Domingo VII de Pascua (C) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

Hch 7, 55-60: Veo al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios
Sal 96, 1-2. 6-7. 9: El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra
Ap 22, 12-14. 16-17. 20: ¡Ven, Señor Jesús!
Jn 17, 20-26: ¡Que sean completamente uno!



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
p. 251s

1. «Este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo... y contemplen mi gloria».

Estamos a la espera del Espíritu divino de Pentecostés. Todos los textos hablan hoy de una existencia en tránsito. En ella vivimos siempre, y no sólo en el momento de la muerte: «En toda ocasión y por todas partes llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Co 4,11). En el evangelio de hoy Jesús termina su oración sacerdotal al Padre con la perspectiva de entrar en su gloria, pero sin abandonar a los suyos, sino llevándolos consigo a esta gloria. Aquí le oímos decir: «Padre, éste es mi deseo...». Los discípulos deben poder seguirle en su tránsito a Dios, pues Jesús les ha traído la buena noticia del amor de Dios y ellos la han acogido. Por eso ya en la tierra han sido introducidos en el amor trinitario, y el deseo de Jesús de que lo sigan coincide con el del Padre, que ha enviado al Hijo al mundo con este fin. En el trasfondo de este único deseo del Padre y del Hijo aparece el Espíritu Santo, que culmina en los creyentes la obra introductoria realizada por Jesús. La tarea de Jesús se ha cumplido ya en este Espíritu Santo, y ahora el Espíritu de Dios, el vínculo entre el Padre y el Hijo ha de completar el vínculo entre el cielo y la tierra. De este modo el mundo, si se abre al Espíritu, puede reconocer que el amor eterno del Padre al Hijo incluye ya el amor a los hombres: «Que el mundo sepa que Tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí».

2. «Señor Jesús, recibe mi espíritu».

La primera lectura nos muestra al primer mártir cristiano, Esteban, en el mismo tránsito. Esteban ha pronunciado su gran confesión de fe y al final ve ya, «lleno del Espíritu Santo», «la gloria de Dios (del Padre) y a Jesús de pie a la derecha de Dios». Su tránsito es, como el de Jesús, un testimonio de sangre. Ha seguido tan perfectamente a Jesús que se apropia de sus palabras en la cruz: «Recibe mi espíritu», «no les tengas en cuenta este pecado». Por eso su muerte se convierte no sólo en testimonio, sino también en sustitución vicaria. Esta sólo puede producirse dentro de la imitación del Señor, que ha exhalado ya su Espíritu sobre Iglesia.

3. «El Espíritu y la novia dicen: ¡Ven!».

Finalmente, en la segunda lectura, vemos a toda la Iglesia en el tránsito. Tanto más cuanto que el Señor le ha prometido su próxima venida y ha aumentado en ella el deseo del árbol de la vida y de la gloria de la ciudad eterna. Pero este deseo hace exclamar a la Iglesia junto con el Espíritu Santo el «¡Ven!» e invitar a todos los hombres a sumarse a este grito. Estamos a la espera de la fiesta de Pentecostés, pero la esperamos ya en el Espíritu Santo; estamos esperando la llegada del Espíritu, implorando su luz y su fuego purificador para poder llamar junto con él al Esposo con mayor ansiedad, con una nostalgia más profunda. El Espíritu grita en nosotros mejor de lo que nosotros mismos podemos hacerlo, y el cielo oye este grito del Espíritu desde la tierra, pues «su intercesión por los santos es según Dios» (Rm 8,27).