Lc 10, 38-42 Marta y María

Texto Bíblico

38 Yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. 39 Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. 40 Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». 41 Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; 42 solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

Tratado: Marta y María en el único cuerpo de Cristo.

Tratado sobre el evangelio de san Lucas, 7, 85-86.

«María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán» (Lc 10,42).

En la parábola del buen Samaritano se ha tratado de la misericordia, pero no hay una sola manera de ser virtuoso. A renglón seguido viene el ejemplo de Marta y de María; vemos a una entregándose a la acción, la otra, religiosamente atenta a la palabra de Dios. Si esta atención va de acuerdo con la fe, es preferible incluso a las obras, según lo que está escrito: «María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán». Esforcémonos también nosotros a poseer eso que nadie nos podrá quitar, pongamos nuestro oído atento, no distraído… Seamos como María a quien animaba el deseo de la sabiduría: esta es una obra mayor, más perfecta que las otras… Así pues, no critiques, no juzgues como perezosos a aquellos que tienen deseo de esta sabiduría…

Marta, sin embargo, no es criticada por sus buenas tareas, incluso si María ha escogido la mejor parte. En efecto, Jesús tiene múltiples riquezas y hace múltiples dones… Tampoco los apóstoles han juzgado que era mejor descuidar la palabra de Dios para ocuparse de la administración (Hch 6, 2) sino que las dos cosas son obras de la sabiduría. Por su parte, Esteban, lleno de sabiduría, ha sido escogido como servidor. Así pues, que el que sirve obedezca al que enseña, y el que enseña anime al que sirve. El cuerpo de la Iglesia es uno aunque los miembros sean diversos: el uno tiene necesidad del otro. «El ojo no puede decir a la mano: No tengo necesidad de ti, ni la cabeza puede decirlo a los pies» (1Co 12,14s) La oreja no puede decir que no es parte del cuerpo. Hay unos órganos más importantes que otros; sin embargo, todos son necesarios.

San Elredo de Rievaulx, monje cisterciense

Sermón: Somos Marta y somos María.

Sermón en la Asunción.

«…lo recibió en su casa» (cf. Lc 10,38).

“Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Tenía Marta una hermana llamada María.” Si nuestro corazón es el lugar donde reside Dios, es justo que estas dos mujeres también estén allí: una, sentada a los pies de Jesús para escucharlo, la otra ocupada en darle de comer. Mientras Cristo esté en la tierra, pobre, hambriento, sediento, tentado, será necesario que estas dos mujeres habiten en la misma casa, que en un mismo corazón residan estas dos actividades…

Así, pues, durante esta vida de miseria y trabajos es necesario que Marta habite en vuestra casa… Mientras tengamos necesidad de comer y de beber, tendremos también necesidad de dominar nuestras pasiones, nuestro cuerpo por los desvelos, del ayuno y del trabajo. Esta es la parte de Marta. Pero también hace falte que esté presente en nosotros María, la actividad espiritual, ya que no nos debemos entregar sin cesar a los ejercicios corporales, también nos hace falta descansar, gustar cuán bueno y cuán suave es el Señor, sentarnos alos pies de Jesús y escuchar su Palabra.

Santa Isabel de la Trinidad, carmelita descalza

Retiro: Unirse a Dios a través del silencio.

Ultimo retiro.

«María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra» (Lc 10,39).

“Vuestra fuerza está en el silencio” (cf Is 30,15)… Mantener la fuerza en el Señor, es hacer la unidad en todo su ser a través del silencio interior, es recoger todas sus fuerzas para ocuparlas únicamente en el ejercicio de amar; es tener esa mirada simple que permite que la luz se derrame (Mt, 6,22). Un alma que entra en discusión con su yo, que está ocupada en sus sensibilidades, que discurre pensamientos inútiles, un deseo sin importancia, esta alma dispersa sus fuerzas, no está del todo ordenada a Dios… Todavía hay en ella cosas demasiado humanas, hay una disonancia.

El alma que todavía guarda en su reino interior alguna cosa, que todas sus fuerzas no están “concentradas” en Dios, no puede ser una perfecta “alabanza de gloria” (Ef 1,14); no está en estado de cantar sin cesar el “cántico nuevo”, el gran cántico del que habla san Pablo, porque la unidad todavía no reina en ella; y, en lugar de continuar su alabanza a través de todas las cosas con sencillez, precisa, sin cesar, reunir las cuerdas de su instrumento un poco desperdigadas por todos lados.

¡Cuán indispensable es para el alma que quiere vivir ya aquí la vida de los bienaventurados, es decir, de los seres simples, de los espíritus, esta bella unidad interior! Me parece que el Maestro se refería a esta mirada cuando hablaba a María Magdalena de lo “único necesario”. ¡Cómo lo comprendió la gran santa! La mirada de su alma iluminada por la luz de la fe, había reconocido a su Dios bajo el velo de la humanidad, y, en el silencio, con sus fuerzas unidas, “escuchaba la palabra que Él le decía”… Sí, no sabía nada fuera de Él.

Para que nada me saque de este hermoso silencio interior hay que guardar siempre las mismas condiciones, el mismo aislamiento, la misma separación, el mismo despojo. Si mis deseos, mis temores, mis alegrías, y mis dolores, si todos los movimientos provenientes de estas «cuatro pasiones» no están perfectamente ordenados a Dios, no seré un alma solitaria, y habrá en mí ruido. Es necesario, pues, el sosiego, el «sueño de las potencias», la unidad del ser. «Escucha, hija mía, inclina el oído, olvida a tu pueblo y la casa paterna, y el Rey será cautivo de tu belleza» (Sal. 44, 12 13)… «Olvidar su pueblo» me parece que es más difícil; porque este pueblo es todo este mundo, que hace, por decirlo así, parte de nosotros mismos: la sensibilidad, los recuerdos, las impresiones, etc… Y cuando el alma ha hecho esta ruptura, cuando está libre de todo esto, el Rey será cautivo de su belleza…

El Creador, viendo el hermoso silencio que reina en su criatura, considerándola toda recogida en su unidad interior… la hace pasar a esta soledad inmensa, infinita, a este «lugar espacioso» cantado por el profeta (sal 17,20) y que no es otro que El mismo… «La llevaré a la soledad y le hablaré al corazón» (Os. 2, 14). ¡He aquí a esta alma entrada en esta vasta soledad donde Dios se hará oír! «Su palabra, dice San Pablo, es viva y eficaz, más penetrante que una espada de doble filo; llega hasta la división del alma y del espíritu y hasta las coyunturas y la médula» (Heb. 4, 12). Es, pues, ella directamente la que acabará el trabajo de despojo en el alma…

Pero no basta con escuchar esta palabra, ¡hay que guardarla! (Jn. 14, 23). Y es guardándola como el alma será «santificada en la verdad», según el deseo del Maestro… Al que observa su palabra ¿no ha hecho El la promesa: «Mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él»? (Jn. 14, 23). ¡Toda la Trinidad habita en el alma que la ama de verdad, es decir, observando su palabra!…

Odón de Canterbury, monje, benedictino

Sermón: Marta y María unidas.

Sermón para la solemnidad de la Asunción.

«María escuchaba su palabra… Marta andaba afanada con los muchos servicios» (cf. Lc 10,39s).

En el Evangelio, se describe a Jesús como siendo acogido por dos hermanas, de las cuales una le servía, y la otra se entregaba a la escucha de su palabra. Esto se aplica también a la bienaventurada Virgen María.

En estas dos mujeres de quienes habla la Escritura, es corriente ver el símbolo de dos estilos de vida en la Iglesia: Marta representaba la vida activa, y María la vida contemplativa. Marta trabajaba en obras de misericordia; María reposaba contemplando. El activo se entrega al amor al prójimo, el contemplativo al amor de Dios. Por tanto, Cristo es Dios y hombre. Y ha sido rodeado del amor único de la bienaventurada Virgen María, cuando servía a la vez a su humanidad y cuando estaba atenta a la contemplación de su divinidad…

Otros sirven a los miembros del cuerpo del Cristo; la Virgen María servía a Cristo en persona… y no sólo por acciones exteriores, sino por su propia sustancia: le ofreció la hospitalidad de su seno. En su infancia, ayudó a la debilidad de su humanidad, acariciándolo, bañándolo, curándolo; se lo llevó y regresó de Egipto para evitar la persecución de Herodes; y después de múltiples servicios, se mantuvo a su lado mientras moría en la cruz, y asistió a su amortajamiento… ¿No fue así como se comportó Marta, y por tanto la igualó en el servicio?

En la contemplación también, en la parte de María, es superior a todos. ¡En verdad, qué contemplativa no debía ser, la que había llevado en su seno a la misma divinidad, unida en su carne a la persona del Hijo de Dios! Por tanto, lo escuchó, conversó con él, gozó de él, lo contempló. “En el Cristo están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento ” (Col. 2,3)… Así fue María contemplativa, ella que, en el Hijo único de Dios al que había engendrado de su carne, contemplaba la gloria de toda la Trinidad.

Santo Tomás Moro, teólogo y mártir

Tratado: Se recibe al Señor en la Eucaristía.

Tratado para recibir el Cuerpo del Señor.

«Marta lo recibe en su casa; María escucha su palabra» (Lc 10,39-40).

Habiendo recibido a Nuestro Señor en la Eucaristía, teniéndolo presente en nuestro cuerpo, no vayamos a dejarlo completamente solo, para ocuparnos de otra cosa, sin hacerle más caso…: que él sea nuestra única ocupación. Dirijámonos a él con una oración ferviente; entretengámonos con él con entusiastas meditaciones. Digamos con el profeta: «Escucharé las palabras que el Señor me dice en lo más íntimo de mi corazón» (Sal. 84,9). Ya que, si… le prestamos toda nuestra atención, no dejará de pronunciar en nuestro interior, bajo forma de inspiraciones, tal o cual palabra destinada a aportarnos un gran consuelo espiritual y de provecho para nuestra alma.

Seamos pues a la vez Marta y María. Con Marta, procuremos que toda nuestra actividad exterior sea en beneficio de Él, consiste en hacerle buen recibimiento, a Él primero, y también por amor a Él, a todos los que le acompañan, es decir, a los pobres de los que Él mismo tiene a cada uno, no sólo por su discípulo, sino por sí mismo: «Lo que hacéis al más pequeño de mis hermanos, a mí mismo me lo hacéis» (Mt 25,40)… Esforcémonos en retener a nuestro huésped. Digámosle con los dos discípulos de Emaús: «Quédate con nosotros, Señor» (Lc 24,29). Y entonces, estemos seguros, de que no se alejará de nosotros, a menos que nosotros mismos le alejemos por nuestra ingratitud.

San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: Dos mujeres, dos imágenes de nuestra vida.

Sermón 104 : PL 38, 616.

«Una cosa es necesaria» (Lc 10,42).

Creo que comprendéis que estas dos mujeres, las dos amadas por el Señor, las dos dignas de su amor, las dos discípulas suyas…, estas dos mujeres, pues, son imagen de dos formas de vida: la vida de este mundo y la vida del mundo futuro, la vida de trabajo y la vida de descanso, la vida llena de preocupaciones y la vida en la bienaventuranza, la vida en el tiempo y la vida eterna.

Dos vidas: meditemos sobre ellas más largamente. Considerad qué compone la vida de aquí abajo: no digo que sea una vida reprensible…, una vida de desenfreno e impía; no, hablo de una vida de trabajo, cargada de pruebas, angustias y tentaciones, de esta vida que no tiene nada reprochable como era la de Marta… El mal no había entrado en esta casa, tanto en Marta como en María; si hubiera entrado, la llegada del Señor lo habría disipado todo. Dos mujeres, pues, han vivido en ella, las dos han recibido al Señor, dos vidas amables, rectas, una hecha de trabajo, la otra de descanso… Una, vida de trabajo pero exenta de compromisos, escollo de una vida dada a la acción; la otra, una vida exenta de ocio, escollo de vida de recreo. Había allí dos vidas, y la misma fuente de vida…

La vida de Marta, es nuestro mundo; la vida de María, es el mundo que esperamos. Vivamos la de aquí con rectitud para obtener plenamente la otra. ¿Qué es lo que ya poseemos de ésta vida?… Precisamente, ya en este momento llevamos un poco esta vida: lejos de los negocios, fuera de las preocupaciones familiares, os habéis reunido aquí para escuchar. Con este comportamiento os asemejáis a María. Y os es más fácil que a mi que debo hablaros. Sin embargo, lo que voy a decir, lo tomo de Cristo, y este alimento es el de Cristo. Porque él es el pan común a todos, y es por ello que yo vivo en comunión con vosotros.

Maestro Eckart, teólogo dominico

«María escuchaba su palabra» (Lc 10,39).

María tenía que llegar a ser Marta antes que llegar a ser realmente María. Porque mientras estuvo sentada a los pies de nuestro Señor, no lo era todavía: lo era por su nombre, pero no todavía por su realización espiritual.

Alguna personas empujan las cosas tan lejos cuanto quieren liberarse de todas sus obras. ¡Yo digo que esto no va! No es sino después del tiempo en que han recibido el Santo Espíritu que los discípulos comienzan a hacer alguna cosa sólida. También María, mientras estuvo sentada a los pies de nuestro Señor, estaba aprendiendo; tan sólo acababa de entrar en la escuela; aprendía a vivir. Pero más adelante, cuando Cristo subió al cielo y María recibió el Santo Espíritu, fue entonces cuando ella comenzó a servir. Atravesó el mar, predicó y enseño y llegó a ser una colaboradora de los apóstoles.

Desde el primer instante en que Dios se hizo hombre y el hombre Dios, también Cristo se puso a trabajar para nuestra dicha, y esto lo hizo hasta el fin, cuando murió sobre la cruz. No hay ningún miembro de su cuerpo que no participe en esta gran obra.


Comentarios exegéticos

Cardenal Isidro Gomá y Tomás

El Evangelio explicado

Tomo II, Ed. Acervo, Barcelona, 1967, 109-112

Marta y María

Y aconteció que, como fuesen de camino, entró Jesús en una aldea; y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Y ésta tenía una hermana llamada María, la cual, también sentada a los pies del Señor, oía su palabra. Mientras que Marta estaba muy afanada en los quehaceres de la casa; la cual se presentó y dijo: Señor, ¿no reparas en que mi hermana me ha dejado sola para servir? Dile, pues, que me ayude. Y el Señor le respondió, y dijo: Marta, Marta, muy cuidadosa estás, y por muchas cosas te acongojas. En verdad, una sola cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte, que no le será quitada.

Explicación.-

Júntase admirablemente esta lección con la anterior; en aquélla se resuelve en tesis cuál sea la manera de lograr la vida eterna, a saber, amando a Dios y al prójimo; en ésta se nos ofrece, en las dos hermanas, un admirable ejemplo de lo uno y de lo otro; Marta es el modelo de amor al prójimo; María lo es del amor a Dios. El hecho tiene lugar en Betania, en la Judea (Ioh. 11,1), a tres kilómetros escasos de Jerusalén, adonde se dirigía Jesús para la fiesta de la Dedicación.

Y aconteció que como fuesen de camino, entró Jesús en una aldea: Juan la llama castillo o granja; Y una mujer que se llamaba marta lo recibió en su casa: la franqueza con que tratan a Jesús las dos hermanas hace suponer que no era ésta la primera vez que se hospedaba en la casa; Marta se presenta aquí como la hermana mayor y dueña de la casa. Y ésta tenía una hermana llamada María, la cual, también sentada a los pies del Señor, oía su palabra: le escuchaba sentada como discípula, ávida de absorber espiritualmente la celestial doctrina de Jesús; y estaba “también” sentada, porque quizá la acompañaban otras mujeres, o cuidaba d la casa y acudía cuando podía a los pies de Jesús, o “también” acogía al divino huésped, aunque a su manera. Marta, en cambio, agitábase de aquí para allá, atraída por toda suerte de cuidados con que honrar debidamente a Jesús, especialmente en disponer la cena para él y sus discípulos: Mientras que Marta estaba muy afanada en los quehaceres de la casa.

El temor de que no pudiese atender a todo en sus cuidados, la hizo pararse bruscamente delante de Jesús, par quejarse ante él lo que creía desidia de su hermana: La cual se presentó, y dijo: Señor, ¿no reparas en que mi hermana me ha dejado sola para servir? La queja va contra la hermana; la apelación, al huésped: si no se lo manda Jesús, María no se moverá de sus pies: Dile, pues, que me ayude. La descripción de la psicología de las dos hermanas está tratada de mano maestra: es breve, delicada, luminosa.

Y el Señor le respondió, con una frase que encierra todo un programa de vida y que es la concreción del sumo equilibrio del Cristianismo en el orden del obrar, y dijo: Marta, Marta…; la repetición del nombre es signo de afecto y admonición sobre un punto grave: muy cuidadosa estás, y por muchas cosas te acongojas: es la preocupación del espíritu y la agitación exterior por la multitud y nimiedad de los detalles en la preparación del hospedaje. Hacía Marta cosa laudable en sí, pero se excedía en el modo. Jesús la llama al justo medio, contraponiendo a la de Marta la conducta de su hermana: En verdad, una sola cosa es necesaria: no hay absoluta precisión más que de un solo objetivo. Cuál sea éste, lo indica Jesús: María ha escogido la mejor parte: debemos cuidar de las cosas de la vida, pero antes que todo, de la vida del espíritu, de nutrir el alma con la buena doctrina, fundamento del bien vivir. Tú has obrado bien, aunque te has excedido en lo exterior; María ha elegido lo mejor, porque con toda su alma se ha adherido a mí, y ha bebido a sorbos la ciencia del espíritu; esto durará siempre, que no le será quitada esta parte o suerte de vida que ha escogido, porque la vida bienaventurada es vida completamente de espíritu, de contemplación y de amor. Estas palabras de Jesús han producido en su Iglesia estas dos grandes manifestaciones de la vida: la contemplación y la acción; aquella es superior a ésta.

Lecciones morales.

A) v. 38.- Marta lo recibió en su casa.- Le recibió, dice San Agustín, como suelen recibirse los peregrinos: pero aquí era la sierva, que recibía al Señor; la enferma, al Salvador; la criatura al Creador. Ni digamos: “Felices los que pudieron hospedar en su propia casa a Cristo”; no nos lamentemos por ello, cuando él mismo nos dice: “Lo que hiciereis a uno de estos pequeños, a mí lo habéis hecho” (Mt. 5, 40). Y ¿por ventura no tenemos la dicha de poder recibirle cuando queramos personalmente, como Marta, en la Sagrada Comunión, en la propísima casa de nuestro pecho?

B) v. 39.- María…, sentada a los pies del Señor, oía su palabra. No estaba sentada solamente cerca de Jesús, sino a los mismos pies del Señor, dice el Crisóstomo; con lo se significa la diligencia, la asiduidad, la atención a lo que dice, y la profunda reverencia que tiene para con el Señor. Porque, dice San Agustín, cuanto más humildemente se sentaba a los pies de Jesús, tanto más se empapaba su alma de la doctrina del divino Maestro: como las aguas, que no se detienen en los montes y collados, sino que bañan y fecundan la humildad de las llanuras.

C) v. 41.-Por muchas cosas te acongojas.- ¡Cuántos son los hombres que se acongojan por demasiadas cosas! Se cuida de lo que tiene; se sufre por aquello que se carece; se busca con afán pábulo para todas las potencias, objetivo para todas las direcciones de la vida. Y ésta se distiende: y vienen las inquietudes y las congojas. Es que la mayor parte de las vidas tienen poco nervio espiritual: un pensamiento y una voluntad es lo que da fijeza, estabilidad, descanso a la vida, que gira toda con regularidad alrededor de un solo árbol maestro. Cuando, por el contrario, hay en nuestra vida lo que podríamos llamar multiplicidad de centros periféricos, cada uno reclama una porción de las energías de la vida, lo que engendra la agitación estéril, el cansancio, el desasosiego. ¡Abundan más las Martas que las Marías; y aún ojalá que los simbolizados por Marta se ocupasen, como ella, en útiles y santos ministerios!

D) v. 42.-María ha escogido la mejor parte…- ¿Querrá esto decir que debemos ser todos unos contemplativos, abismándonos en el estudio de las cosas de Dios, olvidados del mundo que nos rodea? No: Jesús, dice San Agustín, no reprende a Marta; sólo señala diferencia de ministerios. Hay vocaciones a un estado superior de contemplación. Que no digan los activos que los que contemplan no trabajan; trabajan mejor que ellos, si contemplan mejor. De aquí la importancia suma que a la vida contemplativa dio siempre la Iglesia. Pero cuando debe prevalecer la acción, entonces la misma Iglesia es la que orienta la actividad de sus hijos en este sentido. Este criterio ha hecho que surgieran en el campo de la Iglesia, en días de lucha con el enemigo, esta pléyade de hombres, de instituciones, que tienen por lema unir la acción a la contemplación. Hacen a la vez la obra de Marta y María.

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