Mt 3, 13-17: El Bautismo de Jesús (Mt)

Texto Bíblico

13 Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. 14 Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». 15 Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió. 16 Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. 17 Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Hipólito de Roma

Homilía: ¡Venid al bautismo de la inmortalidad!

«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17)
Homilía [atribuida] en la santa Teofanía : PG 10, 858-859

PG

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. ¿No ves cuántos y cuán grandes bienes hubiéramos perdido si el Señor hubiese cedido a la disuasión de Juan y no hubiera recibido el bautismo? Hasta el momento los cielos estaban cerrados e inaccesibles las empíreas regiones. Habíamos descendido a las regiones inferiores y éramos incapaces de remontarnos nuevamente a las regiones superiores. ¿Pero es que sólo se bautizó el Señor? Renovó también el hombre viejo y volvió a hacerle entrega del cetro de la adopción. Pues al punto se le abrió el cielo. Se ha efectuado la reconciliación de lo visible con lo invisible; las jerarquías celestes se llenaron de alegría; sanaron en la tierra las enfermedades; lo que estaba escondido se hizo patente; los que militaban en las filas de los enemigos, se hicieron amigos.

Has oído decir al evangelista: Se le abrió el cielo. A causa de estas tres maravillas: porque habiendo sido bautizado Cristo, el Esposo, era indispensable que se le abrieran las espléndidas puertas del tálamo celeste; asimismo era necesario que se alzaran los celestes dinteles al descender el Espíritu Santo en forma de paloma y dejarse oír por doquier la voz del Padre. Se abrió el cielo, y vino una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

El amado produce amor, y la luz inmaterial genera una luz inaccesible. Éste es mi Hijo amado que apareció aquí abajo, pero sin separarse del seno del Padre: apareció y no apareció. Una cosa es lo que apareció, porque —según las apariencias— el que bautiza es superior al bautizado. Por eso el padre hizo descender sobre el bautizado el Espíritu Santo. Y así como en el arca de Noé el amor de Dios al hombre estuvo simbolizado por la paloma, así también ahora el Espíritu, bajando en forma de paloma cual portadora del fruto del olivo, se posó sobre aquel que así era testimoniado. ¿Por qué? Para dejar también constancia de la certeza y solidez de la voz del Padre y robustecer la fe en las predicciones proféticas hechas con mucha anterioridad. ¿Cuáles? La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado, el Señor sobre las aguas torrenciales. ¿Qué voz? Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Este es el que se llamó hijo de José y es mi Unigénito según la esencia divina.

Éste es mi Hijo, el amado: aquel que pasó hambre, y dio de comer a innumerables multitudes; que trabajaba, y confortaba a los que trabajaban; que no tenía dónde reclinar la cabeza, y lo había creado todo con su mano; que padeció, y curaba todos los padecimientos; que recibió bofetadas, y dio al mundo la libertad; que fue herido en el costado, y curó el costado de Adán.

Pero prestadme cuidadosamente atención: quiero acudir a la fuente de la vida, quiero contemplar esa fuente medicinal.

El Padre de la inmortalidad envió al mundo a su Hijo, Palabra inmortal, que vino a los hombres para lavarlos con el agua y el Espíritu; y, para regenerarnos con la incorruptibilidad del alma y del cuerpo, insufló en nosotros el espíritu de vida y nos vistió con una armadura incorruptible.

Si, pues, el hombre ha sido hecho inmortal, también será dios. Y si se ve hecho dios por la generación del baño del bautismo, en virtud del agua y del Espíritu Santo, resulta también que después de la resurrección de entre los muertos será coheredero de Cristo.

Por lo cual, grito con voz de pregonero: Venid, las tribus todas de las gentes, al bautismo de la inmortalidad. A vosotros que todavía vivís en las tinieblas de la ignorancia, os traigo el fausto anuncio de la vida. Venid de la servidumbre a la libertad, de la tiranía al reino, de la corrupción a la incorrupción. Pero me preguntaréis: ¿Cómo hemos de ir? ¿Cómo? Por el agua y el Espíritu Santo. Esta es el agua unida con el Espíritu, con la que se riega el Paraíso, se fecunda la tierra, las plantas crecen, los animales se multiplican; y, en definitiva, el agua por la que el hombre regenerado se vivifica, con la que Cristo fue bautizado, sobre la que descendió el Espíritu Santo en forma de paloma.

Gregorio de Neocesarea

Homilía: Vino a nosotros el que es el esplendor de la gloria del Padre

«Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» (Mt 3,14)
Homilía 4 [atribuida] en la santa Teofanía : PG 10, 1182-1183

PG

Estando tú presente, me es imposible callar, pues yo soy la voz, y precisamente la voz que grita en el desierto: preparad el camino del Señor. Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Al nacer, yo hice fecunda la esterilidad de la madre que me engendró, y, cuando todavía era un niño, procuré medicina a la mudez de mi padre, recibiendo de ti, niño, la gracia de hacer milagros.

Por tu parte, nacido de María la Virgen según quisiste y de la manera que tú solo conociste, no menoscabaste su virginidad, sino que la preservaste y se la regalaste junto con el apelativo de Madre. Ni la virginidad obstaculizó tu nacimiento ni el nacimiento lesionó la virginidad, sino que ambas realidades: nacimiento y virginidad —realidades contradictorias si las hay—, firmaron un pacto, porque para ti, Creador de la naturaleza, esto es fácil y hacedero.

Yo soy solamente hombre, partícipe de la gracia divina; tú, en cambio, eres a la vez Dios y hombre, pues eres benigno y amas con locura el género humano. Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Tú que eras al principio, y estabas junto a Dios y eras Dios mismo; tú que eres el esplendor de la gloria del Padre; tú que eres la imagen perfecta del padre perfecto; tú que eres la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo; tú que para estar en el mundo viniste donde ya estabas; tú que te hiciste carne sin convertirte en carne; tú que acampaste entre nosotros y te hiciste visible a tus siervos en la condición de esclavo; tú que, con tu santo nombre como con un puente, uniste el cielo y la tierra: ¿tú acudes a mí? ¿Tú, tan grande, a un hombre como yo?, ¿el Rey al precursor?, ¿el Señor al siervo?

Pues aunque tú no te hayas avergonzado de nacer en las humildes condiciones de la humanidad, yo no puedo traspasar los límites de la naturaleza. Tengo conciencia del abismo que separa la tierra del Creador. Conozco la diferencia existente entre el polvo de la tierra y el Hacedor. Soy consciente de que la claridad de tu sol de justicia me supera con mucho a mí, que soy la lámpara de tu gracia. Y aun cuando estés revestido de la blanca nube del cuerpo, reconozco no obstante tu dominación. Confieso mi condición servil y proclamo tu magnificencia. Reconozco la perfección de tu dominio, y conozco mi propia abyección y vileza.

No soy digno de desatar la correa de tu sandalia; ¿cómo, pues, voy a atreverme a tocar la inmaculada coronilla de tu cabeza? ¿Cómo voy a extender sobre ti mi mano derecha, sobre ti que extendiste los cielos como una tienda y cimentaste sobre las aguas la tierra? ¿Cómo abriré mi mano de siervo sobre tu divina cabeza? ¿Cómo lavar al inmaculado y exento de todo pecado? ¿Cómo iluminar a la misma luz? ¿Qué oración pronunciaré sobre ti, sobre ti que acoges incluso las plegarias de los que no te conocen?

Agustín de Hipona

Sobre el Evangelio de san Juan: Bautice Pedro o Pablo o Judas, es Cristo quien bautiza

«El Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él» (Mt 3,16)
Comentarios sobre el evangelio de San Juan 6, 5-8


¿Pues qué, hermanos míos? ¿Quién no ve lo que no ven los donatistas? No os extrañe que no quieran volver; se parecen al cuervo que salió del arca. ¿Quién no ve lo que ellos no ven? ¡Qué ingratos son para con el Espíritu Santo! La paloma desciende sobre el Señor, pero sobre el Señor bautizado. Y allí se manifestó también la santa y verdadera Trinidad, que para nosotros es un único Dios. Salió el Señor del agua, como leemos en el evangelio: Y he aquí que se le abrieron los cielos y vio descender al Espíritu en forma de paloma y se posó sobre él, e inmediatamente le siguió una voz: «Tú eres mi Hijo amado en quien me he complacido» (Mt 3,16-17). Aparece claramente la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre y el Espíritu en la paloma. Veamos lo que vemos y que extrañamente ellos no ven, en esta Trinidad en cuyo nombre fueron enviados los apóstoles. En realidad no es que no vean, sino que cierran los ojos a lo que les entra por ellos. Los discípulos son enviados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo por el mismo de quien se dice: Éste es el que bautiza. Esto ha dicho a sus ministros quien se ha reservado para sí la potestad de bautizar.

Esto es lo que vio Juan en él y conoció lo que aún no sabía. No ignoraba que Jesús era el Hijo de Dios, que era el Señor, el Cristo, el que había de bautizar en el agua y el Espíritu Santo; todo esto ya lo sabía. Pero lo que le enseña la paloma es que Cristo se reserva esta potestad, que no trasmite a ninguno de sus ministros. Esta potestad que Cristo se reserva exclusivamente, sin transferirla a ninguno de sus ministros, aunque se sirva de ellos para bautizar, es el fundamento de la unidad de la Iglesia, de la que se dice: Mi paloma es única, única para su madre (Cant 6,8). Si, pues, como ya dije, hermanos míos, el Señor comunicase esta potestad al ministro, habría tantos bautismos como ministros, y se destruiría así la unidad del bautismo.

Prestad atención, hermanos. La paloma bajó sobre nuestro Señor Jesucristo después del bautismo. En ella conoció Juan algo propio del Señor, de acuerdo con las palabras: Aquel sobre quien vieres que desciende el Espíritu en forma de paloma y que se posa sobre él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo (Jn 1,33).

Juan sabía que era él quien bautizaba en el Espíritu Santo, antes de que nuestro Señor se presentara a ser bautizado. Pero entonces aprendió, por una gracia que recibió allí, que la potestad de bautizar era tan personal que no la transfería a nadie. ¿Cómo probamos que Juan sabía ya antes que el Señor iba a bautizar en el Espíritu Santo? ¿De dónde se deduce que aprendió en la paloma que el Señor iba a bautizar en el Espíritu Santo, de forma que esa potestad no era transferible a ningún hombre? ¿Qué prueba tenemos? La paloma desciende cuando el Señor había sido ya bautizado; mas está claro que Juan ya conocía al Señor antes de que se presentase al bautismo, por las palabras que dijo: ¿Vienes tú a que yo te bautice? Soy yo más bien quien debe ser bautizado por ti. Luego sabía ya que era el Señor, que era el Hijo de Dios.

¿Cómo probamos que también sabía que bautizaba en el Espíritu Santo? Antes de que Jesús se acercase al río, viendo que venían muchos a él para ser bautizados, Juan les dijo: Yo ciertamente bautizo con agua; pero el que viene después de mí es mayor que yo, pues yo no soy digno de desatar siquiera la correa de su calzado. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego (Mt 3,11). Así, pues, también esto lo sabía. Según eso, ¿qué fue lo que aprendió por la paloma, para no tacharle de mentiroso, de lo cual Dios nos libre? Aprendió que habría en Cristo una propiedad tal, en virtud de la cual, aunque fuesen muchos los ministros, santos o pecadores, la santidad del bautismo sólo se otorgaría a aquel sobre quien descendió la paloma, pues de él se dijo: Éste es el que bautiza en el Espíritu Santo. Bautice Pedro o Pablo o Judas, siempre es él quien bautiza.

Porque si el bautismo es santo debido a la diversidad de los méritos, habrá tantos bautismos cuantos méritos, y cada uno creerá que recibe algo tanto mejor cuanto más santo es quien lo da. Entre los mismos santos -entended esto, hermanos-, entre los que son buenos, entre los que son de la paloma y les cabe en suerte la ciudad aquella de Jerusalén, entre los que forman parte de la Iglesia, de quienes dice el Apóstol: Conoce el Señor los que son suyos (2 Tim 2,19), hay diversidad de dones espirituales, diversidad de méritos: unos son más santos, mejores, que otros. Supongamos que a uno le bautiza un ministro más justo y santo y a otro quien es de mérito inferior a los ojos de Dios, menos perfecto, de continencia menos perfecta y vida menos santa, ¿por qué reciben los dos lo mismo, sino porque es Cristo quien bautiza? Si bautizan dos, uno que es bueno y otro que es mejor, no por eso éste da una gracia mayor que aquél; antes bien, la gracia es la misma, no mejor en uno e inferior en otro, aunque los ministros sean unos mejores que otros. Lo mismo acaece si el que bautiza es indigno, bien por ignorancia de la Iglesia, bien por tolerancia -porque los malos o no se conocen, o se toleran, como se tolera la paja en la era hasta el momento de aventarla-. Lo que se da en este caso, es una misma e idéntica gracia, no distinta, aunque los ministros sean desiguales, porque Él es quien bautiza.

Gregorio Nacianceno

Sermón: El bautismo de Cristo

«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» (Mt 3,14)
Sermón 39, En las sagradas Luminarias, 14-16. 20: PG 36, 350-351. 354. 358-359

PG

Cristo es hoy iluminado, dejemos que esta luz divina nos penetre también a nosotros; Cristo es bautizado, bajemos con él al agua, para luego subir también con él.

Juan está bautizando, y Jesús acude a él; posiblemente para santificar al mismo que lo bautiza; con toda seguridad para sepultar en el agua a todo el viejo Adán; antes de nosotros y por nosotros, el que era espíritu y carne santifica el Jordán, para así iniciarnos por el Espíritu y el agua en los sagrados misterios.

El Bautista se resiste, Jesús insiste. Soy yo quien debo ser bautizado por ti, le dice la lámpara al Sol, la voz a la Palabra, el amigo al Esposo, el más grande entre los nacidos de mujer al Primogénito de toda creatura, el que había saltado de gozo ya en el seno materno al que había sido adorado también en el seno de su madre, el que lo había precedido y lo precederá al que se había manifestado y se manifestará. Soy yo quien debo ser bautizado por ti; podía haber añadido: «Y por causa de ti.» Él, en efecto, sabía con certeza que recibiría más tarde el bautismo del martirio y que, como a Pedro, le serían lavados no sólo los pies, sino todo su cuerpo.

Pero, además, Jesús sube del agua; lo cual nos recuerda que hizo subir al mundo con él hacia lo alto, porque en aquel momento ve también cómo el cielo se rasga y se abre, aquel cielo que Adán había cerrado para sí y para su posteridad, como había hecho que se le cerrase la entrada al paraíso con una espada de fuego.

El Espíritu atestigua la divinidad de Cristo, acudiendo a él como a su igual; y una voz bajó del cielo, ya que del cielo procedía aquel de quien testificaba esta voz; y el Espíritu se apareció en forma corporal de una paloma, para honrar así el cuerpo de Cristo, que es también divino por su excepcional unión con Dios. Muchos siglos atrás fue asimismo una paloma la que anunció el fin del diluvio.

Honremos hoy, pues, el bautismo de Cristo y celebremos como es debido esta festividad.

Procurad una limpieza de espíritu siempre en aumento. Nada agrada tanto a Dios como la conversión y salvación del hombre, ya que para él tienen lugar todas estas palabras y misterios; sed como lumbreras en medio del mundo, como una fuerza vital para los demás hombres; si así lo hacéis, llegaréis a ser luces perfectas en la presencia de aquella gran luz, impregnados de sus resplandores celestiales, iluminados de un modo más claro y puro por la Trinidad, de la cual habéis recibido ahora, con menos plenitud, un único rayo proveniente de la única Divinidad, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Giovanni Papini

Historia de Cristo: La Víspera


pp. 66-70


Juan llama a los pecadores para que se laven en el río antes de hacer penitencia. Jesús se presenta a Juan para ser bautizado: ¿confiésase, pues, pecador?

Los textos son claros. El Profeta «predicaba el bautismo de penitencia en remisión de los pecados». Quien acudía a él se reconocía pecador; quien va a lavarse se siente sucio.

El no saber nada de la vida de Jesús desde los doce a los treinta años—los años, precisamente, de la adolescencia viciable, de la juventud ardorosa y fantástica—ha dado motivo para pensar que él fuera en aquel tiempo o por lo menos se estimara, un pecador como los demás.

Lo que sabemos de los tres años que le restan de vida—los más iluminados por la palabra de los Cuatro Testigos, porque de los muertos mejor se recuerdan los últimos días y las últimas conversaciones—no da ningún indicio de esta pretendida interpolación de la Culpa entre la Inocencia del principio y la Gloria del fin.

En Cristo no pueden existir ni siquiera las apariencias de una conversión. Sus primeras palabras suenan como las últimas: la fuente de donde dimanan es clara desde el primer día; no hay fondo turbio, ni poso de malos sedimentos. Se inicia seguro, abierto, absoluto; con la autoridad propia de la pureza. Se comprende que no ha dejado nada obscuro tras de sí. Su voz es alta, libre, desplegada, un canto melodioso que no tiene el dejo del mal vino de los placeres y de la roca de los arrepentimientos. La limpidez de su mirada, de su sonrisa y de su pensamiento no es la serenidad del aire que sucede a los negros nubarrones de la tormenta o la blancura incierta de, la luz del alba que, lenta, va venciendo las sombras malignas de la noche. Es la limpidez de quien ha nacido una sola vez y ha permanecido niño, aun en la madurez; la limpidez, la trasparencia, la tranquilidad, la paz de un día que terminará en la noche, pero que antes del ocaso no se ha entenebrecido; día eterno e igual, infancia intacta que no será empañada hasta la muerte.

El anda entre los impuros con la sencillez natural del puro; entre los pecadores con la fuerza natural del inocente; entre los enfermos con la despreocupación natural del sano.

En cambio el convertido está siempre, en el fondo del alma, un poco turbado. Una sola gota de amargo que haya quedado, una sombra ligera de inmundicia, un conato de pesar, un aleteo fugaz de tentación bastan para devolverlo a las viejas torturas de espíritu. Le queda siempre la sospecha de no haberse arrancado por completo la piel del hombre viejo, de no haber destruido sino simplemente adormecido al Otro que habitaba en su cuerpo: ha pagado, ha soportado, ha sufrido tanto por su salud, y le parece un bien tan precioso a la vez que tan frágil, que teme siempre ponerla en peligro, perderla. No huye de los pecadores sino que se aproxima a ellos con un sentimiento de involuntaria repugnancia; con el temor, no siempre confesado, de un nuevo contagio; con la sospecha de que el volver a ver la suciedad en que él también un día tuvo sus- complacencias, le renueve demasiado atrozmente el recuerdo ya insostenible de la vergüenza y suscite en él la desesperación acerca de su salvación eterna. Quien fue sirviente, no es, convertido en patrón, muy dado con los sirvientes; quien fue pobre, llegado a rico no es generoso con los pobres; quien fue pecador no es, después de la penitencia, siempre amigo de los pecadores. Aquel resto de soberbia, que se esconde hasta en el corazón de los santos, une a la piedad una levadura de desprecio regañón: ¿Por qué no hacen lo que ellos han sabido hacer? La senda que lleva a la cima está abierta a todos, aun a los más ensuciados y encallecidos; el premio es grande: ¿por qué quedan allá en el fondo, sumergidos en el ciego infierno?

Y cuando el convertido habla a sus hermanos para convertirlos, no puede abstenerse de recordar su propia experiencia, su caída su liberación. Le urge, acaso más por el deseo de ser eficaz que por el orgullo, presentarse como un ejemplo vivo y presente de la gracia, como un testigo verídico de la dulzura de la salud espiritual.

Puédese renegar de lo pasado, mas no se le puede destruir: él reverdece, hasta inconscientemente, en los hombres mismos que empiezan de nuevo la vida con el segundo nacimiento de la penitencia.

En Jesús este presunto pasado de convertido nunca jamás reflorece en ninguna forma: no se advierte ni aun por alusión ni por sobreentendido; no se lo reconoce en ninguno de sus actos ni en la más obscura de sus palabras. Su amor por los pecadores no tiene nada de la febril tenacidad del arrepentido que quiere hacer prosélitos. Amor de naturaleza, no de obligación. Ternura de hermano sin mezcla de reproches. Fraternidad espontánea de amigo que no tiene que tragar saliva. Tendencia del puro hacia el impuro, sin temor de contaminarse y sabiendo que puede purificar a los otros. Amor desinteresado. Amor de los santos en los momentos supremos de la santidad. Amor en cuya presencia parecen vulgares todos los otros amores. Amor cual no se vio igual antes que él. Amor que se ha vuelto a hallar, algún día raro, solamente en recuerdo y por imitación de aquel amor. Amor que se llamará cristiano y nunca jamás con otra palabra. Amor divino. Amor de Jesús. Amor.

Jesús iba a mezclarse con los pecadores, pero no era pecador. Venía a bañarse en el agua que corría bajo los ojos de Juan, pero no tenía manchas internas.

El alma de Jesús era la de un niño tan niño que superaba a los sabios en la sabiduría y a los santos en la santidad. Nada del rigorismo del puritano o del temblor del náufrago salvado a duras penas en la orilla. A los ojos de los escrupulosos sutilizadores pueden parecer pecados hasta las más mínimas fallas con la perfección absoluta y las inobservancias involuntarias de algunos de los seiscientos mandamientos de la Ley. Pero Jesús no era fariseo ni maniático. Sabía, muy bien lo que era pecado y lo que era el bien y no perdía el espíritu en los laberintos de la letra. Conocía la vida; no rechazaba la vida, que no es un bien sino la condición de todos los bienes. El comer y el beber no era el mal; ni el mirar el mundo ni compadecer con la mirada al ladrón que se desliza en la sombra, a la mujer que se ha pintado los labios para cubrir la baba de los besos no pedidos.

Y sin embargo, Jesús va, entre la turba de los pecadores, a sumergirse en el Jordán. El misterio no es misterioso sino para quien ve en el rito renovado por Juan solamente el sentido más familiar.

El caso de Jesús es único. El bautismo de Jesús es idéntico a los otros aparentemente, pero se justifica por otras razones. El Bautismo no es solamente la limpieza de la carne como manifestación de la voluntad de querer limpiar el alma, resto de la primitiva analogía del agua que hace desaparecer las manchas materiales y puede borrar las manchas espirituales. Esta metáfora física, útil en la simbólica vulgar, ceremonia necesaria a los ojos carnales de los más, que necesitan de un sostén material para creer en lo que no es material, no era para Jesús.

Pero él fue hacia Juan para que se cumpliera la profecía del Precursor. Su arrodillarse ante el Profeta del Fuego es reconocerle en su calidad de embajador leal que ha cumplido con su deber y que puede decir, desde este momento, haber terminado su obra. Jesús, sometiéndose a esta investidura simbólica, da en realidad a Juan la investidura legítima de Precursor.

Si se quisiera ver en el Bautismo de Jesús un segundo significado, podría, acaso, recordarse que la inmersión en el agua es la supervivencia de un Sacrificio Humano. Los pueblos antiguos acostumbraron durante siglos matar a sus enemigos o a alguno de sus propios hermanos, como ofrenda a las divinidades irritadas, para expiar algún grave delito del pueblo, o para obtener una gracia extraordinaria, una salvación que parecía desesperada. Los Hebreos habían destinado a Jehová la vida de los primogénitos. En tiempo de Abrahán la costumbre fue abolida por mandato de Dios, pero no sin inobediencias posteriores.

Se sacrificaban las víctimas destinadas, de distintas maneras: una de ellas la anegación. En Curio de Chipre, en Terracina, en Marsella, en tiempos que ya pasaron a la historia, cada año un hombre era arrojado al mar y se consideraba a la víctima como salvador de sus conciudadanos. El Bautismo es un resto de la anegación ritual; y como esta oferta propiciatoria al agua era reputada benéfica para los sacrificadores y meritoria para la víctima, muy fácil cosa era estimarla como el principio de una nueva vida, de una resurrección. El que es asfixiado por sumersión muere por la salvación de todos y es digno de volver a vivir. El Bautismo, aun después de olvidado éste su feroz origen, quedó como símbolo del renacimiento.

Jesús estaba precisamente por iniciar una nueva época de su vida, más aun, su verdadera vida. Sumergirse en el agua era afirmar la voluntad de morir, mas al mismo tiempo la certeza de resucitar. No bajaba al río para lavarse sino para significar que empieza su segunda vida y que su muerte será sólo aparente, como sólo aparente es su purificación en el agua del Jordán.

Isidro Gomá y Tomás

El Evangelio Explicado: Juan Bautiza a Jesús

, Vol. 2, Acervo, Barcelona, 1967
pp. 343-348


Explicación. —

Hacia septiembre del año 778 de Roma, en el principio del año sabático, había aparecido Juan en la región del Jordán predicando el bautismo de penitencia. Y aconteció que, unos meses más tarde, a principios del año siguiente, como recibiese el bautismo todo el pueblo, entonces vino Jesús de Galilea, de Nazaret, donde seguramente moraba —dato precioso que debemos a Marcos—, al Jordáan hacia Juan para ser bautizado por él mismo. Probablemente siguió el camino que, pasando por el nordeste de Jezrael, conducía a la orilla cisjordánica y bajaba hasta el llano de Jericó. De Nazaret al sitio en que supone la tradición fue bautizado Jesús no habrá menos de 150 kilómetros, que salvó el divino Maestro, tal vez en compañía de las multitudes que de toda aquella región confluían al río sagrado.

Señálase como punto del bautismo de Jesús un delicioso lugar de la orilla izquierda del río, junto al vado de Bethagla, no lejos de Jericó. En la orilla opuesta, debajo de árboles copudos y entre el gorjeo de incontables pajarillos, suele celebrarse hoy la santa Misa, al aire libre, en la que se lee el texto evangélico que explicamos ante una devota peregrinación. Griegos y rusos se bañan allí en número extraordinario, siguiendo antiquísima costumbre; ya que refiere Teodorico que en 1172 vio una tarde más de 60.000 personas dirigirse con antorchas al río para bañarse en sus aguas, santificadas por el bautismo del Señor.

San Mateo, el más completo de los evangelistas en este punto, nos presenta a Jesús y Juan, en el momento en que pretende bautizarse Jesús, sosteniendo rápido y ceñido diálogo. Jesús, confundido entre las gentes, quiere ser bautizado como uno del pueblo: Mas Juan se lo impedía, diciendo: Yo debo ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí? La oposición de Juan es grave, insistente. Para bautizar se necesita misión divina; su bautismo es de penitencia para la remisión de los pecados; y tiene ante sí al Verbo humanado, al que no tiene pecado, al que debe bautizar en el Espíritu Santo, de cuyo bautismo no es el suyo más que sombra y preparación. Y respondiendo Jesús, no rectificando, sino más bien ratificando el concepto de Juan, le dijo: Deja ahora; es cierto cuanto dice; consiente en que sea por ti bautizado; pues en este momento es voluntad de Dios, que para mí y para ti debe ser regla del justo obrar, que sea bautizado por ti: Porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces lo dejó, consintió en bautizarle, aquietado por las razones del Señor.

¿Cómo Juan reconoció a Jesús? ¿Se habían tratado ambos antes del bautismo? El arte cristiano nos ha acostumbrado a la visión de Jesús y Juan viviendo juntos, en escenas apacibles de la infancia de ambos. No tiene ello fundamento en el Evangelio, aunque tampoco es improbable que ambos se hubiesen encontrado en Jerusalén en alguno de sus anuales viajes con motivo de las fiestas sagradas. Con todo, no hay que olvidar que Jesús pasó sus años juveniles en Nazaret, y Juan en la región montañosa de Judá, y muy prematuramente en los desiertos del mismo país, por lo que no creemos se conocieran personalmente el Bautista y Jesús : el hecho de que Dios le dé al Bautista, como signo para conocer a Jesús, la venida del Espíritu Santo sobre él lo confirma, a más de que el mismo Juan dice: «Yo no le conocía» (Ioh. 1, 33).

Fue sin duda un instinto sobrenatural, a la vista de aquel israelita en plena virilidad y con los signos de la divinidad en su rostro, o bien una clara revelación divina, la que manifestó a Juan la persona del Mesías que tenía en su presencia. Entonces fue cuando la humildad del Bautista le hizo negarse a bautizar al Redentor: era el humildísimo Jesús, que se presentaba como pecador, al humildísimo Juan, que se consideraba indigno de desatarle la correa de las sandalias, cuanto más de bautizarle. Era preciso que se cumpliera toda justicia, presentándose como pecador, ya porque había sido fiador de pecadores, ya porque lo quiere así Dios, a cuya justísima voluntad se somete Jesús.

No sabemos si Jesús recibió el bautismo después del pueblo o mezclado entre la multitud. Sumergióse el cuerpo santísimo de Jesús en el Jordán para que, purificada el agua con el contacto de la purísima carne del Señor, lograse eficacia para obrar la regeneración espiritual. Bautizado, pues, Jesús, al punto alzóse del agua: salió en seguida, dice Knabenbauer, tal vez para significar su deseo de que viniera pronto sobre él la declaración del Padre, para empezar luego su ministerio público, y se manifestase a Juan y a la multitud presente el divino testimonio; como deseó con ardor llegar a la última Cena para comer aquella simbólica Pascua. De hecho, el bautismo de Jesús es uno de los actos culminantes de su vida: es como su introducción oficial al ministerio público.

Salió Jesús rápidamente del agua, y oró en seguida con fervor, encomendando al Padre lo que su bautismo significaba, su carácter de substituto universal de todos los pecadores, su misión de mediador, la regeneración del mundo por su obra. Mientras oraba, repentinamente, se rasgaron los cielos: Y he aquí que, estando orando, se le abrieron los cielos. O se rasgaron las nubes, o se abrió una cavidad en el firmamento como para dar lugar a una comunicación entre el cielo y la tierra, o apareció en la región superior de la atmósfera un resplandor especial, como si se abriera el cielo: era la señal de que el cielo se asociaba a la gran escena de la tierra. Jesús vio el cielo abierto, «se le abrió» y «vio», dice el texto. También lo vio Juan: «Y yo le vi» (al Espíritu Santo), dice de él el cuarto Evangelio (1, 32.34). Violo también probablemente el pueblo allí presente; es la opinión de la mayoría de los intérpretes: si no lo vieron todos, allí estará el Bautista para referirles el estupendo prodigio visto por sus propios ojos y transmitirles las palabras que él oyó (Ioh. 1, 32-35).

Seguía orando Jesús, y vio al Espíritu de Dios, al Espíritu Santo, dice Lc. (3, 22), que descendía en figura corporal como paloma que venía sobre sí, y que se posaba sobre él. La paloma es el signo de la paz, de la sencillez, de la caridad, de la fecundidad; aptísimo símbolo externo para significar todas estas condiciones en Jesús. Para significar la paz la utilizó Dios en el diluvio, como vino sobre los Apóstoles para indicar la infusión del Espíritu de Dios. Los rabinos asemejaban el divino Espíritu a la paloma, símbolo de la inocencia y del puro amor. Posóse la paloma sobre Jesús, para indicar al pueblo que era él a quien venía a dar testimonio y no a Juan o a cualquier otro.

Al prodigio de los cielos abiertos y de la paloma que de ellos viene, se añade la pública proclamación, en forma sensible de voz humana, de la filiación divina de Jesús: Y al punto sonó una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo el amado, en quien tengo mis complacencias. Es el Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, Hijo esencial y substancial de Dios, segunda Persona de la Trinidad beatísima que allí se manifiesta por la voz del Padre, la presencia corporal del Hijo y la paloma del divino Espíritu. Hijo natural de Dios, en quien Dios Padre se complace desde toda la eternidad; Hijo también natural como hombre —porque por obra del Espíritu Santo fue concebido—, a quien ve ahora el Padre con complacencia porque es santísimo, porque es el representante de la humanidad restaurada por él, porque es el pacificador de cielos y tierra. Un día dijo Dios que se arrepentía de haber criado al hombre: hoy tiene todas sus complacencias en este Hombre, en quien van a ser restauradas todas las cosas.

Este glorioso aparato del bautismo de Jesús es como una segunda epifanía del Señor, porque es como su proclamación oficial como Hijo de Dios ante los hombres y la inauguración de su ministerio público. Por esto se conmemora este hecho junto con la primera Epifanía, la manifestación a los gentiles, el día 6 de enero, fiesta de los santos Reyes. Y al mismo tiempo el bautismo de Jesús representa los misterios que en nuestro bautismo se obran: porque se nos borran los pecados y somos reconciliados con Dios; se nos abren los cielos, de los que estábamos excluidos por el pecado original; viene la gracia del Espíritu Santo sobre nosotros, y somos declarados hijos de Dios y herederos del cielo. Aptísimamente se coloca la reproducción de la escena de este Evangelio en nuestros baptisterios.

Termina San Lucas esta narración indicando de una manera aproximada la edad de Jesús al inaugurar sus públicas funciones de Mesías, como había indicado el advenimiento del Bautista al Jordán dando el cuadro de las autoridades de su tiempo: Y el mismo .Jesús comenzaba a ser como de treinta años. Sobre la edad que pudiera tener el Salvador al tiempo de su bautismo, aunque no se puede precisar con los datos de los Evangelios, se puede asegurar que estaba para cumplir los treinta años. No es creíble que «toda la región de Judea y todo Jerusalén» (Mc. 1, 5; Mt. 3, 5) se trasladaran al Jordán para bautizarse en los días tórridos del verano en la cuenca inferior del Jordán, ni en pleno invierno, que suele ser allí muy lluvioso: hay que recordar que el sitio es desierto. Por lo mismo, dado que, después del ayuno de Jesús en el desierto, adonde fue inmediatamente después de su bautismo, y de la elección de sus primeros discípulos y el milagro de Caná, «se aproximaba la Pascua» (Ioh. 1, 29; 2, 13), no creemos pueda situarse la fecha del bautismo del Señor sino a últimos de otoño, tal vez a primeros de diciembre: el 25 de este mes, según nuestro cómputo, cumplía Jesús los treinta años. Entonces «comenzaba» su ministerio.

Lecciones morales. —

A) v. 13. — Entonces vino Jesús de Galilea... — Viene Jesús al Bautista con las multitudes para ser bautizado, no temiendo ser considerado como pecador. Nosotros, en cambio, llenos de miseria y pecado, queremos ser tenidos como selectos, libres de los pecados y defectos generales. Jesús condenará esta presunción en la parábola del fariseo y del publicano.

B) v. 14. — Mas Juan se lo impedía, diciendo...—Bajo las manos del Bautista se inclina la cabeza que temen y adoran las Potestades, dice San Bernardo: ¿qué extraño que tiemble el Bautista? ¡Cuán alta estará en el juicio la cabeza que ahora se abaja: y la frente que ahora aparece tan humilde, cuán sublime y excelsa se presentará! Imitemos la humildad de Jesús, para que entonces no nos confunda su poder.

C) v. 15. — Porque así conviene que cumplamos toda justicia. — Jesús quiere ser bautizado para cumplir toda justicia, es decir para amoldarse en todo a la ley. Algunos intérpretes creen que el bautismo se impuso a Jesús por el Padre como precepto. Sea lo que fuere, El, que había querido estar baio la ley (Gal. 4, 4), que se había sometido a las prácticas legales de la circuncisión, presentación al templo, celebración de las fiestas religiosas etc., no quiere substraerse a la práctica del bautismo de penitencia. que según muchos santos Padres estaba prescrita por Dios al pueblo judío de aquel tiempo. Es el Mesías, y se somete a la ley preparatoria de su venida. Nosotros debemos aprender en ello a no buscar exenciones y singularidades en nuestro favor, en ningún orden, si no es en caso de necesidad o de mayor gloria de Dios. Es ello señal de obediencia y humildad, y en estas dos virtudes se amparan todas las demás.

D) v. 17. — Este es mi Hijo el amado, en quien temo mis complacencias. — Dondequiera que alguien ve el sello de su bondad, dice Santo Tomás, en ello se complace, como el artista se complace en la bella obra que ha producido. La bondad divina se halla en todas las criaturas de una manera »articular; pero en ninguna se halla en su totalidad: sólo en el Hijo v en el Espíritu Santo se halla toda la bondad de Dios, porque tienen la misma bondad de Dios. Por ello el Padre se complace totalmente en el Hijo. En cambio, los hombres no se complacen en Jesús muchas veces; no sólo no se complacen, sino que le miran con indiferencia, o le odian. Es que no son de Dios, ni le miran desde el punto de vista de Dios. Prefieren las tinieblas a la luz, el mal obrar a la justicia. Tengamos nosotros, hijos de Jesús y seguidores de su doctrina y sus ejemplos, todas nuestras complacencias en Jesús, y obremos en forma que El tenga en nosotros todas las complacencias, viéndonos semejantes a Él.




Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

:



Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.