Viernes XXXIII Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ap 10, 8-11: Cogí el librito y me lo comí
- Salmo: Sal 118, 14. 24. 72. 103. 111. 131: Qué dulce al paladar tu promesa
+ Evangelio: Lc 19, 45-48: Habéis convertido la casa de Dios en una cueva de bandidos




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Apocalipsis 10,8-11: La Palabra de Dios ha de ser primero asimilada y luego proclamada. Esto es lo que significa en ese lugar del Apocalipsis «comer el libro». La historia es el producto del encuentro de dos libertades: la de Dios y la del hombre. Y Dios tiene unos planes acerca de este encuentro, sobre todo desde que Jesucristo pronunció su «Sí» incondicional a la nueva Alianza. San Cesáreo de Arlés comenta:

«“En la boca” se entienden los cristianos buenos y espirituales; “en el vientre”, los carnales y lujuriosos. Por consiguiente, cuando se predica la palabra de Dios, ella es dulce para los espirituales, pero para los carnales –para los cuales, según el Apóstol, “su Dios es el vientre” (Flp 3,19)– la palabra es amarga y áspera» (Comentario al Apocalipsis 10).

Las Escrituras consuelan, efectivamente, no porque ellas descubran de antemano la evolución de los acontecimientos previstos por Dios, sino porque ayudan a revelar el sentido profundo de la presencia de Dios en los acontecimientos que viven los hombres.

–Con unos versos del Salmo 118 decimos «¡qué dulce al paladar tu promesa, Señor! Mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas. Tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros. Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata. Qué dulce al paladar tu promesa: más que miel en la boca. Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón. Abro la boca y respiro, ansiando tus mandamientos».

–Lucas 19,45-48: Habéis convertido la Casa de Dios en una cueva de bandidos. Jesús se indigna ante la profanación del templo, que ha de ser «Casa de oración». Es una lección para nosotros. El respeto al templo ha de ser ahora mayor aún que entonces. Es ahora el lugar de la reactualización sacramental del sacrificio redentor del Calvario, y allí está Cristo realmente presente en el sagrario. Es el lugar de la oración y de la vida sacramental de la Iglesia. Dice San Ambrosio:

«Él expulsó a los cambistas. Pero, ¿de quién son figura estos tratantes sino de los que procuran enriquecerse con los tesoros del Señor, no tratando de distinguir lo que es un bien de lo que es un mal? El gran tesoro del Señor es la divina Escritura, ya que en el momento de partir Él, distribuyó los denarios entre sus servidores y les repartió los talentos (Mt 25, 14; Lc 19,13)... Si existe el tesoro de las Escrituras, es evidente que se puede hablar también de los intereses de la Escritura» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib. IX,18).

«Las mesas de los cambistas caen por tierra para poner en su lugar la mesa del Señor [la Eucaristía], y es destrozada el ara con el fin de puedan surgir los altares» (ib. 20).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 306-309

1. Apocalipsis 10, 8-11

a) Al comienzo de otra sección del Apocalipsis (saltando del capítulo 5 al 10), hoy leemos un gesto simbólico: el vidente tiene que comer el rollo, el libro, antes de transmitir su contenido.

Es un gesto muy expresivo, que ya encontramos en Ezequiel, 3,1. El profeta, el que habla de parte de Dios, primero tiene que comer él lo que anunciará después. El libro que come -la Palabra de Dios- es en parte dulce y en parte amargo: "en la boca sabia dulce como la miel, pero cuando me lo tragué, sentí ardor en el estómago".

b) Los cristianos, y sobre todo los que de alguna manera transmiten a otros la Palabra de Dios -sacerdotes, educadores, catequistas, padres, misioneros- deberíamos primero asimilarla nosotros. Comerla -interiorizarla, personalizarla- y luego comunicarla. Entonces será más creíble nuestro testimonio y nuestra palabra. Para que no caigamos en el reproche de Jesús a los fariseos, "que decían pero no hacían".

También nosotros experimentamos que la Palabra de Dios es agridulce. Muchas veces es consoladora. Otras muchas, exigente. Ni para nosotros ni para los demás debemos caer en la tentación de hacer selección a nuestra medida, censurando el Libro Santo y eligiendo sólo lo que nos gusta.

En el salmo 118, el creyente que medita desde la sabiduría de Dios se alegraba de encontrar en la Palabra su mejor alimento y gozo: "tus preceptos son mi delicia, qué dulce al paladar tu promesa, más que miel en la boca". Aunque los que escuchamos con frecuencia la Palabra de Dios sabemos que a veces nos produce un gusto suave, pero otras nos provoca y nos juzga y nos amenaza, para que tomemos en serio la vida. En ambos casos debemos acogerla nosotros. Así estaremos preparados para poder hablar a los demás.

2. Lucas 19,45-48

a) Jesús ya está en Jerusalén. Ayer lloró sobre su ciudad, triste por la ruina que se le avecina. Hoy realiza un gesto profético valiente: "se puso a echar a los vendedores", diciéndoles: "vosotros habéis convertido mi casa en una cueva de bandidos". Lucas no habla, como hace Juan, del látigo que esgrimió Jesús en este momento.

Y así Jesús, con una libertad que hacia el final de su vida se acentúa y se hace más atrevida, sigue enseñando en el Templo, suscitando, naturalmente, la ira de sus enemigos, "que intentaban quitarlo de en medio".

b) Isaías (Is 56,7) había dicho que el Templo tenía que ser "casa de oración para todos los pueblos". Jeremías (Jr 7,11) se quejaba de que, por el contrario, algunos lo convertían en cueva de ladrones.

Jesús une las dos citas en la misma queja. Probablemente el clima de feria de negocios que reinaba en los atrios del Templo, con la venta de animales para los sacrificios y el cambio de monedas para los que venían del extranjero, es lo que él desautorizó, aunque todo ello se hiciera con el consentimiento de las autoridades.

¿Necesita la Iglesia de hoy purificarse de alguna adherencia similar? Ciertamente es legítima la aportación económica de los fieles para el culto y para la ayuda de los pobres.

Recordemos la alabanza de Jesús a aquella pobre viuda que echaba lo que tenía en el cepillo del Templo. Pero ¿no sería necesario alejar de nuestros lugares de culto todo "ruido de dinero", toda apariencia de negocio dudoso? ¿tendría que defender Jesús nuestros templos para que sean en verdad casas de oración, abiertas a todos, y lugar donde él sigue enseñando con la fuerza salvadora de su Palabra?

"Cómete el libro: al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor" (1a lectura II)
"Mi casa es casa de oración, y todos los días enseñaba en el Templo" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 10,8-11

El autor del libro del Apocalipsis está implicado personalmente en el acontecimiento profético. Oye, en efecto, una voz del cielo que le invita a tomar el libro y devorarlo (vv. 8ss). Sigue la orden con prontitud y, apenas lo ha engullido, siente al mismo tiempo dulzura y amargura (v 10). Tenemos aquí un símbolo muy claro de la misión profética a la que está llamado no sólo Juan, sino cualquier miembro del pueblo de Dios. La Palabra, que, aunque está sellada en el gran libro, quiere convertirse en una voz que llega a cada uno de nosotros, nos interpela y nos responsabiliza en nuestra tarea de oyentes y de testigos de la misma. A nadie le es lícito desatenderla o desconocerla: el bautismo fundamenta en cada uno de nosotros el derecho-deber al apostolado entendido como «servicio» a la Palabra.

Dulzura en la boca y amargura en las vísceras: en este contraste advertimos el drama de quien, en relación con la Palabra, siente no sólo el derecho a la escucha, sino también el deber del testimonio. En efecto, el verdadero profeta no puede dejar de compartir el destino de la Palabra, más precisamente de aquel que es la Palabra. Un destino pascual, como bien sabemos, es decir, abierto al sufrimiento y a la alegría, a las tinieblas y a la luz, a la muerte y a la vida. El mandamiento final: «Tienes aún que profetizar» (v. 11), tiene la función de atestiguar que la misión profética para el creyente no es algo opcional, sino -al contrario- objeto de un camino divino y la expresión más genuina de su ser.

Evangelio: Lucas 19,45-48

Esta perícopa evangélica está subdivida claramente en dos partes: en primer lugar aparecen unas palabras de Jesús contra los vendedores del templo; en segundo lugar, un apunte recopilador con el que el evangelista Lucas quiere caracterizar los últimos días de la vida terrena de Jesús.

«Está escrito: Mi casa ha de ser casa de oración» (v. 45). Sabemos bien que, para Jesús, el templo de Jerusalén no es el único lugar en el que se puede orar; más aún, en algunas ocasiones ha expresado una valoración crítica con respecto a una concepción demasiado materialista de las instituciones religiosas. Ahora bien, sabemos asimismo que el templo, en cuanto casa de Dios, no puede ser desnaturalizado ni destinado a otras funciones que no sean las litúrgicas: Está prohibido, por tanto, para cualquier intercambio comercial, que transformaría la casa de Dios en una «cueva de ladrones» (v. 46; cf. Is 56,7; Jr 7,11).

«Está escrito»: esta frase indica en labios de Jesús no que las profecías determinen el comportamiento de Jesús, sino que el comportamiento de Jesús da pleno cumplimiento a las profecías. Para Jesús, la luz plena, que ilumina sus gestos y nos permite reconocerlo por lo que es, proviene ciertamente del mensaje profético, pero sobre todo de su conciencia mesiánica.

La noticia final de Lucas (vv. 47ss) viene a confirmar un hecho bien conocido: los que ejercen el poder siguen estando ciegos ante Jesús y ante la claridad de sus palabras, mientras que el pueblo en su sencillez, reconociendo que tiene necesidad de un Salvador y de un Maestro, está pendiente de sus labios.

MEDITATIO

Podemos detectar un profundo vínculo entre la misión profética de la que habla la primera lectura y la «casa de oración» de la que habla Jesús en el evangelio. La Palabra de Dios, en efecto, es al mismo tiempo don del que tienen que participar los otros mediante la profecía y don que se ha de asimilar, en íntimo diálogo con Dios, el donante. Se trata de dos aspectos de una misma experiencia espiritual, de dos momentos de un único ministerio. Quien acoge la misión profética con plena conciencia intuye que ésta debe madurar en la oración; por otro lado, quien aprende a orar no puede dejar de sentir la necesidad de evangelizar. La liturgia de la Palabra supone cada día una nueva invitación a no separar lo que en el proyecto de Dios debe seguir estando profundamente unido.

«Casa de oración» y no «cueva de ladrones»: esto es verdad dicho sobre el templo en el que Jesús entró más veces durante su vida terrena, pero también es verdad, hoy, dicho de todo lugar elegido y destinado para el culto. Existe siempre, en efecto, el peligro -más aún, la tentación- de convertir en instrumentos los lugares de oración, para transformarlos en lugares de interés personal.

Se requiere una marcada delicadeza de ánimo para no desnaturalizar el don de Dios y desviarlo de sus funciones originarias. No es, por consiguiente, el templo en sí mismo, sino lo que éste significa lo que cuenta para Dios y para nosotros. No resulta agradable a Dios quien dice: «El templo del Señor, el templo del Señor» (Jr 7,4), sino quien cumple su voluntad. No complace a Dios quien piensa en sus propios intereses y sólo en apariencia cultiva los intereses de Dios, sino quien ha unido en su vida la acción y la contemplación. Jesús presentó el templo a la gente de su tiempo como casa de oración y como «casa de enseñanza» (Eclo 51,23): también para nosotros puede y debe convertirse la Iglesia -toda iglesia- en lugar para meditar y para aprender la Palabra de Dios.

ORATIO

«Si...», dice el Señor:

Si aceptas la invitación a devorar mi Palabra, vivirás.
Si la saboreas en la boca, la encontrarás dulce como la miel.
Si la engulles en tus vísceras, experimentarás una gran amargura.
Si denuncias la ignorancia camuflada, serás alejado.
Si proclamas la libertad contra el poder, serás perseguido.
Si revelas el interés privado contra el bien común, serás criticado.
Si buscas la aprobación de personajes, te verás decepcionado.
Si te confías a tus fuerzas, vacilarás fácilmente.
Si piensas que podrás ver los frutos de lo que siembras, esperarás en vano.
Si el pueblo está pendiente de tus labios, alabarás al Señor.
Si obras prodigios en los corazones, cantarás al Señor.
Si es reconocida tu misión, darás gracias al Señor.

«Éste es mi profeta», dice el Señor.

CONTEMPLATIO

Se oye decir: «No es tarea mía leer la Escritura. Eso les corresponde a los que han renunciado a este mundo». Pues bien, yo os digo que vosotros tenéis más necesidad de la Escritura que los monjes. En cuanto a ellos, lo que les salva es su tipo de vida; vosotros, por el contrario, estáis en medio de la refriega, estáis expuestos a nuevas heridas sin tregua.

Por eso tenéis necesidad de la Escritura: una necesidad continua para alcanzar la fuerza. Muchos me dirán: «¿Y los negocios... y el trabajo?». ¡Bello pretexto, de verdad! Vosotros discutís con vuestros amigos, vais a los espectáculos, asistís a los encuentros deportivos... ¿Entonces? ¿Pensáis que cuando se trata de la vida espiritual es algo sin importancia? ¡Ah, se me olvidaba! Hay otra excusa: «Nosotros no tenemos libros». Este pretexto sólo merece una buena carcajada (Juan Crisóstomo).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Toma el libro, cómetelo. Tienes aún que profetizar» (cf. Ap 10,9-11).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Porque, Sócrates, me parece a mí, y tal vez también a ti, que tener un conocimiento seguro de estas cosas en esta vida es o imposible o extremadamente difícil; pero, por otra parte, no poner a prueba por todos los caminos lo que se dice de ellas, sin desistir de ellas, sin haber hecho antes todo lo posible por examinarlas desde todos los puntos de vista, es cosas de hombres de ánimo sobremanera flojo.

Y es que me parece que en semejantes temas se debe conseguir uno de estos dos fines: o aprender de otros cómo son o encontrarlo por nosotros mismos; o bien, donde no sea posible, ateniéndose, si no hay otra cosa, al mejor o al más inexpugnable de los razonamientos humanos, y confiándose a él como a una balsa, arriesgarnos nosotros mismos a navegar a través de la vida, cuando no sea posible realizar este viaje con mayor seguridad y menor peligro en una nave más sólida, es decir, sobre alguna palabra divina (Platón, Fedón).

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