Jueves XV Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ex 3, 13-20: Soy el que soy. «Yo Soy» me envía a vosotros
- Salmo: Sal 104, 1 y 5. 8-9. 24-25. 26-27: El Señor se acuerda de su alianza eternamente
+ Evangelio: Mt 11, 28-30: Soy manso y humilde de corazón




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Éxodo 3, 13-20: Yo soy el que soy. Yo soy me envía a vosotros. Dios le da a conocer a Moisés su nombre: Yo soy. Es el único Dios verdadero. Existente por excelencia, el que actúa para salvar a su pueblo. Esto es sumamente admirable. Ningún hombre pudo inventar esa definición de Dios, nada menos que un siglo antes de Tales de Mileto. Oigamos a San Agustín:

«Romped los ídolos de vuestros corazones; prestad atención a lo que se dijo a Moisés cuando preguntó cuál era el nombre de Dios: «Yo soy el que soy». Todo cuanto es, en comparación con Él, es como si no fuera. Lo que realmente es desconoce cualquier clase de mutación. Todo lo que cambia y es inestable y durante un cierto tiempo no cesa de sufrir mutaciones, fue y será; pero no lo incluyen dentro del que es. Dios, en cambio, carece de fue y será. Lo que fue, ya no es; lo que será, aún no es, y lo que llega para luego desaparecer, será para no ser. Pensad, si podéis esas palabras: Yo soy el que soy. No os enredéis en antojos míos, no os turbéis con pensamientos caprichosos y pasajeros. Paraos en el «es», permaneced en el mismo «es». ¿Adonde vais? Permaneced, para que también vosotros podáis ser. Pero, si tenemos una imaginación versátil ¿vamos a quedarnos fijos en lo que permanece? ¿Cuándo lograremos tal cosa? Por eso se compadeció Dios, y el que «es» dijo: dirás a los hijos de Israel: «el que es me envió a vosotros». Después de indicar el nombre de su ser, añadió el de su misericordia» (Sermón 223 A,5).

–Como Salmo responsorial se han escogidos algunos versos del Salmo 104, ya muchas veces expuesto, pero en esta ocasión como estribillo se ha escogido el verso octavo: «El Señor se acuerda de su Alianza eternamente... envió a Moisés, su siervo, y a Aarón, su escogido». Es como un eco poético de la lectura anterior. El salmista se dirige a la posteridad de Abrahán y a los hijos de Jacob, porque Israel es una posteridad colectiva que conserva su identidad a través de la historia. Por eso la comunidad presente puede y debe proclamar ante el mundo lo que Dios hizo por ella, aunque sea en la lejanía de los Patriarcas. A partir del verso siete el himno se convierte en una profesión de fe, en la cual es presentado Dios como el Dios de la Alianza y el Señor del mundo entero que gobierna la tierra. Aquella historia es también nuestra historia, que ha perfeccionado la anterior con la Alianza Nueva sellada con la sangre de Jesucristo y avalada con el precepto del amor.

Mateo 11, 28-30: Soy manso y humilde de corazón. Cristo se inclina hacia los menesterosos y los invita a buscar en Él descanso para sus almas. San Juan Crisóstomo,

«No os espantéis –parece decirnos el Señor– al oír hablar de yugo, pues es suave; no tengáis miedo de que os hable de carga, pues es ligera. Pues, ¿cómo nos habló anteriormente de la puerta estrecha y del camino angosto? Eso es cuando somos tibios, cuando andamos espiritualmente decaídos; porque si cumplimos sus palabras, su carga es realmente ligera. ¿Y cómo se cumplen sus palabras? Siendo humildes, mansos y modestos. Esta virtud de la humildad es, en efecto, madre de toda filosofía. Por eso, cuando el Señor promulgó aquellas sus divinas leyes al comienzo de su misión, por la humildad empezó. Y lo mismo hace ahora aquí, al par que señala para ella el más alto premio. Porque no sólo –dice– serás útil a los otros, sino que tú mismo, antes que nadie, encontrarás descanso para vuestras almas. Ya antes de la vida venidera te da el Señor el galardón, ya que aquí te ofrece la corona del combate y de este modo, a par que poniéndosete Él mismo por dechado, te hace más fácil de aceptar su doctrina. Porque, ¿qué es lo que tú temes? parece decirte el Señor­. ¿Quedar rebajado por la humildad? Mírame a Mí, considera los ejemplos que yo os he dado y entonces verás con evidencia la grandeza de esta virtud. ¿Veis cómo por todos los medios los conduce a la humildad?» (Homilía 38,2-3 sobre San Mateo).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 153-156

1. Éxodo 3,13-20

a) ¿Cómo se llama Dios? Es una pregunta legítima que Moisés le dirige al que le está llamando a una misión tan complicada. ¿En nombre de quién tendrá que presentarse a su pueblo y al Faraón en Egipto?

No leemos aquí todas las excusas que presenta Moisés para no tener que aceptar el difícil encargo. Lo cierto es que, al final, se ha rendido (Dios ha tenido que «enfadarse» con él y le ha dado respuesta a todas sus objeciones). Ahora ya se trata de preparar la estrategia de la liberación de Israel.

El nombre de Dios es «soy el que soy», que no hay que entender tanto desde una perspectiva filosófica (el que tiene la plenitud del ser subsistente), sino existencial e histórica: «soy el que estoy ahí para», «soy el que estoy cerca». Es el Dios de los patriarcas, el Dios de la promesa, el que ha decidido estar siempre ayudando a su pueblo, en el pasado y en el futuro. Por eso ahora se dispone a su liberación. El nombre de Dios se nos revela, no en los libros, sino en la historia.

b) Nosotros podemos llamar a Dios, con mejores motivos que Moisés, «el Dios que está con», «el Dios que siempre se acerca para ayudar». Porque en Jesús nos hemos convencido de que Dios es «Dios-con-nosotros». Jesús se llama a sí mismo, a menudo, con el nombre: «yo soy». A veces, con referencia a diversos aspectos de su personalidad: yo soy el pastor, la puerta, el pan de la vida, la luz, el camino, la verdad, la vida. Y otras, en su totalidad divina: «antes que Abrahán existiera, Yo Soy» (Jn 8,58).

Nosotros sí que podemos decir: «El Señor se acuerda de su alianza eternamente, de la palabra dada por mil generaciones, de la alianza sellada con Abrahán, del juramento hecho a Isaac». Hemos experimentado que sigue siendo el Dios de la Alianza, porque, en Jesús, estamos celebrando continuamente la Nueva y definitiva Alianza.

Y, cuando también para nosotros llegan los días malos, no sólo podemos decir: «envió a Moisés su siervo y a Aarón su escogido», sino que podemos añadir: «y nos ha enviado a su Hijo, Cristo Jesús, que nos ayuda en nuestro éxodo y en el camino de nuestra liberación».

Si hay un momento en que Dios se nos revela como cercano es en la Eucaristía: Dios nos dirige su Palabra, que es su mismo Hijo, y nos da su mejor alimento de vida, el Cuerpo y la Sangre del Resucitado. No podemos tener mejor luz y fuerza para la jornada.

2. Mateo 11,28-30

a) Es muy breve el evangelio de hoy, pero rico en contenido y consolador por demás. Jesús nos invita, a los que podemos sentirnos «cansados y agobiados» en la vida, a acercarnos a él: «venid a mi».

Nos invita también a aceptar su yugo, que es llevadero y suave. Los doctores de la ley solían cargar fardos pesados en los hombros de los creyentes. Jesús, el Maestro verdadero, no. El nos asegura que su «carga es ligera», y que en él «encontraremos descanso».

b) No es que el estilo de vida de Jesús no sea exigente. Lo hemos leído muchas veces en el evangelio y lo experimentamos en la vida. Su programa incluye renuncias y nos pide cargar con la cruz.

Pero, a la vez, él nos promete su ayuda. Cargamos con la cruz, si, pero en su compañía «Yo os aliviaré». Como el Cireneo le ayudó a él a llevar la cruz camino del Calvario, él nos ayuda a nosotros a superar nuestras luchas y dificultades. Cuando nos sentimos «cansados y agobiados», cosa que nos pasa a todos alguna vez, recordemos la palabra alentadora del Señor, que conoce muy bien lo difícil que es nuestro camino.

Así mismo, deberíamos aprender la lección para nuestras relaciones con los demás.

Para que no nos parezcamos a los sabios legalistas que agobian a los demás con sus normas y exigencias, sino a Jesús, que invita a ser fieles, pero se muestra comprensivo con las caídas y debilidades de sus seguidores, siempre dispuesto a ayudar y perdonar. No quiere que nos sintamos movidos por el temor de los esclavos, sino por el amor de los hijos y la alegría de los voluntarios.

Cuando es el amor el que mueve, toda carga es ligera.

«Yo soy el que soy» (1a lectura I)
«El Señor se acuerda de su alianza eternamente» (salmo I)
«Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (evangelio).

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