Josué, sucesor de Moisés

Josué ora a Dios y el sol se detiene (Gustave Doré 1883)

Josué ora a Dios y el sol se detiene (Gustave Doré 1883)

Moisés lo había sido todo en la formación del pueblo de Israel: era el caudillo que había capitaneado la salida de Egipto, el juez que había dirimido los pleitos de los israelitas entre sí, el legislador que había transmitido la voluntad de Dios al pueblo, el guía que había llevado a Israel por las diversas etapas a través del desierto, que había realizado numerosas señales y prodigios…

Sobre todo era el hombre de Dios por excelencia, el que hablaba con Dios cara a cara, como un hombre con su amigo. Había sido el mediador gracias al cual había quedado sellada la alianza de Yahveh con su pueblo. Y había sido el intercesor ante el Señor a favor de los israelitas cuando estos pecaban…

Pero Moisés no era eterno. Realizaba su misión, llegaba al final de su vida. El propio Moisés había elegido como sucesor suyo a Josué, a quien había instruido adecuadamente y había impuesto las manos, transmitiéndole sus poderes. Sin duda, le consideraba el más idóneo para continuar guiando al pueblo.

Sin embargo, la situación no era fácil. Quedaba en cierto sentido lo más difícil: introducir al pueblo en la tierra prometida, ocupada por pueblos fuertes y belicosos. Y su propio pueblo no era en absoluto dócil: si se había rebelado contra el propio Moisés, ¡cuánto más contra él! Josué debió sentir vértigo ante la situación que se le avecinaba.

De hecho, Dios mismo interviene para alentarle: «Lo mismo que estuve con Moisés estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré… Sé valiente y firme… No tengas miedo ni te acobardes, porque Yahveh tu Dios estará contigo dondequiera que vayas».

Era comprensible que tuviera miedo. Sin embargo, es significativo que en las palabras de aliento no se mencionan ni sus cualidades ni su preparación. Se le invita a vivir de la fe, a apoyarse en la confianza. No debe sentirse seguro por las cualidades que posee ni acobardarse por aquellas de las que carece. Se le transmite una única certeza: Dios estará con él como estuvo con Moisés. Ahí se apoya la seguridad de conquistar para Israel la tierra prometida.

Únicamente se le impone una condición: Ser fiel a la Ley, es decir, a la voluntad de Dios, sin apartarse un ápice de ella, ni a derecha ni a izquierda. Confiando en Dios y obedeciendo a su Palabra todo irá bien.

Pienso que la experiencia de Josué es también la nuestra. No todos hemos de suceder a un gran líder. Pero a todos nos llega –antes o después– el momento de asumir responsabilidades decisivas en los diversos ámbitos de nuestra vida: la familia, el trabajo, la sociedad, la Iglesia…

Y podemos caer en el craso error de sentirnos muy capaces. Pero también en la tentación del desaliento ante las dificultades objetivas o ante nuestras propias limitaciones.

En Josué encontramos la respuesta. Confianza absoluta en la presencia y la asistencia del Señor, que nos encomienda tal misión. Desconfianza en nosotros mismos, ante una tarea que sobrepasa ilimitadamente nuestras cualidades. Y compromiso decidido de vivir el encargo según la voluntad de Dios, según sus enseñanzas y sus inspiraciones, que no faltarán porque Él es fiel. No se nos ahorrarán las dificultades, como a Josué, pero en medio de ellas nos sentiremos sostenidos por el Dios que camina con nosotros y va delante de nosotros abriendo camino…

(Textos bíblicos: Dt 31 y 34; Jos 1)

Tomado del libro: “Personajes bíblicos” de Julio Alonso Ampuero

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