Domingo XXVIII Tiempo Ordinario (Ciclo B) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

Sab 7, 7-11: En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza
Sal 89, 12-13.14-15. 16-17: Sácianos de tu misericordia, Señor. y toda nuestra vida será alegría
Heb 4, 12-13: La palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón
Mc 10, 17-30: Vende lo que tienes y sígueme



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Ángelus (11-10-2015): Tres miradas de Jesús


XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)
Domingo 11 de octubre del 2015

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy, tomado del capítulo 10 de san Marcos, se articula en tres escenas, marcadas por tres miradas de Jesús.

La primera escena presenta el encuentro entre el Maestro y un hombre que —según el pasaje paralelo de san Mateo— es identificado como «joven». El encuentro de Jesús con un joven. Él corre hacia Jesús, se arrodilla y lo llama «Maestro bueno». Luego le pregunta: «¿qué haré para heredar la vida eterna?», es decir, la felicidad (v. 17). «Vida eterna» no es sólo la vida del más allá, sino que es la vida plena, realizada, sin límites. ¿Qué debemos hacer para alcanzarla? La respuesta de Jesús resume los mandamientos que se refieren al amor al prójimo. A este respecto, ese joven no tiene nada que reprocharse; pero evidentemente la observancia de los preceptos no le basta, no satisface su deseo de plenitud. Y Jesús intuye este deseo que el joven lleva en su corazón; por eso su respuesta se traduce en una mirada intensa, llena de ternura y cariño. Así dice el Evangelio: «Jesús se lo quedó mirando, lo amó» (v. 21). Se dio cuenta de que era un buen joven. Pero Jesús comprende también cuál es el punto débil de su interlocutor y le hace una propuesta concreta: dar todos sus bienes a los pobres y seguirlo. Pero ese joven tiene el corazón dividido entre dos dueños: Dios y el dinero, y se va triste. Esto demuestra que no pueden convivir la fe y el apego a las riquezas. Así, al final, el empuje inicial del joven se desvanece en la infelicidad de un seguimiento naufragado.

En la segunda escena, el evangelista enfoca los ojos de Jesús y esta vez se trata de una mirada pensativa, de advertencia: «Mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas»» (v. 23). Ante el estupor de los discípulos, que se preguntan: «Entonces, ¿quién puede salvarse?» (v. 26), Jesús responde con una mirada de aliento —es la tercera mirada— y dice: la salvación, sí, es «imposible para los hombres, no para Dios» (v. 27). Si nos encomendamos al Señor, podemos superar todos los obstáculos que nos impiden seguirlo en el camino de la fe. Encomendarse al Señor. Él nos dará la fuerza, Él nos da la salvación, Él nos acompaña en el camino.

Y así hemos llegado a la tercera escena, la de la solemne declaración de Jesús: En verdad os digo que quien deja todo para seguirme tendrá la vida eterna en el futuro y cien veces más ya en el presente (cf. vv. 29-30). Este «cien veces más» está hecho de las cosas primero poseídas y luego dejadas, pero que se reencuentran multiplicadas hasta el infinito. Nos privamos de los bienes y recibimos en cambio el gozo del verdadero bien; nos liberamos de la esclavitud de las cosas y ganamos la libertad del servicio por amor; renunciamos a poseer y conseguimos la alegría de dar. Lo que Jesús decía: «Hay más dicha en dar que en recibir» (cf. Hch 20, 35).

El joven no se dejó conquistar por la mirada de amor de Jesús, y así no pudo cambiar. Sólo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones. El dinero, el placer, el éxito deslumbran, pero luego desilusionan: prometen vida, pero causan muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para entrar en la vida verdadera, la vida plena, auténtica y luminosa. Y yo os pregunto a vosotros, jóvenes, chicos y chicas, que estáis ahora en la plaza: «¿Habéis sentido la mirada de Jesús sobre vosotros? ¿Qué le queréis responder? ¿Preferís dejar esta plaza con la alegría que nos da Jesús o con la tristeza en el corazón que nos ofrece la mundanidad?».

Que la Virgen María nos ayude a abrir nuestro corazón al amor de Jesús, a la mirada de Jesús, el único que puede colmar nuestra sed de felicidad.

Benedicto XVI, Papa

Ángelus (14-10-2012): ¿A quién le entregas el corazón?


Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)
Domingo 14 de octubre del 2012

El Evangelio de [hoy] (Mc 10, 17-30) tiene como tema principal el de la riqueza. Jesús enseña que para un rico es muy difícil entrar en el Reino de Dios, pero no imposible; en efecto, Dios puede conquistar el corazón de una persona que posee muchos bienes e impulsarla a la solidaridad y a compartir con quien está necesitado, con los pobres, para entrar en la lógica del don. De este modo aquella se sitúa en el camino de Jesús, quien —como escribe el apóstol Pablo— «siendo rico se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (2 Co 8, 9). Como sucede a menudo en los evangelios, todo empieza con un encuentro: el de Jesús con uno que «era muy rico» (Mc 10, 22). Se trataba de una persona que desde su juventud observaba fielmente todos los mandamientos de la Ley de Dios, pero todavía no había encontrado la verdadera felicidad; y por ello pregunta a Jesús qué hacer para «heredar la vida eterna» (v. 17). Por un lado es atraído, como todos, por la plenitud de la vida; por otro, estando acostumbrado a contar con las propias riquezas, piensa que también la vida eterna se puede «comprar» de algún modo, tal vez observando un mandamiento especial. Jesús percibe el deseo profundo que hay en esa persona y —apunta el evangelista— fija en él una mirada llena de amor: la mirada de Dios (cfr. v. 21). Pero Jesús comprende igualmente cuál es el punto débil de aquel hombre: es precisamente su apego a sus muchos bienes; y por ello le propone que dé todo a los pobres, de forma que su tesoro —y por lo tanto su corazón— ya no esté en la tierra, sino en el cielo, y añade: «¡Ven! ¡Sígueme!» (v. 22). Y aquél, sin embargo, en lugar de acoger con alegría la invitación de Jesús, se marchó triste (cf. v. 23) porque no consigue desprenderse de sus riquezas, que jamás podrán darle la felicidad ni la vida eterna.

Es en este momento cuando Jesús da a sus discípulos —y también a nosotros hoy— su enseñanza: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!» (v. 23). Ante estas palabras, los discípulos quedaron desconcertados; y más aún cuando Jesús añadió: «Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios». Pero al verlos atónitos, dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo» (cf. vv. 24-27). Comenta san Clemente de Alejandría: «La parábola enseña a los ricos que no deben descuidar la salvación como si estuvieran ya condenados, ni deben arrojar al mar la riqueza ni condenarla como insidiosa y hostil a la vida, sino que deben aprender cómo utilizarla y obtener la vida» (¿Qué rico se salvará? 27, 1-2). La historia de la Iglesia está llena de ejemplos de personas ricas que utilizaron sus propios bienes de modo evangélico, alcanzando también la santidad. Pensemos en san Francisco, santa Isabel de Hungría o san Carlos Borromeo. Que la Virgen María, Trono de la Sabiduría, nos ayude a acoger con alegría la invitación de Jesús para entrar en la plenitud de la vida.

Congregación para el Clero

Homilía

Aquella mañana, el joven rico tenía en el corazón un presentimiento de felicidad, porque intuía algo bueno para él. Era una mañana abierta a una fiesta, porque el joven rico iría a ver a aquel famoso maestro del que todos hablaban en Galilea: de sus milagros, de cómo recibía a la gente, a los pecadores, de su doctrina... Él quería verlo y hablarle de sus aspiraciones, de su deseo de perfección delante de Dios.

Pero el presentimiento del verdadero bien para él, que una vez conseguido da la felicidad al corazón y constituye el problema en torno al cual gira el hombre, depende, para su cumplimiento, de cómo se responde a esta pregunta: «Maestro bueno, ¿que debo hacer?...» La verdadera tragedia del hombre de hoy –porque es de nosotros que habla el Evangelio- es que, como mucho, normalmente, este nudo se traduce en una pregunta que lleva consigo el germen de la futura tristeza, porque no es posible encontrar una verdadera respuesta. La pregunta sobre la felicidad se traduce hoy, en el mejor de los casos, en una cuestión inmediatamente ética, dando como por descontada la fe.

El joven rico cumplía fielmente todos los mandamientos... Pero si se insiste unilateralmente en los mandamientos, dando por presupuesta la gran Presencia, a Dios mismo que la genera, el modo con el que se habla de Dios y se vive con y por Dios, se hace «obligacionista» más que atractivo. De este modo, lo que predomina es la «prestación moral», en vez del testimonio de una belleza entrevista, la fascinación de una Presencia que está delante nuestro en carne y hueso. La ética cristiana, nuestra «prestación moral» es, demasiado a menudo, una ética sin rostro, que no nace de un rostro, no nace de un Tú que pregunta: «¿Tú quién eres? ¿Quién soy yo? ¿Quien soy yo delante de Ti? ».

No era esto lo que se preguntaba el joven rico. Fue a Cristo para enriquecer su propia trayectoria moral con algún «plus», pero no para ver su rostro: «Todo eso lo he cumplido desde mi juventud». «Has cumplido todo, pero aún no me has mirado a Mi», le respondió el Señor con su mirada, tanto más cuanto que le ofreció su rostro: «fijándose en él, lo amó».

Jesús habrá sentido una aflicción en su corazón, porque su mirada, que era la mirada de Dios, «que penetra hasta la división del alma y del espíritu (...) y escruta los sentimientos y los pensamientos del corazón», conocía cuál sería el fin.

Fue un epílogo triste, porque el joven rico no estaba dispuesto a ese «gesto ético» fundamental que es dejarse querer, es decir, definirse por Cristo. No estaba dispuesto a que esa mirada fuera decisiva para su destino. Por esto el Señor siente afligirse su corazón, como puede sentirlo un padre o una madre delante del hijo que no responde; y en esa aflicción se estaba preanunciando ya el dolor supremo que sería la Cruz. Desde lo alto de la Cruz, Cristo, fijándose en el mundo, fijándose en cada hombre, en cada uno de nosotros, ofreció su amor gratuitamente, como sin esperar nada, porque el amor verdadero no tiene pretensiones, es libre por completo, porque sólo pretende darse.

El joven rico cerró sus ojos y también su corazón: fue por una mezquindad; el de Cristo, en cambio, fue una dilatación de completo amor. Toda la tensión moral de aquel joven, del cual no conocemos su destino eterno, se redujo a algo mezquino, una especie de «polvo ético», una tristeza sin medida.

Pero «todo es posible para Dios», y esta posibilidad se llama conversión y se llama Iglesia, compañía de hombres que siguen a Jesús. La Iglesia es la compañía de los pobres de espíritu y, a menudo, desgraciadamente también pobres en lo moral, pero que están delante de Dios, cercanos a Dios que ha fijado su morada entre nosotros. Están pegados frágilmente pero tenazmente, al lugar donde se encuentra el rostro de Dios, donde ha puesto su morada la Sabiduría hecha carne. En esta compañía habita la verdadera belleza.

Imploramos la mirada de Cristo, para que nos haga felices y podamos dar testimonio de esta felicidad, que es el reflejo cierto de Su presencia. María, que fue la primera en ser mirada por el amor de Cristo y cuyo corazón está también dilatado de amor, nos obtenga sentirnos siempre bajo la mirada del Hijo.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: ¡Ay de vosotros los ricos!

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004
Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

El evangelio del domingo vigésimo octavo (10,17-30) nos presenta a un hombre honrado y piadoso pero cuyo amor a las riquezas le lleva a rechazar a Cristo. La persona de Jesús es el bien absoluto que hay que estar dispuesto a preferir por encima de las riquezas, de la fama, del poder y de la salud (1a lectura: Sab 7,7-11). En esto consiste la verdadera sabiduría: al que renuncia a todo por Cristo, en realidad con Él le vienen todos los bienes juntos; todo lo renunciado por Él se encuentra en Él centuplicado –con persecuciones– y además vida eterna. Pero es preciso tener sensatez para discernir y decisión para optar abiertamente por Él y para estar dispuesto a perder lo demás. Porque el que se aferra a sus miserables bienes y riquezas se cierra a sí mismo la entrada en el Reino de Dios.

Sin duda, una de las advertencias que más reiterada e insistentemente aparecen en la predicación de Jesús es la que encontramos en el evangelio de hoy: las riquezas constituyen un peligro. En pocos versículos hasta tres veces insiste Jesús en lo muy difícil que es que un rico se salve. Dios, en su infinito amor, llama al hombre entero a que le sirva y a que le pertenezca de manera total e indivisa. Ahora bien, las riquezas inducen a confiar en los bienes conseguidos y a olvidarse de Dios (Lc 12,16-20) y llevan a despreciar a los pobres que nos rodean (Lc 16,19ss). Las riquezas hacen a los hombres codiciosos, orgullosos y duros (Lc 16,14), «la seducción de las riquezas ahoga la palabra» de Dios (Mt 13,22); en conclusión, que el rico «atesora riquezas para sí, pero no es rico ante Dios» (Lc 12,21). La conclusión es clara: No podéis servir a Dios y al Dinero» (Mt 6,24). De ahí la advertencia de Jesús: «Ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo» (Lc 6,24).

Conviene revisar hasta qué punto en este aspecto pensamos y actuamos según el evangelio. Pues no basta cumplir los mandamientos; al joven rico, que los ha cumplido desde pequeño, Jesús le dice: «Una cosa te falta». Ahora bien, Cristo no exige por exigir o por poner las cosas difíciles. Al contrario, movido de su inmenso amor quiere desengañar al hombre, abrirle los ojos, hacerle que viva en la verdad. Quiere que se apoye totalmente en Dios y no en riquezas pasajeras y engañosas. Quiere que su corazón se llene de la alegría de poseer a Dios. El joven rico se marchó «muy triste» al rechazar la invitación de Jesús a desprenderse. Por el contrario, el que, como Zaqueo, da la mitad de sus bienes a los pobres (Lc 19,1-10), experimenta la alegría de la salvación.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Elegir la Sabiduría, la que ha de ser preferida a todo lo demás, es seguir a Cristo, desprendidos de todo (lecturas primera y tercera). La revelación divina nos hace posible la Sabiduría salvadora, que supera los riesgos de nuestra ignorancia y nuestras posibles cegueras materialistas ante nuestro destino eterno. Nuestra vocación de eternidad bienaventurada procede de la iniciativa divina. A nosotros nos queda siempre la responsabilidad de responder, aceptando con fidelidad y amor el camino de la salvación.

Sabiduría 7,7-11: En comparación de la Sabiduría tuve en nada la riqueza. Habiéndosenos revelado la Sabiduría de Dios de muchas formas y maneras, últimamente se nos ha manifestado plenamente en el Hijo divino encarnado (Heb 1,2; 1 Cor 1,24).

La superioridad de la Sabiduría sobre todos los bienes del orden material es absoluta. Supera el poder, la salud, la belleza, todos los tesoros de oro y plata y piedras preciosas. Posee una luz que no conoce el ocaso. Es, por lo mismo, un don que viene del cielo que vale más que cualquier otro don, porque es conferido por el mismo Dios. Pidiendo la Sabiduría no pierde nada Salomón, porque con ella el Señor le concede también la riqueza, el poder y la gloria.

Cristo dirá más tarde: «buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo de-más se os dará por añadidura» (Mt 6,33). La sabiduría del hombre tiene una fuente divina. Dios la puede comunicar a quien quiere, porque Él mismo es el Sabio por excelencia. Roguemos a Dios que nos conceda esa Sabiduría que conduce a la vida eterna.

Pedimos al Señor con el Salmo 89 que nos sacie de su misericordia, para que toda nuestra vida sea alegría y júbilo. Que Él nos enseñe a calcular nuestros días, para que adquiramos un corazón sensato; que veamos su acción y su gloria; que baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Hebreos 4,12-13: La Palabra de Dios juzga los deseos y las intenciones del corazón. El Corazón de Jesucristo es la última Palabra salvadora del Padre. Dios nos ha hablado, al fin, por su Hijo (Heb 1,2; Jn 1,14). Dice San Justino:

«La palabra de su verdad es más abrasadora y más luminosa que la potencia del sol, y penetra hasta las profundidades del corazón y de la inteligencia» (Diálogo con Trifón 121,2).

Oigamos a San Agustín:

«Tienes la esperanza de las cosas futuras y el consuelo de las presentes. No te dejes, pues, seducir por quien quiere apartarte de ellas. Sea quien sea que quiera apartarte de esa esperanza, sea tu padre, tu madre, tu suegra, tu esposa o tu amigo, no te apartes de ella y te servirá de provecho como espada de dos filos. La separación que ella te ocasiona es útil, mientras que la unión que tú procuras te es dañina» (Comentario al Salmo 149, 1).

Y Teodoreto de Ciro:

«El Apóstol de Dios escribió esto no solo por sus lectores, sino también por todos nosotros. Conviene, por tanto, que consideremos aquel juicio divino y nos llenemos de temor y de temblor y guardemos los preceptos de Dios con diligencia y esperemos el descanso prometido que alcanzaremos en Cristo» (Sobre la Carta a los Hebreos 4,12-13).

Marcos 10,17-30: Vende lo que tienes y sígueme. Cristo nos llama, pero nosotros podemos rechazar su voz, queriendo seguir nuestros planes. Somos un riesgo para nuestra salvación. Tres partes tiene esta lectura: a) encuentro del joven rico con Cristo, que se ve rechazado porque el joven está apegado a sus riquezas; b) reflexión de Cristo sobre las riquezas; c) el Maestro, partiendo de una pregunta de Pedro, promete bienes espirituales a los que renuncian a todo por seguirle.

Para Cristo la riqueza no solo puede ser un peligro, sino también un impedimento para alcanzar el Reino de Dios. Despojarse de ellas es siempre un consejo que hace más libre para poder caminar más expeditamente, siguiendo sus huellas, y llegar así a ser un verdadero discípulo suyo. En sí las riquezas no son malas, pero pueden usarse malamente. Ahí está el mal, para quien no ha sido llamado a una mayor interioridad espiritual y religiosa. En la libertad de corazón, ante el atractivo de las criaturas, está la verdadera Sabiduría, por amor a la cual se prefiere, si es preciso, perderlo todo. Teniendo a Dios, lo tenemos todo, y podemos colaborar con Él en orden a nuestra salvación y la salvación de los demás. Comenta San Agustín:

«Si amas la vida y temes la muerte, este mismo temor es un constante invierno. Y cuando más nos punza el temor de la muerte es cuando todo va bien. Por eso, creo que para aquel rico a quien causaban satisfacción sus riquezas pues tenía muchas y muchas posesiones el temor de la muerte era una llamada continua, y en medio de sus delicias se consumía. Pensaba en que tendría que dejar todos aquellos bienes. Los había acumulado sin saber para quién; deseaba algo eterno... Tenía su gozo en esas riquezas; por eso preguntaba al Señor qué tenía que hacer de bueno para conseguir la vida eterna; deseaba dejar unos placeres para conseguir otros, y temía abandonar aquellos en los que entonces encontraba su gozo. Por eso se alejó triste, volviendo a sus tesoros terrenos» (Sermón 38,7).

Aquel joven pudo ser un apóstol de Cristo. Pero hoy no sabemos ni siquiera su nombre.

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo: Vender lo que se tiene y seguir a Jesús

Tiempo Ordinario (Semanas XXII a XXXIV). , Vol. 7, Sal Terrae, Santander, 1982
Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Año B)

El conjunto del pasaje evangélico de san Marcos que hoy se proclama, no plantea problema especial y se entiende fácilmente su tesis: la riqueza es difícilmente compatible con la salvación, aun cuando el rico la desee y parezca buscarla. Por otro lado, Jesús promete el céntuplo desde ahora a los que dejan todo por seguirle.

Observa san Marcos el deseo de este hombre que tiene muchos bienes y que se precipita a los pies de Jesús para preguntarle cómo heredar la vida eterna. Es evidente que el evangelista ha querido señalar ese ardor en pedirle a Cristo el medio de llegar a la salvación. Jesús es denominado "bueno", a lo que él hace la observación de: "¿Por qué me llamas bueno?", pero no espera la contestación y prosigue: "No hay nadie bueno más que Dios". Sin duda alguna la introducción del adjetivo "bueno" proporciona a Cristo la oportunidad de subrayar su divinidad o de abrir los ojos al rico que le interroga. Pero también podemos preguntarnos si el título de "bueno", que no corresponde más que a Dios, no se introduce aquí motivado por los mandamientos que siguen y que son signo de la benevolencia divina para con su pueblo, que él guía. Cristo enumera los mandamientos. El rico cree haberlos observado desde su niñez. Una cosa le falta: vender todo lo que tiene, darlo a los pobres para tener un tesoro en el cielo, y luego seguir a Jesús.

En ese momento se produce el desgarro. El rico quedó sombrío y se marchó triste... Jesús puede entonces desarrollar su enseñanza sobre el apego y el Reino. El ejemplo es tan exagerado, que ha de producir un cierto desaliento entre los discípulos. Han comprendido que no es suficiente abandonar todos sus bienes. San Mateo piensa en todos sus cristianos, y evidentemente no todos eran ricos; quiere mostrarles los diversos y numerosos obstáculos sembrados a lo largo de su camino; que ellos deben superar. Pero, ¿quién puede hacerlo? Esa es la atemorizada pregunta de los discípulos. Jesús les da una respuesta: Sí, es imposible para los hombres salvarse, pero Dios lo puede todo.

Se ha querido a veces ver en este texto una llamada a la "vida religiosa", tal como actualmente la entendemos, camino excepcional de perfección. Sin embargo, Jesús se dirige aquí a todos los cristianos, y es ciertamente lo que ha querido también san Mateo.

Todos los cristianos deben renunciar a lo que tienen y seguir el camino del desprendimiento, porque es cuestión de entrar en el Reino. Ante este problema no hay más que una respuesta: la confianza en Dios que lo puede todo. Pedro se siente asustado y los demás discípulos también; en nombre de todos, Pedro declara: "Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido". Se adivina su angustia: ¿Servirá eso de algo? Jesús entonces, enumerando lo que ha de abandonarse, promete ahora, en este tiempo, cien veces más, con persecuciones. Equivale a decir que no son esos bienes en sí mismos los que son obstáculo para la salvación, ya que desde ahora se multiplicarán por cien, sino la actitud de apego respecto a ellos. No sin malicia, san Marcos añade a la lista de bienes restituidos las persecuciones... Pero por esa renuncia Jesús promete en la edad futura vida eterna.

Tener en nada la riqueza (Sab 7, 7-11 )

La elección de esta lectura viene, evidentemente, fijada por la del evangelio. Es, pues, legítimo leerla en función de este último, así como es legítimo aclarar el evangelio en función de esta lectura, por más que en estricta exégesis apenas se pueda conceder esto.

Hemos dado ya nuestra explicación sobre el tema en repetidas ocasiones. La plegaria del sabio, capaz de tener en nada la riqueza, muestra, sin embargo, que la Sabiduría es un don que hay que pedir.

No es posible al hombre el propio despego de sí, si no recibe el don de la Sabiduría. La pobreza, el desasimiento es don. Una vez recibido este don del Señor, todo se vuelve barro en comparación de sus riquezas.

San Marcos pudo de esta manera, utilizando palabras de Jesús, enseñar a sus cristianos los peligros de la riqueza, pero también los peligros de todo apego a las cosas terrenas. El que desea seguir al Señor, debe sobrepasar todo lo pasajero y permanecer en el no-condicionamiento. Pero esto no se puede llevar a cabo sin un don del Señor.

Con demasiada frecuencia se atribuyen estos textos a la condición de la vida religiosa. Pero apuntan a la existencia de todo cristiano. Hay que poner cuidado en esto.



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (09-10-1988)

Peregrinación Apostólica a Francia.
Santa Misa en el Estadio Meinau (Strasburgo).
Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)
Domingo 09 de octubre del 1988

1. «Insegnaci a contare i nostri giorni . . .» (Sal 90 [89], 12).

È così che prega il salmista nella liturgia di oggi. Noi entriamo nel ritmo della sua preghiera. Noi lo seguiamo qui, in questa città... che ha alle spalle una storia così ricca. Sono trascorsi duemila anni dalla fondazione di Strasburgo, «Argentoratum» ai tempi dei Romani. E quanti giorni sono passati!

Questo calcolo di tempo umano, il decorso storico, noi lo ricordiamo tutti unendoci oggi in assemblea eucaristica, quali discepoli di nostro Signore Gesù Cristo.

Divenuta roccaforte sulla rotta del Reno, come dice il nome Strasburgo, la vostra città ha ricevuto il Battesimo dall’antichità cristiana. Intorno al suo Vescovo, essa ha trascorso l’alto Medioevo formando la sua personalità in questo centro europeo.

Il ritmo dei tempi è stato anche quello dei conflitti e delle prove. Strasburgo e l’Alsazia hanno sofferto, ma sono rimaste fedeli a questa terra feconda. Il suo popolo della provincia ha saputo forgiare la sua tradizione e costruire città e villaggi, con il tenace lavoro delle sue mani, con l’apertura del suo spirito alle civiltà dell’est e dell’ovest.

Noi ricordiamo questo lungo passato cristiano, segnato dalla fede delle famiglie e delle parrocchie, dalle rotture e dalle riconciliazioni, dagli slanci della santità e l’audacia missionaria.

Celebrando il bimillenario di Strasburgo, tutta l’arcidiocesi ha desiderato accogliere il successore di Pietro, apostolo del Vangelo. Vi saluto nel nome del Signore, Popolo di Dio, Chiesa che è in Alsazia! E saluto i vostri fratelli e sorelle dell’altra sponda del Reno.

[...]

2. Cari fratelli e sorelle, ascoltiamo il salmista pregare Dio: «Insegnaci a contare i nostri giorni e giungeremo alla sapienza del cuore» (Sal 90 [89], 12).

L’uomo è sottomesso alle leggi dei tempi; egli è sottomesso alle leggi di un passaggio transitorio nel mondo visibile della creazione. Ma al tempo stesso l’uomo va al di là di tale necessità. Egli la supera nella «sapienza del cuore».

La saggezza è più grande di questa traversata del tempo. Essa costituisce anche un’altra dimensione dell’esistenza umana nel mondo. Un’altra scala di valori.

È ciò che mostra l’autore del libro della Sapienza, quando afferma: «La preferii a scettri e troni, stimai un nulla la ricchezza al suo confronto; . . . L’amai più della salute e della bellezza, preferii il suo possesso alla stessa luce, perché non tramonta lo splendore che ne promana. Insieme con essa mi sono venuti tutti i beni; nelle sue mani è una ricchezza incalcolabile» (Sap 7, 8. 10-11).

La sapienza è più grande di ciò che è effimero nel mondo. Grazie a lei ciò che accade assume un valore nuovo. Grazie alla sapienza, nella cultura che acquista nel corso dei tempi, l’uomo si scopre ad immagine e somiglianza di Dio stesso. L’esistenza dell’uomo è la misura di questa immagine.

Pregare per la «sapienza del cuore», con la liturgia di oggi, è anche pregare affinché si compia ciò che è fondamentalmente umano nella storia, ciò che è degno dell’uomo. «Si manifesti ai tuoi servi la tua opera e la tua gloria ai loro figli . . . Rafforza per noi l’opera delle nostre mani!» (Sal 90 [89], 16-17).

3. L’opera di Dio si è manifestata al pensiero degli uomini. La sapienza eterna è venuta all’uomo grazie alla stessa Parola di Dio.

La Parola di Dio è venuta incontro alle opere umane. Essa è entrata nel «lavoro» dell’uomo. Essa ha penetrato il corso della sua storia umana. Essa si è manifestata nella cultura dell’uomo.

Qui, in questa città, al centro del continente europeo, noi non cessiamo di essere testimoni di questo incontro: dell’incontro del Verbo eterno, in cui Dio si manifesta come sapienza e amore, con la parola umana, con il lavoro umano, con la cultura dei popoli, con la storia dell’uomo.

L’autore della lettera agli Ebrei annuncia la trascendenza della Parola divina: la sapienza e l’amore che sono Dio stesso. Egli scrive: «Non v’è creatura che possa nascondersi davanti a lui, ma tutto è nudo e scoperto agli occhi suoi e a lui noi dobbiamo rendere conto» (Eb 4, 13).

L’uomo vive nella prospettiva del giudizio del Dio vivente. I popoli, le nazioni, l’umanità passano sulla terra e si dirigono verso questa verità per loro definitiva che sarà rivelata nel Verbo di Dio. È quella, al tempo stesso, la dimensione definitiva della storia, del definitivo compimento in ogni cultura in cui la storia dell’uomo sulla terra cerca di esprimersi.

Infatti: «La parola di Dio è viva, efficace e più tagliente di ogni spada a doppio taglio; essa penetra fino al punto di divisione dell’anima e dello spirito, delle giunture . . .; scruta i sentimenti e i pensieri del cuore» (Eb 4, 12).

4. La Parola di Dio penetra . . . Essa non resta al di fuori dell’uomo, né al di fuori delle sue opere, e delle sue azioni, né al di fuori della cultura e della storia.

Dopo essersi rivelata, dopo essersi pronunciata nella nostra storia, essa continua a parlare. Essa continua ad operare. Essa crea la più profonda dimensione delle azioni umane. Non cessa di sfidare l’uomo. Tali sfide appartengono all’autenticità dell’immagine e della somiglianza di Dio, che l’uomo incarna. Dio stesso come Creatore e Redentore le presenta all’uomo. Al tempo stesso le sfide di Dio sono tali che l’uomo deve rivolgerle a se stesso. La coscienza dell’uomo deve considerarle come proprie, se è retta e fedele alla verità.

Il messaggio della liturgia di oggi, è denso e al tempo stesso molto ricco. Essa ci fa comprendere chiaramente i problemi essenziali, proprio quelli di cui in questa città europea dobbiamo prendere coscienza e con i quali ogni uomo di questo continente e di questo Paese deve confrontarsi.

5. Ogni uomo . . . L’uomo . . . di questo Paese, di questo continente . . . a chi somiglia?
Non somiglia al giovane uomo ricco di cui parla oggi il Vangelo?

Quando noi sentiamo che questo giovane uomo «è accorso verso lui» (verso Cristo), che si è messo in ginocchio e gli ha domandato «cosa devo fare per avere la vita eterna?» (Mc 10, 17), allora in questo atteggiamento e in questa domanda si manifesta tutta la giovinezza degli uomini, dei popoli, delle nazioni e della società nel nostro continente.

Essi sono corsi incontro a Cristo con la stessa domanda del giovane del Vangelo. Essi l’hanno chiamato «Maestro buono» e Cristo ha risposto: «Nessuno è buono, se non Dio solo» (Mc 10, 18). In tal modo, egli li ha guidati verso il Padre che lo ha mandato. E gli uomini, i popoli, le nazioni del nostro vecchio continente hanno accolto, nel loro passato storico, la verità su Dio che è buono, che è amore.

Allora Cristo, attraverso gli apostoli Paolo e Pietro, maestri ed educatori, ha ricordato ai nostri antenati e ai nostri padri i comandamenti: «Non uccidere, non commettere adulterio, non rubare, non dire falsa testimonianza, non frodare, onora il padre e la madre» (Mc 10, 19). Principi immutabili della sapienza divina senza i quali la vita umana non è più veramente umana.

6. Questi stessi principi, Cristo ce li ricorda alla fine del secondo millennio. Possiamo rispondere come il giovane del Vangelo: «Ho osservato tutti questi comandamenti»? (Mc 10, 20). Tutti questi comandamenti, li osservo?

In Europa, continente «cristiano», il senso morale si indebolisce, la stessa parola «comandamento» è spesso rifiutata. In nome della libertà, le norme sono rifiutate, l’insegnamento morale della Chiesa è ignorato.

Quando Cristo ricorda al giovane i comandamenti è una parola di sapienza che egli pronuncia. Come potremmo essere veramente liberi senza basare il nostro comportamento su questa parola di verità? Come potremmo dare la sua pienezza di significato alla nostra vita, senza legare i nostri atti alla sapienza e fare la scelta del bene?

Una libertà che rifiutasse i principi della Parola di Dio e le linee di condotta stabilite dalla Chiesa sarebbe incapace di fondare la sua azione su dei valori morali incontestabili.

La verità dell’amore, della giustizia, del]a dignità della vita è in Dio creatore, rivelato dal suo Figlio venuto a portare all’uomo la Parola del Padre suo, che solo è buono (cf. Mc 10, 18).

I discepoli di Cristo oggi non possono ignorare i comandamenti, quando si tratta di esigenze essenziali della purezza e della fedeltà dell’amore coniugale, del rispetto della vita, della giustizia e della fraterna condivisione, dell’accoglienza dello straniero, del rifiuto dell’odio e della menzogna, della concreta solidarietà con i poveri e coloro che soffrono.

7. Quando il giovane del Vangelo ha detto a Cristo: «Ho osservato tutti questi comandamenti fin dalla mia giovinezza», allora Gesù ha rivolto a lui il suo sguardo e ha iniziato ad amarlo.
Quante volte questo sguardo di Cristo, pieno d’amore, si è posato e si posa ancora sull’uomo, sull’uomo di questo Paese, sull’uomo europeo!
Questo sguardo pieno d’amore è una chiamata: «Vieni e seguimi». «Va’, vendi quello che hai e dallo ai poveri e avrai un tesoro in cielo» (Mc 10, 21).
Cristo chiama in nome dell’amore.

Egli chiama ogni uomo e ogni donna a essere suo discepolo, a testimoniare il suo amore salvifico laddove lo porta la sua vocazione.
Cristo chiama, in nome dell’amore, gli uomini e le donne che rinunceranno ad ogni altro attaccamento per essere al servizio di Dio e dei loro fratelli nella vita consacrata.
Cristo chiama oggi i giovani uomini che accetteranno di donare la loro vita al servizio sacerdotale.

I sacerdoti sono fra voi e capiscono per voi i doni di Dio, vi riuniscono, vi trasmettono la Parola di vita, celebrano nella comunità il sacrificio di Cristo e condividono il pane della vita. A nome di voi tutti, li saluto, li ringrazio di aver risposto alla chiamata di Cristo e di compiere fedelmente un ministero divenuto più pesante a causa della diminuzione del loro numero.

Cristiani d’Alsazia, il vostro Vescovo vi invita a muovervi affinché la chiamata al servizio sacerdotale sia ascoltata. In gran parte, ciò dipende da voi, sacerdoti e fedeli; ciò dipende dalla vostra preghiera, dalla vostra comunione fraterna, dal vostro senso apostolico, dalla vostra fede condivisa e celebrata con fervore. Lo sguardo pieno d’amore di Cristo si posa su tutte le comunità. La vostra comune risposta all’amore di Cristo è necessaria per suscitare e sostenere i giovani chiamati personalmente al sacerdozio.

Alcuni fra loro si metteranno al servizio della diocesi. Altri, speriamo, continueranno la grande tradizione missionaria dell’Alsazia: seguiranno, sui cammini di tutti i continenti, il mirabile esempio di tanti missionari alsaziani, i religiosi e anche le religiose, partiti per portare la buona novella di Cristo.

Le vocazioni sacerdotali e religiose, per le missioni della Chiesa locale o per le missioni lontane, nascono da un Popolo di Dio vivo. È dunque a voi tutti che affido la chiamata di Cristo, nella speranza di vedere numerosi giovani divenire sacerdoti dell’Alsazia, sacerdoti del mondo.

8. A chi somiglia dunque l’uomo della nostra epoca, del nostro secolo, qui, nel vostro Paese, in Europa?
Non è sempre più simile a quel giovane del Vangelo che, alla fine, «se ne andò afflitto, poiché aveva molti beni» (Mc 10, 22)?

L’uomo di questo tempo, in Europa, ha anche lui, dei «grandi beni». Ha dei beni materiali, ingiustamente divisi è vero, ma più abbondanti di molti suoi fratelli nel mondo; egli vi si attacca, impegna molte delle sue forze per aumentarli. Egli ha anche i beni della sua sensibilità; e, troppo spesso, si allontana da Dio e dal suo prossimo per soddisfare i desideri che fermentano in lui. Egli ha i beni del sapere, crede di possedere la verità; e rimane sordo di fronte alla sapienza di Dio che afferma la verità dell’uomo. Ha i beni del suo potere, domina o disprezza i suoi simili, invece di essere al loro servizio come Cristo, servitore.

L’uomo si chiude in se stesso, e non sa più donare.
Come il giovane del Vangelo, rimane triste, poiché in fondo è solo.

Gesù pronuncia allora queste parole: «come è difficile entrare nel Regno di Dio! È più facile che un cammello passi per la cruna di un ago, che un ricco entri nel Regno di Dio» (Mc 10, 24-25).

L’immagine è forte. Bisogna capirne il messaggio. Se voi siete ricchi di voi stessi e dei vostri beni materiali, voi non potrete entrare nel Regno di Dio, poiché ne ignorate la gratuità e la pienezza. Se siete poveri, il cuore è aperto ai vostri fratelli, le mani pronte alla divisione, la volontà guidata dall’amore; se seguite Cristo che si offre per la salvezza della moltitudine - di ciascuno di noi -, allora potrete avanzare, entrare in quel Regno di Dio, nella comunione del suo amore, nella gioia perfetta!

9. «Essa è viva, la parola di Dio . . . più tagliente di una lama a doppio taglio», leggiamo nella lettera agli Ebrei. Sì, è veramente così!
Tale è la Parola di Dio, la parola del Vangelo, quello che ascoltiamo oggi. Tale è la parola della sapienza divina. La parola della vita eterna. La parola della salvezza.

Coloro che hanno ascoltato Gesù hanno domandato: «E chi mai si può salvare?» (Mc 10, 27). Egli risponde: «Impossibile presso gli uomini, ma non presso Dio! Perché tutto è possibile presso Dio» (Mc 10, 27).

Colui che ascolta veramente la parola di Cristo deve interrogarsi sulla possibilità di salvezza.
La domanda angosciante della realtà umana continua a porsi all’uomo della nostra epoca. Ma la ricchezza materiale non ha forse oscurato l’orizzonte dell’eternità dell’uomo, la prospettiva del Regno di Dio?

10. I pastori della Chiesa in Europa - e non soltanto in Europa - pongono esplicitamente il problema della «nuova evangelizzazione» della nostra società, dei diversi luoghi, insomma, dell’evangelizzazione dell’uomo.

L’analisi dei testi della liturgia di oggi mostra che il problema non è soltanto di rispondere alla questione dell’uomo contemporaneo; ma il primo problema è quello delle stesse domande che l’uomo pone - o che non pone - che forse non vuole porre, di cui, forse, non comprende l’utilità, l’opportunità e l’attualità permanente.

Come fare per porre la domanda che il giovane del Vangelo ha posto a Cristo? Come fare in modo che l’uomo provi la «tristezza» quando non sa «corrispondere» alle esigenze morali, quando non sa rispondere all’amore di cui è eternamente amato?

Come fare perché non perda di vista la prospettiva di una vita degna dell’uomo sulla terra, perché non si cancelli in lui l’autentica gerarchia dei valori, perché dia alla vita il suo giusto senso, fino al compimento nell’incontro con Dio?

Come fare?
Noi poniamo questa domanda in nome della «nuova evangelizzazione». Se ciò sembra umanamente impossibile, ascoltiamo la risposta di Cristo.
La risposta di Cristo è: «Per gli uomini, ciò è impossibile, ma non per Dio»!
«Poiché tutto è possibile a Dio»!


Comentarios exegéticos

José A. Ciordia

Comentarios a las tres lecturas y consideraciones

Apuntes hechos públicos por sus alumnos

Primera Lectura: Sb 7, 7-11: En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.

Sabiduría, el arte de vivir bien. El saber es algo que todos aprecian. La denominación de «necio», «ignorante», no suele gustar a nadie. Sin embargo, el tener razón, el ser doctor, el conocer las cosas, suele ser algo que agrada. Hay, con todo, muchas formas de saber. Existe el sabio naturalista que clasifica las plantas por la forma de sus hojas y por cualidades de sus flores y frutos. Es un sabio también el arqueólogo que descifra en los restos de civilizaciones antiguas la vida y costumbres de los antepasados. Se le califica de sabio astrónomo, al que conoce con propiedad los andares del firmamento. Existe el sabio lingüista, el sabio matemático, etc. También es sabio el hombre que estudia las costumbres humanas y llega a penetrar profundamente en el conocimiento del hombre en su múltiple relación con el mundo que le rodea. Es sabio el filósofo. Todos sabios venerables. Pero parciales.

La sabiduría de que aquí se trata es a la vez más humana y más divina. Tiene algo de ciencia y algo de arte; algo de especulativo y algo de práctico. Cierto conocimiento de las cosas en su relación con dios, como último fin nuestro, y el arte de vivir según él. La sabiduría, de que nos habla el autor de este precioso libro, es la sabiduría que dimana de Dios la auténtica, la genuina. Ella nos da el conocimiento preciso, no digo científico, de las cosas en su relación con Dios, su creador, y en su relación con nosotros sus usufructuarios. Nos da el recto conocimiento de Dios y de nosotros mismos respecto a dios, nuestro último fin. Es el mismo conocimiento de Dios. Es lo que Dios ve y lo que Dios quiere. Es el arte de vivir según ese ver y querer de Dios: es el arte de usar de las cosas, de apreciarlas, y el arte de conducirse según la voluntad divina. Esta es la única sabiduría que realmente a todos interesa. Es el arte de llegar al último fin, por Dios a la humanidad propuesto, que es El mismo. Naturalmente este conocimiento, este arte parte de Dios. El hombre, después del pecado, se encuentra alejado. Nótese:

a) Es mas apreciable y hermosa que: las riquezas, piedras preciosas, oro y plata. El poder, tronos y reinos. La salud y la misma vida humana.

Ante ella todo es basura, polvo y arena. Es curioso, sin ella las cosas, por más apreciables que sean, no valen nada; con ella, sin embargo, vienen todas juntas, viene la vida eterna. Ella conduce a la vida. Por eso es más apreciable que todo lo que existe fuera de ella, pues no pasa ni se destruye.

b) Es algo divino. Es sabiduría divina, no humana. Se alcanza con la petición. Viene de arriba, como don a un deseo, a un esfuerzo, a una petición. A todos puede llegar.

c) Es en concreto la Revelación: luz y fuerza de lo alto. Se requiere esfuerzo y reflexión. Pero es Dios mismo quien nos hace vivir su conocimiento y su voluntad. Es en el fondo, Dios mismo que se nos entrega y vive en nosotros. Nuestra sabiduría es Cristo, dice san Pablo.

Tercera Lectura: Mc 10, 17-30: Vende lo que tienes y sígueme.

San Marcos nos relata un interesante episodio de la vida de Cristo. El episodio, con el consiguiente comentario del Maestro, debió tener, tanto en la vida de Jesús como principalmente, en la vida de la primitiva comunidad de los fieles, suma importancia. Lo traen los tres sinópticos de forma idéntica. Los santos Padres lo han comentado con frecuencia. En realidad, la actitud de Cristo, sus palabras, la figura del personaje anónimo son altamente instructivos. Veámoslo:

Podemos distinguir dos partes: los versillos que van del 17 al 27, común a los tres sinópticos, y los versillos 28-30 propios de Marcos. Estos últimos continúan, sin duda, el pensamiento de los anteriores.

Distingamos en la primera parte:

a) La figura simpático-trágica del anónimo, joven en otro evangelista:

Sus palabras: Deseo sincero de ser perfecto, de cumplir lo dispuesto por Dios.

Práctica honrada del bien. Cumple con la ley. Honradamente se esforzaba por cumplir los mandamientos a la perfección.

Reconoce a Jesús como Maestro. Tristeza ante las palabras de Cristo.

b) Palabras de Cristo. La exégesis de las palabras de Cristo tienen una larga historia.

Los Padres, algunos por lo menos, hablan, al comentar Una cosa te falta…, de un mandato de Cristo dirigido al joven a seguirlo. Se trataría de una exigencia: Te falto algo para ser perfecto, para cumplir la ley de Dios de modo debido. La exégesis posterior ha venido usando el texto, sobre todo en el contexto de la vocación religiosa, como consejo evangélico. La palabra perfecto se interpreta, en tales contextos, como equivalente más o menos de la voz perfección religiosa.

La exégesis reciente, parte al menos, vuelve a considerar el texto independientemente de la problemática de los consejos evangélicos. No se trataría, según esto, de un consejo a seguir. Sería una exigencia. Perfecto significaría cabal. Es decir, diríase perfecto aquel que cumple cabalmente la Ley de Dios. Según esto, al joven le faltaba algo para cumplir la Ley de modo satisfactorio: venderlo todo y seguir a Cristo. Jesús le habría lanzado una exigencia, que desoída, dejaba incumplida la voluntad de Dios. Por eso añade Cristo que es muy difícil a los ricos entrar en el reino de los Cielos. Los Padres van más adelante y lanzan la sospecha de que tal individuo no se salvó. De hecho desoye una exigencia seria de Cristo. Era una exigencia dirigida a su persona directamente. Tal exigencia no para todos. Pero puede que a cada uno de nosotros se nos dirija. No sería, por tanto un consejo sino un mandato.

c) Valor y peligro de las riquezas. La actitud de Cristo respecto a las riquezas y al seguimiento de su persona causa admiración y sorpresa. Los judíos de su tiempo, con los maestros a la cabeza pensaban de muy distinta forma.

Las riquezas son un bien, en sí mismas consideradas. La riqueza, en el caso presente, fue un obstáculo para el cumplimiento de la voluntad divina. Cristo comenta que lo es generalmente. Tanto que es muy difícil que el rico entre en el reino de Dios. Nótese la imagen del camello y de la aguja. Este es el hecho. La posición de Cristo respecto a las riquezas es realmente sorprendente. Las riquezas, en la oposición reinante aún en el Antiguo Testamento, son signo de bendición y de predilección, como lo son también la salud y la vida larga ¿Cómo, pues, renunciar a las riquezas? No son realmente maldición; pero obstaculizan la entrada al reino. A los ojos de Jesús las riquezas pierden mucho, si tenemos en cuenta la opinión de los contemporáneos.

Con semejante exigencia Cristo se revela muy por encima de los hombres. El transciende a la humanidad entera. Habla como si fuera Dios.

Los ricos encontrarán dificultad para entrar en el reino. Con la ayuda de Dios no les será imposible.

La segunda parte viene a ser como una aplicación al caso concreto de los discípulos. Cristo puede exigir la renuncia a todo lo humano para seguirle. Promete, en cambio, el ciento pro uno en esta vida y la vida eterna. No se puede perder de vista la recompensa. Es objeto de nuestra esperanza.

Consideraciones

A) La Sabiduría es la criatura más apreciable que existe. Más apreciable y más hermosa que las riquezas, más que todo poder y gobierno, más que oro, más que salud y más que la misma vida. La Sabiduría es la palabra de Dios vivida dignamente. Es, podríamos decir, Dios mismo en cuento se nos ha revelado y hecho carne y vida en nosotros. De Dios desciende en forma de luz y moción, que nos dirige a El mismo; es su misma vida, pensamiento y voluntad, en nosotros. Con ella nos vienen todos los bienes. Esta sabiduría que necesita el hombre, pues lo eleva a la altura de Dios. Esta es la sabiduría que transciende las cosas y las orienta en su debida dirección. Sabiduría nos hace vivir eternamente. No hay que escatimar esfuerzo para conseguirla.

La primer lectura insiste en su origen divino. Nos viene en forma de don. Hay que pedirla y buscarla. Dios la concede. Es algo sobrenatural. Es la revelación de Dios. Hay que pedirla Lo merece.la caducidad de las cosas. Siempre será poco, pues estamos tan pegados a ellas que prácticamente nos es casi imposible pensar que hay cosas mejores y más necesarias que el mundo que nos rodea. El oro, la belleza, el poder, la salud y la misma vida pasan. Todo ello es secundario. Solo Dios es necesario. El nos va a dar la vida, no las riquezas que damos tener, que a veces nos hacen cometer impiedades e injusticias. Con Dios la vida eterna. Por ahí camina el evangelio.

B) La palabra de Dios es la palabra de Dios hecha carne es el Verbo de Dios, Cristo Jesús. Cristo es nuestra sabiduría, dice san Pablo. Según san Juan, Cristo es el verbo, la Palabra de Dios, el Camino, la Verdad y la Vida. Y esto nos lo recuerda el evangelio.

1) Jesús, el Maestro Bueno, Algo entrevió el joven del evangelio. Nosotros lo sabemos perfectamente. Jesús es el único y auténtico Maestro capaz de enseñarnos el camino de la vida eterna. La pregunta del joven es nuestra pregunta. El puede responderla. El es, Cristo, la palabra de Dios más apreciable que todas las criaturas. Las cosas, sin El, no tienen valor; con El, tienen valor y sentido. De nada nos sirve la ganancia del mundo, si no tenemos a Cristo: Todas las cosas las consideré estiércol, con tal de conseguir a Cristo (Pablo) De que te sirve ganar todo el mundo, si al fin pierdes tu alma? (Ignacio de Loyola); el que se salva, sabe , y el que no, no sabe nada (letrillas de santa Teresa). Cristo es la sabiduría misma. Todo esfuerzo y renuncia por poseerlo son pocos.

2) Cristo puede, de hecho, exigir la renuncia de los bienes, Es el caso que nos presenta el evangelio. Renunciar a todo y seguirle. Es la condición para poseerlo todo después: el ciento por uno en esta vida y la vida eterna. La segunda lectura nos advierte de la fuerza de la palabra divina. Hasta aquí llega Cristo. Cristo llama, Cristo consuela, Cristo exige, Cristo condena. Cristo obliga a tomar resoluciones drásticas, radicales, definitivas. El tiene autoridad para ello y fuerza para llevarla a cabo. Es la palabra de Dios hecha carne.

3) Peligro de las riquezas. Las riquezas son bienes. Pero lo son de forma relativa. Con suma frecuencia las hacemos bienes absolutos. Es un error pésimo y un terrible peligro. Puede llevarnos a la condenación eterna, a dejar el Bien Sumo, Cristo, y a esclavizarnos de ellas. Puede que nos haga dejar el Camino y la Vida y nos entreguemos a lo falso y perecedero. Son peligrosas. De ellas nacen la avaricia, la lujuria, la injusticia… la muerte. Sería un buen tema de predicación. De hecho encontramos muchos cristianos que no se conducen como cristianos, cegados precisamente por las riquezas y el lujo ¿A cuántos no sedujo el oro, la ambición y la plata? Hay que arrancar por ahí, plenamente convencidos del valor muy condicionado de las riquezas. Así los santos. El joven del evangelio es un buen ejemplo. Las riquezas le obligaron a prescindir de Cristo. Da miedo pensar en el fin que pudo tener aquel muchacho. Si no hubo arrepentimiento, no entro en el reino de los cielos. Terrible. La palabra de Dios puede ser exigente. Lo fue con los discípulos. A ellos se les prometió los bienes que no perecen. Lejos de mí servir a dueño que se me pueda morir (Francisco de Borja); Lo que no es eterno nada es (san Agustín).

C) El tema de la palabra de Dios como eficaz y poderosa es también un tema muy importante. Oigámosla, pidamos su inteligencia ¿Escuchamos la palabra de dios atentamente? Hay que pensarlo. Docilidad a la palabra de Dios.

Pensamiento eucarístico: Cristo es la Palabra de Dios. Cristo está presente, tanto en forma de palabra -cuando se leen y atienden los textos bíblicos y se nos predica de El- como en forma de alimento -eucaristía-. Cristo se nos da como sabiduría, como camino, como fuerza que llega hasta lo más íntimo del alma. Es lo más precioso que se nos puede dar. Se nos da también como alimento. Es prenda de vida eterna, pues quien coma de El tendrá la vida eterna.

El Pan y el Vino que tomamos es Cristo. La comunión con El exige un cambio de vida, una adhesión tal a El, que todo lo despreciemos por su causa. Exige una vida santa. Puede que hasta la renuncia efectiva y total de lo que poseemos. De todos modos la renuncia viene exigida por su presencia. La participación en la eucaristía nos debe llevar asta ahí. Vivir prácticamente a El, Cristo, es más apreciable que el oro, que el poder y que la misma vida, Hacer nuestra la sabiduría de Dios de tal modo que sea nuestra propia vida. como san Pablo: Mi vivir es Cristo.

José Ma. Solé Roma

Comentario a las tres Lecturas

Ministros de la Palabra, Ciclo «B», Herder, Barcelona (1979).

Primera lectura: Sabiduría 7, 7-11.

Salomón (por ficción literaria el Libro de la Sabiduría se atribuye a Salomón) nos dice del modo como él ha adquirido la Sabiduría: El plan y la acción de Dios en el universo y en la Historia:
– «Oré y me fue dada; imploré y vino a mí la Sabiduría».
– «La amé y preferí a todo: cetros, tronos y riquezas; oro, plata y perlas pospuse a ella» (8-9). La preferí a la salud, a la belleza, a la luz, a la felicidad. La Sabiduría lo es para mí todo. Todos los bienes tengo en ella.
– Estas intuiciones nos van preparando al misterio del Verbo o Sabiduría Encarnada, sumo don y riqueza de Dios. De Cristo, Sabiduría Encarnada, dirá San Pablo: «Todas las cosas las considero como una pérdida parangonadas con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por cuyo amor me desposeí de todo. Y todo lo estimo como basura a cambio de ganar a Cristo. De suerte que alcance su conocimiento y participe la gloria de su Resurrección» (Flp 3, 8-10). Debemos orar y pedir al Padre nos de su mejor tesoro. Debemos buscar este tesoro y preferirlo a todo.

Segunda Lectura: Hebreos 4, 12-13.

Los hagiógrafos, a veces, releen y profundizan páginas anteriores de la Biblia y nos dan de ellas un sentido más profundo y más pleno:
– Si Salomón nos ofrece el elogio de la «Sabiduría» y nos prepara para la revelación de la Sabiduría Encarnada Cristo, el autor de la Carta a los Hebreos nos ofrece en la misma línea y con estilo similar el elogio de la «Palabra» que ahora ya se nos ha revelado plenamente: Cristo. «Palabra» poderosa y eficiente, viva y vivificante, íntima y entrañable. Tan poderosa y eficaz que crea cielos y tierra (Sal 33, 6), que nunca es estéril y baldía (Is 55, l). Tan viva y vivificante, que de ella se nutren y viven los fieles (Dt 8, 3; Sab 16, 26), y por ella alcanzan salud y curación los enfermos y heridos de muerte (Sab 16, 12). Tan íntima y entrañable, que es la luz y el calor de todas las almas: «Nadie se sustrae a su calor» (Sal 19, 7).
– Esta «Palabra» es eterna como Dios: «La Palabra de Dios subsiste por siempre» (Sal 33, 11, 9, 89). Ahora San Juan puede ya darnos la teología plena de la «Palabra»: «En el principio existía la Palabra; y la Palabra estaba en Dios. Y la Palabra era Dios. Y la Palabra se hizo carne. Y fijó entre nosotros su tabernáculo» (Jn 1, 1. 14). Cristo, el Verbo Encarnado, es la Palabra eterna, subsistente, creadora, poderosa, eficiente, vital, vivificante, íntima, entrañable.
– Como el sabio (Salomón) amó, buscó, pidió la «Sabiduría», la prefirió a todos los valores y riquezas, la tomó por esposa, nosotros, ahora que ya conocemos la Sabiduría, la Palabra de Dios plenamente revelada, Cristo Verbo Encarnado, debemos prestar plena fe y total amor a esta Palabra eterna que Dios nos habla: «Dios, que en los tiempos anteriores habló a los Padres en muchas ocasiones y de muchas formas por medio de los Profetas, en estos postreros días nos habló por su Hijo» (Heb 1, l), Abramos el corazón a Cristo: «Quien cree en El no será condenado. Mas quien no cree queda ya condenado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios. La condenación está en esto: Vino la Luz al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la Luz» (Jn 3, 18). Nosotros buscamos, pedimos, amamos, elegimos, preferimos la Luz. La recibimos, la aceptamos, la deseamos, la meditamos. El cristiano fiel vive ahora de la luz, del calor, de la vida de Cristo, Palabra eterna de Dios encarnada. Y eternamente viviremos de la gloria de Cristo, Palabra de Dios encarnada y glorificada: «Concédenos, Dios Omnipotente, quedar embriagados y saciados del Sacramento que acabamos de recibir y con esto nos transformemos en lo que ha sido nuestro manjar; que nos hagas en virtud de este sacramento, consortes de la divina naturaleza» (Poscom.).

Evangelio: Marcos 10, 17-30.

La escena del joven ilusionado que se llega a Jesús con ideales espirituales va a ser el marco de enseñanzas preciosas para la recta orientación cristiana:
– Jesús, tras desviar humildemente hacia el Padre la alabanza que le ha tributado el joven, abre a los ojos de éste horizontes inesperados. «Jesús fijó en él la mirada y quedó prendado de él». Esta mirada y este amor indican la gracia de una elección. Cristo propone al joven la vocación apostólica: «Vende cuanto tienes y dalo a los pobres; y vuelve; te quedarás conmigo». Respetemos este misterio de una gracia ofrecida a un alma que no la acepta. Reconozcamos que aquella vocación frustrada apenó a Jesús. Pero Jesús acaba de hacernos el don de una gran revelación: «La Herencia Mesiánica» (el joven le ha pedido cómo llegaría a la Herencia de la vida) es la «Pobreza». Quien esté más desasido estará mejor dispuesto para el «Reino Mesiánico».
– El joven, a pesar de ser perfecto cumplidor de la Ley, no está dispuesto. Tiene un gran obstáculo: su afición a las riquezas. La riqueza adquirida o poseída con egoísmo, avaricia y orgullo cierra herméticamente la entrada en el «Reino» (23-24). Jesús no predica la «miseria», sino el desprendimiento, la generosidad, la jerarquía de valores auténtica, la caridad generosa. El N. T. modifica la «escala de valores del Viejo». El Viejo consideró la riqueza como bendición de Dios y signo de su amor. En el Nuevo el valor es la «Pobreza» o desasimiento.
– Y para aquellos que tienen una vocación de total renuncia a lo terreno y de una total dedicación al «Reino», al apostolado; y responden valientes a esta vocación, Jesús les promete los mejores premios espirituales. Dejan la propia familia, pero entran más de lleno en la familia espiritual de Cristo; quedan remunerados con bienes espirituales (ciento por uno), a cambio de los bienes materiales que renunciaron por Cristo y por el Evangelio (28-31).

Isidro Gomá y Tomás: La pobreza voluntaria

El Evangelio Explicado, Vol. II, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona (1967), p. 304-310.

Explicación.

Jesús había sentado las bases del matrimonio cristiano y recomendado las excelencias de la virginidad. Ha interrumpido su discurso el episodio de los niños, a quienes bendice. Ahora, con ocasión de la pregunta de un joven rico, sienta la verdadera doctrina cristiana sobre las riquezas y recomienda la pobreza voluntaria. Es un consejo evangélico, como el de la virginidad. El fragmento se reduce a tres pensamientos capitales: Recomendación de la pobreza voluntaria (16-22); peligro moral de las riquezas (23-26); premio al renunciamiento de las riquezas por Cristo (27-30).

El joven rico (16-22).

Habíase Jesús recogido en una casa después de su respuesta a los fariseos sobre el matrimonio (Mc. 10, 10); allí había tenido lugar el episodio de los niños, relatado en el número anterior. Y cuando salió para ponerse en camino, he aquí que un (hombre) principal acercósele y, arrodillado delante de él, dícele… Es un joven, según Mateo, que revela su bonísima índole, y que está deseoso de alcanzar la vida eterna: Maestro bueno, ¿qué de bueno haré para conseguir la vida eterna? Había ya obrado bien, sin que hallara la paz de su espíritu; cree que habrá alguna obra buena especial que cumplir aún para que des canse su alma y le dé la seguridad de la vida eterna: Jesús, a quien tiene el joven por excelente maestro, se lo dirá.

Jesús le responde poniendo ante sus ojos la regla única y suprema de la bondad: Y él le dijo: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? ¿Por qué me llamas bueno? Debieras saber (y sin duda lo sabía el joven) que no hay más que un Sumo Bien, que es al propio tiempo el infinitamente Bueno y santo; mira qué bondad me atribuyes, si la participada de puro hombre o la que corresponde sólo a Dios: Uno solo es bueno: Dios, bueno por esencia, como causa de todo bien, como ejemplar de toda acción buena, como fin de todo bien. Pero la suma Bondad ha señalado al hombre una norma para que seamos partícipes de su bondad: son sus mandamientos, expresión de su voluntad santa; quien se amolda a ellos, logrará la vida eterna: Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

Se le ocurre al joven que quizá se refiera Cristo a mandatos especiales que él desconoce; quizá se le ofrecen en aquellos momentos los seiscientos trece preceptos que los escribas habían contado en la ley mosaica; por esto él le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo, poniéndole por vía de ejemplo cinco preceptos de la segunda tabla, por donde puede colegir la necesidad de observar los análogos a ellos: Conoces los mandamientos: no matarás, no adulterarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no cometerás fraude. Honra a tu padre y a tu madre; añadiendo el precepto general del amor al prójimo: Y amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Es bueno el joven, cuidadoso guardador de los mandamientos: Dícele el joven: Maestro, yo he guardado todos éstos desde mi juventud. Y sintiendo que hay algo aún que pueda moralmente elevarle sobre la común perfección que importa la observancia de aquellos preceptos generales, añade con ansia: ¿Qué me falta aún? Al oír esto, Jesús, mirándole de hito en hito, le mostró agrado, le manifestó amor por las generosas ansias de mayor perfección que significó. Y a la amorosa mirada, sigue la apremiante invitación a seguir el consejo evangélico de la pobreza: Y le dijo: Aún te falta una cosa: si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes, y dalo a los pobres; ello es cosa difícil, pero el premio es grande: Y tendrás un tesoro en el cielo, que te compense con creces de lo que habrás dejado en la tierra. Pero no hay bastante aún: obedéceme: Y ven, sígueme.

En estas palabras se encierran los consejos evangélicos de pobreza, por la renunciación voluntaria de los bienes; de castidad, porque, pobre voluntario desposeído de todo, ya no podrá pensar en desposarse; la obediencia, por el apremiante llamamiento al ejercicio del apostolado. Son los dos estados de la vida cristiana: el general: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos»; y el de perfección religiosa: «Si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes…, y sígueme.»

Cuando deseamos algo y no podemos lograrlo, caemos en la tristeza; así le sucede al joven: desea la perfección, pero tiene más fuerza el amor a las riquezas, que es el que definitivamente le vence: Habiendo oído el joven esta razón, se marchó triste, efecto de la lucha de afectos: Porque era muy rico, tenía muchas posesiones, y la lucha interior desgarra su alma.

Peligro Moral de las riquezas (23-63).

Toma Jesús ocasión de la tristeza del joven para aleccionar a sus discípulos sobre los grandes peligros que las riquezas ofrecen en el orden espiritual: Y Jesús, viéndole sobrecogido de tristeza, mirando en derredor, dijo a sus discípulos, para dar a entender la gravedad de la amonestación que iba a hacerles: En verdad os digo que con dificultad entrará un rico en el Reino de los cielos: porque las riquezas son las que fomentan la soberbia, la gula, la lujuria y demás vicios; y siendo la naturaleza humana inclinada al mal, crece el peligro cuando crece la facilidad de cometerlo, aun cuando las riquezas no son malas por su naturaleza.

Los discípulos, que participaban de las ideas de su pueblo acerca del esplendor temporal del Reino mesiánico y del carácter del premio a la virtud atribuido a las riqueza asombráronse, queda ron estupefactos, de sus palabras, al oírle decir que las riquezas eran más bien estorbo para entrar en el Reino de los cielos.

Mas Jesús, no por eso corrige o atenúa su afirmación, sino que, recalcándola y completando su pensamiento, les dice de nuevo, en tono paternal: ¡Hijitos!, otra vez os digo: ¡Cuán difícil es que en tren en el Reino de Dios los que tienen puesta su confianza en el dinero! Para más inculcar lección tan grave y trascendental, Jesús vacía su pensamiento en una hipérbole extraordinaria, especie de refrán popular usado por los escribas y pueblo de su tiempo para expresar la imposibilidad de algo: Más fácil cosa es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el Reino de los cielos: trátase de una imposibilidad moral para aquellos que están pegados a las riquezas, como un fin de la vida, o como medio para satisfacer sus concupiscencias. La imaginación oriental gusta tales metáforas (Cf. Prov. 12, 17; Jer. 13, 27) para expresar un imposible. No hay, pues, necesidad de sustituir «camello» por «sable» o maroma, como han hecho algunos intérpretes, fundándose en la semejanza de las voces griegas equivalentes.

Los discípulos, cuando oyeron estas palabras, se maravillaron mucho: llevan ya en sus entrañas el amor de caridad para con todo el mundo, y se duelen de la universal ruina, porque son raros los hombres que no se dejen llevar de la atracción de las riquezas.

Al proponerles Jesús la hipérbole del camello, oídas estas cosas, se admiraban los discípulos mucho más, y se decían los unos a los otros: ¿Quién, pues, podrá salvarse? Jesús les sosiega, primero con su dulce mirada: Y mirándoles Jesús: y luego tempera la terribilidad de su afirmación proponiéndoles la eficacia de la gracia con lo que abre su corazón a la esperanza: Les dijo: Esto es imposible a los hombres como tales, dejados a sus solas fuerzas: Mas no a Dios, pues a Dios todas las cosas le son posibles, y todo lo puede el hombre si la gracia de Dios le conforta.

Premios de la pobreza voluntaria abrazada por Cristo (27-30).

Entonces, tomando Pedro la palabra en nombre de todos, como solía, y tomando ocasión de la pregunta del joven rico, respondiendo, dijo: He aquí que nosotros todo lo hemos dejado; y te hemos seguido: lo que has pedido al joven, nosotros ha tiempo lo hemos cumplid; por ello Pedro está lleno de un santo optimismo: ¿Qué, pues, nos espera? ¿Qué recompensa nos darás? Y Jesús les dijo, dejándoles entrever el magnífico premio: En Verdad os digo, es una confirmación jurada, que vosotros, que me habéis seguido, no solo dejándolo todo, sino yendo por el mismo camino de justicia y de la verdad, de la misericordia y de la paz, cuando en la regeneración, en la renovación universal y en la transformación que tendrá lugar en el fin de los tiempos ( Is. 65,17; 66,22; Rom. 8,17 sigs. ; 2 Pe. 3,13; Apoc. 21,1), se sentará el Hijo del hombre en el trono de su Majestad, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, en calidad de asesores de Jesucristo, de cuya potestad judicial serán príncipes, como fueron partícipes, como fueron con él cofundadores de su Reino en la tierra: para juzgar a las doce tribus de Israel, en lo que se expresa la sobreeminencia de la autoridad y dignidad apostólica. Y juzgarán a las doce tribus, en el sentido estricto, en cuanto a la salvación estaba prometida ante todo Israel, siendo por ello los Apóstoles constituidos sobre todo patriarcado y magistratura de su pueblo, y en el sentido más amplio de jueces de todas las naciones, ya que todas ellas, al convertirse a Cristo, se injertarán por él en Abraham, padre de los creyentes (Gal. 3,29; Rom. 4,12; 11,17).

De los apóstoles pasa Jesús a todos los que siendo a ellos inferiores, renuncian como ellos sus bienes por seguir a Cristo: y cualquiera que dejare casa, o hermanos, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras por mi nombre o persona, por el Evangelio o doctrina mía, por el Reino de Dios, objetivo de mi misión, recibirá el ciento por uno, muchas cosas más, ahora en este tiempo, casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, campos, con persecuciones: son los premios que ya en esta vida recibirán los pobres de Cristo. De hecho, ya en los comienzos de la Iglesia, junto con las persecuciones recibirían los seguidores de Cristo el premio de los hermanos de la fe que en todas partes cuidaban de ellos; San Pablo llama madre suya a la de Rufo (Rom.16, 13); a los fieles de Corinto (1Cor. 4,14) y a los de Galacia (Gal. 4,19) les dice hijos suyos; la Iglesia era su madre; las tierras de los cristianos alimentaba a todos. Huelga decir que los que actualmente profesan la vida religiosa tienen asimismo todas esas ventajas: nada tienen y de nada carecen. El premio máximo se lo reserva Cristo: y en el siglo venidero poseerá la vida eterna, la felicidad para siempre perdurable. Pero todo ellos está sujeto a una condición: la perseverancia: Mas muchos primeros, en tiempo y dignidad, porque claudicaron o fueron remisos, serán postreros: y postreros, que siguieron a Cristo más tarde o tuvieron lugares inferiores, porque redimieron el tiempo y se mantuvieron en fervor, serán los primeros.

Lecciones morales.

– A) v. 17. – Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. – No dice Jesús, según San Agustín: » Si quieres venir a la vida eterna», sino: «Si quieres entrar en la vida», así, en absoluto: porque esta vida no es la vida, sino un simulacro de vida, un rápido viaje a la muerte. La vida que únicamente merece el nombre de tal, es la eterna; vida concorde con la vida de Dios, que se apacienta en la visión y en el amor y el goce de Dios: Veremos, amaremos, gozaremos en aquella vida, dice el mismo Santo. Pero desgraciadamente hay una manera de no ir camino de esta vida, de estar fuera de la vida aun teniendo vida, dice Orígenes; y es no guardar los mandamientos, que son la vía que lleva a la vida. Si tanto amamos esta vida fugaz y desgraciada, ¡cuánto debiéramos amar y desear la eterna y feliz! Y si sólo los mandamientos nos conducen a ella, ¡qué terror debiera causarnos su infracción, que puede excluirnos de aquella vida y condenarnos a la eterna muerte!

B) v. 20. – ¿Qué me falta aún? – Son palabras que expresan el vehemente deseo del joven de salvarse. Si guardamos los mandamientos y estamos en gracia de Dios, ¿entramos con frecuencia dentro de nosotros mismos para preguntarnos si nos falta algo aún? ¡Y nos falta tanto para ser perfectos! Y, sobre todo, nos falta la base para serlo, que es la ninguna estima en que debiéramos tener nuestras pobres justicias: nos creemos buenos porque no nos hallamos malos; y esto puede ser motivo de presunción y camino de dejar de ser buenos y hacernos malos. Y nos falta conocer el punto flaco por donde podemos dejar de ser justos y llegar a ser pecadores. A los pies de Jesús debiéramos decir todos los días: ¿Me falta algo aún, Maestro bueno? ¿Qué es lo que me falta? Decídmelo, como lo dijisteis al joven rico.

C) v. 21. – Anda, vende cuanto tienes, y dalo a los pobres… – Bueno es poseer riquezas y administrarlas en favor de los pobres; pero es mejor desposeerse totalmente de ellas y, libres de cuidados, seguir a Cristo en pobreza, a Cristo pobre. El mundo no comprende esto; pero lo han comprendido miles de almas que no han sentido con el mundo, que han visto los peligros del mundo por el mal uso de las riquezas, que han penetrado en el secreto de la riqueza de los pobres de Cristo y por Cristo, y han dejado todas sus posesiones para poseer mejor a Cristo. Todavía son millares estas almas de privilegio. Se santifican ellas y llenan la tierra del aroma de esta santa virtud de la pobreza, que llena de Dios a quienes la cultivan y acerca a Dios, porque aleja del mundo, a quienes desapasionadamente la contemplan. ¡Feliz pobreza, que a los que son llamados a ella franquea las riquezas incorruptibles y eternas del cielo!

D) v. 23. – Con dificultad entrará un rico en el Reino de los cielos. – No es un crimen tener riquezas, dice San Hilario, pero deben poseerse, con medida: porque, ¿cómo podremos socorrer las necesidades de los santos, de los cristianos, hermanos nuestros, si nuestra avaricia no deja con qué socorrerlos? No es lo mismo tener riquezas que amarlas, dice Rábano Mauro: en manos de quien ame más sus deberes cristianos y los derechos de los pobres, las riquezas son un verdadero tesoro, en la tierra y para el cielo; pero administradas por quien, lejos de invertirlas en el bien, las hace colaboradoras del mal, son la ruina d los hombres que las malversan y quizá de sus hermanos a quienes corrompen.

E) y. 27. – ¿Qué, pues, nos espera? – Los desheredados de la fortuna; los que pasaron por el mundo agotando las riquezas de su energía para hacerse con la pobreza del pan de cada día; los dadivosos que se empobrecieron para socorrer a sus hermanos o para ayudar a las obras de celo; los que han hecho profesión de vida pobre, siguiendo las pisadas de Cristo pobre, ¡y son tantos en conjunto que forman la inmensa mayoría de los mortales! ¿Qué tendrán? ¿Qué tendremos? Ahora, quizás el desprecio, las privaciones, quizá las burlas de los ricos o de los que no compren den el desamor a las riquezas; desde luego, la paz y la alegría de conciencia si hemos ayudado al hermano, si hemos colaborado a la expansión de la verdad, a la solemnidad del divino culto, etc.; una vida feliz los que, siendo llamados por Dios, han abandonado todo lo suyo para seguir a Cristo; el pobre obrero, la satisfacción del deber cumplido, si lo ha cumplido sin odios ni codicias. Y más tarde, pasada esta vida, que para todos es de gran trabajo, la felicidad eterna: «Bienaventurados los pobres de espíritu…» Si no se piensa así, ¿puede haber paz en las conciencias y en el mundo?