Lunes XXXIII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 M 1, 11-16. 43-45. 57-60. 65-67: Una cólera terrible se abatió sobre Israel
- Salmo: Sal 118, 53. 61. 134. 150. 155. 158: Dame vida, Señor, y guardaré tus decretos
+ Evangelio: Lc 18, 35-43: ¿Qué quieres que haga por ti? Señor, que vea otra vez




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–1 Macabeos 1,11-16.43-45.57-60: Apostasía en Israel y reacción en un grupo de fieles. A lo largo de la antigua historia de la salvación, la fidelidad divina se revela inmutable, y contrasta con la constante infidelidad del hombre. En la plenitud de los tiempos, Cristo, el testigo fiel de la verdad, comunica a los hombres la gracia de que está lleno, haciéndolos capaces de merecer la corona de vida, y de imitar su fidelidad hasta la muerte. Pero, también antes de Cristo se encontraron en Israel grupos elegidos de almas fieles, que prefirieron morir antes que quebrantar la ley, como se recuerda en esta lectura de hoy.

–Con algunos versos del Salmo 118 reafirmamos nuestra fidelidad a los mandamientos de Dios, y pedimos la liberación de los malvados: «Dame vida, Señor, y guardaré tus decretos. Sentí indignación ante los malvados, que abandonan tu voluntad. Los lazos de los malvados me envuelven, pero no olvido tu voluntad. Líbrame de la opresión de los hombres y guardaré tus decretos. Ya se acercan mis inicuos perseguidores, están lejos de tu voluntad. La justicia está lejos de los malvados, que no buscan tus leyes. Viendo a los renegados sentía asco, porque no guardan tus mandatos».

–Lucas 18,35-43: Señor, que veamos. La obediencia amorosa de Cristo hasta entregar su vida inaugura en Él un Reino, que no es de este mundo. En toda su vida terrestre fue peregrino de la Jerusalén celestial. Así es también la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Ella peregrina en esta tierra continuamente en su afán cotidiano hasta la realización perfecta, más allá de la muerte. La Iglesia convoca a todo miembro suyo a ser un peregrino del Reino. Este peregrinar le lleva a dar su vida entera por la construcción del Reino. Ser peregrino del Reino es, en definitiva, seguir a Jesús, caminando iluminado por la luz de la fe. San Agustín se fija más en la curación del ciego:

«Gritaba el ciego cuando pasaba Jesús. Temía que pasara y no le curara. ¿Cómo gritaba? Hasta el punto de no callar, aunque la muchedumbre se lo ordenaba. Venció oponiéndose a ella, y voceando consiguió al Salvador. Al vocear la muchedumbre y prohibirle gritar, se paró Jesús, lo llamó y le dijo: “¿Qué quieres que haga?” Y él contestó: “Señor, que vea”. “Mira, tu fe te ha salvado”. Amad a Cristo. Desead la luz de Cristo. Si aquel ciego desea la luz corporal, ¡cuánto más debéis desear vosotros la del corazón! Gritemos ante Él no con la voz, sino con las costumbres. Vivamos santamente, despreciemos el mundo, consideremos como nulo todo lo que pasa» (Sermón 349,5).

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