Mt 22, 1-14: Parábola del banquete nupcial

Texto Bíblico

1 Volvió a hablarles Jesús en parábolas, diciendo: 2 «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; 3 mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. 4 Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”. 5 Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, 6 los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
7 El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. 8 Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. 9 Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”. 10 Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. 11 Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta 12 y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. 13 Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. 14 Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Orígenes, homilia 20 in Matthaeum

2a. «El Reino de los Cielos es semejante a un rey…» El reino de los cielos es semejante, según quien allí reina, a un hombre rey; y según aquel con quien reina, al hijo del rey; según lo que hay en los estados del rey, es semejante a los siervos y a los convidados a las bodas, entre los que se encuentra también el ejército del rey. Y se añade: “a un hombre» rey”, para que como hombre hable a los hombres y gobierne a aquellos que no quieren ser gobernados por Dios. Pero entonces el reino de los cielos cesará de ser semejante a un hombre, porque cuando haya concluido el celo, la disputa y las demás pasiones, cesaremos también de andar como hombres, y lo veremos tal y como es; ahora lo vemos, no como es, sino como ha querido hacerse por nosotros.

2b. «… un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo.» Por la unión del esposo con la esposa (esto es, de Jesucristo con el alma) debe entenderse la aceptación de la divina palabra; y las buenas obras serán el parto.

3. «Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.» También puede decirse que los siervos enviados en primer lugar a que llamasen a los invitados a las bodas son los profetas, que invitaban al pueblo por medio de sus profecías, a la alegría por la unión de la Iglesia con Jesucristo. Y los que no quisieron venir habiendo sido invitados primero, son los que no quisieron oír las palabras de los profetas. Además, cuando pasaron éstos, hubo otro período en que abundaron los profetas.

4b. «Se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.» Y como la comida que estaba preparada es la palabra divina, se entiende que la gran fuerza de esta palabra está representada por medio de los toros. Y lo que éstos tienen de suave y de deleitable, es por lo que se les llama cebados. Si alguno dice que las razones expuestas tienen poca fuerza y que son de poco valor, tienen que admitir la esterilidad de cuanto se lleva dicho: son cebadas, cuando se citan muchos ejemplos para cada una de las proposiciones, en prueba completa del discurso. Cuando alguno predica sobre la castidad, cita por ejemplo la tórtola; pero cuando sobre la misma virtud cita muchas pruebas de las Sagradas Escrituras de modo que deleite y confirme, el alma del que oye queda como cebada.

7a. «Se airó el rey …» Adviertan los que pecan contra el Señor de la ley, de los profetas y de toda la creación, que éste que ahora se llama hombre, y se muestra airado, es el mismo Padre de Jesucristo. Y si conocen que éste es el mismo, se verán obligados a confesar que de El se dicen muchas cosas parecidas a las que tiene la naturaleza pasible de los hombres: no porque El sea pasible, sino porque muchas veces obra a imitación de la naturaleza pasible de los hombres. Y en este mismo concepto debemos tener la ira de Dios, y la penitencia, y todo lo demás que leemos en los profetas.

7b. «Enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.» La ciudad de los impíos es la reunión de los que están en un todo conformes con el modo de pensar de los príncipes de este mundo: el rey incendia y destruye la ciudad, construida de malos edificios.

8. «Entonces dice a sus siervos…» Esto es, a los apóstoles o a los ángeles que estaban preparados para la vocación de los gentiles: « La boda está preparada…».

9. «Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.» Yo creo que esta primera invitación a las bodas se dirigía a algunas almas sencillas: en verdad, Dios quiere que vengan al convite divino principalmente aquellos que son prontos para comprender; y como éstos generalmente no quieren venir cuando se les llama, son enviados otros siervos para animarlos, ofreciéndoles que si vienen, disfrutarán del convite preparado por su rey. Y así como en esta vida una es la esposa que se casa, otros los que convidan, y otros los que son convidados a las bodas, así el Señor conoce las diversas clases de las almas, las virtudes y sus fundamentos. Por esta razón unas son consideradas como esposas, otros como siervos que convocan, y otros están en el número de los invitados a las bodas. Pero los que en primer lugar fueron llamados, despreciaron a los primeros que los invitaban (como hombres de poco conocimiento), y se marcharon a cuidar de sus cosas, complaciéndose más en ellas que en lo que el Rey les ofrecía por medio de sus siervos. Pero éstos son menos culpables que aquéllos que injuriaron a los siervos enviados y los mataron. Estos últimos se atrevieron a detener a los siervos enviados por medio de cuestiones enojosas, y como no estaban preparados para contestar a sus ingeniosas cuestiones, fueron primero abrumados de insultos y luego muertos por ellos.

10a. «Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos…» Habiendo salido los siervos, ya de Judea o Jerusalén, como los apóstoles de Jesucristo, o ya de los interiores, como los santos ángeles, y viniendo a los diversos caminos de las costumbres diferentes, reunieron a todos los que encontraron: y no se cuidan de si alguna vez habían sido malos o buenos, antes de ser llamados. Aquí debemos entender como buenos los que sencillamente son más humildes y más perfectos en cuanto afecta al culto divino y a quienes se refiere lo que dice el Apóstol: “Cuando las gentes que no conocen la ley, obran según lo que ella manda, ellos mismos son su propia ley” (Rom 2,14).

10b-11a. «… y la sala de bodas se llenó de comensales.» Las bodas, esto es, de Jesucristo y de la Iglesia, se llenaron porque fueron traídos a Dios los que fueron encontrados por los Apóstoles, y se recostaron para comer en las bodas. Pero como fue conveniente llamar a los buenos y a los malos, no para que los malos continuasen siendo malos, sino para que dejasen los vestidos impropios de las bodas, y vistiesen los trajes nupciales (esto es, el corazón misericordioso, bondadoso, etc.). Por eso, después entra el rey para ver a los que estaban sentados antes que se les presente la comida, para detener y regalar a los que tengan los vestidos nupciales, y para condenar a los que no los tengan. Por eso sigue: ««Entró el rey a ver a los comensales…».

11b. Cuando entró, vio a uno que no había mudado sus costumbres; por esto sigue: «Había allí uno que no tenía traje de boda…». Dijo en singular, porque son de un mismo género todos los que conservan la malicia después de la fe, como la habían tenido antes de creer.

12b. Como el que peca y no se viste de nuestro Señor Jesucristo, no tiene excusa alguna, prosigue: «El se quedó callado.»

13. Pero no sólo fue arrojado de las bodas el que las ultrajó, sino que fue atado por los ministros del rey, ya preparados a este fin, y con la presteza que él no había empleado para hacer cosa buena. Por no obrar el bien fue aprendido por la fuerza y fue condenado a un sitio en donde no hay luz alguna y que se llama tinieblas exteriores. Por lo que sigue: «Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”»

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 38

Únicamente San Mateo refiere esta parábola; San Lucas refiere otra semejante. Aquí se infiere a la Iglesia presente, por medio de las nupcias, pero allí se refiere, por medio de la cena, al convite último y eterno. Porque en éste entran algunos de los que han de salir, pero de aquél no saldrá ya el que una vez haya entrado. Y si alguno cree que esto viene a ser lo mismo, vea que San Lucas pasó en silencio lo que dijo San Mateo refiriéndose a aquel que no había entrado con el vestido nupcial. No obsta que por medio del primero se entienda la cena, por medio del segundo, la comida; porque cuando se almorzaba todos los días a la hora nona entre los antiguos, el almuerzo se llamaba cena.

2. «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo.» Dios Padre celebró las bodas a su propio Hijo cuando unió a Este con la humanidad en el vientre de la Virgen. Mas como el casamiento no puede verificarse sino entre dos personas, no debemos pensar que la persona del Salvador consta de dos personas unidas. Decimos que consta y que está formada por las dos naturalezas, pero de ningún modo podemos decir que sea un compuesto de dos personas. Mejor puede decirse que este Padre rey celebró las bodas para su Hijo rey, asociándole la santa Iglesia por medio del misterio de la encarnación: el tálamo de este esposo es el vientre de la Virgen María.

4. «Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: “Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.”» Como los que antes habían sido invitados no quisieron venir al convite, se les dice en la segunda invitación: > «Mirad, mi banquete está preparado…».

Los toros representan a los padres del Antiguo Testamento, los cuales, según estaba permitido en la ley, herían con el cuerno de su virtud corporal a sus enemigos. Llamamos a los animales cebados, por Aquel que alimenta desde lo alto; por eso les decimos saciados. Por medio de los animales cebados se figuran los padres del Nuevo Testamento, los cuales, cuando perciben la gracia de la dulce alimentación interna, se elevan de los deseos terrenos a las cosas de lo alto por las alas su contemplación. Dice, pues: «Se han matado ya mis novillos y animales cebados…». Como diciendo: Observad las muertes de los padres que precedieron, y pensad en aplicar los remedios para que conservéis vuestras vidas.

Debe advertirse también, que en la primera invitación nada se habló de toros ni de animales cebados; pero que en la segunda, se dice que los toros y los animales cebados ya están muertos. Porque el Dios omnipotente, cuando no queremos oír su divina palabra, cita ejemplos para que veamos que hay facilidad para poder vencer todo lo que consideramos como imposible, oyendo que otros han pasado por esto.

5-6. «Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio…» El que se propone labrar un terreno, o está dedicado a las cosas del mundo, simula meditar en el misterio de la encarnación, y vivir según su espíritu, y marcha hacia la granja o sea hacia el negocio, rehusando venir a las bodas del rey. A veces (lo que todavía es peor), algunos llamados a la gracia, no sólo la desprecian, sino que también la persiguen: por esto añade: «y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron.»

7. «Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.» Los ejércitos de los ángeles son los de nuestro Rey. Habiendo, pues, enviado sus ejércitos se dice que acabó con aquellos homicidas porque todo designio se cumple sobre los hombres por medio de los ángeles. Acabó, pues, con aquellos homicidas, porque mató a los que le perseguían; incendió también su ciudad, porque no solamente sus almas sino que también su carne (en la que habían vivido), habían de ser atormentadas con el fuego eterno.

8. Éste que se ve despreciado de los que convida, no tendrá desiertas las bodas de su hijo: porque alguna vez la palabra de Dios encontrará también en dónde descansar. Por esto añade: «Entonces dice a sus siervos…».

9. «Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.» Según la Sagrada Escritura, se entiende por camino las acciones; las salidas de los caminos son las faltas de las acciones, porque con frecuencia vienen a Dios con facilidad, aquéllos que ninguna satisfacción se conceden en las cosas de la vida.

10. «Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos…» Dice esto, porque en la Iglesia no puede haber buenos sin malos, ni malos sin buenos, y no fue bueno aquél que no quiso sufrir a los malos.

11b. «Había allí uno que no tenía traje de boda…» ¿Qué debemos entender por vestido de bodas, sino la caridad? Porque el Señor la tuvo cuando vino a celebrar sus bodas con la Iglesia. Entra, pues, a las bodas, sin el vestido nupcial, el que cree en la Iglesia, pero no tiene caridad.

13. «Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”» En virtud del poder de aquella sentencia son atados sus pies y sus manos, que poco antes habían estado atados por las malas acciones, y no habían mejorado su vida. Entonces son atados para castigo los que la culpa tenía atados para impedirles que obrasen bien.

13a. «Echadle a las tinieblas de fuera…» Llamamos tinieblas interiores, a la ceguedad del alma, y tinieblas exteriores a la noche eterna de la condenación.

13b. «Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Para que allí rechinen los dientes de los que se gozaban en la voracidad, y allí lloren los ojos que aquí disfrutaban de complacencias ilícitas. Porque cada uno de los miembros sufrirá un castigo, relacionado con todas las acciones a que vivieron sujetos, obedeciendo a los vicios.

14. «Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.» Mas algunos, ni siquiera empiezan a obrar bien; y otros no perseveran en las buenas acciones que comenzaron. Tema cada uno por sí mismo, tanto más, cuanto que desconoce lo que viene después.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 41

Cuando suceda la resurrección de los santos recibirá el hombre la verdadera vida (que es Jesucristo), porque Este asumirá en su inmortalidad la mortalidad del hombre. Ahora recibimos al Espíritu Santo como en arras del consorcio eterno, pero después recibiremos al mismo Jesucristo en toda su plenitud.

3. «Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.» Si envió a sus siervos, fue porque ya estaban invitados primeramente. Son invitados, pues, los hombres desde el tiempo de Abraham, a quien ya se prometió la encarnación de Jesucristo.

4a. «Envió todavía otros siervos…» A quienes envió cuando les dijo: “No os marchéis por los caminos de los gentiles, sino más bien buscad antes las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 10,5).

4b. «Decid a los invitados: “Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.”» Cuando dijo el Señor a sus apóstoles: “Id y predicad que se acerca el reino de los cielos” (Mt 10,7), se refirió a lo que dice ahora: «Mi banquete está preparado…»; esto es, por medio de la ley y de los Profetas he adornado las mesas de las Escrituras.

Cuando dice: «Mi banquete está preparado…», se entiende que ya está cumplido en las Sagradas Escrituras todo lo necesario para la salvación. El que es ignorante, encuentra allí algo que aprender; el que es orgulloso, encuentra algo que temer; el que trabaja, encuentra allí todo lo ofrecido a aquellos a quienes se invita a trabajar.

«Mi banquete está preparado…» Dice que está preparado todo lo que pertenece al misterio de la pasión del Señor, y de nuestra redención. Por esto dice: «Venid a la boda», no con los pies, sino con la fe y con las costumbres.

Por esto sigue: «Se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.» Habla de los animales cebados y de los toros, no porque los toros no estuviesen cebados, sino porque no todos habían engordado del mismo modo. Luego, únicamente llama cebados a los profetas que estuvieron llenos del Espíritu Santo; y toros, a los profetas y sacerdotes, como Jeremías y Ezequiel. Así como los toros son los guías del rebaño, así los sacerdotes son los jefes del pueblo.

5-6. «Pero ellos, sin hacer caso…» El por qué lo despreciaron lo da a conocer cuando añade: «Se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio…»

Cuando hacemos algo con el trabajo de nuestras manos, cuando cultivamos un campo o una viña, o cuando hacemos una obra de madera o de hierro, parece que entonces trabajamos la granja. Y cuando obtenemos otras ganancias, no por el trabajo de nuestras manos, todo esto se llama negocio. ¡Oh mundo miserable, y desgraciados los que le siguen! Muchas veces los trabajos del mundo alejan a los hombres de la vida verdadera.

Por la ocupación de la granja se entiende la gente del pueblo de los judíos, que por su deseo de las cosas del mundo fueron separados de Cristo; por la ocupación de los negocios se entiende a los sacerdotes y los demás ministros del templo a quienes el afán de lucro separó de la fe, aun siendo ellos los encargados del servicio de la ley y del templo. No dijo de éstos que habían obrado maliciosamente, sino que despreciaron; los que crucificaron a Jesucristo por odio o por envidia, fueron los que obraron mal ( «y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron.» v. 6); los que impedidos por los negocios no creyeron, son los que le despreciaron, aun cuando no eran malos. El Señor nada dice acerca de su muerte, porque ya había dicho lo bastante en la parábola anterior, pero da a conocer la muerte de sus discípulos, a quienes mataron los judíos, después que el Señor subió a los cielos, apedreando a Esteban y degollando a Santiago de Alfeo. Por todo lo cual Jerusalén fue destruida por los romanos.

7. «Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.» Debe advertirse que se habla de la ira de Dios, no en sentido propio, sino en sentido traslativo: se dice que se enfurece cuando castiga. Por lo que se dice aquí: “Y el rey, cuando lo oyó, se irritó”.

7b. «Enviando sus tropas…» El ejército romano se considera como el ejército de Dios porque la tierra y cuanto en ella se contiene pertenece a Dios (Sal 23,1). No hubiesen venido los romanos a Jerusalén, si Dios no los hubiese enviado.

9. «Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.» Son caminos también todos los conocimientos humanos como los de la filosofía, los de la milicia, y otros por el estilo. Dijo, pues: “Id a las salidas de los caminos”, para que llamen también a la fe a todos los hombres, cualquiera que sea su condición. Además, así como la castidad es el camino que lleva a Dios, la fornicación es el camino que lleva al demonio; y esto mismo debe decirse de las demás virtudes y de los demás vicios. Manda, por lo tanto que conviden a los hombres de cualquier clase y de cualquier condición para que crean.

11a.13b «Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda…» No es que el Señor deje de estar en todas partes, sino que donde quiere observar para juzgar, allí se dice que está presente, y donde no quiere, parece que está ausente. El día en que todo lo verá es el día del juicio, cuando habrá de visitar a todos los cristianos, que descansan sobre la mesa de las Sagradas Escrituras.

Cuantas veces el Señor prueba a su Iglesia, entra en ella para ver a los que están reunidos. Si encuentra alguno que no tenga vestido nupcial, le pregunta: ¿para qué te has hecho cristiano si amabas estas acciones? A este tal entrega Jesucristo a sus ministros (esto es, a algunos sectarios), y le atan sus manos (esto es, sus acciones), y sus pies (a saber, las aspiraciones de su alma), y «lo arrojan a las tinieblas de fuera», esto es, a los errores (o de los gentiles, o de los judíos, o de los herejes). En primer lugar, a las tinieblas de los gentiles, porque desprecian la verdad que no han oído; o a las exteriores de los judíos que oyeron, pero que no creyeron, y especialmente a las exteriores de los herejes que oyeron y conocieron.

13b. «Echadle a las tinieblas de fuera…» De este modo se designa también la diferencia de castigos que se aplicarán a los pecadores: hay tinieblas exteriores e interiores, hay primeros lugares así como hay últimos lugares.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 69,1

1. Como había dicho el Salvador que se daría la viña a otras gentes que le pagasen sus frutos (Mt 21,43), ahora dice a qué clase de gentes. Por eso el Evangelista añade: > «Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo…»

5. «Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio…» Aun cuando parece que los motivos son razonables, aprendemos, sin embargo, que incluso cuando sean necesarias las cosas que nos detienen, conviene siempre dar la preferencia a las espirituales: y a mí me parece que cuando alegaban estas razones, daban a conocer los pretextos de su negligencia.

San Hilario, in Matthaeum, 22

2. «… un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo.» Se dice con razón que estas bodas ya han sido celebradas por el Padre, porque esta unión de la eternidad, y los desposorios del nuevo cuerpo, se han consumado ya por medio de Jesucristo.

4a. «Envió todavía otros siervos…» Los siervos que fueron enviados primeramente a llamar a los convidados, son los apóstoles. Habían sido enviados para que viniesen los que ya habían sido invitados antes, esto es, el pueblo de Israel, que fue llamado por medio de la ley a la gloria eterna. Era propio de los Apóstoles instar a los que los profetas habían invitado de antemano. Los que fueron enviados después en condición de maestros, son los varones apostólicos que sucedieron a aquéllos.

4b. «Se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.» Los toros representan la gloria de los mártires que han sido inmolados como víctimas escogidas por haber confesado a Dios; y cebados, los hombres espirituales, porque son alimentados con el pan del cielo, como las aves se alimentan cuando han de volar para alimentar a las demás, haciéndoles partícipes de la abundancia de su comida.

5. «Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio…» Los hombres del mundo se ocupan en la ambición de cosas temporales y muchos se dedican a los negocios por la codicia del dinero.

9. «Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.» También pueden entenderse por el camino, la duración de esta vida, y por lo tanto, se les manda ir a las salidas de los caminos, porque estas gracias a todos se dan.

11b. «Había allí uno que no tenía traje de boda…» El vestido de bodas es también la gracia del Espíritu Santo, y el candor del vestido celestial, que una vez recibido por la confesión de la fe, debe conservarse limpio e íntegro hasta la consecución del reino de los cielos.

14. «Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.» Cuando el que invita lo hace sin excepción, da a conocer su afecto y la gran bondad que resulta de su humanidad; pero en los convidados o llamados, se elige a cada uno según su mérito propio.

San Jerónimo

3-4a. «Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.» Envió a su siervo; y no cabe duda que éste fue Moisés, por quien se dio la ley a los invitados. Aunque leemos siervos (como se encuentra en muchos ejemplares), debemos entender que se refiere a los profetas; porque invitados por ellos, no quisieron venir. Sigue, pues: «Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados…» Debe creerse que los siervos que fueron enviados la segunda vez son los profetas más bien que los apóstoles; y así, si antes está escrito el siervo, cuando después de lee los siervos, debe entenderse que estos segundos siervos son los apóstoles.

4b. «Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.» El banquete preparado, los toros y los animales cebados ya muertos, representan, en sentido metafórico, las riquezas del rey, para que por medio de las cosas materiales se venga en conocimiento de las espirituales. Además, la magnificencia de los dogmas, y la doctrina del Señor, pueden conocerse de una manera evidente en la plenitud de la ley.

7a. «Se airó el rey …» Cuando invitaba a las bodas y obraba con clemencia, era llamado hombre; pero ahora, cuando vino a aleccionarse calla la palabra hombre, y únicamente se le llama rey.

7b. «… enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.» [1] Por estos ejércitos entendemos los ejércitos romanos, capitaneados por Vespasiano y por Tito, los cuales, habiendo destruido los pueblos de Judea, prendieron fuego a la ciudad prevaricadora.

9. «Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.» El pueblo gentil no estaba en los caminos, sino en las salidas de los caminos.

10a. «Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos…» También entre los gentiles hay una diversidad infinita, pues debemos conocer, que unos están más inclinados a lo malo, y otros practican las virtudes por sus buenas costumbres.

11b-12a. «Había allí uno que no tenía traje de boda…» El vestido nupcial es también la ley de Dios y las acciones que se practican en virtud de la ley y del Evangelio, y que constituyen el vestido del hombre nuevo. El cual si algún cristiano dejare de llevar en el día del juicio, será castigado inmediatamente; por esto sigue: «Le dice: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?” El se quedó callado.» Le llama amigo, porque había sido invitado a las bodas (y en realidad era su amigo por la fe), pero reprende su atrevimiento, porque había entrado a las bodas, afeándolas con su vestido sucio.

12b. «El se quedó callado.» Entonces, cuando todos los ángeles y el mundo entero sean testigos de los pecados, no habrá lugar a petulancias ni se podrá negar.

13b. «Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.» En el llanto de los ojos y en el rechinar de dientes, se da a conocer la magnitud de los tormentos por medio de una metáfora de miembros corporales. Los pies y las manos atadas, el llanto de los ojos y el rechinar de dientes, son para que se entienda la veracidad de la resurrección.

14. Y como en el convite nupcial no se busca el principio, sino el fin, añade: «Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.»


Notas

[1] Cierta crítica usa estas palabras para afirmar que el Evangelio de San Mateo fue escrito en fecha tardía. Sorprende realmente que si eso fuera así -que habría sido escrito después de la caída de Jerusalén en el año 70 d.C.- tan poco impacto hubiera hecho tal catástrofe en los relatos, ya que es ignorada a pesar de sus terribles consecuencias en el judaísmo. Las palabras del v. 7, por lo demás son un asunto secundario en la parábola. El pasaje, a pesar de su vaguedad sobre precisiones de lo ocurrido, ha sido calificado por la crítica racionalista -que no cree en profecías ni en milagros- como retrospectivo. El tema está vinculado a Is 5, que ya aparece en Mt 21,33. (Gundry) “No tenemos necesidad alguna de suponer en Mateo una retrospección de la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C.”. Luego de abundar en su análisis concluye: “Por lo tanto, 22, 7, no apunta hacia atrás al 70 d.C., sino es más bien una dramática figura del juicio derivada de la predicción de Isaías de la destrucción de Jerusalén”.

Remigio

8-9. «La boda está preparada» Esto es, todo sacramento acerca de la redención de los hombres, ya está ultimado y concluido. «Pero los invitados» (esto es, los judíos), « no eran dignos.» (Rom 10,3), porque desconociendo la santidad de Dios, y queriendo dar preferencia a la suya, fueron considerados como indignos de la vida eterna. Por lo tanto, una vez reprobado el pueblo judío, fue llamado el pueblo gentil a estas bodas. Por esto sigue: «Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.»

San Agustín, obras varias

Únicamente San Mateo refiere esta parábola; San Lucas refiere otra semejante, pero no es ésta, como indica el orden mismo (de consensu evangelistarum).

11b. «Había allí uno que no tenía traje de boda…» Se atreve a venir a las bodas sin vestido nupcial, el que busca allí la gloria, no la del esposo, sino la propia (contra Faustum, 2,19).

13. «Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”» El embrollo de los malos deseos y de las malas intenciones, constituye un lazo, con el cual es atado, quien obra de tal modo, que merece ser arrojado a las tinieblas exteriores (de Trinitate, 11,6).

Glosa

4b. «Mi banquete está preparado…» Esto es, está preparada la entrada en el reino, por medio de la fe en mi encarnación, la que antes estaba cerrada.


Comentarios exegéticos

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Participación

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 216-218.

Jueces 11, 29-39a.

Jefté era originario de Galaad, región montañosa situada al este del Jordán y vecina del territorio de los ammonitas. Habiendo sido echado de su casa por sus hermanos, Jefté se convirtió en jefe de una banda, pero sus conciudadanos le llamaron cuando los ammonitas les declararon la guerra.

La promesa de Jefté debe incluirse también entre las leyendas etiológicas. Efectivamente, intenta explicar el origen de una lamentación ritual, por otra parte desconocida en la Biblia. Esta explicación arroja, no obstante, una luz lúgubre sobre las consecuencias de la idolatría de Israel, que había llevado al pueblo a adoptar las costumbres cananeas y, sobre todo, la de los sacrificios humanos, prohibidos totalmente por la Ley. Conviene recordar, en efecto, la réplica del profeta Miqueas en oposición a la promesa que invoca Jefté para sacrificar a su única hija: 

“¿Daré mis primogénitos por mis prevaricaciones?
¿Y el fruto de mis entrañas por los pecados de mi alma? 
¡Oh hombre! Bien te ha sido declarado lo que es bueno 
y lo que de ti pide Yahvé:
hacer justicia, amar el bien,
humillarte en la presencia de tu Dios” (Miq 6, 7-8). 

Salmo 39.

El salmo 39 es un salmo de acción de gracias y sirve para ilustrar el esfuerzo de los profetas. Yahvé no inspira en él la idea de un sacrificio votivo, sino simplemente la de acudir al templo a dar gracias. Lo que agrada al Señor no es la multiplicación de los sacrificios, sino el esfuerzo que representa llevar una vida recta. 

Mateo 22, 1-14.

“El rey entonces se enojó y envió sus tropas para que acabasen con aquellos asesinos e incendiasen su ciudad”. Este versículo es una alusión probable a la futura caída de Jerusalén, en el año 70 después de Jesucristo. Efectivamente, la parábola del festín nupcial, como la de los viñadores que la precede, se inscribe en un contexto de juicio. Montado sobre una mula, Jesús, hijo de David, hizo su entrada en la ciudad de su lejano antecesor para un último enfrentamiento con los jefes de su pueblo. 

La parábola de las bodas presenta paralelismos inmediatos con la de los viñadores. En ambos casos, los enviados, que recuerdan a los profetas del Antiguo Testamento, son heridos, apedreados y muertos. Por ello la cólera real no se hace esperar. La parábola de los viñadores había predicho que la viña sería confiada a otros servidores. En esta segunda parábola todo es ya cosa hecha, pues el rey invita, no ya a unos pocos privilegiados, sino a todos los que sus criados encuentren en los caminos, malos y buenos, a los que encuentren en las encrucijadas de la vida… La sala se llena, pero los invitados han cambiado. Ya no se trata de judíos, sino de cristianos. La sala de las bodas es la Iglesia. 

Gesto teatral: el amo de la casa sale para saludar a sus huéspedes, visita de cortesía que pronto se convierte en gira de inspección. Los criados habían hecho venir tanto a los buenos como a los malos, pero hay un invitado que no lleva traje de boda. 

Por medio de este artificio, Mateo quiere describir el aspecto personal del juicio: en efecto, el hecho de ser llamado no implica que se sea ipso facto salvado. Es preciso además haber producido algún fruto, vestirse con el traje prescrito para la boda. Por tanto, el árbol estéril será cortado y echado al fuego, “allí donde será el llanto y el rechinar de dientes”. Todos son llamados, pero pocos son los elegidos. Todos son llamados, pero pocos elegidos. Un “pequeño resto”, habría dicho Isaías. 

***

¡Recoger a la gente que llena las plazas para llenar una sala de bodas! La parábola se sale de lo habitual y de lo cotidiano; está hecha de provocación y escándalo. La parábola habla de Dios. Y pata nosotros, Dios no es una idea o una doctrina. Para Jesús, Dios “se cuenta”: son los gestos de Dios lo que hay que proclamar. Como los trovadores de la Edad Media que cantaban las hazañas de los caballeros en interminables canciones de gesta, Jesús recorre la tierra de Israel para cantar la gesta de Dios. “El Reino de Dios es como lo que sucede en esta historia que os cuento…” 

Dios es como un rey que ha preparado las bodas de su hijo con la fiebre característica de los días que preceden a la fiesta. El rey ha mandado decir: “Todo está preparado para el festín” Pero, aunque el aroma de la cocina es apetitoso, la mesa está impecablemente puesta, las lámparas encendidas y las flores decoran la sala del festín, falta lo esencial en la fiesta: ¡los invitados no han acudido! ¡Imaginaos, la gran mesa sin comensales! Aquellos a quienes se esperaba, las viejas amistades, los amigos y los parientes han hecho oídos sordos a la invitación. Los que se consideraban grandes sacerdotes, han rechazado la invitación de Cristo. Y Dios se encuentra solo con su comida… ¿Va a apagar las lámparas? No, Dios hace acudir a los pobres, a los lisiados, a los ciegos, a los cojos. Nadie estará excluido de la fiesta; en adelante, la mesa en la casa de Dios está puesta para todo el mundo. Ocuparán su sitio en esta mesa los Zaqueo, los Mateo, las María Magdalena, el ciego de Siloé y el paralítico de Cafarnaún, el samaritano curado y la adúltera perdonada. Dios festejará con estas gentes las bodas de sangre de su Hijo con la humanidad. 

Hoy, Dios recorre las plazas. Así pues, ¿es verdad que estamos invitados a la comida real de Dios? ¡Ser invitados a las bodas del hijo del rey, a la mesa pascual!, ¿qué os parece?… ¡Más vale encontrar un pretexto adecuado y no acudir!… ¡Ah, si la humanidad supiera la ambición que Dios ha depositado en ella! ¡Si tomásemos en serio en la tierra la invitación que Dios nos hace! La fiesta no tendría fin. Pero ¡qué lejos está aún ese festín de bodas! Todo está preparado y nada está aún dispuesto, puesto que hay que responder a la invitación. ¿Dónde está la humanidad en esta pobre marcha obstinada y dolorosa que va del caos inicial del Génesis, siempre amenazador, hasta la Jerusalén celeste, donde Dios reunirá a todos los pueblos de la tierra para un festín delicioso? Basta con mirar a la Jerusalén terrena para saber que el mundo está todavía en el caos y que la ciudad de Dios, ciudad de paz y de amor, está aún desgarrada por los sufrimientos y los rencores seculares. Humanidad coja, lisiada, ciega: es a esta humanidad, y no a una humanidad idílica, a la que Dios invita a las bodas. La alegría no será una exuberancia ficticia, sin mañana, como la que se experimenta en una comida de negocios, sin alma. La alegría será acorde con el lugar, la sala de bodas, pese a los contratiempos y a las dificultades. La conversación versará sobre la gesta de amor de Dios. Comida de Alianza donde el cuerpo entregado del Señor habla de la gratuidad de nuestra llamada. 

***

Dios, cuyo amor trasciende
todo cuanto nosotros podemos medir, 
bendito sea tu nombre. 
Tú abres de par en par las puertas de la casa,
y los pobres, que somos nosotros, 
ocupamos un lugar en el banquete 
en el que tu Hijo se nos da como alimento. 
Concédenos la gracia de cantar tu benevolencia 
hasta el día en que nos revistas
con el vestido nupcial por los siglos de los siglos. 

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Parábola de los invitados a la boda del hijo del rey, 22:1-14 (Lc 14:16-24).

Esta parábola de los invitados a la boda del hijo del rey, en su fórmula compleja, tal como aparece en el evangelio de Mt, es propia de este evangelio. La doctrina se acopla, en estos últimos días de la vida de Jesús, como un anuncio profético de la muerte que El recibirá, del castigo que recibirá Israel y de la vocación al ingreso de todas las clases de Israel en su reino o acaso también a los gentiles.

Algunos elementos son irreales, pero tienen una intención especial en orden al “antitipo.” Se destacan algunos antes de analizar la compleja estructura de este relato y su valoración doctrinal.

V.3. El hecho de que el rey manda a llamar los invitados a la boda, estando ya preparado el banquete, no es de lo más natural.

V.7. El rey que envía sus ejércitos y manda matar a aquellos asesinos, es explicable en un rey oriental, dueño de vidas. Lo que no se explica es que los invitados no acepten, cuando, en un rey oriental, la invitación es una orden.

V.11. El rey entra para ver a los convidados. Lo contrario supone el banquete que Antipas da a los notables de Galilea (Mc 6:21-27).

V.12. El “vestido de bodas.” Sobre esta costumbre se ha escrito o supuesto mucho: sea que los que invitaban diesen un traje conveniente, o que lo llevasen los invitados. Se cita un mashal rabínico en el que un rey invita a un banquete, y se recomienda a los invitados que vengan con trajes festivos. En una carta escrita desde la corte de Hammurabi, se alude a tal costumbre, como regalo real. Pero no deja de extrañar que, si la casa real hubiese proveído a los convidados, éste no hubiese acudido con el mismo. Es sentido convencional en orden al “antitipo.”

¿Es ésta una sola alegoría o son varias mixtificadas o yuxtapuestas?

a) Hay que notar que el v.14: “muchos son los llamados, pocos los elegidos,” no es conclusión directa del contexto; y afecta a los varios elementos del conjunto. Es un elemento “extra.”

b) En el texto de Mt se nota, comparado con el paralelo de Lc (14:16-24), una narración análoga, excepto en algunos detalles. Pero en Lc falta toda la escena referente al “vestido de bodas.” Siendo tema distinto del primero (Mt 22:1-5; 9-10), y estando ausente en Lc, Mt yuxtapone dos alegorías.

c) En Mt los v.6-7, pensamiento también ausente en Lc, introducen un nuevo aspecto, una idea distinta de la comparación fundamental que se da en los versículos antes dichos. ¿Se trata de una nueva alegoría? Se percibe una situación totalmente distinta del contenido del primer cuadro. No sólo es extraño que los invitados que no quieren asistir al banquete maten a los enviados, sino lo que lo desorbita aún más es que el rey movilice sus “ejércitos” para matar a aquellos reducidos asesinos, y les “incendie” la ciudad.

d) Hay otro aspecto en la alegoría que comienza con el v. l1. Es el tema del “vestido nupcial.” El rey encuentra a uno que no lo lleva y lo manda castigar. Este aspecto, ¿es ajeno a la estructura de las dos alegorías o es parte integrante de la primera? La enseñanza que se busca con este cuadro es distinta de la enseñanza fundamental, y distinta de la misma estructura de los cuadros anteriores. ¿Podría ser una enseñanza secundaria dentro de estos mismos cuadros? Se diría que tiene demasiado relieve para considerársela solamente como un elemento integrante y secundario de la alegoría primera. Su ausencia en Lc, en el lugar paralelo, viene a confirmar esto. Además, en el v.10 el rey manda que salgan los criados y traigan al banquete a todos los que hallen, y trajeron, hasta llenar la sala, a todos los “malos” y “buenos.” Por lo que es sumamente extraño que, si esta segunda parte fuese parte del cuadro primero, el rey se extrañase, al entrar, de encontrar a uno sin el vestido nupcial, que alegóricamente son las disposiciones morales convenientes, cuando ya estaba la sala llena de “malos” y “buenos.”

Todo esto orienta a ver que se trata de un cuadro, o parte de un cuadro, que tuvo su contexto propio, y que aparece aquí recortado o unido a estos dos otros cuadros o alegorías a causa de una cierta analogía o conveniencia que con ellos quería darse 3. Así, en esta narración se encuentran los elementos integrantes siguientes:

1) Alegoría de los invitados descorteses e invitación de nuevos comensales (v. 1-5.8-10).

2) Alegoría del castigo infligido por el rey a los que mataron a sus siervos (v.6-7).

3) Alegoría del “vestido nupcial” (v.11-13).

4) Sentencia doctrinal final (v.14).

Contenido doctrinal de estas alegorías.

Primera alegoría: Alegoría de los invitados descorteses e invitación de nuevos comensales (v. 1-5.8-10).

En vista de esta repulsa y estando ya el “banquete” preparado — presente y establecido el reino mesiánico —, no ha de quedar sin lugar su objetivo. Otros entrarán en él. Estos primeros invitados “no eran dignos.” El rey manda a sus siervos — apóstoles, Pablo, etc. — que salgan “a la bifurcación de los caminos, y a cuantos encontréis, llamadlos a las bodas.” Y los siervos salieron, y a todos cuantos encontraron, “malos y buenos,” los reunieron, y la sala de bodas quedó llena. ¿Quiénes son estos “malos y buenos” y a quiénes se contraponen?

Como antes se dijo, los autores, generalmente, admiten que esta tercera llamada se refiere a la vocación de los gentiles.

Lo que puede verse por un simple análisis exegético es que la invitación a estos nuevos comensales se hace en la misma tierra: sólo consiste en que los siervos salen de la ciudad del rey a buscar a estas gentes “en las bifurcaciones de los caminos.” ¿Se quiere expresar con esto que quedan las vías abiertas a todo el que venga por ellas, judío o gentil? Tal vez. Pero no es evidente esta suposición.

Tendría a su favor la historia de la predicación evangélica, cómo debió de comenzar por “Jerusalén, Judea, Samaría y hasta lo último de la tierra” (Act 1:8), y cómo los apóstoles comienzan a predicar a los judíos, mas, al ser rechazados por éstos, se vuelven a los gentiles (Act 18:6).

En cambio, cabría interpretarlo todo lógicamente en otra hipótesis, que, además, da razón de un importante detalle literario.

La alegoría se refiere sólo a los judíos. Se referiría, con los primeros mensajes, a los dirigentes religiosos de Israel, a los que deberían saber que El era el Mesías, a los que podían “juzgar” que los días del Mesías estaban presentes (Mt 16:1-3). Los fariseos rechazan al Mesías, y entonces la invitación se hace más apremiante — la sistematización gradual de invitaciones se explicaría por artificio literario — a que ingresen en el reino las clases no dirigentes ni cultivadas, o las clases cultivadas y el pueblo, despreciado por los rabinos por no conocer la Ley como ellos (Jn 7:49). Así se explicaría bien el que se hace ingresar en el reino a todos los que se encuentran, “buenos o malos.” Los “malos” serían las gentes más despreciables de la sociedad judía: los pecadores, los publícanos, las meretrices. Precisamente Jesucristo, contraponiendo esto en la parábola de los dos hijos enviados a la “viña” (Mt 21:28-32), a los “príncipes de los sacerdotes y a los ancianos” (Mt 21:23), y entre ellos a los fariseos, les dice: “en verdad os digo que los publícanos y las meretrices os preceden en el reino de Dios” (Mt 21:31).

Segunda alegoría: Alegoría del castigo infligido por el rey a los que mataron a sus siervos (v.6-7). — Admitido que se trata de una alegoría, manifiestamente distinta e independiente de la anterior y situada aquí, sintéticamente, por una cierta analogía temática, su interpretación doctrinal es semejante a la conclusión de la alegoría de los “viñadores homicidas” (Mt 21:33-41 y par.).

1) El “rey” es Dios.

2) Sus “siervos” enviados serán, acaso, en la alegoría original, los profetas; pero en esta perspectiva literaria son el Bautista, los apóstoles, los discípulos misioneros de Cristo, de los cuales varios ya fueron ultrajados y muertos.

3) Los “asesinos” son los elementos del pueblo judío que causaron este ultraje y muerte a estos siervos de Dios.

4) El rey que envía “sus ejércitos” para que “maten” a aquellos homicidas e “incendien la ciudad.” Parece, dentro de todo el conjunto de elementos alegóricos de este relato, que se trata de la destrucción de Jerusalén por Tito, el año 70, aunque los elementos con que se lo describe no pasan de un clisé con el que se describen en el A.T. este tipo de catástrofes.

Tercera alegoría: Alegoría del vestido nupcial (v. ll-13). — Los elementos alegóricos de este nuevo cuadro son los siguientes:

1) El “rey,” que en otro cuadro, y acaso en el suyo propio, pudiera ser Jesucristo juez, en esta perspectiva literaria es Dios.

2) El “banquete” es el reino mesiánico, y probablemente presentado bajo el aspecto de alegría y gozo.

3) El “vestido nupcial” son las disposiciones morales requeridas para participar en el reino. La unión a él por la fe se supone en todos los convidados — incluso en el que no está con el “vestido nupcial” —, pero hacen falta otras disposiciones de lealtad y entrega. El bautismo cristiano se supone como “ingreso” a este banquete de boda mesiánico, pero se exigen condiciones de permanencia en él (Rom 3:8; 6:1.15; Jud 4), en orden a la ”escatología” final.

Los antiguos protestantes decían que este “vestido nupcial” que tenían los convidados de la alegoría, excepto el que va a ser expulsado, era la fe de tipo luterano. Es un contrasentido, pues en la alegoría se dice precisamente todo lo contrario. Como se trata del reino mesiánico, todos los que están en él están unidos a él. Y esta unión, como mínimo, es la unión al reino por la fe y el bautismo. Pero no basta esto. Para entrar definitivamente en él hace falta estar unido a él por otras disposiciones morales superiores a la fe (Mt 5:20; 7:23).

4) El mandar el rey que a este invitado que no tiene el vestido nupcial se le ate de pies y manos y se le arroje a las tinieblas exteriores: “allí habrá llanto y crujir de dientes,” es la fórmula usual para describir el castigo del infierno (Mt 13:42.50). Procede de los profetas.

5) Esta entrada del rey en este festín mesiánico aparece como un acto judicial. Se trata probablemente del Juicio final.

6) En esta perspectiva, los servidores que aparecen en esta alegoría, y a los que se encomienda el castigo del que no tiene el vestido nupcial, podría ser muy bien una personificación de los ángeles (Mt 13:41-49).

7) El que sólo haya entre los invitados de este banquete mesiánico una sola persona indigna de asistir a él no quiere decir que el número de los “elegidos” sea infinitamente mayor, ni aun siquiera mayor que el de los “réprobos.” El tema de la alegoría no es enseñar el número de los elegidos, sino las disposiciones requeridas para asistir a él. Precisamente el contraste entre todos menos uno, hipérbole comparativa tan del gusto oriental, orienta a centrar la consideración en este sentido.

8) El cambio de la palabra “siervo” (δούλος) (ν.3.4.6.8.10) por “ministros” (διοαόνοις) (ν. 13) confirma, filológicamente, lo adventicio de este pasaje.

Sentencia doctrinal final (v.14).

Esta sentencia puesta aquí como final, sea por el mismo Jesucristo, sea eco de la catequesis, sea por el evangelista, no tiene relación directa con las alegorías expuestas. Y se ve fácilmente. Dice la sentencia: “(Porque) muchos son los llamados, pocos los escogidos.” “Muchos,” de suyo, puede ser equivalente a “todos” (Mt 20:28; Mc 10:45; Rom 5:15.18.19). Se trata de un semitismo, que responde al hebreo rabbín. Y éste es el sentido de universalidad mesiánica que aquí conviene.

Esta sentencia, tomada como suena, no tiene relación directa con las alegorías tras las que viene; más aún, está en abierta contradicción con ellas.

En la primera alegoría — los invitados descorteses y la invitación de nuevos comensales —, sea que se interprete de las clases religiosas dirigentes, a las que se rechaza, y se invita al pueblo; sea que se interprete del rechazo de los judíos y de la vocación de los gentiles al reino mesiánico; en cualquier hipótesis, los rechazados son menos que los posteriormente invitados, puesto que con ellos llegó a “llenarse de comensales el banquete.” Pero esta sentencia dice lo contrario si se aplica a una consecuencia o deducción de la alegoría. Sería: “muchos son los llamados” — clases dirigentes y todos los judíos, que son los menos con relación a la clasificación que viene — “ pocos los escogidos” — sea el pueblo judío, sean los gentiles, que son los más, en su ingreso.

La segunda alegoría — el castigo infligido por el rey a los que mataron a unos siervos suyos — no tiene aplicación ni relación con esta sentencia.

La tercera alegoría — el “vestido nupcial” — tampoco tiene relación directa con esta sentencia. Aplicada a esta alegoría como una deducción o formulación práctica de su contenido, lleva igualmente a un contrasentido. Porque si “muchos son los llamados” — los comensales que están en el banquete —, “son pocos los elegidos,” lo cual aquí es un contrasentido, puesto que sólo “uno” es expulsado del banquete.

El sentido de esta sentencia aquí debe ser el siguiente: sin tener relación de dependencia directa con estas alegorías, sí tiene una cierta relación con las mismas en el sentido de ser un toque de alerta sobre los que de hecho entran en el reino en su fase temporal. Las alegorías pintan invitaciones e ingreso en el reino desde el punto de vista de la contraposición entre los judíos, sobre todo los dirigentes, o los gentiles. Pero en esa “masa” debe de haber atención para su ingreso individual de hecho. Sería un toque de alerta a semejanza de lo que dijo en otra ocasión: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella” (Mt 7:13.14).

Sentido primitivo de esta alegoría.

Es manifiesto que esta alegoría sufrió una transformación alegórica minuciosa en relación con la parábola en su estadio primitivo. Se ve por varios datos, al compararla con el relato más sobrio de Lc y con el aún más esquemático del apócrifo Evangelio de Tomás (s. II).

1) En éste, la descripción es sobria, esquemática. Un “hombre” preparó un banquete. Envía a “un siervo” a que invite a cuatro personas, que se excusan de asistir. Entonces manda al “criado” que salga a “las calles” y traiga a los que encuentre para que tomen parte en el “banquete” preparado (cf. J. jeremías, o.c., p.215).

2) Lc también es más escueto y sobrio que Mt. Igualmente un “hombre” daba un gran banquete” e invita a “muchos.” Envió a su “criado” a invitar a tres clases de personas. Pero todas se excusan de asistir. El “criado” se lo cuenta al “señor” (τω χυρι’ω). El “señor” (=“un hombre,” v.16) le da dos órdenes: a) le manda salir a las “plazas y calles de la ciudad” y traer al “gran banquete” a “los mendigos, y a los tullidos, y a los ciegos, y rengos.” Hecho esto, todavía quedaba sitio. Por lo que b) le manda de nuevo al “criado” salir a “los caminos y cercados” y “obligarles” (άνάγχασον) a entrar, hasta que se llenase de invitados la casa. Pues los otros no tomarían parte en el banquete.

El detalle de “obligarles” a entrar es ambiental. Hasta los más pobres guardan la cortesía oriental de rehusar un agasajo hasta que se les toma por la mano y, con suave violencia, se les introduce en casa (cf. A. M. Rlhbany, Morgenlandischen Sitien im Leben Jesu [1962] p.90ss).

3) Mt, en cambio, alegoriza la parte de Le; añade la obra de destrucción de la ciudad por no haber querido ingresar aquellos hombres en el “banquete de bodas” de su hijo; añade el tema del “vestido nupcial” y el castigo que le guarda a este invitado. La parábola del Evangelio de Tomás y casi de Lucas sufre una manifiesta transformación alegórica en Mtg.

En lugar de “un hombre” que da el banquete, ahora es un “rey,” lo que iba mejor con la alegorización que busca: Dios. El simple “banquete” del Evangelio de Tomás y el “gran banquete” de Lc es ahora un “banquete” de las “bodas de su hijo” (hijo del rey). Es la imagen del banquete mesiánico.

El que era “un criado” (Ev. Tomás-Lc) son ahora “criados,” que hacen la invitación dos veces; dos etapas en su llamamiento.

A estos criados que así invitan al “banquete de bodas” mesiánico, los “maltrataron y mataron”: profetas, el Bautista, los apóstoles.

El “rey,” irritado, envía “sus tropas” e “incendia” aquella ciudad e hizo perecer a aquellos asesinos. Debe de ser la destrucción de Jerusalén y el envío de las tropas romanas, que invaden Palestina e incendian Jerusalén. En la Escritura se habla de tropas enemigas de Yahvé, a las que El envía para castigar a otros pueblos (Is 10:5-6-11). Isaías describe el ejército de los medos como el ejército de Yahvé, dispuesto a destruir Babel, diciendo: “yo mando mi ejército — dice Yahvé — consagrado para la guerra, y llamo a mis valientes para ejecutar mi ira” (Is 13:1-15).

“La boda está preparada, pero los invitados no son dignos” (v.8b). Este pensamiento no está explícito en Lc. La “boda está preparada,” porque es la hora de Cristo Mesías presente, que instaura el mesianismo, representado, ambiental mente, por un banquete. En el A.T. era alegoría de Yahvé con su pueblo — desposorios —, que aquí se prolonga con la divinidad de Cristo, proclamada triunfalmente por la Iglesia primitiva.

No siendo “dignos” de “ingresar en este banquete de bodas” mesiánico del Hijo de Dios — terminología de la Iglesia —, se invita a entrar en él a todos los que los criados encuentren: “buenos y malos.” Son los publícanos y pecadores, las gentes depreciables de Israel. Frente a los dirigentes, sabios y fariseos, que rechazaron su ingreso en el Reino a primera hora — que no fueron “dignos” —, se invita también a las gentes “pecadoras” y despreciables de Israel.

La alegoría del “vestido nupcial,” añadida por Mt, responde a una preocupación primitiva cristiana. No bastaba el bautismo; para permanecer en el “banquete de bodas,” en el Reino, hace falta, además, el cumplimiento ético de sus preceptos (Rom 3:8; 6:1.15; Jud 4). Por eso, el que así no obre es arrojado “a la oscuridad de fuera,” en contraposición a la iluminación de la sala del festín. Y allí habrá “llanto y crujir de dientes.” Imágenes ambas del infierno. Ya que se describe en forma “sapiencial.”

Así, una parábola primitiva cobra una alegorización dada por la Iglesia primitiva. La alegoría de Mt, en su sentido original en boca de Cristo, debió de ser una parábola con la que se respondía a las críticas de los fariseos por la actitud de Cristo de admitir en su reino a los “pecadores.” Ellos — los fariseos y los rectores religiosos de Israel — fueron los primeros invitados a ingresar en el reino; pero Dios es bueno con todos, y por eso abre también su reino para todos.

La Iglesia primitiva la alegorizó, enriqueciéndola cristológicamente; y, sin hacerle perder su sentido fundamental originario, la aplicó a sus fieles. Debió de surgir también la crítica de admitir en su seno a ciertos (cf. J. Jeremías, Die Gleichnisse Jesu, o.c. [1970] p.83-86) “pecadores,” reincidentes y a otros; lo mismo que se añadió la alegoría del “vestido nupcial” ante la duda o error de creer que todo “llamado” era ya definitivamente “escogido.” Es la “coexistencia” temporal de buenos y malos.

G. Zevini, Lectio Divina (Mateo): El banquete de bodas

Verbo Divino (2008), pp. 418-423.

La Palabra se ilumina

La parábola de las bodas reales forma, junto con las dos precedentes, una trilogía que expresa, en un impresionante crescendo, el veredicto de condena de los jefes de los judíos que rechazan el Evangelio de salvación proclamado por Jesús. En la primera se indica el mal (Mt 21,32); en la segunda se presenta el castigo (Mt 21,43), y ahora se muestra su ejecución (v. 13). 

Esta última parábola, continuación de la precedente, se dirige a los mismos oyentes y se articula asimismo en varias escenas. En la primera parte (vv. 2-10) se compara el Reino con un banquete ofrecido por el rey con motivo de las bodas de su hijo. Antes de la fiesta se invita a muchas personas, pero todas rechazan la invitación. Se renueva la invitación cuando el banquete ya esta dispuesto, pero también ahora se produce un rechazo general; más aún, se insulta y asesina a algunos de los siervos del rey. Se trata de la síntesis de la parábola de los viñadores homicidas, en la que se presenta el itinerario de la historia de Israel desde el Éxodo hasta los tiempos de Jesús. 

La invitación se extiende ahora a todos indistintamente, buenos y malos: ahora, por fin, se llena de convidados la sala del banquete y puede comenzar la fiesta (vv. 8-10). Sin embargo, a uno de los comensales, que ha entrado sin el traje de boda, se le echa fuera a las tinieblas (v. 13). 

También esta parábola, que se remonta en sus orígenes a Jesús, ha experimentado muchas transformaciones. Al significado primitivo del anuncio, dirigido en primer lugar a Israel -que lo rechazó- y después a todos, se añade una consideración sobre el hecho de que no basta con ser llamado al banquete y asistir, ,sino que es preciso presentarse con el traje nupcial. Este -según dicen algunos documentos históricos- se entregaba gratuitamente, aunque era preciso acercarse al guardarropa contiguo antes de entrar en la sala nupcial. O sea, que no es posible salvarse sin acoger la gracia -que el Señor da a todos los que la invocan- y dejarse transformar -revestir- por ella. Así pues, no basta con ser «llamado»; también es preciso ser «elegido». Cada uno será juzgado sobre la base de esta obra fundamental que es la conversión, fruto de la Palabra escuchada y puesta en práctica (cf. Mt 7,24). 

La Palabra me ilumina

Todo está dispuesto para el banquete nupcial del hijo del rey. Conocemos bien al protagonista de este relato. Todo se refiere a él, al gran director de la aventura humana. En la parábola no se registran otras palabras más que las suyas. Sabemos también quien es el hijo por cuyas bodas se ha dispuesto la cena festiva. Por tanto, tampoco debería resultarnos difícil reconocernos en los invitados que rechazan neciamente la ocasión de sentarse en el banquete nupcial. Es una negación obstinada que irrita al rey, defraudado en su amor apasionado. Con todo, no se rinde, no se da por vencido. 

Hasta tal punto nos quiere que llega a destruir todo lo que es para nosotros causa de «distracción» y nos hace olvidar nuestro más profundo deseo de vida y de felicidad. Llega incluso a fingir que nos abandona, pero, de hecho, envía a sus siervos a buscar por todas partes -a los cruces de los caminos, a lo largo de los setos, a los lugares más escondidos y remotos- a otros invitados, sin importarle que sean buenos o malos: lo importante es que digan «sí». 

¿Y entre estos últimos llamados no nos encontramos precisamente nosotros, que, después de nuestros rechazos, nos íbamos, cansados, abatidos, en busca de nuevas y sórdidas aventuras? Nosotros, los «elegidos» en virtud del bautismo, nos hemos convertido de nuevo en «paganos» a causa de nuestro modo de vivir, más de acuerdo con la mentalidad del mundo que con el Evangelio. Es la experiencia de la pobreza la que hace brotar, por fin, del corazón el «sí» que el Señor espera. Ahora bien, ¿se trata verdaderamente de un «sí» total, incondicional, de un «sí» bañado por las lágrimas del arrepentimiento e iluminado por la alegría del perdón? La parábola presenta todavía una nota triste, una nota que no puede dejar de hacernos reflexionar. Es posible tener el atrevimiento de presentarse en las bodas sin el traje nupcial. No se trata -como puede suceder en los desposorios humanos- de la pompa exterior, sino de una realidad muy profunda. El rito del bautismo prevé, entre otros símbolos, la entrega de la «vestidura blanca» al recién bautizado, que va acompañada por la siguiente oración: 

«N, eres ya nueva creatura y has sido revestido de Cristo. Esta vestidura blanca sea signo de tu dignidad de cristiano. Ayudado por la palabra y el ejemplo de los tuyos, consérvala sin mancha hasta la vida eterna». Presentarse en las bodas sin el traje de boda no significa tanto estar sucios por el pecado -los últimos invitados son buenos y malos- como rechazar, una vez más y con mayor descaro, la comunión de vida con Jesús. Y el rey, aunque la sala del banquete esté atestada, no podrá dejar de notar que falta todavía alguien. Si su reacción es fuerte y dura, lo es sólo por amor. Amenaza como lo hace un padre dolorosamente sorprendido por lo absurdo del comportamiento de un hijo disoluto. De hecho, ¿qué puede haber más increíble que nuestro obstinado rechazo del amor? 

La Palabra en el corazón de los Padres

Los que no buscan el conocimiento y la contemplación de la belleza divina con gran paciencia, con gemidos y lágrimas, a fin de alcanzarla una vez purificados y entrar en comunión con ella, esos tales, dime, ¿cómo podrán llamarse también cristianos? «El que ha nacido de la carne es carne, y el que ha nacido del Espíritu es espíritu» (Jn 3,6); el que, habiendo nacido corporalmente, no ha pensado nunca que debe ser engendrado espiritualmente, ¿cómo podrá ser espiritual y colocarse entre los hombres espirituales? A menos que lo haga de incógnito, como alguien vestido con ropa sórdida, que no se entrometa entre los santos vestidos con ropas resplandecientes y, tras haberse sentado con ellos en la mesa real, sea echado fuera (cf. Mt 22,11-13). 

Por eso os ruego a todos que os esforcéis mientras estamos a tiempo; luchad para convertiros en hijos de Dios y para ser llamados hijos de la luz; odiad toda mala concupiscencia hasta en las cosas más pequeñas y de menos valor. Y podremos hacerlo si consideramos la grandeza de la gloria, de la alegría y de las delicias que nos esperan. 

Dime, en efecto: ¿qué puede haber mejor en el cielo y en la tierra que llegar a ser hijos de Dios y coherederos de Cristo (cf. Rom 8,17)? ¡Nada en verdad! ¿Qué puede haber más insensato que desobedecer a Dios? El que cree, en efecto, que Dios existe, se hace un concepto muy grande de él, puesto que sabe que es el único Soberano, Creador y Señor de todas las cosas, que es inmortal y que su Reino no tendrá fin. Así pues, el que sabe que Dios es así, ¿cómo no se apresurará a dar su misma alma a la muerte por amor a él? 

Esta entrega de sí mismo se produce en nosotros como un fruto repleto de jugo: caridad, misericordia, compasión por el prójimo, mansedumbre, humildad, aguante en las pruebas, pureza de corazón. Y esto es lo que nos engendra de lo alto (cf. Jn 3,3), nos hace hijos de Dios y nos reviste de Cristo (cf. Rom 13,14; Gal 3,27), lo que nos manifiesta como hijos de la luz (cf. Ef 5,8) y, ya desde aquí abajo, nos hace conscientemente participes de la vida eterna (Simeón el Nuevo Teólogo, Le catechesi, Citta Nuova, Roma 1995, 239-242, passim). 

Caminar con la Palabra

¿Por que habría de ser tan difícil creer en el amor loco de Dios y responder alegremente a su invitación a la fiesta? «Todo está a punto; venid a la boda». Pues bien, hemos buscado desde siempre protegernos de Dios, tomar garantías contra sus acercamientos, a veces con el pretexto de ocupaciones sensatas, de asuntos importantes, de preocupaciones mejores: «He comprado un campo y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses. Otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me excuses. Y otro dijo: Acabo de casarme y, por tanto, no puedo ir» (Lc 14,18); a veces, ocurre también que nos juzgamos no aptos; nos consideramos indignos: «No, no, esto no puede ser para mí; la invitación está reservada a otros, a la gente bien, a los sensatos, a las personas como es debido». Como si no fueran precisamente los pequeños, los pobres, los que tienen acceso al conocimiento del misterio de Dios; como si no hubiera sido la despreciable gentuza de las calles y de las plazas los que llenaron la sala del banquete de la parábola… los ciegos, los lisiados, los cojos. Como si no supiéramos que el primero en entrar en el Reino siguiendo al Cordero degollado no fue Juan el Bautista, ni san José, ni el profeta Elías, ni tampoco Abrahan y Moisés, sino, sin duda, inmediatamente después de Adán y Eva (el honor les correspondía a ellos, a los «progenitores», ciertamente), el ladron-asesino que, colgado en la cruz que había junto a la del Salvador, olvidaba su homicidio y sus robos para no pensar más que en la misericordia de su Vecino-Dios. Y oye que le responde con tono calmado y dulce: «Hoy, antes de que se ponga el sol, estarás conmigo en el jardín de Dios». Tenemos la cabeza demasiado dura para comprender todo esto y el corazón todavía más duro para poder aceptarlo. Así, nos negamos, nos replegamos sobre nosotros mismos, nos cerramos al amor: «Excúsame, excúsame…». En el fondo, se trata de falta de serenidad con nosotros mismos… Es una enorme gracia no ponernos coléricos con nosotros mismos, con los otros, y creer, en cambio, en el amor fiel y loco del Dios que viene a salvar lo que estaba perdido (L.-A. Lassus, Pregare è una festa, Gribaudi, Turin, 69-72, passim; edición española: La fiesta de la plegaria, Narcea, Madrid 1989). 

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): Parábola del banquete de las bodas reales

Herder (1980), Tomo II, Cf. pp. 215-222.

Esta parábola ha sido transmitida también por san Lucas de forma semejante, pero que difiere mucho en los pormenores (Lc 14,16-24). En san Lucas, sólo se habla de un banquete que prepara un hombre. En san Mateo, se cuenta que un rey proyecta la celebración de las bodas de su hijo. Las dos redacciones tienen su origen en la misma parábola de Jesús, pero no la conservamos en su texto original. Se puede mostrar que los dos evangelistas configuraron independientemente la materia y la encauzaron según determinadas intenciones. 

En san Mateo se añade un problema particular, por cuanto toda la historia tiene dos partes y dos puntos culminantes. La primera parte concluye con la invitación de los nuevos huéspedes en lugar de los que fueron invitados en primer lugar (22,10). La segunda parte tiene como punto culminante la separación de un huésped sin traje de boda (22,13). Hasta hoy día aún no se ha contestado de una manera armoniosa la pregunta de cómo se relacionan mutuamente estas dos partes. Muchos opinan que san Mateo en 22,11-14 ha enlazado una corta parábola, que originalmente era independiente, con la parábola más larga. Según otra apreciación el texto de 22,11-14 sólo es una ampliación, un suplemento circunstanciado de la historia original, configurado así por san Mateo 79. En la explicación procuraremos hacer resaltar los dos puntos difíciles, que se muestran claramente en el contexto actual de san Mateo: el pensamiento del castigo, que se expresa en la primera parte y especialmente en 22,7, y el pensamiento exhortatorio que quiere advertir a la comunidad que tenga dispuesto el traje de ceremonia. 

1 Nuevamente se puso Jesús a hablarles en parábolas, diciendo: 2 El reino de los cielos se parece a un rey que preparó el banquete de bodas para su hijo. 3 Envió sus criados a llamar a los convidados al banquete, pero éstos no querían venir. 4 Nuevamente envió a otros criados con este encargo: Decid a los convidados: Ya tengo preparado el banquete; he sacrificado mis terneros y reses cebadas; todo está a punto. Venid al banquete. 5 Pero ellos no hicieron caso y se fueron: el uno a su campo, el otro a sus negocios; 6y los demás echaron mano a los criados del rey, los ultrajaron y los mataron. 

Salta a la vista la semejanza de esta narración con la precedente. Allí actúa un propietario y dueño de la viña, aquí un rey. El propietario por dos veces envía mensajeros para reclamar el beneficio que le correspondía, el rey envía criados dos veces para ir a buscar a los invitados. Los comisionados no consiguieron su objetivo ninguna de las dos veces por la maldad de aquellos a quienes fueron enviados. Las dos veces se presenta el «hijo». Allí como el último de los delegados, aquí como la persona a quien se dedica la fiesta. Las dos veces se maltrata a los criados y se les da muerte. Mediante estos múltiples puntos de contacto nuestra inteligencia se orienta en la dirección intentada por el evangelista. El propietario y el rey hacen alusión al mismo Padre que está en el cielo, y el hijo se refiere al que se había designado como el «Hijo» por excelencia (11,27). Cuando se nos habla de los criados también debemos pensar en los similares mensajeros de Dios, sobre todo en los profetas, y cuando se nos habla de los invitados hay que pensar en el pueblo infiel, que había administrado tal mal la viña. 

Pero en la disposición del relato hay además otra cosa. En la parábola de la viña se trataba de una reclamación justa, aquí se cursa una invitación honrosa. Allí está el propietario severo, que insiste en su derecho; aquí el rey magnánimo, que quiere que sean muchos los que participen en la alegría de su hijo. Así pues, en la parábola del banquete de bodas los colores son más vivos. Gravedad tanto mayor reviste el desinterés de los invitados. No se trata de una infracción del derecho, sino de una grave injuria al honor. El trabajo cotidiano en el campo y en el negocio es preferido a la invitación a la brillante fiesta. Esta falta de interés se convierte en enemistad de forma inexplicable. La gente incluso se siente molesta con los mensajeros y sin reflexionar les da muerte. En este pasaje surge la misma pregunta que Jesús antes hizo a los adversarios: Si ahora viene el Señor de la viña, ¿qué hará con estos viñadores? (21,40). Aquí ya no se da la respuesta con palabras amenazadoras, sino con una acción punitiva. En el orden de las parábolas hay una gradación. 

7 Entonces el rey se enfureció y, enviando sus tropas, acabó con aquellos asesinos y les incendió la ciudad. 8 Luego dice a sus criados: El banquete de bodas está preparado, pero los convidados no se lo merecían. 9 Salid, pues, a las encrucijadas de los caminos, y a todos cuantos encontréis, convidadlos al banquete. 10 Salieron los criados a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de comensales. 

La respuesta del rey es una devastadora expedición de castigo. Al instante, se movilizan grupos armados y se ponen en marcha. Tienen el encargo de matar a los asesinos y pegar fuego a su ciudad. Este giro de la narración resulta difícilmente comprensible para un lector atento. ¿No se tenía que pensar hasta ahora en una misma ciudad en que viven el rey y los invitados? ¿Es devastada toda la ciudad con todos sus habitantes, incluso los inocentes, aunque sólo los homicidas han merecido esta represalia? ¿No son los asesinos solamente algunos de los invitados indignos, de tal modo que ningún castigo debe recaer sobre los desinteresados, que van al campo y a los negocios? Tales preguntas muestran que en el versículo séptimo la historia se corta interiormente. Aquí se tiene que haber hecho alusión a una cosa distinta de la que se tendría que esperar de la parábola (cf. también Le 14, 16-24). Se continuó la historia en línea recta con la invitación de los nuevos huéspedes en vez de los antiguos. Pero la represalia produce el efecto de un cuerpo extraño en el curso de la narración.

Es muy probable que el evangelista piense en la destrucción de Jerusalén, que ya había ocurrido cuando redactó su libro. Esto sólo explicaría la enorme envergadura de la expedición militar y la totalidad del exterminio. De hecho Jerusalén, el año 70 después de Cristo, fue entregada enteramente a las llamas y arrasada hasta los cimientos. Y los asesinos no solamente son los pocos que pueden hacer comprensible la parábola, sino los viñadores en total, que han matado al hijo en virtud de un común acuerdo (cf. 21,38s). Una actual interpretación del evangelista se mete aquí en una historia transmitida por tradición. San Mateo de este modo creyó exponer acertadamente y dilucidar las palabras de Jesús. De san Mateo no sólo recibimos el fiel testimonio de las palabras tradicionales de Jesús, sino también la manera como las entendía la Iglesia primitiva. Ambas cosas están indisoluble y recíprocamente unidas. Sólo las palabras del Señor acertadamente entendidas e interpretadas en la Iglesia apostólica son las inspiradas por el Espíritu Santo y las competentes para nosotros. 

Se concibe la destrucción de Jerusalén como castigo de Dios por la obstinación de Israel y por el homicidio del Mesías. Aquí había obrado la ira de Dios, como ya antiguamente, cuando Dios hizo que los ejércitos babilónicos asaltaran y conquistasen la ciudad santa. Entonces el mejor núcleo del pueblo se había convertido durante el destierro. ¿Ocurrirá lo mismo esta vez? Los acontecimientos de la historia son susceptibles de muchas interpretaciones. Los profetas han interpretado la historia a luz de la fe. y los autores sagrados solamente así han relatado la historia. Así lo hacen también los autores del Nuevo Testamento. Con todo así como pueden coexistir varias interpretaciones en el Antiguo Testamento — según la manera de entender de un escritor y de su tiempo y según el especial propósito de su libro —, así también en el Nuevo Testamento. Porque la verdad de la historia siempre es mayor y más amplia que el éxito que podría tener una tentativa de expresarla. Es una interpretación verdadera, pero sólo es una interpretación dentro del Nuevo Testamento decir que la destrucción de la ciudad santa es un castigo de Dios por haber dado muerte al Mesías. 

Los criados deben invitar a nuevos huéspedes sin hacer distinciones. Al que hallen en el camino, le deben traer a la sala del banquete. Se cumple la orden, y la sala pronto se llena de una multitud abigarrada. Allí ha concurrido un pueblo entremezclado, no por causa de sus diferencias en el vestido, en el estado o en la posición social, sino por causa de su cualidad externa. Allí están juntos malos y buenos. Eso es digno de notarse, y para explicarlo también se requiere pensar en la realidad a la que alude el evangelista. En vez de Israel, que no mereció la invitación, ahora entra en su posesión el nuevo pueblo. Pero no es un pueblo de puros y santos, sino una sociedad mixta de malos y buenos. Las dos clases se encuentran en la Iglesia, así como en el campo la cizaña no está separada del trigo. La sala se ha llenado, la invitación ha logrado su objetivo. Había libre acceso para todos los que se había hallado. Pero es inminente una separación definitiva. Con la invitación no se ha celebrado ya la boda, para mantenernos en el lenguaje de la parábola. Antes de celebrarla se colocan unos aparte de otros, como la cizaña aparte del trigo y los machos cabríos aparte de las ovejas. Así nos lo dice la segunda parte de la historia. 

11 Cuando entró el rey a ver a los convidados, descubrió allí a uno que no estaba vestido con traje de ceremonia, 12 y le dice: Amigo, ¿cómo entraste aquí sin traje de ceremonia? Pero él se quedó callado. 13 Entonces el rey dijo a los sirvientes: Atadlo de pies y manos y arrojadlo a la obscuridad, allá afuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. 14 Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. 

A cualquiera se le puede ocurrir preguntar cómo el hombre debe tener su vestido de fiesta, si se le va a buscar a la calle, para que asista a la celebración. ¿No es eso una injusticia espantosa? La dificultad que todos nosotros experimentamos, sólo pone en claro que el vestido de boda tiene que designar una cosa distinta de una vestidura de tela. Estamos preparados para esta solución observando que en la sala hay malos y buenos. El que no está vestido con traje de fiesta, evidentemente forma parte de los malos. Sólo entonces resulta inteligible que se trate así al huésped. No solamente se le saca de la sala de fiestas profusamente iluminada y se le arroja al sombrío jardín, sino a la obscuridad en general, donde hay llanto y rechinar de dientes. Es echado a la perdición. 

En la Iglesia se multiplica rápidamente la cizaña entre el trigo, incluso los fieles van hacia la separación definitiva. Aunque están invitados, es decir aunque fueron llamados, aún no están definitivamente salvados. El número de los llamados es grande, es decir, a muchos se les hace entrar indistintamente, sin cumplir las condiciones previas. No necesitan guardar la ley de Moisés ni se hacen circuncidar, sino que tienen libre acceso. Pero no tienen ninguna garantía de que con su admisión en la Iglesia también se les haya asegurado la elección para el reino de Dios al fin de los tiempos. Hay una esperanza confiada y una temeraria seguridad de la salvación. Se debe aspirar a la esperanza y precaverse de la seguridad. 

La oposición entre muchos y pocos se refiere en primer lugar a que el número de los definitivamente salvados no es igual al número de los que fueron invitados al principio. Pero esta oposición no dice que sólo sean pocos los que consiguen el fin y que se pierda la gran masa de los llamados. En esta sentencia también hay que pensar en el contexto en que está, y en el acento exhortativo que domina la segunda mitad de la parábola. Esta sentencia no contiene ninguna relación entre llamados y escogidos, sino el serio llamamiento de ser cuidadosos en este particular y de tener la aspiración de formar parte del segundo grupo. Por lo demás la frase «para Dios todo es posible» (19,26) también puede aplicarse a la salvación del que quizás aporta pocos requisitos para la misma. El misterio de la predestinación de Dios no se revela, se sustrae a cualquier cavilación. No debemos derrochar nuestros pensamientos sobre este problema, sino vivir de modo que nos salvemos.

¿Qué es el vestido de ceremonia? Sólo puede ser lo mismo, a lo que antes se aludía con los frutos del reino en la parábola de los viñadores. Es la justicia del reino, y por cierto la justicia realizada en la vida y en las obras. Sólo puede esperar ser uno de los predestinados el que ha cumplido la voluntad del Padre celestial. El que la ha cumplido, aporta lo que le dispone a participar en la festividad eterna. Ante todos, está amenazador el destino del que no dio fruto y, en consecuencia, fue arrancado como árbol estéril y arrojado al fuego. 

Uso litúrgico de este texto (Homilías)

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