Viernes I Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 S 8, 4-7. 10-22a: Gritareis contra el rey, pero Dios no os responderá
- Salmo: Sal 88, 16-17. 18-19: Cantaré eternamente tus misericordias, Señor
+ Evangelio: Mc 2, 1-12: El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Samuel 8,4-7.10-22: Gritaréis contra el rey, pero Dios no os responderá. El pueblo quiere tener un rey, pero Samuel ve ese deseo con reticencia: Yavé es el único rey de Israel. De hecho, la monarquía sólo se impuso y consolidó con David. También nosotros hemos de poner nuestra confianza en la autoridad del Señor, ejercitada en las autoridades de la Iglesia, evitando apoyar nuestra esperanza en poderes humanos. Escuchemos la exhortación de San Ireneo:

«Siendo nuestros argumentos de tanto peso, no hay para qué ir a buscar de otros la verdad que tan fácilmente se encuentra en la Iglesia, ya que los Apóstoles depositaron en ella, como en una despensa opulenta, todo lo que pertenece a la verdad, a fin de que todo el que quiera pueda tomar de ella la bebida de la vida. Y ésta es la puerta de la vida; todos los demás son salteadores y ladrones. Por esto hay que evitarlos, y en cambio hay que poner suma diligencia en amar las cosas de la Iglesia y en captar en ella la tradición de la verdad» (Tratado contra las herejías 3,4).

La misma doctrina viene dada por San Vicente de Lerin:

«El verdadero y auténtico católico es el que ama la verdad de Dios y a la Iglesia, cuerpo de Cristo; aquel que no antepone nada a la religión divina y a la fe católica. No les antepone la autoridad de un hombre, ni el amor, ni el genio, ni la elocuencia, ni la filosofía; sino que, despreciando todas estas cosas y permaneciendo sólidamente firme en la fe, está dispuesto a admitir y a creer solamente lo que la Iglesia siempre y universalmente ha creído» (Conmonitorio 20).

–A pesar de la contumacia del pueblo, que exige un rey humano, Yavé será eternamente el Rey de Israel. Ése es el gran privilegio del Pueblo elegido, por haber pactado una alianza con Dios. Pero Israel muchas veces es infiel a la alianza con Dios, y en la plenitud de los tiempos no acoge al Mesías, Cristo Jesús. Para el nuevo Israel, la Iglesia, no hay mayor honor y bienaventuranza que tener a Cristo como Señor, pastor y guía. Así lo rezamos en el Salmo 88:

«Cantaré eternamente tus misericordias, Señor. Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro. Tu nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo. Porque Tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo y el Santo de Israel, nuestro Rey»

Marcos 2,1-12: El Hijo del hombre tiene potestad para perdonar los pecados. Él es Dios. El vino para eso, para quitar el pecado del mundo. Por eso nosotros nos presentamos ante el Señor como pecadores, como pobres paralíticos, cargados de pecados. Y Cristo nos sana y nos perdona. El establece en la Iglesia un sacramento: el de la penitencia o reconciliación, para perdonar los pecados de todos los que con buena disposición se acerquen al sacerdote. Comenta San Ambrosio:

«El Señor es grande: a causa de unos perdona a otros, y mientras prueba a unos, a otros les perdona sus faltas. ¿Por qué, oh hombre, tu compañero no puede nada en ti, mientras que en cambio ante el Señor su siervo tiene un título para interceder y un derecho para impetrar? Tú que juzgas, aprende a perdonar; tú que estás enfermo, aprende a implorar. Si no esperas el perdón de faltas graves, recurre a los intercesores, recurre a la Iglesia, que ora por ti y, en atención a ella, el Señor te otorgará lo que El ha podido negar.

«Hemos de creer que el cuerpo de este paralítico ha sido curado verdaderamente, y reconocer también la curación del hombre interior, a quien le han sido perdonados sus pecados. Por su parte, los judíos, afirmando que solo el Señor puede perdonar los pecados, confesaron vigorosamente la divinidad del Señor, y con su juicio traicionaron su mala fe, puesto que a la vez exaltan la obra y niegan la persona.

«Es, pues, gran locura que este pueblo infiel, habiendo conocido que sólo Dios puede perdonar los pecados, no crea en [Cristo] cuando perdona los pecados. El Señor, que quiere salvar a los pecadores, demuestra claramente su divinidad por su conocimiento de las cosas ocultas y por sus acciones prodigiosas» (Comentario a San Lucas lib. 5,11-12).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 33-37

1. I Samuel 8,4-7.10-22

a) La escena de hoy es un momento crucial en la historia de Israel. Después de unos doscientos años bajo la guía de los Jueces, el pueblo pide un rey.

Hasta entonces las doce tribus iban por su cuenta, no muy bien coordinadas. Ahora se dan cuenta de que les iría mejor, social y militarmente (en su lucha contra los filisteos), que hubiera una fuerza unificadora, tal como ven que tienen los pueblos vecinos. Y piden a Samuel un rey.

Se ve en seguida -y se sigue viendo en toda la historia sucesiva- que a Samuel no le gusta nada la idea. Que no es nada «monárquico». Interpreta esta petición como una ofensa a Dios: ¿no les ha ayudado Dios hasta ahora? ¿es que se rebelan contra él? ¿van a olvidar sus incontables beneficios? ¿no es el Señor su rey?

A pesar de que Dios le dice a Samuel que se lo conceda, éste muestra sus reticencias dirigiéndoles un discurso antimonárquico, con una lista de agravios que les esperan si eligen un rey: el rey se «absolutizará», no se sentirá mediador entre Dios y el pueblo, los tiranizará. Esta lista de agravios -que fue escrita ciertamente después, a partir de la experiencia de tantos reyes malos- en aquel momento no consigue convencer al pueblo. Quieren a toda costa «ser como los demás pueblos», lo que no deja de ser legítimo desde el punto de vista técnico y político. Pero Samuel teme con razón que quieran copiar otras cosas: las costumbres morales y la religión idolátrica.

Ciertamente no se pueden negar las ventajas sociopolíticas y militares que la monarquía les aportó, si pensamos en reyes como David y Salomón. Como tampoco se puede ocultar la parte de razón de Samuel, si recordamos otros reyes caprichosos y tiránicos de la historia de Israel.

b) Monarquía o república o cualquier otro sistema político: todo puede ser bueno y malo. Lo importante, en cualquier régimen político, es buscar el bienestar de la comunidad siguiendo fielmente los valores de Dios. Los valores que nos ha propuesto ya en la Alianza del AT, pero sobre todo en la Alianza nueva en Jesucristo. Así será verdad lo de que «dichoso el pueblo que camina a la luz de tu rostro», como decimos en el salmo.

Ciertamente el estilo de autoridad que nos enseñó Jesús a los cristianos es diferente de éste que teme Samuel y que por desgracia han podido experimentar todos los pueblos a lo largo de la historia. Jesús les dice a sus apóstoles que no hagan como los jefes de este mundo, que tiranizan y dominan, sino que entiendan la autoridad como un servicio. Imitándole a él, que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida por los demás.

La consigna de «ser como los demás pueblos» puede tener aspectos legítimos, porque unos y otros podemos ayudarnos en aspectos políticos y económicos, y más si llegamos a una cooperación internacional que tiene en cuenta también a los más débiles. Pero seria una falsa consigna si «ser como los demás» fuera sinónimo de vivir como los no creyentes, de olvidar los caminos de Jesús, de absolutizar dioses falsos, de imitar las costumbres de la mayoría. Porque no siempre está la voluntad de Dios en la mayoría estadística ni en la moda ideológica del momento.

Esto, que nos toca a todos los cristianos, de un modo particular puede ser aviso para los sacerdotes y religiosos, que han aceptado seguir a Cristo a partir de una llamada más radical de cumplimiento de su evangelio. Cuántas veces les dice Cristo a sus seguidores que estarán en el mundo, pero no deben ser del mundo.

2. Marcos 2,1-12

a) Es simpático y lleno de intención teológica el episodio del paralítico a quien le bajan por un boquete en el tejado y a quien Jesús cura y perdona.

Es de admirar, ante todo, la fe y la amabilidad de los que echan una mano al enfermo y le llevan ante Jesús, sin desanimarse ante la dificultad de la empresa.

A esta fe responde la acogida de Jesús y su prontitud en curarle y también en perdonarle. Le da una doble salud: la corporal y la espiritual. Así aparece como el que cura el mal en su manifestación exterior y también en su raíz interior. A eso ha venido el Mestas: a perdonar. Cristo ataca el mal en sus propias raíces.

La reacción de los presentes es variada. Unos quedan atónitos y dan gloria a Dios.

Otros no: ya empiezan las contradicciones. Es la primera vez, en el evangelio de Marcos, que los letrados se oponen a Jesús. Se escandalizan de que alguien diga que puede perdonar los pecados, si no es Dios. Y como no pueden aceptar la divinidad de Jesús, en cierto modo es lógica su oposición.

Marcos va a contarnos a partir de hoy cinco escenas de controversia de Jesús con los fariseos: no tanto porque sucedieran seguidas, sino agrupadas por él con una intención catequética.

b) Lo primero que tendríamos que aplicarnos es la iniciativa de los que llevaron al enfermo ante Jesús. ¿A quién ayudamos nosotros? ¿a quién llevamos para que se encuentre con Jesús y le libere de su enfermedad, sea cual sea? ¿o nos desentendemos, con la excusa de que no es nuestro problema, o que es difícil de resolver?

Además, nos tenemos que alegrar de que también a nosotros Cristo nos quiere curar de todos nuestros males, sobre todo del pecado, que está en la raíz de todo mal. La afirmación categórica de que «el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados» tiene ahora su continuidad y su expresión sacramental en el sacramento de la Reconciliación. Por mediación de la Iglesia, a la que él ha encomendado este perdón, es él mismo, Cristo, lleno de misericordia, como en el caso del paralítico, quien sigue ejercitando su misión de perdonar. Tendríamos que mirar a este sacramento con alegría. No nos gusta confesar nuestras culpas. En el fondo, no nos gusta convertirnos. Pero aquí tenemos el más gozoso de los dones de Dios, su perdón y su paz.

¿En qué personaje de la escena nos sentimos retratados? ¿en el enfermo que acude confiado a Jesús, el perdonador? ¿en las buenas personas que saben ayudar a los demás? ¿en los escribas que, cómodamente sentados, sin echar una mano para colaborar, sí son rápidos en criticar a Jesús por todo lo que hace y dice? ¿o en el mismo Jesús, que tiene buen corazón y libera del mal al que lo necesita?

«Empeñémonos en entrar en el descanso de Dios» (1a lectura, I)
«Que pongan en Dios su confianza y no olviden las acciones de Dios» (salmo, I)
«Hijo, tus pecados quedan perdonados» (evangelio)
«Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (evangelio).

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