Miércoles XXII Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 Co 3, 1-9: Nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros campo de Dios, edificio de Dios
- Salmo: Sal 32, 12-13. 14-15. 20-21: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad
+ Evangelio: Lc 4, 38-44: También a los otros pueblos tengo que anunciarles el Reino de Dios, para eso me han enviado




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XIX-XXVI del Tiempo Ordinario. , Vol. 6, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Corintios 3,1-9: Colaborar con Dios en el apostolado. Divisiones entre los corintios por su apego a las cosa de aquí abajo. Los predicadores son los siervos y colaboradores de Dios. No actúan en su propio nombre; hablan porque han sido llamados y porque tendrán que rendir cuentas a Dios. San Juan Crisóstomo advierte:

«El mal comportamiento es un obstáculo para conocer la verdad. Lo mismo que un hombre obcecado en el error no puede perseverar largo tiempo en el camino recto, también es muy difícil que quien vive mal acepte el yugo de nuestros sublimes misterios. Para abrazar la verdad hay que estar desprendido de todas las pasiones... Esta libertad del alma ha de ser completa, para alcanzar la verdad» (Homilía sobre I Cor 3,5).

Es muy lamentable que por dejarnos  llevar de principios humanos permanezcamos aún en una fase de embotamiento. Esto es lo que hace que no acojamos al predicador en todo lo que él es, por antipatías humanas, con lo cual se crean divisiones en la Iglesia. No estamos preparados para tomar los alimentos sólidos de que habla el Apóstol.

–Con el Salmo 32 proclamamos: «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad... Él modeló cada corazón y comprende todas sus acciones... Nosotros aguardamos al Señor, Él es nuestro auxilio y escudo, con Él se alegra nuestro corazón, en su santo nombre confiamos». A nosotros nos ha confiado el Señor la misión de realizar su palabra. Hemos conocido el plan de Dios como un bien inmenso, por eso hemos de difundirlo por doquier con todos los medios puestos a nuestro alcance, especialmente con la oración, el sacrificio, las obras buenas y nuestro ejemplo, si no podemos comunicarlo con nuestra palabra. Todo lo esperamos de Él.

Lucas 4,38-44: Tiene la misión de proclamar la buena nueva en todas partes. Cristo nos da ejemplo de la misión universal de su mensaje. Todos los hombres están llamados a formar parte del Pueblo de Dios, que ha de extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos. Comenta San Ambrosio:

«Tal vez, en esta mujer, suegra de Simón estaba figurada nuestra carne, enferma con diversas fiebres de pecados y que ardía en transportamientos desmesurados de diversas codicias... Nuestra fiebre es la lujuria, nuestra fiebre es la cólera; que, aunque sean vicios de la carne hacen penetrar su fuego  en los huesos, afectan al espíritu, al alma y a los sentidos» (Comentario a San Lucas 4,63).

Para esto envió Dios a su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, para que sea Maestro, Rey y Sacerdote de todo, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios. Para esto envió Dios el Espíritu de su Hijo, Señor y vivificador, quien es para toda la Iglesia y para todos y cada uno de los creyentes el principio de su asociación y unidad en la doctrina de los apóstoles, en la mutua unión, en la fracción del pan y en la oraciones. Todo esto debe llevarnos a una íntima comunión con Cristo y su mensaje.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 24-27

1. I Corintios 3,1-9

a) Para Pablo, la existencia de divisiones en la comunidad es un signo claro de inmadurez, de falta de verdadera sabiduría.

Se ve que en Corinto se habían formado bandos: unos eran "fans" de Pablo y otros de Apolo, que se ve que era mejor orador. Estas divisiones, para Pablo, se deben a que siguen unos criterios humanos, "carnales", y no se dejan guiar por el Espíritu. Son niños pequeños todavía y por eso no pueden alimentarse más que de leche, no de alimentos sólidos.

Porque si tuvieran la mirada del Espíritu, verían a Pablo y a Apolo -a los ministros y predicadores de la comunidad- como "agentes de Dios", servidores, que sólo preparan el campo para que Dios lo haga fructificar, o el edificio para que Dios lo edifique.

Para los griegos, el sabio habla en su propio nombre y lo que tiene fuerza decisiva son sus cualidades. Pero la mirada de los cristianos debería estar puesta más en Dios que en Pablo y Apolo. Como repite el salmo, "dichosa la nación cuyo Dios es el Señor... el Señor, desde su morada, observa a todos los habitantes de la tierra, él modeló cada corazón y comprende todas sus acciones".

b) La sabiduría no se evalúa por los conocimientos eruditos, sino por las actitudes concretas de la vida comunitaria. Un termómetro de madurez para una comunidad cristiana es la existencia o no de cismas y celos en su seno. ¿Fomentamos divisiones en nuestra comunidad religiosa o parroquial o en nuestra vida social?

Nuestras divisiones de ahora tal vez no son precisamente porque unos sean partidarios de un apóstol y otros de otro. Pero, sea cual sea el motivo de las "envidias y contiendas" que nos dividan, que siempre se deberán a nuestra falta de visión "espiritual" de las cosas, estamos demostrando nuestra inmadurez y nuestra cortedad de miras. Estamos actuando según criterios humanos y no espirituales.

Si no somos capaces de vivir en paz, si no aceptamos a los demás con sus diferencias y nos fijamos sólo en si alguien habla mejor que otro, somos todavía infantiles y no entendemos lo que es el ministerio en la Iglesia. Recordemos cómo Juan el Bautista no quería que se fijasen en él, sino en aquél a quien él anunciaba: que crezca él y que yo disminuya.

A veces llegamos a perder la paz y el humor por pequeñeces. ¿Qué importa si Apolo tiene unas cualidades humanas más brillantes que Pablo? Los dos anuncian al mismo Cristo, y ese mensaje es el que tenemos que oír y seguir. ¿Qué importa si un sembrador lanza su semilla en el campo con más o menos garbo, si el verdadero agricultor, el que da fecundidad al grano, es Dios? ¿Qué importan las cualidades del capataz, si el verdadero arquitecto es Dios ("sois también edificio de Dios")?

2. Lucas 4,38-44

a) Lo que Jesús anunció en Nazaret lo va cumpliendo. Allí dijo, aplicándose la profecía de Isaías, que había venido a anunciar la salvación a los pobres y curar a los ciegos y dar la libertad a los oprimidos.

En efecto, hoy leemos el programa de una jornada de Jesús "al salir de la sinagoga": cura de su fiebre a la suegra de Pedro, impone las manos y sana a los enfermos que le traen, libera a los poseídos por el demonio y no se cansa de ir de pueblo en pueblo "anunciando el reino de Dios". En medio, busca momentos de paz para rezar personalmente en un lugar solitario.

Desde luego, el Reino ya está aquí. Ha empezado a actuar la fuerza salvadora de Dios a través de su Enviado, Jesús.

b) Buen programa para un cristiano y sobre todo para un apóstol. "Al salir de la sinagoga", o sea, "al salir de nuestra misa o de nuestra oración", nos espera una jornada de trabajo, de predicación y evangelización, de servicio curativo para con los demás y a la vez de oración personal.

¿Ayudamos a que a la gente se le pase la fiebre? ¿a que se liberen de sus depresiones y males? ¿atendemos a los que acuden a nosotros, acogiéndoles con nuestra palabra y dedicándoles nuestro tiempo? ¿nos sentimos obligados a seguir anunciando la buena noticia del Reino, sea cual sea el éxito de nuestro esfuerzo? ¿y lo hacemos todo en un clima de oración?

Podemos revisar dos significativos rasgos de esta página. a) Jesús, en medio de una jornada con un horario intensivo de trabajo y dedicación misionera, encuentra momentos para orar a solas. b) Y no quiere "instalarse" en un lugar donde le han acogido bien: "también a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios". Para que evitemos dos peligros: el activismo exagerado, descuidando la oración, y la tentación de quedarnos en el ambiente en que somos bien recibidos, descuidando la universalidad de nuestra misión.

Cristo evangelizador. Cristo liberador. Cristo orante. Fijos nuestros ojos en él, que es nuestro modelo y maestro, aprenderemos a vivir su mismo estilo de vida. Dejándonos liberar de nuestras fiebres y ayudando a los demás a encontrar en Jesús su verdadera felicidad.

"Mientras haya entre vosotros envidias y contiendas, es que os guían los instintos carnales" (1ª lectura II)
"Tengo que anunciar el reino de Dios, para eso me han enviado" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 18-25 Años Pares). , Vol. 7, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 3,1-9

La lectura comienza con una clara distinción entre «gente inmadura» y hombres que «poseen el Espíritu» (v. 1). La primera expresión, según Pablo, se refiere a personas abandonadas a sus propias fuerzas y guiadas por criterios humanos: gentes que podrían ser calificadas de personas «subdesarrolladas» desde el punto de vista espiritual, tal vez también como personas que no han experimentado todavía la plenitud de la vida. Los hombres que poseen el Espíritu son aquellos que, de una manera libre y consciente, han entrado en una nueva mentalidad, en un modo de vida que comparte la novedad de Cristo.

¿Cómo se manifiesta la inmadurez de algunos cristianos? En que se deleitan en crear facciones, en sembrar discordias y en esparcir envidias. Procediendo así, en vez de contribuir a edificar la comunidad, tienden a destruirla, y no sólo con los pensamientos que alimentan, sino también y sobre todo con las actitudes que asumen. Sin embargo, prosigue el apóstol, a todos les es posible vivir y comportarse como hombres que «poseen el Espíritu», con la condición de que comprendamos bien qué es Pablo y qué es Apolo: ministros (esto es, siervos), simples colaboradores de Dios.

La iniciativa de la salvación corresponde sólo al Señor, sólo a él le pertenecen el mérito y el honor. Por consiguiente, es preciso saber y reconocer que el protagonista -más aún, el único verdadero realizador de la salvación- es Dios. Él es quien hace crecer lo que los siervos se han limitado a plantar y a regar. Es él quien salva a todos los que, mediante la escucha de la predicación, se abren al diálogo que lleva al descubrimiento de la verdad.

También es preciso respetar el orden jerárquico entre los agentes que colaboran en la obra de la salvación: Dios está siempre en primer lugar; después, todos los demás. Por su parte, Pablo está sinceramente dispuesto a ponerse en el último lugar.

Evangelio: Lucas 4,38-44

Esta página evangélica presenta dos momentos muy distintos: por un lado, la curación de la suegra de Simón en el marco de otras curaciones (vv. 38ss y 40ss); por otro, la autoconciencia de Jesús sobre su misión evangelizadora (v. 43). En cuanto al primer momento es oportuno poner de relieve que la curación habilita para el servicio: por lo general, a Lucas le gusta sacar a la luz este binomio. Es también obligado explicitar el hecho de que las curaciones de los enfermos, en cuanto liberación del demonio, se convierten en ocasión de auténticas profesiones de fe cristológica (véase aquí en el v 41, y también en el fragmento precedente en el v. 34). Poco importa que sean los demonios quienes profesen esta fe (alguien los ha caracterizado también como «los teólogos de Jesús»).

En la segunda parte del fragmento evangélico, Lucas se convierte en testigo e intérprete de dos acontecimientos fundamentales: el hecho de la evangelización, como característica esencial del cristianismo, y la conciencia mesiánica de Jesús, que explota sobre todo en la necesidad que tiene de anunciar el Reino de Dios. Se trata de una necesidad providencial, porque está inscrita en el designio salvífico de Dios. Jesús, por su parte, no puede sustraerse a este deber concreto, porque ésa es su misión: «Porque para esto he sido enviado» (4,43; cf también Lc 10,16).

MEDITATIO

Evangelización y nueva evangelización (esta última expresión se repite ahora de manera pacífica en nuestro vocabulario) son términos bastante difundidos en nuestros días. Se habla también, de una manera bastante espontánea, de evangelización de las culturas o de inculturación de la fe. ¿Es posible clarificar estos términos a la luz de la página evangélica que hemos leído hoy? Parece ser que sí.

«Debo anunciar...»: en primer lugar, se requiere una sacudida que despierte la conciencia de todo cristiano a la ineludible tarea de ser testigo del Evangelio en todas las situaciones de la vida. También el Concilio Vaticano II ha subrayado y confirmado esta necesidad, y ha querido fundamentarla en el acontecimiento sacramental del bautismo. Podemos remitirnos al n. 10 de la Lumen gentium o al n. 3 de la Apostolicam actuositatem.

«Debo anunciar la Buena Noticia de Dios»: parece indispensable recordar que el objeto de la evangelización no es la Iglesia, sino el Reino de Dios: este término ha de ser entendido no en un sentido puramente local, como si hubiera que entrar en un determinado lugar, dentro de un recinto bien establecido; hemos de entenderlo más bien en un sentido espiritual destinado a señalar, en primer lugar, la soberanía de Dios a la que estamos sometidos y la comunidad de salvación que camina hacia el Reino.

«Para esto he sido enviado»: es como decir que no hay evangelización sin misión. No es indispensable una misión apostólica; es suficiente con referirse -como hace el Concilio Vaticano II- al bautismo y a la vocación que hemos abrazado. De ellos nos viene no sólo el derecho a ser servidores de la Palabra aquí y ahora, sino que también recibimos las energías espirituales necesarias para tal misión.

ORATIO

Oh Señor, libérame de la envidia, que mina mi crecimiento y toda relación interpersonal. El fuerte deseo de tener lo que pertenece a los otros crea divisiones y rivalidades; libérame de los celos, definidos por Dryden como «ictericia del alma», sentimiento que desencadena frustración, cólera y rencor en quien dirige a otro la atención que desea tener para sí mismo, sentimiento que contamina la vida ajena y envenena la propia.

Concédeme, en cambio, la libertad que no teme las críticas ni quiere atraer las alabanzas, que conduce a la anchura de miras y está hecha de humildad, tolerancia e inteligencia, que está exenta de intereses egoístas y cree en la colaboración de cada uno contigo, único y verdadero artífice. Oh Señor, haz que tenga siempre ante mí tu divisa trinitaria: «Uno para todos».

CONTEMPLATIO

La Iglesia lo sabe. Ella tiene viva conciencia de que las palabras del Salvador: «Es preciso que anuncie también el Reino de Dios en otras ciudades», se aplican con toda verdad a ella misma. Y, por su parte, ella añade de buen grado, siguiendo a san Pablo: «Porque, si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de mí, si no evangelizara!». Con gran gozo y consuelo hemos escuchado Nos, al final de la asamblea de octubre de 1974, estas palabras luminosas: «Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia»; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa. Vínculos recíprocos entre la Iglesia y la evangelización (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 14).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Nosotros somos colaboradores de Dios» (1 Cor 3,9).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Según un cuento que aparece en el Talmud, Dios quería dar su Torá a los romanos, pero éstos no la quisieron, porque una ley que prohibía matar y vengarse era demasiado contraria a sus inclinaciones. Entonces Dios ofreció la Torá a los griegos, pero éstos no quisieron una ley que prohibía desear a las mujeres y cometer adulterio. Más tarde ofreció Dios la Torá a los persas, pero éstos nada quisieron saber de una ley que impone decir la verdad. Y así Dios tuvo que endosársela a los pobres judíos.

Es un hecho que la conciencia de Israel no es una conciencia triunfalista. Saben que son los siervos de Dios; de él han recibido el don de la Torá, pero este don es un gravamen, es un compromiso. El Concilio habla del carácter profético de los cristianos, de su carácter real y de su carácter sacerdotal, y este carácter, que todo cristiano posee y debe ejercer en servicio a los otros, es la condición de la comunicación que Dios ha hecho a su pueblo (P. Rossano, «Speranza e storia dal punto di vista biblico», en E. Gandolfo [ed.], Speranza e storia: speranza cristiana e speranze del nostro tempo, Roma 1971, pp. 93ss).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Piedad de mí, Señor; que a ti te estoy llamando todo el día,
porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
(Sal 85, 3. 5)

Oración colecta
Dios todopoderoso, de quien procede todo bien,
siembra en nuestros corazones el amor de tu nombre,
para que haciendo más religiosa nuestra vida,
acrecientes el bien en nosotros
y con solicitud amorosa lo conserves.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Esta ofrenda, Señor,
nos atraiga siempre tu bendición salvadora,
para que se cumpla por tu poder
lo que celebramos en estos misterios.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles.
(Sal 30, 20)

O bien:
Dichosos los que trabajan por la paz,
porque ellos se llamarán los hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
(Mt 5, 9-10)

Oración post-comunión
Saciados con el pan del cielo te pedimos, Señor,
que el amor con que nos alimentas
fortalezca nuestros corazones
y nos mueva a servirte en nuestros hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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