Jn 16, 5-11: Conviene que me vaya

El Texto (Jn 16,5-11)

5 Pero ahora me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Dónde vas?”
6 Sino que por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza.
7 Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré:
8 y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio;
9 en lo referente al pecado, porque no creen en mí;
10 en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis;
11 en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado.

Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 78

5-6. Como los discípulos aún no eran perfectos, les asaltó la tristeza; y el Señor, reprendiéndoles, les alentó diciendo: «Pero ahora me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Dónde vas?”» Y era que como habían oído que cualquiera que los matara creería hacer un servicio a Dios, se acobardaron de tal manera que no le hablaban palabra. Por eso dice: «Sino que por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza.» No es pequeño consuelo saber que Dios conocía su gran tristeza por su abandono, por los trabajos que les había dicho que habían de pasar, y que no sabían si los podrían soportar varonilmente.

7. «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya…» Como si dijera: Aunque os contristéis mil veces, os conviene oír que es útil que yo me aparte de vosotros. Y la razón por qué conviene, la manifiesta diciendo: «porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré:»

8. «y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio;»¿Qué es lo que aquí dicen los que no opinan del Espíritu Santo como se debe? ¿Es normal que se vaya el señor para que venga el siervo? [1] Mas para demostrar cuál sea la utilidad de la venida del Espíritu Santo, añade: “Y cuando vendrá argüirá al mundo de pecado” etc.

9. « …en lo referente al pecado, porque no creen en mí » Acusará al mundo de pecado, esto es, desechará toda excusa y probará que pecaron los que no creyeron en El, cuando vieron que el Espíritu Santo derramaba sus dones inefables a la invocación de su nombre.

«… en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis.» Ir al Padre será un argumento de que observaba vida irreprensible, para que no pudieran decir: “Este hombre es pecador y no es de Dios” (Jn 9,24). También porque combatía al enemigo (porque de ser pecador no lo hiciera) no podrán decir que soy seductor y tengo demonio. Y por cuanto fue en fin condenado por mí, sabrán que pueden hollarle con sus pies, y verán manifiestamente mi resurrección porque mi enemigo no pudo impedirla.


Notas

[1] No debe entenderse como una subordinación del Espíritu Santo al Padre y al Hijo. El Espíritu Santo, “con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria” (Símbolo niceno-constantinopolitano).

San Agustín, varios escritos

5-6. Porque anteriormente le habían preguntado a dónde se iría, y les había respondido “que ellos no podrían ir a donde El iría”, ahora que les asegura que se va, ninguno le pregunta a dónde, y por esto dice: «Pero ahora me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Dónde vas?”». Al irse el Señor al cielo no le preguntaron con palabras, sino que le acompañaron con su mirada. Pero veía el Señor el efecto que en sus corazones hacían sus palabras. Puesto que no tenían aún el consuelo interior del Espíritu Santo que habían de recibir, temían perder lo que exteriormente veían en Cristo. Además, puesto que el Señor siempre decía la verdad, no cabía que dudasen de que los iba a dejar. Así pues, el humano cariño los entristecía, y por esto les dijo: «Por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza.»

7. Pero El conocía qué era lo que más les convenía, porque la visión interior con que el Espíritu Santo había de consolarles, era mejor. Por esto añadió: «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya…» (in Ioannem, tract., 94).

7b. «… si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré:» Esto lo dijo, no porque medie desigualdad entre el Verbo de Dios y el Espíritu Santo, sino porque la presencia del Hijo del hombre entre ellos, era un obstáculo a la infusión de sus dones, porque el que había de venir no era menor, pues no se anonadó como el Hijo tomando forma de siervo (Flp 2), y convenía que desapareciese de los ojos de ellos la forma de siervo, en la que sólo consideraban a Cristo a quien veían. Por lo que dice: “Si yo marcho, os lo enviaré” (De Trin, 1, 9).

Acaso, estando El aquí, ¿no podía enviarlo? Sabemos que vino y permaneció sobre El en el bautismo, y aun sabemos que nunca se separó de El. ¿Por qué, pues, el decir “Si no me fuere, el Paráclito no vendrá a vosotros”, sino porque no podéis recibir el Espíritu Santo, cuando persistís en no conocer a Cristo sino según la carne? Separándose Cristo corporalmente, vino a ellos espiritualmente, no sólo el Espíritu Santo, sino que también el Padre y el Hijo (in Ioannem, tract., 94).

Esta bienaventuranza nos trajo el Espíritu Santo: que, separada de nuestros ojos de carne la forma de siervo que tomó en el vientre de la Virgen, pueda contemplarle la agudeza de nuestra inteligencia purificada en la misma forma de Dios, con la que es igual al Padre, conservando al mismo tiempo aquella en que se dignó aparecer en carne (De verb Dom. Serm. 60).

8-9. «y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio;» ¿Por ventura Cristo no arguye al mundo? O ¿acaso porque Jesucristo no habló más que con la nación judía, no argüirá al mundo? Pero el Espíritu Santo ¿no arguyó acaso, no sólo a una nación, sino a todo el mundo por medio de sus discípulos esparcidos por todo el orbe? ¿Y habrá quien se atreva a decir que es el Espíritu Santo y no Cristo quien arguye por medio de los discípulos de Cristo, cuando clamaba el Apóstol: “¿Acaso queréis experimentar si es Cristo el que en mí habla?” (2Cor 13,3). Cristo es, pues, quien arguye a los que arguye el Espíritu Santo. Pero dijo “El argüirá al mundo”, como si dijera: El derramará la caridad en vuestros corazones. Así, pues, depuesto todo temor, tendréis libertad para reprender. Después explica lo que había dicho, del siguiente modo: «en lo referente al pecado, porque no creen en mí.» Y citó este pecado como el mayor de todos, porque perseverando éste los demás son retenidos, y desapareciendo éste todos son perdonados (in Ioannem, tract., 95).

Pero hay gran diferencia entre creer que es Cristo y creer en Cristo, pues que es Cristo, hasta los demonios lo creyeron. Pero cree en Cristo quien espera en El y le ama (De verb Dom. Serm. 61).

9-10. « …en lo referente al pecado, porque no creen en mí » También el Espíritu Santo acusa al mundo de pecado, porque el nombre del Salvador, que es reprobado por el mundo, obra maravillas. El Salvador, después de guardada la justicia, no temerá volver a Aquel que le envió, y por su regreso probará de dónde vino, y por eso dice: «en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis.» (De quaest. Nov. et vet testam, qu. 89).

10. Es acusado el mundo de pecado, porque no cree en Cristo, al mismo tiempo que los creyentes son acusados de justicia, porque la comparación entre los fieles es la reprobación de los infieles. «En lo referente a la justicia porque me voy al Padre…» y dado que el sentido de la palabra infidelidad se acostumbra a usar en el sentido que expresa la pregunta: ¿cómo creemos aquello que no podemos ver?, conviene, pues, definir en qué consiste la justicia de los que creen. Y esto queda expresado en la frase: «Porque me voy al Padre, y ya no me veréis.» Bienaventurados, pues, los que no ven y creen. Porque los que vieron a Cristo no merecieron alabanza por su fe, porque creían lo que veían, esto es, al Hijo del hombre, pero sí en cuanto creían lo que no veían, esto es, al Hijo de Dios. Pero cuando desapareció de su presencia la forma de siervo, entonces se verificó completamente la palabra: “El justo vive de la fe” (Rom 1,17). Consistirá, pues, vuestra justicia, de la que acusará al mundo, en que creeréis en mí, a quien no veréis; y cuando me viereis como ahora, no me veréis del modo que estoy con vosotros, esto es, no me veréis mortal, sino eterno. Al decir, pues, «ya no me veréis.» , profetizó que en adelante ya nunca le verían (in Ioannem, tract., 95).

También podríamos decir que ellos no creyeron que iba al Padre y éste fue su pecado. Pero del Señor fue la justicia. Porque si fue misericordia el venir del Padre a nosotros, fue justicia el volver al Padre, según aquellas palabras del Apóstol: “Porque Dios le exaltó” (Flp 2,9). Pero si vuelve solo al Padre, ¿qué bien nos resulta a nosotros? No va solo, porque Cristo es uno con todos sus elegidos, así como la cabeza con el cuerpo. El mundo es acusado de pecado en aquellos que no creen en Cristo, y de justicia en los que resucitan como miembros de Cristo (De verb Dom. serm. 61).

11. Y continúa diciendo: «En lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado.» Es decir, el diablo, príncipe de los inicuos, que en su corazón no viven sino en este mundo, al que aman. En esto mismo que el diablo fue echado fuera, juzgado está, y éste es el juicio del cual el mundo es acusado, porque se lamenta en vano del diablo, el que no quiere creer en Cristo; y juzgado, esto es, echado fuera, le es permitido atacarnos desde fuera para ejercitar nuestra virtud y vencerle en el martirio, no sólo los varones, sino que también las mujeres, los niños, y hasta las tiernas doncellas.

Juzgado está, porque fue condenado irrevocablemente al fuego eterno. En este juicio está condenado el mundo, porque está juzgado con su príncipe, a quien imita en soberbia e impiedad. Crean, pues, los hombres en Cristo, para que no sean acusados del pecado de infidelidad, con el cual son retenidos todos los demás pecados; pasen al número de los fieles para que no sean argüidos de justicia por aquellos a quienes, justificados, no imitan; y guárdense del futuro juicio para que no sean condenados con el príncipe del mundo, a quien imitan (in Ioannem, tract., 95).

Viendo los demonios subir las almas de los infiernos a los cielos, conocieron que el príncipe de este mundo había sido ya juzgado como reo en la causa del Salvador, y condenado a perder lo que retenía. Esto, en verdad, se vio manifiestamente en la ascensión del Salvador, y fue manifestado claramente a sus discípulos en la venida del Espíritu Santo (De quaest. Nov. et vet testam, qu. 89).

San Gregorio, Moralium, 8, 17

7. «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré:» Como si claramente dijera: Si no sustraigo mi cuerpo de vuestras miradas, no alimentaré invisiblemente vuestro espíritu con el Consolador Espíritu Santo.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Bernardo, Sermón 3 de Pentecostés

«Os conviene que me vaya» (Jn 16,7)

El Espíritu Santo cubrió con su sombra a la Virgen (Lc 1,35) y, el día de Pentecostés, confortó a los apóstoles; preparó un acceso a la divinidad en un cuerpo virginal, y revistió a los apóstoles con una fuerza venida de lo alto (Lc 24,49), es decir, con su ferviente caridad. El coro de los apóstoles se vistió esa coraza como un gigante para tomar venganza de los pueblos y aplicar el castigo a los paganos, sujetando a los reyes con argollas y a los nobles con esposas de hierro. Como se trataba de meterse en casa de un hombre fuerte y deshacer todo su ajuar, era necesario ser más fuerte que él.

Triunfar de la muerte y no sucumbir ante el poder del infierno les era totalmente imposible: únicamente vencerían llenos de «un amor fuerte como la muerte» (Mt 16,18; Ct 8,6) y de una pasión tan cruel como el abismo. Este es el celo que los devoraba cuando la gente los creía borrachos. Es cierto que estaban bebidos, pero no de un vino ordinario. Estaban ebrios, repito, pero del vino nuevo que los odres viejos no merecen ni pueden contener. Este vino es fruto de la «vid celestial», un vino que alegra el corazón y no trastorna la mente; un vino que desarrolla a los jóvenes y no extravía a los hombres inteligentes. Un vino desconocido para los habitantes de la tierra. En el cielo siempre había sido abundante… Por todas las calles y plazas de la ciudad corría ese vino que llena de alegría el corazón (Jn 15,1; Sal. 103,15)…

Así, pues, el cielo saborea un vino especial que la tierra todavía no ha probado. Y era tal su ignorancia que tampoco se deleitaba en la humanidad de Cristo, cuya presencia ansiaba el cielo. ¿Cómo no iban a hacer, pues, el cielo y la tierra, los ángeles y apóstoles un negocio tan honesto como provechoso para ellos? Aquellos piden la humanidad de Cristo, estos el vino del cielo; que el Espíritu venga a la tierra y la carne suba al cielo, y en adelante todo sea común para todos. Jesús había dicho: si no me voy, no vendrá vuestro Defensor. Que quiere decir: Si no dais eso que tanto amáis, no tendréis lo que deseáis. Os conviene que yo me vaya, para trasladaros a vosotros de la tierra al cielo y de la carne al espíritu. El Hijo es espíritu, el Padre es espíritu, y el Espíritu Santo es espíritu. Recordemos la Escritura: Cristo, el Señor, es un espíritu que está siempre con nosotros. Y el Padre, por ser espíritu, quiere que se le adore en espíritu y de verdad. (Jn 4,23-24).

San Juan Pablo Magno, papa

Catequesis, audiencia general, 26-06-1991: El Espíritu Santo, generador de la fortaleza cristiana

1. Los hombres de hoy, particularmente expuestos a los asaltos, insidias y seducciones del mundo, tienen especial necesidad del don de la fortaleza; es decir, del don del valor y la constancia en la lucha contra el espíritu del mal que asedia a quien vive en la tierra, para desviarlo del camino del cielo. Especialmente en los momentos de tentación y de sufrimiento, muchos corren el riesgo de vacilar o de ceder. También los cristianos corren siempre el riesgo de caer desde la altura de su vocación y de desviarse de la lógica de la gracia bautismal que les ha sido concedida como un germen de vida eterna. Precisamente por esto, Jesús nos ha revelado y prometido el Espíritu Santo como consolador y defensor (cf. Jn 16, 5-15). Por medio de él se nos concede el don de la fortaleza sobrenatural, que es una participación en nosotros de la misma potencia y firmeza del Ser divino (cf. Summa Theologica, I-II, q. 61, a. 5; q. 68, a. 4).

2. Ya en el Antiguo Testamento encontramos muchos testimonios de la acción del Espíritu divino que sostenía a cada uno de los personajes, pero también a todo el pueblo, en las diversas peripecias de su historia. Sin embargo, es sobre todo en el Nuevo Testamento donde se revela la potencia del Espíritu Santo y se promete a los creyentes su presencia y acción en todas las luchas, hasta la victoria final. Muchas veces nos hemos referido a ello en las catequesis anteriores. Aquí me limito a recordar que, en la Anunciación, el Espíritu Santo se revela y se concede a María como “poder del Altísimo”, que demuestra que “ninguna cosa es imposible para Dios” (Lc 1, 35-37).

Y en Pentecostés, el Espíritu Santo, que manifiesta su poder con el signo simbólico del viento impetuoso (cf. Hch 2, 2), comunica a los Apóstoles y a cuantos se encuentran con ellos “reunidos en un mismo lugar” (Hch 2, 1) la nueva fortaleza prometida por Jesús en su discurso de despedida (cf. Jn 16, 8-11), y poco antes de la Ascensión: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros…” (Hch 1, 8; cf. Lc 24, 49).

3. Se trata de una fuerza interior, arraigada en el amor (cf. Ef 3, 17), como escribe san Pablo a los Efesios: el Padre “os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior” (Ef 3, 16). Pablo pide al Padre que dé a los destinatarios de su carta esta fuerza superior, que la tradición cristiana incluye entre los “dones del Espíritu Santo”, tomándolos del texto de Isaías, quien los enumera como propiedades del Mesías (cf. Is 11, 2 ss.). El Espíritu Santo comunica también a los seguidores de Cristo, entre los dones que colman su alma santísima, la fortaleza, de la que él fue modelo en su vida y en su muerte. Se puede decir que al cristiano empeñado en la “batalla espiritual” se le comunica la fortaleza de la cruz.

El Espíritu interviene con una acción profunda y continua en todos los momentos y bajo todos los aspectos de la vida cristiana, con el fin de orientar los deseos humanos en la dirección justa, que es la del amor generoso a Dios y al prójimo, siguiendo el ejemplo de Jesús. Con este fin, el Espíritu Santo robustece la voluntad, haciendo que el hombre sea capaz de resistir a las tentaciones, vencer en las luchas interiores y exteriores, derrotar el poder del mal y, en particular, a Satanás, como Jesús, a quien el Espíritu llevo al desierto (cf. Lc 4, 1), y realizar la empresa de una vida de acuerdo con el Evangelio.

 -Más adelante habrá más homilías, pero no se pudieron agregar por falta de tiempo 🙁

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