Mt 11, 25-30 — El Misterio del Reino: Magisterio del Amor y de la Humildad

Texto Bíblico

25 En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. 26 Sí, Padre, así te ha parecido bien. 27 Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 28 Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. 29 Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. 30 Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Pedro de Celle

Sermones: Cordero manso y humilde

«Soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29)
Sermón III para el Adviento


Señor, envíanos al Cordero; es el cordero el que nos hace falta y no el león (Ap 5,5-6). El cordero que no se irrita y cuya dulzura jamás se enturbia; el cordero que nos dará su lana blanca, como nieve para recalentar en nosotros lo que está frío, para cubrir lo que en nosotros está desnudo; el cordero que nos dará a comer su carne por temor a que perezcamos de debilidad en el camino (Jn 6,51; Mt 15,32).

Envíalo lleno de sabiduría, porque en su prudencia divina vencerá el espíritu orgulloso; envíalo lleno de fuerza, porque dijo que el «Señor es fuerte y poderoso en el combate» (Sal 23,8); envíalo lleno de dulzura, porque «descenderá como el rocío sobre el vellón» (Sal 71,6 Vulg); envíalo como una víctima, porque debe ser vendido e inmolado para nuestro rescate (Mt 26, 15; Jn 19,36; Ex 12,46); envíalo, no para exterminar a los pecadores, porque debe «venir a llamarlos y no los justos» (Mt 9,13); envíalo por fin «digno de recibir la fuerza y la divinidad, digno de desatar los siete sellos del libro sellado» (Ap 4,11; 5,9), es decir el misterio incomprensible de la Encarnación.

Gregorio Magno

Morales: La verdadera enseñanza evita la arrogancia

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29)
Lib. 23, 23-24: PL 76, 265-266

PL

Escucha mis palabras, Job, presta oído a mi discurso. Esta es la característica propia de la manera de enseñar de los arrogantes, que no saben inculcar sus enseñanzas con humildad ni comunicar rectamente las cosas rectas que saben. En su manera de hablar se pone de manifiesto que ellos, al enseñar, se consideran como situados en el lugar más elevado, y miran a los que reciben su enseñanza como si estuvieran muy por debajo de ellos, y se dignan hablarles no en plan de consejo, sino como quien pretende imponerles su dominio.

A estos tales les dice, con razón, el Señor, por boca del profeta: Vosotros los habéis dominado con crueldad y violencia. Con crueldad y con violencia dominan, en efecto, aquellos que, en vez de corregir a sus súbditos razonando reposadamente con ellos, se apresuran a doblegarlos rudamente con su autoridad.

Por el contrario, la verdadera enseñanza evita con su reflexión este vicio de la arrogancia, con tanto más interés cuanto que su intención consiste precisamente en herir con los dardos de sus palabras a aquel que es el maestro de la arrogancia. Procura, en efecto, no ir a obtener, con una manera arrogante de comportarse, el resultado contrario, es decir: predicar a aquel a quien quiere atacar, con santas enseñanzas, en el corazón de sus oyentes. Y, así, se esfuerza por enseñar de palabra y de obra la humildad, madre y maestra de todas las virtudes, de manera que la explica a los discípulos de la verdad con las acciones, más que con las palabras.

De ahí que Pablo, hablando a los tesalonicenses, como olvidándose de la autoridad que tenía por su condición de apóstol, les dice: Os tratamos con delicadeza. Y, en el mismo sentido, el apóstol Pedro, cuando dice: Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere, enseña que hay que guardar en ello el modo debido, añadiendo: Pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia.

Y, cuando Pablo dice a su discípulo: De esto tienes que hablar, animando y reprendiendo con autoridad, no es su intención inculcarle un dominio basado en el poder, sino una autoridad basada en la conducta. En efecto, la manera de enseñar algo con autoridad es practicarlo antes de enseñarlo, ya que la enseñanza pierde toda garantía cuando la conciencia contradice las palabras. Por tanto, lo que le aconseja no es un modo de hablar arrogante y altanero, sino la confianza que infunde una buena conducta. Por esto, hallamos escrito también acerca del Señor: Les enseñaba con autoridad,y no como los escribas y fariseos. El, en efecto, de un modo único y singular, hablaba con autoridad, en el sentido verdadero de la palabra, ya que nunca cometió mal alguno por debilidad. El tuvo por el poder de su divinidad aquello que nos comunicó a nosotros por la inocencia de su humanidad.

Guillermo de San Teodorico

El Espejo de la Fe: Debemos buscar la inteligencia de la fe en el Espíritu Santo

«Has revelado estas cosas a los humildes» (cf. Mt 11,25)
PL 180, 384

PL

Oh alma fiel, cuando tu fe se vea rodeada de incertidumbre y tu débil razón no comprenda los misterios demasiado elevados, di sin miedo, no por deseo de oponerte, sino por anhelo de profundizar: «¿Cómo será eso?».

Que tu pregunta se convierta en oración, que sea amor, piedad, deseo humilde. Que tu pregunta no pretenda escrutar con suficiencia la majestad divina, sino que busque la salvación en aquellos mismos medios de salvación que Dios nos ha dado. Entonces te responderá el Consejero admirable: Cuando venga el Defensor, Que enviará el Padre en mi nombre, él os enseñará todo y os guiará hasta la verdad plena. Pues nadie conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está en él; y, del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios.

Apresúrate, pues, a participar del Espíritu Santo: cuando se le invoca, ya está presente; es más, si no hubiera estado presente no se le habría podido invocar. Cuando se le llama, viene, y llega con la abundancia de las bendiciones divinas. El es aquella impetuosa corriente que alegra la ciudad de Dios.

Si al venir te encuentra humilde, sin inquietud, lleno de temor ante la palabra divina, se posará sobre ti y te revelará lo que Dios esconde a los sabios y entendidos de este mundo. Y, poco a poco, se irán esclareciendo ante tus ojos todos aquellos misterios que la Sabiduría reveló a sus discípulos cuando convivía con ellos en el mundo, pero que ellos no pudieron comprender antes de la venida del Espíritu de verdad, que debía llevarlos hasta la verdad plena.

En vano se espera recibir o aprender de labios humanos aquella verdad que sólo puede enseñar el que es la misma verdad. Pues es la misma verdad quien afirma: Dios es espíritu, y así como aquellos que quieren adorarle deben hacerlo en espíritu y verdad, del mismo modo los que desean conocerlo deben buscar en el Espíritu Santo la inteligencia de la fe y la significación de la verdad pura y sin mezclas.

En medio de las tinieblas y de las ignorancias de esta vida, el Espíritu Santo es, para los pobres de espíritu, luz que ilumina, caridad que atrae, dulzura que seduce, amor que ama, camino que conduce a Dios, devoción que se entrega, piedad intensa.

El Espíritu Santo, al hacernos crecer en la fe, revela a los creyentes la justicia de Dios, da gracia tras gracia y, por la fe que nace del mensaje, hace que los hombres alcancen la plena iluminación.

Juan Crisóstomo

Sobre el Evangelio de san Mateo: Nos mostró el camino de la sencillez

«Te doy gracias, Padre... porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25)
Sermones sobre el Evangelio de Mateo, n° 38, 1


«Te doy gracias, Padre, -dice- porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes». ¿Cómo? ¿Es que el Señor se alegra que se pierdan los sabios y prudentes y que no conozcan estas cosas? — ¡De ninguna manera! No. Es que el mejor camino de salvación era no forzar a los que le rechazaban y no querían aceptar su enseñanza. De este modo, ya que por el llamamiento no habían querido convertirse, sino que lo rechazaron y menospreciaron, por el hecho de sentirse reprobados vinieran a desear su salvación. De este modo también, los que le habían atendido vendrían a ser más fervorosos. Porque el habérseles a éstos revelado estas cosas era motivo de alegría; mas el habérseles ocultado a los otros, no ya de alegría, sino de lágrimas. Y también éstas derramó el Señor cuando lloró sobre Jerusalén (Lc 19,41). No se alegra pues, por eso, sino porque lo que no conocieron los sabios, lo conocieron los pequeñuelos. Como cuando dice Pablo: «Doy gracias a Dios, porque erais esclavos del pecado, pero obedecisteis de corazón a la forma de doctrina a que fuisteis entregados» (Rom 6,17).

Llama aquí el Señor sabios a los escribas y fariseos, y lo hace así para incitar el fervor de sus discípulos, al ponerles delante qué bienes se concedieron a los pescadores y perdieron todos aquellos sabios. Mas, al llamarlos sabios, no habla el Señor de la verdadera sabiduría, que merece toda alabanza, sino de la que aquéllos se imaginaban poseer por su propia habilidad. De ahí que tampoco dijo: «Se les ha revelado a los necios», sino: «a los pequeños», es decir, a los no fingidos, a los sencillos. Es una nueva lección que nos da para que nos apartemos de toda soberbia y sigamos la sencillez. La misma que Pablo nos reitera, con más energía, cuando escribe: «Si alguno entre vosotros cree ser sabio en este siglo, hágase necio para llegar a ser sabio» (1Cor 3,18).

Teresa de Lisieux

Oraciones: Pedir un corazón como el suyo

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29)
Oración n. 20, para obtener la humildad


Oh Jesús, cuando estabais en la tierra como viajero, habéis dicho: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.» Oh poderoso monarca de los cielos, sí, mi alma encuentra reposo viéndoos revestido bajo la forma y naturaleza de esclavo (Fl 2,7), abajándoos hasta lavar los pies a los apóstoles. Es entonces cuando me acuerdo de estas palabras que habéis pronunciado para enseñarnos a practicar la humildad: «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.. el criado no es más que su amo. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica» (Jn 13, 15-17). Comprendo, Señor, estas palabras salidas de vuestro corazón manso y humilde, las quiero practicar con la ayuda de vuestra gracia.

Quiero abajarme humildemente y someter mi voluntad a la de mis hermanas, no contradecirlas en nada y sin examinar si ellas tienen o no derecho a mandarme. Nadie, Amado mío, tenía ese derecho sobre Vos, y sin embargo habéis obedecido no sólo a la santa Virgen y a san José, sino incluso a vuestros verdugos. Y en nuestro tiempo, es en la hostia que veo os abajáis al máximo. ¡Qué grande es vuestra humildad, oh divino Rey de la gloria. Oh Amado mío, bajo el velo de la blanca hostia es cuando me parecéis más manso y humilde de corazón!. ¡Oh Jesús, manso y humilde de corazón, haced mi corazón semejante al vuestro!

Elredo de Rievaulx

Espejo de la Caridad: La clave de este yugo es la caridad

«Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,30)
I, 30-31


[...] Los que se quejan de la aspereza de este yugo, quizás es porque, o no abandonaron plenamente el gravísimo yugo de la concupiscencia mundana, o, abandonándolo, volvieron a tomarlo con mayor confusión suya. ¿Qué hay más dulce o qué más tranquilo que no angustiarse por los torpes movimientos de la carne?

En fin, ¿qué hay tan próximo a la tranquilidad divina como no conmoverse por las injurias recibidas, ni asustarse por ningún daño o persecución; tener igual constancia en los sucesos prósperos que en los adversos y tratar igual al amigo y al enemigo, haciéndose semejante al que «hace salir su sol sobre buenos y malos, y deja caer la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45)?.

Todo esto se encuentra en la caridad, y no se halla sino en la caridad. En ella está la verdadera tranquilidad, la verdadera suavidad, porque ella es el yugo del Señor, y si la tomamos invitados por el Señor, encontraremos descanso para nuestras almas, pues «el yugo del Señor es suave y ligera su carga». Por último, «la caridad es paciente, es benigna, no tiene celos, no obra mal, no se infla, no es ambiciosa»(1Co 13,4-5).

Las demás virtudes son para nosotros, o como vehículo para el cansado, o como viático para el caminante, o como linterna para alumbrar en la oscuridad, o como arma para los que luchan; mas la caridad, aunque como las restantes virtudes es necesaria para todos, sin embargo, es descanso en especial para el fatigado, morada para el caminante, plenitud de claridad para el que llega y perfecta corona para el vencedor.

Ireneo de Lyon

Contra las herejías: Dios quiere darse a conocer

«Las has revelado a los pequeños» (cf. Mt 11,25)
IV, 6, 4. 7. 3


El Señor nos enseña que la persona no puede llegar a conocer a Dios a no ser que el mismo Dios se lo manifieste; dicho de otra manera: no podemos conocer a Dios sin su ayuda. Pero el Padre quiere ser conocido: le conocerán aquellos a quienes el Hijo se lo revelará. La palabra «revelará» no se refiere sólo al futuro, como si el Verbo no hubiera comenzado a revelar al Padre si no después de nacer de María, sino que se refiere a la totalidad del tiempo. Desde el principio, el Hijo, presente en la creación que él mismo ha modelado, revela el Padre a todos los que el Padre quiere, cuando quiere y como lo quiere. En todas las cosas y a través de todas las cosas, no existe más que un solo Dios Padre, un solo Verbo, un solo Espíritu y una sola salvación para todos los que creen en él.

En efecto, nadie puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, es decir, si el Hijo no se lo revela, ni conocer al Hijo sin el «beneplácito» del Padre. Jesús dijo a sus apóstoles: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.» (Jn 14,6-7).

Juan Pablo II

Ángelus (16-11-1980): Descubrir la llamada de Dios

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28)
En Osnabrück (Alemania)


[...]Este amor [de Dios] es el fundamento de nuestra esperanza y el aliento de nuestra vida. Dios nos ha mostrado de un modo insuperable en Jesucristo cuánto ama a cada hombre y cuán inmensa es la dignidad que a través de Él le ha conferido. Precisamente aquellos que deben padecer algún impedimento físico o espiritual, deben reconocerse como amigos de Jesús, como amados especialmente por Él. Él mismo dice: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es blando y mi carga ligera" (Mt 11, 28-30). Pues lo que parece a los hombres debilidad y flaqueza, es para Dios motivo de especial amor y cuidado. Y este criterio divino se convierte para la Iglesia y para cada uno de los cristianos en tarea y en obligación. A nosotros los cristianos no nos importa mucho si alguien está enfermo o sano; lo que en último término nos importa es lo siguiente: ¿Estás dispuesto a realizar en todas las circunstancias de tu vida y en tu comportamiento como verdadero cristiano con plena conciencia de fe, la dignidad que Dios te ha concedido, o prefieres desperdiciarla delante de Dios en una vida de superficialidad y de falta de responsabilidad, de culpa y de pecado? También como impedidos podéis vosotros haceros santos, podéis todos vosotros alcanzar la alta meta que Dios tiene reservada para cada hombre, la criatura de su amor.

Cada hombre recibe de Dios una vocación personal, su especial tarea salvífica. Como se nos ha demostrado siempre, la voluntad de Dios es para nosotros en última instancia un mensaje de alegría, un mensaje para nuestra salvación eterna. Esto es también válido para vosotros que, como hombres físicamente impedidos, habéis sido llamados a un modo especial de seguimiento de Cristo, el seguimiento de la cruz. Cristo os invita, a través de las palabras que antes hemos citado, a aceptar vuestras debilidades como su yugo, como la senda que sigue sus huellas. Sólo de este modo conseguiréis no sentiros abrumados por esa penosa carga. La única respuesta adecuada a la llamada de Dios a seguir a Cristo, como siempre Él concretamente lo ha demostrado, es la respuesta de la Beata Virgen María: "Hágase en mi según tu palabra" (Lc 1, 38). Sólo vuestro pronto "sí" a la voluntad de Dios, que a menudo se escapa a nuestro modo natural de ver las cosas, puede haceros felices y regalaros ya desde ahora una íntima alegría que no puede ser anulada por ninguna necesidad externa.

... Todos nosotros somos peregrinos en una carrera muy corta, y en uno u otro momento finaliza el camino para cada uno de nosotros con la muerte. Aun en los momentos de salud experimentamos la mayor parte de nosotros los signos de la limitación y de la debilidad, de la fragilidad y de las dificultades. Permanezcamos, por tanto, en común y fraternal solidaridad los que tenemos más o menos salud y los que estamos más o menos impedidos, pues sólo de este modo se puede desarrollar de una manera eficaz una convivencia familiar y social que sea digna del hombre.

... Ante Dios desaparecen todas las diferencias terrenas sólo permanece como decisiva la medida de la esperanza creyente y del amor generoso que cada uno lleve en su corazón.

En la oración del Ángelus contemplamos con las tres familiares Avemarías el Misterio nuclear de nuestra fe: la Encarnación de Dios en el seno de la Virgen María. Del mismo modo como María manifestó su "sí" a este plan de Dios, también nosotros confesamos nuestro "fiat" nuestro "sí" a nuestra vocación. Respondamos confiadamente con un sí, sea a la vocación del sufrimiento, sea a la vocación de la ayuda y del servicio. Y así como de María se hizo carne la Palabra de Dios y nuestro hermano, así también nuestro camino será fructífero con la fuerza de Dios. Un sufrimiento aceptado en confianza, un servicio asumido en el amor: éste es el camino por el que el Señor quiere venir hoy al mundo.

Audiencia General (08-06-1988): No se trata de una falsa paz

«Encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29)
nn. 4-6. 8.9


[...] la revelación [que realiza Cristo] del amor al Padre incluye también su amor a los hombres. Él "pasa haciendo el bien" (cf. Act 10, 38). Toda su misión terrena está colmada de actos de amor hacia los hombres, especialmente hacia los más pequeños y necesitados. "Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso" (Mt 11, 28). "Venid": es una invitación que supera el circulo de los coetáneos que Jesús podía encontrar en los días de su vida y de su sufrimiento sobre la tierra; es una llamada para los pobres de todos los tiempos, siempre actual, también hoy, siempre volviendo a brotar en los labios y en el corazón de la Iglesia.

Paralela a esta exhortación hay otra: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazóny hallaréis descanso para vuestras almas" (Mt 11, 29). La mansedumbre y humildad de Jesús llegan a ser atractivas para quien es llamado a acceder a su escuela: "Aprended de mí". Jesús es "el testigo fiel" del amor que Dios nutre para con el hombre. En su testimonio están asociados la verdad divina y el amor divino. Por eso entre la palabra y la acción, entre lo que Él hace y lo que Él enseña hay una profunda cohesión, se diría que casi una homogeneidad. Jesús no sólo enseña el amor como el mandamiento supremo, sino que Él mismo lo cumple del modo más perfecto. No sólo proclama las bienaventuranzas en el sermón de la montaña, sino que ofrece en Sí mismo la encarnación de este sermón durante toda su vida. No sólo plantea la exigencia de amar a los enemigos, sino que Él mismo la cumple, sobre todo en el momento de la crucifixión: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34).

Pero esta "mansedumbre y humildad de corazón" en modo alguno significa debilidad. Al contrario, Jesús es exigente. Su Evangelio es exigente. ¿No ha sido Él quien ha advertido: "El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí?. Y poco después: "El que encuentre su vida la perderá y el que pierda su vida por mí la encontrará" (Mt 10, 38-39). Es una especie de radicalismo no sólo en el lenguaje evangélico, sino en las exigencias reales del seguimiento de Cristo, de las que no duda en reafirmar con frecuencia toda su amplitud: "No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada" (Mt 10, 34). Es un modo fuerte de decir que el Evangelio es también una fuente de "inquietud" para el hombre. Jesús quiere hacernos comprender que el Evangelio es exigente y que exigir quiere decir también agitar las conciencias, no permitir que se recuesten en una falsa "paz", en la cual se hacen cada vez más insensibles y obtusas, en la medida en que en ellas se vacían de valor las realidades espirituales, perdiendo toda resonancia. Jesús dirá ante Pilato: "Para esto he venido al mundo:para dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 37). Estas palabras conciernen también a la luz que El proyecta sobre el campo entero de las acciones humanas, borrando la oscuridad de los pensamientos y especialmente de las conciencias para hacer triunfar la verdad en todo hombre. Se trata, pues, de ponerse del lado de la verdad. "Todo el que es de la verdad escucha mi voz" dirá Jesús (Jn 18, 37). Por ello, Jesús es exigente. No duro o inexorablemente severo: pero fuerte y sin equívocos cuando llama a alguien a vivir en la verdad.

[...] el Evangelio de la mansedumbre y de la humildad va al mismo paso que el Evangelio de las exigencias morales y hasta de las severas amenazas a quienes no quieren convertirse. No hay contradicción entre el uno y el otro. Jesús vive de la verdad que anuncia y del amor que revela y es éste un amor exigente como la verdad de la que deriva. Por lo demás, el amor ha planteado las mayores exigencias a Jesús mismo en la hora de Getsemaní, en la hora del Calvario, en la hora de la cruz. Jesús ha aceptado y secundado estas exigencias hasta el fondo, porque, como nos advierte el Evangelista, Él "amó hasta el extremo" (Jn 13, 1). Se trata de un amor fiel, por lo cual, el día antes de su muerte, podía decir al Padre: "Las palabras que tú me diste se las he dado a ellos" (Jn 17, 8).

Como "testigo fiel" Jesús ha cumplido la misión recibida del Padre en la profundidad del misterio trinitario. Era una misión eterna, incluida en el pensamiento del Padre que lo engendraba y predestinaba a cumplirla "en la plenitud de los tiempos" para la salvación del hombre —de todo hombre— y para el bien perfecto de toda la creación. Jesús tenía conciencia de esta misión suya en el centro del plan creador y redentor del Padre; y, por ello, con todo el realismo de la verdad y del amor traídos al mundo, podía decir: "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32).

Teresa de Calcuta

El Amor más grande: Silencio del corazón

«Encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29)
[fr]


Para ser santos necesitamos humildad y oración. Jesús nos enseñó el modo de orar y también nos dijo que aprendiéramos de Él a ser mansos y humildes de corazón.

Pero no llegaremos a ser nada de eso a menos que conozcamos lo que es el silencio. La humildad y la oración se desarrollan de un oído, de una mente y de una lengua que han vivido en silencio con Dios, porque en el silencio del corazón es donde habla Él.

Impongámonos realmente el trabajo de aprender la lección de la santidad de Jesús, cuyo corazón era manso y humilde. La primera lección de ese corazón es un examen de conciencia; el resto, el amor y el servicio, lo siguen inmediatamente. El examen no es un trabajo que hacemos solos, sino en compañía de Jesús. No debemos perder el tiempo dando inútiles miradas a nuestras miserias sino emplearlo en elevar nuestros corazones a Dios para dejar que su luz nos ilumine.

Si la persona es humilde nada la perturbará, ni la alabanza ni la ignominia, porque se conoce, sabe quién es. Si la acusan no se desalentará; si alguien la llama santa no se pondrá sobre un pedestal. Si eres santo dale gracias a Dios; si eres pecador, no sigas siéndolo. Cristo nos dice que aspiremos muy alto, no para ser como Abraham o David ni ninguno de los santos, sino para ser como nuestro padre celestial. «No me elegisteis vosotros a Mí, fui Yo quien os eligió a vosotros, para que vayáis y déis fruto, y vuestro fruto permanezca» (cf. Jn 15, 16).

Juan van Ruysbroeck

Los Siete Peldaños de la Escala Espiritual: Los frutos de la humildad

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29)
Capítulo 4


Por la humildad vivimos con Dios y Dios vive con nosotros en una paz verdadera; en ella se encuentra el fundamento vivo de la santidad. Se puede comparar a una fuente de donde surgen cuatro ríos de virtudes y de vida eterna (cf Gn 2,10). El primer río que brota de un suelo realmente humilde es la obediencia; el oído se hace humilde para escuchar las palabras de verdad y de vida que brotan de la sabiduría de Dios, mientras que las manos están siempre dispuestas a cumplir su muy amada voluntad. Cristo, la Sabiduría de Dios, se ha hecho pobre para que nosotros lleguemos a ser ricos (2Co 8,9), se ha convertido en siervo para hacernos reinar, murió finalmente para darnos la vida. Para que sepamos cómo saber y servir, nos dice: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón».

En efecto, la delicadeza es el segundo río de virtudes que brota del suelo de la humildad. «Bienaventurado el manso, porque poseerá la tierra» (Mt 5,4), es decir su alma y su cuerpo, están en paz. Pues en el hombre suave y humilde descansa el Espíritu del Señor; y cuando nuestro espíritu se eleva y une con el Espíritu de Dios, llevamos el yugo de Cristo, que es agradable y suave, y llevamos su carga ligera.

De esta mansedumbre íntima brota un tercer río que consiste en vivirlo todo con paciencia. Por la tribulación y el sufrimiento el Señor nos visita. Si recibimos estos envíos con un corazón gozoso, viene Él mismo, ya que dijo por su profeta: «Estoy con él en la tribulación: lo libraré y glorificaré» (Sal. 90,15).

El cuarto y último río de vida humilde es el abandono de la propia voluntad y de toda búsqueda personal. Este río toma su fuente en el sufrimiento llevado pacientemente. El hombre humilde renuncie a su propia voluntad y abandónese espontáneamente en las manos de Dios. Llegando a ser una sola voluntad y una sola libertad con la voluntad divina. Y este es el contenido mismo de la humildad. La voluntad de Dios, que es la libertad, incluso, que nos quita el espíritu de temor y nos hace libres, liberados y vacíos de nosotros mismos. Dios nos da, entonces, el Espíritu de los elegidos que nos hace gritar con el Hijo: «Abba, Padre» (Rm 8,15).





Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Domingo XIV (Ciclo A)
Tiempo Ordinario: Sagrado Corazón de Jesús (Ciclo A)



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