Jueves XIX Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Jos 3, 7-10a. 11. 13-17: El Arca de la Alianza del Señor va a pasar el Jordán delante de vosotros
- Salmo: Sal 113, 1-2. 3-4. 5-6: Aleluya
+ Evangelio: Mt 18, 21—19, 1: No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XIX-XXVI del Tiempo Ordinario. , Vol. 6, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Josué 3,7-10.11.13-17: Lo mismo que en el mar Rojo sucede ahora en el Jordán. Lo atravesaron a pie enjuto. La travesía del Jordán se presenta como una procesión litúrgica. Se diría que el paso del río se reduce a llevar el arca de una orilla a otra del río. No se presta atención más que a ello.

En ese capítulo se le menciona diecisiete veces y el pueblo recibe órdenes precisas para ir delante de ella en señal de veneración. Es como si el mismo Yahvé entrase solemnemente en el país prometido. Gran sentido de lo sagrado. Las aguas se detienen. Resplandece aquí de modo especial la presencia de Dios en medio de su pueblo. En medio de nosotros está Cristo en la Eucaristía. Hemos de ser conscientes de esa verdad y actuar en consecuencia.

–Rezamos con el Salmo 113: «Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob, de un pueblo balbuciente, Judá fue su santuario, Israel fue su dominio. El mar al verlos huyó, el Jordán se echó atrás... ¿Qué te pasa, mar, que huyes, a ti, Jordán, que te echas atrás?» Las maravillas de Dios obradas en el Antiguo Testamento se renuevan y aventajan en el Nuevo Testamento, y en el tiempo de la Iglesia son realizadas por Dios en cada una de las almas, que son otros tantos santuarios en los que Dios habita.

Cristo enseña a los hombres a confiar en el Padre celestial y otorga a todos una bendición sobreabundante, comunicando a los hombres su misma vida divina.

Mateo 18,21–19,1: Perdón constante. Jesucristo indica a Pedro que se ha de perdonar sin límites, sin medida y eso mismo enseña con la parábola del rey que quiso ajustar las cuentas. Comenta San Agustín:

«Ved, hermanos, que la cosa está clara y que la amonestación es útil. Se debe, pues, la obediencia realmente salutífera para cumplir lo mandado. En efecto, todo hombre al mismo tiempo que es deudor ante Dios tiene a su hermano por deudor... Se queremos que se nos perdone a nosotros, hemos de estar dispuestos a perdonar todas las culpas que se cometan contra nosotros» (Sermón 83,2 y 4).

San Jerónimo comenta:

«Sentencia temible si el juicio de Dios se acomoda y cambia de acuerdo a las disposiciones de nuestro espíritu. Si no perdonamos una pequeñez a nuestros hermanos, las cosas grandes no nos serán perdonadas por Dios. Como cada uno puede decir: «Yo no tengo nada contra él, él sabe, tiene a Dios por juez, no me importa lo que quiere hacer, yo le he perdonado», el Señor confirma su sentencia y destruye totalmente la simulación de una paz fingida diciendo: «Si cada uno no perdona de corazón a su hermano»» (Comentario al Evangelio de Mateo 18,35).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 263-267

1. Josué 3,7-17

a) Concluida la lectura de los libros del Pentateuco, seguimos con otros relatos históricos, el libro de Josué y luego el de los Jueces. La aventura del pueblo de Israel continúa.

Ha cambiado el líder. A Moisés le ha sucedido su fiel discípulo Josué. Pero lo importante es que Dios sigue al frente de su pueblo: «para que vean que estoy contigo como estuve con Moisés... un Dios vivo está en medio de vosotros».

Termina el éxodo por el desierto, pero queda una parte muy importante del camino, la entrada del pueblo judío a la tierra de Canaán, que no fue tan pacífica ni poética como aquí se describe. Fue una lucha larga, encarnizada, con muchas víctimas, pueblo por pueblo y región por región. Pero cuando se escribe el libro, siglos después, se tiende a mitificar. No se hace tanto historia, sino catequesis, incluso con un lenguaje que parece litúrgico: el paso por el Jordán con trompetas, cantos, procesión de sacerdotes y, sobre todo, el Arca de la Alianza, símbolo de la presencia de Dios entre los suyos.

Se cuenta el episodio del río Jordán, calcado del otro, de hacía cuarenta años, el paso del Mar Rojo. También aquí, probablemente, se trataba de un fenómeno natural -el río, en un momento determinado, se vuelve transitable-, fenómeno que se interpreta como regalo de la providencia de Dios.

b) La actuación salvadora de Dios sigue ahora, todavía más intensa que entonces. La Pascua de Jesús fue el verdadero «éxodo», el paso a través de la muerte a la nueva existencia de Resucitado, la Pascua que nos salva a todos los que nos incorporamos a él por el sacramento del Bautismo.

Ahora ya no son el Mar Rojo ni el río Jordán: es el torrente de la muerte y del pecado el que Cristo ha atravesado con su Pascua y que nos ayuda a atravesar también a nosotros. Los domingos, en el día de la victoria pascual de Cristo, en vísperas, cantamos muchas veces el salmo 113, el responsorial de hoy, que nos describe poéticamente con júbilo lleno de ironía- lo que le pasó entonces a Israel: «el mar, al verlos, huyó, el Jordán se echó atrás... ¿Qué te pasa a ti, Jordán, que te echas atrás?»...

Ahora ya no se trata de ocupar tierras y, ciertamente, tampoco de usar métodos de fuerza y de hechos consumados. Jesús nos ha enseñado la fuerza de la no violencia. Pero sí tenemos que estar convencidos de que Dios está presente en nuestra vida y quiere salvarnos de nuestras esclavitudes personales o comunitarias.

Nosotros podemos alegrarnos, con mayor razón que nuestros hermanos del AT, de que «un Dios vivo está en medio de nosotros». Ahora no nos acompaña el Arca de la Alianza primera, sino el mismo Cristo, quien, para que entendiéramos mejor su presencia, se ha querido hacer también Eucaristía, alimento para el camino, que eso significa «viático».

2. Mateo 18,21-19,1

a) Si ayer era la corrección fraterna, hoy Jesús, en su «sermón comunitario», sigue dando consignas sobre el perdón de las ofensas.

La propuesta de Pedro ya parecía generosa. Pero Jesús va mucho más allá: setenta veces siete significa siempre.

La parábola exagera a propósito: la deuda perdonada al primer empleado es ingente. La que él no perdona a su compañero, pequeñísima. El contraste sirve para destacar el perdón que Dios concede y la mezquindad de nuestro corazón, porque nos cuesta perdonar una insignificancia.

Lo propio de Dios es perdonar. Lo mismo han de hacer los seguidores de Jesús. El aviso es claro: «lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

b) Es el nuevo estilo de vida de Jesús, ciertamente más exigente que el de los diez mandamientos del AT.

¿No es demasiado ya perdonar siete veces? ¿y no será una exageración lo de setenta veces siete? ¿no estaremos favoreciendo que reincida el ofensor? ¿y dónde queda la justicia? Pero Jesús nos dice que sus seguidores deben perdonar. Como él, que murió perdonando a sus verdugos. Pedro, el de la pregunta de hoy, experimentó en su propia persona cómo Jesús le perdonó su pecado.

En torno al año Jubilar del 2000, deberíamos conceder amnistía a nuestros hermanos.

En la Biblia, el Jubileo comportaba el perdón de las deudas y la vuelta de las propiedades a su primer dueño. Nosotros tal vez no tengamos tierras que devolver ni deudas económicas que remitir. Pero sí podemos perdonar esas pequeñas rencillas con los que conviven con nosotros. Esposos que se perdonan algún fallo. Padres que saben olvidar un mal paso de su hijo o de su hija. Amigos que pasan por alto, elegantemente, una mala pasada de algún amigo. Religiosos que hacen ver que no han oído una palabra ofensiva que se le escapó a otro de la comunidad.

En el Padrenuestro, Jesús nos enseñó a decir: «perdónanos como nosotros perdonamos». En el sermón de la montaña nos dijo lo de ir a reconciliarnos con el hermano antes de llevar la ofrenda al altar y lo de saludar también al que no nos saluda... Ser seguidores de Jesús nos obliga a cosas difíciles. Recordemos que una de las bienaventuranzas era: «bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».

El gesto de paz antes de ir a comulgar tiene esa intención: ya que unos y otros vamos a recibir al mismo Señor, que se entrega por nosotros, debemos estar, después, mucho más dispuestos a tolerar y perdonar a nuestros hermanos.

«Un Dios vivo está en medio de vosotros» (1a lectura I)
«¿Cuántas veces tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?» (evangelio).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Piensa, Señor, en tu alianza,
no olvides sin remedio la vida de tus pobres.
Levántate, oh Dios, defiende tu causa,
no olvides las voces de los que acuden a ti.
(Sal 73, 20. 19. 22. 23)

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
a quien podemos llamar Padre,
aumenta en nuestros corazones el espíritu filial,
para que merezcamos alcanzar
la herencia prometida.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor,
los dones que le has dado a tu Iglesia
para que pueda ofrecértelos,
y transformarlos en sacramento de nuestra salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Glorifica al Señor, Jerusalén,
que te sacia con flor de harina.
(Sal 147, 12.14)

O bien:
El pan que yo daré es mi carne
para vida del mundo -dice el Señor-.
(Jn 6, 51)

Oración post-comunión
La comunión en tus sacramentos nos salve, Señor,
y nos afiance en la luz de tu verdad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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