Mc 6, 53-56: Curaciones en Genesaret

Texto Bíblico

53 Terminada la travesía, llegaron a Genesaret y atracaron. 54 Apenas desembarcados, lo reconocieron 55 y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas. 56 En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que la tocaban se curaban.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)




Uso Litúrgico de este texto (Homilías)



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Teofilacto

53-54. Después de largo espacio de tiempo, arribó el Señor a dicho lugar; y por esto dice el evangelista: “Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida”, es decir, por los habitantes.

55. “… comenzaron a traer a los enfermos.” No le invitaban a que fuese a curar a las casas, sino que le llevaban ellos mismos los enfermos. “Y donde quiera que llegaba, fuesen aldeas, o casas de campo”, etc. El milagro de la mujer del flujo de sangre había llegado a oídos de muchos, y les inspiraba mucha fe, por la cual sanaban.

Beda, in Marcum, 2, 28

54-55. Lo conocieron por su nombre, no por el rostro; o acaso lo conocieron muchos por la grandeza de sus milagros y por su rostro. Observemos cuánta era la fe de los hombres de la tierra de Genesaret, que no se contentan con tener ellos la salud, sino que avisan a otros pueblos de las inmediaciones, para que se apresuren a venir al médico. “Y recorriendo toda la comarca entera, empezaron las gentes a sacar en andas”, etc.

56. “… le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto.” En sentido místico, debemos entender por la franja de su vestido el menor de sus preceptos, porque el que lo quebrante será llamado el menor en el reino de los cielos; o el asumir nuestra carne, por lo que tenemos acceso al Verbo de Dios, y gozaremos después de su Majestad.

Pseudo – Jerónimo

56. Lo que sigue: “Y todos los que le tocaban quedaban curados”, se cumplirá cuando cese el gemido.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Santa Teresa de Jesús

Obras:

Camino de Perfección, c. 34.

«Todos los que le tocaban quedaron curados» (Mc 6, 56)

Cuando Jesús estuvo en este mundo, el simple contacto con sus vestiduras curaba a los enfermos. ¿Por qué dudar, si tenemos fe, que todavía haga milagros en nuestro favor cuando está tan íntimamente unido a nosotros en la comunión eucarística? ¿Por qué no nos dará lo que le pedimos puesto que está en su propia casa? Su Majestad no suele pagar mal la hospitalidad que le damos en nuestra alma, si le es grata la acogida. ¿Sentís la tristeza de no contemplar a nuestro Señor con los ojos del cuerpo? Dígase que no es lo que le conviene actualmente…

Pero tan pronto como nuestro Señor ve que un alma va a sacar provecho de su presencia, se le descubre. No lo verá, cierto, con los ojos del cuerpo, sino que se le manifestará con grandes sentimientos interiores o por muchos otros medios. Quedáos pues con él de buena gana. No perdáis una ocasión tan favorable para tratar vuestros intereses en la hora que sigue la comunión…

Obras:

Exclamación 16.

«Todos los que tocaban el borde de su manto quedaban sanos» (Mc ,).

¡Oh verdadero Dios y Señor mío! Gran consuelo es para el alma que le fatiga la soledad de estar ausente de Vos, ver que estáis en todos cabos. Mas cuando la reciedumbre del amor y los grandes ímpetus de esta pena crece, ¿qué aprovecha, Dios mío?, que se turba el entendimiento y se esconde la razón para conocer esta verdad, de manera que no puede entender ni conocer. Sólo se conoce estar apartada de Vos, y ningún remedio admite; porque el corazón que mucho ama no admite consejo ni consuelo, sino del mismo que le llagó; porque de ahí espera que ha de ser remediada su pena.
Cuando Vos queréis, Señor, presto sanáis la herida que habéis dado; antes no hay que esperar salud ni gozo, sino el que se saca de padecer tan bien empleado.

¡Oh verdadero Amador, con cuánta piedad, con cuánta suavidad, con cuánto deleite, con cuánto regalo y con qué grandísimas muestras de amor curáis estas llagas, que con las saetas del mismo amor habéis hecho! ¡Oh Dios mío y descanso de todas las penas, qué desatinada estoy! ¿Cómo podía haber medios humanos que curasen los que ha enfermado el fuego divino? ¿Quién ha de saber hasta dónde llega esta herida, ni de qué procedió, ni cómo se puede aplacar tan penoso y deleitoso tormento?… Con cuánta razón dice la Esposa en los «Cantares»: Mi amado a mí, y yo a mi (11,6), porque semejante amor no es posible comenzarse de cosa tan baja como el mío. Pues si es bajo, Esposo mío, ¿cómo no para en cosa criada hasta llegar a su Criador?

San Cirilo de Alejandría

Comentario al evangelio de Juan, n. 4.

«Los que lo tocaban se ponían sanos» (Mc 6, 56)

Incluso para resucitar a los muertos, el Salvador no se contenta con actuar sólo de palabra, portadora en sí de órdenes divinas. Para esta obra tan magnífica, toma como cooperadora, si se puede decir así, su propia carne a fin de que se vea que ella tiene el poder de dar la vida, y para demostrar que es una con él: es, en efecto, su carne, la de él y no un cuerpo extraño.

Es eso lo que ocurrió cuando resucitó a la hija del jefe de la sinagoga, al decirle: «¡Niña, levántate!» (Mc 5,41). La cogió de la mano, según está escrito. Porque era Dios, le devolvió la vida por un mandato todopoderoso, y la vivificó a través del contacto con su santa carne –con lo cual testifica que tanto en su cuerpo como en su palabra, obraba una misma energía. Igualmente, cuando llegó a una ciudad que se llamaba Naím, en la que llevaban a enterrar al hijo único de la viuda, llegó y tocó el féretro diciendo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!» (Lc 7,14).

Así que, no sólo confiere a su palabra el poder de resucitar a los muertos, sino que sobre todo, para mostrar que su cuerpo es vivificante, toca a los muertos, y a través de su carne hace pasar la vida a sus cadáveres. Si el sólo contacto con su carne sagrada da la vida a un cuerpo que se descompone ¿qué provecho no vamos a encontrar en su vivificante eucaristía cuando hagamos de ella nuestro alimento? Transformará totalmente en un bien para sí mismos, o sea, la inmortalidad, a los que habrán participado de ella.

San Gregorio Magno

Comentario:

Comentario al salmo 50: PL 75, 581-582.

«Todos los que le tocaban quedaban curados» (Mc 6, 56)

Imaginémonos en nuestro interior a un herido grave, de tal forma que está a punto de expirar. La herida del alma es el pecado del que la Escritura habla en los siguientes términos: “Todo son heridas, golpes, llagas en carne viva, que no han sido curadas ni vendadas, ni aliviadas con aceite.” (Is 1,6)

¡Reconoce dentro de ti a tu médico, tú que estás herido, y descúbrele las heridas de tus pecados! ¡Que oiga los gemidos de tu corazón, él para quien todo pensamiento secreto queda manifiesto! ¡Que tus lágrimas le conmuevan! ¡Incluso insiste hasta la testarudez en tu petición! ¡Que le alcancen los suspiros más hondos de tu corazón! ¡Que lleguen tus dolores a conmoverle para que te diga también a ti: ”El Señor ha perdonado tu pecado.” (2Sm 12,13) Grita con David, mira lo que dice: “Misericordia Dios mío….por tu inmensa compasión” (Sal 50,3)

Es como si dijera: estoy en peligro grave a causa de una terrible herida que ningún médico puede curar si no viene en mi ayuda el médico todopoderoso. Para este médico nada es incurable. Cuida gratuitamente. Con una sola palabra restituye la salud. Yo desesperaría de mi herida si no pusiera, de antemano, mi confianza en el Todopoderoso.

San León Magno, papa y doctor de la Iglesia

Carta:

Carta 28 a Flavio 3-4; PL 54, 763-767.

«Y cuantos le tocaron quedaron salvados» (Mc ,).

La pequeñez humana fue asumida por la grandeza de Dios, nuestra debilidad por su fuerza, nuestra condición mortal por la inmortalidad. Para pagar la deuda de nuestra condición humana, la naturaleza inmutable de Dios se unió a nuestra naturaleza expuesta al sufrimiento. Así, para curarnos mejor, “el único mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesús” (1Tim 2,5) debía, por una parte, poder morir, y por otra, ser inmortal.

Tomó la condición de esclavo, pero libre de la sordidez del pecado, ennobleciendo nuestra humanidad sin mermar su divinidad, porque aquel anonadamiento (Flp. 2,7), suyo –por el cual, él, que era invisible, se hizo visible, y él, que es el Creador y Señor de todas las cosas, quiso ser uno más entre los mortales– fue una dignación de su misericordia, no una falta de poder… En un nuevo orden de cosas… el que era inaccesible a nuestra mente quiso hacerse accesible el que existía antes del tiempo empezó a existir en el tiempo, el Señor de todo el universo, velando la inmensidad de su majestad, asume la condición de esclavo (Flp. 2,7), el Dios impasible e inmortal se digna hacerse hombre pasible y sujeto a las leyes de la muerte. La misma y única persona, no nos cansaremos de repetirlo, es verdaderamente Hijo de Dios y verdaderamente hijo del hombre.

San Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón:

Sermón 306, passim.

«Los que tocaban el borde de su manto, se ponían sanos» (Mc ,).

Todo hombre quiere ser feliz; no hay nadie que no lo quiera, y tan fuertemente, que lo desea por encima de todo. Aún más: todo lo que quiere además de esto, sólo lo quiere por eso. Los hombres van detrás de diferentes pasiones, uno ésta, el otro aquella; en el mundo hay también maneras distintas de ganarse la vida: cada uno escoge su profesión y la ejerce. Mas, cuando se comprometen en una forma de vida, todos los hombres actúan en ella buscando ser felices… ¿Qué cosa hay, pues, en esta vida capaz de hacer feliz, que todos la buscan pero que no todos la encuentran? Busquémosla…

Si pregunto a alguno: «¿Quieres vivir?», nadie estará tentado de contestarme: «No lo quiero»… Igualmente si pregunto: «¿Quieres vivir con buena salud?», nadie me responderá: «No quiero». La salud es un don precioso a los ojos del rico, y para el pobre es, a menudo, el único bien que posee… Todos están de acuerdo en amar la vida y la salud. Ahora bien, cuando el hombre goza de vida y de una buena salud, ¿se puede contentar con esto?…

Un joven rico preguntó al Señor: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» (Mc 10,17). Temía morir y no podía escapar de morir… Sabía que una vida con dolores y tormentos no es una vida, sino que más bien debería llamarse muerte… Sólo la vida eterna puede ser feliz. La salud y la vida de aquí abajo nadie os la asegura, teméis mucho perderla: llamad a eso «siempre temer» y no «siempre vivir»… Si nuestra vida no es eterna, si no puede eternamente llenar nuestros deseos, no puede ser feliz, e incluso no es una vida… Cuando entremos en aquella vida de allá, estaremos seguros que permaneceremos siempre en ella. Tendremos la certeza de poseer eternamente la verdadera vida, sin ningún temor, porque estaremos en el Reino del cual se ha dicho: «Y su reino no tendrá fin» (Lc 1,33).

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