Mc 9, 2-13: La Transfiguración – La venida de Elías

Texto Bíblico

2 Seis días más tarde Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, sube aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. 3 Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. 4 Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. 5 Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 6 No sabía qué decir, pues estaban asustados. 7 Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: «Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo». 8 De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
9 Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. 10 Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos. 11 Le preguntaron: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?». 12 Les contestó él: «Elías vendrá primero y lo renovará todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? 13 Os digo que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito acerca de él».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Cirilo de Alejandría

Homilía: Hablaban de la muerte que Jesús iba a consumar en Jerusalén

«Discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos» (Mc 9,10)
Homilía 9 en la transfiguración del Señor: PG 77, 1011-1014

PG

Jesús subió a una montaña con sus tres discípulos preferidos. Allí se transfiguró en un resplandor tan extraordinario y divino, que su vestido parecía hecho de luz. Se les aparecieron también Moisés y Elías conversando con Jesús: hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén, o sea, del misterio de aquella salvación que había de operarse mediante su cuerpo, de aquella pasión —repito— que habría de consumarse en la cruz. Pues la verdad es que la ley de Moisés y los vaticinios de los santos profetas preanunciaron el misterio de Cristo: las losas de la ley lo describían como en imagen y veladamente; los profetas, en cambio, lo predicaron en distintas ocasiones y de muchas maneras, diciendo que en el momento oportuno aparecería en forma humana y aceptaría morir en la cruz por la salvación y la vida de todos.

Y el hecho de que estuviesen allí presentes Moisés y Elías conversando con Jesús, quería indicar que la ley y los profetas son como los dos aliados de nuestro Señor Jesucristo, presentado por ellos como Dios a través de las cosas que habían preanunciado y que concordaban entre sí. En efecto, no disuenan de la ley los vaticinios de los profetas: y, a mi modo de ver, de esto hablaban Moisés y Elias, el más grande de los profetas.

Habiéndose aparecido, no se mantuvieron en silencio, sino que hablaban de la gloria que el mismo Jesús iba a consumar en Jerusalén, a saber, de la pasión y de la cruz y, en ellas, vislumbraban también la resurrección. Pensando quizá el bienaventurado Pedro que había llegado el tiempo del reinado de Dios, gustoso se quedaría a vivir en la montaña; de hecho, y sin saber lo que decía, propone la construcción de tres chozas. Pero aún no había llegado el fin de los tiempos, ni en la presente vida entrarán los santos a participar de la esperanza a ellos prometida. Dice, en efecto, Pablo: El trasformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, es decir, de la condición gloriosa de Cristo.

Ahora bien, estando estos planes todavía en sus comienzos, sin haber llegado aún a su culminación, sería una incongruencia que Cristo, que por amor había venido al mundo, abandonase el proyecto de padecer voluntariamente por él. Conservó, pues, aquella naturaleza infraceleste, con la que padeció la muerte según la carne y la borró por su resurrección de entre los muertos.

Por lo demás y al margen de este admirable y arcano espectáculo de la gloria de Cristo, ocurrió además otro hecho útil y necesario para consolidar la fe en Cristo, no sólo de los discípulos, sino también de nosotros mismos. Allí, en lo alto, resonó efectivamente la voz del Padre que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

Pedro de Blois

Sermón: Mostró en su carne mortal la gloria de la inmortalidad

«Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo» (Mc 9,3)
Sobre la transfiguración del Señor: PL 207, 778-780

PL

Aquel que —aun permaneciendo intacta la gloria de su divinidad— llevaba realmente la debilidad de nuestra naturaleza humana pudo mostrar en su carne mortal la gloria de la verdadera inmortalidad. Y el que después de su resurrección pudo mostrar las cicatrices de las llagas en su cuerpo glorificado, con el mismo poder ha querido mostrar en su carne, todavía sujeta al dolor, la gloria de la resurrección.

Así pues, en la misma glorificación, conservaba siempre la capacidad de padecer el que, en medio de la debilidad de nuestra naturaleza mortal, era absolutamente inmortal. Pero no debemos pasar por alto el hecho de que, en esta transfiguración, la futura glorificación del cuerpo no se manifestó en su plenitud, sino de manera limitada. En efecto, la glorificación del cuerpo consta de cuatro cualidades: claridad, agilidad, sutileza e inmortalidad. Aquí el Señor sólo apareció glorificado en cuanto a la claridad; demostró, en cambio, la futura sutileza de los cuerpos cuando se apareció a sus discípulos entrando con las puertas cerradas; y la agilidad, cuando anduvo sobre las aguas a pie enjuto.

Su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De esta forma mostró en sí mismo aquel esplendor que un día comunicará a los justos. Dice efectivamente la Escritura: Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Lo que ciertamente sucederá cuando Cristo transforme nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. El evangelista compara el Sol de justicia con el sol natural, pues entre los elementos de la creación no existe criatura alguna que tan significativamente exprese a Cristo, quien con el esplendor de su gloria, de tal modo supera el fulgor del sol y de la luna cuanto el Creador debe superar a la criatura. Y si el trono de Cristo es parangonado con el sol, según lo que dice el Padre por el profeta: Su trono como el sol en mi presencia, ¿cuánto más brillante que el sol no será el rostro del que está sentado en el trono? El es el sol del que dice el profeta: Ya no será el sol tu luz en el día, ni te alumbrará la claridad de la luna; será el Señor tu luz perpetua. Su esplendor es superior a cualquier esplendor y belleza.

Es lo que leemos en el profeta Isaías, inspirado por el Espíritu Santo: La Cándida se sonrojará, el Ardiente se avergonzará, cuando reine el Señor de los ejércitos en el monte Sión, glorioso delante de su senado. Las vestiduras de Cristo son sus fieles, que se revisten de Cristo y son revestidos por Cristo, como afirma el Apóstol: Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Y así, lavados por Cristo mediante el baño del segundo nacimiento, superarán en blancura al resplandor de la nieve, como dice también el profeta: Lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra. Y el Apóstol recuerda que desde la creación del mundo, las perfecciones invisibles de Dios son visibles para la mente que penetra en sus obras. De aquí que, si consideramos diligentemente lo que se hizo visible en la santa Transfiguración, veremos claramente que en ella hizo acto de presencia toda la santísima Trinidad.

En efecto, siendo Cristo Dios de Dios y Luz de Luz, lógicamente se apareció envuelto en luz, según lo que está escrito: Y tu luz nos hace ver la luz. En cambio, el Espíritu Santo apareció en la nube, él que en otro tiempo sacó de Egipto a los hijos de Israel guiándolos con una columna de fuego y bautizándolos en la nube y en el mar; por eso, el Hijo resplandece en la luz, mientras que el Espíritu Santo cubre con su sombra en la nube. Y para que no te quepa la menor duda de que toda la Trinidad está aquí presente, he aquí que se deja oír la voz del Padre. Vino, en efecto, una voz desde la nube: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto —yo que rechacé a Adán—. Escuchadlo.

Esta es la palabra que un día empleó Moisés, cuando dijo: «Dios suscitará un profeta de entre vuestros hermanos: lo escucharéis como si fuese yo en persona. Quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, será exterminado de en medio de mi pueblo». La profecía de Moisés acerca del Hijo viene confirmada por el Padre, de modo que la Escritura concuerde consigo misma, y todos caigan en la cuenta de que allí se hablaba de Cristo y no de un segundo Moisés. De hecho, Cristo explica lo que de él había dicho Moisés, cuando dice: Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.

Dice bien: Mi Hijo, no por adopción, sino por naturaleza; y no nacido en el tiempo, sino coeterno; no de otra sustancia, sino consustancial, amado desde toda la eternidad y predilecto de un modo singular. De él dijo por el profeta: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Con razón es llamado amado; pues de él dice la esposa en el Cantar de los cantares: Yo soy de mi amado y mi amado es mío.

Nada tiene de extraño que se le llame predilecto del Padre, puesto que es el Unigénito del Padre. El Padre ama al Hijo, el eterno al coeterno, el excelso ama a su igual, el amante al que le corresponde con amor. Y como el Hijo es amado por el Padre, así Cristo ama al Padre. Es lo que indica el evangelio cuando dice que el Padre glorifica al Hijo y es glorificado por el Hijo. El evangelio recuerda la mutua glorificación del Padre y del Hijo, para alejar la idea de que el Hijo es inferior al Padre, y para descartar la sugestión de que el Hijo no es dueño de la propia gloria, como si fuese inglorioso.

Pide el Hijo ser glorificado con aquella gloria que él tenía antes de que el mundo existiese. Lo cual significa que la gloria del Hijo no es posterior a la gloria del Padre, pues lo mismo que es igual al Padre por la naturaleza divina, así también le es coeterno en la claridad de la gloria.

Autor Anónimo

Homilía: Vieron su gloria

«Se transfiguró delante de ellos» (Mc 9,2)
Escrito sirio (anónimo)


Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan sobre la montaña y les mostró, antes de su resurrección, la gloria de su divinidad; así, cuando resucitara de entre los muertos, en la gloria de su naturaleza divina, reconocieran que esa gloria no la había recibido como recompensa a su sufrimiento, como su tuviera necesidad de ello, sino que era la misma gloria que ya poseía entes de los siglos, junto al Padre y con el Padre. Es lo que él mismo dijo al acercarse su voluntaria Pasión: «Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti antes que el mundo existiese» (Jn 17,5). Es esta misma, la gloria de su divinidad, misteriosamente escondida en su humanidad, la que mostró a sus apóstoles en la montaña. En efecto, sobre la montaña vieron dos soles, uno en el cielo resplandeciente como de costumbre, y otro resplandeciente de manera inhabitual; uno que iluminaba al mundo desde lo alto del firmamento, el otro que brillaba para ellos solos, con el rostro girado hacia ellos.

Entonces aparecieron Moisés y Elías y le agradecían que, con su venida se hubieran cumplido sus palabras, como las de todos los profetas. Le adoraban por la salvación que operaba en favor del mundo entero y por el cumplimiento del misterio que ellos habían recibido el encargo de anunciar. Así es que, en esta montaña se llenaron de gozo tanto los apóstoles como los profetas. Los profetas se alegraron al ver su humanidad que, anteriormente, no habían podido conocer; los apóstoles se alegraron al ver la gloria de su divinidad que ellos todavía no conocían, y al escuchar la voz del Padre que daba testimonio en favor de su Hijo. A través de ella y de la gloria de su divinidad que su cuerpo dejaba traslucir, conocieron su encarnación que, hasta entonces, les era desconocida.

Francisco de Sales

Sermón: Orar es escuchar y obedecer

«Jesús subió con ellos a un monte alto y se transfiguró ante ellos» (Mt 17, 1-2)
Sermón de febrero de 1614. IX, 28


Sin duda, la oración es el medio por el que se llega a la perfección y de él dice San Bernardo que los sobrepasa a todos. Nosotros conoceremos que nuestra oración es buena y que avanzamos en ella si, cuando salimos, tenemos a imitación de nuestro Señor, la cara resplandeciente como el sol y los vestidos blancos como la nieve. Quiero decir, si nuestro rostro reluce con la caridad y nuestro cuerpo con la castidad.

La caridad es la pureza del alma y la castidad es la caridad del cuerpo. Si salís de la oración con la cara triste y enfurruñada, se verá enseguida que no habéis hecho la oración como se debe.

En la oración aprendemos a hacer bien lo que hacemos. Nuestro Señor se ponía siempre en oración antes de hacer algo grande; se retiraba en soledad a la montaña. Antes de comenzar su predicación y la conversión de las almas, se retiró durante cuarenta días. En el pasaje de hoy, le vemos transfigurarse y dejar ver un reflejo de su gloria a sus tres Apóstoles. Y se oyó la voz del Padre diciendo: «Este es mi Hijo, el Amado, escuchadle.» El supremo grado de la oración y por tanto de la perfección es, pues, obedecer al Padre y escuchar al Hijo. Cuando los Apóstoles se levantaron, porque habían caído al suelo, no vieron más que a Jesús sólo. Este es el grado supremo de la perfección: no ver más que a nuestro Señor en todo lo que hacemos.

No hay que ver más que a Dios, buscarle sólo a Él, no tener más afectos que el suyo y así seremos felices. Las almas que han llegado a este grado de perfección ponen un cuidado muy particular en procurar estar siempre cerca de nuestro Señor crucificado en el Calvario, porque allí le encuentran más solo que en ninguna otra parte. Amén.




Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Sábado VI (Impar o Año I)



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