Lunes XV Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ex 1, 1-14. 22: Vamos a vencer a Israel, porque está siendo más fuerte y numeroso que nosotros
- Salmo: Sal 123, 1-3. 4-6. 7-8: Nuestro auxilio es el nombre del Señor
+ Evangelio: Mt 10, 34—11,1: No he venido a sembrar paz, sino espada




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Éxodo 1, 8-14.22: Vamos a vencer a Israel porque está siendo más fuerte y numeroso que nosotros. Los israelitas se ven reducidos a esclavos de los egipcios. Un pueblo es explotado por otro. Esto es suficiente para señalar el mal. Los pobres han tomado pronto conciencia de su inferioridad, han adoptado, bajo la dirección de uno de los suyos, medidas para salir de ella. Pero esto tiene un sentido religioso, porque en definitiva es Dios el que tiene la iniciativa de la liberación... Se verá más adelante. El hombre se rebela contra Dios en la misma liberación que Él determina hacer. Es increíble, pero así es de insensato el hombre pecador. Prefiere la misma esclavitud a la libertad que Dios le otorga. Así lo afirma San Jerónimo:

«En la etapa decimoséptima podemos darle el nombre de los ladrillos... En el Éxodo se lee de los ladrillos de Egipto y que el pueblo gemía cuando los fabricaba (Ex 1,14)... De todo ello aprendemos que, en el camino de la vida presente y en el continuo pasar de una cosa a otra, unas veces crecemos, otras retrocedemos, y después de haber ocupado una dignidad eclesiástica con frecuencia pasamos al trabajo de los ladrillos» (Carta 78,19, a Fabiola).

–Por eso cantamos en el Salmo 123: «Nuestro auxilio es el nombre del Señor», que es una afirmación llena de fe y de confianza en Dios. El cristiano puede tener la seguridad de que nunca está solo. Sobrellevando con entereza las pruebas de esta vida, que Dios permite para nuestra purificación y mayor mérito, podemos progresar rápidamente en la perfección cristiana. El Salmo da al cristiano una buena lección de fe y de humildad y le muestra la caducidad de la vida presente: «Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, que lo diga Israel, si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos asaltaban los hombres, nos habrían tragado vivos, tanto ardía su ira contra nosotros. Nos habrían arrollado las aguas, llegándonos el torrente hasta el cuello; nos habían llegado hasta el cuello las aguas espumantes. Bendito el Señor que no nos entregó en presa a sus dientes. Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador; la trampa se rompió y escapamos. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra».

Mateo 10, 34–11,1: No he venido a sembrar la paz, sino espadas. Cristo es una señal de contradicción para el mundo. O en favor de Cristo o en contra del mismo. Sus discípulos han de preferirlo a todo lo demás. «No anteponer nada al amor de Cristo», dice San Benito en su Regla.

Los enviados del Señor que le siguen con las rupturas necesarias y le acompañan llevando cada uno su propia cruz, reciben al final una promesa extraordinaria: todo lo que se haga a sus enviados es a Cristo a quien se hace. San Agustín ha comentado con frecuencia este pasaje:

«La justicia exige de ti lo que de ti obtuvo la impureza. Escuchasteis el Evangelio: «No vine a traer la paz a la tierra, sino la espada» (Mt 10,34). Dijo que iba a separar a los hijos de los padres. Pon tu mirada, pues, en aquella espada. ¿Quieres acaso servir a Dios y tu padre te lo prohíbe? Cuando amabas la impureza, corrías tras ella, aunque tu padre te lo prohibiese. Ahora la justicia te prohíbe seguir amándola; también aquí encontraste la prohibición de tu padre. Saca a relucir tu libertad, como entonces tu pasión. Entonces estabas dispuesto a ser desheredado con tal de no separarte de aquella impureza; estálo ahora también con tal de no separarte de la hermosura de la justicia. Es cosa grande y justa. ¿Quién hay que se atreva a decir: Es más merecedora de amor la impureza que la justicia?... Fijaos en aquella impureza y ved cuánto más exige de vosotros la piedad y la caridad, la hermosura de la justicia y la dulzura de la santificación» (Sermón 306,4).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 140-144

1. Éxodo 1,8-14.22

Empezamos a leer un nuevo libro, el Éxodo, el segundo de la Biblia después del Génesis. Cambiarnos de libro, pero seguimos con la historia del pueblo elegido. Lo habíamos dejado en Egipto, recién llegado bajo la protección de José, concluyendo así la era de los patriarcas.

Han pasado más de cuatrocientos años, según el texto, y va a empezar la historia de otro gran personaje, Moisés, que guiará al pueblo a la libertad y a la tierra prometida.

En este libro, y durante casi tres semanas, seguiremos el relato de la esclavitud de Israel, su liberación, su alianza con Dios y su marcha por el desierto hacia la tierra de Canaán, la que Dios había prometido a Abrahán. Es una historia que podría ser, sencillamente, la de un pueblo emigrante que decide volver a su tierra de origen: pero es una historia muy significativa para entender los planes de Dios, que lleva adelante su promesa a Abrahán.

También aquí, como en el Génesis, encontramos varias versiones de los acontecimientos, por ejemplo la «yahvista» y la «sacerdotal», que interpretan a su modo las tradiciones orales que debían conservarse en Israel respecto a la huida o la expulsión de Egipto y la llegada a Canaán. Lo más importante no es la localización geográfica o histórica de los diversos episodios, sino la intención religiosa del relato. Es un libro fundamental para entender la historia de Israel y, también, la nuestra: Dios libera a su pueblo, en la primera Pascua, que será para siempre la clave para entender la nueva Pascua de Cristo, que libera a toda la humanidad y reúne su nuevo Pueblo, que atraviesa en el Bautismo las aguas del Mar Rojo y entra en la tierra de la Nueva Alianza.

a) Los años no pasan en balde. Estamos en el siglo XIII antes de Cristo. El Faraón de turno -probablemente Ramsés II- ya no recuerda los favores que deben a José. Lo que sí ve es que este pueblo de emigrados va creciendo y que, con el tiempo, puede ser peligroso, si se les ocurre rebelarse o aliarse con otros enemigos.

Por otra parte, a los egipcios les interesa poder disponer de esa mano de obra tan abundante y barata. La opresión es de tipo laboral, pero para el pueblo judío es el prototipo de la esclavitud. Sobre todo, cuando se da la orden de eliminar a los niños que vayan naciendo, para contener el crecimiento del pueblo. Cuando ya se iba cumpliendo la promesa a Abrahán -una descendencia numerosa como las arenas de la playa- viene la decisión contraria del Faraón. Aunque las comadronas no obedecieron muchas veces esta cruel norma (un hermoso caso de «objeción de conciencia»).

Ahí es cuando empieza la historia de Moisés, que es también la historia de un Dios que ha decidido liberar a su pueblo. Entendemos por qué Israel canta con gratitud salmos como el de hoy: «Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, nos habrían tragado vivos... Bendito el Señor que no nos entregó en presa a sus dientes. Nuestro auxilio es el nombre del Señor».

b) Nosotros nos situamos, durante toda la lectura del Libro del Éxodo, en esta perspectiva: hemos sido liberados por el nuevo Moisés, Cristo Jesús. Con su muerte -su «éxodo»- nos ha hecho salir de la esclavitud y nos ha hecho miembros del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia.

Podemos rezar con pleno sentido: «si el Señor no hubiera estado de nuestra parte...».

Antes se apelaba al pueblo que vivió el primer éxodo: «que lo diga Israel ». Ahora somos nosotros los que podemos dar gozoso testimonio: «que lo diga el pueblo de los liberados por Cristo Jesús». ¿Tenemos experiencia de «liberados» por Cristo, de reconciliados por él, de salvados?

También podemos reflexionar desde otra perspectiva. Las situaciones de injusticia continúan a lo largo de la historia. Situaciones de opresión económica y humana.

Situaciones de genocidio en diferentes partes del mundo, de las que nos enteramos, día tras día, por los medios de comunicación, y no nos tendrían que dejar indiferentes.

A Dios le sigue doliendo el sufrimiento del pobre y del débil, y busca las personas para la liberación de los oprimidos. Lo mismo que entonces a Moisés, ahora nos encarga a nosotros -a los cristianos y a todos los de buena voluntad- que luchemos contra la injusticia.

Siempre podemos aportar algo para solucionar los grandes problemas del mundo, con ayuda económica o trabajo personal. Pero, además, hemos de colaborar en nuestro mundo más cercano. Ante todo, no creando nosotros mismos situaciones de injusticia. Y, luego, denunciando, si es el caso, los atropellos de los derechos humanos, y trabajando nosotros en la mejora de la vida de los más pobres, en el terreno de la educación, de la sanidad, de la atención social y, naturalmente, en la evangelización cristiana, factor fundamental para la liberación integral de la persona humana.

Mateo 10,34-11,1

a) Terminamos hoy la lectura del «discurso de la misión», el capítulo 10 de Mateo.

Y lo hacemos con unas afirmaciones paradójicas de Jesús: él ha venido, no a traer paz, sino espadas y divisiones en la familia; hay que amarle más a él que a los propios padres; el que busque con sus cálculos conservar su vida, la perderá; hay que cargar la cruz al hombro para ser dignos de él.

La página termina con una alabanza a quienes reciban a los que Jesús ha enviado como misioneros y evangelizadores: «el que os recibe a vosotros, me recibe a mí... y no perderá su paga, os lo aseguro». Aunque sólo sea un vaso de agua lo que les hayan dado.

b) Ciertamente, aquí Jesús no se desdice de las recomendaciones de paz que había hecho, ni de las bienaventuranzas con que ensalzaba a los pacíficos y misericordiosos, ni del mandamiento de amar a los padres. Lo que está afirmando es que seguirle a él comporta una cierta violencia: espadas, división en la familia, opciones radicales, renuncia a cosas que apreciamos, para conseguir otras que valen más. No es que quiera dividir: pero a los creyentes, su fe les va a acarrear, con frecuencia, incomprensión y contrastes con otros miembros de la familia o del grupo de amigos.

Hay muchas personas que aceptan renuncias por amor, o por interés (comerciantes, deportistas), o por una noble generosidad altruista (en ayuda del Tercer Mundo). Los cristianos, además, lo hacen por la opción que han hecho de seguir el estilo evangélico de Jesús.

Ya se lo había anunciado el anciano Simeón a María, la madre de Jesús: su hijo sería bandera discutida y signo de contradicción. Y lo dijo también el mismo Jesús: el Reino de Dios padece violencia y sólo los «violentos» lo consiguen.

La fe, si es coherente, no nos deja «en paz». Nos pone ante opciones decisivas en nuestra vida. Ser cristianos -seguidores de Jesús- no es fácil y supone saber renunciar a las tentaciones fáciles en los negocios, o en la vida sexual. No es que dejemos de amar a los familiares. Pero, por encima de todo, amamos a Dios. Ya en el AT el primer mandamiento era el de «amar a Dios sobre todas las cosas».

Dejémonos animar por la recomendación que hace Jesús a quienes acojan a los enviados por él. Hasta un vaso de agua dado en su nombre tendrá su premio. Al final, resultará que la cosa se decide por unos detalles entrañables: un vaso de agua como signo de generosidad para con los que evangelizan este mundo.

«Nuestro auxilio es el nombre del Señor» (salmo I)
«El que pierda su vida por mí, la encontrará» (evangelio).

Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.