Miércoles XXXIII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 2 M 7, 1. 20-31: El Creador del universo os devolverá el aliento y la vida
- Salmo: Sal 16, 1. 5-6. 8 y 15: Al despertar, Señor, me saciaré de tu semblante
+ Evangelio: Lc 19, 11-28: ¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco?




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–2 Macabeos 7,20-31: El Creador del universo os devolverá el aliento y la vida. Siete hermanos, junto con su madre, sufren el martirio por no abandonar la fe de Israel y romper con la Alianza. Comenta San Agustín:

«Uno solo es el Dios de los tres niños del horno de Babilonia y el de los Macabeos; a los primeros los libró del fuego, a los segundos los dejó morir en el tormento. ¿Cambió de parecer? ¿Amaba más a los primeros que a los segundos? Mayor fue la corona concedida a los Macabeos. Ciertamente aquellos escaparon del fuego, pero les estaba reservando los peligros de este mundo; para éstos, en cambio, acabaron en el fuego todos los peligros. No había tiempo ya para ninguna otra prueba; solo para la coronación. En consecuencia los Macabeos recibieron más.

«Sacudid vuestra fe, aplicad los ojos del corazón, no los de la carne. Tenéis, en efecto, otros ojos interiores; son obra del Señor, que abrió los ojos de nuestro corazón cuando os otorgó la fe. Preguntad a esos ojos quiénes recibieron más: los Macabeos o los tres niños. Pregunto a la fe. Si pregunto a los hombres, amantes de este mundo, dirán: “yo quisiera estar con aquellos tres niños”. Es la respuesta de un alma débil. Avergüénzate ante la madre de los Macabeos, pues ella prefirió que sus hijos muriesen, porque sabía que no morirían» (Sermón 286,6).

–Con el Salmo 16 oramos al Señor, haciendo nuestros los mismos sentimientos de los Macabeos, cuando por el martirio pasan de este mundo al otro: «Al despertar, Señor, me saciaré de tu semblante. Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mis súplicas, que en mis labios no hay engaño. Mis pies estuvieron firmes en mis caminos, y no vacilaron mis pasos. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío, inclina el oído y escucha mis palabras. Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Pero yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante».

–Lucas 19,11-28: ¿Por qué no pusiste mi dinero en un banco? Hemos de hacer fructificar los dones que hemos recibido de Dios. Hemos de rendir cuentas de ellos al mismo Dios que nos los ha otorgado. Comenta San Agustín:

«Sabemos de qué modo amenaza aquella misericordiosa avaricia del Señor, que por doquier busca extraer ganancias de su dinero, y que dice a su siervo perezoso, que entorpece las ganancias del Señor: “siervo malvado, por tu boca te condenas”... Nosotros no hemos hecho otra cosa que dar el dinero del Señor, y Él será el exactor no solo de aquel criado, sino de todos nosotros. Cumplamos, pues, el oficio del que va delante dando, sin usurpar el del exactor» (Sermón 279,12).

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