Mt 23, 13-22: Contra los escribas y fariseos (i) – ¡Ay de vosotros!

Texto Bíblico

13 «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren. 14 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que viajáis por tierra y mar para ganar un prosélito, y cuando lo conseguís, lo hacéis digno de la gehenna el doble que vosotros! 15 ¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: “Jurar por el templo no obliga, jurar por el oro del templo sí obliga”! 16 ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más, el oro o el templo que consagra el oro? 17 O también: “Jurar por el altar no obliga, jurar por la ofrenda que está en el altar sí obliga”. 18 ¡Ciegos! ¿Qué es más, la ofrenda o el altar que consagra la ofrenda? 19 Quien jura por el altar, jura por él y por cuanto hay sobre él; 20 quien jura por el templo, jura por él y por quien habita en él; 21 y quien jura por el cielo, jura por el trono de Dios y también por el que está sentado en él. 22 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Santa Catalina de Gênes, mística

Escritos: El libre arbitrio

Dios llama a nuestra libertad

Dios incita al hombre a que se levante del pecado… Cuanto más pronto el hombre reconoce su miseria, más pronto también se humilla y se abandona a Dios conociendo que es a Dios a quien pertenece hacer en él esta obra de conversión. Poco a poco, por las inspiraciones que Dios le manda, toma conciencia de ello, y viendo la obra y la ganancia que saca de ello, se dice a sí mismo: Verdaderamente, parece que Dios no tiene otra cosa que hacer que ocuparse de mí. ¡Cuán suaves y llenas de amor son las obras de Dios en nosotros!…

Servir a Dios en esta vida es, verdaderamente, reinar. Cuando Dios libera al hombre del pecado que le esclaviza, le saca de toda esclavitud y lo establece en la verdadera libertad. De no ser así, el hombre va siempre de deseo en deseo sin jamás pacificarse; cuanto más tiene más quisiera tener; buscando satisfacerse, nunca está contento. En efecto, cualquiera que tiene un deseo está poseído por él; se vende a la cosa que ama; buscando su libertad, siguiendo a sus apetitos ofendiendo a Dios, se hace esclavo de ellos para siempre.

Considera, pues, la fuerza y el poder de nuestro libre arbitrio que encierra en sí dos cosas opuestas y tan contrarias la una de la otra: la vida o la muerte eternas. Si no quieres, no puedes ser violentado por ninguna criatura; por esto, mientras esté en tu poder, reflexiona bien y vigila lo que haces.

Regla del Maestro

Regla monástica del s. VI. Prólogo, 1-14.

La encrucijada en nuestro corazón

Oh hombre, tú el primero que has leído en voz alta, que a continuación has escuchado, deja ahora tus otros pensamientos; sepas que si yo te hablo, es Dios quien te advierte por mi boca. A él, al Señor Dios, debemos ir por propio gusto, por nuestras buenas acciones y nuestras intenciones derechas, por miedo a que, en razón de nuestra negligencia pecadora no seamos a pesar de ser llamados a comparecer, ser llevados a la muerte… Pues el tiempo que vivimos todavía, lo vivimos como un indulto, sin embargo la bondad de Dios espera cada día que nosotros nos enmendemos, ella nos quiere mejores hoy que no como estuvimos ayer.

Tú por tanto que me escuchas, presta atención, de suerte que mis palabras…, caminado por el examen del espíritu, lleguen a la encrucijada de tu corazón. A ésta encrucijada….deja atrás de ti una de las vías, esa ignorancia pecadora y entra al momento en las dos vías de observación de los preceptos que se abren delante de ti. Y mientras que nosotros buscamos ir a Dios lleguemos en la encrucijada de nuestro corazón y examinemos las dos vías de conocimiento que vemos delante nuestro. Examinemos por cuál de estas dos vías podemos venir a Dios (Mt 7,13- 14). Si continuamos a la izquierda, tenemos miedo -pues la vía es larga- no sea que este lleve a la perdición. Si nos dirigimos a la derecha, estamos sobre camino bueno, pues la vía es estrecha, y es la que lleva a los servidores diligentes a su verdadero Señor.

Doroteo de Gaza, monje

Obras: Dios nos llama incesantemente a la conversión

Instrucciones, I, § 8-9 : SC 92

Dios, por su bondad, no abandonó a la creatura y, como lo he repetido tantas veces, se volvió hacia ella y lo llamó nuevamente: «Venid a mi todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Es decir: “Estáis fatigados, no sois felices. Habéis experimentado el daño que produjo vuestra desobediencia. Ahora convertíos; reconoced vuestra impotencia y vuestra confusión para alcanzar la paz y la gloria. Ahora vivid por la humildad ya que habéis muerto por el orgullo”…

¡Oh, hermanos míos, qué no ha hecho el orgullo! y ¡qué poder posee la humildad! ¿Había necesidad de tantas idas y venidas? Si desde el principio el hombre hubiese sido humilde y obedecido a los mandamientos, no hubiese caído. Y después de su falta Dios le volvió a dar una ocasión para arrepentirse y así alcanzar misericordia. Pero el hombre mantuvo la cabeza erguida. En efecto, Dios se acercó para decirle: «¿Dónde estás, Adán?» (Gn 3, 9) es decir: “¿De qué gloria has caído? ¿En qué miseria?”. Y después le preguntó: “¿Por qué has pecado? ¿Por qué has desobedecido?”, y buscando con ello que el hombre le dijera: “¡Perdóname!”… Pero, ¿dónde está ese “perdóname”? No hubo ni humillación, ni arrepentimientos sino todo lo contrario. El hombre le respondió: «La mujer que Tú me has dado me engañó» (Gn 3, 12). No dijo: “mi mujer”, sino: “La mujer que Tú me has dado”, como si dijera: “la carga que Tú me has puesto sobre mi cabeza”.

Así es, hermanos, cuando el hombre no acostumbra a echarse la culpa a sí mismo, no teme ni siquiera acusar al mismo Dios. Entonces Dios se dirigió a la mujer y le dijo: «¿Por qué no has guardado lo que te había mandado?», como queriendo decirle: “Al menos tú di ¡perdóname!, y así tu alma se humille y alcance misericordia”. Pero tampoco recibió el “perdóname”. La mujer por su parte le respondió: «La serpiente me ha engañado» (Gn 3, 13), como queriendo decir: “Si él ha pecado ¿por qué voy a ser yo la culpable?”…

¡Qué hacen, desdichados! ¡Al menos pidan disculpa! Reconozcan su pecado. ¡Tengan compasión de su desnudez! Pero ninguno de los dos se quiso acusar, y ni uno ni otro mostró el menor signo de humildad.

Francisco, papa

Catequesis, Audiencia General (02-10-2013)

Cristo llama a todos a la santidad

En el «Credo», después de haber profesado: «Creo en la Iglesia una», añadimos el adjetivo «santa»; o sea, afirmamos la santidad de la Iglesia, y ésta es una característica que ha estado presente desde los inicios en la conciencia de los primeros cristianos, quienes se llamaban sencillamente «los santos» (cf. Hch 9,
13.32.41; Rm 8, 27; 1 Co 6, 1), porque tenían la certeza de que es la acción de Dios, el Espíritu Santo quien santifica a la Iglesia.

¿Pero en qué sentido la Iglesia es santa si vemos que la Iglesia histórica, en su camino a lo largo de los siglos, ha tenido tantas dificultades, problemas, momentos oscuros? ¿Cómo puede ser santa una Iglesia formada por seres humanos, por pecadores? ¿Hombres pecadores, mujeres pecadoras, sacerdotes pecadores, religiosas pecadoras, obispos pecadores, cardenales pecadores, Papa pecador? Todos. ¿Cómo puede ser santa una Iglesia así?

Para responder a la pregunta desearía dejarme guiar por un pasaje de la Carta de san Pablo a los cristianos de Éfeso. El Apóstol, tomando como ejemplo las relaciones familiares, afirma que «Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para hacerla santa» (5, 25-26). Cristo amó a la Iglesia, donándose Él mismo en la cruz. Y esto significa que la Iglesia es santa porque procede de Dios que es santo, le es fiel y no la abandona en poder de la muerte y del mal (cf. Mt 16, 18). Es santa porque Jesucristo, el Santo de Dios (cf. Mc 1, 24), está unido de modo indisoluble a ella (cf. Mt 28, 20); es santa porque está guiada por el Espíritu Santo que purifica, transforma, renueva. No es santa por nuestros méritos, sino porque Dios la hace santa, es fruto del Espíritu Santo y de sus dones. No somos nosotros quienes la hacemos santa. Es Dios, el Espíritu Santo, quien en su amor hace santa a la Iglesia.


Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Obstáculos para la fe

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1075-1077.

Siguen las amenazas contra los escribas y fariseos. Representantes oficiales de la religiosidad se habían convertido en serio obstáculo para la fe. La falsificación de Dios es una de las causas más determinantes del ateísmo. Así lo ha reconocido la iglesia del Vaticano II. El obstáculo para la fe, personificado en esta sección en los escribas y fariseos, se centra en los puntos siguientes:

a) El reino de Dios apareció en la tierra con la persona de Jesús. Los dirigentes espirituales del judaísmo se negaron a recibirlo. Lo rechazaron. Su conocimiento de la Escritura debió llevarles a reconocer en Jesús al Mesías. Pues bien, no sólo no lo reconocieron sino que se opusieron decididamente a que otros lo aceptasen. Esto ocurrió, sobre todo, después del año 70, cuando los dirigentes judíos dictaron el decreto de excomunión contra todos aquéllos que confesasen a Jesús como el Mesías. Desde que apareció la “puerta” (Jn 10,7) y “el camino” (Jn 14,6) del reino, no entrar por ellos equivale a quedar excluido del mismo.

b) El proselitismo judío nos es conocido tanto por la información bíblica —allí donde llega Pablo con la predicación del evangelio encuentra judíos y paganos adictos al judaísmo, prosélitos— como por los historiadores paganos. Estaba justificado desde la afirmación del reinado universal de Yahveh. En esta ocasión dice Jesús que, a dichos prosélitos, les hacían también “hijos de condenación”. Sabemos que estos prosélitos eran más fanáticos que los mismos judíos. Su autosuficiencia y autoafirmación en la “justicia que proviene de la Ley” (Fil 3,6) les cerraba el camino a cualquier otra posibilidad. El poder de Dios estaba a su disposición y lo habían vinculado a sus prácticas legales y rituales. A esta clase de prosélitos pertenecen probablemente los enemigos de Pablo (Gal 6,13).

c) La tercera recriminación de esta sección tiene por objeto el juramento. Está en la línea más pura del sermón de la montaña (5,33-37; ver el comentario que allí hicimos). La seriedad del juramento, que implicaba a Dios como testigo de las acciones humanas, se había resquebrajado por la casuística judía. La inventiva de Jesús pone las cosas en su sitio. Dios está muy por encima de las ofrendas humanas. Estas no pueden limitar, condicionar, obligar. Ni siquiera el oro o las víctimas. Todo eso es inferior al templo y al altar que simbolizan la presencia divina.

Los que piensen de manera distinta son “guías ciegos”. Jesús aplicó este calificativo más de una vez a sus enemigos (15,14; Lc 6,39). Y el calificativo pasó al lenguaje oficial cristiano en su lucha con los judíos (Rom 2,19).

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Contra las leyes hipócritas

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 390-391.

2 Tesalonicenses 1,1-5.11 b-12.

La acción de gracias de 2 Tes se parece mucho ala de 1 Tes; expresa la alegría y el agradecimiento de Pablo ante los progresos de la joven comunidad. Sin embargo, esta alegría se ve ensombrecida por ciertas inquietudes: el apóstol habla de persecuciones y peligros. ¿Hay que ver en estas palabras una alusión a las dificultades que han marcado la fundación de la Iglesia? Es posible, si tenemos en cuenta los obstáculos que la Sinagoga opuso en seguida a la difusión del Evangelio. Pero el contenido de la epístola y las dudas suscitadas sobre su autenticidad hacen pensar también que los desórdenes de los que se habla en la carta podrían ser apasionadas discusiones en torno al fin de los tiempos. En cualquier caso, la acción de gracias termina con una vibrante llamada a la perseverancia.

Salmo 95.

El salmo 95 invita a entonar un cántico nuevo al Señor. Los tesalonicenses, que acababan de descubrir las maravillas divinas, debían de estar empeñados en poner en práctica esta consigna.

Mateo 23, 13-22.

Siete maldiciones contra los escribas y los fariseos: esto parece inverosímil para cualquiera que conozca el alcance existencial de una maldición bíblica. En realidad, calificamos demasiado pronto de maldición lo que pertenece al terreno de la simple constatación. Aquí, Jesús comprueba la hipocresía de sus adversarios y, refiriéndose a ellos, exclama:
“¡Ay!” (en hebreo: ouai). Evidentemente, el contexto del juicio está siempre presente: a la manera de los profetas del Antiguo Testamento, Jesús expresa, en forma de lamentaciones, su reprobación con respecto a los guías del pueblo.

Con relación al texto de Lucas, el de Mateo es menos homogéneo, y la agrupación de las lamentaciones se ha realizado en torno a palabras-fórmula repetidas. ¿Cuáles son los reproches dirigidos a los escribas y a los fariseos? Han “cerrado a los hombres las puertas del Reino de los cielos”, es decir, han creado obstáculos a la acción de Dios en la historia, negándose a reconocer en Jesús la clave de dicha historia. “Han condenado ti la gehena a sus prosélitos”, lo que significa que los han convertido a sus propias convicciones, más que a Dios. Han sido “guías ciegos”, reemplazando Ia simplicidad de la Ley por la casuística, sobre todo por los juramentos. En una palabra, han deformado la Ley de Dios; han sido malos pastores.

***

La casuística, es decir, el estudio de los múltiples casos que pueden presentarse en la vida moral o religiosa, no es mala en sí misma si sirve para ayudar a los hombres a vivir su fe en las distintas peripecias de la vida. Pero es un verdadero desastre cuando la casuística se pone a girar en redondo y, sobre todo, a eludir el espíritu de la ley para adaptar las cosas a los intereses de unos cuantos… Recuérdese cómo se prohibía realizar ciertas labores en domingo y se autorizaban otras… No se podían remendar unos calcetines, pero sí se podía bordar un tapiz… Evidentemente, como los pobres tienen más necesidad de calcetines que de tapices, la casuística beneficiaba a una determinada clase de personas: la buena sociedad que frecuentaban los fariseos.

La hipocresía denunciada por Jesús, es exactamente un falso juicio, un juicio excesivamente rebajado (hypo-crisis). Este es el pecado de los fariseos de todos los tiempos. No son necesariamente espíritus hipócritas, sino, simplemente, pésimos intérpretes de la Escritura. Han perdido la llave del Reino y siguen enseñando a tontas y a locas. Por lo demás, hay fariseos en todos los sectores de la vida humana y social, pero los de la religión son especialmente deplorables. Se dirigen a Dios como si fuera un negociante, cuando no intentan imponerle unas leyes que nuestro Padre celestial sería incapaz de aceptar. Así, hemos visto cómo se le imputan a Dios unas leyes totalmente hipócritas…

Podríamos reírnos. Sin embargo, Jesús lo lamenta, pues, en última instancia, las víctimas suelen ser las buenas gentes que nada entienden de esto. Para ellos, si los fariseos lo dicen (y traducid este título conforme a vuestra propia situación), es que debe ser verdad. Y ahí tenemos a esas buenas gentes enredadas con cadenas tan pesadas como dañinas. ¿Hay que buscar otra explicación a esa culpabilidad enfermiza que tan a menudo reina en medios religiosos? Una verdadera gehena, un infierno para las gentes que ya no entienden nada y que se imaginan a un Dios caprichoso y hasta sanguinario.

¡Ay de vosotros, fariseos hipócritas! Pues el resultado más grave de vuestra hipocresía es que demasiadas buenas personas han abandonado la Iglesia, convencidas de que, para ser al fin libres, tenían que buscar en otra parte…

***

Tú nos juzgas sobre el amor,
Oh Dios que quieres la vida del hombre:
líbranos de buscar nuestra justificación
en unas leyes demasiado humanas,
ya que tu Hijo Jesús
resumió toda la Ley
en amarte a ti y a nuestros hermanos.

Enséñanos a amar sin ningún tipo de cálculos,
y que tu salvación nos sea concedida
por añadidura,
en el nombre de tu Hijo Jesús,
Cristo, nuestro Señor.

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Esta segunda sección del discurso de Cristo son siete amenazas contra los fariseos y escribas por siete aspectos de su hipocresía. La estructuración de ellas con el número 7, tan del gusto de Mt, hace ver el artificio selectivo de las mismas. Faltan en Mc.

En Lc hay tres contra los “fariseos” y tres contra los “escribas.” Se explicaría mal por una dependencia literaria de un documento común. Debe de tener más interés la consideración de una transmisión oral, junto con los medios de Mt-Lc — iglesias — en que se mueve especialmente Mt.

1) v.13. Los fariseos, y sobre todo los escribas y doctores de la Ley (Lc 11:52), siendo “oficialmente” los transmisores e intérpretes de la Ley, eran los que tenían la “llave” de la misma (Lc 11:52), y al no reconocer a Cristo como Mesías, al que señalaban las Escrituras, a las que El mismo para reconocerle les remitía (Jn 5:45b-47), lo mismo que a sus milagros (Jn 8:18; 10:25b; Mt 16:3b); y al seguir a los fariseos las turbas, casi ciegamente, como a sus dirigentes religiosos, se seguía naturalmente, el que ellas viniesen a rechazar a Cristo como Mesías, siendo la culpa de ellos, como directores responsables. Con su “llave” cerraban, en lugar de abrir, como era su misión “oficial,” a las turbas su ingreso en el reino mesiánico de Cristo, y hasta le preparó la muerte y movieron a las “turbas” a pedirla (cf. Mt 27:20-25).

El v.14, en que se anatematiza a los fariseos por devorar las casas de las viudas y simular largas oraciones, se considera, casi unánimemente, por los críticos como una interpolación proveniente de Mc 12:40.

2) v.15. Es la censura de la obra del apostolado de los fariseos. No sólo impedían el ingreso en el reino mesiánico, sino que ellos se dedicaban a ejercer un apostolado de “prosélitos” fuera del judaísmo. Se sabe cómo, por influjo de un judío palestino llamado Eleázaro, toda la familia real de Adiabene, sobre el 50 de nuestra era, se hizo judía, así como otros casos de personas nobles e importantes, tales como el tesorero de la reina de Candace (Act 8:26ss) y de otros emparentados con Agripa II. Los mismos autores paganos acusan, sarcásticamente, al judaísmo de la “diáspora” de su propaganda y coacción. En Antioquía de los Seléucidas fue tal el número de los “prosélitos” judíos, que constituían como un apéndice a la comunidad judaica local. Y en Damasco, la casi totalidad de las mujeres de la ciudad, en una época, pasaron al judaísmo. Rabí Isaac bar Nahman cuenta de un hombre que adquirió toda una localidad habitada por esclavos paganos para convertirlos al judaísmo, pero ellos lo rechazaron. Y hasta se sabe que en Palestina se coaccionaba más fuertemente que en la ”diáspora”. San Pablo en sus viajes encontrará, junto a la comunidad judía, grupos de “prosélitos” (Act 10:2.22; 13:5.16-26:43; cf. 16:14; 17:4.7; 18:7) del judaísmo, y San Pablo mismo fue un buen ejemplo de esto antes de su conversión (Act 9:1.2.14, etc.).

Con ese proselitismo, lo que lograban los fariseos era hacer de hecho “hijo de la gehenna” (infierno) al que se incorporaba al judaísmo farisaico. El fariseo que ganaba a un “prosélito” y le infundía su espíritu lo abocaba al infierno al separarlo de Cristo Mesías. Y lo hacía “hijo de la gehenna” aún más que él: “dos veces más que vosotros.” Era la reacción natural del “novicio judío; ser aún más celoso de la Ley, y un judío postizo, pero más fanatizado que los mismos judíos. San Justino, en su Diálogo con el judío Trifón, cuenta que un judío “prosélito” blasfema de Cristo el doble que un judío de sangre. Y esto sin tener en cuenta que la mayor parte de los “prosélitos” eran conversiones aparentes, que traían al judaísmo gentes pésimas. El mismo Talmud llega a decir que los “prosélitos” eran una enfermedad en Israel. Y los presenta como un obstáculo a la venida del Mesías.

3) v.16. En esta tercera censura llama a los fariseos “guías ciegos.” No en vano la censura va a ellos como jefes y directores espirituales del judaísmo popular.

Esta censura va contra el abuso del “juramento” y sobre las diversas fórmulas acerca del mismo. Se juraba por todo; por Dios, por el cielo, por el Poder (el Todopoderoso), por el templo, por el altar, por el servicio del templo, etc. Esto se prestaba a grandes abusos y a la irrespetuosidad más flagrante. Como con el principio que para ellos regía esta práctica, se metía la praxis de la vida en una red de complicaciones que la hacían imposible, luego para salir de ellas se inventaron un código sutil de dispensas. El Talmud tiene dos tratados sobre toda esta mecánica: el Nedarim sobre los “votos” y el Shebuoth sobre los “juramentos.” Ya Cristo había censurado todo esto en el sermón de la Montaña. Allí se remite para el complemento de este tema. Cf. Comentario a Mt 5:33-37. El abuso que Cristo censura a este propósito era claro.

Se lee: “Si alguno formulaba un voto diciendo: Por la Ley, el objeto sobre que se hizo el voto queda libre de obligación, porque solamente se tuvo en cuenta la santidad de la Ley, que no incluye prohibición; pero si se ha dicho: “Por los preceptos que están escritos en ella (en la Ley),” la prohibición obliga, porque entonces se han tenido en cuenta los sacrificios que en ella se anuncian.”

Es en este ambiente y en esta casuística en la que Jesucristo va a censurar a los fariseos por sus métodos y su moral del juramento y de los votos. Se utilizaban como juramentos: “Sea para mí como el cordero (probablemente del sacrificio cotidiano), como las cámaras (del templo), como las maderas (del templo), como los fuegos (de los sacrificios del templo), como el altar. Los pasajes de Cristo no aparecen registrados en el Talmud. Puede ser que no se registrasen todos o que Cristo los hubiese libremente fijado para destacar más la falta de moral ante el grafismo de lo sagrado.

Así, el que jurase “por el templo,” o “por el altar” de los holocaustos, o “por el cielo,” no quedaba obligado a nada.

Pero si jura “por el oro del templo,” sí. Por el oro del templo podría entenderse el oro que revestía el “sancta sanctorum,” o el candelabro de oro, o la mesa de oro de los “panes de la proposición,” en cuanto estaba más directamente al servicio de Dios, aunque podrían ser también exvotos dados al templo, en cuanto que eran cosas consagradas directamente a Dios. O si se jura “por la ofrenda que está sobre el altar” de los holocaustos, entonces el voto hecho tenía validez, pues, siendo cosas consagradas a Dios, quedaba incluido en ellas el mismo Dios. Y así la promesa se hacía al mismo Dios.

Todo esto quedaba encuadrado en la casuística rabínica, conforme al pasaje antes citado del tratado Nedarim, del Talmud. Es ello el mismo espíritu y la misma ilógica conclusión que se incluye en esta argumentación presentada por Cristo.

Por eso les hará ver el materialismo ritualista y casuista de esta actitud rabínica, que ahoga y va en contra del mismo espíritu del juramento o voto y de la misma ley natural.

Es por lo que son “hipócritas,” porque, si vale el juramento hecho “por el oro del templo” o “por la ofrenda que está en el altar,” tiene que valer el juramento hecho “por el templo” y “por el altar” o “por el cielo,” porque son precisamente el templo y el altar los que hacen ser “santos” a ese oro que decora el templo y a esa ofrenda que se pone sobre el altar, que es, por su misma naturaleza, santo. Lo mismo que el que “jura por el templo, jura por él y por quien lo habita.” Lo mismo que el que jura “por el cielo — que es “el trono de Dios” (Mt 5:34) — jura por el trono de Dios y por el que en él se sienta.”

Hasta esta sutileza de laxismo llegaba la casuística de los escribas y fariseos, quienes así jugaban con el “espíritu” más santo en las cosas sagradas, y podían ejercer ellos, como intérpretes de la casuística por ellos establecida, el monopolio de las conciencias y de su influencia y prestigio. Y tan divulgado estaba, que llegó a trascender, a los paganos, con el consiguiente desprecio para ellos.

G. Zevini, Lectio Divina (Mateo): Invectivas y lamento por Jerusalén

Verbo Divino (2008), cf. pp. 447-453.

La Palabra se ilumina

Mateo recoge en este capítulo los dichos polémicos contra los escribas y los fariseos que los otros sinópticos refieren en diferentes contextos. De este modo, el evangelista, en los umbrales del relato de la pasión, pone de relieve la divergencia, que ahora se ha vuelto insuperable, entre la mentalidad farisaica y la enseñanza de Jesús. Por otra parte, el fragmento deja aparecer la ruptura definitiva entre la Iglesia y la sinagoga, así como la naciente tendencia de los discípulos a asumir modelos de comportamiento contrarios a la doctrina evangélica. 

[Vemos aquí] un apóstrofe de tono profético dirigido contra los maestros de la ley y los fariseos, con una serie de siete «ay de». No se trata de una amenaza, sino más bien de la exclamación acongojada de quien, al ver acercarse el castigo de una manera ineludible, dirige la última llamada vehemente a la conversión. Jesús censura en particular la estrechez de los fariseos, que entran en polémicas sobre la ley para plegarla a sus propios intereses y, mientras la vacían de su significado, ostentan una observancia escrupulosa con el objetivo de suscitar admiración en los otros (vv. 16-32).

La perspectiva de condena que sigue a los siete ayes recupera el estilo encendido de la predicación del Bautista (3,7): Jesús no ha venido a juzgar, sino a salvar; sin embargo, ahora, al final de su ministerio, muestra cuál será el desenlace del obstinado rechazo de la salvación

La Palabra en el corazón de los Padres

Que cada uno de nosotros se acuse y se reprenda a sí mismo -y no a Adán- por cualquier pecado en el que caiga, y cada uno de nosotros muestre una penitencia digna, si quiere conseguir de verdad la vida eterna en el Señor. Sin embargo, si no queréis y permanecéis en vuestro endurecimiento, esto es lo que dice el Señor: «Cuando, en efecto, tiemble la tierra, esté el cielo descompuesto (cf. Is 13,13) y se enrolle como un libro (cf. Is 34,4; Ap 6,14), quedarán aterrados frente a estas espantosas calamidades». 

Los que contradicen, murmuran o hacen todavía peor, ¿cómo se defenderán entonces? ¿Acaso dirán: «No hemos oído», o bien: «Nadie nos ha avisado»? Con razón se les podía responder: «Cuantas cosas os he predicho, oh infelices, y cuantas exhortaciones os he dirigido por medio de los profetas, de los apóstoles, de todos mis siervos y hasta personalmente! ¿No oíais decir en mis evangelios: «Haced penitencia». Y aunque yo dijera: «Estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida» (Mt 7,14), ¿no estabais acaso sobre lechos blandos y buscáis la comodidad en todos? Y cuando os decía: «El que quiera ser el primero, que sea el último de todos, el esclavo de todos y el siervo de todos» (Mc 9,35; 10,44; cf. Mt 20,27), ¿no preferisteis acaso los primeros puestos en la mesa y los primeros asientos (cf. Mt 23,6), sitios preeminentes, autoridad, funciones, otros cargos, y acaso no os negasteis a someteros o a servir con humildad de ánimo al que era vil, pobre y rechazado? 

Por eso os suplico a todos, padres y hermanos espirituales míos, y nunca cesaré de suplicar a vuestra caridad que ninguno de vosotros descuide su propia salvación (Heb 2,3). Según las palabras del Señor, no cesemos de velar y orar (cf. Mt 26,41), hasta que no pasemos a las bienaventuranzas del más allá y no consigamos los bienes prometidos por la gracia y el amor a los hombres de nuestro Señor Jesucristo, a quien corresponde toda gloria por los siglos de los siglos. Amén (Simeón el Nuevo Teólogo, Le catechesi, Cittá Nuova, Roma 1995, 182-202, passim).

Caminar con la Palabra

Nada permanece secreto, nada escondido, precisamente nada. En realidad, la humanidad se divide en dos categorías: aquellos cuyas culpas escondidas han salido a la luz y aquellos cuya realidad escondida no ha salido a la luz. A éstos se les llama «morales», honestos; a aquéllos, «inmorales», deshonestos.

Y, en verdad, el sol sólo puede sacar a la luz las acciones, no los pensamientos. Pero nos equivocaríamos enormemente si nos contentáramos con esta constatación y continuáramos viviendo tranquilamente -prudentemente- como antes. El sol, la luz, que irrumpe en cada rincón y revela lo que está escondido, se llama Cristo. Y así todo cambia.

Nosotros llevamos una existencia pública, visible, y al lado una existencia oculta, secreta, de pensamientos, sentimientos y esperanzas que nadie llega a conocer; y nos quedaríamos paralizados de terror si supiéramos que todos nuestros pensamientos y todos nuestros sentimientos pudieran ser exhibidos a los ojos de todos.

Y he aquí que, contra toda regla dictada por la discreción, se dice en la Biblia que al final compareceremos ante Cristo con todo lo que somos y hayamos sido, y no sólo ante Cristo, sino también ante los hombres que estén junto a nosotros.

Será Cristo quien juzgue. Será su Espíritu el que discierna entre los espíritus. En consecuencia, sólo cuenta una pregunta: ¿cómo te sitúas respecto a este hombre Jesucristo? Quien aquí abajo haya pasado a su lado sin haber pronunciado su «sí» o su «no» con claridad, en la hora de la muerte, cuando su vida sea pesada en la eternidad, deberá estar frente a él, deberá mirarle a la cara. Y su pregunta será: «¿Has vivido en el amor a Dios y a los hombres, o bien has vivido sólo para ti mismo?» En ese momento no habrá ninguna escapatoria, ninguna excusa, ninguna charla; en ese momento toda la vida quedará al descubierto a la luz de Cristo «para que cada uno reciba el premio o castigo que le corresponda por lo que hizo durante su existencia corporal» (2 Cor 5,10) (D. Bonhoeffer, Memoria e fedelta, Qiqajon, Magnano 1995, 226-230, passim).

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): Las siete conminaciones (i)

Herder (1980), Tomo II, Cf. pp. 240-243.

v. 13.

13 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Pues vosotros no entráis, ni dejáis que entren los que están para entrar 85.

Los escribas tienen la llave del reino de los cielos o como se dice en san Lucas, «la llave del saber» (Lc 11,52), porque los escribas están sentados en la cátedra de Moisés. Su oficio es enseñar el camino de la verdad. Esta llave es la llave de la adecuada ciencia y del verdadero conocimiento. Pero en vez de abrir, vosotros cerráis con llave. Vuestra doctrina es falsa y conduce al abismo. Sois guías ciegos, como se dirá dentro de poco (23,16). No os basta que no podáis tener esperanzas de llegar al reino, ya que ni siquiera dejáis llegar a los que lo desean y a los que no pueden prescindir de vuestra llave. ¿Por quiénes sino por vosotros debe el pueblo sencillo saber lo que la ley exige para su vida y por dónde discurre el recto camino? De todos los reproches del discurso éste es el más duro y el más tremendo. Se recusa y condena la doctrina como falsa. Y para sus maestros se cierra el reino para el cual les ha sido confiada la llave…

Al mal administrador de la llave se le ha de quitar el cargo y se tiene que dar a otro, que lo ejerza mejor. Jesús dice a Pedro: «Te daré las llaves del reino de los cielos…» (16,19). Así como los arrendatarios de la viña son despojados de su oficio y la viña es confiada a otro pueblo (21,43), así también se tiene que proveer de nuevo el cargo de guardar la llave. Este ministerio tiene la promesa de la validez incondicionada «en el cielo» y la seguridad de que perdurará, porque en último término aquí también sólo es Cristo el que enseña y guía, el que «ata y desata». El ministerio no será ya sustraído ni tampoco caerá bajo la conminación de un «ay», como el que aquí profiere Jesús.

v. 15.

15 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis el mar y la tierra para hacer un prosélito, y cuando ya lo es, hacéis de él un hijo de la gehenna dos veces peor que vosotros!

Era proverbial el celo que los fariseos tenían por las almas. En la presente conminación, no solamente se caricaturiza este celo, sino que se fustiga gravemente. Un prosélito es un adepto ganado personalmente para la propia fe. El resabio de impureza que percibimos es ajeno a estas frases, por lo demás tan usuales en aquella época. Los fariseos cazan al individuo yendo tras él para traerlo a su propia convicción religiosa. En cuanto encuentran a uno. caen sobre él y lo hacen aún más fanático de lo que son ellos mismos. Más aún, hacen de él un hijo de la gehenna, ya que su camino es enteramente opuesto al camino de Dios, y no conduce a la vida, sino a la perdición. Así acusa Jesús a los fariseos.

vv. 16-22.

16 ¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: El que jure por el santuario, a nada está obligado; pero el que jure por el oro del santuario, obligado queda! 17 ¡Insensatos y ciegos! ¿Pues qué es más importante el oro, o el santuario que da al oro carácter sagrado? 18 Como también decís: El que jure por el altar, a nada está obligado; pero el que jure por la ofrenda puesta sobre el altar, obligado queda. 19 ¡Ciegos! ¿Pues qué es más importante la ofrenda o el altar que da a la ofrenda carácter sagrado? 20 Pues el que jura por el altar, jura por él y por todo lo que hay en- cima, 21 y el que jura por el santuario, jura por él y por quien habita en él, 22 y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por quien está sentado en él.

No sólo es falsa la piedad farisaica, sino también su doctrina. Así lo dice también este «ay». Ellos creen que pueden distinguir entre fórmulas de jurar obligatorias y no obligatorias, e incurren en un formalismo igual al que Jesús ya había impugnado en el sermón de la montaña (5,34-36). Hacen pasar como única fórmula válida jurar por el oro del santuario; pero el juramento por el santuario es ineficaz. Algo parecido sucede en los otros ejemplos. Truecan lo mayor con lo menor. El santuario es el que santifica el oro incrustado en él, y el altar es el que santifica la ofrenda presentada en él. Este «ay» no nos parece que sea muy contundente. Es una crítica de una distinción sutil, que en todo caso ha de ser valorada de otra manera, por lo cual la cuestión básica del juramento queda en suspenso. Hasta el 20 Jesús no toma posición en este particular. Eso nos sorprende en vista de la objeción que apunta mucho más lejos y que está en el sermón de la montaña. Allí Jesús no solamente censura el juramento irreflexivo, sino que en general prohíbe jurar (5,33.34a.37).

Los dos últimos ejemplos pasan adelante. El que jura por el santuario, jura por Dios, e igualmente el que jura por el cielo (23,21s). Los judíos tenían la costumbre de sustituir el nombre de Dios por otros circunloquios. En este sentido se hace alusión a las fórmulas de juramento «por el santuario» y «por el cielo». Mediante el circunloquio se creía poder debilitar o eludir la inmediata invocación de Dios como testigo. Pero Jesús dice que tales fórmulas también se refieren a Dios personalmente. Son juramentos por Dios perfectamente válidos. No hay que precaverse de usar con ligereza estos juramentos, puesto que Jesús ha prohibido en general el juramento; se debe hablar con franqueza y veracidad, el sí debe ser sí, y el no debe ser no (cf. 5,33-37).

Pero la larga conminación sirve aquí para ilustrar la hipocresía, aunque en este caso y sólo en él no aparezca esta expresión. Hay algo que aquí no concuerda.

En este pasaje se descubre la discrepancia entre una adoración viviente y personal de Dios, y la práctica formalizada, rígida de la religión. El hombre siempre tiene que tratar con el Dios viviente, con el Padre, a quien no se puede esquivar con sutiles distinciones jurídicas o rituales. Todo servicio ante Dios tiene que ser sincero y fluir de un amor cordial.


Notas

[85] El v. 14 dice así: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que devoráis las casas de las viudas, mientras fingís entregaros a largos rezos! Por eso recibiréis condenación más severa.» El texto corresponde a Mc 12,40 y no pertenece al texto original de san Mateo. Un punto de apoyo de esta opinión consiste en que el número de los «ayes» del evangelista estaba conscientemente limitado a siete.

Uso litúrgico de este texto (Homilías)

  • Lunes XXI del Tiempo Ordinario

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