Mt 6, 1-6.16-18 – Discurso evangélico: Ayuno, oración y limosna en secreto

Texto Bíblico

1 Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. 2 Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. 3 Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; 4 así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
5 Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. 6 Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará. 16 Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. 17 Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, 18 para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco de Sales

Tratado del Amor de Dios: La Oración es una conversación

«Ora... en lo secreto» (Mt 6,6)
VI,1. Tomo IV, 303


«Cuando vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta, y reza a tu Padre, que está en lo escondido.» Mt 6, 6

La oración es un coloquio, una «entrevista» o una conversación del alma con Dios por la cual nosotros hablamos a Dios y Dios a su vez nos habla.

Hay dos clases de oración: la especulativa y la mística. La especulativa trata de Dios con los hombres y entre los hombres; la mística habla de Dios con Dios y en Dios mismo. La especulativa tiende al conocimiento de Dios y la mística al amor de Dios.

Se llama mística porque esa conversación es muy secreta y en ella Dios y el alma se hablan de corazón a corazón, por una comunicación incomunicable a quienes son ajenos a los dos que la mantienen. El lenguaje de los enamorados es tan particular que nadie lo entiende sino ellos: «Yo duermo, mi corazón vela. Y mi amado me ha hablado.» ¿Quién iba a adivinar que la esposa, estando dormida, había podido hablar con su Esposo? Es que donde reina el amor, no se necesita el ruido de palabras externas, ni hace falta emplear los sentidos para conversar y escucharse el uno al otro.

En resumen, la oración no es otra cosa sino una conversación por la cual el alma se entretiene amorosamente con Dios sobre su amable Bondad, para unirse a ella.

Al amor le gusta el secreto y, aunque los enamorados no tengan ningún secreto que decirse, gustan de hablarse secretamente; y si no me equivoco, yo creo que es porque solamente quieren hablarse para ellos solos.

El amor no habla solamente con la lengua, sino con los ojos, con los ademanes y hasta incluso el silencio les sirve de palabra.

«Mi corazón te lo ha dicho, Señor, mi rostro te busca; tu rostro buscaré, Señor.»


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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Cuaresma: Miércoles de Ceniza
Tiempo Ordinario: Miércoles XI (Par o Año II)
Tiempo Ordinario: Miércoles XI (Impar o Año I)



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 19-20

1. Pero debe tenerse en cuenta que el deseo de la gloria está cerca de los virtuosos.

Es necesario fijarse mucho en su entrada, no de otro modo que si hubiéramos de tenernos en guardia contra una fiera, presta a arrebatar a aquel que no la vigila. Entra con silencio y destruye por medio de los sentidos todas las cosas que encuentra en el interior.

.2-4 Esto se dice por sobreabundancia, como si dijese: Si es posible, que tú mismo lo ignores y que tus mismas manos desconozcan lo que haces, así debes practicarlo cuidadosamente.

Si quieres tener espectadores de las cosas que haces, helos aquí: no sólo los ángeles y arcángeles, sino también el mismo Dios del universo.

5-6. Llama hipócritas a todos aquellos que, fingiendo orar delante de Dios, atienden sólo a los hombres, y por ello añade: “Que aman orar en las sinagogas.”

Siempre es bueno separarse de la vanagloria, especialmente cuando se está en oración. Si aparte de este defecto tenemos el de dejarnos llevar de pensamientos y entramos a orar en la iglesia con tal enfermedad, ¿cómo entenderemos lo que se nos dice?

Dice, pues, el Señor: “Recibieron su galardón”, aun cuando Dios quisiera darles la recompensa que parte de El, pero ellos han preferido usurpar la que procede de los hombres. Añade la manera con que debemos orar, diciendo: “Mas tú, cuando orares, entra en tu aposento, y, cerrada la puerta, ora a tu Padre en secreto”.

Podemos también entender por puerta de la casa la boca del cuerpo, para que no oremos al Señor con una voz clamorosa sino en el secreto de nuestro corazón, por tres causas: primero, porque Dios, oyente del corazón, no debe llamarse a gritos sino aplacarse por medio de una conciencia recta; segundo, porque no conviene que otro conozca tus oraciones secretas, sino sólo tú y Dios; tercero, porque cuando rezas fuerte, no permites que ore al que está junto a ti.

No dijo: “Dará gratis”, sino: “Te recompensará”, porque El se constituye a sí mismo tu deudor.

17-18. Hablando de la limosna no dijo sencillamente esto, sino que dijo que la limosna no debe hacerse en presencia de los hombres, añadiendo: “Para ser vistos por ellos”. Pero en el ayuno y en la oración no añadió esto, porque la limosna es imposible que esté oculta en absoluto, pero la oración y el ayuno sí. No es pequeño fruto el menosprecio de la gloria humana. Es entonces cuando uno está libre del yugo de los hombres. Y obrando no por ellos sino por la virtud, se ama realmente esta última y se obra por ella misma. Así como nosotros estimamos la afrenta cuando la sufrimos, no por nosotros sino por otros a quienes amamos, así no conviene practicar la virtud para que otros lo vean, ni obedecer a Dios por los hombres, sino por el mismo Dios. Y por ello sigue: “Sino solamente a tu Padre que está en lo escondido”.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 12-13.15.19

1. Cuando se hace alguna cosa que nos sirve de gloria, allí encuentra el hombre con más facilidad ocasión de gloriarse. Y por ello el Señor separa el pensamiento de la gloria en primer lugar. Comprendió que entre todos los defectos humanos el más peligroso para los hombres era éste: cuando todos los males mortifican a los hijos del diablo, el deseo de la vanagloria mortifica más bien a los hijos de Dios que a los hijos del demonio.

Y por lo mismo nos ordena evitar eso con mucha cautela, diciendo: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres”. Debemos fijarnos en nuestro corazón. La serpiente que debemos observar es invisible, entra en secreto y seduce. Mas si esta invasión del enemigo ha sucedido a la inocencia de un corazón puro, bien pronto conoce el justo que sufre las influencias de un espíritu extraño, pero si el corazón está lleno de iniquidades no comprende fácilmente las sugestiones del demonio. Y por ello dice Jesucristo: “No te ensoberbezcas, no desees”, etc.; porque el que está sujeto a estos males, no puede fijarse en las tendencias de su corazón. ¿Pero cómo puede suceder, que hagamos limosnas y no las hagamos en presencia de los hombres? Y si se hace, ¿cómo dejaremos de percibirlo? Y si un pobre se nos presenta estando otro delante, ¿cómo le daremos limosna a escondidas? Llamarlo aparte sería declarar la limosna. Pero considera que nuestro Señor no ha dicho tan solamente: “En presencia de los hombres”, sino que añade: “Para que seáis vistos por ellos”. El que no procura ser visto por los hombres, aun cuando haga algo en presencia de los hombres, no puede decirse que obra en presencia de ellos. El que hace algo por Dios no ve a nadie en su corazón más que al mismo Dios, por quien hace aquello, así como el artista tiene siempre presente a aquella persona que le encargó la obra en que se ocupa.

¿Qué esperarás recibir de Dios, tú que nada has dado a Dios? Lo que se hace por Dios se ofrece a Dios y El lo recibe; lo que se hace por los hombres, se convierte en aire. ¿Qué clase de sabiduría es dar las cosas a cambio de palabras vanas y despreciar el premio de Dios? Considera que aquel de quien esperas la alabanza, como sabe que tú estás obligado a hacer aquello por Dios, más bien se burlará de ti antes que alabarte. Y aquel que hace las cosas con pleno conocimiento por los hombres, manifiesta que ha obrado así por los mismos hombres. Si viene algún pensamiento vano sobre el corazón de alguno, deseando aparecer bien delante de los hombres, y el alma, que así lo comprende, lo contradice, aquél no ha hecho esto por los hombres, porque lo que ha pensado es una pasión de su propia carne, y lo que ha elegido es la sentencia de su alma.

2-4. Pone tres bienes fuertes, a saber: la limosna, el ayuno y la oración, contra tres males, en contraposición a los que nuestro Señor quiso ser tentado. Pelea en favor nuestro contra la gula en el desierto, contra la avaricia en el monte y contra la vanagloria sobre el templo. La limosna que distribuye, es contraria a la avaricia que amontona, el ayuno es contrario a la gula porque es tu enemigo, la oración es contraria a la vanagloria, único mal que sale del bien, mientras que todos los otros males salen del mal, y por lo tanto no se destruye por medio de lo bueno, sino que más bien se fomenta. No puede haber, pues, un remedio mejor contra la vanagloria que la oración.

Se entiende por trompeta toda acción o palabra con que se demuestra jactancia por alguna obra buena, como sucede cuando uno da limosna, fijándose en alguien que tenga delante, o cuando se lo dice a otro, o cuando se lo da a persona que pueda devolvérsela. Si no fuera por estas causas no lo haría, mas aun cuando lo hiciere en un lugar secreto, pero con el propósito de que aquello le sirva de alabanza, aún toca la trompeta.

Los Apóstoles interpretan este pasaje en el libro de los cánones, de este modo: la derecha es el pueblo cristiano, que está a la derecha de Jesucristo, y la izquierda es todo pueblo que está en la parte opuesta. Esto quiere decir que el cristiano (que es la derecha) no haga la limosna de modo que el infiel (que es la izquierda) lo vea.

Es imposible que Dios deje en la oscuridad la obra buena de un hombre. En esta vida la manifiesta y en la otra la glorifica, porque la gloria es de Dios. Así como el diablo manifiesta lo malo en todo aquello en que resalta el valor de su malicia. Con toda propiedad publica el Señor toda obra buena en la otra vida, porque allí las obras buenas no son comunes a los buenos y a los malos. Y por lo tanto, aquel a quien Dios premia allí, es porque lo ha merecido con toda justicia. El premio de la justicia no se conoce en este mundo, porque aquí no sólo los buenos sino también los malos son ricos.

5-6. Dice Salomón: “Antes de la oración prepara tu alma” (Eclo 18,23). Que es precisamente lo que hace el que habiendo dado limosna viene a hacer oración. Las buenas obras mueven la fe del corazón y dan confianza al alma para dirigirse a Dios. Luego la limosna es la preparación de la oración. He ahí por qué el Señor nos instruye acerca de la oración inmediatamente después de habernos instruido sobre la limosna.

Es la oración una especie de tributo espiritual que el alma ofrece a Dios de lo más íntimo de sus entrañas. Cuanto más gloriosa es, con tanta más cautela debe cuidarse que no se envilezca por ser hecha a causa de los hombres. Y por ello dice: “Cuando oréis, no seáis como los hipócritas”.

Yo creo que esto que dice el Señor, no se refiere al lugar en que oran, sino al fin que se proponen cuando oran. Siempre es muy laudable el orar en unión de muchos fieles, según aquello que se ha dicho en el Salmo: “Bendecid al Señor en las iglesias” (Sal 67,27). El que ora así para ser visto por los hombres no atiende a Dios sino a los hombres, y por lo tanto ora en las iglesias con este fin. Pero de aquel que sólo mira en su oración a Dios, aun cuando ore en la iglesia, sin embargo parece que ora en secreto. Prosigue: “Y en los ángulos de las plazas”, para que se crea que oran escondidos, y así son alabados doblemente: lo uno porque oran, y lo otro porque oran ocultamente.

Con este fin prohíbe el Señor que se ore en unión de otros, cuando el que ora se propone ser visto por los demás. Y por esto añade: “Para ser visto por los hombres”. El que ore no haga ninguna cosa nueva que llame la atención de los hombres, como clamar, darse golpes de pecho o extender los brazos.

Cada uno en donde siembra, allí recoge. Por lo tanto, los que oran por los hombres y no por Dios, no serán alabados por Dios sino por los hombres.

A fin de que no haya allí más que el que ora, y aquel a quien ora. El testigo grava al que ora, no lo favorece.

16. Como la oración es fuerte cuando se hace con un espíritu humilde y con un corazón contrito, y como no puede decirse que el que disfruta de las delicias de esta vida tenga un corazón humilde y un corazón contrito -bien sabido es que la oración sin el ayuno es flaca y enferma- por lo tanto, todos aquéllos que han querido rogar por alguna necesidad, han juntado siempre el ayuno con la oración, porque el ayuno es el apoyo de la oración. Por esto, nuestro Señor después de habernos enseñado a orar nos habla del ayuno, diciendo: “Cuando ayunéis, no os pongáis tristes como los hipócritas”. Sabía, pues, el Señor, que la vanagloria ataca a todo lo bueno, y por eso manda cortar la espina de la vanagloria que nace en buena tierra, para que no sofoque el fruto del ayuno. No puede suceder que no sufra el que ayuna; pero mejor es que el ayuno te manifieste a ti, que no tú al ayuno. No puede suceder que el que ayuna esté contento y por lo tanto no dijo: “No queráis aparecer tristes”. Los que aparecen pálidos en virtud de algunas imposturas, éstos no están tristes, pero se fingen como tales. Por el contrario, el que está triste en virtud de un ayuno prolongado no aparece triste, sino que en realidad lo está. Y por esto añade: “Exterminan sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan”.

Si el que ayuna aparece triste, es un hipócrita, pero ¿cuánto peor es el que no ayuna, pero que pinta en su rostro, por medio de invenciones de su imaginación, cierta palidez en señal de que ayuna?

17-18. Por lo tanto, si manda que no estemos tristes, para que por medio de la tristeza no manifestemos a los hombres que ayunamos, ¿por qué manda ungir la cabeza y lavar la cara? Con todo, la unción de la cabeza y el acto de lavarse la cara, si los que ayunan los observan siempre, concluirán por ser señales de ayuno.

La interpretación sencilla de esto es que no debe entenderse literalmente, así como lo demás que antecede, como si dijese: “Debes estar tan lejos de la ostentación del ayuno, que si es posible (lo cual no es muy oportuno), debes hacer aun lo que, por el contrario, parece ser indicio de lujuria o de comida”, y por eso sigue: “Para no parecer a los hombres que ayunas”.

Espiritualmente se entiende la conciencia por cara del alma. Así como en presencia de los hombres es agradable una cara limpia, así ante los ojos de Dios es hermosa una conciencia pura. Los hipócritas que ayunan para agradar a los hombres destruyen estas dos caras, queriendo engañar a la vez a Dios y a los hombres. Todo pecado lacera la conciencia. Si habéis limpiado vuestra alma de pecado y habéis lavado vuestra conciencia, ayunáis como debéis hacerlo.

En sentido espiritual, Cristo es vuestra Cabeza. Dad de beber al sediento y dad de comer al hambriento, y así habréis incensado con perfumes a vuestra cabeza, a saber, a Cristo que dice en el Evangelio: “Lo que habéis hecho con uno de estos pequeños lo habéis hecho conmigo” (Mt 25,40).

Propiamente hablando, debe lavarse la cara, pero no la cabeza que debe ser ungida. Todo el tiempo que vivimos en este cuerpo, nuestra conciencia está manchada por los pecados. Pero Jesucristo que es nuestra cabeza, no cometió pecado alguno.

San Agustín, de sermone Domini, 2, 1-3.12

1. Por estas palabras: “Para que seáis vistos por ellos”, no añadiendo nada, se evidencia que en esto prohibió que pongamos en ello el fin de nuestro propósito, porque el Apóstol dice a los fieles de Galacia: “Si yo me dedicase a agradar a los hombres, no podría ser siervo de Dios” (Gál 1,10). En otro lugar dice a los fieles de Corinto: “Yo agrado a todos en todas las cosas” (1Cor 10,33); lo cual no hace por agradar a los hombres sino por agradar a Dios, a cuyo amor quería convertir los corazones de los hombres, que es lo que buscaba, agradándoles así, como significaría decir: “En los trabajos con que busco la nave, no es la nave lo que busco, sino la patria”.

Dice también nuestro Señor: “Para que seáis vistos por ellos”, porque hay algunos que obran las cosas justas delante de los hombres, de tal modo que no desean ser vistos por ellos, sino que sean vistas sus obras y sea glorificado el Padre que está en los cielos. No buscan, pues, su gloria, sino la de Aquél en cuya fe viven (Sermones 54,3-4).

Respecto a esto, también añade: “De otra manera no tendréis premio alguno delante de vuestro Padre que está en los cielos”, con lo cual no demuestra ninguna otra cosa sino que no debemos buscar la alabanza humana como premio de nuestras buenas obras.

2-4. El Señor con estas palabras: “Cuidad que vuestra justicia no…” etc. (Mt 6,1), comprende todas las obras buenas en general; pero ahora se explica por partes.

Estas palabras: “No toques la trompeta delante de ti”, se refieren a estas otras: “Cuidaos de no hacer vuestra justicia delante de los hombres”.

Así como los hipócritas (esto es, los simuladores), desempeñan el papel de otro (no es, pues, el que hace los oficios de Agamenón el verdadero Agamenón, sino el que lo remeda), así en las iglesias y en la vida humana, todo aquel que quiere aparentar lo que no es, se llama hipócrita. Simula ser justo y no lo prueba el que coloca todo su mérito en la alabanza de los hombres.

Los que pecan por simulación no recibirán el premio de Dios que ve sus corazones, sino el castigo de la falsedad. Y por esto añade: “En verdad os digo recibieron su galardón”.

Esto se refiere a aquello que dijo antes: “De otro modo no tendréis premio ante vuestro Padre celestial”. Por lo tanto, no hagas limosna como otros la hacen, sino como debe hacerse, según se nos manda oportunamente, cuando Jesucristo dijo: “Mas tu, cuando haces limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”.

Parece inferirse de esta doctrina que ninguna culpa debe haber en querer agradar a los fieles y sin embargo se nos prohíbe fijar el fin de nuestras buenas obras en la alabanza de los hombres, sean quienes fueren. Si es para que vuestras obras, agradando a los hombres, los estimule a imitarlas, debéis practicarlas no sólo en presencia de los creyentes sino también de quienes no creen. Si con otros entiendes por izquierda al enemigo, y piensas que eso significa que no debe saber tu enemigo cuándo haces limosna, ten presente que el mismo Señor sanó caritativamente a los hombres en presencia de los judíos. Además, ¿cómo puede eso concordar con el precepto que nos manda dar limosna aun a nuestro enemigo (Prov 25,21): “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer”? La tercera opinión es hasta ridícula, porque es la de aquellos que dicen que con el nombre de izquierda debe entenderse la mujer de cada uno, y como en los asuntos familiares las mujeres suelen estar más dedicadas a la administración del dinero, debe el marido ocultarlo cuando hace alguna limosna a algún pobre, para evitar las discusiones domésticas. Este precepto no se ha dado sólo para los hombres sino también para las mujeres. Cuando se manda ocultar la limosna ante la mujer propia, que según esto, significa la mano izquierda, ¿podremos decir también que cuando se manda esto mismo a la mujer, es porque el marido es también la mano izquierda de ella? Lo cual, si alguno lo estima como verídico, no considera que está mandado a los casados el ganarse mutuamente por medio de sus buenas costumbres, y que por ello no deben ocultarse sus buenas obras, como tampoco deben hacerse robos con el fin de agradar a Dios.

Sin embargo, si en alguna ocasión debe ocultarse alguna cosa, porque el otro no podría ver aquella buena obra con buenos ojos por efecto de su debilidad, no podemos decir que esto se hace de una manera ilícita. No parece, pues, que deba entenderse fácilmente a la mujer como la mano izquierda, porque en todo el capítulo no lo da a entender, ni tampoco se presenta ocasión en la cual deba llamarse izquierda. Lo que se ha culpado en los hipócritas (porque buscan las alabanzas de los hombres), esto es lo que se te prohíbe hacer. Por lo tanto, debe entenderse como izquierda la complacencia por la alabanza, y por derecha la intención de cumplir los preceptos divinos. Cuando el deseo de la alabanza humana se mezcla en la conciencia del que obra con el de dar la limosna, la conciencia de la derecha se hace izquierda. Ignore, pues, la izquierda, esto es, no se mezcle en tu conciencia el deseo de la humana alabanza. Nuestro Señor prohíbe con mucha más razón que sólo la mano izquierda haga las buenas obras, que el que se mezcle en las acciones de la mano derecha. El fin que se propone cuando dijo esto, lo manifiesta cuando añade: “Para que tu limosna sea en oculto”, esto es, en la buena conciencia, la que no puede mostrarse ante los ojos humanos, ni tampoco manifestarse por medio de las palabras, porque entonces habría muchos que mentirían en muchas cosas. Tu propia conciencia te basta para obtener el premio, si esperas el premio de Aquel, que únicamente puede inspeccionar tu conciencia. Y esto es lo que añade: “Y tu Padre que ve en lo oculto, te premiará”. Muchos ejemplares latinos dicen: “Te premiará públicamente”.

Pero en los ejemplares griegos, que son anteriores a los latinos, no encontramos la palabra palam.

5-6. No nos dice precisamente ahora que oremos, sino que nos dice cómo debemos orar, así como antes nos ha enseñado, no que demos limosna, sino cómo debemos darla.

No es un pecado el ser visto por los hombres, sino el hacer esto con el fin de ser visto por los hombres.

Debemos huir cuanto nos sea posible de que los hombres conozcan que hacemos esto, con el fin de esperar el fruto de agradar a los hombres, y por esto añade: “En verdad os digo, recibieron su galardón”.

Por nuestros aposentos deben entenderse nuestros corazones, de quienes se dice en el Salmo: “Lo que decís en vuestros corazones, lloradlo en vuestros aposentos” (Sal 4,5). La puerta es el sentido de la carne. Fuera están todas las cosas temporales que penetran por medio de los sentidos del cuerpo a nuestro pensamiento, y muchas veces una multitud de vanas teorías distraen a los que oran.

Debe cerrarse la puerta, esto es, debe resistirse a la tentación carnal, para que la oración espiritual se dirija al Padre, y por eso se hace en lo íntimo del corazón donde se ruega al padre en lo escondido. Y por ello sigue: “Y tu Padre que ve en el secreto, te dará la retribución”.

16. Debe advertirse especialmente en este capítulo que puede haber jactancia, no sólo en el brillo y en la apariencia de las cosas corporales, sino también en las mismas miserias dignas de lamentarse. Esto es tanto más peligroso en cuanto engaña, porque se hace aparecer con el nombre de servicio de Dios. El que brilla por el cuidado excesivo de su cuerpo, y por el brillo de su vestido y de las demás cosas que le adornan, fácilmente puede comprenderse que es amigo de seguir las pompas y vanidades del mundo, y no engaña a los demás con la apariencia de una santidad engañosa. Pero el que profesando la imitación de Cristo hace que se fijen los ojos de los demás hombres en su extraordinaria tristeza, en los harapos con que se viste a este fin -cuando haga esto por su propia voluntad, y no lo sufra por necesidad-, puede muy bien ser conocido por las demás obras que practique, si esto lo hace por desprecio del lujo superfluo o por algún mal fin.

17-18. Suele preguntarse el significado de lo que aquí se dice. No es posible creer que Jesucristo mandase que aunque lavemos la cara todos los días, cuando ayunamos debamos untar nuestros cabellos, lo cual todos consideran como muy impropio.

Consideramos a la cabeza como la razón, porque se encuentra en la parte superior del alma y gobierna los demás miembros del cuerpo. Luego el ungir la cabeza es tanto como alegrarse. Alégrese interiormente porque ayuna, el que ayunando se separa de las aspiraciones del mundo para quedar sometido a Dios.

San Gregorio Magno

1. Si, pues, buscamos la gloria del Dador Supremo, para su sola mirada es el espectáculo de las buenas obras aun hechas en público; pero si buscamos nuestra alabanza por medio de ellas, ya pueden considerarse también como publicadas fuera de su mirada, aun cuando sean ignoradas por muchos. Es propio de personas perfectas que, cuando una obra se hace en público, se busque la gloria de su autor, no alegrándose de la gloria individual que de ahí resulte. Mas como los débiles no saben sobreponerse despreciándola, es necesario que oculten el bien que hacen (Moralia 8, 3).

2-4. Debe saberse que hay algunos que tienen hábito de santificación, y sin embargo, no pueden alcanzar el mérito de la perfección. A éstos no se les puede considerar como incluidos en el número de los hipócritas, porque una cosa es pecar por fragilidad, y otra es pecar por astuta ficción (Moralia 31, 11).

16. Porque unas veces se presentan pálidos, su cuerpo como que se cae de debilidad, el pecho se levanta por los suspiros que lo agitan, y nada buscan con tanto trabajo sino el conseguir la humana estimación (Moralia 8, 30).

17. Dios aprueba aquel ayuno que hace quien da limosna a los demás. Todo esto de lo cual te privas a ti mismo, lo entregas a otros, para que por lo mismo por lo que tu carne es afligida, se fortifique la carne de tu prójimo pobre (Homiliae in Evangelia, 16,6)

San Jerónimo

2-4. El que toca la trompeta cuando hace alguna limosna es un hipócrita, y por esto añade: “Así como hacen los hipócritas”.

No la recompensa de Dios, sino su recompensa. Fueron alabados por los hombres, por quienes ejercieron las virtudes.

5-6. Esto instruye simplemente el entendimiento del que lo escucha para que huya de la vanagloria en la oración.

16. La palabra exterminan, que en las Escrituras Sagradas ha perdido su vigor por equivocación de los intérpretes, significa mucho más que lo que de común se comprende. Son exterminados aquellos a quienes se destierra, porque son enviados fuera de los términos. En vez de esta palabra exterminan, debemos usar siempre la palabra descomponen. Descompone el hipócrita su rostro, para manifestar tristeza, y cuando está alegre en su alma lleva el luto en su cara.

17. Pero aquí se habla de la costumbre que había en Palestina de ungirse la cabeza en los días de fiesta. Así, el Señor mandó que cuando ayunemos, nos manifestemos contentos y alegres.

5-6. El orar en sitios ocultos conviene más a la fe, para que sepamos que Dios está presente en todas partes y que penetra aun en lo más oculto con la plenitud de su Majestad.

¿Qué abandono es ése, de divagar y dejarse llevar de pensamientos ineptos y profanos cuando habláis a Dios, como si existiese algún pensamiento que mereciera más vuestra atención que considerar que es con Dios con quien hablas? ¿Cómo deseas ser oído por el Señor, cuando tú mismo no te oyes? Esto es no precaverse del enemigo. Esto es ofender al Señor por la negligencia en la oración.

Remigio

5-6. Este es el sentido: sea suficiente para ti que sólo conozca tu oración Aquel que conoce el secreto de todos los corazones, porque el único que puede oíros, es el mismo que ve el fondo de vuestra alma.

16. El fruto del ayuno de los hipócritas se manifiesta en las palabras que a continuación dice el Salvador: “Para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que recibieron su galardón”.

17-18. Es suficiente para ti que quien conoce tu conciencia sea el mismo que te ha de premiar.

San León Magno

16. No son buenos los ayunos que no provienen del convencimiento de la conciencia, sino del arte de engañar (in sermone 4 de Epiphania, 5).

17-18. Es preciso realizar el ayuno, no privándose solamente de los alimentos, sino procurando evitar el pecado y los vicios. Dado que no nos mortificamos sino para extinguir en nosotros la concupiscencia. Y el resultado de la mortificación debe ser el abandono de las acciones deshonestas y de las voluntades injustas. Esta manera de entender las exigencias de la fe no excusa a los que están enfermos de practicarlas, pues en un cuerpo lánguido puede encontrarse un alma sana (in sermone 6 de Quadragesima, 2).

Próspero, ad Agustinum Hipponensem, epístolas, 318

1. Cuánto poder tenga para hacer daño el deseo de la vanagloria, nadie lo conoce mejor que aquel que le declara la guerra. Porque aunque le es fácil a cada uno no buscar su propia alabanza cuando ésta se niega, con todo, difícil es no complacerse en ella cuando se ofrece.

Ambrosiaster, Comm. in Tim 4,8

2-4. La misericordia y la piedad son el compendio de toda la disciplina cristiana, y por eso empieza por la limosna, diciendo: “Y así, cuando hagas limosna, no toques la trompeta delante de ti”.

San Isidoro, etymilogia, 10

2-4. El nombre de hipócrita procede de aquella clase de hombres que entran en los espectáculos con la cara tapada, pintándola de diversos colores, con el fin de asemejarse a la persona que fingen y de la cual simulan el exterior, tomando delante del pueblo y de los juegos públicos, ora la máscara de hombre, ora la de mujer.

Casiano, Collationes, 9, 35

5-6. Debemos orar con sumo silencio, a fin de que nuestros enemigos que nos rodean, sobre todo cuando oramos, ignoren la intención de nuestras oraciones.

Glosa

1. Después que Jesucristo perfeccionó la ley en cuanto a los preceptos, empezó a perfeccionar las promesas, a fin de que cumplamos los preceptos de Dios por el premio celestial, no por las recompensas de la tierra que la ley prometía. Todas las cosas terrenas se reducen principalmente a dos, a saber: a la gloria humana y a las riquezas, y parece que ambas cosas están prometidas en la ley. En cuanto a la gloria humana, se dice en el Deuteronomio: “El Señor te hará el más excelso de todas las gentes que hay sobre la tierra” (Dt 28,1). De la abundancia de los bienes temporales dice en el mismo libro: “El Señor te hará abundante en toda clase de bienes” (Dt 6,11), y por lo mismo el Señor excluye estas dos clases de bienes de la intención de los fieles, a saber, las glorias y la abundancia de bienes terrenos.

2-4. Quizás procuraban reunir al pueblo cuando hacían algo bueno para que todos fueran a ese espectáculo.

Y por lo tanto, se refiere a los lugares públicos cuando dice: “En sinagogas y en las calles”, y el fin que se propone cuando añade: “Para ser honrado por los hombres”.

5-6. Y por ángulos de las plazas se entienden aquí aquellos sitios en que se cruzan dos o más calles, formando lo que se llama una encrucijada.

17-18. Enseñó Jesucristo lo que no debía hacerse, y ahora enseña lo que debe hacerse, diciendo: “Mas tú, cuando ayunas, unge tu cabeza, etc.”.

Esto es, a tu Padre celestial, que es invisible o que habita en el corazón por medio de la fe. Ayuna para Dios el que se mortifica por su amor, y el que da a otro aquello de lo que se priva a sí mismo.
Prosigue el Salvador: “Y tu Padre que ve en lo escondido, etc.”

He aquí por qué en el Nuevo Testamento no todas las cosas pueden entenderse al pie de la letra. Es ridículo creer que debemos derramar aceite sobre nosotros cuando ayunamos. Lo que debemos hacer es ungirnos con el espíritu del amor de Aquél de cuyos sufrimientos debemos participar, mortificándonos y ungiendo nuestras inteligencias.

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