Mc 9, 41-50 – El Escándalo y ser sal de la tierra

Texto Bíblico

41 Y el que os dé a beber un vaso de agua porque sois de Cristo, en verdad os digo que no se quedará sin recompensa. 42 El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. 43 Si tu mano te induce a pecar, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos a la gehenna, al fuego que no se apaga. 44 Y, si tu pie te induce a pecar, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies a la gehenna. 45 Y, si tu ojo te induce a pecar, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos a la gehenna, 46 donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. 47 Todos serán salados a fuego. 48 Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salaréis? Tened sal entre vosotros y vivid en paz unos con otros».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco de Sales

Tratado del Amor de Dios: Las cosas pequeñas también tienen valor

«El que os diere un vaso de agua por ser discípulos de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa» (Mc 9,41)
Libro III, capítulo 2. IV, 170


Ya ves, Teótimo, un vaso de agua o un pedazo de pan que un alma buena da a un pobre, por Dios, es poca cosa ciertamente, casi indigna de consideración según el juicio humano; Dios, sin embargo, la recompensa y enseguida da por ella algún crecimiento en la caridad.

Las pieles de cabra que presentaban antiguamente en el Tabernáculo, eran bien recibidas y se colocaban junto a las otras ofrendas. Y los pequeños actos que proceden de la caridad, son agradables a Dios y ocupan su puesto entre los méritos.

Porque así como en la Arabia Feliz no solamente las plantas aromáticas sino todas las otras son olorosas, al participar de la dicha de ese terreno, así en el alma caritativa no solamente las obras grandes en sí, sino también las pequeñas, experimentan la virtud del santo amor y su buen olor llega ante la majestad de Dios, el cual al verlas, aumenta la santa caridad.

Digo que Dios hace esto, porque la caridad no es la que produce sus acrecentamientos, como los árboles hacen crecer sus ramas y por su propia virtud crece un árbol de otro. La fe, la esperanza y la caridad son virtudes que tienen su origen en la bondad divina y de ella sacan su aumento y su perfección...

Es pues Dios el que hace este crecimiento, considerando el empleo que hacemos de su gracia; así, las menores de las obras buenas, aunque estén hechas algo descuidadamente y no empleando todas las fuerzas de nuestra caridad, no dejan de ser agradables a Dios y de tener valor ante Él y, aunque de por ellas mismas, no podrían acrecentar la caridad que ya tienen porque son de menor virtud que ella, la Providencia divina, que tiene todo en cuenta, las acepta y las recompensa enseguida con un acrecentamiento de la caridad para este mundo y con un aumento de gloria en el cielo.

Francisco

Audiencia General (12-06-2013): La misión que Dios confía a su pueblo

«Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salaréis?» (Mc 9,50)
nn. 2.4.6


¿Qué quiere decir ser «Pueblo de Dios»? Ante todo quiere decir que Dios no pertenece en modo propio a pueblo alguno; porque es Él quien nos llama, nos convoca, nos invita a formar parte de su pueblo, y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque la misericordia de Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2, 4). A los Apóstoles y a nosotros Jesús no nos dice que formemos un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: id y haced discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 19). San Pablo afirma que en el pueblo de Dios, en la Iglesia, «no hay judío y griego... porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Desearía decir también a quien se siente lejano de Dios y de la Iglesia, a quien es temeroso o indiferente, a quien piensa que ya no puede cambiar: el Señor te llama también a ti a formar parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor. Él nos invita a formar parte de este pueblo, pueblo de Dios.

¿Qué misión tiene este pueblo? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. En nuestro entorno, basta con abrir un periódico —como dije—, vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Vosotros, ¿creéis esto: que Dios es más fuerte? Pero lo decimos juntos, lo decimos todos juntos: ¡Dios es más fuerte! Y, ¿sabéis por qué es más fuerte? Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio sobre todo con nuestra vida. Si en un estadio —pensemos aquí en Roma en el Olímpico, o en el de San Lorenzo en Buenos Aires—, en una noche oscura, una persona enciende una luz, se vislumbra apenas; pero si los más de setenta mil espectadores encienden cada uno la propia luz, el estadio se ilumina. Hagamos que nuestra vida sea una luz de Cristo; juntos llevaremos la luz del Evangelio a toda la realidad.

Queridos hermanos y hermanas, ser Iglesia, ser pueblo de Dios, según el gran designio de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en esta humanidad nuestra, quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios a este mundo nuestro, que a menudo está desorientado, necesitado de tener respuestas que alienten, que donen esperanza y nuevo vigor en el camino. Que la Iglesia sea espacio de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde cada uno se sienta acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Y para hacer sentir al otro acogido, amado, perdonado y alentado, la Iglesia debe tener las puertas abiertas para que todos puedan entrar. Y nosotros debemos salir por esas puertas y anunciar el Evangelio.


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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Jueves VII (Par o Año II)
Tiempo Ordinario: Jueves VII (Impar o Año I)



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