Domingo III Tiempo de Adviento (B) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

Is 61, 1--2a. 10-11: Desbordo de gozo con el Señor
Lc 1, 46-48. 49-50. 53-54: Me alegro con mi Dios
1 Tes 5, 16-24: Que vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo
Jn 1, 6-8. 19-28: En medio de vosotros está uno a quien no conocéis



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (14-12-2014): ¿Qué significa la alegría cristiana?


Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Giuseppe All'Aurelio
Domingo 14 de diciembre del 2014

La Iglesia, este domingo, anticipa un poco la alegría de la Navidad, y por esto se llama «el domingo de la alegría». En este tiempo, tiempo de preparación a la Navidad, para la misa usamos los ornamentos oscuros, pero hoy estos son de color rosa, porque florece la alegría de la Navidad. Y la alegría de la Navidad es una alegría especial; es una alegría que no es sólo para el día de Navidad, es para toda la vida del cristiano. Es una alegría serena, tranquila, una alegría que acompaña siempre al cristiano. Incluso en los momentos difíciles, en los momentos de dificultad, esta alegría se convierte en paz. El cristiano, cuando es auténtico cristiano, nunca pierde la paz, incluso en los sufrimientos. Esa paz es un don del Señor. La alegría cristiana es un don del Señor. «Ah, Padre, nosotros hacemos un buen almuerzo, todos contentos». Esto es hermoso, un buen almuerzo está bien; pero esto no es la alegría cristiana de la que hablamos hoy, la alegría cristiana es otra cosa. Nos conduce a hacer fiesta, es verdad, pero es otra cosa. Y por ello la Iglesia quiere hacer comprender qué significa esta alegría cristiana.

El apóstol san Pablo dice a los Tesalonicenses: «Hermanos, estad siempre alegres». ¿Y cómo puedo estar alegre? Él dice: «Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión». La alegría cristiana la encontramos en la oración, viene de la oración y también de la acción de gracias a Dios: «Gracias, Señor, por tantas cosas hermosas». Pero hay personas que no saben agradecer a Dios: buscan siempre algo para lamentarse. Yo conocía a una religiosa —lejos de aquí—, esta hermana era buena, trabajaba... pero su vida era lamentarse, lamentarse por muchas cosas que sucedían.... En el convento la llamaban «hermana Lamento», se comprende. Pero un cristiano no puede vivir así, siempre buscando lamentarse: «Aquel tiene algo que yo no tengo, aquel... ¿Has visto lo que sucedió?...». ¡Esto no es cristiano! Y hace mal encontrar cristianos con la cara amargada, con esa cara inquieta de la amargura, que no está en paz. Nunca, nunca un santo o una santa tuvo la cara fúnebre, ¡nunca! Los santos tienen siempre el rostro de la alegría. O al menos, en los sufrimientos, un rostro de paz. El sufrimiento máximo, el martirio de Jesús: Él tenía un rostro de paz y se preocupaba de los demás: de la madre, de Juan, del ladrón... se preocupaba de los demás.

Para tener esta alegría cristiana, primero, rezar; segundo, dar gracias. ¿Y cómo hago para dar gracias? Recuerda tu vida, y piensa en las muchas cosas buenas que te dio la vida: muchas. «Sí, Padre, es verdad, pero yo recibí muchas cosas malas». —«Sí, es verdad, sucede a todos. Pero piensa en las cosas buenas». —«Yo tuve una familia cristiana, padres cristianos, gracias a Dios tengo un trabajo, mi familia no pasa hambre, estamos todos sanos...». No lo sé, muchas cosas, y dar gracias al Señor por esto. Y ello nos acostumbra a la alegría. Rezar, dar gracias...

Y luego, la primera lectura nos sugiere otra dimensión que nos ayudará a tener alegría: se trata de llevar a los demás la buena noticia. Nosotros somos cristianos. «Cristianos» viene de «Cristo», y «Cristo» significa «ungido». Y nosotros somos «ungidos»: el Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha consagrado con la unción. Nosotros somos ungidos: cristianos quiere decir «ungidos». ¿Y por qué somos ungidos? ¿Con qué fin? «Me envió para dar la buena noticia», ¿a quién? «A los pobres», «para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad; para proclamar un año de gracia del Señor» (cf. Is 61, 1-2). Esta es la vocación de Cristo y también la vocación de los cristianos. Ir al encuentro de los demás, de quienes pasan necesidad, tanto necesidades materiales como espirituales... Hay mucha gente que sufre angustia por problemas familiares... Llevar paz allí, llevar la unción de Jesús, ese óleo de Jesús que hace tanto bien y consuela a las almas.

Así, pues, para tener esta alegría en la preparación de la Navidad, primero, rezar: «Señor, que yo viva esta Navidad con la verdadera alegría». No con la alegría del consumismo que nos conduce a todos al 24 de diciembre con ansiedad, porque: «Ah, me falta esto, me falta aquello...». No, esta no es la alegría de Dios. Rezar. Segundo: dar gracias al Señor por las cosas buenas que nos ha regalado. Tercero, pensar cómo puedo ir al encuentro de los demás, de quienes atraviesan dificultades, problemas —pensemos en los enfermos, en tantos problemas—, en llevar un poco de unción, de paz, de alegría. Esta es la alegría del cristiano. ¿De acuerdo? Faltan sólo quince días, algo menos: trece días. En estos días, recemos. Pero no lo olvidéis: recemos pidiendo la alegría de la Navidad. Demos gracias a Dios por las muchas cosas que nos ha dado, primero de todo la fe. Esta es una gracia grande. Tercero, pensemos dónde puedo ir yo a llevar un poco de alivio, de paz a quienes sufren. Oración, acción de gracias y ayuda a los demás. Y así llegaremos al Nacimiento del Ungido, del Cristo, ungidos de gracia, de oración, de acción de gracias y ayuda a los demás.

Que la Virgen nos acompañe en este camino hacia la Navidad. Pero ¡la alegría, la alegría!

Ángelus (14-12-2014): Descubrir la presencia de Dios


Domingo Tercero de Adviento, Ciclo B
Domingo 14 de diciembre del 2014

Queridos hermanos y hermanas,
queridos niños, queridos jóvenes, ¡buenos días!

Desde ya hace dos semanas el Tiempo de Adviento nos invita a la vigilancia espiritual para preparar el camino al Señor que viene. En este tercer domingo la liturgia nos propone otra actitud interior con la cual vivir esta espera del Señor, es decir, la alegría. La alegría de Jesús, como dice ese cartel: «Con Jesús la alegría está en casa». Esto es, nos propone la alegría de Jesús.

El corazón del hombre desea la alegría. Todos deseamos la alegría, cada familia, cada pueblo aspira a la felicidad. ¿Pero cuál es la alegría que el cristiano está llamado a vivir y testimoniar? Es la que viene de la cercanía de Dios, de su presencia en nuestra vida. Desde que Jesús entró en la historia, con su nacimiento en Belén, la humanidad recibió un brote del reino de Dios, como un terreno que recibe la semilla, promesa de la cosecha futura. ¡Ya no es necesario buscar en otro sitio! Jesús vino a traer la alegría a todos y para siempre. No se trata de una alegría que sólo se puede esperar o postergar para el momento que llegue el paraíso: aquí en la tierra estamos tristes pero en el paraíso estaremos alegres. ¡No! No es esta, sino una alegría que ya es real y posible de experimentar ahora, porque Jesús mismo es nuestra alegría, y con Jesús la alegría está en casa, como dice ese cartel vuestro: con Jesús la alegría está en casa. Todos, digámoslo: «Con Jesús la alegría está en casa». Otra vez: «Con Jesús la alegría está en casa». Y sin Jesús, ¿hay alegría? ¡No! ¡Geniales! Él está vivo, es el Resucitado, y actúa en nosotros y entre nosotros, especialmente con la Palabra y los Sacramentos.

Todos nosotros bautizados, hijos de la Iglesia, estamos llamados a acoger siempre de nuevo la presencia de Dios en medio de nosotros y ayudar a los demás a descubrirla, o a redescubrirla si la olvidaron. Se trata de una misión hermosa, semejante a la de Juan el Bautista: orientar a la gente a Cristo —¡no a nosotros mismos!— porque Él es la meta a quien tiende el corazón del hombre cuando busca la alegría y la felicidad.

También san Pablo, en la liturgia de hoy, indica las condiciones para ser «misioneros de la alegría»: rezar con perseverancia, dar siempre gracias a Dios, cooperando con su Espíritu, buscar el bien y evitar el mal (cf. 1 Ts 5, 17-22). Si este será nuestro estilo de vida, entonces la Buena Noticia podrá entrar en muchas casas y ayudar a las personas y a las familias a redescubrir que en Jesús está la salvación. En Él es posible encontrar la paz interior y la fuerza para afrontar cada día las diversas situaciones de la vida, incluso las más pesadas y difíciles. Nunca se escuchó hablar de un santo triste o de una santa con rostro fúnebre. Nunca se oyó decir esto. Sería un contrasentido. El cristiano es una persona que tiene el corazón lleno de paz porque sabe centrar su alegría en el Señor incluso cuando atraviesa momentos difíciles de la vida. Tener fe no significa no tener momentos difíciles sino tener la fuerza de afrontarlos sabiendo que no estamos solos. Y esta es la paz que Dios dona a sus hijos.

Con la mirada orientada hacia la Navidad ya cercana, la Iglesia nos invita a testimoniar que Jesús no es un personaje del pasado; Él es la Palabra de Dios que hoy sigue iluminando el camino del hombre; sus gestos —los sacramentos— son la manifestación de la ternura, del consuelo y del amor del Padre hacia cada ser humano. Que la Virgen María, «Causa de nuestra alegría», nos haga cada vez más alegres en el Señor, que viene a liberarnos de muchas esclavitudes interiores y exteriores.

Juan Pablo II, Papa

Homilía (13-12-1981): Juan es voz, precursor, anunciador de una gran noticia


Visita Pastoral a la Parroquia Romana del Corazón Inmaculado de María
Domingo III de Adviento, Ciclo B
Domingo 13 de diciembre del 1981

1. "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo..." (Lc1. 46-49).

Queridos hermanos y hermanas:

Permitidme que, con motivo de la visita a vuestra parroquia, dedicada al Corazón Inmaculado de María, haga referencia a estas palabras de la Madre de Dios, que la liturgia de hoy ha elegido como Salmo responsorial.

La solemnidad de la Inmaculada Concepción acaba de celebrarse, marcando su signo feliz en todo el tiempo de Adviento. Por esto hoy —casi como prolongación de esta fiesta— puedo visitar la parroquia dedicada al Corazón Inmaculado de María, para poder pronunciar, juntamente con vuestra comunidad, las palabras de la adoración a Dios que sólo podían salirdel corazón de la "Llena de Gracia", y sólo en el corazón de la "Llena de Gracia" podían resonar con un eco tan profundo, como el que pedía su significado.

"El Poderoso ha hecho obras grandes por mí", dice Aquella que en la Anunciación se llamó a Sí misma "esclava", y en el Magníficat se expresó de manera análoga: "Ha mirado la humillación de su esclava".

¡Cuánto amamos a esta esclava del Señor! ¡Cuán profundamente le confiamos todo y a todos, la Iglesia, el mundo! ¡Cuánto nos dice su "humildad"! Constituye como el espacio adecuado para que en Ella pueda revelarse Dios. Para que de Ella pueda nacer Dios. Para que por Ella pueda obrar Dios "de generación en generación".

¡Las palabras de María están realmente llenas de Adviento! Es difícil "sentir" bien la cercanía de Dios si no escuchamos estas palabras.

2. Quiero expresar mi alegría porque entre estas "generaciones", de las que afirma la Madre de Dios que la "llamarán bienaventurada", se encuentra vuestra parroquia desde el comienzo mismo de su existencia, que se remonta al 1936...

3. El Adviento nos habla en la liturgia de hoy con las palabras del Magníficat mariano. Hablatambién con otra figura que retorna continuamente en la liturgia de Adviento. Es Juan, hijo de Zacarías e Isabel, el cual predicaba en las orillas del Jordán.

He aquí el testimonio de Juan. ¡Ante todo de sí mismo! "¿Eres tú Elías? —No lo soy. —¿Eres tú el Profeta? —No. ¿Quién eres?— —Yo soy la voz que grita en el desierto".

Juan es voz. Ha dicho admirablemente San Agustín: "Juan es la voz, pero el Señor (Jesús) es la Palabra que existe desde el principio. Juan era una voz provisional, Cristo desde el principio era la Palabra eterna. Quita la palabra, ¿y qué es la voz? Si no hay concepto, no hay más que un ruido vacío. La voz sin la palabra llega al oído, pero no edifica el corazón..." (Sermo 293, 3; PL 38, 1328).

Así, pues, Juan no es el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Y, sin embargo, predica y bautiza."Entonces, ¿por qué bautizas?", preguntan los enviados de Jerusalén. Esta era la causa principal de su inquietud. Juan predicaba repitiendo las palabras de Isaías: "Allanad el camino del Señor", y el bautismo que recibían sus oyentes era el signo de que las palabras llegaban a ellos y provocaban su conversión; los enviados de Jerusalén preguntan, pues: "¿Por qué bautizas?" (Jn 1, 25).

Juan responde: "Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia" (Jn 1. 26 s).

Juan es un precursor: sabe que Aquel al que esperan, viene "detrás de él".

Juan es anunciador de Adviento. Dice: "En medio de vosotros hay uno que no conocéis".

Adviento no es sólo espera. Es anunciación de la Venida. Juan dice: "El que debe venir ya ha venido".

Las palabras de Juan junto al Jordán están llenas de Adviento; lo mismo que una vez las palabras de María en el umbral de la casa de Zacarías, cuando fue a visitar a Isabel, su pariente, la madre de Juan.

Las palabras de Juan están llenas de Adviento, aun cuando resuenan casi 30 años más tarde. La liturgia une el Adviento, expresado con las palabras de María, con el Adviento de las palabras de Juan. La venida del Mesías, que nacerá la noche de Belén del seno de la Virgen, y su venida en la potencia del Espíritu Santo, en las riberas del Jordán, donde Juan predicaba y bautizaba.

4. El adviento de Juan se manifiesta con una actitud singular: Dice: no soy digno de desatar la correa de sus sandalias al que viene detrás de mí (cf. Jn 1, 27).

Se trata de algo muy importante. En efecto, el Adviento significa una actitud. Se expresa mediante una actitud.

Juan en las riberas del Jordán la define con las palabras citadas. Mediante ellas vemos lo que dice de sí, cómo se siente ante Aquel al que anunciaba.

Sabemos que la correa de las sandalias se las desataba el siervo al amo. Y Juan dice: "No soy digno de desatar la correa de sus sandalias". ¡No soy digno! Se siente más pequeño que un siervo.

Esta es la actitud del Adviento. La Iglesia la acepta plenamente y repite siempre con los labios de todos sus sacerdotes y de todos los fieles: "Señor, no soy digno...".

Y pronuncia estas palabras siempre ante la venida del Señor, ante el adviento eucarístico de Cristo: "Señor, no soy digno...". El Señor viene precisamente hacia los que sienten en lo más hondo su indignidad y la manifiestan.

Nuestras palabras, cuando inclinamos la cabeza y el corazón ante la santa comunión, están llenas de Adviento. Aprendamos siempre de nuevo esta actitud.

5. Lo que leemos hoy en la liturgia de la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses,nos explica aún más ampliamente cómo debe ser en cada uno de nosotros esa actitud de Adviento, en el que se realiza la Venida, el Adviento de Dios.

Escribe el Apóstol: "Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. En toda ocasión tened la acción de gracias... No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno. Guardaos de toda forma de maldad" (1 Tes 5, 16-22).

Estos son, por así decirlo, los elementos constitutivos de la actitud interior, mediante la cual el Adviento perdura en nuestro corazón. Como hemos oído, está compuesto el Adviento de alegría y de oración constante. La una y la otra están unidas con el esfuerzo por evitar toda especie de mal. Al mismo tiempo, esta actitud interior se manifiesta como apertura a todaverdad de la profecía, tanto de la que proviene de Dios, y esto se realiza por vía de revelación y de fe, como también de la que proviene por el camino de la búsqueda honesta por parte del hombre. Actitud que se expresa en la disposición a hacer todo lo que es bueno, noble. Perseverando en esta disposición, el hombre permite al Espíritu Santo actuar en él y no permite que se apague en él la luz, que el Espíritu enciende en él alma.

El Apóstol escribe: "No apaguéis el espíritu".

La actitud de Adviento se expresa en la apertura interior a la acción del Espíritu Santo; en la obediencia a esta acción.

Y he aquí que cuando perseveramos en esta actitud, el Dios de la paz santifica hasta la perfección nuestro espíritu, el alma y el cuerpo se mantienen irreprensibles para la venida de Nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tes 5, 23).

Pablo Apóstol, en la primera Carta a los Tesalonicenses, enseñó así a los primeros cristianos. Su enseñanza es siempre actual; la actitud de Adviento da al hombre la certeza de que Dios ha venido al mundo en Jesucristo; que ha entrado en la historia del hombre; que está en medio de nosotros; y que, al mismo tiempo, da al hombre la madurez del encuentro con Dios durante la vida terrena y la madurez del encuentro definitivo con El.

Aprendamos esta actitud. Aprendámosla de año en año, de día en día. A tanto nos invita y dispone toda la liturgia del Adviento.

6. ¿Quién es el que ha venido ya, y viene constantemente y debe venir definitivamente?

Mirad, es el que trae el alegre anuncio a los pobres, que venda las heridas de los corazones desgarrados, que proclama la liberación a los hombres privados de libertad, a los hombres obligados interior o exteriormente a la esclavitud. El que promulga el año de misericordia del Señor (cf. Is 61, 1 s.).

Es necesario que aquí, en la parroquia del Corazón Inmaculado de María, El sea esperado con gozo; que todos repitan con María: "Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador" (Le 1, 47).

Que esta actitud interior de Adviento florezca en todos: en las personas ancianas que se acercan a los límites de la vida, y en los jóvenes que comienzan esta vida. Es preciso que esta actitud penetre en vuestras comunidades y en vuestros ambientes; que se convierta en un clima de la vida familiar. Que en él crezca y madure cada uno de los hombres en medio de todas las experiencias y pruebas que la vida no ahorra. Que en ella, en la actitud de Adviento, encuentren apoyo todos los que sufren: "Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala" (Is 61, 10).

Que el Corazón Inmaculado de María obtenga a cada uno de vosotros esta alegría de salvación, que es más grande que todo lo que puede ofrecernos el mundo.

Ángelus (12-12-1993): Llamados a continuar la misión del Bautista


Domingo Tercero de Adviento. Año B.
Domingo 12 de diciembre del 1993

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. La liturgia de este tercer domingo de Adviento nos presenta a Juan Bautista, el precursor, como testigo de la luz (cf. Jn 1, 7-8), que señala a los hombres a Cristo, «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9).

La misión del Bautista continúa más aún, se profundiza en la Iglesia, llamada a anunciar a Cristo a todas las generaciones. Ante la inminencia del Año de la familia, me complace subrayar que esa misión ha sido confiada, de una manera muy especial, a la familia cristiana. Como escribí en la Familiaris consortio, «la familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón» (n. 52).

Sin embargo, en cierto sentido, toda familia del mundo debe ser testimonio de luz, en virtud del plan de Dios que hace de ella el santuario de la vida, lugar de acogida, de esperanza y de solidaridad.

2. Al recordar la sublime misión de la familia, ¿cómo no pensar con gran inquietud en los numerosos núcleos familiares desgarrados por la guerra que se libra en los países de la ex Yugoslavia donde el conflicto continúa y, por desgracia no se vislumbra en un futuro próximo una solución justa y equitativa? A tiempo que exhorto a los responsables de esos pueblos a acallar por fin el ruido de las armas e invito a las autoridades internacionales a hacer todos los esfuerzos posibles para llevar a cabo una mediación pacífica y eficaz, quisiera pedir a los creyentes del mundo entero que supliquen a Dios el don inestimable de la paz. Debemos seguir haciéndolo, sin caer jamás en el desaliento.

También la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que tendrá lugar del 18 al 25 del próximo mes de enero, debe constituir para los católicos y lo hermanos de las demás confesiones cristianas una ocasión importante para estar espiritualmente cerca de las poblaciones tan probadas de Bosnia-Herzegovina. Con ese fin, he convocado para el domingo 23 de enero una especial jornada de oración para implorar de Dios la paz. Ese día, aquí en Roma, celebraré la sagrada eucaristía, e invito desde hoy a toda la Iglesia a unirse a mí, preparando ese momento de profunda oración comunitaria mediante una jornada de ayuno. Extiendo esta invitación a los demás creyentes a todas las personas de buena voluntad. El Señor que nos exhorta a invocarlo con fe, sostenida por el esfuerzo de conversión y comunión fraterna, quiera escuchar nuestros deseos y conceda finalmente la paz a esa martirizada región, así como a todos los demás pueblos involucrados en el drama de la guerra.

3. Amadísimos hermanos y hermanas, contemplemos a María, Reina de la paz. Repasemos los acontecimientos que angustiaron a la familia de Nazaret, víctima de la persecución y de la violencia.

Virgen santísima, tú que viviste en la fe los momentos duros de la vida familiar, alcanza la paz a las naciones que están en guerra y ayuda a las familias del mundo cumplir su insustituible misión de paz.

Ángelus (15-12-1996): La Luz que Juan nos señala


Domingo III de Adviento, Ciclo B
Domingo 15 de diciembre del 1996

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Entre las figuras que la liturgia pone en nuestro camino de Adviento... encontramos hoy a san Juan Bautista. Hombre austero, «voz del que clama en el desierto» (Jn 1, 23), que el poder sacrificó por haber dicho sin miedo la verdad, sigue siendo profundamente actual. El evangelio de Juan nos lo presenta como el «testigo de la luz» (cf. Jn 1, 6).

La luz que nos señala no es sólo una verdad moral; es la persona de Cristo, que no duda en decir de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8, 12), «Yo soy la verdad» (Jn 14, 6).

Se trata, indudablemente, de una afirmación inaudita, a primera vista desconcertante, pero plenamente creíble en boca de Jesús, que, con sus palabras y sus obras, y sobre todo con su muerte y resurrección, demostró que era el «Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos» (Símbolo Niceno-constantinopolitano).

Muchos mártires dieron su vida para testimoniar su fe en él. Después de dos milenios de historia, la Iglesia sigue ‹apostándolo todo» por esta verdad, que el concilio de Nicea, replicando a los arrianos, recogió para siempre en el Símbolo de fe, en el que confesamos a Cristo como «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero» (ib.).

2. Sí, Cristo es luz porque, en su identidad divina, revela el rostro del Padre. Pero también lo es porque, siendo hombre como nosotros, solidario en todo con nosotros, a excepción del pecado, revela el hombre al propio hombre. Lamentablemente, el pecado ha ofuscado en nosotros la capacidad de conocer y seguir la luz de la verdad; más aún, como advierte el apóstol Pablo, ha cambiado «la verdad de Dios por la mentira» (Rm 1, 25). Con su encarnación, el Verbo de Dios vino a traer al hombre la luz plena. El Vaticano II dice a este respecto: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22).

3. Que la Virgen santísima, la humilde joven de Nazaret, que fue madre y discípula de Cristo, nos ayude a abrir los ojos a la luz. Ante el misterio de su Hijo divino, también ella debió hacer cada día su «peregrinación de la fe» (Lumen gentium, 58). Pidámosle que esté cerca de cuantos buscan sinceramente la verdad, orientando a «la humanidad hacia aquel que es "la luz verdadera, que ilumina a todo hombre"» (Tertio millennio adveniente, 59).

Homilía (12-12-1999): Dios entró en nuestra historia


Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Urbano y San Lorenzo.
Domingo III de Adviento (Ciclo B).
Domingo 12 de diciembre del 1999

1. "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, (...) para proclamar el año de gracia del Señor" (Is 61, 1-2).

Estas palabras, pronunciadas por el profeta Isaías hace muchos siglos, son muy actuales para nosotros, [mientras nos encaminamos a grandes pasos hacia el gran jubileo del año 2000]. Son palabras que renuevan la esperanza, preparan el corazón para acoger la salvación del Señor y anuncian la inauguración de un tiempo especial de gracia y liberación.

El Adviento es un período litúrgico que pone de relieve la espera, la esperanza y la preparación para la visita del Señor. La liturgia de hoy, que nos propone la figura y la predicación de Juan Bautista, nos invita a este compromiso. Como hemos escuchado en el texto evangélico, Juan fue enviado para preparar a los hombres para al encuentro con el Mesías prometido: "Allanad el camino del Señor" (Jn 1, 23). Esta invitación del Bautista es para todos nosotros: ¡aceptémosla! Con alegría, apresuremos el paso hacia el gran jubileo, hacia el año de gracia durante el cual en toda la Iglesia resonará un gran himno de alabanza a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

3. Al encontrarme esta mañana en "Prima Porta", localidad así llamada por el arco anexo al antiguo templo recién restaurado, que se remonta a la época del emperador Augusto, mi pensamiento va espontáneamente al tiempo en que el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros.

Cuando recordamos el gran acontecimiento de la Encarnación, no podemos menos de pensar que nuestro Dios está muy cerca de nosotros, más aún, entró en nuestra historia para redimirla desde dentro. ¡Sí! En Jesús de Nazaret, Dios vino a vivir en medio de nosotros, para "dar la buena noticia a los pobres, para vendar los corazones desgarrados, (...) para proclamar el año de gracia del Señor" (Is 61, 1-2).

6. "Hermanos: estad siempre alegres" (1 Ts 5, 16). Quisiera concluir con esta invitación a la alegría, que san Pablo dirige a los cristianos de Tesalónica. Es característica de este domingo, llamado comúnmente "Gaudete". Es una exhortación a la alegría que resuena ya en las primeras palabras de la antífona de entrada: "Alegraos siempre en el Señor; os lo repito: estad siempre alegres. El Señor está cerca".

Sí, amadísimos hermanos y hermanas, alegrémonos porque el Señor está cerca. Dentro de pocos días, en la noche de Navidad, celebraremos con gozo el bimilenario de su nacimiento. Que esta alegría penetre en todos los ámbitos de nuestra existencia.

Pidamos a María, la primera que escuchó la invitación del ángel: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1, 28), que nos sostenga en este programa de vida cristiana, sin olvidar jamás que todo creyente tiene la misión de testimoniar la alegría.

María, Madre del Amor Divino, sea para todos nosotros causa de nuestra verdadera y profunda alegría. Amén.

Homilía (15-12-2002): ¿Hay motivos para alegrarse?


Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Juan Nepomuceno Neumann
Tercer Domingo de Adviento (Ciclo B)
Domingo 15 de diciembre del 2002

1. "Hermanos, estad siempre alegres" (1 Ts 5, 16). Esta invitación del apóstol san Pablo a los fieles de Tesalónica, que acaba de resonar en nuestra asamblea, expresa bien el clima de la liturgia de hoy. En efecto, hoy es el tercer domingo de Adviento, llamado tradicionalmente domingo "Gaudete", por la palabra latina con la que inicia la antífona de entrada.

"Alegraos siempre en el Señor". Ante las inevitables dificultades de la vida, las incertidumbres y el miedo al futuro, ante la tentación del desaliento y la desilusión, la palabra de Dios vuelve a proponer siempre la "buena nueva" de la salvación: el Hijo de Dios viene a "vendar los corazones desgarrados" (Is 61, 1). Que esta alegría, anuncio de la alegría de la Navidad ya próxima, impregne el corazón de cada uno de nosotros y todos los ámbitos de nuestra existencia.

2. Amadísimos hermanos y hermanas... Reunidos en torno a la Eucaristía, comprendemos más fácilmente que la misión de toda comunidad cristiana consiste en llevar el mensaje del amor de Dios a todos los hombres. Por eso es importante que la Eucaristía sea siempre el corazón de la vida de los fieles, como lo es hoy para vuestra parroquia, aunque no todos sus miembros han podido participar personalmente en ella.

5. "Preparad el camino del Señor" (Jn 1, 23). ¡Acojamos esta invitación del evangelista! La proximidad de la Navidad nos estimula a una espera más vigilante del Señor que viene, al tiempo que la liturgia de hoy nos presenta a Juan el Bautista como ejemplo que imitar.

Por último, dirijamos la mirada a María, "causa" de nuestra verdadera y profunda alegría, para que nos obtenga a cada uno la alegría que viene de Dios y que nadie podrá quitarnos jamás. Amén.

Benedicto XVI, Papa

Ángelus (14-12-2008): Auténtico motivo de alegría


Domingo Tercero de Adviento, Ciclo B.
Domingo 14 de diciembre del 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo tercero del tiempo de Adviento, se llama domingo "Gaudete", "estad alegres", porque la antífona de entrada de la santa misa retoma una expresión de san Pablo en la carta a los Filipenses, que dice así: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres". E inmediatamente después añade el motivo: "El Señor está cerca" (Flp 4, 4-5). Esta es la razón de nuestra alegría. Pero ¿qué significa que "el Señor está cerca"? ¿En qué sentido debemos entender esta "cercanía" de Dios?

El apóstol san Pablo, al escribir a los cristianos de Filipos, piensa evidentemente en la vuelta de Cristo, y los invita a alegrarse porque es segura. Sin embargo, el mismo san Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, advierte que nadie puede conocer el momento de la venida del Señor (cf. 1 Ts 5, 1-2), y pone en guardia contra cualquier alarmismo, como si la vuelta de Cristo fuera inminente (cf. 2 Ts 2, 1-2). Así, ya entonces, la Iglesia, iluminada por el Espíritu Santo, comprendía cada vez mejor que la "cercanía" de Dios no es una cuestión de espacio y de tiempo, sino más bien una cuestión de amor: el amor acerca. La próxima Navidad nos recordará esta verdad fundamental de nuestra fe y, ante el belén, podremos gustar la alegría cristiana, contemplando en Jesús recién nacido el rostro de Dios que por amor se acercó a nosotros.

A esta luz, para mí es un verdadero placer renovar la hermosa tradición de la bendición de las estatuillas del Niño Jesús que se pondrán en el belén. Me dirijo en particular a vosotros, queridos muchachos y muchachas de Roma, que habéis venido esta mañana con vuestras estatuillas del Niño Jesús, que ahora bendigo. Os invito a uniros a mí siguiendo atentamente esta oración:

Dios, Padre nuestro,
tú has amado tanto a los hombres
que nos has mandado a tu Hijo único Jesús,
nacido de la Virgen María,
para salvarnos y guiarnos de nuevo a ti.

Te pedimos que, con tu bendición,
estas imágenes de Jesús,
que está a punto de venir a nosotros,
sean en nuestros hogares
signo de tu presencia y de tu amor.

Padre bueno,
bendícenos también a nosotros,
a nuestros padres,
a nuestras familias y a nuestros amigos.

Abre nuestro corazón,
para que recibamos a Jesús con alegría,
para que hagamos siempre lo que él nos pide
y lo veamos en todos
los que necesitan nuestro amor.

Te lo pedimos en nombre de Jesús,
tu Hijo amado,
que viene para dar al mundo la paz.

Él vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

Y ahora recemos juntos la oración del Angelus Domini, invocando la intercesión de María para que Jesús, que al nacer trae a los hombres la bendición de Dios, sea acogido con amor en todos los hogares de Roma y del mundo.

Homilía (11-12-2011): Un tiempo de gracia y de liberación


Visita Pastoral a la Parroquia Romana de Santa María de las Gracias, en Casal Boccone.
Domingo III de Adviento, Ciclo B.
Domingo 11 de diciembre del 2011

Queridos hermanos y hermanas ...:

Hemos escuchado la profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres... a proclamar un año de gracia del Señor» (Is 61, 1-2). Estas palabras, pronunciadas hace muchos siglos, resuenan muy actuales también para nosotros, hoy, mientras nos encontramos a mitad del Adviento y ya cerca de la gran solemnidad de la Navidad. Son palabras que renuevan la esperanza, preparan para acoger la salvación del Señor y anuncian la inauguración de un tiempo de gracia y de liberación.

El Adviento es precisamente tiempo de espera, de esperanza y de preparación para la visita del Señor. A este compromiso nos invitan también la figura y la predicación de Juan Bautista, como hemos escuchado en el Evangelio recién proclamado (cf. Jn 1, 6-8.19-28). Juan se retiró al desierto para llevar una vida muy austera y para invitar, también con su vida, a la gente a la conversión; confiere un bautismo de agua, un rito de penitencia único, que lo distingue de los múltiples ritos de purificación exterior de las sectas de la época. ¿Quién es, pues, este hombre? ¿Quién es Juan Bautista? Su respuesta refleja una humildad sorprendente. No es el Mesías, no es la luz. No es Elías que volvió a la tierra, ni el gran profeta esperado. Es el precursor, un simple testigo, totalmente subordinado a Aquel que anuncia; una voz en el desierto, como también hoy, en el desierto de las grandes ciudades de este mundo, de gran ausencia de Dios, necesitamos voces que simplemente nos anuncien: «Dios existe, está siempre cerca, aunque parezca ausente». Es una voz en el desierto y es un testigo de la luz; y esto nos conmueve el corazón, porque en este mundo con tantas tinieblas, tantas oscuridades, todos estamos llamados a ser testigos de la luz. Esta es precisamente la misión del tiempo de Adviento: ser testigos de la luz, y sólo podemos serlo si llevamos en nosotros la luz, si no sólo estamos seguros de que la luz existe, sino que también hemos visto un poco de luz. En la Iglesia, en la Palabra de Dios, en la celebración de los Sacramentos, en el sacramento de la Confesión, con el perdón que recibimos, en la celebración de la santa Eucaristía, donde el Señor se entrega en nuestras manos y en nuestro corazón, tocamos la luz y recibimos esta misión: ser hoy testigos de que la luz existe, llevar la luz a nuestro tiempo.

Queridos hermanos y hermanas, me alegra mucho estar en medio de vosotros, en este hermoso domingo, «Gaudete», domingo de la alegría, que nos dice: «incluso en medio de tantas dudas y dificultades, la alegría existe porque Dios existe y está con nosotros»...

«Hermanos, estad siempre alegres» (1 Ts 5, 16). Esta invitación a la alegría, dirigida por san Pablo a los cristianos de Tesalónica en aquel tiempo, caracteriza también a este domingo, llamado comúnmente «Gaudete». Esta invitación resuena desde las primeras palabras de la antífona de entrada: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. El Señor está cerca»; así escribe san Pablo desde la cárcel a los cristianos de Filipos (cf. Flp 4, 4-5) y nos lo dice también a nosotros. Sí, nos alegramos porque el Señor está cerca y dentro de pocos días, en la noche de Navidad, celebraremos el misterio de su Nacimiento. María, la primera en escuchar la invitación del ángel: «Alégrate, llena de gracia: el Señor está contigo» (Lc 1, 28), nos señala el camino para alcanzar la verdadera alegría, la que proviene de Dios. Santa María de las Gracias, Madre del Divino Amor, ruega por todos nosotros. Amén.

Ángelus (11-12-2011): Gozosa vigilancia


Domingo Tercero de Adviento "Gaudete. Año B.
Domingo 11 de diciembre del 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Los textos litúrgicos de este período de Adviento nos renuevan la invitación a vivir a la espera de Jesús, a no dejar de esperar su venida, de tal modo que nos mantengamos en una actitud de apertura y disponibilidad al encuentro con él. La vigilancia del corazón, que el cristiano está llamado a practicar siempre en la vida de todos los días, caracteriza de modo particular este tiempo en el que nos preparamos con alegría al misterio de la Navidad (cf. Prefacio de Adviento II). El ambiente exterior propone los acostumbrados mensajes de tipo comercial, aunque quizá en tono menor a causa de la crisis económica. El cristiano está invitado a vivir el Adviento sin dejarse distraer por las luces, sino sabiendo dar el justo valor a las cosas, para fijar la mirada interior en Cristo. De hecho, si perseveramos «velando en oración y cantando su alabanza» (ib.), nuestros ojos serán capaces de reconocer en él la verdadera luz del mundo, que viene a iluminar nuestras tinieblas.

En concreto, la liturgia de este domingo, llamado Gaudete, nos invita a la alegría, a una vigilancia no triste, sino gozosa. «Gaudete in Domino semper» —escribe san Pablo—. «Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4, 4). La verdadera alegría no es fruto del divertirse, entendido en el sentido etimológico de la palabra di-vertere, es decir, desentenderse de los compromisos de la vida y de sus responsabilidades. La verdadera alegría está vinculada a algo más profundo. Ciertamente, en los ritmos diarios, a menudo frenéticos, es importante encontrar tiempo para el descanso, para la distensión, pero la alegría verdadera está vinculada a la relación con Dios. Quien ha encontrado a Cristo en su propia vida, experimenta en el corazón una serenidad y una alegría que nadie ni ninguna situación le pueden quitar. San Agustín lo había entendido muy bien; en su búsqueda de la verdad, de la paz, de la alegría, tras haber buscado en vano en múltiples cosas, concluye con la célebre frase de que el corazón del hombre está inquieto, no encuentra serenidad y paz hasta que descansa en Dios (cf. Confesiones, I, 1, 1). La verdadera alegría no es un simple estado de ánimo pasajero, ni algo que se logra con el propio esfuerzo, sino que es un don, nace del encuentro con la persona viva de Jesús, de hacerle espacio en nosotros, de acoger al Espíritu Santo que guía nuestra vida. Es la invitación que hace el apóstol san Pablo, que dice: «Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo se mantenga sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 5, 23). En este tiempo de Adviento reforcemos la certeza de que el Señor ha venido en medio de nosotros y continuamente renueva su presencia de consolación, de amor y de alegría. Confiemos en él; como afirma también san Agustín, a la luz de su experiencia: el Señor está más cerca de nosotros que nosotros mismos: «interior intimo meo et superior summo meo» (Confesiones, III, 6, 11). Encomendemos nuestro camino a la Virgen Inmaculada, cuyo espíritu se llenó de alegría en Dios Salvador. Que ella guíe nuestro corazón en la espera gozosa de la venida de Jesús, una espera llena de oración y de buenas obras.

Queridos hermanos y hermanas, hoy mi primer saludo está reservado a los niños de Roma, que han venido para la tradicional bendición de los «Bambinelli», organizada por el Centro de oratorios romanos. Os doy las gracias a todos. Queridos niños, cuando recéis ante vuestro belén, acordaos también de mí, como yo me acuerdo de vosotros. Os doy las gracias y os deseo una feliz Navidad.

Congregación para el Clero

Homilía: Entremos en este tiempo de gracia

En esta tercera liturgia dominical del tiempo de Adviento, la figura de Juan el Bautista ocupa el centro del relato evangélico de Juan. Este hombre «enviado por Dios», viene para «dar testimonio de la luz». La «luz» de la cual se habla es Jesús, el Hijo de Dios, que está por entrar en el mundo y viene a quedarse en nuestro medio: el Verbo eterno que ilumina a todos los hombres, que el Padre ha enviado para «que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios» DV, n. 4).

El Señor Jesús es «más grande» que el Bautista, es aquel al que ni siquiera se siente digno de «desatarle la correa de sus sandalias».

Aunque el Bautista «no era la luz», él advierte en lo íntimo de su corazón que «da testimonio» de la luz, y así llega a ser el modelo por excelencia del testigo que invita a preparar el camino del Señor. «Yo soy, dice, la voz de aquel que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor» (cfr. Jn 1, 20-23).

«Voz del que grita en el desierto, voz de quien rompe el silencio», como afirmaba el gran San Agustín: «Preparad el camino, significa: Yo grito para introducirlo a Él en los corazones, pero Él no se digna venir adonde quiero introducirlo, si no le preparáis el camino. ¿Qué significa ‘preparad el camino’, si no pedid como se debe? ¿Qué significa ‘preparad el camino’ si no sed humildes de corazón? Tomad ejemplo del Bautista que, creyendo la gente que era el Cristo, dice que él no es el que piensan que es. Se cuida bien de aprovecharse del error de los otros para afirmarse personalmente. Y eso que, si hubiera dicho que era el Cristo, le habrían creído fácilmente, puesto que así lo pensaban aun antes de que hablara. Pero no lo dice; reconoce simplemente lo que él era. Precisó las debidas diferencias, se mantuvo en la humildad. Vio justamente dónde debía encontrar la salvación. Comprendió que no era más que una lámpara y temió que fuera apagada por el viento de la soberbia» (S. AGUSTÍN, PL 1328-1329).

Por tanto, solamente Cristo, la luz de la gracia, traerá a todos el «alegre anuncio», inaugurará el año de la misericordia del Señor». El Señor vestirá a todos con «el vestido de la salvación», haciendo así «brotar la justicia» en todo el mundo (cfr. Is 61, 10-11).

En consecuencia, la actitud que cada cristiano está llamado a asumir para esperar al Señor, debe estar motivada por el espíritu de oración. Como nos recuerda San Pablo, debemos «rezar incesantemente», para ser santificados hasta la perfección, para que podamos custodiar íntegramente toda nuestra vida, «espíritu, alma y cuerpo (...) para la venida del Señor» (1 Tes 5, 23).

En este tiempo santo, dirijamos con confianza nuestra mirada a la gruta de Belén: «en unión espiritual con la Virgen María, Nuestra Señora del Adviento, pongamos nuestra mano en la suya y entremos con alegría en este nuevo tiempo de gracia que Dios regala a su Iglesia, para el bien de toda la humanidad. Como María, y con su ayuda materna, seamos dóciles a la acción del Espíritu Santo, para que el Dios de la paz nos santifique plenamente, y la Iglesia se convierta en signo e instrumento de esperanza para todos los hombres» (Benedicto XVI, Celebración de las Primeras Vísperas del primer Domingo de Adviento, 29 de noviembre de 2008).

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

La Buena Noticia
Is 61,1-2.10-11


«Como el suelo echa sus brotes... así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos». La palabra de Dios escuchada como es y como se nos da, saca del individualismo y de las expectativas reducidas. La acción de Dios se asemeja a una tierra fértil que hace germinar con vigor plantas de todo tipo. Así Dios suscita la santidad –«justicia»– y, en consecuencia, provoca la alabanza gozosa y exultante –«los himnos»–. Y eso no para unos pocos, sino para «todos los pueblos». Éstos son los horizontes en que nos introduce la esperanza del Adviento. Pues la acción de Dios es fecunda e inagotable, genera vida.

«Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren». Si prestamos atención a los textos, ellos nos dirán quiénes somos o cómo estamos y a la vez qué estamos llamados a ser. Nos encontramos desgarrados, cautivos, prisioneros... Nos encontramos llenos de sufrimientos porque todavía no conocemos ni vivimos lo suficiente la buena noticia, el Evangelio... Pero es a los que así se encuentran a los que se les proclama la amnistía y la liberación de la esclavitud; se les anuncia la buena nueva y se les invita a dejarse vendar los corazones desgarrados... ¿Lo creo de veras? ¿Lo espero?

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido». Para todo esto viene Cristo, el Mesías, el Ungido. Nosotros también hemos sido ungidos. Somos cristianos. Hemos recibido el mismo Espíritu de Cristo. Y también somos enviados a dar la buena noticia a los que sufren, a vendar los corazones desgarrados... además de acoger la acción de Cristo en nosotros, a favor nuestro –o mejor, en la medida en que la acojamos–, prolongamos a Cristo y su acción en el mundo y a favor del mundo, dejándole que tome nuestra mente, nuestro corazón, nuestros labios, nuestras manos..., y los use a su gusto.

Testigo de la Luz
Jn 1,6-8.19-2


Juan Bautista es testigo de la luz. Nos ayuda a prepararnos a recibir a Cristo que viene como «luz del mundo» (Jn 9,5). Para acoger a Cristo hace falta mucha humildad, porque su luz va a hacernos descubrir que en nuestra vida hay muchas tinieblas; más aún, Él viene como luz para expulsar nuestras tinieblas. Si nos sentimos indigentes y necesitados, Cristo nos sana. Pero el que se cree ya bastante bueno y se encierra en su autosuficiencia y en su pretendida bondad, no puede acoger a Cristo: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven se vuelvan ciegos» (Jn 9,39).

Juan Bautista es testigo de la luz. Y bien sabemos lo que le costó a él ser testigo de la luz y de la verdad. Pues bien, no podemos recibir a Cristo si no estamos dispuestos a jugarnos todo por Él. Poner condiciones y cláusulas es en realidad rechazar a Cristo, pues las condiciones las pone sólo Él. Si queremos recibir a Cristo que viene como luz, hemos de estar dispuestos a convertirnos en testigos de la luz, hasta llegar al derramamiento de nuestra propia sangre, si es preciso, lo mismo que Juan. «Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt10, 32-33).

Juan Bautista es testigo de la luz. Pero confiesa abiertamente que él no es la luz, que no es el Mesías. Él es pura referencia a Cristo; no se queda en sí mismo ni permite que los demás se queden en él. ¡Qué falta nos hace esta humildad de Juan, este desaparecer delante de Cristo, para que sólo Cristo se manifieste! Ojalá podamos decir con toda verdad, como Juan: «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Adviento y de Navidad. , Vol. 1, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Cristo vino hace veinte siglos. No obstante todavía no lo hemos tomado en serio: aún no tenemos exacta conciencia de la necesidad que tenemos de Él; aún no hemos decidido conformar nuestra conducta con su doctrina salvadora y santificadora; aún no estamos identificados plenamente con Él. Por todo esto, el misterio de Navidad debe suponer para nosotros una revisión auténtica y profunda de nuestra vida y conducta a la luz de Cristo.

Isaías 61,1-2.10-11: Desbordo de gozo con el Señor. Isaías proclama el anuncio de la venida de Cristo como un tiempo de gracia, como un año jubilar que debe rehacer y renovar exterior e interiormente nuestras vidas, en plena fidelidad al amor de Dios Salvador. El principio que mueve al profeta es típicamente bíblico: Dios quiere dar a su pueblo una gloria nueva y espléndida para mostrar así a las naciones que lo habían humillado, que Él es poderoso y socorre a los humildes.

Dios no tiene necesidad de nadie para realizar sus proyectos, pero se complace en utilizar a los hombres como sus instrumentos, incluso a los menos aptos. Israel, concretamente, fue reducido casi a la nada y ahora es instrumento válido para Dios.

Este año de gracia sirve, pues, para consolar a los tristes, a los fieles abatidos de que hablaba antes. En este año se ve la manifestación misericordiosa de Dios. Una nueva era se abre para los afligidos de Sión, los cuales dejarán la ceniza del duelo para recibir la diadema, el signo de la alegría. La liberación está cerca. Esto es lo que nos inculca la liturgia de hoy con estos textos bíblicos.

«¡El Señor está cerca!» No tengáis miedo ni preocupación alguna. Más aún: manifestadle a Él, en vuestras oraciones y en vuestras acciones de gracias, todas vuestras inquietudes y preocupaciones. Él está cerca y viene como Libertador y Salvador: «Señor, tú has bendecido a tu tierra y has destruido el cautiverio de Jacob», es decir, del pueblo de Israel, que gemía en la cautividad de Babilonia.

Sufrimos actualmente la cautividad de la humanidad, y la de cada uno de nosotros, pues siempre estamos necesitados de alguna liberación, de un progreso más perfecto en la vida espiritual. Y por eso hoy, con la liturgia de la Iglesia, clamamos: «¡El Señor está cerca!» ¡Pusilánimes, tened valor, no os asustéis! ¡Alegraos continuamente! Aun en medio de las necesidades y angustias, en medio de inquietudes y sobresaltos, en medio de las dificultades y desalientos de la vida. ¡El Salvador está cerca!

–Y por eso entonamos también ahora con la Virgen María el Magnificat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava... Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación... A los hambrientos los colma de bienes... Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia». El espíritu de humildad y alegría expresado por la Virgen María en el Magníficat, es repetido de generación en generación. San Ildefonso de Toledo le suplica con gran ternura:

«Señora mía, dueña y poderosa sobre mí, Madre de mi Señor, Sierva de tu Hijo, engendradora del que creó el mundo, a tí te ruego, te oro y te pido que yo tenga el espíritu de tu Hijo... Tú eres la elegida de Dios, recibida por Dios en el Cielo, próxima a Dios e íntimamente unida a Dios... Me llego a ti, la única Virgen y Madre de Dios. Te suplico, la sola hallada esclava de tu Hijo, que me otorgues también consagrarme a Dios y a ti, ser esclavo de tu Hijo y tuyo, servir a tu Señor y a ti. A Él como a mi Hacedor, a ti como Madre de nuestro Hacedor... Que ame a Jesús en aquél espíritu en quien tú lo adoras como Señor y lo contemplas como Hijo...

«Alegrándome yo con los ángeles, gozoso con las palabras angélicas, me congratulo con mi Señora, me alegro con aquélla de la cual el Verbo de Dios se hizo carne, porque creí lo que ella conoció, porque conocí que es Virgen y Madre, porque por medio de ella sucedió que la naturaleza de mi Dios se viniese a mi naturaleza» (De Virginitate perpetua Sanctæ Mariæ I y XII).

1 Tesalonicenses 5,16-24: Que todo vuestro ser, alma y cuerpo sea custodiado sin reproche hasta la Parusía del Señor. La verdadera alegría cristiana, que nos proclama San Pablo, es el gozo de ser de Cristo y para Cristo, y solo puede consistir en la renuncia al mal y en la fidelidad amorosa al Espíritu de Jesús. Tal es la voluntad del Padre para nuestra salvación.

La alegría del cristiano consiste en comprobar la continua presencia amorosa y solícita de Dios en la propia vida, y en reconocer la posibilidad de responder por la gracia a su amor. La oración cristiana no es solo de petición y acción de gracias, es también de afectos y de coloquio contemplativo sobre las perfecciones divinas. La oración, en su sentido más profundo, es fruto de la vida divina que invade al hombre y hace de el un verdadero hijo de Dios. A Él le llamamos Padre, y lo hacemos con toda propiedad.

Juan 1,6-8.19-28: En medio de vosotros hay uno que no conocéis. Con su vida y su mensaje de purificación espiritual, el Bautista nos invita hoy a buscar con sincera ansiedad a Cristo, actuante ya en nosotros por la gracia y el Evangelio. Hemos de compenetrarnos con su Corazón sagrado. Comenta San Agustín:

«Le preguntan los judíos: «¿Eres tú el Cristo acaso?» Si no fuera porque todo valle ha de ser rellenado y todo monte rebajado, él hubiese encontrado la ocasión para engañarles. Ellos querían escuchar de su boca lo que creían respecto a él. Tan maravillados estaban de su gracia que, sin duda, hubiesen creído lo que él les hubiera dicho... Pero hubiese perdido el mérito propio...

«En efecto, Juan no alumbra a todo hombre. Cristo sí. Juan reconoce que es una lámpara, para que no la apague el viento de la soberbia. Una lámpara puede encenderse y apagarse. La Palabra de Dios no puede apagarse, pero sí la lámpara» (Sermón 289,4, predicado antes del año 410. Unas 16 veces trata San Agustín de esto en sus Sermones. En el 380,7, dice que Juan Bautista es la luz iluminada y Cristo la luz que le ilumina).