Miércoles II Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 S 17, 32-33. 37. 40-51: Venció David al filisteo con la honda y una piedra
- Salmo: Sal 143, 1. 2. 9-10: Bendito el Señor, mi Roca
+ Evangelio: Mc 3, 1-6: ¿Está permitido en sábado salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Samuel 17,32-33.37.40-51: David venció al filisteo Goliat. Comenta San Agustín:

«El enemigo te da la muerte con tu misma espada; con tus mismas armas te vence y te asesina. Acepta el precepto, sabiendo que no es un arma con la que el enemigo te da muerte, sino con la que tú se la das a tu enemigo. Pero no presumas de tus fuerzas. Contempla al joven David contra Goliat: contempla al pequeño contra el grande; pequeño pero presumiendo del nombre de Dios: «Tú con escudo y lanza; yo en nombre del Señor omnipotente». Así, así y no de otra manera has de luchar; no hay otra manera de derrotar al enemigo. Quien presume de sus fuerzas, antes de la lucha ya está derrotado» (Sermón 153,11).

–David es pequeño e insignificante, pero va hacia el enemigo «en el nombre del Señor de los ejércitos». Dios que es Roca, Alcázar, Baluarte, Escudo y Refugio, es el único que da la victoria. Esto se cumple siempre, pero más en el Reino de Cristo, en la Iglesia. Los que confían en el Señor alcanzan la salvación. Pasan los perseguidores, pasan los herejes, pasan los que niegan a Cristo, pero Él sigue reinando y reinará siempre, y con Él también su Iglesia. Lo proclamamos con el Salmo 143:

«Bendito el Señor, mi Roca, que adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la pelea. Mi Bienhechor, mi Alcázar, Baluarte donde me pongo a salvo, mi Escudo y mi Refugio, que me somete los pueblos. Dios mío, te cantaré un cántico nuevo, tocaré para Ti el arpa de diez cuerdas; para Ti, que das la victoria a los reyes y salvas a David, tu siervo. Defiéndeme de la espada cruel».

Marcos 3,1-6: ¿Está permitido en sábado salvar a un hombre o dejarlo perecer? Sigue el problema de la legislación mosaica ante el mensaje de Cristo, que viene a salvar a todos los hombres. Los contemporáneos de Jesús no quieren recibir la verdad, no aceptan el verdadero sentido de la ley, no reconocen la hora del amor supremo que Cristo viene a instaurar. No entienden que Jesucristo, con su doctrina y con su conducta, aunque aparentemente rompe el orden religioso de Moisés, «no viene a abrogar la Ley, sino a consumarla» en el amor (Mt 5,17). Es ésta una de las características más auténticas de la vida cristiana. Dice San Bernardo:

«El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal que se recurra a su principio y origen, con tal que vuelva siempre a su fuente y sea una misma emanación de sí mismo» (Sermón 83).

San Agustín decía: «cuanto más amo, me siento todavía más deudor» (Carta 192).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas I-IX. , Vol. 4, CPL, Barcelona, 1996
pp. 53-57

1. I Samuel 17,32-33.37.40-51

a) La victoria del joven David contra el gigante Goliat es uno de los episodios bíblicos más populares y se ha convertido en el símbolo de cómo el débil puede humillar a veces al más fuerte.

No sabemos bien -porque hay varias versiones en la Biblia- cómo entró David al servicio del rey Saúl, si como un pastor que se da a conocer por este episodio, o ya antes como especialista en aplacar con la música de su arpa los malos humores del rey. Pero lo que el relato subraya es la intervención de Dios en su victoria.

La tesis que el autor del libro quiere establecer, como lección para todas las generaciones, la pone en labios de David: «Tú vienes hacia mí armado de espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre del Señor: hoy te entregará el Señor en mis manos y todo el mundo reconocerá que hay un Dios en Israel y que el Señor da la victoria sin necesidad de espadas ni lanzas».

El salmo, como siempre, hace eco a esta primera lectura: «Te cantaré a ti que das la victoria a los reyes y salvas a David tu siervo: bendito el Señor, mi Roca».

b) Dios tiene caminos llenos de sorpresas. Un muchacho con unas piedras y una honda, que abate al guerrero más fiero de los enemigos.

Podemos interpretar en esta clave tantos momentos de la historia, del AT y del NT y de nuestra vida actual. Dios se sirve a veces explícitamente de lo más débil para conseguir sus planes: y así se ve que no son nuestras fuerzas las que salvan al mundo, sino la misericordia gratuita de Dios.

Tendemos a confiar en la técnica, en nuestras habilidades y en los medios materiales, cuanto más modernos mejor. Pero la eficacia en todas nuestras empresas nos la da Dios. Ya nos avisó Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada». ¡Cuántas veces los más débiles y humildes, confiados en Dios, han conseguido lo que los fuertes no han podido!

También en nuestra lucha contra el mal, que puede parecernos desigual por nuestras escasas fuerzas, Dios es nuestra Roca. Por eso nos enseñó Jesús a rezar: «Líbranos del mal, no nos dejes caer en la tentación».

2. Marcos 3,1-6

a) De nuevo Jesús quiere manifestar su idea de que la ley del sábado está al servicio del hombre y no al revés.

Delante de sus enemigos que espían todas sus actuaciones, cura al hombre del brazo paralítico. Lo hace provocativamente en la sinagoga y en sábado.

Pero antes pone a prueba a los presentes: ¿se puede curar a un hombre en sábado? Y ante el silencio de todos, dice Marcos que Jesús les dirigió «una mirada de ira», «dolido de su obstinación».

Algunos, al encontrarse con frases de este tipo en el evangelio, tienden a hablar de la «santa ira» de Jesús. Pero aquí no aparece lo de «santa». Sencillamente, Jesús se enfada, se indigna y se pone triste. Porque estas personas, encerradas en su interpretación estricta y exagerada de una ley, son capaces de quedarse mano sobre mano y no ayudar al que lo necesita, con la excusa de que es sábado. ¿Cómo puede querer eso Dios?

Al verse puestos en evidencia, los fariseos «se pusieran a planear el modo de acabar con él».

b) ¿Es la ley el valor supremo? ¿o lo es el bien del hombre y la gloria de Dios? En su lucha contra la mentalidad legalista de los fariseos, ayer nos decía Jesús que «el sábado es para el hombre» y no al revés. Hoy aplica el principio a un caso concreto, contra la interpretación que hacían algunos, más preocupados por una ley minuciosa que del bien de las personas, sobre todo de las que sufren. Cuando Marcos escribe este evangelio, tal vez está en plena discusión en la comunidad primitiva la cuestión de los judaizantes, con su empeño en conservar unas leyes meticulosas de la ley de Moisés.

La ley, sí El legalismo, no. La ley es un valor y una necesidad. Pero detrás de cada ley hay una intención que debe respirar amor y respeto al hombre concreto. Es interesante que el Código de Derecho Canónico, el libro que señala las normas para la vida de la comunidad cristiana, en su último número (1752), hablando del «procedimiento en los recursos administrativos y en la remoción o el traslado de los párrocos», que parece un tema árido, a resolver más bien con leyes canónicas exactas afirme que se haga todo «teniendo en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia». Estas son las últimas palabras de nuestro Código. Detrás de la letra está el espíritu, y el espíritu debe prevalecer sobre la letra. La ley suprema de la Iglesia de Cristo son las personas, la salvación de las personas.

«Tú vienes hacia mí armado de espada, lanza y jabalina, yo voy hacia ti en nombre del Señor» (1a lectura, II)
«Bendito el Señor, mi Roca, mi bienhechor, mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo» (salmo, II)
«Le dijo: extiende el brazo. Lo extendió y quedó restablecido» (evangelio).

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