Domingo XIII Tiempo Ordinario (Ciclo B) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

Sab 1, 13-15; 2, 23-24: La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo
Sal 29, 2y 4. 5-6. 11-12a y 13b: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
2 Cor 8, 7. 9. 13-15: Vuestra abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres
Mc 5, 21-43: Contigo hablo, niña, levántate



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Benedicto XVI, Papa

Ángelus (01-07-2012): ¿Que le pides a Dios?


Domingo XIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)
Domingo 01 de julio del 2012

Este domingo, el evangelista san Marcos nos presenta el relato de dos curaciones milagrosas que Jesús realiza en favor de dos mujeres: la hija de uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y una mujer que sufría de hemorragia (cf. Mc 5, 21-43). Son dos episodios en los que hay dos niveles de lectura; el puramente físico: Jesús se inclina ante el sufrimiento humano y cura el cuerpo; y el espiritual: Jesús vino a sanar el corazón del hombre, a dar la salvación y pide fe en él. En el primer episodio, ante la noticia de que la hija de Jairo había muerto, Jesús le dice al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe» (v. 36), lo lleva con él donde estaba la niña y exclama: «Contigo hablo, niña, levántate» (v. 41). Y esta se levantó y se puso a caminar. San Jerónimo comenta estas palabras, subrayando el poder salvífico de Jesús: «Niña, levántate por mí: no por mérito tuyo, sino por mi gracia. Por tanto, levántate por mí: el hecho de haber sido curada no depende de tus virtudes» (Homilías sobre el Evangelio de Marcos, 3). El segundo episodio, el de la mujer que sufría hemorragias, pone también de manifiesto cómo Jesús vino a liberar al ser humano en su totalidad. De hecho, el milagro se realiza en dos fases: en la primera se produce la curación física, que está íntimamente relacionada con la curación más profunda, la que da la gracia de Dios a quien se abre a él con fe. Jesús dice a la mujer: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5, 34).

Para nosotros estos dos relatos de curación son una invitación a superar una visión puramente horizontal y materialista de la vida. A Dios le pedimos muchas curaciones de problemas, de necesidades concretas, y está bien hacerlo, pero lo que debemos pedir con insistencia es una fe cada vez más sólida, para que el Señor renueve nuestra vida, y una firme confianza en su amor, en su providencia que no nos abandona.

Jesús, que está atento al sufrimiento humano, nos hace pensar también en todos aquellos que ayudan a los enfermos a llevar su cruz, especialmente en los médicos, en los agentes sanitarios y en quienes prestan la asistencia religiosa en los hospitales. Son «reservas de amor», que llevan serenidad y esperanza a los que sufren. En la encíclica Deus caritas est, expliqué que, en este valioso servicio, hace falta ante todo competencia profesional —que es una primera necesidad fundamental—, pero esta por sí sola no basta. En efecto, se trata de seres humanos, que necesitan humanidad y atención cordial. «Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una «formación del corazón»: se les ha de guiar hacia el encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro» (n. 31).

Pidamos a la Virgen María que acompañe nuestro camino de fe y nuestro compromiso de amor concreto especialmente a los necesitados, mientras invocamos su maternal intercesión por nuestros hermanos que viven un sufrimiento en el cuerpo o en el espíritu.

Congregación para el Clero

Homilía

«Haz que permanezcamos siempre luminosos en el esplendor de la verdad».

El ruego de la Oración Colecta encuentra toda la profundidad de su significado, en la Liturgia de la palabra, enteramente atravesada por el relato de la obra de Dios.

Es un relato que culmina en la narración del doble milagro que nos presenta el Evangelio: el esplendor de la verdad refulge en la obra no de una simple curación, sino de una curación que sucede porque ha sido solicitada con fe.

El esplendor de la verdad que refulge en la vida humana es Dios, Él es la Verdad: «las tinieblas del error o del pecado no pueden eliminar totalmente en el hombre la luz de Dios creador» (Juan Pablo II, Carta enc. «Veritatis Splendor», 1).

¿Qué es lo que ofusca el esplendor de la Verdad en la existencia del hombre? La experiencia de la muerte que, sembrada en el mundo por envidia del diablo, parece ser la palabra definitiva para aquellos que le pertenecen (Primera Lectura).

La posibilidad de la muerte, como última palabra en la vida de los protagonistas del Evangelio, es rescatada y vencida por la presencia y por la potencia de Jesús.

El relato evangélico es el entrelazamiento de dos milagros, en los cuales se respira el sobrevenir de la muerte: la hija de Jairo, jefe de la sinagoga, que suplica a Jesús: «Mi hijita está muriéndose» y la mujer enferma que había gastado todo para tratar de curarse, sin mejoría alguna, más aún, «iba de mal en peor».

En ambas escenas, la verdad del destino humano parece ofuscado por la sombra de la muerte. Pero justamente cuando parece prevalecer la oscuridad, la aparente derrota de la vida, se hace presente para los dos protagonistas la posibilidad de encontrar a Jesús, Verdad del propio ser.

La intención del evangelista Marcos, que entrelaza los dos relatos, es la de presentar a Jesús con las características propias de Dios: el Hijo del hombre tiene el poder de hacer milagros, de curar y de cortarle la vida a la muerte. Pero para llegar a esto es necesaria la fe, que interpela y mueve de raíz la libertad del hombre.

Las dos peticiones, la de Jairo y la de la mujer enferma, prestan su voz a una certeza única que se alberga en el corazón probado y miedoso: «Ven a imponerle las manos para que se salve y viva» y «si llego a tocar solamente su vestido, estaré salvada».

La certeza, presente en los dos protagonistas, es la salvación como el don que deriva de la presencia de Cristo. En todo esto hay una razón de fondo: creer, no obstante las sombras aparentes en el horizonte, adhiriéndose libremente y humildemente a la obra de la Gracia.

El «talità kum», pronunciado por Jesús en la cabecera de la hija de Jairo, ya muerta, es palabra de vida que irrumpe en el griterío y el llanto pero que, sobre todo, «vence» en el corazón del hombre, despertando el deseo imborrable de la vida y, con Él, de la Verdad.

Reconocer esta posibilidad, derivada del encuentro con el Señor, abre el corazón, en toda circunstancia, al asombro, a una mirada y a una vida nuevas.

La Santísima Virgen María, que escuchó la voz del Señor, nos ayude a decir siempre nuestro «¡Aquí estoy!», para que en nuestra vida resplandezca la Verdad que es Cristo.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

El domingo decimotercero nos encara a un doble signo de Jesús que le revela como el Dios de la vida (1a lectura: Sab 1,13-15; 2,23-25); al vencer el poder del diablo, Jesús vence el poder de la muerte, que se debe a su influjo. La curación de la hemorroisa, considerada legalmente impura (Lev 15,19-30) y debilitada en la raíz de su ser –pues «la sangre es la vida»: Dt 12,23–, revela a Jesús como el que devuelve la salud plena y la vida digna. Más aún, resucitando a la hija de Jairo testimonia que ni siquiera la frontera de la muerte es inaccesible a su poder. La hemorroisa y Jairo resaltan una vez más la importancia de la fe, capaz de obrar milagros –«tu fe te ha curado»; «basta que tengas fe»–.

El Dios de la vida

Salmo 29


El Salmo 29 es la acción de gracias de un hombre que ha sido librado de una enfermedad muy grave. Es todo él un canto exultante al Dios de la vida, con tanta mayor alegría cuanto que el salmista ha tocado la muerte y ha sido literalmente sacado de la fosa y del abismo.

Sin embargo, somos nosotros, cristianos, los que podemos rezar este salmo con pleno sentido. Un israelita sabía que si era librado de la muerte ello sucedía sólo de forma momentánea, porque al final sucumbía inexorablemente en sus garras. A la luz del evangelio de hoy, este salmo es un canto a Jesucristo, el Dios de la vida, el Dios que nos resucitará. Si es verdad que Dios no nos ahorra la muerte –como no se la ahorró al propio Cristo–, nuestro destino es la vida eterna, incluida la resurrección de nuestro cuerpo, en una dicha que nos saciará por toda la eternidad.

Hemos de dejarnos invadir por los sentimientos de este salmo. ¿Hasta qué punto exulto de júbilo por haber sido librado de la muerte por Cristo? ¿En qué medida desbordo de gratitud porque mi destino no es la fosa? ¿Experimento el reconocimiento agradecido porque mi Señor no ha permitido que mi enemigo –Satanás– se ría de mí? La fe en la resurrección es algo esencial en la vida del cristiano. Pero es sobre todo en un mundo asediado por el tedio y la tristeza de la muerte cuando se hace más necesario nuestro testimonio gozoso y esperanzado de una fe inconmovible en Cristo resucitado y en nuestra propia resurrección. Si todo acabase con la muerte, la vida sería una aventura inútil.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Verdad y caridad son los dos polos de la vida y del testimonio cristiano, y son también el objeto de nuestra oración en una liturgia dominical como la de hoy, llena de la alegría de los redimidos.

Como sucede ordinariamente se corresponden las lecturas primera y tercera. «Dios no hizo la muerte». Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo. En la tercera lectura Cristo resucita a la hija de Jairo. San Pablo exhorta a los cristianos de Corinto a acudir en ayuda de sus hermanos de Jerusalén. Ayudar al pobre es imitar a Cristo.

El poderío de Cristo sobre la vida y la muerte es, en la Revelación divina, el signo más decisivo para evidenciar la antítesis misteriosa entre el Adán original con su influencia degradante (el pecado y la muerte cf. Rom 5,17; 1 Cor 15,26) y el nuevo Adán, Redentor del pecado y de la muerte.

Sabiduría 1,13-15–2,23-25: La muerte no procede de Dios. Pero es el signo de la limitación humana y la marca que dejó en el hombre la aberración original de pretender ser como Dios (Gén 3,4).

La revelación divina afronta el «enigma» de la muerte en su dimensión de misterio insoslayable para la existencia temporal humana (GS 14). San Atanasio escribe:

«Porque Dios no sólo nos hizo de la nada, sino que con el don de su Palabra nos dio el poder vivir como Dios. Pero los hombres se apartaron de las cosas eternas, y por insinuación del diablo se volvieron hacia las cosas corruptibles; y así, por su culpa le vino la corrupción de la muerte, pues, como dijimos, por naturaleza eran corruptibles, y sólo por la participación del Verbo podían escapar a su condición natural, si permanecían en el bien. Porque, en efecto, la corrupción no podía acercarse a los hombres a causa de que tenían con ellos al Verbo, como dice la Sabiduría: Dios creó al hombre para la incorrupción y para ser imagen de su propia eternidad; pero «por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sab 2, 23-24). Entonces fue cuando los hombres empezaron a morir, y desde entonces la corrupción los dominó y tuvo un poder contra todo el linaje humano superior al que le correspondía por naturaleza, puesto que por la trasgresión del precepto tenía en favor suyo la amenaza de Dios al hombre...» (Sobre la Encarnación 4,6)

–Con el Salmo 29 decimos: «te ensalzaré, Señor, porque me has librado». Es un himno de acción de gracias por la salvación recobrada. La tradición patrística y la liturgia ven en este Salmo una profecía de la Resurrección de Cristo y de nuestra propia resurrección.

2 Corintios 8,7-9.13-15: Vuestra abundancia remedia la falta que los pobres tienen. Ante la indigencia humana el Corazón de Jesucristo es misterio de caridad y de comunión redentora. Quienes son de Cristo lo evidencian en su comunión de fe y caridad ante la indigencia de sus hermanos. Así lo explica San Juan Crisóstomo:

«Si no podéis entender que la pobreza enriquece, representaos a Jesucristo y en seguida se disiparán vuestras dudas. En efecto, si Jesucristo no se hubiera hecho pobre, los hombres no hubieran podido ser enriquecidos. Esas riquezas inefables, que por un milagro incomprensible para los hombres han encontrado su fuente en la pobreza son: el conocimiento de Dios y de la verdadera virtud, la liberación del pecado, la justicia, la santidad y otros mil beneficios que Jesucristo ya nos ha concedido y que nos concederá todavía. Todo esto ha venido a nosotros por el canal de la pobreza, es decir, porque Jesucristo se ha revestido de nuestra carne, se ha hecho hombre, ha sufrido todo lo que sabemos, aunque Él no fuera, como lo somos nosotros, deudor de la pena y de los sufrimientos» (Homilía 17, sobre 2 Cor.).

Marcos 5,21-43: Contigo hablo, niña, levántate. «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25), pudo decir Jesús un día. Lo evidenció con el lenguaje de los hechos y lo selló con el misterio de su propia muerte redentora y su resurrección pascual. Comenta este milagro San Ambrosio:

«No está muerta la niña sino dormida. Los que no creen se ríen. Lloren pues, sus muertos los que se creen muertos; cuando se tiene fe en la resurrección, no se considera la muerte, sino el reposo. Y no está fuera de propósito lo que dice San Mateo (9,23) de que había en la casa del jefe flautistas y una multitud de plañideras; ya porque, siguiendo los usos antiguos, se hizo venir a los flautistas para inflamar y excitar los plañidos; ya porque la Sinagoga, a través de los cánticos de la ley y de la letra, no podía captar la alegría del Espíritu.

«Tomando, pues, la mano de la niña, Jesús la curó y mandó que le dieran de comer. Es una atestación de vida, para que no se crea que es un fantasma, sino una realidad. Dichoso aquél al que la Sabiduría coge de la mano. ¡Ojalá que ella dirija nuestras acciones, que la justicia tenga mi mano, que la tenga el Verbo de Dios, que Él me introduzca en su interior, que me aparte del espíritu del error, que me conduzca el espíritu que salva, que ordene que me den de comer! Pues el Pan celestial es el Verbo de Dios. Esta Sabiduría, que ha llenado los santos altares con los alimentos del Cuerpo y de la Sangre divinos ha dicho: «Venid, comed mis panes, bebed mi vino, que he preparado para vosotros» (Prov 9,5)» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VI, 62-63).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo.
(Sal 46, 2)

Oración colecta
Padre de bondad,
que por la gracia de la adopción
nos has hecho hijos de la luz;
concédenos vivir fuera de las tinieblas del error
y permanecer siempre en el esplendor de la verdad.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Oh Dios, que obras con poder en tus sacramentos,
concédenos que nuestro servicio
sea digno de estos dones sagrados.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre.
(Sal 102, 1)

O bien:
Padre, por ellos ruego; para que todos sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado -dice el Señor-.
(Jn 17, 20-21)

Oración post-comunión
La víctima eucarística
que hemos ofrecido y recibido en comunión,
nos vivifique, Señor,
para que, unidos a ti, en caridad perpetua,
demos frutos que siempre permanezcan.
Por Jesucristo, nuestro Señor.