Jueves IV Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

Heb 12, 18-19. 21-24: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo
Sal 47, 2-3ab. 3cd-4. 9. 10-11: Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo
Mc 6, 7-13: Los fue enviando



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (05-02-2015): La Iglesia ha recibido la misión de curar el corazón


Misa en Santa Marta
Jueves 05 de febrero del 2015

Curar. Levantar. Liberar. Expulsar demonios. Y, luego, reconocer con sobriedad: he sido un simple obrero del Reino. Esto es lo que hay que hacer, y lo que tiene que decir de sí, un ministro de Cristo cuando va a curar a tantos heridos que esperan por los pasillos del hospital de campaña que es la Iglesia. Así nos lo enseña el Evangelio de hoy (Mc 6,7-13), cuando Jesús envía a sus discípulos, de dos en dos, a los pueblos a predicar, curar enfermos y expulsar espíritus inmundos.

Mirad la descripción que hace Jesús del estilo que deben tener sus enviados: deben ser personas sin ostentación —no llevéis ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja, les dice—, porque el Evangelio tiene que ser anunciado en pobreza, porque la salvación no es una teología de la prosperidad. Es solo —y nada más— el alegre anuncio de liberación llevado a cada oprimido (cfr. Lc, 4,18). Esa es la misión de la Iglesia: la Iglesia que sana, que cura.

Algunas veces he hablado de la Iglesia como hospital de campaña. Es verdad: ¡cuántos heridos hay! ¡Cuánta gente necesita que le curen sus heridas! Esa es la misión de la Iglesia: curar las heridas del corazón, abrir puertas, liberar, decir que Dios es bueno, que Dios perdona todo, que Dios es padre, que Dios es tierno, que Dios nos espera siempre.

Desviarse de lo esencial de este anuncio comporta el riesgo de tergiversar la misión de la Iglesia y, entonces, el esfuerzo por aliviar las diversas formas de miseria, se vacía de lo único que cuenta: llevar a Cristo a los pobres, a los ciegos, a los prisioneros. Es cierto que necesitamos ayuda y crear organizaciones que presten esa ayuda, porque el Señor nos da los medios. Pero, cuando olvidamos la misión —olvidamos la pobreza, olvidamos el celo apostólico— y ponemos la esperanza en los medios, la Iglesia acaba lentamente en una especie de ONG, se convierte en una bonita organización poderosa, pero no evangélica, porque le falta el espíritu, la pobreza y la fuerza de curar.

Los discípulos regresan contentos de su misión (cfr. Lc 10,17), y Jesús les toma consigo y les lleva a descansar un poco (cfr. Mc 6,31). Pero no les dice: ¡Qué grandes sois! Ya veréis, en la próxima salida organizaremos mejor las cosas; sino: Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: Siervos inútiles somos (Lc 17,10). Eso es el apóstol.

¿Cuál sería entonces la alabanza más bonita para un apóstol? Ha sido un obrero del Reino, un trabajador del Reino. Esa es la alabanza más grande, porque va por ese camino del anuncio de Jesús: va a curar, a proteger, a proclamar el alegre anuncio y el año de gracia (cfr. Lc, 4,18): a hacer que el pueblo vuelva a encontrar al Padre, a llevar la paz a los corazones de la gente.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hebreos 12,18-18.21-24: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo. Los creyentes de la Nueva Alianza no se acercan ya a la montaña humeante y terrible del Sinaí, sino a «la Jerusalén celeste», llamada «visión de paz», a la esplendorosa «ciudad del Dios vivo».

Oigamos a Orígenes que habla de la Iglesia. Si la reina de Sabá buscaba la ciencia en Salomón, la Iglesia la busca en Cristo Maestro, nuevo Salomón:

«En realidad, cuando esta negra y hermosa (Cant 1,5) llegue a la Jerusalén celeste (Heb 12,22), y entre en la visión de paz, contemplará muchas más cosas y mucho más magníficas de las que ahora se le prometen. Pues ahora ve como en un espejo y en enigma, pero entonces verá cara a cara (1 Cor 13,12), cuando consiga aquello que «ni ojo vio, ni oído oyó, ni logró entrar en el corazón del hombre» (1 Cor 2,9). Entonces verá que lo que oyó mientras estaba en la tierra no llegaba a la mitad de la realidad» (Comentario al Cantar de los Cantares 2).

–Con el Salmo 47 cantamos a la Jerusalén del cielo, a la que nos dirigimos con nuestros hermanos de la Iglesia terrestre: «Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios. Su monte santo, una altura hermosa, alegría de toda la tierra. El monte Sión, vértice del cielo, ciudad del gran Rey. En tus palacios, Dios descuella como un alcázar. Lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad del Señor de los Ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios, que Dios ha fundado para siempre... Como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra; tu diestra está llena de justicia».

Marcos 6,7-13: Jesús llama a los Doce para enviarlos de dos en dos. Ellos se dedicarán a prolongar la actividad profética de su Maestro. Todo lo van haciendo bajo el signo de la pobreza, de la que han de dar testimonio la Iglesia y todos y cada uno de sus hijos. Así dice San Ambrosio:

«Los preceptos del Evangelio indican qué debe hacer el que anuncia el reino de Dios: «sin báculo, sin alforja, sin calzado, sin pan, sin dinero», es decir, no buscando la ayuda de los auxilios mundanos, abandonado todo a la fe y pensando que, mientras menos anhelemos los bienes temporales, más podremos conseguirlos.

«Este pasaje parece tener por fin formar un estado de alma enteramente espiritual, que parece se ha despojado del cuerpo como de un vestido, no sólo renunciando al poder y despreciando las riquezas, sino también apartando aun los atractivos de la carne» (Comentario a San Lucas VI, 65).

Y San León Magno:

«Que los falsos placeres de la vida presente no frenen el empuje de aquellos que vienen por el camino de la verdad, y que los fieles se consideren como viajeros en el itinerario que siguen hacia su patria; que comprendan que en el uso de los bienes temporales, si a veces hay algunos que agraden, no deben apegarse bajamente, sino continuar valientemente la marcha» (Sermón 72).

Y San Beda:

«Se equivoca quien se figura que podrá encontrar paz en el disfrute de los bienes de este mundo y en las riquezas» (Homilía 12, sobre la Vigilia de Pentecostés).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 110-114

1. Hebreos 12,18s.21-24

a) La carta a los Hebreos sigue comparando las instituciones del AT -que sus lectores parece que añoraban- con las del NT, que en Cristo Jesús han encontrado plenitud de sentido y superan en mucho a las antiguas, y por tanto deberían estimular a una fe más firme y constante.

Aquí la comparación se refiere al acontecimiento de la primera Alianza, que fue espectacular, con fuego y nubarrones y estrépito de trompetas en el adusto monte Sinaí una Alianza que fue dictada bajo el signo del miedo, por parte del pueblo y hasta del mismo Moisés.

Ahora, la nueva y definitiva Alianza en Cristo Jesús se describe mucho más amable: el monte Sión, más cercano, con ángeles y multitud de creyentes que han alcanzado ya la salvación y gozan en el cielo; y Dios, juez justo, y Jesús como Mediador, que nos ha purificado con su Sangre. Todo ello hace que miremos a la nueva Alianza con confianza, no con miedo.

b) ¿Estamos bajo la ley del miedo o de la confianza y el amor?

El amor de Dios que se nos ha manifestado en Cristo Jesús y la Alianza que él ha sellado por todos nosotros, no son ciertamente una invitación a la superficialidad y la dejadez: nos comprometen radicalmente. No hay nada más exigente que el amor.

Pero nos envuelven en una atmósfera de confianza, con la actitud de los hijos que se encuentran en casa de su Padre, acompañados de los bienaventurados -la Virgen y los Santos y los ángeles- y el Mediador, Cristo, y delante de todos, Dios que es Juez pero también es Padre. La Nueva Alianza en que vivimos nos debería llenar de alegría por pertenecer a una comunidad que es congregada por el Espíritu de Dios en torno a Cristo. Ahora el lugar de la Alianza no es un monte: es la persona misma del Señor Resucitado, Jesús.

En la oración penitencial ahora más repetida, el «Yo confieso», invocamos a Dios y a la comunidad que nos rodea («vosotros, hermanos») y también a la Virgen María, los ángeles y los santos, para que intercedan por nosotros ante Dios. No estamos solos en nuestro camino de fe: también los hermanos de la comunidad cristiana y la Virgen María y los ángeles y santos están interesados en nuestra conversión a Dios. Es una hermosa oración, que seria completa si además nombrara explícitamente a Jesús, el Mediador, el que en la cruz nos reconcilió con Dios de una vez por todas.

Cuando el Catecismo de la Iglesia, al hablar de la liturgia cristiana, se pregunta: «¿quién celebra?», responde con una visión de la comunidad celestial en torno a Dios y al Cordero, con un río de agua viva que es el Espíritu, y los ángeles y los bienaventurados, con la Virgen Madre, y multitud incontable de salvados por la Pascua de Cristo. Esta es la Alianza a la que pertenecemos. Una visión llena de optimismo, tomada del Apocalipsis (CEC 1137-1139). Una asamblea donde «la celebración es enteramente comunión y fiesta» (CEC 1136) y a la que ya nos unimos ahora en nuestra celebración.

2. Marcos 6,7-13

a) El envío de los apóstoles a una misión evangelizadora, de dos en dos. está sencillamente contado por Marcos. aunque con matices muy interesantes.

Les había elegido para que estuvieran con él y luego les pudiera enviar a misionar. Ya han convivido con él, le han escuchado, han aprendido: ahora les envía a que prediquen la Buena Nueva, con autoridad para expulsar demonios y con el aviso de que puede ser que en algunos lugares sí les reciban y en otros no. Les hace partícipes de su misión mesiánica. Se hace ayudar. Busca quien colabore en la tarea de la evangelización.

Para ello les recomienda un estilo de austeridad y pobreza -la pobreza «evangélica»-, de modo que no pongan énfasis en los medios humanos, económicos o técnicos, sino en la fuerza de Dios que él les transmite.

b) Los cristianos -y de un modo particular los ministros ordenados, los religiosos y los laicos más comprometidos en la acción pastoral de una comunidad- somos enviados en medio de este mundo a evangelizar. Dios no se sirve normalmente de ángeles ni de revelaciones directas. Es la Iglesia, o sea, los cristianos, los que continúan y visibilizan la obra salvadora de Cristo.

Como los doce apóstoles, que «estaban con Jesús», luego fueron a dar testimonio de Jesús, así nosotros, que celebramos con fe la Eucaristía, luego somos invitados a dar testimonio en la vida. Tal vez no individualmente, cada uno por su cuenta, sino con una cierta organización, de dos en dos, enviados y no tanto autoenviados.

También para nosotros vale la invitación a la pobreza evangélica, para que vayamos a a misión mas ligeros de equipaje, sin gran preocupación por llevar repuestos, no apoyándonos demasiado en los medios humanos -que no habrá que descuidar, por otra parte- sino en la fe en Dios. Es Dios el que hace crecer, el que da vida a todo lo que hagamos nosotros.

Deberíamos dar ejemplo de la austeridad y pobreza que quería Jesús: todos deberían poder ver que no nos dedicamos a acumular «bastones, dinero, sandalias, túnicas». Que nos sentimos más peregrinos que instalados. Que, contando naturalmente con los medios que hacen falta para la evangelización del mundo -la Madre Teresa de Calcula necesita millones para su obra de atención a los pobres-, nos apoyamos sobre todo en la gracia de Dios y nuestra fe, sin buscar seguridades y prestigios humanos. Es el lenguaje que más fácilmente nos entenderá el mundo de hoy: la austeridad y el desinterés a la hora de hacer el bien.

También a nosotros, como a los apóstoles, y al mismo Cristo, en algunos lugares nos admitirán. En otros, no. Estamos avisados. Se nos ha anunciado la incomprensión y hasta la persecución. Pero no seguimos a Cristo porque nos haya prometido éxitos y aplausos fáciles. Sino porque estamos convencidos de que también para el mundo de hoy la vida que ofrece Cristo Jesús es la verdadera salvación y la puerta de la felicidad auténtica. No sólo queremos «salvarnos nosotros», sino colaborar para que todos, nuestros familiares y conocidos, se enteren y acepten el Reino de Dios en sus vidas.

«Os habéis acercado a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo» (1a lectura, I)
«Oh Dios, meditamos tu misericordia» (salmo, I)
«Les fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos» (evangelio).