Sábado XXX Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Flp 1, 18b-26: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir
- Salmo: Sal 41, 2. 3. 5bcd: Mi alma tiene sed del Dios vivo
+ Evangelio: Lc 14, 7-11: El que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Filipenses 1,18-26: La vida nuestra es siempre Cristo, y es una ganancia morir en su gracia. Que Cristo sea siempre predicado, aunque se haga en contra de nosotros. El Apóstol no busca su gloria. Él está apasionado por Cristo y quiere por encima de todo que el Señor sea dado a conocer del modo que sea. Es mejor que esta predicación sea hecha por los que son pastores, pero no desdeña a los mercenarios. Comenta San Agustín:

«El Pastor anuncia el Evangelio de Cristo sinceramente, el mercenario lo anuncia con segunda intención, buscando cosa distinta; mas al fin, si uno anuncia a Cristo, el otro también. Este mismo Pastor [Pablo] quiso tener mercenarios, los cuales hacen el bien donde pueden y son útiles en la medida en que pueden: “el caso es que Cristo sea anunciado”... Para otros menesteres y negocios envía un mercenario, pero otras veces es mercenario un pastor..., porque pastores hay pocos, mientras los mercenarios abundan» (Sermón 131,11).

San Ambrosio comenta el deseo de Pablo, que quiere ya desfallecer del todo, y estar con Cristo:

«Esta disolución ¿qué otra cosa es, sino que el cuerpo se destruya y descanse, mientras el alma se dirija a la paz y sea libre, si es piadosa, puesto que está destinada a “estar con Cristo”?» (Sobre el bien de la muerte 3,8)

–Con el Salmo 21 decimos: «Mi alma tiene sed del Dios vivo. Como busca la cierva corrientes de agua así mi alma te busca a ti, Dios mío. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?»... Es lo que añoraba el apóstol san Pablo. También lo añoraron San Martín de Tours y tantos otros Santos... Pero, por el bien de las almas no rehusaban quedarse aquí en la tierra todo el tiempo que fuera necesario.

En la asamblea litúrgica tenemos un anticipo de la gloria futura, del encuentro definitivo con el Señor. «Recuerdo cómo marchaba a la cabeza del grupo hacia la Casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta».

–Lucas 14,1.7-11: Valor de la humildad. Aquellos que buscan los primeros puestos en los banquetes se verán frustrados. Jesucristo enseña la humildad: los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos. Comenta San Agustín:

«Hay personas castas, o bien humildes o bien soberbias. Los soberbios no se prometan el Reino de Dios. La castidad conduce al lugar más destacado, pero quien se exalta será humillado. ¿Por qué buscas, con ansia de destacar, si el lugar más elevado que puedes alcanzar lo conseguirás manteniéndote en la humildad? Si te elevas, Dios te abate; si te abates, Dios te eleva. La afirmación es del Señor. Y nada se le puede añadir ni quitar» (Sermón 354,8).

Sigamos el ejemplo del Señor: Él «se anonadó, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz» (Flp 2,8). Seguir el ejemplo de la Virgen, pues «el Señor miró la humillación de su esclava» (Lc 1,48). Sigamos el ejemplo de los santos.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 236-240

1. Filipenses 1,18-26

a) Pablo está en la cárcel. No sabe cómo acabará. No sabe si le espera la muerte. Pero en todo el pasaje de hoy muestra su disponibilidad total para su misión: quiere colaborar con todas sus fuerzas en la evangelización de este mundo.

Su destino personal no importa: "con tal que se anuncie a Cristo, yo me alegro". Tanto si vive como si le llevan a la muerte, "Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte".

Por una parte, desearía "partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor". Pero si seguir viviendo "supone trabajo fructífero", "no sé qué escoger: quedarme en esta vida, veo que es más necesario para vosotros".

b) Es admirable la convicción de este gran hombre: toda su vida está orientada a dar a conocer a Cristo Jesús. "Con tal de que se anuncie a Cristo, yo me alegro". "Para que avancéis alegres en la fe".

Esto nos interpela a todos. ¿Estamos disponibles a vivir o a morir, con tal de buscar el bien de los demás? ¿miramos a nuestra propia muerte como a un estar con Cristo, "que es con mucho lo mejor", y podemos decir como él: "para mi es una ganancia el morir"? Y si deseamos seguir viviendo, ¿es precisamente para continuar haciendo el bien y cooperando en la salvación de la humanidad?

La afirmación central de Pablo tal vez no nos atreveríamos a hacerla nosotros con sinceridad: "para mi la vida es Cristo". Nada ni nadie es capaz de apagar el fuego sagrado que Pablo tiene encendido dentro de sí: el amor a Cristo, la unión con él, el afán de que todos lo conozcan y le acepten por la fe.

2. Lucas 14,1.7-11

a) Invitado a comer en casa de un fariseo, Jesús aprovecha para darles una lección plástica de humildad.

No sabíamos decir si se trata de una parábola, o sencillamente, de un hecho observado en la vida. Lo de buscar los primeros puestos era, se ve, un defecto característico de los fariseos. Hace pocos días leíamos cómo Jesús se lo echaba en cara: "Ay de vosotros, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas" (Lc 11,43). Hoy les invita a elegir los lugares más humildes. La lección se resume al final: "porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".

b) No hace falta que seamos fariseos para merecer la reprimenda de Jesús. Porque a todos nos gusta aparecer y ser vistos y alabados por la gente. Eso no pasa sólo en los actos políticos y sociales, en que se sigue un riguroso orden protocolario, sino también en nuestra vida de cada día, en que cada uno intenta deslumbrar a los otros mostrando un nivel de vida y unas cualidades, que a veces son nada más apariencia, pero que provocan la admiración y la envidia.

Jesús nos ha enseñado una y otra vez que su estilo y, por tanto, el de sus discípulos, debe ser el contrario: la humildad y la sencillez de corazón. Aunque eso de ser humildes no esté de moda en el mundo de hoy. A los seguidores de Jesús no les tendría que importar ocupar los últimos lugares. Y no como un truco, para que luego nos inviten a subir, sino con sinceridad, por imitación del Maestro, que no vino a ser servido sino a servir.

¿O somos como los apóstoles, que no acababan de entender la lección de humildad, y discutían sobre quién iba a ocupar los puestos de honor? ¿no tendríamos que moderar nuestro afán de protagonismo y de aparecer?

Si fuéramos humildes, seríamos más felices: nos llevaríamos menos disgustos. Seríamos más aceptados por los demás: a los vanidosos nadie les quiere. Y más agradables a los ojos de Dios: él prefiere a los humildes.

Un ejemplo muy cercano lo tenemos en la Virgen Marta, la madre de Jesús. Humilde y discreta, ella pudo decir, resumiendo también el estilo de Dios en la historia: "enaltece a los humildes y a los ricos los despide vacíos". Y, hablando de sí misma, "ha mirado la pequeñez de su sierva".

"Para mí la vida es Cristo" (1a lectura II)
"El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 1,18b-26

Pablo es informado en la cárcel de que muchos cristianos anuncian la Palabra de Dios (cf. Flp 1,14ss). Algunos lo hacen por envidia y desacreditando al apóstol (vv. 15a.17), pero esto le duele menos que lo que le alegra la predicación del Evangelio, que es lo que cuenta de verdad (v 18b). El Espíritu del Señor y la oración de los fieles de Filipos le sostienen y le confirman en la viva esperanza de que esas situaciones dolorosas no serán para él ocasión de decepción, sino de salvación (vv. 19-20a), ya que cree firmemente que Cristo recibirá gloria tanto en el caso de que él siga vivo y continúe la evangelización como si muere (v. 20b).

Por otra parte, Pablo considera la muerte como la ganancia suprema, porque le introduce en la plena comunión con Cristo, que ya desde ahora es su vida (v 21; cf Jn 14). De ahí que el apóstol se sienta como tenso entre dos realidades que le atraen y motivan profundamente: el deseo de la unión total con Cristo, sólo posible después de la muerte, y la constatada necesidad de su presencia y de su palabra en las comunidades cristianas (vv 22-24). Si bien Pablo, por su parte, optaría por la primera posibilidad (v 23b), considera, sin embargo, más probable que se realice la segunda. La fe de los filipenses recibirá así un nuevo impulso y crecerá su alegría gracias a la presencia del amado apóstol, cuya visita será para los filipenses un motivo para gloriarse de la comunión que les ha sido dada en Cristo (vv. 25ss).

Evangelio: Lucas 14,1.7-11

Jesús toma pie en la vida cotidiana, con las ocupaciones que la caracterizan y con los acontecimientos que marcan su curso, para hacer comprender unas verdades que abren, a quienes las acogen, los horizontes de la «vida nueva» de los hijos de Dios. Así ocurre cuando, habiendo sido invitado a casa de un jefe fariseo (cf. Lc 14,1), nota el afán que anima a los invitados por ocupar los primeros puestos (v. 7).

El relato-parábola propuesto por Jesús (vv 8-10) es una enseñanza de buena educación, de respeto de las precedencias según la escala social. Quien ocupa un puesto que no le corresponde se expone al ridículo y a la vergüenza (vv. 8ss): la ambición, alterando el justo concepto de sí mismo, es un obstáculo para las relaciones con los otros. En cambio, el que no presume de ser digno de honores particulares puede encontrarse con la sorpresa feliz de recibir atenciones imprevistas por parte del señor de la casa (v. 10). El don de Dios es gratuito y no consecuencia matemática de méritos humanos, y Jesús advierte que deben recordarlo los que ambicionan recibir reconocimientos y gratificaciones. La humildad, es decir, la confianza total puesta en Dios y en su amor, es la condición que permite recibir la gloria y el honor que concede el mismo Dios (cf. 1,46-48.52; Sal 21,6-8), que consisten en estar unidos a él en la obra de salvación (cf. Lc 22,28-30; Mc 10,35-40).

MEDITATIO

La Palabra del Señor nos invita hoy a llegar a ser conscientes de nosotros mismos, a formarnos una conciencia realista, que nos haga ver el puesto que ocupamos, la responsabilidad que se nos ha confiado, larea que, congruentemente, estamos llamados a desarrollar. El presuntuoso, que suele mirarse en un espejo que dilata las proporciones, viene a situarse con facilidad «fuera de su sitio», en situaciones desagradables, cuando no deletéreas, para él mismo y para los que están cerca. ¡Qué provechoso, en cambio, es estar en el sitio que nos corresponde! Fuera de las lógicas de los que aspiran a hacer carrera, lejos de los delirios de protagonismo -tan en boga en nuestros días-, se experimenta que la humildad auténtica no es una mal soportada reducción de nuestras propias cualidades, sino, más bien, un ponerlas al servicio de los otros con generosidad, sin autoexaltaciones.

Hoy siento que se me dirige una pregunta: ¿Qué es lo que estás buscando? Si busco un puesto bien vistoso, si busco el predominio sobre los otros, corro el riesgo de verme catapultado al final de la fila: construyo mi historia sobre la nada. Si busco el crecimiento del bien y la promoción de los demás, entonces -como Pablo- aprendo a celebrar todo aquello que pueda ayudarles, aunque suponga un sacrificio para mí. ¿Qué es lo que estoy buscando?

ORATIO

¿Cuál es hoy mi sitio, Señor? ¿Cómo puedo orientarme en las decisiones importantes, esas que expresan de modo claro mi identidad de hombre o mujer creyente?

El mundo me sacude a derecha e izquierda: con mil enseñas brillantes me atrae a sus redes, imponiéndome tomar posición. Cada una compite para hacerse con mi atención, con mi tiempo, con mi consentimiento, con mi inteligencia, con mis brazos, con mis votos y, sobretodo, con un pedazo de mi cartera... Con sonrisas amistosas, la vida de hoy me invita con los brazos abiertos a que me acomode en su banquete, hasta tal punto que es casi imposible sustraerse, hacer valer lo que más cuenta: el bien último, mi salvación y la de mis hermanos. Es más fácil desvincularse de la presa y buscar soluciones de pequeño cabotaje, volar bajo, buscar el compromiso, contentarse con vivir al día. O, incluso, tomar partido de una vez por todas: es mejor un beneficio egoísta inmediato que esperar hasta quién sabe cuándo, que ilusionarse con que un día alguien salga afuera y me diga: «¡Amigo, pasa más adelante! ¡Tú mereces más: eres una persona valiosa!».

¡Pero tu Palabra no deja escapatoria! Me inquieta, me ilumina, me infunde ánimo. Me impone vigorosamente confrontarme con la verdad de mí mismo -y con la Verdad que eres tú, oh Señor-. Me llama a la humildad (que no es autodenigración), me presenta la promoción de los hermanos, me ensancha los horizontes hasta los confines escatológicos. Gracias, Señor, por esta luz que no disminuye. Permanece siempre cerca y llévame de la mano a ocupar mi sitio.

CONTEMPLATIO

No es lícito ni es conforme con una inteligencia racional que aquellos que aman a Dios prefieran los males a los bienes. Ahora bien, si algunos de ellos se han visto arrastrados allí a la fuerza con el pueblo, nosotros consideramos que lo han sido no por su propia deliberación, sino inducidos por las circunstancias, para la salvación de aquellos que tenían necesidad de ser llevados de la mano: por eso han dejado la Palabra más elevada del conocimiento y han llegado a la enseñanza relacionada con las pasiones. Por ese motivo juzgaba el gran apóstol que era más útil permaneciendo en la carne,

esto es, en la enseñanza moral, en favor de los discípulos, aunque deseaba plenamente liberarse de la enseñanza moral y estar con Dios, mediante la contemplación simple y ultraterrena del intelecto (Máximo el Confesor, «Duecento Capitoli, II Centuria, 49», en La filocalia, Turín 1983, II, 149 [edición catalana: Centúries sobre l'amor, Proa, Barcelona 20001).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

A los ojos del judaísmo, toda alma humana es un elemento al servicio de la creación de Dios llamada a ser, en virtud de la acción del hombre, Reino de Dios; de ahí que a ningún alma le haya sido fijado un fin interno a sí misma, en su propia salvación individual. Es cierto que cada uno debe conocerse, purificarse, llegar a la plenitud, pero no en beneficio de sí mismo, no en beneficio de su felicidad terrena o de su bienaventuranza celestial, sino en vistas a la obra que debe realizar sobre el mundo de Dios. Es preciso olvidarse de uno mismo y pensar en el mundo. El rabí Bunam vio en cierto sentido la historia del género humano en camino hacia la liberación como un acontecimiento que se desarrolla entre estos dos tipos de hombres: el orgulloso, que, tal vez bajo la apariencia más noble, piensa en sí mismo, y el humilde, que en todas las cosas piensa en el mundo. Sólo cuando cede a la humildad es redimido el orgulloso, y sólo cuando éste es redimido puede ser redimido, a su vez, el mundo.

Y el mayor de los discípulos del rabí Bunam, ese que, entre todos los zaddik, fue el personaje trágico por excelencia, el rabí Mendel de Kozk, dijo una vez a la comunidad reunida: «¿Que es lo que os pido a cada uno? Sólo tres cosas: no mirar de reojo fuera de uno mismo, no mirar de reojo dentro de los otros, no pensar en uno mismo». Lo que significa: primero, que cada uno debe vigilar y santificar su propia alma en el mundo y en el lugar que le es propio, sin envidiar el modo ni el lugar de los otros; segundo, que cada uno debe respetar el misterio del alma de su semejante y abstenerse de penetrar en él con una indiscreción desvergonzada y con la intención de utilizarlo para sus propios fines; tercero, que cada uno debe abstenerse, en la vida consigo mismo y en la vida con los otros, de tomarse a sí mismo como fin (M. Buber, Il cammino dell'uomo, Magnano 1990, pp. 53-56, passim).

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