Sábado III Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

2 S 12, 1-7a. 10-17: He pecado contra el Señor
Sal 50, 12--13. 14-15. 16-17: Oh Dios, crea en mí un corazón puro
Mc 4, 35-41: ¿Quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

2 Samuel 12,1-7.10-17: Arrepentimiento de David: He pecado contra el Señor. Tertuliano dice de la conversión y la penitencia:

El Señor «ha prometido que todos los pecados, ya fueren cometidos por la carne o por el espíritu, ya de obra o de intención, pueden alcanzar perdón por la penitencia. Lo ha prometido el mismo que fijó la pena por el juicio, pues dice al pueblo: «haz penitencia y te daré la salvación» (Ez 18,21). Por tanto, la penitencia es vida cuando antecede a la muerte. Tú, pecador, entrégate, pues, a la penitencia, abrázala como el náufrago que pone su confianza en una tabla; ella te levantará cuando estés para ser hundido en las olas de los pecados, y te llevará al puerto de la divina clemencia... Arrepiéntete de tus errores, una vez que has descubierto la verdad. Arrepiéntete de haber amado aquello que Dios no ama, cuando ni siquiera nosotros toleramos que nuestros esclavos no odien aquello que nos molesta... Te preguntas: ¿me será útil la penitencia, o no? ¿Por qué le das vueltas a eso? Es el mismo Dios quien manda que la hagamos...» (Sobre la penitencia 4).

–Seguimos con el Salmo 50, en el que David confiesa su pecado y pide la misericordia de Dios. Sin ese reconocimiento de la culpa y esa vuelta suplicante a la misericordia de Dios, no hay salvación para el hombre. Pero si el hombre admite la gracia de la humilde contrición, entonces Dios le perdona, y el pecador vuelve a nacer. Triunfa en él así la misericordia de Dios:

«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme: no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a Ti. Líbrame de la sangre, oh Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia. Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza». San Agustín comenta:

«¡Qué cercano está Dios de quien se confiesa a su misericordia! Sí, Dios no anda lejos de los contritos de corazón» (Sermón11).

Y San Gregorio Magno:

«Consideremos cuán grandes son las entrañas de Su misericordia, que no solo nos perdona nuestras culpas, sino que promete el reino celestial a los que se arrepienten de ellas» (Homilías sobre los Evangelios 19)

Marcos 4,35-40: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen! En este milagro los Padres han visto siempre figurada la protección de Cristo sobre su Iglesia. Las olas de la persecución tienden a hundirla, pero Cristo está con ella y no lo consiente. Es claro, pues, que la razón de la indestructibilidad de la Iglesia está en su íntima y sustancial unión con Cristo, que es su fundamento primario.

Jesucristo edificó su Iglesia sobre roca viva, y desde el principio prometió a su Esposa que los poderes del infierno no prevalecerían contra ella (Mt 16,18). La fe nos atestigua que esta firmeza en la constitución de la Iglesia y en la veracidad de su doctrina durará siempre. San León Magno dice:

»«Sobre esta piedra firme edificaré un templo eterno, y la alta mole de mi Iglesia, llamada a penetrar en el cielo, se apoyará en la firmeza de esta fe. Los poderes del infierno no podrán impedir esta profesión de fe, los vínculos de la muerte no la sujetarán, porque estas palabras son palabras de vida. Ellas introducen en el cielo a los que la aceptan, y hunden en el infierno a los que la niegan» (Sermón 4,2-3).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 90-94

1. 2 Samuel 12,1-7.10-17

a) Después del pecado, el arrepentimiento sincero de David.

El profeta Natán, que en otras ocasiones le transmite al rey palabras de bendición y promesas, ahora denuncia valientemente su pecado, con ese expresivo apólogo del rico que le roba al pobre su única oveja.

David reacciona bien y reconoce su culpa, pidiendo perdón a Dios. El autor del libro interpreta las desgracias que le llegarán a David, en forma de muertes e insurrecciones, como castigo de Dios por su pecado. Además de ese primer hijo con Betsabé, otros más le murieron prematuramente a David: Absalón, Adonías...

b) El Salmo 50, el «miserere», que hoy cantamos como salmo de meditación de la primera lectura, cuyo autor desconocemos, aunque se haya atribuido a David, es la oración modélica de un pecador que reconoce humildemente su culpa ante Dios y le pide un corazón nuevo. Es un salmo que resume los sentimientos de tantas personas que, en toda la historia de la humanidad, han experimentado la debilidad pero que se han vuelto confiadamente a la misericordia de Dios.

También nosotros somos débiles. No matamos ni cometemos adulterio. Pero si podemos, en niveles más domésticos, aplastar de algún modo los derechos de los demás y tener un corazón enrevesado. Pues bien, somos invitados a reaccionar como David.

Podríamos rezar despacio el Salmo 50, aplicándolo a nuestra vida.

Cada vez que celebramos la Eucaristía empezamos con un acto penitencial que quiere ser como un ejercicio sencillo de humildad ante la santidad infinita de Dios, mientras que nosotros somos tan imperfectos y débiles. En el Padrenuestro volvemos a pedir a Dios que perdone nuestras ofensas.

Y sobre todo en el sacramento de la Reconciliación expresamos nuestra conversión a Dios, le pedimos perdón y nos dejamos comunicar con confianza el triunfo de Cristo en la Cruz sobre el pecado.

2. Marcos 4,35-40

a) Después de las parábolas, empieza aquí una serie de cuatro milagros de Jesús, para demostrar que de veras el Reino de Dios ya ha llegado en medio de nosotros y está actuando.

El primero es el de la tempestad calmada, que pone de manifiesto el poder de Jesús incluso sobre la naturaleza cósmica, ante el asombro de todos. Es un relato muy vivo: las aguas encrespadas, el susto pintado en el rostro de los discípulos, la serenidad en el de Jesús. El único tranquilamente dormido, en medio de la borrasca, es Jesús. Lo que es señal de una buena salud y también de lo cansado que quedaba tras las densas jornadas de trabajo predicando y atendiendo a la gente.

El diálogo es interesante: los discípulos que riñen a Jesús por su poco interés, y la lección que les da él: «¿por qué sois tan cobardes? ¿aún no tenéis fe?».

b) Una tempestad es un buen símbolo de otras muchas crisis humanas, personales y sociales. El mar es sinónimo, en la Biblia, del peligro y del lugar del maligno. También nosotros experimentamos en nuestra vida borrascas pequeñas o no tan pequeñas. Tanto en la vida personal como en la comunitaria y eclesial, a veces nos toca remar contra fuertes corrientes y todo da la impresión de que la barca se va a hundir. Mientras Dios parece que duerme.

El aviso va también para nosotros, por nuestra poca fe y nuestra cobardía. No acabamos de fiarnos de que Cristo Jesús esté presente en nuestra vida todos los días, como nos prometió, hasta el fin del mundo. No acabamos de creer que su Espíritu sea el animador de la Iglesia y de la historia.

A los cristianos no se nos ha prometido una travesía apacible del mar de esta vida. Nuestra historia, como la de los demás, es muchas veces una historia de tempestades.

Cuando Marcos escribe su evangelio, la comunidad cristiana sabe mucho de persecuciones y de fatigas. A veces son dudas, otras miedo, o dificultades de fuera, crisis y tempestades que nos zarandean.

Pero a ese Jesús que parece dormir, sí le importa la suerte de la barca, sí le importa que cada uno de nosotros se hunda o no. No tendríamos que ceder a la tentación del miedo o del pesimismo. Cristo aparece como el vencedor del mal. Con él nos ha llegado la salvación de Dios. El pánico o el miedo no deberían tener cabida en nuestra vida. Como Pedro, en una situación similar, tendríamos que alargar nuestra mano asustada pero confiada hacia Cristo y decirle: «Sálvame, que me hundo».

«He pecado contra el Señor» (1a lectura, II)
«Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza» (salmo, II)
«¿Por qué sois tan cobardes? ¿aún no tenéis fe?» (evangelio).