Jueves II del Tiempo de Cuaresma – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

Jer 17, 5-10: Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor
Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor
Lc 16, 19-31: Recibiste bienes, y Lázaro males: ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (25-02-2016): Lázaro llama hoy a nuestra puerta


Misa en Santa Marta
Jueves 25 de febrero del 2016

En el Evangelio de hoy (Lc 16,19-31) Jesús cuenta la parábola del hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo y cada día daba grandes banquetes, pero no se daba cuenta de que a su puerta había un pobre, de nombre Lázaro, cubierto de llagas. Preguntémonos si yo soy un cristiano del camino de la mentira —solo del decir—, o si soy un cristiano del camino de la vida, es decir, de las obras, del hacer. Porque este hombre rico sabía los mandamientos, y seguramente todos los sábados iba a la sinagoga y una vez al año al templo. Tenía una cierta religiosidad. Pero era un hombre encerrado, encerrado en su pequeño mundo —el mundo de los banquetes, de los vestidos, de la vanidad, de sus amigos—, un hombre encerrado precisamente en una burbuja de vanidad. No tenía la capacidad de ver más allá, solo su propio mundo. Y este hombre no era consciente de lo que pasaba fuera de su mundo cerrado. No pensaba, por ejemplo, en las necesidades de tanta gente, o en la necesidad de compañía de los enfermos... Solo pensaba en él, en sus riquezas, en su buena vida: ¡se daba la buena vida!

Era, pues, un religioso aparente, no conocía ninguna periferia, estaba completamente encerrado en sí mismo. Precisamente la periferia que estaba junto a la puerta de su casa, ni la conocía. Iba por el camino de la mentira, porque se fiaba solo de sí mismo, de sus cosas, pero no se fiaba de Dios. Un hombre que no ha dejado herencia, ni ha dejado vida, porque solo estaba encerrado en sí mismo. Es curioso que hasta haya perdido su nombre. El Evangelio no dice cómo se llamaba, solo dice que era un hombre rico, Y cuando tu nombre es solamente un adjetivo es porque has perdido sustancia, has perdido fuerza. Este es rico, este es poderoso, este puede hacerlo todo, este es un cura de carrera, un obispo de carrera... Cuántas veces nos pasa que nombramos a la gente con adjetivos, no con nombres, porque no tienen sustancia. Y yo me pregunto: Dios, que es Padre, ¿no tuvo misericordia de ese hombre? ¿No llamó a su corazón para removerlo? Pues sí, estaba a la puerta, en la persona de aquel Lázaro, que si tenía nombre. Y aquel Lázaro con sus necesidades y sus miserias, sus enfermedades, era precisamente el Señor que llamaba a su puerta, para que ese hombre abriera su corazón y la misericordia pudiera entrar. Pero no, él no veía, solo estaba encerrado: para él, detrás de la puerta no había nadie.

Estamos en Cuaresma y nos vendrá bien preguntarnos qué camino estamos recorriendo: ¿Voy por el camino de la vida o por el camino de la mentira? ¿Cuánta cerrazón hay en mi corazón todavía? ¿Dónde está mi alegría: en el hacer o en el decir? ¿En salir de mí mismo para ir al encuentro de los demás, para ayudar con las obras de misericordia? ¿O mi alegría es tenerlo todo en su sitio, pero encerrado en mí mismo? Pidamos al Señor, mientras pensamos en eso, en nuestra vida, la gracia de ver siempre los Lázaros que hay a nuestra puerta, los Lázaros que llaman al corazón, y salir de nosotros mismos con generosidad, con actitud de misericordia, para que la misericordia de Dios pueda entrar en nuestro corazón.

Homilía (16-03-2017): Dejar que Dios ilumine nuestra senda


Misa en Santa Marta
Jueves 16 de marzo del 2017

Oh, Dios, ponme a prueba y conoce mis sentimientos; mira si mi camino se desvía y guíame por el camino eterno. Estas palabras de la antífona nos animan a vigilar nuestro camino. Y el Salmo dice que el hombre que confía en el hombre o pone su esperanza en la carne, es decir, en las cosas que uno puede controlar, en la vanidad, en el orgullo, en las riquezas, se acaba alejando del Señor. Tenemos esta alternativa: la fecundidad del hombre que confía en el Señor, o la esterilidad del hombre que confía en sí mismo, en el poder, en las riquezas. Este camino es peligroso, resbaladizo, pues solo me fío de mi corazón, y mi corazón es traicionero.

Cuando una persona vive en un ambiente cerrado respira el aire propio de sus bienes, de su satisfacción, de la vanidad, de sentirse seguro. Solo se fía de sí mismo, y pierde la orientación, pierde la brújula y no sabe dónde están los límites. Es justo lo que le sucedió al rico del que habla el Evangelio de Lucas, que se pasó la vida en fiestas y no cuidó del pobre que estaba a la puerta de su casa. Él sabía quién era aquel pobre, ¡lo sabía! Porque luego, cuando habla con Abraham, le dice: Pues envíame a Lázaro. ¡Sabía hasta cómo se llamaba! Pero no le importaba. ¿Era un hombre pecador? Sí. Pero del pecado se puede dar marcha atrás: se pide perdón, y el Señor perdona. Pero a este, su corazón le llevó por un camino mortal, hasta tal punto que ya no pudo volver atrás. Hay un punto, hay un momento, hay un límite del que difícilmente se vuelve atrás: es cuando el pecado se transforma en corrupción. Y este no era un pecador: ¡era un corrupto! Porque conocía las miserias, pero él era tan feliz que no le importaba nada. Parafraseando el Salmo 1, podríamos decir: Maldito el hombre que confía en sí mismo, que confía en su corazón. No hay nada más traicionero que el corazón, y difícilmente se cura. Cuando caes en ese camino enfermizo, difícilmente te curas.

¿Qué sentimos en el corazón cuando vamos por la calle y vemos a los sin techo, o a unos niños solos pidiendo limosna? No, esos son de esa etnia que roban. ¿Sigo adelante, paso de largo? Sin techo, pobres, abandonados, también esos sin techo bien vestidos, que no tienen dinero para pagar el alquiler porque no tienen trabajo. ¿Qué siento yo? ¿Forman parte del panorama, del paisaje de una ciudad, como una estatua, como la parada del autobús o la oficina de Correos? ¿También los sin techo forman parte de la ciudad? ¿Eso es normal? Estad atentos. Estemos atentos. Cuando esas cosas suenan normales en nuestro corazón –bueno, la vida es así. Yo como y bebo, pero para quitarme un poco el sentido de culpa daré una limosna y seguiré adelante– el camino no va bien. ¿Qué siento cuando veo en el telediario que ha caído una bomba en un hospital y han muerto tantos niños? ¿‘Pobre gente’? ¿Digo una oración y luego sigo como si nada? ¿Eso entra en mi corazón o soy como este rico a quien el drama de Lázaro –del que tenían más piedad los perros– nunca entró en su corazón? Si fuese así, estaría en el camino del pecado a la corrupción. Por eso, pidamos al Señor: Sondea, oh Dios, mi corazón. Ve si mi camino está equivocado, si estoy en la senda resbaladiza del pecado a la corrupción, de la que no se puede volver atrás. Habitualmente, el pecador, si se arrepiente, vuelve atrás; el corrupto, difícilmente, porque está encerrado en sí mismo. Sondea, Señor, mi corazón: que sea esta la oración de hoy. Y hazme saber en qué camino estoy, por qué senda estoy yendo.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Cuaresma. , Vol. 2, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Jeremías 17,5-10: Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor. La oposición entre las dos actitudes que son fuente de desgracia o de felicidad, nos dispone a contemplar las dos figuras de la parábola evangélica: el rico Epulón y el pobre Lázaro. Comenta San Agustín:

«El hombre se perdió por primera vez a causa del amor a sí mismo. Pues si no se hubiese amado a sí mismo y hubiese antepuesto a Dios a sí mismo, hubiera estado siempre sometido a Dios; no se hubiera inclinado a hacer su propia voluntad descuidando la de Dios.

«Amarse a uno mismo no es otra cosa que querer hacer la propia voluntad. Antepón la voluntad de Dios; aprende a amarte, no amándote. Pues, para que sepáis que es un vicio amarse, dice así el Apóstol: «habrá hombres amantes de sí mismos»... «amantes del dinero». Ya estáis viendo que te encuentras fuera... ¿Por qué vas fuera?... Comenzaste a amar lo que es exterior a ti y te extraviaste».

San Agustín evoca la parábola del hijo pródigo; « Vuelto a sí se dirige al Padre, donde encuentra refugio segurísimo. Si, pues, había salido de sí y de aquél que le había dado el ser, al volver a sí para ir al Padre, niégase a sí mismo. ¿Qué es negarse a sí mismo? No presuma de sí, advierta que es hombre y escuche el dicho profético: «¡Maldito todo el que pone su esperanza en el hombre!» (Jer 17,5). Sea guía de sí mismo, pero no hacia abajo; sea guía de sí mismo, mas para adherirse a Dios» (Sermón 96,2).

–El Salmo 1 es una meditación sobre el destino de los buenos y de los malos. El tema de los caminos en el Antiguo Testamento y en el Nuevo, en la vida de la Iglesia primitiva, como en la Didajé, es muy expresivo de las diferentes actitudes humanas.

Lucas 16,19-31: Tú recibiste bienes en vida y Lázaro a su vez males; por eso encuentra aquí consuelo mientras tú padeces. El juicio de Dios supondrá la inversión de acá abajo. El rico Epulón y el pobre Lázaro son las dos posturas en la vida que se cambian en el juicio de Dios.

Hemos de atender a la voz de Dios, pues sólo en ellas encontramos el camino seguro para recibir el premio en la otra vida. Dios ha hablado en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, y sigue hablando en la Iglesia, a través de la Tradición, el Magisterio, los dogmas y los sacramentos. San Agustín destaca el destino final de quienes siguen uno u otro camino:

«Ved a uno y a otro, al que vive en el placer y al que vive en el dolor: el rico vivía entre placeres y el pobre entre dolores; el primero banqueteaba, el segundo sufría; aquél era tratado con respeto por la familia que lo rodeaba, éste era lamido por los perros; aquél se volvía más duro en sus banquetes, éste ni con las migajas podía alimentarse.

«Pasó el placer, pasó la necesidad; pasaron los bienes del rico y los males del pobre; al rico le vinieron males y al pobre bienes. Lo pasado pasó para siempre; lo que vino después nunca disminuyó. El rico ardía en los infiernos; el pobre se alegraba en el seno de Abrahán. Primeramente había deseado el pobre una migaja de la mesa del rico; luego deseó el rico una gota del dedo del pobre. La penuria de éste acabó en la saciedad; el placer de aquél terminó en el dolor sin fin» (Sermón 339,5).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos 2


pp. 52-54

1. El profeta nos ofrece una meditación sapiencial muy parecida a la que oíamos en labios de Moisés el jueves de la semana de ceniza. ¿Quiénes son benditos y darán fruto? ¿quiénes malditos y quedarán estériles?

Es maldito quien pone su confianza en lo humano, en las fuerzas propias (en la «carne»). La comparación es expresiva: su vida será estéril, como un cardo raquítico en tierra seca.

Es bendito el que confía en Dios: ése sí dará fruto, como un árbol que crece junto al agua.

La opción sucede en lo más profundo del corazón (un corazón que según Jeremías es «falso y enfermo»). Los actos exteriores concretos son consecuencia de lo que hayamos decidido interiormente: si nos fiamos de nuestras fuerzas o de Dios.

Esto lo dice Jeremías para el pueblo de Israel, siempre tentado de olvidar a Dios y poner su confianza en alianzas humanas, militares, económicas o políticas. Pero es un mensaje para todos nosotros, sobre todo en este tiempo en que el camino de la Pascua nos invita a reorientar nuestras vidas.

2. La parábola del rico Epulón («el que banquetea») y del pobre Lázaro nos sitúa, esta vez en labios de Jesús, ante la misma encrucijada: ¿en qué ponemos nuestra confianza en esta vida?

El rico la puso en sus riquezas y falló. En el momento de la verdad no le sirvieron de nada. El pobre no tuvo esas ventajas en vida. Pero se ve que sí había confiado en Dios y eso le llevó a la felicidad definitiva.

El rico del que habla Jesús no se dice que fuera injusto, ni que robara. Sencillamente, estaba demasiado lleno de sus riquezas e ignoraba la existencia de Lázaro. Era insolidario y además no se dio cuenta de que en la vida hay otros valores más importantes que los que él apreciaba.

3. a) La opción que nos proponía el profeta sigue siendo actual.

Es también la que hemos rezado en el salmo de hoy, prolongación -coherente como pocas veces- de la primera lectura: «dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor... será como árbol que da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas. No así los impíos, no así: serán paja que arrebata el viento».

La Cuaresma nos propone una gracia, un don de Dios. Pero se nos anuncia que es también juicio: al final ¿quién es el que ha acertado y tiene razón en sus opciones de vida? Tendríamos que aprender las lecciones que nos va dando la vida. Cuando hemos seguido el buen camino, somos mucho más felices y nuestra vida es fecunda. Cuando hemos desviado nuestra atención y nos hemos dejado seducir por otros apoyos que no eran la voluntad de Dios, siempre hemos tenido que arrepentirnos después. Y luego nos extrañamos de la falta de frutos en nuestra vida o en nuestro trabajo.

b) También la parábola de Jesús nos interpela. No seremos seguramente de los que se enfrascan tan viciosamente en banquetes y bienes de este mundo como el Epulón. Pero todos tenemos ocasiones en que casi instintivamente buscamos el placer, el bienestar, los apoyos humanos. La escala de valores de Jesús es mucho más exigente que la que se suele aplicar en este mundo. A los que el mundo llama «dichosos», no son precisamente a los que Jesús alaba. Y viceversa. Tenemos que hacer la opción.

No es que Jesús condene las riquezas. Pero no son la finalidad de la vida. Además, están hechas para compartirlas. No podemos poner nuestra confianza en estos valores que el mundo ensalza. No son «los últimos». Más bien a veces nos cierran el corazón y no nos dejan ver la necesidad de los demás. Y cuando nos damos cuenta ya es tarde.

¿Estamos apegados a «cosas»? ¿tenemos tal instinto de posesión que nos cierra las entrañas y nos impide compartirlas con los demás? No se trata sólo de riquezas económicas. Tenemos otros dones, tal vez en abundancia, que otros no tienen, de orden espiritual o cultural: ¿somos capaces de comunicarlos a otros? Hay campañas como la del 0'7, en ayuda de los países pobres, que nos deberían interpelar. Y hay también situaciones más cercanas y domésticas, en nuestra misma familia o comunidad, que piden que seamos más generosos con los demás. Hay muchos Lázaros a nuestra puerta. A lo mejor no necesitan dinero, sino atención y cariño.

La Cuaresma nos invita a que la caridad para con los demás sea concreta. Que sea caridad solidaria. Para que podamos oír al final la palabra alentadora de Jesús: «tuve hambre y me diste de comer... cuando lo hiciste con uno de ellos, lo hiciste conmigo».

«Señor, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino recto» (entrada)
«Dichoso el que ha puesto su confianza en el Señor» (salmo)
«Dichoso el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor» (comunión)
«Que el fruto de esta Eucaristía se manifieste siempre en nuestras obras» (poscomunión).