡Oh gran misterio! El vencido bendice, habiendo sufrido quien libera; entonces tuvo lugar la bendición plena... No te llamarás Jacob, sino Israel. La imposición de nombre tan sublime es grande bendición. Israel se traduce por el que ve a Dios, nombre para uno solo y premio para todos. Para todos, pues todos los fieles y los bendecidos tanto judíos como griegos. En efecto, el Apóstol llama griegos a todos los gentiles, porque entre los gentiles destaca la lengua griega (Rom 2,10. 8-9)... Bien para los judíos buenos y mal para los malos; bien para los gentiles buenos y mal para los malos» (Sermón 229,F,2).

–Con el Salmo 16 proclamamos: «con mi apelación, Señor, vengo a tu presencia». Una conciencia tranquila puede mirar con serenidad los momentos difíciles de una persecución injusta, si los mira desde las alturas de los juicios de Dios. Y puede mantener la presencia de ánimo para no amilanarse ante la injusticia de un juicio humano, que nada pesa en la balanza de su fe. Esta serenidad, que es propia de los grandes hombres, es la atmósfera que debería respirar todo creyente. Muchas veces no queda otro recurso humano, sino el sufrimiento magnánimo con la mirada puesta en Dios con gran fe. Siempre, en todo caso, lo que ha de contar para el cristiano es estar convencido de que Dios es preferible al mundo entero y que la suprema felicidad consiste en vivir en íntima unión con Él, con la esperanza viva del gran momento en el que se abrirán los ojos, después de la existencia terrena, para quedar saciado en la contemplación de su gloria.

Mateo 9,32-38: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos. Dos nuevas curaciones acrecientan aún más la fama de Cristo y manifiestan su compasión por una gran muchedumbre sin rumbo, como ovejas sin pastor. San Juan Crisóstomo comenta:

«Mirad una vez más cuán ajeno es el Señor a la vanagloria, pues para no atraerlos a Él a todos en pos de sí, envió a sus discípulos. Aunque no es ésa la única razón por la que los envía. Él quiere que se ejerciten en Palestina, como en una palestra, y así se preparen para sus combates por todo lo ancho de la tierra. De ahí que cada vez les va ofreciendo más ancho campo a sus combates en cuanto su virtud lo permita, con el fin de que luego se les hicieran más fáciles los que les esperaban... No os envío –parece decirles– a sembrar, sino a segar... Al hablarles así quería el Señor reprimir su orgullo a par de infundirles confianza, pues les hacía ver que el trabajo mayor estaba ya hecho.

«Pero mirad también aquí cómo el Señor empieza por su propio amor y no por recompensa de ninguna clase: porque se compadeció de las muchedumbres... Con estas palabras apuntaba a los príncipes de los judíos; pues habiendo de ser los pastores, se mostraban lobos. Porque no sólo no corregían a la muchedumbre, sino que ellos eran el mayor obstáculo a su adelantamiento» (Homilía 32,2, sobre San Mateo).

Cristo nos da la solución de todo apostolado: «rogad al Señor de la mies que envíe operarios a su mies». Esto es siempre necesario en la Iglesia y en el mundo entero. El poder de la oración es grande en toda labor apostólica. Recordemos a San Francisco Javier o a Santa Teresa del Niño Jesús.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 118-122

1. Génesis 32,22-32

a) Leemos hoy otro episodio misterioso de la historia de Jacob, su lucha contra una persona que parece hombre, pero que no se sabe, por el relato, si es un espíritu, un ángel o el mismo Dios.

Esta vez, el viaje de Jacob es de vuelta. Han pasado bastantes años -unos veinte- de la visión de la escala. Viene de Mesopotamia, donde se había refugiado, y vuelve a su tierra de origen, Canaán, con sus dos mujeres (Lía y Raquel) y sus once hijos. Viene con miedo a las iras de su hermano Esaú, que no le perdona la trampa con la que le privó de sus derechos.

En esta circunstancia es cuando, durante la noche, le sucede la misteriosa lucha con el desconocido, en la que parece que Jacob queda victorioso, pero tocado en la articulación de su muslo y, por tanto, cojo. El lugar donde ha sucedido esto se llama «Penuel», que significa «he visto a Dios cara a cara».

De nuevo se legitima la elección de Jacob por parte de Dios, y también se justifica que ese lugar sea considerado después como sagrado.

b) Nuestros encuentros con Dios son misteriosos. A veces son pacíficos, como el de Jacob cuando la escala y los ángeles. Otras, más turbulentos, como éste de la lucha nocturna, pero que también termina en una bendición.

Parece que Jacob pasa por una crisis importante. Ha decidido volver a su tierra, pero tiene miedo de su hermano. Muchas veces nos toca sufrir, pronto o tarde, las consecuencias de nuestros fallos y trampas, y experimentamos en nuestra vida lo mismo que Jacob: que era de noche y «se quedó solo», a pesar de que llevaba tantas personas en su compañía.

Nuestra relación con Dios puede ser de forcejeo y combate. Ya nos dijo Jesús que «el Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mt 11,12). Seguir a Cristo supone a menudo renuncias y valentía. Él también tuvo que luchar y venció en el gran combate de la redención de la humanidad. Ahora nos hace partícipes de esa victoria, dándonos fuerzas en nuestras luchas de cada día.

De noche, y solos, y en lucha. Nuestra vida: un camino con frecuencia nada fácil. Pero, como Jacob, eso nos ayuda a renovar la orientación de nuestras vidas, apoyados en Dios. En él se dio una transformación: de llamarse Jacob («el usurpador»), pasó a ser Israel («fuerte con Dios», o «Dios es fuerte»). Las pruebas de la vida nos tendrían que transformar, haciéndonos madurar y ayudándonos a pasar de «tramposos y suplantadores» a personas «fuertes con la fuerza de Dios».

Pablo les dice a sus cristianos que «nuestra lucha no es contra los hombres, sino contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal» (Ef 6,12). Pero ¿no tenemos en la Eucaristía el mejor alimento y la fuerza más eficaz para esta lucha?

El salmo -que haremos bien en rezar pausadamente, hoy, por nuestra cuenta- nos dirige hacia esta súplica confiada: «Señor, vengo a tu presencia, escucha mi apelación, atiende a mis clamores... yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío... tú que salvas de los adversarios a quien se refugia a tu derecha... y al despertar me saciaré de tu semblante».

2. Mateo 9,32-38

a) Jesús cura a un mudo. Probablemente, un sordomudo, porque el término que emplea Mateo puede significar ambas cosas.

La reacción ante el gesto de Jesús es dispar. La gente sencilla queda admirada: «nunca se ha visto en Israel cosa igual». Pero los fariseos no quieren reconocer la evidencia: «este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios».

Jesús, además de su buen corazón, que siempre se compadece de los que sufren -él recorre pueblos y aldeas y se da cuenta de cómo sufre la gente-, está mostrando, para el que lo quiera ver, su dominio contra el mal y la muerte, su carácter mesiánico y divino.

La escena termina con un pasaje que introduce ya el capítulo que seguirá, el discurso «de la misión». Jesús se compadece de las personas que aparecen «extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor», y se dispone a movilizar a sus discípulos para que vayan por todas partes a difundir la buena noticia.

Pero lo primero que les dice no es que trabajen y que prediquen, sino que recen: «rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

b) También ahora el mundo necesita la buena noticia de Jesús.

¡Cuántas personas a nuestro alrededor están extenuadas, desorientadas, sordas a la Palabra más importante, la Palabra de Dios! Si saliéramos de nuestro mundo y «recorriéramos los caminos», nos daríamos cuenta, como Jesús, de las necesidades de la gente. ¿No se puede decir que «la mies es mucha» y que muchos están «como ovejas que no tienen pastor»? Es bueno recordar el comienzo de aquel documento tan famoso del Vaticano II, la «Gaudium et spes»: «El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo» (GS 1).

Ahora no va Jesús por los caminos. Pero vamos nosotros, y se escucha nuestra voz, la de la Iglesia. Todos estamos comprometidos en la evangelización, en que nuestros contemporáneos, jóvenes y mayores, oigan hablar de Jesús y se llenen de esperanza con su mensaje de salvación. Unos evangelizan desde su ministerio de responsables de la comunidad. Todos, desde su identidad de cristianos bautizados, «sacerdotes», o sea, mediadores de la palabra y de la alegría de Dios para con los demás.

Está bien que el primer consejo que nos da Jesús para el trabajo misionero sea la oración: «la mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Para que no nos creamos que todo depende de nuestros talentos o de las estructuras o de las instituciones. Es Dios el que salva, el que quiere que el mundo participe de su vida y de su alegría. Y es a él a quien debemos mirar, en primer lugar, los cristianos, en nuestra misión de anunciadores de la buena noticia.

Además, eso sí, pondremos todos los medios y energías para dar ese testimonio y hacer oír la voz de Dios en nuestros ambientes.

«Vengo a tu presencia, Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores» (salmo I)
«Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» (evangelio)

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