Martes II Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 S 16, 1-13a: Ungió Samuel a David en medio de sus hermanos, y en aquel momento lo invadió el espíritu del Señor
- Salmo: Sal 88, 20. 21-22. 27-28: Encontré a David mi siervo
+ Evangelio: Mc 2, 23-28: El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (19-01-2016): He pecado


Misa en Santa Marta
Martes 19 de enero del 2016

La primera lectura (1Sam 16,1-13) relata cómo fue elegido el rey David. Dios se dirigió a Samuel: ¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado como rey de Israel? Llena la cuerna de aceite y vete. El profeta intenta resistirse, temiendo la venganza de Saúl, pero el Señor le invita a ser astuto y disimular un simple acto de culto, un sacrificio: lleva una novilla y ve.

Ahí inicia el relato de lo que fue el primer paso de la vida del rey David: la elección. Una elección ajena a los criterios humanos, pues David era el más pequeño de los hijos de Jesé, un chiquillo. Hemos leído que Jesé presenta a sus hijos y Samuel, ante el primero, dice: Seguro, el Señor tiene delante a su ungido. Veía ante sí a un hombre formidable. Pero el Señor replicó a Samuel: No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón. He aquí la primera lección: muchas veces somos esclavos de las apariencias, de las cosas que aparentan y nos dejamos llevar por ellas: ‘Sí, este parece...’. Pero el Señor sabe la verdad. Igual que aquí: pasan los siete hijos de Jesé y el Señor no elige a ninguno, los deja pasar. Samuel está un poco confundido y dice al padre: Tampoco a este lo ha elegido el Señor. ¿Se acabaron los muchachos? Bueno, queda el pequeño —pero ese no cuenta—, que precisamente está cuidando las ovejas. A los ojos de los hombres ese chiquillo no contaba.

Al llegar el niño, el Señor dijo a Samuel: Anda, úngelo, porque es éste. Era el más pequeño, el que a los ojos de su padre no contaba, y no porque el padre no lo amase, sino porque pensaba: ¿cómo Dios va a elegir a este pequeño? No consideraba que el hombre ve la apariencia, pero el Señor ve el corazón. Y entonces, Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante. Toda su vida fue la vida de un hombre ungido por el Señor, elegido por el Señor.

Nos podríamos preguntar: entonces, ¿el Señor lo hizo santo? ¡No! El rey David es el santo rey David, es verdad, pero santo tras una larga vida marcada también por varios pecados. David fue santo y pecador. Fue un hombre que supo unir el Reino, y sacar adelante el pueblo de Israel, pero también tenía sus tentaciones y cometió pecados. David fue incluso un asesino que, para tapar su lujuria, el pecado de adulterio, mandó matar. Precisamente él. Pero, ¿el santo Rey David ha matado? Es verdad, pero también es verdad que cuando Dios le envió al profeta Natán para hacerle ver esa realidad, pues David no se había dado cuenta de la barbarie que había ordenado, el mismo David reconoció: He pecado, y pidió perdón.

Así avanzó su vida, llena de luces y sombras. Sufrió en su carne la traición del hijo, pero jamás usó a Dios para vencer una causa propia. Cuando David debió huir de Jerusalén, envía atrás el Arca y declara que no usará al Señor en su defensa. Y cuando lo insultaban, David en su corazón pensaba: Me lo merezco. David conoció después la victoria y la gran magnanimidad que le llevó a no matar a Saúl pudiéndolo hacer.

En definitiva, ¿este es el santo Rey David? Sí, santo, elegido por el Señor, elegido por el pueblo de Dios, fue también un gran pecador, pero pecador arrepentido. A mí me conmueve la vida de este hombre y me hace pensar en la nuestra. Todos hemos sido elegidos por el Señor en el Bautismo, para estar en su pueblo, para ser santos; hemos sido consagrados por el Señor, en este camino de la santidad. Sin embargo, leyendo la historia de este hombre —un recorrido que comienza desde pequeño y llega hasta ser anciano— que hizo tantas cosas buenas y otras no tan buenas, pienso que en el camino cristiano, en el camino que el Señor invita a hacer, no hay ningún santo sin pasado, pero tampoco ningún pecador sin futuro.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Samuel 16,1-13: David es ungido y la acción del Espíritu le invade. Dios muestra su benevolencia hacia David y su pueblo. Los planes de Dios no son los de los hombres (Is 55,8), y así lo comprueba Samuel, que se ve obligado a rechazar uno a uno todos los hermanos mayores de David. El cumplimiento de la voluntad del Señor es siempre la guía más segura para el cristiano. Esta voluntad de Dios, que se va manifestando a lo largo de la vida, puede ser acogida con resignación, con generosidad o con pleno abandono en Él, que es lo más perfecto.

«Cualquier cosa que te suceda recíbela como un bien, consciente de que nada pasa sin que Dios lo haya dispuesto» (Carta llamada de Bernabé 9). Y San Agustín: «El Señor conoce mejor que el hombre lo que le conviene en cada momento» (Carta138).

–Cantamos la elección y unción de David con el Salmo 88. En lo más pequeño se ha revelado el poder del Señor. Así se ve más claro que es Dios el que da la fuerza, el valor y la victoria a los que siguen plenamente su voluntad:

«He ceñido la corona a un héroe, he levantado a un soldado sobre el pueblo. Encontré a David, mi siervo, y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él, y mi brazo lo haga valeroso. Él me invocará: «Tú eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora», y yo lo nombraré mi primogénito, excelso entre los reyes de la tierra».Como es obvio, David es figura de Cristo, y lo que dice el Señor de aquél lo dice más plenamente de Cristo, Rey del universo. Él es el cumplidor exacto de la voluntad del Padre, como lo confesó varias veces: «mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra» (Jn 4,34). El camino que Él nos señaló es el cumplimiento de la voluntad divina: oír la palabra de Dios y practicarla. Es ahí donde se demuestra realmente el amor a Dios, y donde se expresa de verdad nuestro grado de unión con El: «no el que dice: «Señor, Señor»..., sino el que hace la voluntad de mi Padre» (Mt 7,21).

Marcos 2,23-28: El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado. La salvación, tema central del mensaje de Jesús, no es cuestión de antiguas observancias legales, sino de relación personal con Dios, que sólo es posible por el camino del amor. Cristo, como Hijo de Dios, es «Señor del sábado». A la nueva alianza entre Dios e Israel ha sucedido una alianza nueva entre Dios y la humanidad. Esta alianza, nueva, perfecta y definitiva, está fundada en Cristo Jesús. Comenta San Ambrosio:

«No sólo por la ternura de sus palabras y por el ejemplo de su actos, el Señor Jesús comenzó a despojar al hombre de la observancia de la ley antigua y a revestirlo del nuevo vestido de la gracia. Así lo conduce ya en día de sábado por los sembrados, es decir, lo aplica a obras fructuosas. ¿Qué quiere decir sábado, mies, espigas? No se trata de un misterio sin importancia. El campo es todo el mundo presente; la mies del campo es, por la semilla del género humano, la cosecha abundante de los santos; las espigas del campo son los frutos de la Iglesia, que los apóstoles remueven por su actividad, nutriéndose y alimentándose de nuestros progresos.

«Se levantaba ya la mies, fecunda de virtudes, con muchas espigas, a las cuales son comparados los frutos de nuestros méritos; pues, como a ellas, el mal tiempo los deteriora, o los quema el sol, o los humedecen las lluvias, o los destrozan las tempestades, o bien los segadores los amontonan en los depósitos de los graneros dichosos.

«La tierra ha recibido ya la palabra de Dios, y sembrada con la semilla celestial, ha producido en el campo ubérrimo una mies abundante. Los discípulos tenían hambre de la salvación de los hombres, y [arrancando espigas] parecían extraer el alimento de las almas y atraer a la luz de la fe por los prodigios deslumbrantes que realizaban. Pero los judíos pensaban que «eso no estaba permitido en sábado». Cristo, sin embargo, por un nuevo beneficio de su gracia, subraya la ociosidad de la ley y la acción de la gracia» (Comentario al Evangelio de San Lucas 5, 28-29).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 48-53

1. I Samuel 16,1-13

a) Hoy se nos cuenta -en una de las varias versiones que existen en los libros históricos de la época- la elección y unción de David como rey. Samuel recibe el encargo de preparar al sucesor de Saúl, que todavía seguirá un tiempo en su cargo.

Empieza la historia de David, «el rey ideal», carismático por excelencia. Uno de los personajes más importantes de todo el AT, junto con Abrahán y Moisés. El que logró la victoria contra los filisteos y la unidad territorial y política de Israel.

Lo que más se resalta es que, sea cual sea la intervención que han tenido los hombres y las circunstancias, la de David ha sido una elección hecha por Dios, que es el que guía la historia de su pueblo. Como dice el salmo de hoy, «encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él». El fracaso de Saúl se interpreta como castigo de Dios. El éxito de David, como don gratuito de Dios.

La simpática -y un tanto novelesca- escena de Samuel en casa de Jesé y su familia nos da a entender, una vez más, que los caminos de Dios no son como los nuestros. Todos hubieran apostado por los hermanos mayores, más fuertes y avezados. Nadie contaba con David. Su padre Jesé por poco se olvida de que existe. Ya iban a empezar a comer sin él. Pero Samuel espera que llegue el más joven y le unge de parte de Dios. En aquel momento «el espíritu del Señor invadió a David».

Las bromas de Dios, libre y sorprendente en sus caminos.

b) También nosotros, muchas veces, juzgamos por apariencias, por valores externos. El mundo de hoy aplaude en sus concursos, en sus campeonatos y en sus medios de comunicación a los fuertes, a los sanos, a los que tienen éxito. Pero Dios aplaude a veces otros valores. De David no vio si era fuerte o no, sino que vio su corazón.

Sigue siendo actual para nosotros, si queremos ir consiguiendo la sabiduría de Dios y no la del mundo, el consejo que se le dio a Samuel: «No mires su apariencia ni su gran estatura... la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón».

Si siguiéramos esta norma, nos llevaríamos seguramente menos desengaños en la vida. Porque tendemos a poner nuestras ilusiones y nuestra confianza en ídolos humanos y en instituciones efímeras. No acabamos de aprender la lección que nos da Dios, que elige con criterios diversos y que con los medios más pobres y las personas más débiles según el mundo es capaz de hacer cosas grandes. Como dijo la Virgen María: «Ha mirado la pequeñez de su sierva y ha hecho en mí cosas grandes».

2. Marcos 2,23-28

a) Ayer el motivo del altercado fue el ayuno. Hoy, una institución intocable del pueblo de Israel: el sábado.

El recoger espigas era una de las treinta y nueve formas de violar el sábado, según las interpretaciones exageradas que algunas escuelas de los fariseos hacían de la ley. ¿Es lógico criticar que en sábado se tomen unas espigas y se coman? Jesús aplica un principio fundamental para todas las leyes: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado».

Trae como argumento la escena en que David come y da de comer a sus soldados hambrientos los «panes presentados», de alguna manera sagrados. Una cosa es obedecer a la ley de Dios y otra, caer en una casuística tan caprichosa que incluso pasa por encima del bien del hombre. El hombre está siempre en el centro de la doctrina de Jesús. La ley del sábado había sido dada precisamente a favor de la libertad y de la alegría del hombre (cf. Deuteronomio 5,12-15).

Además Jesús lanza valientemente una de aquellas afirmaciones suyas que tan nerviosos ponían a sus enemigos: «El Hijo del Hombre es señor también del sábado». No es que Jesús haya venido a abolir la ley, pero sí a darle pleno sentido. Si todo hombre es superior al sábado, mucho más el Hijo del Hombre, el Mesías.

b) También nosotros podemos caer en unas interpretaciones tan meticulosas de la ley que lleguemos a olvidar el amor. La «letra» puede matar al «espíritu».

La ley es buena y necesaria. La ley es, en realidad, el camino para llevar a la práctica el amor. Pero por eso mismo no debe ser absolutizada. El sábado -para nosotros el domingo- está pensado para el bien del hombre. Es un día en que nos encontramos con Dios, con la comunidad, con la naturaleza y con nosotros mismos. El descanso es un gesto profético que nos hace bien a todos, para huir de la esclavitud del trabajo o de la carrera consumista.

El día del Señor también es día del hombre, con la Eucaristía como momento privilegiado. DO/VALORES: Pero tampoco nosotros debemos absolutizar el «cumplimiento» del domingo hasta perder de vista, por una exagerada casuística, su espíritu y su intención humana y cristiana. Debemos ver en el domingo sus «valores» más que el «precepto», aunque también éste exista y siga vigente. Las cosas no son importantes porque están mandadas. Están mandadas porque representan valores importantes para la persona y la comunidad.

Es interesante el lenguaje con que el Código de Derecho Canónico (1983) expresa ahora el precepto del descanso dominical, por encima de la casuística de antes sobre las horas y las clases de trabajo: «El domingo los fieles tienen obligación de participar en la Misa y se abstendrán además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo» (c. 1247). El Código se preocupa del bien espiritual de los cristianos y también de su alegría y de su salud mental y corporal.

Tendríamos que saber distinguir lo que es principal y lo que es secundario. La Iglesia debería referirlo todo -también sus normas- a Cristo, la verdadera norma y la ley plena del cristiano.

«El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón» (1a lectura, II)
«Tú eres mi padre, mi Dios, mi roca salvadora» (salmo II)
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (evangelio).

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