Jn 1, 35-42: Vocación de los primeros discípulos (i) – Andrés y Pedro

Texto Bíblico

35 Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y, 36 fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios». 37 Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. 38 Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». 39 Él les dijo: «Venid y veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima.
40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; 41 encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». 42 Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Cirilo de Alejandría

Sobre el Evangelio de san Juan: Destruyó el pecado

«He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1,36)
Libro II: PG 73, 192

PG

Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Ya no es el tiempo de decir: «Preparad el camino del Señor» (Mt 3,3), ya que donde su llegada ha sido preparada, se deja ver: se presenta desarmado a las miradas de todos. La naturaleza del acontecimiento pide otro discurso: hay que dar a conocer al que está aquí, explicarse por qué descendió del cielo y vino hasta nosotros. Por eso Juan declara: «He aquí el Cordero de Dios».

El profeta Isaías nos lo anunció diciendo que él «es llevado al matadero como una oveja, como un cordero mudo delante del esquilador» (Is 53,7). La Ley de Moisés lo prefiguró, pero esta proporcionaba sólo una salvación incompleta y su misericordia no se extendía a todos los hombres. Entonces, hoy, el Cordero verdadero, representado antaño por símbolos, la víctima sin mancha, es llevado al matadero.

Esto es para desterrar el pecado del mundo, derribar al Exterminador de la tierra, destruir a la muerte muriendo por todos, quebrantar la maldición que nos golpeaba y poner fin a esta palabra: «Eres polvo y al polvo devolverás» (Gn 3,19). Llega a ser así, el segundo Adán, de origen celeste y no terrestre (1Co 15,47), es la fuente de todo bien para la humanidad, el camino que lleva al Reino de los cielos. Porque un solo Cordero murió por todos ellos, recobrando para Dios Padre, todo el rebaño de los que habitan la tierra. «Uno sólo murió por todos», con el fin de someterlos a Dios; «Uno sólo murió por todos» con el fin de ganarlos a todos, con el fin de que todos «los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2Co 5,14-15).

Alfonso María de Ligorio

Meditaciones: Si no te amo a ti, ¿a quién amaré?

«Este es el Cordero de Dios» (Jn 1,36)
1ª Meditación para la Octava de Navidad

Señor, yo soy la oveja que, por andar tras mis placeres y caprichos, me he perdido miserablemente; mas Vos, Pastor y juntamente Cordero divino, sois aquel que habéis venido del cielo a salvarme, sacrificándoos cual víctima sobre la cruz en satisfacción de mis pecados. Si yo, quiero enmendarme, ¿qué debo temer? ¿Por qué no debo confiarlo todo de vos, mi Salvador, que habéis nacido de intento para salvarme? ¿Qué mayor señal de misericordia podíais darme?

Oh dulce Redentor mío, para inspirarme confianza, que daros vos mismo. Yo os he hecho llorar en el establo de Belén; pero si vos habéis venido a buscarme, yo me arrojo confiado a vuestros pies; y aunque os vea afligido y envilecido en ese pesebre, reclinado sobre la paja, os reconozco por mi Rey y Soberano. Oigo ya esos vuestros dulces vagidos, que me convidan a amaros, y me piden el corazón. Aquí le tenéis, Jesús mío. Hoy lo presento a vuestros pies; mudadlo, inflamadlo Vos, que a este fin habéis venido al mundo, para inflamar los corazones con el fuego de vuestro santo amor. Oigo también que desde ese pesebre me decís: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón». Y yo respondo ¡Ah, Jesús mío! Y si no amo a Vos, que sois mi Dios y Señor ¿a quién he de amar?

Ruperto de Deutz

Comentario sobre el Evangelio de San Juan: Reconocer a Jesús que pasa

«Vio a Jesús que pasaba...» (Jn 1,36)
Libro II, PL 263

PL

«Juan estaba allí, de pie, con dos de sus discípulos cuando Jesús pasaba.» Se trata de una postura corporal que traduce algo de la misión de Juan, de su vehemencia de palabra y de acción. Pero, según el evangelista, se trata también, más profundamente, de esta viva tensión, siempre presente entre los profetas. Juan no se contentaba de desempeñar exteriormente su papel de precursor. El guardaba en su corazón el vivo deseo de ver a su Señor a quien había reconocido en el bautismo. Sin duda alguna, Juan tendía hacia el Señor con todo su ser. Deseaba verlo de nuevo, porque ver a Jesús era la salvación para quien le confesaba, la gloria para quien lo anunciaba, la alegría para quien lo mostraba. Juan se tenía de pie, alerta por el deseo profundo de su corazón. Se mantenía de pie, esperaba a Cristo todavía disimulado en la sombra de su humildad.

Con Juan estaban dos de sus discípulos, de pie como su maestro, primicias de aquel pueblo preparado por el precursor, no por él mismo, sino por el Señor. Viendo a Jesús que pasaba, Juan dice. «Este es el Cordero de Dios!» Prestad atención a las palabras de esta narración. A primera vista, todo parece claro, pero para quien penetra en el sentido profundo, todo se manifiesta cargado de significado y misterio.

«Jesús pasaba...» ¿Qué significa sino que Jesús vino a participar en nuestra naturaleza humana que pasa, que cambia?. Él, a quien los hombres no conocían, se da a conocer y amar pasando por en medio de nosotros. Vino en el seno de la Virgen. Luego, pasó del seno de su madre al pesebre y del pesebre a la cruz, de la cruz al sepulcro, del sepulcro se levantó al cielo. Nuestro corazón también, si aprende a desear a Cristo como Juan, reconocerá a Jesús cuando pase. Si le sigue, llegará como los discípulos al sitio donde mora Jesús: en el misterio de su divinidad.

Francisco de Sales

Tratado del Amor de Dios: Sin la fe no veremos a Cristo

«...Rabí ¿dónde vives? El les dijo: Venid y lo veréis» (cf. Jn 1,38s).
II, 15

Situados ante los rayos solares del mediodía, apenas vemos su luz sentimos inmediatamente el calor del mismo modo apenas la luz de la fe ha proyectado el resplandor de sus verdades sobre nuestro entendimiento, la voluntad percibe el calor santo del amor divino. La fe nos hace conocer con infalible certeza que Dios existe, que es infinito en bondad, que puede comunicarse a nosotros, que no tan solo lo puede sino que también lo quiere.

Sentimos una inclinación natural al soberano bien y como consecuencia de ello, nuestro corazón experimenta como un íntimo y continuo anhelo y una continua inquietud, sin poder hallar satisfacción.

Pero cuando la fe representa a nuestro espíritu el hermoso objeto de su inclinación natural, ¡qué gozo!, ¡qué placer!, ¡qué estremecimiento de general alegría experimenta nuestra alma! La cual como extasiada ante la contemplación de tan excelsa hermosura lanza este grito de amor: ¡qué hermoso eres, Amado mío, qué hermoso eres!

El corazón humano tiende a Dios por natural inclinación, sin conocerle claramente, pero cuando lo encuentra ...y le ve tan bueno, tan hermoso y tan bondadoso para con todos, tan dispuesto a entregarse como soberano bien a todos cuantos le quieran, ¡Dios mío! ¡qué dicha, qué santos movimientos en el espíritu para unirse por siempre a bondad tan soberanamente amable! «He encontrado al fin, dice el alma enternecida, al que deseaba y ahora soy feliz» Así nuestro corazón, querido Teótimo, por tanto tiempo inclinado hacia el soberano bien, ignoraba adónde tendía su movimiento, pero apenas la fe se lo mostró, vio que era lo que necesitaba, lo que el espíritu buscaba, lo que su afán anhelaba.

Nos parecemos a aquellos buenos atenienses que hacían sacrificios al verdadero Dios, desconocido para ellos hasta que el apóstol san Pablo se lo hubo de mostrar, nuestro corazón, por íntimo y secreto instinto, tiende en todas sus acciones hacia la felicidad y la busca como a tientas, sin saber con certeza dónde reside ni en qué consiste, hasta que la fe se la enseña y la describe en las mil infinitas maravillas, entonces, una vez encontrado el tesoro que buscaba, ¡qué placer para el pobre corazón humano, qué alegría, qué amorosa complacencia!

Juan Crisóstomo

Sobre el Evangelio de san Juan: Cuando nos quedamos realmente con Él

«Qué buscáis» (Jn 1,41)
Homilía 18

Nuevamente dice: «He aquí el Cordero de Dios que carga sobre sí el pecado del mundo». Pero ni aun así conmovió a los desidiosos. Por tal motivo se ve obligado a repetir lo mismo, como quien remueve una tierra áspera con el objeto de suavizarla; y con la palabra, a la manera de un arado excitar las mentes oprimidas de cuidados, para poder más profundamente depositar la semilla. No se alarga en su discurso, porque lo único que anhelaba era unirlos a Cristo. Sabía que si ellos recibían esta palabra y la creían, ya no necesitarían de su testimonio, como en efecto sucedió. Si los samaritanos, una vez que hubieron oído a Jesús, decían a la mujer: «No es ya por tu declaración por lo que creemos: nosotros mismos lo hemos oído hablar y sabemos que verdaderamente es el Salvador del mundo, Cristo Jesús», indudablemente con mayor presteza habrían sido cautivados los discípulos, como en efecto lo fueron. Porque como se hubieran acercado a Jesús y lo hubieran oído hablar solamente una tarde, ya no regresaron a Juan; sino que en tal forma se unieron a Jesús, que incluso asumieron el ministerio del Bautista y predicaron a su vez a Jesús. Pues dice el evangelista: «Este encontró a su hermano Simón y le dijo: Hemos hallado al Mesías, que significa Cristo».

Y no dijo que cargará sobre sí o que cargó sobre sí: «Que carga sobre sí el pecado del mundo», porque es obra que continuamente está haciendo. No lo cargó únicamente en el momento de padecer; sino que desde entonces hasta ahora lo carga, no siempre crucificado (pues ofreció solamente un sacrificio por los pecados), sino que perpetuamente purifica al mundo mediante este sacrificio. Así como la palabra Verbo declara la excelencia y la palabra Hijo la supereminencia con que sobrepasa a todos, así Cordero, Cristo, Profeta, Luz verdadera, Pastor bueno y cuanto de El se pueda decir y se predica poniéndole el artículo, indican una gran distinción y diferencia de lo que significan los nombres comunes. Muchos corderos había, muchos profetas, muchos ungidos, muchos hijos; pero éste inmensamente se diferencia de ellos. Y no lo confirma únicamente el uso del artículo, sino además el añadir el Unigénito, pues el Unigénito nada tiene de común con las criaturas.

«¿Qué buscáis?» ¿Cómo es esto? El que conoce los corazones de los hombres y a quien están patentes todos nuestros pensamientos, ¿pregunta eso? Es que no lo hace para saber (¿cómo podría ser eso ni afirmarse tal cosa?), sino para mejor ganarlos preguntándoles y para darles mayor confianza y demostrarles que pueden dialogar con El. Porque es verosímil que ellos, como desconocidos que eran, tuvieran vergüenza y temor, pues tan grandes cosas habían oído a su maestro respecto de Jesús. Para quitarles esos afectos de vergüenza y temor, les hace la pregunta, y no permite que lleguen a su morada en silencio. Por lo demás, aun cuando no les hubiera preguntado, sin duda habrían perseverado en seguirlo y habrían llegado con él hasta su habitación.

Entonces ¿cuál es el motivo de que les pregunte? Para lograr lo que ya indiqué; o sea, para dar ánimos a ellos que se avergonzaban y dudaban y ponerles confianza. Ellos demostraron su anhelo no solamente con seguirlo, sino además con la pregunta que le hacen. No sabiendo nada de El, ni habiendo antes oído hablar de El, lo llaman Maestro, contándose ya entre sus discípulos y manifestando el motivo de seguirlo, esto es, para aprender de El lo que sea útil para la salvación. Observa la prudencia con que proceden. Porque no le dijeron: Enseñanos alguna doctrina o algo necesario para la vida eterna, sino ¿qué le dicen?: «¿En dónde habitas?» Como ya dije, anhelaban hablar con El, oírlo, aprender con quietud. Por esto no lo dejan para después ni dicen: Mañana regresaremos y te escucharemos cuando hables en público. Sino que muestran un ardiente deseo de oírlo, tal que ni por la hora ya adelantada se apartan; porque ya el sol iba cayendo al ocaso. Pues era, como dice el evangelista, más o menos la hora décima. Cristo no les dice en dónde está su morada, ni en qué lugar, sino que los alienta a seguirlo, mostrando así que ya los toma por suyos.

Tal es el motivo de que no les diga: La hora es intempestiva para que vosotros entréis en mi casa. Mañana escucharéis lo que deseáis. Por ahora volved a vuestro hogar. Sino que les habla como a amigos ya muy familiares. Entonces, dirás: ¿por qué en otra parte dice: «El Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar su cabeza»? mientras que aquí dice: «Venid y ved en donde habito». La expresión: «No tiene en dónde reclinar su cabeza», significa que Cristo no tenía casa propia, pero no que no habitara en alguna casa: así lo da a entender la comparación que usa. Y el evangelista dice que ellos «permanecieron con él durante aquel día». No dice la causa de eso, por tratarse de una cosa evidente y clara. Puesto que no habían tenido otro motivo de seguir a Cristo, ni Cristo de acogerlos, sino escucharle su doctrina. Y en esa noche la bebieron tan copiosa y con tan gran empeño, que enseguida ambos se apresuraron a convocar a otros.

Aprendamos nosotros a posponer todo negocio a la doctrina del cielo y a no tener tiempo alguno como inoportuno. Aunque sea necesario entrar en una casa ajena o presentarse como un desconocido ante gentes principales y también desconocidas de nosotros, aunque se trate de horas intempestivas y de un tiempo cualquiera, jamás debemos descuidar este comercio. El alimento, el baño, la cena y lo demás que pertenece a la conservación de la vida, tienen sus tiempos determinados; pero la enseñanza de las virtudes y la ciencia del cielo, no tienen hora señalada, sino que todo tiempo les es a propósito. Porque dice Pablo: «Oportuna e importunamente, arguye, reprende, exhorta.» Y a su vez el profeta dice: «Meditará en su ley (de Yavé) día y noche». También Moisés ordenaba a los judíos que continuamente lo hicieran. Las cosas tocantes a la vida, me refiero a las cenas, a los baños, aunque son necesarias, si se usan con demasiada frecuencia debilitan el cuerpo; pero la enseñanza espiritual cuanto más se inculca tanto más fortalece al alma. Pero ahora lo que sucede es que todo el tiempo lo pasamos en bromas inútiles: la aurora, la mañana, el mediodía, la tarde, todo lo pasamos en determinado sitio vanamente; en cambio las enseñanzas divinas, si una o dos veces por semana las escuchamos, nos cansan y nos causan náuseas.

¿Por qué sucede esto? Porque nuestro ánimo es malo. Empleamos en cosas de acá bajo todo su anhelo y empeño, y por esto no sentimos hambre del alimento espiritual. Grande señal es ésta de una enfermedad grave: el no tener hambre ni sed, sino el que ambas cosas, comer y beber, nos repugnen. Si cuando esto acontece al cuerpo lo tenemos como grave indicio y causado por notable enfermedad, mucho más lo es tratándose del alma. Pero ¿en qué forma podremos levantar el alma cuando anda caída y debilitada? ¿con qué obras? ¿con qué palabras? Tomando las sentencias divinas, las palabras de los profetas, de los apóstoles, de los evangelistas y todas las otras de la Sagrada Escritura.

Caeremos entonces en la cuenta de que mucho mejor es usar de estos alimentos que de otros no santos, sino impuros; pues así hay que llamar las bromas importunas y las charlas inútiles. Dime: ¿acaso es mejor hablar de asuntos forenses, judiciales, militares, que de los celestes y de lo que luego vendrá cuando salgamos de esta vida? ¿Qué será más útil: hablar de los asuntos y de los defectos de los vecinos, y andar con vana curiosidad inquiriendo las cosas ajenas, o más bien tratar de los ángeles y de lo tocante a nuestra propia utilidad? Al fin y al cabo lo del vecino para nada te toca, mientras que lo del Cielo es propio tuyo. Instarás diciendo: Bueno, pero es cosa lícita tras de hablar de aquellas cosas, cumplir con lo demás. Bien está. Pero ¿qué decir de los que a la ligera y sin utilidad alguna no se ocupan en eso y en cambio gastan el día íntegro en hablar de estas otras cosas y nunca acaban de tratar de ellas?

En conclusión, lo que yo intento desterrar y corregir es que no os arrojéis voluntariamente al precipicio, no os empujéis vosotros mismos al abismo de la iniquidad, ni corráis voluntariamente a quemaros en la pira; y esto con el objeto de que no nos hagamos reos de las llamas preparadas para el diablo. Ojalá que todos nosotros, liberados de la llama de la lujuria y de la llama de la gehenna, seamos acogidos en el seno de Abrahán, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Sobre el Evangelio de san Juan: Nombre nuevo del hombre nuevo

«Tú te llamarás Cefas» (Jn 1,42)
Homilía 19

Andrés, tras haber conversado con Jesús y aprendido su doctrina, no la reservó para sí como un tesoro, sino que acudió corriendo a casa de su hermano para hacerle partícipe de los bienes que había recibido.

Observad que Pedro tiene un espíritu dócil y obediente. Sin ninguna vacilación echó a correr: Y dice el evangelista, «le llevó hasta Jesús». Que nadie le reproche una excesiva credulidad porque prestó fe a lo que le fue dicho sin informarse de más detalles. Es verosímil que su hermano le hubiera hablado ya extensamente e, informándole de los particulares del caso. Pero los evangelistas acostumbran a resumir hechos y palabras, movidos por el deseo de ser breves y concisos. Sea de ello lo que fuere, San Juan no dice que Pedro creyera sin más, sino que su hermano «lo condujo a Jesús», para confiárselo, para que de El aprendiera toda la doctrina.

Si el Bautista, habiendo dicho: Es el Cordero y bautiza en el Espíritu Santo, dejó que recibieran de Cristo una más amplia enseñanza y explicación de la materia, con mayor razón procedió así Andrés, pues no se creía capaz de explicarle todo; sino que condujo a su hermano a la fuente misma de la luz, con tan grande gozo y apresuramiento que no dudó ni un instante. Jesús fijó en Pedro su mirada y le dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefas, que significa Pedro o Piedra. Comienza aquí Jesús a revelar su divinidad poco a poco y sin sentir, mediante las predicciones. Así procedió con Natanael y con la mujer samaritana.

«Tú eres Simón, hijo de Juan; desde ahora te llamarás Cefas, es decir Pedro». Este fue el nombre que Cristo dio a Simón. A Santiago y a su hermano los llamará «hijos del trueno» (Mc 3,17). ¿Por qué estos cambios de nombre? Para mostrar que él, Jesús, es el mismo que había establecido la antigua alianza, que había cambiado el nombre de Abram en Abraham, el de Sarai en Sara, el de Jacob en Israel (Gn 17,5s; 32,29). Y había dado también el nombre a distintas personas ya antes de su nacimiento: Isaac, Sansón, los hijos de Isaías y de Oseas.

Hoy día tenemos un nombre muy superior a todos los demás; es el nombre de «cristiano» –el nombre que hace de nosotros hijos de Dios, amigos de Dios, un solo cuerpo con él. ¿Hay algún otro nombre capaz de hacernos ardorosos en la virtud, llenarnos de celo, incentivarnos a hacer el bien? Guardémonos muy mucho de hacer cualquier cosa indigna de este nombre tan grande y tan bello, unido al nombre de el mismo Jesucristo. Los que llevan el nombre de un gran jefe militar o de un personaje ilustre se consideran honrados y hacen lo que sea para seguir siendo dignos de él. ¡Cuánto más nosotros que llevamos el nombre no de un general o de un príncipe de este mundo, ni tan sólo de un ángel, sino del rey de los ángeles, cuánto más nosotros debemos estar dispuestos a perderlo todo, incluso nuestra vida, por el honor de este nombre!

¿Qué es lo que Cristo dice?: «Las zorras tienen sus madrigueras y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza». Si nosotros os exigiéramos eso, quizá a muchos de vosotros les parecería en extremo gravoso. Por lo mismo yo no voy a pediros una imitación tan estricta, condescendiendo con vuestra debilidad. En cambio os suplico que no os apeguéis demasiado a las riquezas; sino que, así como yo atiendo a vuestra debilidad y no os exijo tan grande virtud, así vosotros con un mayor esfuerzo os apartéis de la maldad.

Yo no acuso a quienes poseen mansiones, campos, dineros, criados; sino únicamente anhelo que con toda licitud los poseáis y con toda honradez. ¿Qué significa poseerlos decorosamente? Que no seáis esclavos de esas cosas, sino señores; que vosotros las poseáis y no sean ellas las que se enseñoreen de vosotros; que uséis de ellas, pero que no abuséis. Las riquezas se llaman así para que las usemos en las cosas necesarias y no para que las amontonemos y las tengamos guardadas; porque esto es propio de esclavos mientras que lo otro es propio de amos y señores. El estarlas custodiando, oficio es de esclavos; el gastarlas lo es de amos y propietarios.

No te las dieron para que las escondas bajo tierra, sino para que las administres y distribuyas. Si Dios hubiera querido que se guardaran, no las habría puesto en manos de los hombres, sino que las habría dejado ocultas en el seno de la tierra. Alas como quiere que se gasten, permitió que las poseyéramos, para que mutuamente nos las comunicáramos. Si las retenemos, no por eso nos convertimos en dueños de ellas. Y si quieres acrecentarlas: y es ése el motivo de que las guardes, entonces lo mejor es distribuirlas y repartirlas por todas partes. No hay utilidades sin gastos; no hay riquezas sin dispendios, como puede verse en los negocios seculares. Así proceden los mercaderes, así los agricultores. Estos arrojan la simiente; aquéllos, sus dineros. Aquéllos navegan y gastan riquezas; y éstos trabajan durante todo el año y tienen que sembrar y cosechar.

En nuestro caso, nada de eso es necesario: no se necesita aparejo de nave ni uncir la yunta de bueyes; ni hay que temer los cambios atmosféricos, ni tampoco las granizadas. Acá no hay escollos, no hay marejadas. Esta navegación, esta sementera solamente una cosa necesita: repartir los haberes. Todo lo demás lo cuidará aquel Agricultor, del cual dijo Cristo: Mi Padre es agrícola. Pues ¿cómo no será absurdo que en donde podemos alcanzar todas las ganancias sin trabajo, permanezcamos dudando y tendidos en tierra, mientras que en donde hay tantos sudores y trabajos y preocupaciones y además incierta la esperanza ahí pongamos toda diligencia?

Os ruego, por tanto, que tratándose de nuestra salvación no nos engañemos en tan gran manera, sino que, echando a un lado todas esas otras cosas tan llenas de trabajos, corramos en pos de las fáciles y más útiles; para que así consigamos los bienes futuros, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, al cual sea la gloria juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Ambrosio de Milán

Sobre los Salmos: El que busca a Cristo, busca también su tribulación y no rehuye la pasión


Sermón 18, 41-43, sobre el Salmo 118: PL 15, 1542-1544

PL

Dice la Sabiduría: Me buscarán los malos y no me encontrarán. Y no es que el Señor rehusara ser hallado por los hombres, él que se ofrecía a todos, incluso a los que no le buscaban, sino porque era buscado con acciones tales, que los hacía indignos de encontrarlo. Por lo demás, Simeón, que lo aguardaba, lo encontró.

Lo encontró Andrés y dijo a Simón: Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). También Felipe dice a Natanael: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret. Y con el fin de mostrarle cuál es el camino para encontrar a Jesús, le dice: Ven y verás. Así pues, quien busca a Cristo, acuda no con pasos corporales, sino con la disposición del alma; que lo vea no con los ojos de la cara, sino con los interiores del corazón. Pues al Eterno no se le ve con los ojos de la cara, ya que lo que se ve es temporal; lo que no se ve, es eterno.

Y Cristo no es temporal, sino nacido del Padre antes de los tiempos, como Dios que es y verdadero Hijo de Dios; y como poder sempiterno y supratemporal, al que ningún límite temporal es capaz de circunscribir; como vida metatemporal, a quien jamás podrá sorprenderle el día de la muerte. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios.

¿Oyes lo que dice el Apóstol? Al pecado —dice— murió de una vez para siempre. Una vez murió Cristo por ti, pecador: no vuelvas a pecar después del bautismo. Murió una vez por toda la colectividad, y una vez —y no frecuentemente— muere por cada individuo en particular.

Eres pecado, oh hombre: por eso el Padre todopoderoso hizo a su Cristo pecado. Lo hizo hombre para que cargara con nuestros pecados. Por mí, pues, murió el Señor Jesús al pecado: para que nosotros, por su medio, obtuviéramos la justificación de Dios. Por mí murió, para resucitar por mí. Murió una vez y una vez resucitó. Y tú has muerto con él, con él has sido sepultado, y con él, en el bautismo, has resucitado: cuida de que, pues has muerto una vez, no vuelvas a morir más.

En adelante, ya no morirás al pecado, sino al perdón: no sea que habiendo resucitado, mueras por segunda vez. Pues Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. ¿Es que la muerte le había dominado? Sí, puesto que al decir: la muerte ya no tiene dominio sobre él, muestra el dominio de la muerte. ¡No eches a perder este beneficio, oh hombre! Por ti Cristo se sometió al dominio de la muerte, a fin de liberarte del yugo de su dominación. El acató la servidumbre de la muerte, para otorgarte la libertad de la vida eterna.

Por tanto, el que busca a Cristo, busca también su tribulación y no rehuye la pasión. En el peligro grité al Señor, y me escuchó poniéndome a salvo. Buena es, pues, la tribulación que nos hace dignos de que el Señor nos escuche poniéndonos a salvo. Ser escuchado por el Señor es ya una gracia. Por eso, quien busca a Cristo, no rehuye la tribulación; quien no la rehuye, es hallado por el Señor. Y no la rehuye quien medita los mandatos del Señor con la adhesión cordial y con las obras.

Juan Pablo II

Homilía (04-07-1986): Cristo nos invita a seguirle

«¿Qué buscáis?» (Jn 1,38)
nn. 2-3. 6-7. 9
Viaje apostólico a Colombia. Celebración de la Palabra en Tumaco.

[...] Con cuánta actualidad resuenan las palabras del Maestro... Jesús, dirigiéndose a los discípulos, como hemos escuchado en el Evangelio de San Juan, les dice: «¿que buscáis?» (Jn 1, 38).

La humanidad busca, de muchas maneras, a Dios. Tiene sed de salvación. Desea la verdadera felicidad, la verdadera libertad. Como la tierra necesita la lluvia, el mundo tiene necesidad del Evangelio, de la Buena Nueva de Jesús. La historia toda se orienta hacia Cristo, hacia su verdad, que nos hace libres (cf. Ibid., 8, 32). El Espíritu Santo conduce a los pueblos hacia el Señor. «El es la fuente del valor, de la audacia y del heroísmo: "donde está el Espíritu del Señor está la libertad" (2Co 3, 17)» (Congr. para la Doctrina de la Fe, Libertatis Conscientia, 4).

Los hombres, a veces entre dudas y sombras, buscan al Mesías, el único capaz de iluminar la vida y la historia porque El es la luz del mundo (cf. Jn 8, 12).

La Iglesia fundada por Jesucristo tiene como misión esencial hacer que esa luz llegue hasta los extremos del orbe. Por eso la Iglesia es evangelizadora y misionera: «Id, pues, enseñad a todas las gentes» (Mt 28, 19).

[...] Nos podemos preguntar: ¿de dónde deriva esta preocupación permanente de la Iglesia por una evangelización sin fronteras?

Desde el comienzo de la narración evangélica, constatamos como todos los llamados a seguir a Cristo fueron llamados también a la evangelización: «Llamó a los que él quiso... para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar» (Mc 1, 13-14). El «estar con El», característica del seguimiento vocacional (Jn 1, 39; 15, 27), se traduce espontáneamente en el anuncio: «hemos encontrado a Jesús de Nazaret» (Ibid. 1, 45).

Este encargo misionero corresponde principalmente a Pedro y a los demás Apóstoles, como principio de unidad y como estímulo de la responsabilidad misionera de todo el Pueblo de Dios: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).

Los Apóstoles cumplieron su tarea misionera con toda fidelidad. A Pedro, el Señor le había confiado la misión de mantener la unidad, confirmando la fe de los demás Apóstoles (cf. Lc 22, 32; Jn 21, 15-17). Los sucesores del Colegio Apostólico han extendido incansablemente la fe, y los Papas, como Sucesores de Pedro, la han confirmado y animado, defendido y propagado. Y aquí está con vosotros, queridos hermanos y hermanas, el Papa, Sucesor de Pedro, para confirmaros en vuestra fe, en vuestra entrega total y en vuestra misión sin fronteras.

[...] ¡Cuántos jóvenes sienten hoy el llamado fascinante de Cristo y se deciden a arriesgarlo todo por El! ¡Cuántas familias se ofrecen a evangelizar plenamente su círculo familiar de «iglesia doméstica» (cf. Lumen gentium, 11) y todo el ámbito de influencia en la sociedad humana y eclesial! Todos necesitan experimentar vivencialmente que la misión es el dinamismo operante de Cristo presente en la Iglesia. La Iglesia es signo «de una nueva presencia de Jesucristo, de su partida y de su permanencia. Ella lo prolonga y lo continúa. Ahora bien, es ante todo su misión y su condición de evangelizar lo que ella está llamada a continuar» (Evangelii Nuntiandi, 15).

En efecto, la Iglesia, que se siente unida a Cristo, no puede dejar de ser misionera; pues la vitalidad misionera brota espontáneamente del mismo ser de la Iglesia, como Cuerpo vivo de Cristo que tiende a difundirse a todos los lugares, culturas y tiempos.

A este cometido nos impulsa la presencia de Cristo resucitado, especialmente en la Eucaristía, que es «como la fuente y la culminación de toda la evangelización» (Presbyterorum Ordinis, 5) . Cuando somos y nos sentimos Iglesia contamos con la fuerza del Espíritu Santo, que fue prometido y comunicado a la misma Iglesia, para que ésta se abriera al mundo entero (Cf. Hch 1, 8; 13, 3 ss.; Ad gentes, 4).

Y, ¿cómo no alegrarnos al ver aquí presentes a tantos grupos de cristianos que buscan una auténtica renovación a la luz de la Palabra de Dios y de la acción del Espíritu enviado por Jesús? Hoy todos queremos ver renovada nuestra Iglesia; pero no podemos olvidar que «la gracia de la renovación de las comunidades no puede crecer si no extiende cada uno los campos de la caridad hasta los últimos confines de la tierra, y no tiene por los que están lejos una preocupación semejante a la que siente por sus propios miembros» (Ad gentes, 37).

Finalmente, quiero insistir en el deber particular de todo creyente y de toda comunidad eclesial de orar y sacrificarse por la obra misionera. La oración y el sufrimiento cristiano son imprescindibles para la evangelización. «Rogad al Señor de la mies» (Mt 9, 37), nos enseñó Cristo.

Orad, pues, todos, a ejemplo de Santa Teresa de Lisieux, Patrona de las misiones, por la labor abnegada, muchas veces difícil, a menudo incomprendida, de los misioneros y de todos los agentes de la evangelización.

Homilía (24-08-1997): ¿Dónde vive el Maestro?

«Maestro, ¿dónde vives?» (Jn 1,38)
Santa Misa en la XII Jornadas Mundiales de la Juventud. Hipódromo de Longchamp, París

1. "Maestro, ¿dónde vives?" (Jn 1, 38). Dos jóvenes hicieron un día esta pregunta a Jesús de Nazaret. Esto ocurría al borde del Jordán. Jesús había venido para recibir el bautismo de Juan, pero el Bautista, al ver a Jesús que venía a su encuentro, dice: "Este es el Cordero de Dios" (Jn 1,36). Estas palabras proféticas señalaban al Redentor, al que iba a dar su vida por la salvación del mundo. Así, desde el bautismo en el Jordán, Juan indicaba al Crucificado. Fueron precisamente dos discípulos de Juan el Bautista quienes, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. ¿No tiene esto un rico significado? Cuando Jesús les pregunta: "¿Qué buscáis?" (Jn 1, 38), contestaron también ellos con una pregunta: "Rabbi (es decir Maestro), ¿dónde moras?" (Ibíd ). Jesús les respondió: "Venid y veréis". Ellos le siguieron, fueron donde vivía y se quedaron con Él aquel día" (Jn 1,39). Se convirtieron así en los primeros discípulos de Jesús. Uno de ellos era Andrés, el que condujo también a su hermano Simón Pedro a Jesús.

2. [...] La pregunta es el fruto de una búsqueda. El hombre busca a Dios. El hombre joven comprende en el fondo de sí mismo que esta búsqueda es la ley interior de su existencia. El ser humano busca su camino en el mundo visible; y, a través del mundo visible, busca el invisible a lo largo de su itinerario espiritual. Cada uno de nosotros puede repetir las palabras del salmista "Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro" (Sal. 27/26, 8-9). Cada uno de nosotros tiene su historia personal y lleva en sí mismo el deseo de ver a Dios, un deseo que se experimenta al mismo tiempo que se descubre el mundo creado. Este mundo es maravilloso y rico, despliega ante la humanidad sus maravillosas riquezas, seduce, atrae la razón tanto como la voluntad. Pero, a fin de cuentas, no colma el espíritu. El hombre se da cuenta de que este mundo, en la diversidad de sus riquezas, es superficial y precario; en un cierto sentido, esta abocado a la muerte. Hoy tomamos conciencia cada vez más de la fragilidad de nuestra tierra, demasiado a menudo degradada por la misma mano del hombre a quien el Creador la ha confiado.

En cuanto al hombre mismo, viene al mundo, nace del seno materno, crece y muere; descubre su vocación y desarrolla su personalidad a lo largo de los años de su actividad; después se aproxima cada vez más al momento en que debe abandonar este mundo. Cuanto más larga es su vida, más se resiente el hombre de su propio carácter precario, mas se pone la cuestión de la inmortalidad; ¿qué hay más allá de las fronteras de la muerte? Entonces, en lo profundo de ser, surge la pregunta planteada a Aquel que ha vencido la muerte: "Maestro, ¿dónde moras?" Maestro, tú que amas y respetas la persona humana, tú que has compartido el sufrimiento de los hombres, tu que esclareces el misterio de la existencia humana, ¡haznos descubrir el verdadero sentido de nuestra vida y de nuestra vocación! "Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro" (Sal. 27/26, 8-9).

3. En la orilla del Jordán, y más tarde aún, los discípulos no sabían quién era verdaderamente Jesús. Hará falta mucho tiempo para comprender el misterio del Hijo de Dios. También nosotros llevamos muy dentro el deseo de conocer aquel que revela el rostro de Dios. Cristo responde a la pregunta de sus discípulos con su entera misión mesiánica. Enseñaba y, para confirmar la verdad de lo que proclamaba, hacía grandes prodigios, curaba a los enfermos, resucitaba a los muertos, calmaba las tempestades del mar. Pero todo este proceso excepcional llegó a su plenitud en el Gólgota. Es contemplando a Cristo en la Cruz, con la mirada de la fe cuando se puede "ver" quien es Cristo Salvador, el que cargó con nuestros sufrimientos, el justo que hizo de su vida un sacrificio y que justificará a muchos (cf. Is 53, 4.10-11).

4. "Maestro, ¿dónde moras?". La Iglesia nos responde cada día: Cristo está presente en la Eucaristía, el sacramento de su muerte y de su resurrección. En ella y por ella reconocéis la presencia del Dios vivo en la historia del hombre. La Eucaristía es el sacramento del amor vencedor de la muerte, es el sacramento de la Alianza, puro don de amor para la reconciliación de los hombres; es el don de la presencia real de Jesús, el Redentor, en el pan que es su Cuerpo entregado, y en el vino que es su Sangre derramada por la multitud. Por la Eucaristía, renovada sin cesar en todos los pueblos del mundo, Cristo constituye su Iglesia: nos une en la alabanza y en la acción de gracias para la salvación, en la comunión que sólo el amor infinito puede sellar. Nuestra reunión mundial adquiere todo su sentido actual por la celebración de la Misa. Jóvenes, amigos míos, ¡que vuestra presencia sea una real adhesión en la fe! He ahí que Cristo responde a vuestra pregunta y, al mismo tiempo, a las preguntas de todos los hombres que buscan al Dios vivo. Él responde con su invitación: esto es mi cuerpo, comed todos. Él confía al Padre su deseo supremo de la unidad en la misma comunión de los que ama en la misma comunión.

5. La respuesta a la pregunta "Maestro, ¿dónde moras?" conlleva numerosas dimensiones. Tiene una dimensión histórica, pascual y sacramental. La primera lectura de hoy nos sugiere aún otra dimensión más de la respuesta a la pregunta-lema de la Jornada Mundial de la Juventud: Cristo habita en su pueblo. Es el pueblo del cual habla el Deuteronomio en relación con la historia de Israel: " Por el amor que os tiene, os ha sacado el Señor con mano fuerte y os ha librado de la casa de servidumbre, (...) Has de saber, pues que el Señor tu Dios es el Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los que le aman y guardan sus mandamientos" (Dt 7, 8-9). Israel es el pueblo que Dios eligió y con el cual hizo la Alianza.

En la nueva Alianza, la elección de Dios se extiende a todos los pueblos de la tierra. En Jesucristo Dios ha elegido a toda la humanidad. Él ha revelado la universalidad de la elección por la redención. En Cristo no hay judío ni griego, ni esclavo ni hombre libre, todos son una cosa (cf. Ga 3, 28). Todos han sido llamados a participar de la vida de Dios, gracias a la muerte y a la resurrección de Cristo. ¿Nuestro encuentro, en esta Jornada Mundial de la Juventud, no ilustra esta verdad? Todos vosotros, reunidos aquí, venidos desde tantos países y continentes, ¡sois los testigos de la vocación universal del pueblo de Dios adquirido por Cristo! La última respuesta a la pregunta "Maestro, ¿dónde moras?" debe ser entendida así: yo moro en todos los seres humanos salvados. Sí, Cristo habita con su pueblo, que ha extendido sus raíces en todos los pueblos de la tierra, el pueblo que le sigue, a Él, el Señor crucificado y resucitado, el Redentor del mundo, el Maestro que tiene las palabras de vida eterna; Él, "la Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios" (Lumen gentium, 13). El Concilio Vaticano II ha dicho de modo admirable: es Él quien "nos dio su Espíritu, que es el único y el mismo en la Cabeza y en los miembros" (Ibíd. 7). Gracias a la Iglesia que nos hace participar de la misma vida del Señor, nosotros podemos ahora retomar la palabra de Jesús: "¿A quien iremos? ¿A quién otro iremos?" (cf. Jn 6, 68).

6. Queridos jóvenes, vuestro camino no se detiene aquí. El tiempo no se para hoy. ¡Id por los caminos del mundo, sobre las vías de la humanidad permaneciendo unidos en la Iglesia de Cristo!

Continuad contemplando la gloria de Dios, el amor de Dios, y seréis iluminados para construir la civilización del amor, para ayudar al hombre a ver el mundo transfigurado por la sabiduría y el amor eterno.

Perdonados y reconciliados, ¡sed fieles a vuestro bautismo! ¡Testimoniad el Evangelio! Como miembros de la Iglesia, activos y responsables, ¡sed discípulos y testigos de Cristo que revela al Padre, permaneced en la unidad del Espíritu que da la vida!

Benedicto XVI

Discurso (01-09-2006): Ver a Dios

«Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41)
Peregrinación al Santurio de la Santa Faz de Manopello

[...] Cuando, hace poco, me encontraba orando, pensaba en los dos primeros Apóstoles, los cuales, impulsados por Juan Bautista, siguieron a Jesús junto al río Jordán, como leemos en el evangelio de san Juan (cf. Jn 1, 35-37). El evangelista narra que Jesús se volvió hacia ellos y les preguntó: "¿Qué buscáis?". Ellos respondieron: "Rabbí, ¿dónde vives?". Y él a su vez les dijo: "Venid y lo veréis" (Jn 1, 38-39).

Ese mismo día los dos que lo siguieron hicieron una experiencia inolvidable, que los impulsó a decir: "Hemos encontrado al Mesías" (Jn 1, 41). Aquel a quien pocas horas antes consideraban un simple "rabbí", había adquirido una identidad muy precisa, la del Cristo esperado desde hacía siglos. Pero, en realidad, ¡cuán largo camino tenían aún por delante esos discípulos! No podían ni siquiera imaginar cuán profundo podía ser el misterio de Jesús de Nazaret; cuán insondable e inescrutable sería su "rostro"; hasta el punto de que, después de haber convivido con él durante tres años, Felipe, uno de ellos, escucharía de labios de Jesús estas palabras durante la última Cena: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?", y luego las palabras que expresan toda la novedad de la revelación de Jesús: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn 14, 9).

Sólo después de su pasión, cuando se encontraron con él resucitado, cuando el Espíritu iluminó su mente y su corazón, los Apóstoles comprendieron el significado de las palabras que Jesús les había dicho y lo reconocieron como el Hijo de Dios, el Mesías prometido para la redención del mundo.

Entonces se convirtieron en sus mensajeros incansables, en sus testigos valientes hasta el martirio.

"El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". Sí, queridos hermanos y hermanas, para "ver a Dios" es preciso conocer a Cristo y dejarse modelar por su Espíritu, que guía a los creyentes "hasta la verdad completa" (Jn 16, 13). El que encuentra a Jesús, el que se deja atraer por él y está dispuesto a seguirlo hasta el sacrificio de la vida, experimenta personalmente, como hizo él en la cruz, que sólo el "grano de trigo" que cae en tierra y muere da "mucho fruto" (cf. Jn12, 24).

Este es el camino de Cristo, el camino del amor total, que vence a la muerte: el que lo recorre y "el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna" (Jn 12, 25). Es decir, vive en Dios ya en esta tierra, atraído y transformado por el resplandor de su rostro.

Esta es la experiencia de los verdaderos amigos de Dios, los santos, que han reconocido y amado en los hermanos, especialmente en los más pobres y necesitados, el rostro de aquel Dios largamente contemplado con amor en la oración. Ellos son para nosotros ejemplos estimulantes, dignos de imitar; nos aseguran que si recorremos con fidelidad ese camino, el camino del amor, también nosotros, como canta el salmista, nos saciaremos de gozo en la presencia de Dios (cf. Sal 16, 15).

Lectio Divina (04-03-2011): Sígueme

«Dejaron las redes y lo siguieron» (Mc 1,18)
Visita al Pontificio Seminario Romano Mayor con ocasión de la Fiesta de la Virgen de la Confianza

[...] Entramos ahora en el tema central de nuestra meditación, al encontrar una palabra que nos impresiona de modo especial: la palabra «llamada», «vocación». San Pablo escribe: «comportaos como pide la llamada —de la κλήσις— que habéis recibido» (ib.). Y poco después la repetirá al afirmar que «una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados, la de vuestra vocación» (v. 4). Aquí, en este caso, se trata de la vocación común de todos los cristianos, es decir, de la vocación bautismal: la llamada a ser de Cristo y a vivir en él, en su cuerpo. Dentro de esta palabra se halla inscrita una experiencia, en ella resuena el eco de la experiencia de los primeros discípulos, que conocemos por los Evangelios: cuando Jesús pasó por la orilla del lago de Galilea y llamó a Simón y Andrés, luego a Santiago y Juan (cf.Mc 1, 16-20). Y antes aún, junto al río Jordán, después del bautismo, cuando, dándose cuenta de que Andrés y el otro discípulo lo seguían, les dijo: «Venid y veréis» (Jn 1, 39). La vida cristiana comienza con una llamada y es siempre una respuesta, hasta el final. Eso es así, tanto en la dimensión del creer como en la del obrar: tanto la fe como el comportamiento del cristiano son correspondencia a la gracia de la vocación.

He hablado de la llamada de los primeros Apóstoles, pero con la palabra «llamada» pensamos sobre todo en la Madre de todas las llamadas, en María santísima, la elegida, la Llamada por excelencia. El icono de la Anunciación a María representa mucho más que ese episodio evangélico particular, por más fundamental que sea: contiene todo el misterio de María, toda su historia, su ser; y, al mismo tiempo, habla de la Iglesia, de su esencia de siempre, al igual que de cada creyente en Cristo, de cada alma cristiana llamada.

Al llegar a este punto, debemos tener presente que no hablamos de personas del pasado. Dios, el Señor, nos ha llamado a cada uno de nosotros; cada uno ha sido llamado por su propio nombre. Dios es tan grande que tiene tiempo para cada uno de nosotros, me conoce, nos conoce a cada uno por nombre, personalmente. Cada uno de nosotros ha recibido una llamada personal. Creo que debemos meditar muchas veces este misterio: Dios, el Señor, me ha llamado a mí, me llama a mí, me conoce, espera mi respuesta como esperaba la respuesta de María, como esperaba la respuesta de los Apóstoles. Dios me llama: este hecho debería impulsarnos a estar atentos a la voz de Dios, atentos a su Palabra, a su llamada a mí, a fin de responder, a fin de realizar esta parte de la historia de la salvación para la que me ha llamado a mí.

En este texto, además, san Pablo nos indica algunos elementos concretos de esta respuesta con cuatro palabras: «humildad», «mansedumbre», «magnanimidad» y «sobrellevándoos mutuamente con amor». Tal vez podemos meditar brevemente estas palabras, en las que se expresa el camino cristiano. Al final volveremos una vez más sobre esto.

«Humildad»: la palabra griega es ταπεινοφροσυνης. Se trata de la misma palabra que san Pablo usa en la Carta a los Filipenses cuando habla del Señor, que era Dios y se humilló, se hizo ταπεινος, se rebajó hasta hacerse criatura, hasta hacerse hombre, hasta la obediencia de la cruz (cf. Flp 2, 7-8). Humildad, por consiguiente, no es una palabra cualquiera, una modestia cualquiera, algo..., sino una palabra cristológica. Imitar a Dios que se rebaja hasta mí, que es tan grande que se hace mi amigo, sufre por mí, muere por mí. Esta es la humildad que es preciso aprender, la humildad de Dios. Quiere decir que debemos vernos siempre a la luz de Dios; así, al mismo tiempo, podemos conocer la grandeza de que somos personas amadas por Dios, pero también nuestra pequeñez, nuestra pobreza, y así comportarnos como debemos, no como amos, sino como siervos. Como dice san Pablo: «No porque seamos señores de vuestra fe, sino que contribuimos a vuestra alegría» (2 Co 1, 24). Ser sacerdote, mucho más que ser cristiano, implica esta humildad.

«Mansedumbre». El texto griego utiliza aquí la palabra πραΰτης, la misma palabra que aparece en las Bienaventuranzas: «Bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5, 4). Y en el Libro de los Números, el cuarto libro de Moisés, encontramos la afirmación según la cual Moisés era el hombre más manso del mundo (cf. 12, 3); y, en este sentido, era una prefiguración de Cristo, de Jesús, que dice de sí mismo: «Soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Así pues, también la palabra «manso», «mansedumbre», es una palabra cristológica e implica de nuevo este imitar a Cristo. Dado que en el Bautismo hemos sido configurados con Cristo, también debemos configurarnos con Cristo, encontrar este espíritu de ser mansos, sin violencia, de convencer con el amor y con la bondad.

«Magnanimidad», μακροθυμία, quiere decir generosidad de corazón, no ser minimalistas que dan sólo lo estrictamente necesario: démonos a nosotros mismos con todo lo que podamos, y crezcamos también nosotros en magnanimidad.

«Sobrellevándoos con amor». Es una tarea de cada día sobrellevarse unos a otros en su alteridad y, precisamente sobrellevándonos con humildad, aprender el verdadero amor.

Ahora demos un paso más. Después de la palabra «llamada» sigue la dimensión eclesial. Hemos hablado ahora de la vocación como de una llamada muy personal: Dios me llama, me conoce, espera mi respuesta personal. Pero, al mismo tiempo, la llamada de Dios es una llamada en comunidad, es una llamada eclesial. Dios nos llama en una comunidad. Es verdad que en este pasaje que estamos meditando no aparece la palabra εκκλησία, la palabra «Iglesia», pero sí está muy presente la realidad. San Pablo habla de un Espíritu y un cuerpo. El Espíritu se crea el cuerpo y nos une como un único cuerpo. Y luego habla de la unidad, habla de la cadena del ser, del vínculo de la paz. Con esta palabra alude a la palabra «prisionero» del comienzo. Siempre es la misma palabra: «yo estoy en cadenas», «me hallo en cadenas», pero detrás de ella está la gran cadena invisible, liberadora, del amor. Nosotros estamos en este vínculo de la paz que es la Iglesia; es el gran vínculo que nos une con Cristo. Tal vez también debemos meditar personalmente en este punto: estamos llamados personalmente, pero estamos llamados en un cuerpo. Y este cuerpo no es algo abstracto, sino muy real.

[...] La unidad de la Iglesia no deriva de un «molde» impuesto desde el exterior, sino que es fruto de una concordia, de un compromiso común de comportarse como Jesús, con la fuerza de su Espíritu. San Juan Crisóstomo tiene un comentario muy bello de este pasaje. Comentando la imagen del «vínculo», el «vínculo de la paz», el Crisóstomo dice: «Es bello este vínculo, con el que nos unimos tanto unos con otros como con Dios. No es una cadena que hiere. No produce calambres en las manos, las deja libres, les da amplio espacio y una valentía mayor» (Homilías sobre la carta a los Efesios 9, 4, 1-3). Aquí encontramos la paradoja evangélica: el amor cristiano es un vínculo, como hemos dicho, pero un vínculo que libera. La imagen del vínculo, como os he dicho, nos remite a la situación de san Pablo, que es «prisionero», está «en vínculo». El Apóstol está en cadenas por causa del Señor; como Jesús mismo, se hizo esclavo para liberarnos. Para conservar la unidad del espíritu es necesario que nuestro comportamiento esté marcado por la humildad, la mansedumbre y la magnanimidad que Jesús testimonió en su pasión; es necesario tener las manos y el corazón unidos por el vínculo de amor que él mismo aceptó por nosotros, haciéndose nuestro siervo. Este es el «vínculo de la paz». En el mismo comentario dice también san Juan Crisóstomo: «Uníos a vuestros hermanos. Los que están así unidos en el amor lo soportan todo con facilidad... Así quiere él que estemos unidos los unos a los otros, no sólo para estar en paz, no sólo para ser amigos, sino para ser todos uno, una sola alma» (ib.).





Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

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Tiempo Ordinario: Domingo II (Ciclo B)