Domingo VI Tiempo Ordinario (Ciclo C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

Jer 17, 5-10: Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor
Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor
1 Co 15, 12-20: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido
Lc 6, 17. 20-26: Bienaventurados los pobres. Ay de vosotros, los ricos



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Pablo II, Papa

Homilía (17-02-1980): ¿Qué significa creer en Cristo y en la Resurrección?


VI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)
Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Silvestre y San Martín
Domingo 17 de febrero del 1980

1. Queridísimos hermanos y hermanas en Cristo: Dirijo ante todo un vivo y cordial saludo a todos los que habéis venido hoy tan numerosos a este encuentro con el Obispo de Roma. Quiero deciros enseguida cuánto aprecio vuestra presencia, que es ciertamente signo de vuestra fe cristiana y de vuestra comunión eclesial con vuestro Obispo, el Papa, el cual es también Obispo de la Iglesia universal.

[...]

2. En la liturgia de la Palabra de hoy, nos impresiona sobre todo la comparación del hombre justo con el árbol: "Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón, y no se marchitan sus hojas" (Sal 1, 3). Así dice el salmista. Y el profeta Jeremías, que emplea la misma comparación, añade que este árbol "no teme la venida del calor, conserva su follaje verde, en año de sequía no la siente, y no deja de dar fruto" (Jer 17, 8).

Se compara al hombre con un árbol. Y es justo. También el hombre crece, se desarrolla; mantiene la salud y las fuerzas, o las pierde. Sin embargó, la comparación de la Sagrada Escritura se refiere al hombre sobre todo en sentido espiritual. Efectivamente, habla de los frutos espirituales de sus obras, que se manifiestan por el hecho de que este hombre "no sigue el consejo de los impíos" y "no entra por la senda de los pecadores" (Sal 1, 1). En cambio, la fuente de esta conducta, esto es, de estos frutos buenos del hombre, está en que "su gozo es la ley del Señor" y "medita su ley día y noche" (Sal 1, 2).

Por su parte, el profeta subraya que este hombre "confía en el Señor y en El pone su confianza" (Jer 17, 7). El hombre que vive así, que se comporta de este modo es llamado en la Escritura bendito. En oposición a él está el hombre pecador, a quien el profeta Jeremías compara con "un desnudo arbusto en el desierto" (Jer 17, 6), y a quien el salmista parangona con la "paja que arrebata el viento" (Sal 1, 4). Si el primero merece la bendición, el otro es llamado "maldito" por el profeta (Jer 17, 5), porque sólo confía en el hombre (Jer 17, 5), esto es, en sí mismo, y "de la carne hace su apoyo, y aleja su corazón del Señor" (Jer 17, 5).

3. Así, pues, la liturgia de la Palabra de hoy tiene un mensaje claro. Trata del hombre. Juzga su conducta. Somete a valoración crítica su concepción del mundo. Toca los fundamentos mismos de donde la vida humana saca su sentido integral. Efectivamente, la integridad de la vida humana es el camino que se debe seguir (esta comparación, como se ve, tan antigua, permanece siempre fresca y viva); la vida humana es un camino que hay que recorrer.

"El Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal" (Sal 1, 6).

Esta mirada sobre el conjunto de los problemas humanos, sobre el complejo de la vida, ¿es sólo de ayer? ¿No se pueden aplicar estas comparaciones y estas valoraciones a los hombres de nuestro tiempo? ¿No se refieren también a nosotros?, ¿a cada uno de nosotros? ¿Acaso no se puede repetir al hombre de nuestra época —época de materialismo teórico y práctico— que él pone su fuerza en la "carne", es decir, en sí mismo y en la materia, y que mide el sentido de la vida sobre todo por los valores materiales? En efecto, está orientado a "poseer" y a "tener", hasta el punto de perder frecuentemente en todo esto lo que es más importante: aquello, gracias a lo cual, el hombre es hombre, capaz de hacerle crecer como árbol que produce frutos buenos.

4. El hombre debe crecer espiritualmente, madurando para la eternidad. También nos enseña esto la Palabra de Dios en la liturgia de hoy.

"Alegraos en aquel día y regocijaos, pues vuestra recompensa será grande en el el cielo" (Lc 6, 23): así recuerda el canto que precede al Evangelio, unido a un gozoso "Alleluia", que desaparecerá en la liturgia de los próximos domingos, porque entramos ya en el período de Cuaresma.

Para madurar espiritualmente hasta la eternidad, el hombre no puede crecer sólo en el terreno de la temporalidad. No puede poner su apoyo en la carne, es decir, en sí mismo, en la materia. El hombre no puede construir sólo sobre sí y "confiar" solamente en el hombre. Debe crecer en un terreno diverso del de lo transitorio y de lo caduco de este mundo temporal. Es el terreno de la nueva vida, de la eternidad y de la inmortalidad el que Dios ha puesto en el hombre, al crearlo a su propia imagen y semejanza.

Este terreno de la nueva vida se ha revelado plenamente en la resurrección de Cristo; como nos recuerda San Pablo en la liturgia de hoy en el pasaje de la primera Carta a los Corintios. Nosotros crecemos y maduramos espiritualmente (e incluso corporalmente), tendiendo con toda nuestra humanidad a la vida eterna; en efecto, "Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que mueren" (1 Cor 15, 20): por esto la resurrección de Cristo confiere un dinamismo de crecimiento a la vida todos. Está bien que ya antes de la Cuaresma, la liturgia nos recuerde las verdades fundamentales de nuestra fe y de nuestra vida; de este modo, indica ya a lo que nos prepararemos, en el recogimiento espiritual, durante los domingos y las semanas próximas.

¿Qué significa creer en Cristo? ¿Qué significa creer en la resurrección? Significa precisamente (como dice Jeremías) confiar en el Señor, tener confianza en El solo, una confianza tal que no podamos ponerla en el hombre, porque la experiencia nos enseña que el hombre está sometido a la muerte.

¿Qué significa creer en Cristo y creer en la resurrección? Significa también complacerse en la ley del Señor, esto es, vivir de acuerdo con los mandamientos y las indicaciones que Dios nos ha dado, mediante Cristo. Entonces somos como ese árbol que, plantado junto a la acequia y fertilizado por ella, da fruto: fruto bueno, fruto de vida eterna.

La resurrección de Cristo se ha convertido en la fuente del agua vivificante del bautismo, de la que debe brotar toda la vida de un cristiano en crecimiento hacia la eternidad y hacia Dios.

5. Como se ve, el contenido de la liturgia de hoy es muy rico y nos hace pensar mucho. El hombre está situado entre el bien y el mal, y en este contraste crece y se desarrolla espiritualmente. Crece como un árbol, pero, al mismo tiempo, muy diversamente de él. Su crecimiento y su desarrollo espiritual dependen de sus decisiones y de sus opciones. Dependen de la libre voluntad, del estado de su conciencia, de su concepción del mundo, de la escala de valores que guía su vida y su comportamiento.

Y por esto, también nosotros, que creemos en Cristo y pertenecemos a su Iglesia, debemos preguntarnos siempre a nosotros mismos: los valores que nos guían, ¿están realmente conformes con nuestra fe? La concepción del mundo, que aceptamos cada día, ¿acaso no está construida sólo sobre la "carne", sobre la temporalidad? ¿Corresponde nuestro comportamiento a la verdad que confesamos? ¿No es conformista? ¿O hipócrita?

También Cristo Señor en el Evangelio de hoy hace esta contraposición. Por una parte, proclama las bienaventuranzas, y por otra, pronuncia los "ay". ¿En qué parte nos encontramos? ¿Nos importa que el Reino de Dios nos pertenezca (cf. Lc 6, 20), o más bien queremos tener todo nuestro consuelo ya en esta vida (cf. Lc 6, 24)? ¿No deseamos, tal vez, solamente esto?

6. Demos gracias a Dios por esta visita, queridos hermanos y hermanad, feligreses de San Martín "ai Monti"; Dios os recompense a todos. Hagamos juntos todo lo posible para no alejarnos de Cristo, para consolidar en El nuestra vida. El tiempo de Cuaresma nos ayudará de nuevo en este propósito. Son abundantes los recursos de la gracia y del amor de nuestro Señor, y ellos hacen, ciertamente, que podamos crecer como árbol que da fruto. Tendamos la mano a estos recursos con nuestra fe y nuestra confianza en Cristo Jesús.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: El peligro de las riquezas

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004
VI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

Lc 6,7.20-26

Jesús no sólo pone las bienaventuranzas en positivo. El «¡ay de vosotros!» es un fuerte aldabonazo para que nadie se llame a engaño. Con ello está resaltando que no se puede ser rico y cristiano al mismo tiempo. Nunca más necesarias estas palabras de Cristo que ahora. Vivimos en una sociedad opulenta y con frecuencia se intenta compaginar las riquezas y la fe en Jesucristo.

Sin embargo, el evangelio es bastante explícito y Jesús no ahorra palabras para poner en guardia frente al peligro de las riquezas. Pocos males hay tan rechazados en los evangelios como este. Ante todo, porque las riquezas embotan, hacen al hombre necio e impiden escuchar la palabra de la salvación (Mt 13,22). Las riquezas llevan al hombre a hacerse auto-suficiente, endurecen su corazón y le impiden acoger a Dios; en vez de recibir todo como hijo, lleno de gratitud, el rico se afianza en sus posesiones y se olvida de Dios (Lc 12,15-21).

Por eso hemos escuchado en la primera lectura: «Maldito el hombre que confía en el hombre». La Virgen sabía bien al cantar el Magnificat: «A los ricos los despide vacíos» (Lc 1,53). Las riquezas empobrecen al hombre. Le impiden experimentar la inmensa dicha de poseer sólo a Dios.

A Cristo le duele que el rico se pierda al no haber encontrado el único tesoro verdadero (Mt 13,44) y por eso grita y denuncia el daño de las riquezas, que además cierran y endurecen el corazón frente al hermano necesitado. Epulón no ha hecho nada malo a Lázaro; es condenado simplemente porque no le ha atendido (Lc 16,19-31).

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

El Corazón de Cristo Redentor proclamó un día las actitudes fundamentales de los corazones elegidos por el Padre para realizar en ellos sus designios de salvación. No se trata de cumplir simplemente los mandamientos del decálogo, como en el Antiguo Testamento. Se requiere en el Nuevo un modo de vivir y de obrar totalmente nuevo. Pero esto sólo es posible con la fuerza del Espíritu Santo, que nos comunica el espíritu evangélico de las bienaventuranzas.

Jeremías 17,5-8: Maldito quien confía en el hombre, y bendito aquel que confía en el Señor. Dos senderos se abren ante nuestra libertad: un camino de salvación divina, para cuantos confían en la Palabra y en el amor de Dios; y un camino de maldición, para cuantos ponen su confianza idolátrica en los bienes de la tierra. Comenta San Agustín:

«¿Qué es «negarse a sí mismo»? No presuma el hombre de sí mismo; advierta que es hombre y escuche el dicho profético: «¡maldito todo el que pone su esperanza en el hombre!». Así pues, sea el hombre guía de sí mismo, pero no hacia abajo; sea guía de sí mismo, pero para adherirse a Dios. Cuanto tiene de bueno atribúyalo a Aquél por quien ha sido hecho; y entienda que cuanto tiene de malo es de cosecha propia. No hizo Dios lo que de malo existe en él.

«Por tanto, pierda el hombre lo que hizo, si fue algo que le llevó a la ruina. «Niéguese a sí mismo, dice el Señor, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). ¿A dónde hay que seguir al Señor? Sabemos adónde fue... Resucitó y subió al cielo; allí hay que seguirle. No hay motivo alguno para perder la esperanza; no porque el hombre pueda algo, sino por la promesa de Dios. El cielo estaba lejos de nosotros, antes de que nuestra Cabeza subiese a él. ¿Por qué perder ahora la esperanza, si somos miembros de la Cabeza? Allí hemos de seguirle» (Sermón 96,2-3).

–Con el Salmo 1 proclamamos: «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor, y no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia. Da fruto en su sazón, y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin. No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal».

1 Corintios 15,12.16-20: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido. Las bienaventuranzas de Cristo tienen su garantía plena en su Resurrección redentora. Por el contrario, las bienaventuranzas humanas quedan todas ahogadas en el sepulcro. La resurrección de Cristo es el tema fundamental de la predicación de San Pablo y de toda la Iglesia. En nuestro tiempo, en que todo se centra sobre el progreso técnico y el bienestar material del hombre, es preciso acentuar lo que está en el origen de nuestra fe: la Resurrección de Cristo y nuestra propia resurrección futura.

La revelación nos pone en guardia para que no centremos nuestra atención en el mundo presente, porque esto podría perdernos, al hacernos olvidar la meta a la que nos dirigimos, y al sofocar en nosotros la esperanza de la patria celestial, la Jerusalén celeste. Hagamos nuestra la actitud de los santos, como San Ignacio de Antioquía, que escribe camino de su martirio:

«Mi amor está crucificado, y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos. Únicamente oigo en mí interior la voz de un agua viva, que me habla y me dice: «ven al Padre»» (Romanos 4, 1-2).

Y San Cipriano:

«¡Qué gran dignidad, salir glorioso en medio de la aflicción y de la angustia, cerrar los ojos, con los que vemos a los hombres y el mundo, para volverlos a abrir en seguida y contemplar a Dios!» (Tratado a Fortunato 13).

Lucas 6,17.20-26: Dichosos los pobres; y ay de vosotros, los ricos. Cristo es personalmente la clave necesaria para interpretar sus bienaventuranzas. Son ellas un autorretrato fidelísimo de su Corazón ante el Padre y ante los hombres. Las comenta San Ambrosio:

«San Lucas no ha consignado más que cuatro bienaventuranzas del Señor; San Mateo, ocho; pero en las ocho se encuentran las cuatro, y en las cuatro las ocho... Ven, Señor Jesús, enséñanos el orden de tus bienaventuranzas. Pues, no sin un orden, has dicho Tú primero: bienaventurados los pobres de espíritu; en segundo lugar, bienaventurados los mansos y en tercer lugar, bienaventurados los que lloran.

«Aunque conozco algo, no lo conozco más que en parte; pues, si San Pablo conoció en parte (1 Cor 13,9), ¿qué puedo yo conocer, que soy inferior a él, tanto en la vida cuanto en las palabras?... ¡Cuánto es más sabio San Pablo que yo! Él se gloría en los peligros, yo en los buenos acontecimientos; él se gloría, porque no se exalta en las revelaciones; yo, si tuviese revelaciones, me gloriaría en ellas. Mas, Dios, sin embargo, puede «suscitar hombres de la piedras» (Mt 3,9), sacar palabras de las bocas cerradas, hacer hablar a los mudos; y si abrió los ojos de la borriquilla para que viese al ángel (Num 22,27), Él tiene poder también para abrir nuestros ojos, a fin de que podamos ver el misterio de Dios...

«Aunque la abundancia de riquezas implica no pocas solicitaciones al mal, también en ellas hay más de una invitación a la virtud. Sin duda alguna, la virtud no tiene necesidad de ayudas, y la contribución de los pobres es más digna de elogios que la liberalidad de los ricos; sin embargo, a los que Él condena por la autoridad de la sentencia celestial, no son aquéllos que tienen riquezas, sino aquéllos que no saben usarlas» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, lib. V,49,52 y 69).



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (16-02-1992)

Domingo VI del Tiempo Ordinario (Ciclo C)
Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Valentín Al Villaggio Olimpico
Domingo 16 de febrero del 1992

Carissimi fratelli e sorelle della Parrocchia di San Valentino!

1. Abbiamo ascoltato il brano del Vangelo di San Luca, che contiene il discorso delle Beatitudini. Si tratta di una specie di proclama solenne del Regno di Dio, di una sintesi della predicazione evangelica, che mostra ciò che agli occhi di Dio ha valore nella vita dell’uomo e ciò che in essa non ha valore. Luca segna questa contrapposizione, usando i termini beati e guai. Beati sono i poveri, quelli che hanno fame, quelli che piangono, quelli che subiscono persecuzioni a causa della giustizia. Essi possederanno il Regno dei cieli, saranno saziati, gioiranno, avranno una grande ricompensa. Invece i guai sono per i ricchi, per coloro che sono sazi, che ridono e che sono applauditi. Essi hanno già ricevuto la loro ricompensa. Siamo invitati a considerare il contrasto tra due scale di valori o, meglio, tra due sapienze: quella del mondo che è effimera e quella divina che è eterna. In una civiltà come la nostra, in cui l’avere prevale sull’essere, e il denaro diventa un idolo, a cui si sacrifica ogni altro valore, solamente il richiamo delle beatitudini evangeliche può liberarci dall’affanno per le cose, può farci riscoprire la vera gerarchia delle realtà che contano. Le beatitudini esprimono il capovolgimento radicale dei valori che Gesù ha realizzato. Con esse si proclama l’avveramento delle antiche promesse messianiche. Chi dice sì a Gesù prova la gioia di sentirsi inserito nella storia della salvezza, partecipando alla sorte dei profeti. Chi, invece, dice no al Signore e non crede al suo Vangelo, si autoesclude dal raggio salvifico, ponendosi non nell’area delle «beatitudini», ma in quella dei «guai». Il Signore rivela un diverso tipo di ricchezza e un diverso tipo di povertà, sicché il suo annuncio può essere così parafrasato: «beati» voi, poveri, perché in realtà siete ricchi, guai a voi, ricchi, perché in realtà siete poveri! Potete essere poveri. Tale è anche il pensiero dell’apostolo Giacomo, quando scrive nella sua Lettera: «Dio non ha forse scelto i poveri nel mondo per farli ricchi con la fede ed eredi del Regno che ha promesso a coloro che lo amano?» (Gc 2, 5). La contrapposizione, pertanto, non è tra i ricchi e i poveri, ma tra i ricchi di fronte al mondo e i ricchi di fronte a Dio.

2. Queste impegnative parole del Signore servono a farci comprendere come il cristiano non deve fondare le sue certezze nelle cose terrene, che sono per loro natura labili e passeggere, e rischiano di far dimenticare lo scopo per il quale Dio ci ha creati. In questo senso vanno anche le parole del profeta Geremia, quando esclama: «Maledetto l’uomo che confida nell’uomo . . . Benedetto l’uomo che confida nel Signore». Le certezze del cristiano sono in Dio, dal quale egli proviene e al quale ritornerà, sono nel Figlio suo Gesù Cristo, il quale, come spiega San Paolo nel brano della prima Lettera ai Corinzi, è veramente risuscitato dai morti, rendendo così granitica la fede e sicuro il perdono dei peccati. Con ciò il fedele non rifiuta le realtà terrene, ma le usa per meglio servire Dio e i fratelli, senza lasciarsi irretire in esse o idolatrarle, ben sapendo che è solo Dio Colui che può garantire la vera, definitiva, ultima felicità dell’uomo.

3. Una sintesi di questi pensieri è contenuta nel ritornello del primo Salmo che abbiamo recitato in coro: «Beato chi pone la speranza nel Signore». Tutto il Salmo spiega che l’uomo è beato se si compiace della legge del Signore, cioè se compie scelte appropriate. Egli sarà come un albero piantato lungo corsi d’acqua, carico di foglie e di frutti a suo tempo, mentre l’empio sarà come pula che il vento disperde. Queste verità vanno richiamate alla coscienza e alla pratica di vita dei cristiani con tanto maggior vigore, quanto più sembrano diventate estranee a quello che appare oggi il comune modo di ragionare, di valutare e di comportarsi nel nostro tempo, spesso condizionato dal materialismo pratico, alimentato dalla secolarizzazione, dal consumismo e da un sottile nichilismo, che toglie valore a ogni cosa che non sia un tornaconto immediato.

4. Voi vivete in un quartiere che ricorda con il suo stesso nome le competizioni olimpioniche. Le strade della vostra Parrocchia portano i nomi di tante nazioni affratellate nelle Olimpiadi e alle quali va spesso il nostro pensiero, per gli eventi che li rendono di volta in volta protagonisti e per i progetti di cooperazione, di sicurezza e di pace che li coinvolgono. Ebbene, la competizione sportiva è un simbolo dell’impegno, col quale il cristiano deve tendere al traguardo della perfezione evangelica. La metafora è contenuta nella prima Lettera di San Paolo ai Corinzi, nella quale l’Apostolo esorta i cristiani di quell’antica Comunità a gareggiare per un premio non passeggero, ma duraturo. «Non sapete - egli dice - che nelle corse allo stadio tutti corrono, ma uno solo conquista il premio? Correte anche voi in modo da conquistarlo! Però gli atleti sono temperanti in tutto, essi lo fanno per ottenere una corona corruttibile - che si chiama medaglia d’oro o d’argento - noi invece per una incorruttibile» (1 Cor 1, 24-25).

5. Cari fedeli! Mi rallegro con voi per la vita cristiana che svolgete all’interno della vostra Parrocchia, la quale ha ormai una storia trentennale. Esprimo il mio ringraziamento al Parroco, Padre Dino Fortunato, dell’Istituto secolare Casa San Raffaele di Vittorio Veneto, e ai suoi Confratelli nel sacerdozio, che vi assistono e vi seguono fin dal sorgere della Comunità. Insieme al Cardinale Vicario, Camillo Ruini, e al Vescovo Ausiliare per il Settore Nord, Monsignor Salvatore Boccaccio, i miei più stretti collaboratori nel Consiglio Episcopale si uniscono a me nell’esprimere vivo compiacimento per la vitalità veramente ricca, per un associazionismo molto attivo, che copre tutti i centri di interesse e gli obiettivi essenziali della vita cristiana. Continuate ad approfondire la conoscenza dei problemi e delle necessità non solo della Parrocchia, ma anche della Diocesi di Roma, che in questi mesi è particolarmente impegnata nei lavori del Sinodo diocesano, da cui ci si attende un profondo rinnovamento nella vita privata e pubblica della Diocesi e della città. È superfluo dire che queste mete si potranno raggiungere pienamente, se saprete confidare nell’aiuto di Dio e corrispondervi con un generoso e quotidiano impegno. Non cessate, perciò, di far fronte alle insidie del tempo e ai mali sociali presenti pure in questa Comunità parrocchiale. So che a questo proposito non manca il contributo delle Associazioni di Azione Cattolica, dei Gruppi giovanili, delle Associazioni degli Anziani e di quelle della preghiera, come del Raggruppamento delle famiglie per la Cooperazione alle Attività Parrocchiali. So pure che la vostra Parrocchia desidera essere una Comunità orante. Lasciate che sottolinei questo aspetto come il più importante di una vita cristiana bene impostata e spiritualmente fruttuosa. Gesù ha dato l’esempio e ha esortato a pregare senza intermissione (Lc 18, 1-8).

Se farete questo, non solo preserverete dal male le vostre anime, le famiglie, i bambini, la gioventù, ma coopererete a rendere la Città più cristiana. Desidero concludere con un pensiero particolare per coloro che non hanno potuto prendere parte a questa Eucaristia a causa della infermità o per qualunque altra ragione. Assicuro la mia preghiera anche per coloro che non si riconoscono come membri di questa Comunità. Sappiano questi nostri fratelli che non sono lontani dal mio cuore e dal cuore della Chiesa, che è Madre di tutti.

Vi ringrazio per la fervida partecipazione a questa Eucaristia e a questa visita. Amen!

Homilía (13-02-1983)

VI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)
Visita Pastoral a la Parroquia Romana de Nuestra Señora de Lourdes
Domingo 13 de febrero del 1983

1. Cari fratelli e sorelle!

Sono lieto di trovarmi in mezzo a voi in questa domenica in cui celebrate la festa della celeste Patrona della vostra parrocchia: Nostra Signora di Lourdes. Ella, che non cessò di meditare nel suo cuore la parola divina (cf. Lc 2, 51), ci invita a porgere orecchio con attenzione alle Letture dell’odierna Liturgia, in cui scorgiamo una sorprendente e significativa contrapposizione. Già nella prima lettura, il profeta Geremia mette davanti a noi l’immagine di un uomo, che chiama «maledetto», e poi di un altro, che chiama «benedetto».

Così, nel Vangelo di Luca ascoltiamo prima l’espressione: «beati», e dopo: «guai». Anche qui c’è una evidente contrapposizione.

2. Non possiamo passare oltre senza fermarvi la nostra attenzione. Non possiamo dimenticare che il Vangelo si serve di quel duro «guai» riferendosi alla tradizione del Vecchio Testamento. Anche noi dobbiamo accogliere questa severa parola della Buona Novella e meditare su di essa.

San Luca scrive: «Guai a voi ricchi . . . guai a voi che ora siete sazi . . . guai a voi che ora ridete . . . guai quando tutti gli uomini diranno bene di voi . . .» (Lc 6, 24-26).

Questo significa forse che essere elogiati, ridere, appagare il proprio appetito o arrivare alla ricchezza è qualche cosa di cattivo e di condannabile?

Sembra che la risposta a tale domanda ci venga dal profeta Geremia. Egli chiama «maledetto» l’uomo che confida nell’uomo e che nella carne vede la propria forza, «e dal Signore allontana il suo cuore» (Ger 17, 5). Quindi il male di cui parlano il profeta e l’evangelista non sta nella ricchezza in se stessa, nell’appagare l’appetito, o nelle lodi umane. Il male a cui corrisponde quel «guai» di San Luca sta nell’attaccamento esclusivo a questi o ad altri beni temporali, e, al tempo stesso, nell’allontanamento del cuore da Dio.

Quanto ho detto si riferisce alla parte negativa di questa contrapposizione rilevabile nelle Letture dell’odierna Liturgia.

3. La parte positiva è più ricca e più sviluppata. Il profeta Geremia chiama «benedetto» l’uomo che «confida nel Signore e il Signore è la sua fiducia» (Ger 17, 7). Il profeta lo paragona a un albero piantato lungo i corsi d’acqua, così che essa ne annaffia le radici e gli permette di tenere verdi le foglie anche nel periodo della stagione calda. Esso non cessa di produrre i frutti nemmeno durante la siccità (cf. Ger 17, 8).

Quasi la stessa immagine dell’«uomo beato» è tracciata nel primo Salmo: egli è «come albero piantato lungo corsi d’acqua, / che darà frutto a suo tempo / e le sue foglie non cadranno; / riusciranno tutte le sue opere» (Sal 1, 3). Un tale uomo «non segue il consiglio degli empi» né «dei peccatori», ma «si compiace della legge del Signore», e la «medita giorno e notte» (cf. Sal 1, 2).

4. Dopo aver accennato alla bella metafora che si trova nel libro del profeta Geremia e nel primo Salmo, passiamo ora a cercare una risposta alla domanda: che cosa è quel torrente, quell’acqua vivificante nella quale l’uomo giusto e «benedetto» mette le sue radici? Come risulta dal Salmo, esso è, appunto, la «legge del Signore».

Proseguendo, però, con l’odierno Vangelo di Luca, possiamo precisare che il torrente vivificante è la Parola di Dio, la Buona Novella.

5. Proprio essa racchiude in sé il codice delle beatitudini che leggiamo in Luca.

Non sfugga alla nostra attenzione il fatto che l’enunciazione di ciascuna di queste beatitudini è costruita in maniera significativa. Per esempio, «Beati voi poveri, perché vostro è il regno di Dio» (Lc 6, 20).

La prima parte parla della vita temporale, la seconda parla soprattutto del futuro eterno. La vita temporale è carica di molte fatiche, disagi, sofferenze, insomma di ciò che l’uomo è solito chiamare «il male»: il male della povertà, il male della fame, il male che si manifesta nelle lacrime della sofferenza, il male delle persecuzioni «a causa del Figlio dell’uomo».

Come però abbiamo precedentemente osservato, il Signore Gesù ci avverte che un «bene» come la ricchezza, la sazietà, gli elogi, ogni bene temporale può divenire un «male», se distacca il nostro cuore da Dio. Egli rivela anche che un «male», tutti i mali elencati nel Vangelo odierno, possono avere un significato salvifico, di beatitudine: possono diventare un «bene», se conducono il nostro cuore a Dio. In questo modo, infatti, la povertà, la privazione, le sofferenze, le persecuzioni ci preparano all’eterna intimità con lui e alla partecipazione al suo Regno.

6. Ecco il codice delle beatitudini, quasi nucleo stesso della Buona Novella. Proprio essa è quel «torrente» di acqua vivificante in cui mette le radici l’uomo giusto, che il profeta Geremia chiama «l’uomo benedetto».

Perciò san Paolo, nella seconda Lettura d’oggi, ricorda che «Cristo è risuscitato dai morti, primizia di coloro che sono morti» (1 Cor 15, 20). E insieme ci invita ad avere speranza in Cristo non soltanto per questa vita temporale, ma per l’intera eternità (cf. 1 Cor 15, 19).

In realtà, la risurrezione di Cristo è la garanzia di tutta la Buona Novella, e assicurazione delle beatitudini evangeliche. L’uomo che costruisce la sua vita su tale fondamento veramente «confida nel Signore e il Signore è sua fiducia» (Ger 17, 7). L’odierna Liturgia dichiara «beato» un simile uomo.

7. Ecco una breve meditazione sui pensieri tanto fecondi, racchiusi nelle Letture della Santa Messa di oggi. Mi rallegro di averla potuta fare insieme con voi, cari parrocchiani della Comunità di Nostra Signora di Lourdes.

Vi saluto tutti e tutti benedico nel nome del Signore e della sua Madre santissima. Saluto in particolare il Cardinale Vicario, il Vescovo Ausiliare Monsignor Riva, lo zelante parroco, don Camillo Paliani, i suoi collaboratori e i sacerdoti residenti.

Il mio pensiero va anche alle numerose Comunità religiose dei diversi Istituti, che lavorano con tanta dedizione: le Figlie di san Paolo, le Suore Francescane dell’Immacolata, le Suore della Carità di Santa Giovanna Antida, le Suore Francescane Ospedaliere dell’Immacolata Concezione, le Figlie di Nostra Signora del Monte Calvario.

Saluto cordialmente poi i vari gruppi del laicato: il gruppo del Vangelo, il Volontariato vincenziano, il «Piccolo gregge», il Gruppo liturgico, l’AGESCI, le Comunità neocatecumenali, l’Oratorio, i Ministranti, le Terziarie Francescane.

Saluto, infine, tutti i giovani, gli emarginati, gli anziani, gli ammalati, quanti vivono in solitudine.

A tutti raccomando un generoso impegno nella pastorale parrocchiale e nella pastorale per le famiglie. In particolare raccomando la frequenza alla Messa festiva: è un dovere importante per conservare e sviluppare la propria vita di fede.

Pochi mesi fa avete avuto la Missione popolare, che è passata tra voi come un benefico vento di risveglio interiore. Ora dovete andare avanti e crescere, con l’aiuto del Signore e della Vergine di Lourdes, a cui oggi guardate con cuore devoto e fervente. E io sono sicuro che farete proprio il messaggio lanciato da lei alle falde dei Pirenei perché tutti gli uomini tornino a Gesù con la preghiera e la penitenza. È questo anche l’invito che ci viene dalla Quaresima ormai vicina e dell’Anno Giubilare della Redenzione.

8. «Rallegratevi . . . ed esultate, perché, ecco, la vostra ricompensa è grande nei cieli» (Lc 6, 23). Sono queste le parole che risuonano nell’odierna Liturgia, e che ne rispecchiano le idee principali.

La Patrona della vostra parrocchia, «Nostra Signora di Lourdes», vi ricordi incessantemente, cari parrocchiani, queste parole evangeliche, questa affermazione di Cristo. «Rallegratevi ed esultate perché la vostra ricompensa è grande nei cieli».

Tale ricordo sostenuto dal suo immacolato cuore materno ci aiuti a camminare con costanza verso il Bene definitivo che Dio stesso prepara per noi nell’eternità.