Mt 14, 13-21: Primera multiplicación de los panes

Texto Bíblico

13 Al enterarse Jesús se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados. 14 Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. 15 Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida». 16 Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». 17 Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». 18 Les dijo: «Traédmelos». 19 Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. 20 Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. 21 Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Atanasio, obispo

Carta: El que tenga hambre que acuda a Él

Carta Pascual nº 24

«Jesús se marchó a un lugar desierto y solitario» (Mt 14,13)

Cada uno de los santos debió evitar “la vía ancha y espaciosa” (Mt 7,13), para permanecer sólo, aparte, y allí, vivir en la virtud: Elías, Eliseo, Jacob […] El desierto y el abandono de los tumultos de la vida le proporcionan al hombre la amistad de Dios; así Abraham, cuando salió del país de los caldeos, fue llamado “amigo de Dios” (Jc 2,23). El gran Moisés también, en el momento de su salida del país de Egipto […] habló con Dios cara a cara, fue salvado de las manos de sus enemigos y atravesó el desierto. Todos ellos son la imagen de la salida de las tinieblas hacia la luz admirable, y de la subida hacia la ciudad que está al cielo (He 11,16), la prefiguración de la verdadera felicidad y de la fiesta eterna.

En cuanto a nosotros, tenemos cerca de nosotros la realidad que sombras y símbolos anunciaban, quiero decir la imagen del Padre, nuestro Señor Jesucristo (Cuello 2,17; 1,15). Si lo recibimos como alimento en todo tiempo, y si marcamos con su sangre las puertas de nuestras almas, seremos liberados de los trabajos del Faraón y sus inspectores (Ex 12,7; 5,6s). […] Ahora hemos encontrado el camino para pasar de la tierra al cielo… En otro tiempo, a través de Moisés, el Señor precedía a los hijos de Israel en una columna de fuego y de nubarrón; ahora, él mismo nos llama diciendo: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y que beba; del que cree en mí, brotarán ríos de agua viva que saltarán hasta la vida eterna” (Jn 7,37s).

Qué cada uno se prepare pues con un deseo ardiente para ir a esta fiesta; que escuche al Salvador llamarlo, porque es él quien nos consuela a todos y cada uno en particular. El que tenga hambre que acuda a Él: Él es el verdadero pan (Jn 6,32). El que tenga sed que venga: Él es la fuente de agua viva (Jn 4,10). Que el enfermo venga a Él: es el Verbo, la Palabra de Dios, que cura a los enfermos. Si alguien está agobiado por el peso del pecado y se arrepiente, que se refugie en sus pies: Él es el descanso y el puerto de la salvación. Que el pecador tenga confianza, porque dijo: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré” (Mt 11,28).

San Hilario, obispo y doctor de la Iglesia

Comentario: Admiración

Comentario al evangelio de Mateo, 14, 12

«Alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición» (Mt 14,19)

El Señor, después de haber tomado los cinco panes, levantó su mirada al cielo para ensalzar a Aquel de quien él mismo recibe el ser. No estaba obligado a mirar al Padre con sus ojos de carne; quería hacer comprender a los allí presentes de quién había recibido el poder para realizar un acto de tanto poder. Da inmediatamente los panes a sus discípulos. No es por la multiplicación que los cinco panes se han convertido en muchos más. Los pedazos se suceden unos a otros y engañan a los que los rompen; ¡como si hubieran hecho los pedazos con anterioridad! La materia sigue desplegándose…

No te sorprenda, pues, que las fuentes manen, que haya racimos en las cepas, que los arroyuelos de vino nazcan de los racimos. Todos los recursos de la tierra se propagan según un ritmo anual que no falla. Una tal multiplicación de los panes, revela la acción del autor del universo. Normalmente Él impone un límite al crecimiento porque conoce a fondo las leyes de la materia. En la creación visible se da un trabajo invisible. El misterio de la presente acción es obra del Señor de los misterios celestiales. El poder de Aquel que actúa está por encima de toda la naturaleza, y el método de ese Poder desborda la comprensión del hecho. Queda tan sólo la admiración por ese poder.

Benedicto XVI, papa

Ángelus (31-07-2011): Encarnación y Redención

Palacio apostólico de Castelgandolfo
Domingo 31 de julio de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo describe el milagro de la multiplicación de los panes, que Jesús realiza para una multitud de personas que lo seguían para escucharlo y ser curados de diversas enfermedades (cf. Mt 14, 14). Al atardecer, los discípulos sugieren a Jesús que despida a la multitud, para que puedan ir a comer. Pero el Señor tiene en mente otra cosa: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14, 16). Ellos, sin embargo, no tienen «más que cinco panes y dos peces». Jesús entonces realiza un gesto que hace pensar en el sacramento de la Eucaristía: «Alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente» (Mt 14, 19). El milagro consiste en compartir fraternamente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no sólo bastan para todos, sino que incluso sobran, hasta llenar doce canastos. El Señor invita a los discípulos a que sean ellos quienes distribuyan el pan a la multitud; de este modo los instruye y los prepara para la futura misión apostólica: en efecto, deberán llevar a todos el alimento de la Palabra de vida y del Sacramento.

En este signo prodigioso se entrelazan la encarnación de Dios y la obra de la redención. Jesús, de hecho, «baja» de la barca para encontrar a los hombres. San Máximo el Confesor afirma que el Verbo de Dios «se dignó, por amor nuestro, hacerse presente en la carne, derivada de nosotros y conforme a nosotros, menos en el pecado, y exponernos la enseñanza con palabras y ejemplos convenientes a nosotros» (Ambiguum 33: PG 91, 1285 C). El Señor nos da aquí un ejemplo elocuente de su compasión hacia la gente. Esto nos lleva a pensar en tantos hermanos y hermanas que en estos días, en el Cuerno de África, sufren las dramáticas consecuencias de la carestía, agravadas por la guerra y por la falta de instituciones sólidas. Cristo está atento a la necesidad material, pero quiere dar algo más, porque el hombre siempre «tiene hambre de algo más, necesita algo más» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 315). En el pan de Cristo está presente el amor de Dios; en el encuentro con él «nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el “pan del cielo”» (ib., p. 316). Queridos amigos, «en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo» (Sacramentum caritatis, 88). Nos lo testimonia también san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, de quien hoy la Iglesia hace memoria. En efecto, Ignacio eligió vivir «buscando a Dios en todas las cosas, y amándolo en todas las criaturas» (cf. Constituciones de la Compañía de Jesús, III, 1, 26). Confiemos a la Virgen María nuestra oración, para que abra nuestro corazón a la compasión hacia el prójimo y al compartir fraterno.

Sacramentum Caritatis: pan partido para la vida del mundo

Exhortación Apostólica Post-Sinodal sobre la Eucaristía (22-02-2007), n. 88.

Eucaristía: pan partido para la vida del mundo

88. «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,51). Con estas palabras el Señor revela el verdadero sentido del don de su propia vida por todos los hombres y nos muestran también la íntima compasión que Él tiene por cada persona. En efecto, los Evangelios nos narran muchas veces los sentimientos de Jesús por los hombres, de modo especial por los que sufren y los pecadores (cf. Mt 20,34; Mc 6,54; Lc 9,41). Mediante un sentimiento profundamente humano, Él expresa la intención salvadora de Dios para todos los hombres, a fin de que lleguen a la vida verdadera. Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de su propia vida que Jesús hizo en la Cruz por nosotros y por el mundo entero.

Al mismo tiempo, en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo, que «consiste precisamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo». De ese modo, en las personas que encuentro reconozco a hermanos y hermanas por los que el Señor ha dado su vida amándolos «hasta el extremo» (Jn 13,1).

Por consiguiente, nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse «pan partido» para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Pensando en la multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: «dadles vosotros de comer» (Mt 14,16). En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo.

Francisco, papa

Ángelus (03-08-2014): Tres mensajes

Plaza de San Pedro
Domingo 3 de agosto de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Este domingo el Evangelio nos presenta el milagro de la multiplicación de los panes y los peces (Mt 14, 13-21). Jesús lo realizó en el lago de Galilea, en un sitio aislado donde se había retirado con sus discípulos tras enterarse de la muerte de Juan el Bautista. Pero muchas personas lo siguieron y lo encontraron; y Jesús, al verlas, sintió compasión y curó a los enfermos hasta la noche. Los discípulos, preocupados por la hora avanzada, le sugirieron que despidiese a la multitud para que pudiesen ir a los poblados a comprar algo para comer. Pero Jesús, tranquilamente, respondió: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14, 16); y haciendo que le acercasen cinco panes y dos peces, los bendijo, y comenzó a repartirlos y a darlos a los discípulos, que los distribuían a la gente. Todos comieron hasta saciarse e incluso sobró.

En este hecho podemos percibir tres mensajes. El primero es la compasión. Ante la multitud que lo seguía y —por decirlo así— «no lo dejaba en paz», Jesús no reacciona con irritación, no dice: «Esta gente me molesta». No, no. Sino que reacciona con un sentimiento de compasión, porque sabe que no lo buscan por curiosidad, sino por necesidad. Pero estemos atentos: compasión —lo que siente Jesús— no es sencillamente sentir piedad; ¡es algo más! Significa com-patir, es decir, identificarse con el sufrimiento de los demás, hasta el punto de cargarla sobre sí. Así es Jesús: sufre junto con nosotros, sufre con nosotros, sufre por nosotros. Y la señal de esta compasión son las numerosas curaciones que hizo. Jesús nos enseña a anteponer las necesidades de los pobres a las nuestras. Nuestras exigencias, incluso siendo legítimas, no serán nunca tan urgentes como las de los pobres, que no tienen lo necesario para vivir. Nosotros hablamos a menudo de los pobres. Pero cuando hablamos de los pobres, ¿nos damos cuenta de que ese hombre, esa mujer, esos niños no tienen lo necesario para vivir? Que no tienen para comer, no tienen para vestirse, no tienen la posibilidad de tener medicinas… Incluso que los niños no tienen la posibilidad de ir a la escuela. Por ello, nuestras exigencias, incluso siendo legítimas, no serán nunca tan urgentes como las de los pobres que no tienen lo necesario para vivir.

El segundo mensaje es el compartir. El primero es la compasión, lo que sentía Jesús, el segundo es el compartir. Es útil confrontar la reacción de los discípulos, ante la gente cansada y hambrienta, con la de Jesús. Son distintas. Los discípulos piensan que es mejor despedirla, para que puedan ir a buscar el alimento. Jesús, en cambio, dice: dadles vosotros de comer. Dos reacciones distintas, que reflejan dos lógicas opuestas: los discípulos razonan según el mundo, para el cual cada uno debe pensar en sí mismo; razonan como si dijesen: «Arreglaos vosotros mismos». Jesús razona según la lógica de Dios, que es la de compartir. Cuántas veces nosotros miramos hacia otra parte para no ver a los hermanos necesitados. Y este mirar hacia otra parte es un modo educado de decir, con guante blanco, «arreglaos solos». Y esto no es de Jesús: esto es egoísmo. Si hubiese despedido a la multitud, muchas personas hubiesen quedado sin comer. En cambio, esos pocos panes y peces, compartidos y bendecidos por Dios, fueron suficientes para todos. ¡Y atención! No es magia, es un «signo»: un signo que invita a tener fe en Dios, Padre providente, quien no hace faltar «nuestro pan de cada día», si nosotros sabemos compartirlo como hermanos.

Compasión, compartir. Y el tercer mensaje: el prodigio de los panes preanuncia la Eucaristía. Se lo ve en el gesto de Jesús que «lo bendijo» (v. 19) antes de partir los panes y distribuirlos a la gente. Es el mismo gesto que Jesús realizará en la última Cena, cuando instituirá el memorial perpetuo de su Sacrificio redentor. En la Eucaristía Jesús no da un pan, sino el pan de vida eterna, se dona a Sí mismo, entregándose al Padre por amor a nosotros. Y nosotros tenemos que ir a la Eucaristía con estos sentimientos de Jesús, es decir, la compasión y la voluntad de compartir. Quien va a la Eucaristía sin tener compasión hacia los necesitados y sin compartir, no está bien con Jesús.

Compasión, compartir, Eucaristía. Este es el camino que Jesús nos indica en este Evangelio. Un camino que nos conduce a afrontar con fraternidad las necesidades de este mundo, pero que nos conduce más allá de este mundo, porque parte de Dios Padre y vuelve a Él. Que la Virgen María, Madre de la divina Providencia, nos acompañe en este camino.

Misericordiae Vultus: Amor infinito de Dios

Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia
11 de abril de 2015.

8. […] La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.

Jesús, ante la multitud de personas que lo seguían, viendo que estaban cansadas y extenuadas, perdidas y sin guía, sintió desde lo profundo del corazón una intensa compasión por ellas (cfr Mt 9,36). A causa de este amor compasivo curó los enfermos que le presentaban (cfr Mt 14,14) y con pocos panes y peces calmó el hambre de grandes muchedumbres (cfr Mt 15,37). Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales…

9. En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. En [la misericordia] encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón…

Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos. Es sobre esta misma amplitud de onda que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros.


Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Multiplicación de los panes

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1024-1026

En esta narración oímos el eco del Antiguo Testamento y de las esperanzas mesiánicas. Los libros de los Reyes nos cuentan historias semejantes: el pan o la harina se multiplicó en tiempos del profeta Elias (IRe 17,9-16) y también en los de Elíseo, gracias a la palabra de Yahveh, que dice: “comerán y sobrará” (2 Re 4,42). Entre los bienes mesiánicos figuraba la esperanza de un pan milagroso que saciaría el hambre del pueblo como en tiempos de Moisés. A ello alude el cuarto evangelio cuando dice: “no fue Moisés quien os dio el pan del cielo; mi Padre os dará el verdadero pan del cielo” (Jn 6,32). 

La multiplicación de los panes realizada por Jesús pretende poner de relieve que han llegado los días mesiánicos. El Mesías debía dar respuesta a todas las necesidades humanas. Por eso, no bastaba narrar milagros de curación. Son incluidos en el evangelio también aquéllos que presentan a Jesús como Señor frente a las necesidades externas, pero no menos urgentes del hombre: el hambre. Su señorío se extiende también sobre ella; aunque el esfuerzo humano necesario para remediarla entre dentro del marco establecido por Dios en su providencia. 

Los evangelios, por otra parte, han dado un singular relieve a las comidas de Jesús. Y sus narraciones se han ido cargando de un denso contenido teológico. Aquellas comidas eran el signo del pan imperecedero, del pan vivo y que da la vida. El pan ordinario se convierte en flecha indicadora del pan eucarístico. La referencia a este pan no puede ser más clara en nuestro texto: las palabras de Jesús, “tomó los panes, levantó los ojos al cielo, los bendijo y partiéndolos…” son prácticamente las mismas de la institución de la eucaristía (26,26-27). En la intención de Mateo es claro que un pan hace referencia al otro. Jesús es el pan verdadero que satisface todas las necesidades humanas. 

Como acabamos de ver, la escena tiene una densa carga litúrgica. Lo ponen también de relieve las palabras introductorias de esta historia, que, a primera vista, parecen absolutamente intrascendentes. Es la única vez que Mateo nos habla de este retiro de Jesús (que, según la narración de Marcos, era su costumbre habitual). Este retiro de Jesús a un lugar solitario tiene, para Mateo, un interés cultual: Jesús sale del retiro para curar a los enfermos y alimentar milagrosamente al pueblo, después de lo cual volverá a retirarse para orar (14,23). ¿No tendremos aquí una alusión a las funciones del sumo sacerdote judío que salía de lo oculto, del Santo de los Santos, para bendecir al pueblo? (Lev 16). Jesús aparece así como el sumo sacerdote de la nueva alianza que bendice, cura y alimenta a su pueblo. 

Finalmente, en la comunidad escatológica, la que surgió como consecuencia de la presencia del Mesías, desaparecería toda enfermedad y toda necesidad. Nuestro relato alude a esta nueva comunidad creada por Jesús. De hecho Jesús curó a los enfermos y satisfizo el hambre de los necesitados. 

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: La prueba de la fe

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 168-170.

Números 11, 4b-15.

Una parte del libro de los Números cuenta la larga marcha del pueblo de Dios desde el Sinaí (cap. 10) hasta su llegada a la orilla del Jordán o llanura de Moab, frente a Jericó (cap. 22). El enfoque del relato es religioso, como se constata en la simplificación del marco geográfico, que sirve de base a una reflexión profunda sobre la experiencia del desierto. A este respecto, podemos decir que la travesía del desierto aparece “como un período de puesta a punto cuyos hechos más sobresalientes son crisis a menudo dramáticas” . El libro de los Números revela los favores con que el pueblo elegido ha sido colmado, al mismo tiempo que subraya su pecado y el castigo que tuvo como consecuencia de éste. Por ello, los cuarenta años que permaneció en el desierto aparecen como un tiempo de purificación, que costó la vida a toda una generación, de forma que, una vez solo y convertido en un pueblo totalmente purificado, pudo alcanzar la Tierra prometida. 

Pero ¿cuál es el pecado del que se habla en el relato? Es el que indica la reflexión, tanto judía como cristiana. El pueblo prefirió los alimentos terrestres a los que Dios le daba. La aventura del desierto le daba miedo, y hubiera querido recuperar la humillante seguridad que le ofrecía Egipto. La prueba del desierto fue un combate entre el materialismo y la fe, cuya prenda era la libertad. La oración de Moisés nos lo demuestra, desgarrado por este conflicto, a la vez totalmente descorazonado y conservando, no obstante, intacta su confianza en Dios. 

Salmo 80.

El salmo 80 ilustra el hecho de que la estancia en el desierto fue un tema de reflexión permanente para Israel. Este salmo contiene toda una requisitoria contra los que han roto la alianza del Sinaí; debe de reflejar las tradiciones del santuario de Siquem. 

Mateo 14, 13-21.

Presa de compasión hacia la multitud, Jesús cura a los enfermos que le traen, pero ya no les enseña. En adelante, ya no enseñará más al gentío, sino que se dedicará íntegramente a la formación de sus discípulos y del grupo que le sigue más de cerca. De este modo, Mateo estrecha el campo de acción del Maestro y lo limita casi exclusivamente a la comunidad-Iglesia. Esta será cada vez más el centro del Evangelio, pues en ella se encarna el Reino anunciado por el sermón de la montaña y por las parábolas.

Los discípulos asumen importantes responsabilidades en esta Iglesia. No solamente comparten la autoridad de Jesús sobre los espíritus impuros y el pecado, sino que además son los encargados de hacer participar al pueblo cristiano de los beneficios eucarísticos, como se evidencia en el relato de la multiplicación de los panes y los peces. En efecto, si bien las alusiones al Éxodo, que eran la riqueza principal del relato en Marcos, han desaparecido prácticamente del episodio en Mateo, la coloración eucarística es, en éste, más clara, y el papel de los discípulos más subrayado. El v. 19, por ejemplo, es un calco casi perfecto del relato de Mateo sobre la institución; es él también el que da una base histórica a la acción de los apóstoles. Desde este momento, ¿no es normal que Jesús espere de éstos una fe sin reservas? 

***

Jesús monta en una barca para dirigirse a un lugar del desierto. El desierto, tierra de ayuno y de sed, pero también tierra donde el Señor alimenta a su pueblo y le habla al corazón. La salida de Egipto, la travesía del mar, un largo caminar sobre tierras ardientes, son el tiempo de la verdad, de las dudas y de los cuestionamientos. lis un tiempo de prueba, en una palabra. 

“Cuando supo la muerte de Juan Bautista, Jesús se retiró de allí en una barca, a un lugar tranquilo, para estar a solas”. Es una hora difícil, la oposición es cada vez más fuerte, la controversia cada vez más dura. El Precursor ha caído ya bajo los golpes; pronto conocerá también Jesús la dura suerte de los profetas que le han precedido. “Al llegar la noche, los discípulos le dijeron: el lugar está desierto y se hace tarde”. Es la hora de la pasión que comienza, la misma hora en que, en una sala alta y apartada del gentío, Jesús reunirá a los suyos en la última cena, la noche en que será entregado. En este contexto de pruebas y de derrota, de sufrimiento y de muerte, Jesús comparte con sus discípulos el pan. Por esta razón nuestra eucaristía hoy no ignora tampoco el peso de todo el dolor humano, personal y colectivo. 

” Cuando Jesús desembarcó y vio aquel gran gentío, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos que traían”. Ante esta multitud fatigada, el corazón de Dios se conmueve hasta las entrañas; Jesús va a partir el pan. Ya en el desierto, Jesús había alimentado a su pueblo en abundancia. El maná y las codornices que bastaba con recoger cada mañana habían puesto de manifiesto su solicitud. Los hombres deberán guardar memoria de tanta previsión. Su desierto, lugar de hambre y de sed, será en adelante memoria del festín y de la fiesta. La gran miseria del mundo no ha sido eliminada, sin duda alguna; sin duda, Jesús no ha liberado a los hombres de la preocupación angustiosa de tener que ganarse el pan cotidiano. Pero, por una vez, sucedió que todos habían comido hasta saciarse, que todos los hombre vivieron en la abundancia. Cuando Jesús se manifestó, nada les faltó; la misericordia de Dios vino sobre ellos y el desierto cambió de sentido. “El desierto es hermoso, decía el Pequeño Príncipe de Saint-Exupéry, porque esconde un pozo en alguna parte”. 

El desierto es, pues, a la vez un lugar de hambre y lugar de saciedad más allá de toda medida. Imaginaos: ¡recogieron doce cestas con los restos de lo que sobró! Cuando uno ha decidido partir, llega un momento en que echa de menos lo que dejó y no es capaz de gozar con el pensamiento de lo que le espera. Es un intermedio penoso. Así pues, el desierto quedará para siempre como el símbolo de nuestra fe sometida a prueba. Hemos dejado las satisfacciones ilusorias de nuestros sueños y la seguridad temporal de nuestras justificaciones demasiado fáciles, pero aún no estamos en posesión de la gloria de los salvados, y no conocemos aún la alegría perfecta de la comunión ininterrumpida. Sí, nuestro éxodo dura todavía; pero ¡un poco de pan partido nos espera en la etapa del anochecer, para permitirnos ir más lejos, hacia la Tierra Prometida! 

Dios, Providencia nuestra, te bendecimos,
porque tú no abandonas en la región de la sed y de la soledad 
a los caminantes en busca de la tierra prometida. 
Pan del viaje y del desierto, 
vino de la fiesta que nos espera, 
tu eucaristía es la alegría del peregrino.
¡Por la mesa en donde se alimenta nuestra esperanza 
seas bendito, Padre, por los siglos de los siglos! 

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Primera multiplicación de los panes, 14:13-21 (Mc 6:30-46; Lc 10:17; Jn 6:1-15).

Cf. Comentario a Jn 6:1-15.

Los cuatro evangelistas dan este relato. Se estudia en Jn. Aquí se destacan algunos elementos.

Mc-Lc lo vinculan a la vuelta de los discípulos de su misión y muerte del Bautista; Mt, a la muerte de éste; Jn lo inserta en la actividad galilaica de Cristo. Mc-Lc acaso lo sitúan evocado por un mayor agudizamiento de la fama de Jesús con la misión de los discípulos.

En la perspectiva literaria de Mt, Cristo se retira en barca a un lugar desierto a causa de la noticia de la muerte del Bautista; Mc-Lc se fijan más en otro aspecto, sin excluir éste: un descanso después de la actividad en la que debieron de tener un éxito de cierto volumen; reactivándose la fama de Cristo misional, van a un lugar desierto, cerca de Betsaida (Lc).

Betsaida Julias había sido embellecida por el tetrarca Filipo y pertenecía a su territorio de la Gaulanítide (el actual Dejaulam). El intento de Lc es citar la ciudad más destacada como punto de orientación para sus lectores étnico-cristianos, ya que Cristo iba buscando “un lugar desierto” (Mt-Mc) — y los alrededores de Betsaida son región desértica —, pues buscaba un lugar de reposo para sus discípulos.

La “multitud” que oyó esto y que le iba a buscar debía de ser en gran parte de gentes que se iban concentrando allí para ir a la muy cercana Pascua, en caravanas, a Jerusalén. Acaso estas gentes se encontraron en Cafarnaúm, centro caravanero para ir a Jerusalén por el valle del Jordán, evitando así las molestias de ir por Samaría. De Cafarnaúm a Betsaida hay a pie 10 kilómetros.

Se explica. Cristo iba en barca. Un retraso por coloquio o con viento en contra permitió a las gentes llegar a aquella zona antes que El.

Hubo curaciones. Mc dirá que se compadeció de ellos porque “estaban como ovejas sin pastor,” frase de evocación bíblica (Ez 34:5), que aquí tiene su aplicación por estar a merced del fariseísmo y sin la enseñanza del verdadero Pastor (Ez c.34).

Mt pone “hecha la tarde,” mientras Lc dice que el “día comenzaba a declinar.” Esto parecería indicar el momento preciso de la hora, pero posiblemente no es más que un modismo aramaico (natah hayyon). Es el substrato que le da F. Delitzsch en su Ν. Τ. hebreo, y que no significa más que el espacio que va desde el medio día hasta la puesta del sol (Jer 6:4). Aquí está en función del tiempo necesario para poder ir a proveerse de víveres y alojamientos (Mc). Lo que no se dice ni se niega es que pudiesen quedar, en algunos, pequeñas provisiones de repuesto, de lo que hubiesen llevado, pero que era insuficiente en absoluto para resolver el problema de su abastecimiento. Lo improvisado de la ida y la prolongación de la enseñanza había terminado con unos víveres o totalmente en muchos, o con lo elemental en casi todos. La expresión que Mc-Lc usan: para que puedan ir a proveerse a “los campos.,” tiene frecuentemente, en el A.T. y en los LXX, el sentido de pequeños villorrios, en contraposición a las ciudades (Mc 5:14; 6:56).

Este es el momento elegido por Cristo para la multiplicación de los panes. Su comentario se hace en Jn 6:1-15.

Una indicación cronológica complementaria a la Pascua es que Jesús manda que se “sentasen” sobre la “hierba” “verde” (Mc), y que Jn matiza aún más, “mucha hierba verde.” “Estas condiciones no se realizan en la ribera del Lago más que desde la mitad de marzo hasta abril.” Estaban recostados en grupos de 50 y 100; la frase usada por Mc evoca los arriates de un jardín y podía ser una buena base de recuento.

Se destaca en los tres sinópticos que Cristo “elevó los ojos al cielo.” Lo omite Juan, probablemente por razón tipológica. Este gesto de Cristo era frecuente en su oración (Jn 11:41.42; 17:1). En cambio, no era usual en las costumbres rabínicas. Rabí Ismael bar José (c.180) decía: “La regla es que el que ora ha de tener los ojos bajos y el corazón elevado al cielo.” 

Los tres sinópticos ponen por “bendecir” la palabra propia (εύλογέω), pero Jn, en este mismo lugar, pone, para lo mismo, “dar gracias” (εύχαριστέω). En cambio, los sinópticos en la segunda multiplicación de los panes ponen “dar gracias.” Esto hace ver que lo usan como sinónimo, sin que haya que suponerse con ellas una previa acción de gracias a la bendición, o ésta hecha en forma de acción de gracias. La costumbre rabínica había establecido que no se comiese o bebiese sin bendecir los alimentos, pues equivalía a un pecado de infidelidad. Las fórmulas solían comenzar: “Alabado seáis, Yahvé, nuestro Dios, rey del mundo.”. Y El mismo lo “partió” y se lo “dio” a los discípulos para repartirlo a la muchedumbre. ¿El milagro se hizo en las manos de Cristo o en la de los discípulos? Acaso lo primero supusiese un incesante e inacabable ir y venir a Cristo.

El milagro fue tan abundante, que todos se “saciaron” (έχορτάσθησα). Υ “recogieron” doce cestos sobrantes. Era uso judío recoger, después de las comidas, los trozos de comida caídos a tierra. El “cesto” (χόφίνος) era el que usaban las gentes rústicas. Estaban hechos de pequeñas ramas de sauce. Este era el tipo de bagaje ordinario judío en sus desplazamientos. Juvenal decía de ellos que su ajuar era el “cófino” y el heno. Y por su uso habitual, Marcial los llama “cistíferos”. En estos “cófinos” de las gentes o de los apóstoles se recogió el sobrante. El milagro se constataba bien: las sobras eran más que la materia de cinco panes para el milagro.

En el trasfondo de este hecho está la evocación de Moisés, viniendo a ser ello una “tipología” de esta obra de Cristo. A las gentes que no tienen qué comer en el desierto (Núm 11:13.14), Moisés, con su oración, logra el maná. En esta época se esperaba que el Mesías saliese del “desierto,” y aparecieron por entonces varios pseudomesías, que llevaban las gentes al desierto, donde las prometían señales prodigiosas y de donde saldrían triunfadores. Josefo cuenta estos casos, sus nombres y su fin desastrado.

Igualmente, en los días mesiánicos, como renovación de los días del desierto, se esperaba una lluvia perpetua de maná.

Todo esto podía provocar una explosión de entusiasmo mesiánico en torno a Cristo, y que Jn relata; quisieron proclamarle rey: el Mesías-Rey que por entonces se esperaba. La Pascua estaba próxima, las caravanas a la Ciudad Santa a punto. Quisieron venir para, seguramente, llevarle a su frente a Jerusalén y proclamarle Rey-Mesías en el templo, como se lee en algunos escritos rabínicos que había de ser. Pero Cristo despachó a las turbas y discípulos, para que no se dejasen contagiar de aquel mesianismo político, que no era el auténtico, ni la hora de su plena proclamación, y El mismo se marchó “solo” a un monte a hacer oración” (Mt-Mc). La oración de Cristo se registra varias veces en los evangelios.

De una manera sencilla se cuenta uno de los portentos de Cristo. Las teorías racionalistas se desbaratan unas a otras para explicarlo.

“Aunque aún no sea la Eucaristía, este pan milagroso es evidentemente su figura y preparación, como lo han pensado los Padres y también los mismos evangelistas. Tal se ve al comparar los términos con los que describen esta distribución solemne y los de la Cena (Mt 26:26) y Jn (c.6), que une a este milagro el discurso sobre el “Pan de vida”. Donde esta tipología está más acusada es en Jn.

Autores modernos han presentado a propósito de este milagro un problema que es interesante registrar. En el tema de la multiplicación de los panes se quiere ver un trasfondo, que sería un movimiento político para proclamar rey a Cristo.

Esto en Jn es claro (Jn 6:14.15). Como efecto del milagro — y probablemente de toda la fama de Cristo —, surgió este movimiento del milagro de Cristo multiplicador del pan –“maná” — y en un lugar “desierto,” lo que evocaba sobre El no sólo ser otro Moisés, sino el Mesías esperado. Pero todo está en cómo se plantee esto. Se alegan, entre otras, las siguientes y principales razones.

En Mc (6:31), que es el relato inmediatamente anterior a la multiplicación de los panes, Cristo se retira a un lugar solitario con los discípulos, “para descansar un poco” (Mc 6:31a), y, en el segundo hemistiquio, se lee: “pues eran muchos los que iban y venían” (Mc 6:31) a donde estaban antes del retiro (Mc 9:32). Pero la gente se dio cuenta de su marcha y les “siguieron” (Mt-Lc), incluso se les “adelantaron” (Mc) cuando iban a este lugar de descanso. ¿A qué iba esta gente? ¿A qué se debía esta concentración? Se piensa por autores recientes que en un posible movimiento político en torno a Cristo. Se habría visto en El, a través de su fama, un posible caudillo mesiánico. Que algo de esto podía estar latente es posible, pues la resolución de hacerlo rey, que se lee en Jn (6:14.15), fue el chispazo final de un ambiente ante aquel milagro. Pero pensar en que iban allí en plan de tramar esta conspiración, no parece lo más probable. Pues Cristo, al ver a las multitudes, “se conmovió por ellos” (Mt-Mc), y “curó a sus enfermos” (Mt), y “comenzó a enseñarles muchas cosas” (Mc), que fue hablarles del reino de Dios (Lc). Si Cristo supusiese que en las visitas anteriores — ”iban y venían y ni para comer tenían tiempo” (Mc 6:31b) — se tratase de hablar acaso con los apóstoles o de ir a verle para, con las impresiones recogidas, armar un complot político-mesiánico, El, que para evitar esto después de la multiplicación de los panes, aleja a las turbas y apóstoles, y marcha El solo a un monte, no parece que se les hubiese puesto de antemano a tiro, sobre todo con un milagro tan llamativo. Otra cosa es que, a causa de su fama, hubiese pasado esto por la mente de muchas gentes, como en otras ocasiones pasó (Mt 12:23), y precisamente a causa de un milagro (Mt 12:23), y otra muy distinta el que esas idas y venidas supusiesen una ida en plan de complot político. Su ida se explica muy bien, como en otras ocasiones, más que por oír la doctrina, por la esperanza y provecho de sus milagros, que es precisamente lo que se dice en Juan a estas gentes que buscan a Cristo después de la multiplicación de los panes (Jn 6:26.28).

Para sostener esta hipótesis se trata de confirmarla con otros datos. En Mc se dice que el número de personas alimentadas era de “5.000 hombres.” De donde se deduce que eran precisamente sólo hombres los que iban para un complot, ya que en Mt (14:21), pues Lc tiene una frase genérica, se añade: “sin mujeres y niños.” Para eliminar esto se puede decir que la frase podría, en absoluto, querer decir que eran sólo hombres. Podría encontrar esto aparente apoyo en Jn, en donde se dice que, para el milagro, se acomodaron los hombres (Jn 6:10). Y luego del milagro se dice: “viendo los hombres el milagro que había hecho” (v.14), quieren venir para hacerle rey. Si la segunda vez es lógico que fuesen los hombres solos, la primera vez “hombres” puede ser un nombre genérico por gentes, o porque, conforme a las costumbres orientales, estaban separados hombres y mujeres con niños. Pues al desembarcar vio “mucha gente” (Mc) y “curó a sus enfermos,” y “gentes” está normalmente por una multitud de todo tipo de personas de ambos sexos. Ni es creíble que fuesen para ser curados sólo los “hombres.”

También, para esto, se interpreta la frase que al verlos los acogió, porque “estaban como ovejas sin pastor,” en el sentido de que necesitaban un jefe o general, sentido que, en ocasiones, tiene la frase (Núm 27:16v). Pero es increíble que los evangelistas la utilicen en este sentido aplicándola al reino espiritual de Cristo. Y Lc, que es el que la cita, la interpreta, precisamente, por hablarles del reino de Dios (Lc 9:11). Estaban desamparadas de la verdadera doctrina del Buen Pastor (Ez 34:5v; Jn 10, Iv).

En cambio, es probable que Cristo despidió a las turbas y “forzó” (Mt-Mc) a embarcarse a los apóstoles porque debían de estar a punto de unirse al movimiento político-mesiánico, pero que se produjo después de la multiplicación, y que relata Jn (6:14.15). No parece, pues, que se trate de una trama previa, sino de un ambiente propicio — por la fama de Cristo —, lo que hizo estallar, con toda la evocación mosaica que había en aquel milagro y en aquella topografía desértica, el movimiento de entusiasmo para hacer a Cristo rey.

G. Zevini, Lectio Divina (Mateo): Primera multiplicación de los panes

Verbo Divino (2008), pp. 245-251.

La Palabra se ilumina

Todos los evangelistas refieren este acontecimiento extraordinario, clasificado por los exegetas en el genero literario de los «milagros de donación». El relato evangélico -modelado sobre el de Eliseo (2 Re 4,42-44)- ha tomado una enorme resonancia en la tradición eclesial, y en la narración mateana -mucho más concisa respecto a la de Marco- el milagro se revela como una auténtica «teofanía» ante los discípulos todavía titubeantes. Se les invita a creer cada vez más firmemente en el poder sobrenatural de Jesús y -consecuencia de la fe- a compartir con los otros los dones recibidos para crear comunión. 

En el relato se pueden señalar fácilmente tres vetas de significado diferentes, aunque la Palabra en cuanto tal no cesa nunca de enriquecerse con valores simbólicos que la hacen inagotable. Hay, en primer lugar, un sentido mesiánico por el que el milagro puede ser considerado como la realización del don del verdadero maná (cf. Ex 16,4-35): Jesús es el nuevo Moisés que sacia el hambre de la multitud de peregrinos en camino, a través del desierto de la vida, hacia la verdadera Tierra Prometida. Éste es el aspecto subrayado en particular en el pasaje paralelo del evangelio según Juan, donde se dice que Jesús, reconocido como Mesías y buscado por la muchedumbre para hacerlo rey, se aleja: aceptará reinar únicamente desde lo alto de la cruz. 

En segundo lugar, aparece el sentido eclesial: Jesús implica a sus discípulos en el milagro, pidiéndoles su colaboración en la distribución de los panes y los peces bendecidos por él a la muchedumbre (v. 19). Son ya una imagen viva de la Iglesia que continuará, en todos los lugares y en todos los tiempos, anunciando el Evangelio y distribuyendo el «pan de la vida», la eucaristía. 

Por último, son muchos los elementos lingüísticos que ponen de relieve el sentido eucarístico del milagro; nótese, por ejemplo, el uso de los verbos «tomar», «bendecir», «partir», «dar», así como el recuerdo contenido en la expresión «al anochecer» (v. 15), que es igual a la empleada por Mateo para introducir el relato de la institución de la eucaristía durante la última cena. El gran milagro anticipa, por tanto, para las muchedumbres el reconocimiento de Jesús como Pan vivo bajado del cielo para saciar el hambre humana, de suerte que todos puedan tomar no sólo lo que necesitan, sino recoger también «doce canastos llenos de los trozos sobrantes» (v. 20): en este detalle particular se entrevé ya la dimensión misionera de la Iglesia. 

La Palabra me ilumina

Puede suceder que después de haber seguido generosamente a Jesús un buen trecho del camino, adentrándonos con él en un terreno que se va haciendo cada vez más desértico, nos venga la tentación de preguntarnos: «¿Es razonable lo que estoy haciendo? Tal vez no haya que exagerar. Es bello estar con él, pero, más allá de la poesía, es preciso tener en cuenta muchas necesidades concretas y cotidianas». Nos inclinamos fácilmente, en efecto, a creer que los problemas que debemos resolver exigen una respuesta inmediata y eficiente, incompatible por completo con la entrega gratuita a Jesús. 

La duda puede insinuarse también en el corazón de los discípulos, es decir, de los que han sido llamados a seguir a Jesús más de cerca. ¿Es sensato -se preguntan algunos- no tener en cuenta las exigencias normales y humanas, cuyo primer y claro ejemplo es el comer y el beber? Sin embargo, Jesús, a través de este relato, referido escrupulosamente por todos los evangelistas, nos recuerda que quien opta por seguirle no queda decepcionado. Del «signo» hemos pasado a la «realidad». Tras la cena del Jueves Santo, multitudes de hombres han podido experimentar a lo largo de los siglos que alimentándose de Jesús, verdadero Pan bajado del cielo para colmarnos de toda dulzura, es posible afrontar situaciones trabajosas sin ceder a la tentación de la duda y del desánimo. 

Aquel anochecer, Jesús puso entre las manos de los discípulos el pan y los peces bendecidos para que los distribuyeran: respondía a su temor implicándolos directamente en el milagro que estaba realizando. Ellos obedecieron y experimentaron la alegría de ser dispensadores del verdadero pan que sacia toda hambre. 

La pobreza humana no es nunca un obstáculo para Dios: abandonándonos con sencillez a la acción de la gracia recibimos la fuerza para llevar a cabo la misión que se nos ha confiado. Si después nos sobrevienen dudas y perplejidades que podrían comprometer nuestro camino espiritual, es sensato confiarnos humildemente al juicio de quienes tienen en la Iglesia la tarea del discernimiento y hacer exactamente lo que nos indiquen. Es más necesario que nunca invocar al Espíritu, a fin de que haga comprender a cada cristiano -y a cada consagrado en particular- que Jesús no abandona a quien lo deja todo para seguirle. El esta allí, dispuesto a cambiar todo desierto en un lugar de convite para una fiesta sin fin, a la que debemos desear invitar a todos los hermanos, seguros de que para todos ellos habrá alimento en abundancia. Y puesto que mientras falte alguien a la fiesta no podrá ser plena la alegría, la Iglesia se prodiga para hacer llegar a todos la apremiante invitación. 

La Palabra en el corazón de los Padres

Yo, que antes era el despreciado, soy ahora el preferido, ahora he sido antepuesto a los elegidos. Yo, que antes era el pueblo de pecadores despreciado, me encuentro ahora en una condición de vida venerable que me une a la sagrada realidad del cielo y he sido admitido ahora a la dignidad de comensal del cielo. Para procurarme el alimento no me hacen falta lluvias abundantes ni la laboriosa producción de la tierra ni frutos de plantas. No pido ni ríos ni fuentes para mi sed. Mi alimento es Cristo; mi bebida, la sangre de Dios. Ahora no espero entradas anuales para saciarme: Cristo se me ofrece cada día. No tendré miedo de que cualquier intemperie meteorológica o cualquier pérdida de la cosecha agrícola me lo mengüen, con tal de que la devoción me lo preserve con cuidado asiduo. Mi alimento es tal que quien lo come ya no tiene hambre; mi alimento es tal que no engrasa el cuerpo, sino que robustece el corazón del hombre. 

El pan del cielo, el verdadero, me lo guarda el Padre. El pan de Dios, que da la vida a este mundo, ha bajado del cielo para mi. 

¿Por que pides que te ofrezca el pan que el da a todos, cada dIa, siempre? Te corresponde a ti coger este pan. Acércate a este pan y lo cogeras. De él se ha dicho: «Todos los que se alejan de ti, morirán» (Sal 72,27). Si te alejaras de el, morirías; si te acercaras a el, vivirías. Este es el pan de la vida; por consiguiente, el que come la vida no puede morir. ¿Como podrá morir quien tiene la vida por alimento? ¿Cómo podrá desaparecer el que tenga la vida como sustento? Acercaos a él y saciaos: él es pan. Acercaos a él y bebed: él es fuente. Acercaos a él y alumbraos: él es luz. Acercaos a él y seréis libres: «Donde está el espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Cor 3,17). Acercaos a él y libraos de los lazos: él es perdón de los pecados. ¿Os preguntáis quién es él? Escuchad lo que dice él mismo: «Yo soy el pan de vida. El que venga a mí ya no tendrá hambre, y el que cree en mí ya no tendrá sed» (Ambrosio, Comentario al salmo 118, 18, 26-28, passim). 

Caminar con la Palabra

Hoy, como hace dos mil años, Cristo ve venir hacia él muchedumbres numerosas que tienen hambre, por las que siente compasión, a las que llama, a las que pide el corazón. Hoy como entonces, las provisiones, los recursos de la Iglesia, parecen irrisorios. Jesús pide, antes que nada, un acto de confianza, un gesto de abandono en sus manos; les dice: «Sentaos». Intentemos comprender: les ha pedido, naturalmente, lo que más les costaba. Mientras estaban de pie, no dependían más que de ellos mismos, tenían la !posibilidad de irse a comer a sus casas… Es decir, podían marcharse. Ahora bien, al sentarse, renunciaban a bastarse a sí mismos, a arreglárselas por ellos mismos; dependían de él, estaban entregados, como las hostias sobre la patena del ofertorio. Me parece que muchos dudaron ante aquella invitación. ¿Qué habríamos hecho nosotros en su lugar? Al final algunos se sentaron y otros lo hicieron a continuación. Y por fin llegó el gran momento, cuando se sentaron los cinco mil. Después empezó a circular el pan, pero el milagro ya había tenido lugar antes. El milagro más grande lo había obtenido el Señor de ellos: el milagro de su fe y de su amor. ¿Y nosotros? 

¿Creemos en él? ¿Creemos que Cristo es capaz de saciar nuestra hambre? Nos diría antes de cualquier milagro: «¿Crees en mí? ¿Crees que puedo cambiar tu vida, llenarla, renovarla? ¿Crees que soy bastante poderoso y que te amo bastante para que puedas vivir, gracias a mí, una vida diferente de la que has vivido hasta ahora, de la que has vivido sin mí?». Queremos creer, sí, pero no vivimos de la fe. Siempre tendremos razones, óptimas razones, para no creer. La fe seguirá siendo siempre un acto por encima de nuestras fuerzas naturales, una gracia a la que deberemos abrirnos, una oscuridad que deberemos soportar. Tener fe significa tener bastante luz para soportar un margen de oscuridad. Cuanto más oremos, más nos comunicaremos, más amaremos a Dios y a nuestro prójimo, y más convencidos estaremos de la realidad y de la presencia del objeto de nuestra fe (L. Evely, A confronto co’ Vangelo, Citadella, Asís 1969, 183-191, passim). 

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): Primera multiplicación de panes

Herder (1980), Tomo II, pp. 60-64

vv. 13-14

13 Cuando Jesús recibió esta noticia, se alejó de allí a solas en una barca a un lugar desierto. Pero, al enterarse la gente, lo siguieron por tierra desde las ciudades. 14 Al desembarcar y ver a tanta gente, sintió gran compasión por ellos y curó a sus enfermos. 

Jesús sube a una barca en el lago de Genesaret y se dirige solo a un lugar solitario. No permanece mucho tiempo así, porque la gente se entera y le siguen a pie por la orilla del lago. Vienen juntos de todas las poblaciones circundantes, por tanto también de los pueblos situados a la orilla del lago. Cuando Jesús baja de la barca, ve la gran multitud. ¡Qué escena! Jesús siente gran compasión por ellos y cura a sus enfermos. Lo que impulsa así a la gente hacia Jesús no es sólo el afecto humano, el entusiasmo que suscita un gran orador, los sentimientos de gratitud por los beneficios logrados. Lo que impulsa a la gente es la percepción de lo sobrehumano, que faltó a los paisanos de Nazaret, el anhelo oculto del bien y de la rectitud, de la verdadera vida. Jesús no puede responder de otra manera, contestó como hizo Dios a través de los siglos, á saber con su misericordia. Dios se compadece del hombre. El estado del hombre afecta su corazón, la indigencia le conmueve. 

vv. 15-18

15 Llegada la tarde, se le acercaron los discípulos, y le dijeron: Esto es un despoblado, y la hora ya avanzó; despide, pues, a la gente, que vayan a las aldeas a comprarse alimentos. 16 Pero Jesús les dijo: No tienen por qué irse; dadles vosotros de comer. 17 “Ellos le replican: No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces. 18 Él contestó: Traédmelos aquí. 

Entre tanto llega la tarde, y los discípulos lo indican al Maestro. La hora es avanzada y el lugar es solitario. Sobre todo aquí no se puede comprar nada para comer. La conversación entre Jesús y los discípulos resulta algo artificiosa. Desde el principio Jesús sabe lo que quiere hacer, y el lector lo nota. Pero los discípulos deben aprender algo, sus pensamientos dirigidos a las cosas terrenas deben ampliarse y crecer en el conocimiento del Maestro. Ha pasado ya mucho tiempo y todavía no saben a quién tienen consigo. 

Desorientados, hacen la observación de que solamente hay cinco panes y dos peces para comer. Eso resulta muy infantil. ¿Qué significa la ridícula cantidad ante el poder que tiene Jesús? Naturalmente los discípulos no pueden saciar al pueblo, como les encarga Jesús: «Dadles vosotros de comer.» Muy poco es lo que pueden hacer los discípulos, de una forma semejante a lo que más tarde se dice de la fe, en la curación del muchacho lunático (cf. 17,16ss). La mirada debe dirigirse a Jesús. Los discípulos están ante el pueblo con las manos vacías, pero Jesús puede alimentar a la multitud. Así también están los maestros y pastores delante del pueblo con las manos vacías, sólo pueden entregar el pan que Jesús les ofrece. 

vv. 19-21

19 Y mandando a la gente sentarse sobre la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, dijo la bendición, partió los panes y se los dio a sus discípulos, y los discípulos al pueblo. 20 Todos comieron hasta quedar saciados; y recogieron, de los pedazos sobrantes, doce canastos llenos. 21 Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. 

El pueblo se coloca sobre el césped. Ahora Jesús está en el centro, todos los ojos parecen estar dirigidos a él. En el círculo más reducido alrededor de él están los discípulos, que han traído los panes y los peces, a continuación el pueblo se ha colocado por doquier. Jesús toma los alimentos, mira al Padre que está en el cielo y le alaba. Así como el padre de una familia judía antes de la comida da la bendición sobre los manjares y da gracias a Dios por sus dones, así hace aquí Jesús como padre de todo el pueblo: «Alabado seas, Yahveh, nuestro Dios, rey del mundo, que haces que el pan se forme de la tierra.» Jesús parte el pan y los peces, y los da a los discípulos para que los repartan. Los discípulos a su vez lo entregan a las multitudes. Todos comen y quedan saciados, más aún, incluso se reúne una gran cantidad de restos, que muestra que se ha distribuido con superabundancia, y que en realidad todos quedaron saciados. Esto es una bendición realmente divina. 

Ha resultado más bien fortuito que Jesús hiciera este gran signo. Se trata, en efecto, de un gran signo. Jesús no ha eliminado la necesidad del hambre ni ha quitado a los hombres la preocupación por el pan cotidiano. Pero una vez tuvo lugar: todos quedaron saciados, más aún. tuvieron superabundantemente. Cuando Jesús estaba entre ellos, no les faltaba nada y todos estaban contentos. La misericordia de Dios descendió sobre ellos, y todos eran uno en sus comidas en común y no sufrían penuria. Pero este signo no fue dado para aturdir o subyugar a los hombres a manera de los prodigios espectaculares que el espíritu maligno había reclamado a Jesús (cf. 4,lss). Fue resultado de la situación. Así como Jesús concede su misericordia al individuo que se adhiere a él con fidelidad, así también a la gran muchedumbre que está necesitada. Así procede Dios siempre con el hombre. 

En el desierto Dios había alimentado al pueblo de una manera prodigiosa y los había preservado de perecer. «Llegada, pues, la tarde, vinieron codornices, que cubrieron todo el campamento, y por la mañana se halló esparcido también un rocío alrededor de él, y cuando el rocío se evaporó, había sobre la superficie de la tierra una cosa fina, como granos, fina como la escarcha en el suelo. Lo que visto por los hijos de Israel, se dijeron unos a otros: ¿Qué es esto? Porque no sabían lo que era. A los cuales dijo Moisés: Éste es el pan que el Señor os ha dado para comer» (Éx 16,13-15). Las proezas que hizo Dios en el tiempo glorioso de Israel ¿resurgen ahora en la primavera del pueblo? ¿Está Dios de nuevo cerca de su pueblo como en el gran tiempo pasado? ¡Qué sensación de dicha y nueva confianza tienen que haber sentido aquellos hombres! 

Este acontecimiento también es una imagen de la Iglesia y así debe ser considerado. Jesús está en el centro como el dador de todos los dones buenos, el dador del pan y de la palabra. Luego viene el grupo de los discípulos. Están muy cerca de él y entregan sus dones, son su brazo extendido. El pueblo está situado alrededor de él y puede disfrutar de su presencia. Jesús alza la vista al cielo, cuando da la bendición. Jesús hace «las obras que el Padre le ha encomendado» (Jn 5,36). Ya no es el mediador, como era Moisés. Él mismo es el dador y fuente de la vida. Tal es la experiencia de sí misma que tiene la Iglesia, cuando se reúne para celebrar la eucaristía. Así vivirán solidariamente con Dios y no tendrán penuria todos los que están elegidos para las bodas regias en el reino de Dios. En Dios está la superabundancia y la plenitud de la misericordia. Solamente en él se sacia todo el hambre que pueda sentir el hombre. 


Uso litúrgico de este texto (Homilías)

  • Domingo XVIII Tiempo Ordinario (A)
  • Lunes XVIII Tiempo Ordinario

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